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www.librosalfaguarajuvenil.com Título original: GHOSTGIRL LOVESICK © 2010, Tonya Hurley © De la traducción: 2010, Alicia Frieyro © Del diseño de cubierta: 2010, Alison Impey © Siluetas de interior: 2010, Craig Phillips Diseño adicional de interiores: Beatriz Tobar © De esta edición: 2010, Santillana Ediciones Generales, S. L. Torrelaguna, 60. 28043 Madrid Teléfono: 91 744 90 60

I Will Follow You into the Dark, compuesta e interpretada por Ben Gibbard; grabada por Death Cab for Cutie © 2005 Atlantic Recording Corporation para EE.UU. y WEA International Inc. Publicado con autorización. Todos los derechos reservados. Amerpsand, compuesta e interpretada por Amanda Palmer © 2008 Eight Foot Music (ASCAP). Todos los derechos administrados por Kobalt Music Publishing America, Inc. Publicado con autorización. Todos los derechos reservados. Kissing the Lipless, compuesta por James Russell Mercer e interpretada por The Shins © 2003 Lettuce Flavored Music. Publicado con autorización. Todos los derechos reservados. Do You Love Me, compuesta por Nick Cave e interpretada por Bad Seeds © 1994 Mute Song, Ltd. Publicado con autorización. Todos los derechos reservados.

ISBN: 978-84-204-0588-9 Printed in China – Impreso en China Primera edición: noviembre 2010

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. del Código Penal)


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Para Michael.


1 Toco rosas

And I kissed away a thousand tears My lady of the Various Sorrows Some begged, some borrowed, some stolen Some kept safe for tomorrow. —Nick Cave

Y dejé atrás un millar de lágrimas / mi dama de los Pesares Varios / implorados algunos, prestados otros, robados unos / reservados otros para mañana.


Memento mori. Hay quienes viven cada día como si del último de su vida se tratase. Los hay que contemplan el amor de modo similar, en un intento desesperado por eludir aquellos cambios, sean éstos ínfimos o bien descomunales, que en todo momento se ciernen sobre cada uno de nuestros horizontes. Pero el sentimiento de apremio que surge de nuestro deseo de experimentar la vida y el amor al máximo puede precipitar la toma de determinadas decisiones, que no siempre resultan las más idóneas para quien las toma, ni para aquellos a quienes afectan, todo hay que decirlo. Es más, en ocasiones, enfrentarse a las consecuencias de las elecciones de cada uno puede resultar fatal, más incluso que la muerte. Tal vez sólo se viva una vez, pero no siempre tiene uno por qué desear sentir esa vida como eterna.


I N R

W

E J Ñ S X

carlet Kensington sabía muy bien lo que la aguar­ daba cuando franqueó la entrada de Hawthorne High y se vio embargada, de pronto, por un aroma floral nauseabundo y dulzón: el mismo que sólo se percibe en la habitación de un hospital o en el tanatorio. —San Valentín —suspiró, en parte de alivio, en parte de temor. Conforme se dirigía a la taquilla, no pudo zafarse de la fra­ gancia lacrimógena que emanaba de las mesas de la cafetería, devenidas ahora en tenderetes de flores apostados cual garitas militares en cada pasillo, en cada rincón, en cada resquicio. Los alumnos vendían «amor» por ramos. El hecho de que la finalidad de todo aquel montaje fuese la recaudación de fon­ dos era lo único que hacía algo más pasable tanto mercadeo. Ellas guardaban cola y compraban las rosas blancas para regalar a sus amigas, y ellos se hacían con las de color rosa, más que nada a fin de no exponerse demasiado ante sus des­


