NI CIEGA NI MUDA Relatos de una Jueza
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia Ana Belén Campuzano Laguillo Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad ceu San Pablo Jorge A. Cerdio Herrán Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho Instituto Tecnológico Autónomo de México José Ramón Cossío Díaz Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México Owen M. Fiss Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EUA) Luis López Guerra Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid Ángel M. López y López Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla Marta Lorente Sariñena Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid Javier de Lucas Martín Catadrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Víctor Moreno Catena Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid Francisco Muñoz Conde Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla Angelika Nussberger Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania) Héctor Olásolo Alonso Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda) Luciano Parejo Alfonso Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid Tomás Sala Franco Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia José Ignacio Sancho Gargallo Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España Tomás S. Vives Antón Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia Ruth Zimmerling Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
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NI CIEGA NI MUDA Relatos de una Jueza
Margarita Guerra y Tejada
tirant
humanidades plural
Ciudad de MĂŠxico, 2016
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© Margarita Guerra y Tejada
© TIRANT LO BLANCH MÉXICO EDITA: TIRANT HUMANIDADES DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Rio Tíber 66, PH Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP. 06500 Ciudad de México Telf.:(55) 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex www.tirant.es ISBN: 978-84-167-86060 © INSTITUTO NACIONAL DE CIENCIAS PENALES Magisterio Nacional núm. 133, Col. Tlalpan Del. Tlalpan, C.P. 14000, Ciudad de México. ISBN: 978-607-8447-43-5 Imagen de portada: Mario Núñez Guerra. Rizomas, 2015, óleo/tela, 145x190 cm. Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-deempresa, nuestro procedimiento de quejas.
ÍNDICE
Prólogo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . XIII El aguacate . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1 El aborto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 El vulcanizador. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 El travesti . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 El “soldado raso” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 El “Tami” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21 La sobrina de Rosa. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 La planchadora. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29 “Me violó tres veces”. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33 Las bocinas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37 Las luces de bengala. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41 La mesera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45 Mató a su hija. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49 Los albañiles. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53 La tamalera. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
ANTESALA
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n un planeta en el que la impartición de la justicia está tan deteriorada y, principalmente, en un país en el que, en pleno siglo XXI, la injusticia goza de total impunidad y hasta de “prestigio”; a través de esta obra, en la conciencia del cómplice/lector, irán resonando, una tras otra, como las pisadas en los largos pasillos de las prisiones, las palabras aquí escritas por la magistrada Margarita Guerra y Tejada. En Ni ciega ni muda. Relatos de una Jueza, a través de quince casos en los que ella intervino en su papel de Juez o como Magistrada, asistiremos al comprometido quehacer cotidiano de una profesional decidida a provocar justicia a contracorriente, dentro de un contexto institucional en el que todo parece organizado para tramitarla y no para ejercerla. Aunque la palabra corrupción no aparece en este libro, como tampoco connivencia, las malas prácticas tan arraigadas en el sistema judicial son el sujeto elíptico de cada relato, el trasfondo oscuro en el que brilla con luz propia la ética de quien ha trabajado en la búsqueda de hacer lo jurídicamente correcto y previsible. Tuve oportunidad de preguntar a la autora: ¿Para qué escribes este libro?; su respuesta fue: “Desahogo muchas cosas que me mueven, me da sensación de existencia. Al escribir hago una remembranza en la que, a través de la nostalgia, encuentro el gusto por lo que hice”. El texto entraña una revancha y una denuncia de aquello que Platón dejó escrito hace veintiséis siglos: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”. XI
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Precisamente, esta obra sale a la luz en un año en el que, en el marco de la justicia penal mexicana y como una consecuencia más de la reforma judicial promovida por la Iniciativa Mérida, en los procesos de detención se adopta la estadounidense Advertencia Miranda, creando así mayor vulnerabilidad e inseguridad jurídica entre los ciudadanos al otorgar excesivo poder a quienes aún no están preparados para ejercerlo. Pero guardemos silencio y escuchemos de primera mano, aunque en tercera persona, un puñado de experiencias procesales, inolvidables dentro de la dilatada carrera de Margarita Guerra y Tejada. Pasemos a la Sala en la que se constituye el Tribunal para celebrar audiencia y para impartir esa justicia que, ni ciega ni muda, aquí se nos manifiesta humana, sensible y esperanzadora; presenciemos quince sesiones que abonan la confianza de que entre el mundo de jueces y magistrados de México aún hay personas comprometidas con los derechos más humanos y preocupadas por conjugar dignamente la justicia. Eduardo Suárez del Real Aguilera Santiago de Querétaro, 1 de julio de 2016.
