LA ESCUELA DE ALICANTE DE FILOSOFÍA DEL DERECHO Argumentación jurídica y postpositivismo
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Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
ana Cañizares Laso
Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga
Jorge a. Cerdio Herrán
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
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Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional
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Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
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Javier de LuCas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
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LA ESCUELA DE ALICANTE DE FILOSOFÍA DEL DERECHO Argumentación jurídica y postpositivismo
RAFAEL BUZÓN JUAN JESÚS GARZA ONOFRE
tirant lo blanch Ciudad de México, 2022
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© Rafael Buzón Juan Jesús Garza Onofre
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ÍNDICE
CONJETURA SOBRE UN PRODIGIO: EL GRUPO DE FILÓSOFOS DEL DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE....................................................
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Prólogo desde España por Francisco J. Laporta
ELOGIO DE LA AMISTAD. A MANUEL ATIENZA Y EL GRUPO DE ALICANTE........................................................................................................................
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Prólogo desde México por Rodolfo Vázquez
Primera parte ESTUDIO INTRODUCTORIO..........................................................................
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A. Génesis............................................................................................................. B. Albores de una Escuela...................................................................................... C. Doxa................................................................................................................ D. Los seminarios de los jueves............................................................................. E. Las piezas del Derecho...................................................................................... F. ¿Qué filosofía del Derecho?............................................................................... G. La enseñanza de la filosofía del Derecho en Alicante........................................
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Segunda parte ENTREVISTAS....................................................................................................
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ENTREVISTA A MANUEL ATIENZA................................................................. ENTREVISTA A JOSEP AGUILÓ REGLA........................................................... ENTREVISTA A DANIEL GONZÁLEZ LAGIER................................................ ENTREVISTA A ÁNGELES RÓDENAS............................................................... ENTREVISTA A ISABEL LIFANTE...................................................................... ENTREVISTA A VICTORIA ROCA..................................................................... ENTREVISTA A MACARIO ALEMANY............................................................. ENTREVISTA A JESÚS VEGA.............................................................................
64 78 89 103 119 134 172 187
CONJETURA SOBRE UN PRODIGIO: EL GRUPO DE FILÓSOFOS DEL DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
Prólogo de FRANCISCO J. LAPORTA
Rafael Buzón y Juan Jesús Garza Onofre me piden unas palabras de introducción a su libro sobre lo que llaman “Escuela” alicantina de filosofía del derecho. Pero no es nada fácil pensarlas. Porque las palabras se deslizan inadvertidamente hacia sus significados más convencionales y me parece que eso, en este caso, puede tender a confundirnos. No voy a hacer una crítica del libro; todo lo contrario: ha sido para mí un placer leerlo, me ha traído buenos recuerdos y estoy muy de acuerdo con sus coordenadas fundamentales. Pero tengo algunas dudas sobre la posibilidad de aprehender su contenido con palabras de uso común en nuestra universidad, como la palabra ‘escuela’ o los conceptos tan manidos de ‘maestro’ y ‘discípulo’. No es que los autores lo hagan; más bien tienden a evitarlo, y eso es quizá lo que suscita la pregunta importante: ¿Por qué resultan insuficientes esas palabras? Que la cosa no va de esas relaciones impostadas de ‘maestro-discípulo’ que tanto abundan en nuestra academia, parece obvio. Manuel Atienza