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tinatarias o, mejor dicho, ante sus «colegas». Las de este color venían a ser para ellos poco más o menos que un sustituto de las acostumbradas y rancias rosas rojas. Exceptuándose, claro está, el ramillete de chicos chapados a la antigua y matricu­ lados en la rama de empresariales, porque a decir verdad las rosas rojas parecían ya ligadas de forma indisoluble a los ani­ llos de graduación y broches de pedida. Antes que una festividad, San Valentín se había convertido en algo así como otra temporada más, y, al igual que Navidad o Halloween, parecía adelantarse más y más con cada año que pasaba. Hasta ahora, Scarlet había optado por ignorar la celebración, que consideraba una más de las irritantes y exacerbadas engañifas del marketing. Ni ella ni su novio, Damen, necesitaban un día señalado para declararse su amor e intercambiar tarjetas o cualquier fruslería, al menos eso había pensado ella siempre. Con todo, sus enconados sentimientos hacia la celebra­ ción eran ahora más tenues. Incluso el aroma a flores bara­ tas le resultaba algo menos ofensivo este año. Se trataba de una costumbre adorable, después de todo, y muy a su pesar había acabado por reconocerle cierto mérito. Hasta se sentía dolida, aunque poco, todo hay que decirlo, por el hecho de que Damen no tuviese intención de abandonar la universidad para pasar unos días con ella, pero este año Scarlet tenía otra razón para participar en aquella celebra­ ción del amor. Fuere como fuere, tras un largo día saturado de chicas que gritaban de emoción, se abrazaban a sus amigas con ataques de risa tonta, o se encerraban a llorar en el aseo, Scarlet estaba

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Toco rosas dispuesta a afrontar la última clase de la jornada. Embutió sus cosas en la taquilla y sacó el libro de texto de Anatomía en el mismo momento en que sonaba el timbre. Se dirigió al aula, y, comoquiera que sus compañeros andaban histéricos comprando rosas, fue una de las primeras en llegar. En el laboratorio, el perfume a flores sumado al del formaldehído resultaba poco menos que nauseabundo. Su profesora, la señora Blanch, estaba sacando gatos muertos mojados del interior de unas bolsas de plástico, de ahí el tufillo a día de San Valentín diseccionado. La propia señora Blanch poseía un aire gatuno, con su perfilador de ojos negro, cara estirada y cardado de pelo entrecano. Algo así como esas personas que acaban pareciéndose a sus perros, le dio por pensar a Scarlet. Los profesores de ciencias a veces guardaban cierto parecido con sus experimentos. Mientras daba comienzo la clase y contemplaba aquellas pie­ les lustrosas por el conservante y las largas y temerosas incisio­ nes en los felinos, Scarlet no pudo evitar pensar cuán muertos estaban aquellos gatos en realidad, y de qué modo, no obstante, seguían estando allí. Presentes. No es que la disección le resulta­ se un ejercicio desagradable ni particularmente asqueroso, pero sí que se le antojaba indigno, tanto más si se tenía en cuenta la pandilla de cirujanos de pacotilla que en esos momentos se disponía a intervenir. ¿Cómo olvidar aquella ocasión en la que expulsaron a Freddy Kunkle del instituto por comerse el riñón de un gatito muerto a fin de ganar una apuesta? Para que luego hablen de la educación superior. Y de los gatos muertos. La sección de trombones de la banda del instituto ensayaba en el exterior el Lose Yourself in Me de My Bloody Valentine,