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e encontraba la Fiscal en su oficina cuando entró una agente del Ministerio Público para avisarle que habían logrado traer a una mujer embarazada, quien no hablaba bien el español, acompañada de tres niños pequeños y una mayorcita, de aproximadamente ocho años. Se había llevado a cabo un operativo especial, pues, por una denuncia anónima, se enteraron de que en un cuartucho de madera en el patio de una parroquia, frecuentemente se escuchaba llorar a unos niños y, en ocasiones, los gritos de una mujer desesperada. En esta ciudad cercana a la capital de México existe una inmensa cantidad de iglesias y parroquias católicas en las que se puede ver a mujeres orando y haciendo fila ante el confesionario. Afuera de los templos, siempre se encuentran indigentes, hombres y mujeres con niños pidiendo limosna. Después de darles de comer y con la ayuda de un intérprete de lenguas indígenas, la mujer pudo relatar que salió de su pueblo porque su pareja la golpeaba muy fuerte y se asentó con sus niños en las afueras de una iglesia; no tenían lugar para dormir, por lo que pasaban la noche junto a la barda y durante el día no faltaba quien les diera “para un taco”. En una tarde en que llovía, agregó la joven madre, el “curita” les dijo que pasaran a un cuartito que había al fondo y que ahí se quedaran. Les empezó a dar sopa y unas tortillas, pero una noche llegó, la jaloneó muy feo y la empezó a tocar en todo su cuerpo, la obligó y si no se dejaba la golpeaba… contaba llorando la pobre mujer. Como un día se quiso escapar, llevó un gran candado y lo puso en la puerta por fuera y ya no lograron salir. No pudo precisar el tiempo que 1
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habían estado en ese lugar, pero en la inspección ocular que se llevó a cabo, los peritos calcularon que estas personas tenían ahí cuatro o cinco meses. El “padrecito” había abusado de ella y la dejó embarazada. Algunas veces, ya de noche, dejaba salir a los niños a que caminaran y luego los volvía a encerrar. Si no se metían pronto, los golpeaba. A su hija la manoseaba. Entonces empezó a gritar muy fuerte y sus niños comenzaron a llorar, hasta que una “señora buena” abrió la puerta y los trajo con ella. “Gracias, gracias”, decía la pobre mujer, sin poder agregar nada más. La Fiscal pidió que le llevaran a la niña mayor, quien se veía muy asustada y no hablaba absolutamente nada; pero resultaba de suma importancia su declaración, pues tenía golpes en todo el cuerpo, seguramente propinados por el sacerdote. En compañía de una psicóloga y psicoanalista, se sentaron con la criatura ante una mesa redonda, ella tan sólo miraba hacia abajo y no abría la boca. Le preguntaron su nombre. Inútil, no dijo nada. Se les ocurrió entonces decir varios nombres, pero no reaccionaba; le daban dulces y se los comía, pero seguía en silencio. Cuando ya parecía imposible que la niña hablara, lo que era imprescindible para integrar adecuadamente la averiguación, la Fiscal, nuevamente, empezó a decirle nombres para ver si ella reaccionaba ante alguno de ellos: “Rosa, Carmen, Ana, Petra…” y así hasta más de veinte, pero la criatura permanecía en silencio. Entonces le dijo “guayaba” y se sonrió; “mandarina” y volvía a sonreír, pero guardaba silencio aunque ya movía la cabeza negando. Repentinamente la Fiscal le dijo: “ya sé, te llamas ¡aguacate!”; en ese momento la niña se rio francamente y le dijo: “así no me llamo, soy María”. A partir de ese momento, se consiguió el enlace con ella y logró decir, poco a poco, lo que había pasado, coincidiendo plenamente con la declaración de su madre, pero con mayor claridad, pues hablaba mejor el español.
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En efecto, el sujeto golpeaba a su mamá y le “hacía cosas feas abajo”; su madre lloraba y gritaba, pero nadie la escuchaba; después llegó una “señora buena” y los sacó de allí; contó que sus hermanitos también lloraban “mucho, mucho”. Con su relato, al fin pudo integrarse la averiguación; el sacerdote se negó a declarar y permaneció en absoluto silencio, con la vista al suelo; seguramente pensaría que, en el cielo, él tan sólo confesaría ante Dios. Tiempo después, se supo que aquí, en la Tierra, la “justicia” lo absolvió: el cura quedó en libertad, y fue trasladado a una parroquia lejana.