ha ejercido un magisterio hondo y reconocido, pero esa manera de expresarlo ya la rechazó él mismo hace tiempo: “nosotros no tenemos discípulos, tenemos compañeros algo más jóvenes que al poco tiempo se hacen amigos”. Lo de ‘escuela’ es menos claro, aunque también es evidente que nadie se jacta allí de haber creado tal cosa; y mucho menos de haber montado una suerte de ordenación jerárquica que pide actitudes de sumisión a cambio de peldaños en el escalafón, es decir, un cacicato académico, que es lo que viene siendo demasiadas veces eso de las ‘escuelas’. Pero ‘escuela’ tiene también como referencia semántica un grupo de profesores que trabajan en torno a un cuerpo razonablemente definido de ideas y teorías con las que se identifican espontáneamente por creerlas más fundadas. Y eso sí parece concernir a este grupo alicantino. Aunque también haya excepciones allí dentro. Así que mejor quedarse, como sugirió Atienza alguna vez, con la idea de ‘grupo’, que no sólo tiene un alcance convenientemente abstracto, sino que, además, y eso me satisface más particularmente, pretendió con esa sugerencia hacerse eco de aquel “Grupo de Oviedo” de profesores liberales inspirados por la Institución Libre
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Francisco J. Laporta
de Enseñanza (Leopoldo Alas, Adolfo Álvarez-Buylla, Rafael Altamira, Adolfo Posada, etc.) que definieron a finales del s. XIX la personalidad de aquella vieja universidad. Y ese eco puede venir a cuento por dos razones: en primer lugar, porque define bien lo que quiero dar a entender con ‘grupo’; y, en segundo lugar, y más anecdótico, porque de hecho todo tuvo su comienzo precisamente en Oviedo. Me voy a permitir hacer sobre todo ello algunas conjeturas. Empezaré por Oviedo, que nos puede poner más cerca de la historia. Entre 1974 y 1976, Elías Díaz profesó de catedrático de Filosofía del Derecho en la vieja Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo. Allí trabó inmediatamente conocimiento con un joven y combativo Manuel Atienza, que a instancias suyas (y seguramente también amenazado por un procesamiento judicial por sus actividades antifranquistas) viajó en octubre de 1975 a Argentina, cumpliendo una especie de papel de descubridor de un pensamiento jurídico del que entonces se sabía poco entre nosotros. Fue precisamente al año siguiente, en octubre de 1976, cuando leyó su tesis doctoral “La filosofía del derecho argentina actual”, dirigida por él. Muchas veces se ha dicho que lo más importante para despertar el interés de un estudiante no es el contenido de una materia, sino el perfil del profesor que la explica. Esto con Elías Díaz sucedía muy claramente. En el contexto de una realidad política y social cerrada y deficiente, la actitud valiente y comprometida del profesor Díaz al enfrentarse a ella utilizando como herramienta intelectual las mejores aportaciones de pensamiento jurídico contemporáneo (Kelsen, Bobbio, Hart, etc.) fue una especie de luz nueva para sus estudiantes. Venía de peripecias personales y académicas complicadas (confinamiento, procesamiento, atropellos varios en los tribunales de cátedra, etc.) y exhibía un pensamiento innovador. Todo eso ejercía sobre nosotros una fascinación muy honda, que todos hemos reconocido siempre. Cabe suponer por ello que entre los dos se establecería una relación no sólo académica, sino también personal, de actitud, una suerte de magisterio no sólo en los aspectos teóricos sino también en la vivencia y el espíritu universitario. Y en el talante crítico. Eso es, sin duda, parte del bagaje que después configurará la impronta del grupo de Alicante. Si le añadimos a ello un estudio muy minucioso del pensamiento de los mejores filósofos argentinos del derecho, especialmente de los que se orientaban hacia la lógica y la filosofía del lenguaje, podremos identificar enseguida el origen remoto de algunos de los ingredientes que van a formar parte del corpus teórico y práctico sobre el que se sustente la actividad del grupo de Alicante hasta transformarla en una suerte de prodigio universitario. Pero las cosas no eran entonces fáciles para un proyecto como ese. Elías Díaz pidió enseguida el traslado de su cátedra a la Universidad de Valencia. Los túneles del Huerna, que unen ahora Asturias con la meseta castellana, no estaban todavía abiertos, y el viaje a Oviedo era largo y penoso. Valencia estaba mucho más accesible desde Madrid, donde Elías tenía su casa y sus referencias
Conjetura sobre un prodigio: el grupo de filósofos del derecho de la Universidad de Alicante