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proporcionando a Scarlet las dosis de distracción e inspira­ ción suficientes para ignorar a los jóvenes veterinarios univer­ sitarios y sentarse junto a la ventana garabateando la letra de la canción en el cuaderno. Fingió que examinaba las entrañas del gato, hurgando en ellas como lo haría con un plato de coles de Bruselas, cada vez que la señora Blanch miraba en su dirección, para acto seguido regresar a su cuaderno y anotar, no tanto observaciones científicas, sino versos más bien. Sonó el timbre y fue la primera en salir y la primera en apostarse ante la mesa repleta de flores que había a la salida del aula. Se detuvo y dedicó unos instantes a contemplar los des­ mañados ramos y ramilletes hasta que sus ojos toparon con una despampanante corona de rosas granates con forma de corazón que estaba colgada detrás de las vendedoras. —¿Qué tal, Marianne? —saludó Scarlet a la chica encarga­ da de la mesa. —Hola, Scarlet —sonrió Marianne muy afable—. ¿Te puedo ayudar en algo? Marianne Strickland era la recaudadora de fondos número uno de la banda de Hawthorne y, como tal, toda una experta en verborrea comercial chispeante y superficial. De hecho, se la veía más a menudo cargando con cajas de chucherías que con su instrumento a cuestas. Por eso a Scarlet no le sorpren­ dió lo más mínimo encontrársela vendiendo flores a diestro y siniestro a fin de poder adquirir las tan necesitadas llaves de desagüe para la sección de metales. Se tomaba sus responsabi­ lidades muy en serio, y Scarlet admiraba su dedicación. Antes de que Scarlet pudiera pronunciar palabra, Lisa McDaniel, elegida por unanimidad la alumna más chistosa

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Toco rosas

de último curso, apareció de pronto de debajo de la mesa. Lisa sacaba a Scarlet de sus casillas porque era una pesada y, como ella decía, tenía la misma gracia que el anuario del instituto. O sea, más bien poca. —Compre mis plantas, por favor1 —bromeó Lisa, con un atuendo tan anticuado y desaseado como su mercancía y un alien­ to que apestaba a ensalada de huevo duro. Scarlet sintió la tentación de sisear un redoble de tambor a la más pura tradición circense para rematar tan patético chis­ te, pero logró contenerse y se limitó a no hacerle caso. —Me encanta esa corona —dijo Scarlet, precavida—. ¿Cuánto cuesta? La corona estaba compuesta por rosas Ingrid Bergman, sus favoritas. Aromáticos híbridos de color rojo oscuro, cuyo capullo era casi negro. Adoraba el matiz morado que adquirían con el paso del tiempo y, sobre todo, lo mucho que aguantaban una vez cortadas. Eran tan hermosas e impe­ recederas como su homónima. Scarlet se sintió como lo haría el conservador de un museo que se topase con un broche antiguo de valor incalculable en un mercadillo local. Estaba convencida de que esas floristas no tenían ni idea de cuán especiales eran sus flores. —Preparamos esa corona para promocionar las ventas —espetó Marianne con suma gravedad, a la vez que la inminencia de la transacción borraba de su rostro cualquier En inglés, «Take my plants, please», alusión a un célebre episodio de la teleserie cómica Laverne & Shirley en el que las dos protagonistas, a fin de complacer a su nuevo patrón, un ambicioso florista, acaban saliendo a la calle para vender flores a toda costa, puerta por puerta. (N. de la T.) 1

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rastro de alborozo—. La hicimos bien grande y elaborada para poder venderla a un precio elevado si se presentaba la oportunidad. —Yo sólo llevo treinta dólares encima —dijo Scarlet. —Pues habíamos pensado en unos cuarenta, la verdad —dijo Marianne involucrando a Lisa en la negociación, aun­ que era evidente que Lisa no estaba al tanto. —¿Podría traerte mañana el resto del dinero? Si bien su popularidad había adquirido, sin ella quererlo, proporciones inconmensurables y se encontraba a años luz del más guay del instituto, Scarlet ya sabía cuál iba a ser la respuesta de Marianne. —Mira, Scarlet, si te fío a ti —explicó Marianne, juicio­ sa—, entonces tendría que fiar a todo el mundo y, la verdad, no puedo pasarme el día persiguiendo a la gente para que me pague. —¡Yo te cubro, Scarlet! —exclamó Lisa McDaniel con una risa histérica a la vez que depositaba diez dólares sobre el mostrador. —Gracias, Lisa —dijo Scarlet con genuina sorpresa. Scarlet le tendió el resto del dinero a Marianne y se echó la corona al hombro a modo de bandolera. Para tratarse de una corona elaborada por una banda de música, era preciosa. Debía de haber un centenar de rosas dispuestas muy juntas en forma de frondoso e infinito corazón. En cualquier otro sitio, una corona semejante le habría salido por setenta y cinco pavos, y eso tirando por lo bajo. —¿Qué? ¿Para Damen? —preguntó Lisa tímidamente, esperando algún chisme a cambio del préstamo.