EL ABORTO
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a señora era de la “alta sociedad” del estado, conservadora y muy religiosa. Viuda con dos hijos, un joven estudiante de medicina y una profesionista. Era una mujer culta y con criterio, algo poco habitual en su clase y en esas latitudes. Un albañil que había trabajado en su casa, le recomendó una muchacha para que ayudara a la cocinera, y así fue como la contrató, se llamaba Petra. Esa mañana le tocó varias veces el timbre para que bajara a servir el desayuno, pero ella no acudía. Enojada, la señora subió al cuarto en el que la joven dormía y tocó varias veces sin recibir respuesta, tan sólo escuchó sollozos y quejidos al otro lado de la puerta. Tuvo que forzarla y al entrar quedó horrorizada: la joven estaba sobre un charco de sangre, lloraba y gemía amargamente. En el suelo la joven imploraba: “mi padre me iba a matar, mi familia ya no me iba a querer, me iban a correr del pueblo, por eso lo tiré, lo tuve que tirar, perdóname Virgencita, perdóname Diosito”. Doña Chela pudo ver el rastro de sangre que goteaba hacia el bañito y, dentro de la taza, algo que parecía un feto. Petra se desangraba, la señora gritó a su hijo para que llamara con urgencia a un médico. Cuando este llegó la chica parecía desmayada, tenía una palidez que recordaba la muerte. La pusieron sobre la cama y de inmediato el doctor la inyectó y le aplicó suero. Después de sacar a la pequeña criatura del baño, le explicó a la señora que la joven tenía cuatro o cinco meses de embarazo y que seguramente había tomado algún abortivo 5
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muy fuerte de los que venden en los mercados. Si hubieran tardado un poco más en llamarle, estaría muerta. En ese estado, la interrupción del embarazo estaba penalizada hasta con diez años de prisión. El médico le comentó a la señora que él no diría nada y que dejaría a su criterio denunciar a la joven, si así lo decidía. La mujer lo pensó, era muy católica y para ella lo que la muchacha había cometido era pecado mortal. Su hija, al enterarse de todo, le pidió que no la fuera a acusar porque el aborto era castigado con cárcel y la chica ya estaba sufriendo bastante. No avisaron a ninguna autoridad. La muchacha estuvo en cama varios días, le subían un plato de sopa y cerraban la puerta para dejarla tranquila. Cuando el fin de semana, el hermano de la joven, un albañil, fue a buscarla para que fueran a su pueblo, la señora le dijo que tenía gripe y no podía salir, que regresara por ella a la semana siguiente. Pasaron los días, poco a poco la joven se recuperó. Le platicó a la hija de la patrona que el padre de la criatura tenía un puesto en el mercado, pero cuando ella le dijo que estaba embarazada le contestó que hiciera lo que quisiera, que seguro no era de él y no iba a responder de nada; que se largara y no lo molestara más. Fue entonces cuando acudió a una señora de la plaza y ahí le vendieron un puñado de hierbas “para aliviarse sin ningún problema”. Dos semanas después, ya recuperada, la chica se fue al pueblo con el hermano, como lo hacían cada quince días, pero en esta ocasión ella no regresó. La señora, preocupada y sorprendida, fue a buscar al joven, este le dijo que Petra había decidido quedarse para siempre en casa de sus padres, no quería regresar a la ciudad. Intranquila, doña Chela se sintió insegura y llamó a una amiga cercana al gobernador para compartirle lo sucedido. Tenía miedo de haberse convertido en cómplice. Ella le recomendó que visitara a una funcionaria de su plena confianza, quien podría asesorarle. Fue así como este caso llegó a la Fiscal. Después de escuchar la historia, tranquilizó a doña Chela:
EL ABORTO
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–Usted actuó de la forma más humana. Independientemente de las leyes, lo primero es la justicia. Por lo que usted me platica, seguramente esta joven ya ha sufrido bastante. En la Ciudad de México el aborto ya no está penalizado y las mujeres seguimos luchando por lograrlo en otros estados. La educación, la prevención, y no el castigo, es lo que queremos conseguir. Doña Chela le dio las gracias y abandonó la oficina. Poco a poco las cosas fueron cambiando. Se logró una sanción mucho menor para las jóvenes menores de 18 años, el cual hubiera sido el caso de la sirvienta de esta señora. Sin embargo, en ese estado y en muchos otros, hoy el aborto todavía se penaliza y en las cárceles se encuentran jóvenes cumpliendo su condena. Naturalmente, en ninguno de sus hospitales públicos se practica, por lo que las mujeres con recursos se van a los Estados Unidos “de compras” y regresan con mucha ropa y “sin ningún problema”. Para la gente sin recursos todo sigue igual. En la Ciudad de México existen instituciones que apoyan a las mujeres, pero ¿qué sucede en el resto del país y con todas aquellas que no pueden viajar al extranjero?: se ven obligadas a conseguir hierbas como Petra, o a acudir a personas irresponsables, ‘aborteros’ que les provocan la muerte o, en el mejor de los casos, esterilidad permanente.