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vitales, y había iniciado además la organización de un departamento de filosofía del derecho en la recién creada Universidad Autónoma. Manuel Atienza marchó con él a Valencia con un contrato medio inestable, y durante casi un año alojó en su casa a su maestro en los días en que éste se desplazaba a dar sus clases. Poco después y tras ciertos inconvenientes y burocracias, Elías Díaz accedió por fin, mediante un concurso a su cátedra de la Universidad Autónoma. Desde entonces todo pareció ir hacia mejor. Allí se fue también Manolo. Y allí le conocí yo: brillante y laborioso, pero también algo áspero y poco clemente. Ejercía la crítica naturalmente, pero sin piedad, sin preocuparse lo más mínimo de poner algunos paños calientes sobre quien hincaba su punzante aguijón. Todos los que le conocimos en ese periodo coincidimos en que, sin merma del rigor crítico, es ahora mucho más entrañable y bondadoso que entonces. En su (pen)último libro fabula la existencia de una hija imaginaria que en los años 50 del presente siglo pronuncia un discurso ante el claustro de Alicante sobre el futuro de la Universidad. En ese discurso, su imaginaria hija dice de él que actuaba a veces como una suerte de tábano. Por lo que respecta a aquellos tiempos, la hija imaginaria tenía bastante razón. Fue en esos años cuando se presentó (junto al que esto escribe) a unas oposiciones a profesor adjunto de filosofía del derecho. Para el lector demasiado joven o ajeno a las maneras españolas de proveer el profesorado universitario, esto de traslados, oposiciones y concursos le sonará extraño. La universidad española era entonces casi exclusivamente de carácter público, y su personal docente se nutría mediante un procedimiento llamado “oposición” o “concurso-oposición” en el que los candidatos entraban en competencia para conseguir acceder al estatus de funcionarios vitalicios de esos organismos públicos. Tan competitivo era el procedimiento que hasta poco antes de esas fechas existía un trámite que se llamaba “trinca”. Consistía en que el candidato no exponía sus méritos y teorías, sino que se regodeaba en resaltar los errores y la mediocridad de los demás candidatos. El ejercicio era repugnante. Afortunadamente semejante rito se había suprimido poco antes de lo que estoy relatando. Pero aún quedaban cosas malas, y sin duda la peor era el procedimiento para elegir los jurados de esos concursos en los tiempos del franquismo: se formaban demasiadas veces intrigando en el Ministerio de Educación desde una posición de influencia. Así era la oposición a que se presentó. Le recuerdo perfectamente en el viejo y siniestro caserón de la calle Medinaceli, sede del Instituto de Estudios Jurídicos, hablando de la teoría de la verdad de Tarski y sus relaciones con el pensamiento de Alchourrón y Bulygin ante un jurado que ni siquiera conocía la existencia de tales cosas. ¡No se han oreado!, salió diciendo Elías Díaz tras aquel excelente ejercicio, recurriendo a una vieja expresión salmantina. Pues bien, aquel tribunal que no se había “oreado”, sugestionado por un cacique de la disciplina, de extrema derecha, fanático religioso y político que militaba
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Francisco J. Laporta
¡todavía! en el tradicionalismo carlista, le expulsó del concurso a las primeras de cambio con una calificación miserable. Aquello llegó incluso a suscitar un pequeño escándalo político: ya se habían realizado las elecciones de junio de 1977, las primeras libres desde 1936, y el Partido Socialista de Felipe González había conseguido un resultado excepcional. Era el primer partido de la oposición con 120 escaños y entre sus diputados había algunos filósofos del derecho. Gregorio Peces-Barba, portavoz parlamentario de ese partido, interpeló al Ministro de Educación acerca de semejante arbitrariedad. Las cosas estaban cambiando para bien de la ciudadanía y de la ciencia. Pero para Manuel Atienza era una vuelta a empezar. Ahora a la Universidad de Palma de Mallorca, donde tuvo la fortuna de encontrar eco en un joven estudiante inquieto, Josep Aguiló Regla. Y más tarde, por fin, a mediados de la década de los 80, la llegada a la Universidad de Alicante, en la que se va a encontrar otro regalo inesperado en la presencia de Juan Ruiz Manero. Me he demorado en estas vicisitudes personales anteriores al periodo alicantino porque no está mal recordar de vez en cuando la triste odisea que solía pasar en la España de la dictadura quien se aventuraba al ejercicio de la profesión educativa e investigadora desde una posición crítica. Puede servir también de lección para que los jóvenes vean lo que va de ayer a hoy. Y, por supuesto, porque las dictaduras se resisten a desaparecer; parecen querer volver con uno u otro disfraz. Pero me he demorado sobre todo teniendo