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Toco rosas

Scarlet miró a las chicas, sonrió con complicidad y se alejó hacia su taquilla, donde recogió un par de cosas antes de encaminarse hacia la salida. Las flores eran para el día de San Valentín, aunque no para Damen.

El invierno poco más o menos que había agotado su curso, si bien no del todo. Apenas si se advertían señales evidentes de un cambio de estación, y desde luego ninguna que pudie­ se percibirse a simple vista o resultase obvia —la hierba, los árboles o las flores no exhibían brote alguno—. La tierra todavía estaba blanda y resbaladiza a causa de las últimas llu­ vias; el aire, húmedo y frío, y el cielo de mediados de febrero, nublado y gris. La brisa era fría al contacto con la piel, pero por fortuna iba ataviada para la ocasión. Mientras cruzaba la ciudad, corona de flores al hombro, Scarlet iba muy compuesta, enfundada de arriba abajo en un chal de lana escocesa color violeta y negro. Y muy bien que le venía; el viento siempre arreciaba en el cementerio. Se aproximó a la enorme verja negra de hierro forjado que se levantaba casi a las afueras de la ciudad y que exhibía, a cada lado, las letras griegas alfa y omega. Estaba un poco entreabierta, lo justo para brindar paso a una persona y, cuando la franqueó, la negra silueta de Scarlet casi se fun­ dió con la rejería. Luego prosiguió por el camino de tierra, chapoteando aquí y allá en los pequeños charcos de agua de lluvia.

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Lo primero que llamó su atención fue que estaba allí sola, exceptuando al guarda, y aquello la afectó más de lo que cabía esperar. Teniendo en cuenta la climatología, y el hecho de que la hora de visitas ya casi había concluido, tampoco era de extrañar, pero la repentina sensación de soledad resultaba del todo notable. Existen dos clases de personas, pensó Scarlet al instante: las que visitan las sepulturas, como ella, y las que no. Y no es que tuviese nada en contra de quienes no lo hacían. Por norma general, éstas solían tener muy buenas razones para no hacerlo, razones casi todas ellas relacionadas siempre con el deseo de recordar a la persona tal y como era en vida. O eso era, al menos, lo que alegaban, aunque las más de las veces se debía a lo inconveniente de la excursión. Aficionados a los álbumes de recortes, así los llamaba ella, que preferían ojear fotografías de los difuntos en casa y recor­ dar otros tiempos, en lugar de darse un paseo hasta el cam­ posanto. De costumbre, eran los mismos que por Navidad enviaban interminables mensajes impresos por ordenador insertos en felicitaciones caseras. Gente, en apariencia, harto sentimental que, sin embargo, no era más que hipócrita, al menos eso opinaba Scarlet. Sólo lo hacían por llamar la atención. Si bien también estaba la más obvia y, a menudo, innom­ brable de las razones: el miedo. Miedo a las hileras e hileras de cadáveres dispuestos en esmerado orden y los montones de tierra suelta que los cubrían. Y, en última instancia, miedo a la ineludible verdad: el cementerio representaba la fragilidad y mortalidad de uno mismo. Al final, sólo pensaban en sí