EL VULCANIZADOR
—¡
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até a mi mujer, la maté, auxilio, por favor, auxilio!
Era de madrugada. No había nadie en el viejo callejón del Centro de la Ciudad de México. Algunos vecinos se asomaron por las ventanas. Un huésped y el encargado del hotel salieron y lo encontraron llorando, gritando, pegándose en la cabeza. —¡Yo la maté, yo la maté! —gritaba Joaquín desesperado. No se podía distinguir claramente su rostro, pues lo cubría con sus manos. Por el lugar pasaba casualmente una patrulla. Se detuvo al escuchar los gritos y bajaron dos policías. Al preguntar qué pasaba, Joaquín volvió a decirles llorando: “maté a mi mujer, yo la maté, ayúdenme”. Subieron al cuarto. Era pequeño y la luz estaba encendida, había una mesa al centro y sobre ella dos o tres vasos y botellas de ginebra vacías. Un desorden total: ceniceros en el piso y un olor desagradable, fétido. Sobre la cama, el cuerpo de una mujer permanecía inmóvil, con la cabeza hacia atrás. El joven Joaquín se abrazó a ella, se aferró a su mujer. Después de un tiempo, se escuchó el sonido de una ambulancia. Llegaron al hotel peritos de la Procuraduría de Justicia. La policía desalojó la calle. Entraron. El muchacho seguía abrazando a su compañera y llorando con desesperación. Al fin se lo llevaron y los especialistas quedaron en el lugar para realizar los estudios necesarios. El médico observó a la joven y, en voz alta, dijo: 9
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—Al parecer la asfixió con su propia almohada, ya veremos, pueden llevarse el cadáver. Cuando presentaron a Joaquín ante el Ministerio Público, en su primera declaración manifestó que estaba con Norma, su mujer, platicando y festejando que había encontrado trabajo en una vulcanizadora. Que ya podrían rentar un departamento y no estar viviendo en hoteles. Que bailaron y celebraron durante varias horas, pero empezaron a discutir por algo que ya no pudo precisar; sólo recordaba que ella se enojó y le dijo que se iba a dormir. La empujó y ella cayó al piso lastimándose la rodilla. Le pidió perdón, la abrazó y la abrazó, pero ella no quería que la tocara, estaba disgustada y se acostó. Dijo Joaquín que él también se quedó dormido y al despertar la llamó y ella no contestó. Le gritó, la movió y no reaccionaba. Entonces, tuvo la certeza de haberla matado. Merecía el castigo, lo pedía y tan sólo esperaba el perdón de Dios. Con los elementos de prueba que reunió el Ministerio Público, integraron el expediente. Por el turno correspondiente, lo consignaron al juzgado del cual la Jueza era titular. Le avisaron que el detenido estaba tras la reja de prácticas para rendir su declaración preparatoria. Como correspondía a su investidura, personalmente recibía la primera manifestación de los consignados, pues para ella era de suma importancia conocerlos, mirarlos a los ojos, tratar de entender sus circunstancias; que ellos la vieran y supieran que sería otro ser humano quien habría de juzgar sus actos y que podían confiar en ella, a pesar de que era quien los debería procesar y, finalmente, sentenciar. Cuando lo vio por primera vez, tuvo ante sí a un ser destrozado. La miró y sonrió con un dejo de tristeza. Pudo ver su rostro: era un hombre joven, con ojos grandes y una mirada franca que le hizo sentir que podía confiar en él. Le preguntó su nombre, ocupación y demás datos. Joaquín Hernández López tenía un oficio, reparaba llantas, pero hacía tiempo que no encontraba trabajo. Precisamente esa noche celebraban que ya lo tenía. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella procedió a leerle su declaración inicial ante el Ministerio Público, órgano acusador. Él la ratificó y no quiso agregar nada más.