en mente la segunda de aquellas reflexiones que hacía al principio; la que se refiere a la idea misma de grupo universitario. Y ello porque estos aspectos personales y las incidencias intelectuales de sus protagonistas también son necesarios para percibir lo que es un grupo intelectual, al menos en España. Decía que la noción de ‘grupo’ frente a la de ‘escuela’ es convenientemente abstracta porque no nos empuja a identificar rasgos muy definidos en tales entidades. Y, sobre todo, no nos obliga a indagar en rasgos ‘grupales’. Puede haberlos, desde luego, pero por lo que se refiere a la vida intelectual, en España es casi imposible hablar de un grupo sin haber pensado antes en una personalidad individual que de algún modo aliente y genere ese grupo. En la vida intelectual española hay pocas partituras para coro. El pensador español suele cantar solo, y es desde esa individualidad desde donde transmite una impronta a una publicación, una editorial, un grupo, etc. Alguna vez lo he descrito como un ‘alma’. Pues bien, el alma del grupo de Alicante es Manuel Atienza. Eso lo sabemos no solo por experiencia, sino porque si examinamos un poco su personalidad intelectual y humana, enseguida nos damos cuenta de que son rasgos profundos de esa personalidad los que han germinado en las tareas comunes del grupo. Déjenme intentar mostrarlo brevemente. En primer lugar, algunos rasgos más exteriores, pero decisivos. Manuel Atienza es un trabajador incansable; tiene una capacidad de trabajo sin límites. Su presencia y su actividad estimula la laboriosidad de todo su entorno. Es como un acicate
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(que, como es sabido, es el viejo término castellano para ‘espuela’). Estar junto a Manuel Atienza y sentirse espoleado para hacer algo es la misma cosa. Eso contribuye seguramente a explicar una parte de los notables logros (para mí prodigiosos) del grupo de Alicante. Después está el impulso crítico. Antes he hablado de aspereza o inclemencia, pero tampoco se deben tomar esas cosas solo en sentido negativo. La actitud crítica es una virtud muy intelectual, y en él esa virtud se manifiesta de una manera evidente desde los primeros años: Manuel Atienza es sustancialmente irreverente. Un ejemplo de entonces: en aquellos años 70 de nuestra juventud se daba en España, como en Italia y en Francia, una devota escolástica marxista. Recuerdo con asombro cómo entre nosotros se discutía sobre los Grundrisse (así se llamaba para mostrar familiaridad a los Fundamentos de la Crítica de la Economía Política, un conjunto de manuscritos de Marx inéditos hasta 1940) como si del descubrimiento de un quinto evangelio se tratara. Lo que en esas discusiones se pretendía, obviamente, era asentar la santa palabra del fundador sin errores ni mixtificaciones (el famoso desviacionismo). Pues bien, Atienza, que conocía toda esa literatura apologética, publica en 1982 un libro titulado Marx y los derechos humanos en el que toma distancia de los textos y sus interpretaciones y se muestra claro al afirmar que en Marx, con respecto a los derechos humanos, hay algunas cosas que sí pero hay muchas más cosas que no. Es decir, se acerca a Marx irreverentemente: “Al fin y al cabo –escribe en su presentación– si Marx adoptó como su lema favorito la frase “hay que dudar de todo”, no veo ninguna razón por la que no debamos dudar también de él”. Esta irreverencia, impensable en la legión de escoliastas que florecían entre nosotros, no impide (más bien diría yo que estimula) que el mencionado libro siga siendo hoy el mejor que se ha escrito en lengua española sobre el tema. Pero a lo que yo iba con el ejemplo era a poner de manifiesto esa actitud intelectual suya que se ha proyectado también en el grupo de Alicante de una manera muy decidida. Allí se practica la irreverencia con todo autor, teoría o movimiento, de forma tal que las ideas no se sostienen porque vengan de autoridad alguna o pertenezcan a alguna corriente, por predominante que sea, sino por lo que valgan en sí mismas. Esa impronta de los filósofos de Alicante no es, me parece, sino un trasunto más del carácter propio de Manuel Atienza. Y ello no supone, como podría pensar algún apresurado, dogmatismo alguno. Manolo es muy firme en sus convicciones, es decir, nada escéptico. Pero no es dogmático. Antes al contrario, una de las virtudes intelectuales que más aprecio en él es su apertura de mente, que le ha permitido ir incorporando enfoques nuevos a su arsenal teórico, e irse desprendiendo de pieles que él consideraba viejas. En el año 1983 aparecía en Alicante el número uno de la revista “Doxa. Cuadernos de filosofía del derecho”. De entre los prodigios de los que va a hablar este libro, este es, sin duda, uno de los más notables. Hasta el punto de que merecería por sí solo una tesis doctoral o quizás mejor un libro diseñado por un profesor ya más fogueado. Una característica muy típica de aquella personalidad se puede detectar ya en ese primer número: no se trata de una