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Toco rosas mismos, opinaba Scarlet, y no en aquella pobre alma que ahora descansaba para siempre. Aunque, bien pensado, ¿no se reducía todo a uno mismo al fin y al cabo? Mientras avanzaba entre las hileras de mármol, sus pies atascándose ligeramente en el barro, podía divisar, no mucho más allá, al otro extremo del cementerio, un claro o, al menos, una parcela de terreno algo menos abarrotada. Scarlet dirigió sus pasos hacia allí, abandonando el sendero y acortando camino entre las tumbas, mientras acariciaba cada lápida que dejaba atrás, a modo de disculpa. Conforme su sombra, ahora más voluminosa y alargada por efecto del sol poniente, se proyectaba sobre las tumbas, Scarlet reparó en el contorno, negro como la tinta, de su falda acampanada y de su capa aleteando al viento. Su pelo corto de antaño, con flequillo asimétrico cortado a cuchilla, era ahora una melena muy al estilo Bettie Page. Se veía a sí misma tan esbelta, tan adulta. Llevaba sus Wellies vintage con un fastuoso vestido de tul de un verde azulado humo que había conseguido en la tienda de segunda mano de la localidad. Scarlet lo había adaptado más a su estilo combinándolo con un cinturón de cuero ancho de caballero. Seguía siendo una modernilla de pies a cabeza, como salida de una revista, eso decían sus compañeros entre susurros; pero ella sabía que ya no era la misma, que había cambiado por completo. Habían desaparecido para siempre los leggings con rotos estratégicos, la falda andrajosa, las capas y capas de camisetas y el llamativo carmín rojo mate que otrora definieran su estilo. Todos desaparecidos. Desaparecidos junto con su ira y su cinismo. Desaparecidos al igual que Charlotte.

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La transformación se había producido de forma paulatina, casi imperceptible, igual que la que sufre el cuerpo al incorpo­ rar unos kilos de más durante el primer año de universidad. Era como si su armario se hubiese declarado la guerra a sí mismo, y las prendas más viejas y atrevidas hubiesen perdido terreno a favor de las de corte más clásico. Un cambio de estilo genuino: las Karen O contra las Jackie O2. Scarlet no tomó partido en aquella guerra de armario, pero Damen parecía haberse decan­ tado por Jackie O desde el primer momento. Muy a su pesar, tenía que reconocer que esta clase de respaldo y aprobación positivos por parte de él habían empezado a influir mucho en ella desde hacía algún tiempo. Desde que su hermana Petula estuvo a punto de morir como consecuencia del coma indu­ cido por su pedicura y la aventura que la propia Scarlet corrió en el otro lado, esta última había aprendido a valorar a quienes la rodeaban. Incluso a su hermana mayor. Y todo cuanto ellos consideraban de importancia para ella. Scarlet aminoró el paso al aproximarse a la lápida de mármol blanco que descansaba, solitaria, unos metros más adelante. A diferencia de otras lápidas del cementerio, ésta no había perdido aún su lustre. La alivió hallarla en tan buen estado, pues no había vuelto a verla desde antes de las vacaciones. Lo cierto era que, hasta hacía muy poco tiempo, Scarlet había pertenecido a ese grupo de personas que eluden visitar las tumbas. Hasta que dedicó el otoño entero a reunir fondos para aquella lápida para Charlotte. Referencia a dos estilos de vestir radicalmente opuestos, como son los de Karen O (Karen Lee Orzolek, vocalista y líder del grupo Yeah, Yeah, Yeahs) y Jackie O (Jaqueline Kennedy Onassis). (N. de la T.) 2