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En la Sala había muchas personas y claramente se percibía un ambiente de angustia y desesperación. Parecía que todos eran de la misma familia pues hablaban entre ellos. Al saludarlos y pedirles que por favor guardaran silencio, se acercaron hasta la Juez dos mujeres; las dos lloraban y decían que él no podía haber hecho algo así: “ellos se amaban”, decían llorando. Al preguntarles su relación con el detenido, se sorprendió cuando una de ellas dijo que era su madre y la otra la madre de la joven. En efecto, las dos familias estaban ahí. Hablaban y se consolaban. Se percibía claramente su amistad. Una vez que a Joaquín le fue leída su primera declaración, la ratificó y empezó a llorar. La Jueza pudo sentir el terrible dolor y la tristeza que lo embargaba. Con los elementos que existían en el expediente y su reiterada confesión, dictó su formal prisión. Cuando se la notificó, estaba tranquilo, le agradeció sus atenciones y ella le explicó que se iba a abrir un periodo de pruebas para estar en posibilidad de emitir su sentencia. Lo miró amablemente y se retiró. La inquietud y las dudas de la Jueza crecían, se llevó el expediente a casa y volvió a leerlo. El dictamen médico era claro, pero algo no le pareció bien: había sido elaborado con rapidez, con un absurdo afán de síntesis. Frecuentemente los peritos argumentan tener demasiado trabajo, lo que de ninguna manera justifica, en un caso de homicidio, tal ligereza. Ese dictamen no la convencía. Se lo mostró a un joven médico de su familia y le pidió que lo analizara con atención. Él leyó escrupulosamente el peritaje, la declaración del joven y observó fotografías de la joven muerta. Dudó y opinó lo mismo. La Jueza citó a otros peritos de la Procuraduría y les pidió que emitieran un nuevo dictamen con los elementos del expediente. Ellos concluyeron, después de cuidadoso análisis, que la muerte había ocurrido por broncoaspiración, lo que puede suceder como un accidente. Ante la contradicción de los dos peritajes, ordenó se llevara a cabo una junta de peritos, en la que después de una amplia discusión científica, concluyeron todos que sí, que se trataba de un desafortunado accidente: “Seguramente cuando la joven se recostó, lo hizo boca arriba
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y sintió náusea; al vomitar sin levantarse ni voltear la cara, broncoaspiró y se asfixió. Por eso no tenía marca alguna en el cuello y en la boca se habían encontrado restos de alimento. No había ninguna otra señal que pudiera indicar un homicidio”. La confesión del joven los había inclinado a un grave error que, finalmente, reconocieron. El análisis de todas las pruebas del expediente, declaraciones de amigos y familiares de ambos jóvenes y, principalmente, la junta de peritos y su dictamen final, la guiaron claramente a dictar una sentencia absolutoria, que no fue impugnada por el Ministerio Público y quedó firme. Apareció Joaquín tras la reja. En el recinto estaban de nueva cuenta los familiares en un estado de angustia y expectación. El joven saludó amablemente, con esa tristeza en la mirada que no desaparecía. La Juez le dijo que ya había dictado sentencia, e iba a leerle los puntos resolutivos. Se hizo un silencio total. “Al no haberse acreditado los elementos del tipo penal de homicidio, se absuelve a Joaquín Hernández López de la acusación que por este ilícito formuló en su contra el Ministerio Público y se ordena su inmediata y absoluta libertad por lo que a esta causa se refiere”. Se le quedó mirando y pudo ver sus ojos llenos de lágrimas. Ella le explicó lo que había sucedido con los dictámenes periciales y la verdadera causa de la muerte de su pareja. Las familias se acercaron a la reja: todos hablaban, lloraban, reían. Así, el vulcanizador quedó libre. Él se quedó absorto con aquel abatimiento que lo caracterizaba, le agradeció y le dijo, por último, que todas las llantas de su carro que se le “poncharan” a lo largo de su vida, él iba a arreglárselas. La Juez solicitó a Joaquín que se retirara y le anunció que en unas horas más abandonaría la prisión; su familia podía esperarlo.