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Francisco J. Laporta
revista de escuela, sino de una revista abierta, pensada precisamente para abordar problemas “abiertos” de filosofía del derecho. Y una revista que se ponía a disposición de las nuevas gentes de aquí y se abría a las teorías y peripecias de la filosofía del derecho extranjera. Con gran generosidad se presentaba como una empresa colectiva en la que participábamos muchos, pero la verdad es que todo el enorme trabajo que hay ahí debajo del éxito impresionante de mantener en pie con todo rigor y durante tantos años la mejor y más comprehensiva revista de filosofía del derecho en cualquier lengua latina, le corresponde al ‘alma’ de Manuel Atienza y a su correlato, el espíritu del grupo de Alicante. Y hablemos ahora algo del mensaje. Como he dicho, en el año 1985 accedió Manuel Atienza a la cátedra de filosofía del derecho de la Universidad de Alicante. Para hacerlo presentó un trabajo (publicado, después, en 1986) sobre la analogía en el derecho. Ese trabajo fue el tema de un curso de doctorado en la Universidad de Alicante al que presumiblemente asistieron algunos de los jóvenes licenciados que pretendían obtener entonces el grado de doctor. Y no es difícil emparentar esa investigación con fermentos de su tesis doctoral sobre el pensamiento argentino. Y, por supuesto, pensarla como el antecedente de esa aportación ineludible a las teorías de la argumentación jurídica, que aparece en 1991 como Las razones del Derecho. Lo que, andando el tiempo, acabará por ser en 2006 El Derecho como argumentación, es decir, una concepción del Derecho muy innovadora que resaltaba con todo rigor los ineludibles aspectos prácticos del fenómeno jurídico en una visión global del proceder argumentativo. Todavía vendrían después muchas más cosas, pero lo que me interesa ahora es resaltar otra vez ese hilo conductor que desde su pensamiento individual configura después el núcleo de lo que será después otro de los prodigios colectivos del grupo de Alicante: el MAJA, el Máster de Argumentación Jurídica de Alicante. Otra vez el alma que anima la empresa colectiva. Y no quiero dejar de subrayar que eso constituye efectivamente un verdadero prodigio. Yo no sé que exista en ninguna de las Facultades de Derecho españolas un máster parecido a ese, articulado en torno a un profundo conocimiento teórico y práctico de todos los vericuetos y aspectos que presenta la argumentación en el derecho (lógica, retórica, interpretación, razonamiento práctico, etc.) y acompañado después por un conjunto de conferenciantes que van presentando ante los participantes algunos de los aspectos de sus investigaciones en curso. El resultado es espectacular: en torno a doscientas solicitudes anuales, que fuerzan a los organizadores a seleccionar cuidadosamente, y convalidación como mérito especial en el acceso a diversas carreras profesionales en Latinoamérica. Por cierto, que de esas relaciones con Latinoamérica también podría hablarse bastante. Otro, quizás, de los rasgos escondidos que unen a Manuel Atienza con el grupo de Alicante y a éste con el grupo de Oviedo. En lugar de esas ridículas pretensiones imperiales o los patéticos plantos de víctima que se repiten periódicamente, colaboración intensa y reconocimiento recíproco.
Conjetura sobre un prodigio: el grupo de filósofos del derecho de la Universidad de Alicante
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Y después está una construcción teórica más explícita. Aquí ocupa un lugar dominante Las piezas del Derecho. Teoría de los enunciados jurídicos, aparecida en 1996. Un libro que se abre con la presentación de un proyecto que se va a transformar en definitiva en la seña de identidad teórica del grupo de Alicante. No es cuestión aquí de entrar en el análisis o el comentario del contenido fundamental del libro, que por otra parte es casi un clásico en la materia, y ha sido discutido exhaustivamente dentro y fuera de nuestro país. Es la autoría y esa presentación lo que merece un lugar en este prólogo. La autoría porque registra otro de los curiosos prodigios de Alicante: la rara sintonía entre sus dos autores, Manuel Atienza y Juan Ruiz Manero, que va a ser capaz de vehicular el mensaje teórico fundamental del grupo. Y la presentación, que es un resumen conciso del programa de máximos de ese mensaje: salir del “ensimismamiento” de la teoría analítica del