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Toco rosas Ésta era más hermosa, si cabe, que cuando la encargó, pensó, y se acuclilló un poco para pasar la mano sobre el nombre grabado de Charlotte y su epitafio. Se enderezó de nuevo para quedarse mirando, de hito en hito, el retrato esculpido que había encargado disponer sobre la lápida. Se trataba de una imagen etérea de Charlotte que la propia Scarlet había diseñado: en los ojos una mirada meditabunda, en los labios una tímida sonrisa, la melena larga y suelta. Era de justicia, pensó, que se honrara la memoria de Charlotte de ese modo. Las fotografías del vestíbulo del ins­ tituto y del anuario, tributos escolares de obstinados profe­ sores cazafantasmas, no eran lo bastante imperecederos para conmemorar a Charlotte, recordó Scarlet haber pensado por aquel entonces. Era lo mínimo que podía hacer, puesto que Charlotte no había tenido jamás un funeral propiamente dicho, dada su precaria —o inexistente— situación fami­ liar. Aquello había enorgullecido a Damen, y Scarlet llegó inclu­ so a cosechar un apoyo insospechado de entre el alumnado, en su mayoría compañeros que no habrían reconocido a Charlotte de tropezarse con ella. Hasta Petula colaboró con un pequeño donativo, gesto nada propio de ella y, sin embar­ go, muy apreciado, dada su extraordinaria popularidad. Las Wendys, las falsas amigas lameculos de su hermana, fueron las últimas en contribuir, y lo hicieron con una única dona­ ción en nombre de las dos, cosa detestable y que las hacía honor a un tiempo. Scarlet se figuraba que temerosas de que las rondase el fantasma, habían arrimado el hombro a modo de inversión para asegurase tranquilidad de espíritu.

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Scarlet permaneció un buen rato estudiando la estatua mien­ tras trataba de determinar hasta qué punto se parecía a Charlotte. Con delicadeza y parsimonia, recorrió con su mano las talladas curvas de la mejilla de Charlotte, su frente, su nariz, sus labios —rasgos que conocía tan bien como la palma de su mano—. Se preguntó qué le habría parecido el tributo a Charlotte. La vida de Charlotte había sido breve en extremo, e iba a echar de menos todos esos cambios que, ya sea para bien o para mal, llevan implícitas la madurez y la edad. Y por prime­ ra vez desde que visitara a Charlotte en el campus de becarios de la otra vida se le ocurrió que tal vez éste fuera ya el único lugar en el que volvería a verla. Aquel lugar eran tan bueno como cualquier otro para dejar­ le a Charlotte, bueno, correspondencia, pensó Scarlet, a la vez que sacaba de su bolso un sobre apaisado blanco, cerrado y húmedo. El sello resultaba a todas luces innecesario. Estaba convencida de que allí donde se encontraba Charlotte no lle­ gaba el reparto de Correos. Por lo tanto, introdujo el sobre en una bolsa de plástico y a continuación ató ésta fuertemente a uno de los espinosos tallos de rosa. Bastaría así. Alzó el arreglo floral en forma de corazón, enmarcando a Charlotte con cariño en el centro, acomodó la corona con delicadeza en torno a su cuello de cisne y dio un paso atrás para admirar la belleza de ambas. Luego se arrodilló, como para rezar, pero en su lugar apoyó la mano en el suelo, dejan­ do su huella impresa en la tierra empapada. —Espero que estés bien —dijo con un sincero susurro antes de levantarse y alejarse con paso lento y pesado.


2 Besos de mi parte

Whisper you mean it, say you’ll stay Hold my heart till brighter days. —Bat for Lashes Susúrrame un sí, di que te quedarás / guarda mi corazón a la espera de tiempos mejores.


A veces tienes que ir por tu cuenta. Quien no arriesga no gana. Como un kamikaze, hay ocasiones en que no queda m谩s remedio que renunciar a la vida que conoces por un fin m谩s noble. El precio puede ser muy elevado, para tu coraz贸n, alma y reputaci贸n. El resultado puede merecer o no la pena, imposible saberlo, y en realidad es irrelevante. Porque lo que le reconforta a uno, en definitiva, es tener la certeza de que hay cosas por las que merece la pena hacer un sacrificio.