derecho como presentación quietista de la estructura normativa del orden jurídico y avanzar hacia una visión del mismo como práctica social en acto que es ininteligible si prescindimos de sus fines y valores, su sentido último. Para ello los autores declaran que suscriben una concepción racionalista y objetivista (cognoscitivista) de la ética, pues sin ella, afirman “no podríamos reconstruir aspectos fundamentales de nuestras prácticas sociales; en particular, de las prácticas jurídicas propias de los Estados constitucionales contemporáneos”. También afirman que la filosofía social tiene que saldar sus cuentas con el marxismo; algo, por cierto, que ellos empezaron a hacer algunos años antes en un artículo legendario publicado en 1985 en la revista SISTEMA (“Marxismo y ciencia del Derecho”), y que es quizás el primer ejemplo de descaro e irreverencia ante la ortodoxia marxista de su colaboración intelectual. Este echar las cuentas, sin embargo, se me antoja a mí menos relevante que lo anterior, más personal, más de ellos, por así decirlo. Pero lo importante es seguramente lo otro, porque es a mi juicio el núcleo inicial de lo que después vendrá bautizado como “pospositivismo”, el marchamo intelectual del grupo, muy expresivo desde luego de lo que quieren superar (el quietismo formal y aséptico del positivismo analítico) pero quizás no tan expresivo del lugar hacia el que quieren caminar. Pero eso es ya la continuación del incesante diálogo que todos mantenemos con ellos, y pertenece a otro libro, o al menos a otro prólogo. En este no he querido llegar a tanto como sugerir que el grupo de filosofía del derecho de Alicante es un Manuel Atienza en grande, ni que Manuel Atienza es el grupo de Alicante en persona, pero sí que su personalidad ha dotado de alma, identidad y dinamismo a ese grupo, que, con toda su complejidad, es, sin embargo, inexplicable sin él. Me parece que este libro de dos jóvenes profesores corrobora esta idea. Madrid, octubre de 2021
ELOGIO DE LA AMISTAD. A MANUEL ATIENZA Y EL GRUPO DE ALICANTE
Prólogo de RODOLFO VÁZQUEZ
He tenido la fortuna de conocer y convivir en múltiples ocasiones, acá o allá –mediando un pequeño charco– con cada uno de los que con justicia y una gran dosis de orgullo conforman el “grupo” o la “escuela” alicantina. Habrá que organizar un “seminario de los jueves” para debatir en torno a esta cuestión semántica; pero de lo que no me cabe duda es que ninguna de estas personas –únicas y admirables– que conforman este colectivo, se sentirían cómodas con las expresiones “comunidad” o “fraternidad” alicantinas. Son, ante todo, liberales y laicos, y estoy tentado a decir, también, igualitarios, pero de inmediato oigo la voz de Manuel Atienza reclamando su pedigree socialista y no esa versión descafeinada anglosajona. Así que, venga, no liberales igualitarios sino demócratas socialistas. He asistido a seminarios y charlas impartidas por Juan Ruiz Manero, Manuel Atienza y Josep Aguiló, ese feliz triunvirato que dio origen a esta “marea” alicantina y convencerme que a los tres –Juan, Manolo y Pep– “se les notaba que habían pasado por el pensamiento de Marx”. No cabe duda que es un sello distintivo de la casa, como lo es también que no se puede ni se debe siquiera intentar pronunciar o usar algún concepto jurídico fundamental sin someterlo a la criba de Kelsen, Ross, Hart, Bobbio, von Wright o Alchourrón y Bulygin. Otro sello indiscutible de la casa y que distingue, entre otros valores académicos, las tesis doctorales de la Facultad de Derecho de Alicante, convertidas luego en libros de lectura obligada. Manuel Atienza ha sido algo así como un “padrino de proyectos académicos” en México. Con él y con Ernesto Garzón Valdés, en 1990, inauguramos un par de seminarios que serían el punto de partida para lo que un año después se constituiría como el “Seminario Eduardo García Máynez” sobre Teoría y Filosofía del derecho. Se impartieron esos dos cursillos con muy buena asistencia de participantes de varias universidades del país, entre ellos, Óscar Correas y Rolando Tamayo y Salmorán. Todos juristas, pero con una gran curiosidad e interés por la filosofía del derecho. Fue una experiencia inolvidable. El carácter bifronte de la filosofía del derecho, a la vez teórica y práctica, y el manejo inteligente de la normatividad jurídica con un sinnúmero de fallos judiciales, legislación
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Rodolfo Vázquez
comparada, problemáticas universales y autores contemporáneos con gran potencial intelectual, nos introdujeron en un mundo del cual era imposible ya desprenderse. Fueron seminarios atrapadores y adictivos. Ernesto y Manolo nos abrieron las puertas de Alemania, Italia, Francia, España, Finlandia, y varios países de América Latina, con personas concretas y amigas, dispuestas a apoyar las actividades que emprendiéramos en México y en los estudios que quisieran realizar los estudiantes fuera del país. Había mucho trabajo que realizar, pero teníamos propósitos, guías y publicaciones. Era cuestión de voluntad y entusiasmo. Ernesto reuniría buena parte del material que nos presentó en el seminario en su libro Derecho, Ética y Política, y Manolo en un libro seminal para su propuesta de Derecho como argumentación, Las razones del derecho. Teorías de la argumentación jurídica. Al año siguiente, como decía, iniciamos el “Seminario García Máynez” y en un simposio ya célebre, en el que participaron Eugenio Bulygin, Robert Alexy, Carlos Alchourrón, Francisco Javier Ezquiaga, Ulises Schmill, Ernesto Garzón Valdés, Julia Barragán, entre otros invitados, pude calibrar el talante polemista de Manolo: claro en las ideas, cáusticamente irónico, con un enorme poder de persuasión (digno hijo de la diosa Peitho) pero, sobre todo –lo que para mí en ese entonces resultaba sorprendente en un teórico del derecho– su sentido de corrección, o de justicia si se prefiere. ¿Cómo –me preguntaba– sin ser jusnaturalista, era posible insertar este carácter social y valorativo al derecho desde una teoría de la argumentación? Creo recordar que mi entusiasmo por la propuesta teórica de Manolo coincidía con un cierto hartazgo de la filosofía analítica, que al menos en las versiones que por ese entonces conocía, me resultaban antipáticamente arrogantes, pero especialmente, estériles, por el callejón sin salida al que conducía el escepticismo, y a veces, el cinismo, de algunos de sus representantes. Otro tanto me sucedía con el jusnaturalismo, pero aquí, a la inversa, por su empeño de mirar al Derecho desde un cierto absolutismo moral y por su vocación intransigentemente dogmática. Una peculiaridad del Seminario García Máynez es que los profesores debían cumplir con algunas obligaciones académicas acordadas con los patrocinadores, lo que significaba trasladarse a algunas ciudades de la República: Oaxaca, Veracruz, Guanajuato, Querétaro, entre otras, para impartir algún seminario. Si mal no recuerdo en aquel 1991, o al año siguiente, a Ernesto y a Manolo les tocó viajar a Acapulco. Ernesto nunca ha sido muy amante de los paraísos soleados y arenosos, y menos si entre los compromisos había que levantarse a las 6 de la mañana para comenzar la jornada académica a las 7 y así, de corrido, hasta la hora del almuerzo. Ambos cumplieron como soldados de trinchera, y en el caso de Ernesto, agregó un toque de solidaridad a los afanes aventureros de Manolo. Manolo decidió subirse a uno de esos paracaídas acuáticos ante la mirada incrédula de Ernesto y mía; por supuesto, ambos permanecimos a ras de tierra. Nunca he podido acordarme cuál era la temática que nos convocaba en ese seminario,
Elogio de la amistad. A Manuel Atienza y el grupo de Alicante
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pero no puedo quitarme la imagen de Manolo volando sobre el mar pero, sobre todo, y para tranquilidad de sus amigos, aterrizando en la playa. A los pocos años, en 1994, apareció el primer número de Isonomía y, de nueva cuenta, Manolo inauguraba la revista con un ensayo sobre argumentación, y ni qué decir de todos los consejos recibidos, avalados por la dirección y el deslumbrante Consejo editorial de Doxa, que por ese entonces cumplía 10 años de vida. En 2003 Manolo es el primer profesor invitado para ocupar la cátedra “Ernesto Garzón Valdés”. En las palabras de agradecimiento, Ernesto se refirió a él con términos justos y precisos: “un caballero castellano, con tenacidad prusiana”, y yo agregaría, para que no quede todo en el otro continente, con vitalidad latinoamericana. Unos años después, en 2007, Manolo sería el primer expositor en el seminario sobre “Lectura Contemporánea de los clásicos” con un curso inolvidable sobre Marx, autor que, reitero, acompaña e inspira su pensamiento desde su obra prima en 1983, Marx y los derechos humanos. Los encuentros en congresos mundiales o locales, las visitas frecuentes de las y los maestros de Alicante a México para impartir cursos en diversas instituciones académicas o, específicamente, al gremio de jueces y legisladores del país, eran ocasiones inigualables para hablar de proyectos, compartir las experiencias recogidas en muchos países del continente americano y pensar a lo grande, desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego. No sé cuánto tiempo, ni cuántas discusiones entre el grupo alicantino y señeras personalidades del mundo de la filosofía jurídica fueron necesarias para llevar a buen puerto el proyecto de un encuentro, que se llevaría a cabo en el Paraninfo de la Universidad de Alicante, en el año de 2016, y que recibiría el nombre de Congreso de Filosofía del Derecho para el Mundo Latino. Una empresa realmente titánica, con una convocatoria que rebasó cualquier expectativa posible. El Congreso se replicaría en Río de Janeiro dos años después, y tuvo que posponerse en México, por la pandemia de Covid. Tuve el honor de ser el relator de la primera de las mesas en el Congreso de Alicante, cuyo título no pudo ser más apropiado, ni más complejo: “¿Qué Filosofía del Derecho para el mundo latino?”. Pregunta que se descomponía en otras tantas, por ejemplo, cómo compatibilizar el carácter “regional” o “particular” de la Filosofía del Derecho en cuanto relativo a una agenda temática característica del mundo latino y en cuanto al enfoque filosófico con vocación de universalidad; o bien, la necesidad de una redefinición crítica de la “familia constitucionalista” en vista de sus distintas versiones (neoconstitucionalismo, constitucionalismo garantista y constitucionalismo popular) y todas ellas de cara a la amenaza común que supone la ideología neoliberal para los logros del constitucionalismo en materia de control del poder político y derechos sociales. Existen buenas razones para pensar que en América Latina el proyecto de democracia constitucional ha cumplido escasamente con las promesas anunciadas. Los actos de corrupción y nepotismo, el populismo autoritario, el abusivo
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Rodolfo Vázquez
uso de los decretos de necesidad y urgencia, la ineficiencia e impunidad en la procuración e impartición de justicia, la violencia generalizada por la delincuencia organizada, la pobreza endémica de buena parte de nuestros países y la humillante desigualdad económico-social, no invitan, ciertamente, al optimismo. Pese a ello, hay que reconocer, también, que las adversidades han estimulado la imaginación de los juristas y los filósofos y desde la década de los noventa asistimos en América Latina a un reposicionamiento de la democracia constitucional visible en sendas publicaciones a través de libros y artículos de investigación, vanguardistas. Esta ola constitucional, propia de las democracias representativas, comenzó a tomar cuerpo a partir de varios ejes de análisis y de demandas sociales: 1. la construcción de un modelo de Estado de derecho caracterizado por el reconocimiento y la efectividad del más amplio elenco de derechos humanos, que incluyera los derechos civiles y políticos, así como los económicos, sociales, culturales y de tercera generación; 2. el atrincheramiento de los mismos en la norma suprema constitucional reforzada por los instrumentos propios del derecho internacional de los derechos humanos; 3. la organización y preparación de un cuerpo judicial progresista, independiente e imparcial, que garantizara la justiciabilidad de los derechos, especialmente de los sociales, con deferencia —que no subordinación— hacia los órganos de representación popular; 4. la construcción de una democracia incluyente que abriera los canales adecuados para el reconocimiento de las minorías étnicas, los grupos vulnerables y los colectivos mayoritarios históricamente excluidos; 5. el empoderamiento de estos grupos a través de mecanismos procesales reconocidos legal y judicialmente, como el habeas corpus, la tutela, el amparo y las acciones colectivas, y 6. todo lo anterior, con el fin de construir una sociedad más homogénea y plural a partir de la implementación de políticas públicas que hicieran valer el principio de igualdad para tutelar las diferencias y reducir las desigualdades económicas y materiales. Me he preguntado en muchas ocasiones, a lo largo de los más de 30 años que tengo de conocer a Manolo, cuál o cuáles son las fuentes de su incansable energía y de su lúcida creatividad. He intentado darme alguna respuesta sin mucho éxito, y finalmente opté por ser un testigo incrédulo y un beneficiario afortunado de todos sus emprendimientos, como lo han sido tantos otros, y en diferentes generaciones, en este continente. En él se aplica aquella frase de George Steiner: “los seres humanos no tenemos raíces sino piernas”. Tenemos un punto de partida, sin duda, pero no sabemos bien cuál es el punto de llegada. Nos movemos, andamos, cruzamos fronteras. Así conocí a Manolo. Un caminante generoso, hospitalario, mimético, reflexivo y profundamente sensible a las injusticias de nuestra vasta región. Cuando escuché por primera vez a Manolo hablar sobre i-latina descarté inmediatamente cualquier atisbo de romanticismo eurocéntrico, pero también descarté la pretensión de un proyecto que