E G H I J L M N Ñ P Q R S

harlotte —sonó con dulzura una voz—, es hora de despertarse. «¿Despertarse?», pensó Charlotte, todavía gro­ gui e inmersa en el sueño. Era aquélla una voz dulce y familiar, una voz que ella había archivado tanto en la memoria como en el corazón pero que, no obstante, apenas alcanzaba a traspasar la muralla de sueño que había levantado a su alrededor. Parecía provenir, a la vez, de todas y de ninguna parte en particular. Más que oírla, la sentía, y de un tiempo a esta parte, desde su creciente pro­ pensión a quedarse dormida, venía «sintiéndola» con mayor frecuencia. —Venga —reclamó la voz con algo más de insistencia—. Vas a llegar tarde. Al despertar, Charlotte se dio cuenta de que, en realidad, lo que hacía no era dormir, sino más bien descansar. Claro que no era descanso físico lo que buscaba —dicha necesidad se


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había esfumado junto con su vida—, sino mental. Se sentía más feliz que nunca, si bien inquieta, nerviosa y preocupada a la vez, igual que se siente uno cuando se acerca un cambio importante. Era la misma sensación de alivio y expectación que la embargaba todos los años a final de curso. Adiós lápices, adiós libros. Adiós profesores, compañeros, monitores de sala, camareras de cafetería, chóferes de autobús o miradas asesinas. Llegaba el verano, tan lleno de libertad y de posi­ bilidades. Ahora, la única diferencia era que el verano podía durar para siempre. Es más, ella contaba con que así fuera. —¡Charlotte Usher! ¡Levántate ahora mismo! Los ojos de Charlotte se abrieron de par en par, como accionados por un resorte. Paseó la vista por la estancia y emitió un suspiro de alivio. «Sigo aquí —pensó Charlotte—. Todo sigue aquí». Cada mañana se repetía la misma historia. Oía la voz y a continuación se preguntaba si ésta era real o si no sería todo un sueño absurdo. De haber estado aún viva, es posible que hubiese creído que estaba volviéndose loca, pero lo bueno de estar muerta era que no tenía que preocuparse de perder la cabeza. Así que tanto daba. Tal vez se debiera sólo, pensó Charlotte, a que no estaba acostumbrada a ser feliz, después de haber pasado tanto tiempo deseando ser querida, sufriendo incluso. Aunque, todo hay que decirlo, tampoco es que estuviese eufórica todo el tiempo. El reencuentro con sus padres había sido mara­ villoso, por supuesto, pero también había traído aparejadas ciertas desventajas. Ella, que se había acostumbrado a estar

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Besos de mi parte

sola y que valoraba su autonomía por encima de todas las cosas, veía ahora cómo últimamente ésta se había convertido cada vez más en una fuente de conflicto. Ahora debía rendir cuenta de cuanto hacía no sólo a sus padres, sino también a su supervisor, Markov, y a los histéricos interlocutores del centro de llamadas. Eran demasiados cambios para procesar. —¡Charlotte! —sonó la voz de nuevo, aunque esta vez en un tono más que real. —¡Ya estoy levantada! —chilló, retirando las sábanas a un lado. Últimamente, lo único que hacía más soportable tener que levantarse cada mañana era la certeza de que todo acabaría pronto: los madrugones, las deprimentes llamadas telefónicas y la responsabilidad. Aquél era su último día en la oficina de becarios de la otra vida. —Charlotte, cielo —le habló su madre mientras se sentaba en su cama—, no sé, ¿te encuentras bien? Su madre ansiaba ofrecer sus consejos a la primera ocasión; era consciente de que se había perdido una vida entera para hacerlo, pero había aprendido a no presionarla demasiado. No habían experimentado los conflictos diarios que asolan a más de una relación madre-hija, pero eso no quería decir que Charlotte no tuviese aún un almacén repleto de bultos emocionales pendientes de desempaquetar. Y buena parte de ellos eran de índole familiar. Charlotte apartó la vista muy despacio de la ventana para mirarla. —¿Mamá? —preguntó, como si quisiera oírse pronunciar aquella palabra pero no estuviese aún acostumbrada a ello.

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—¿Sí, monina? —respondió Eileen solícita y con sólo un leve trazo de preocupación en la voz. Intentaba compensarla por una vida entera sin términos cariñosos, lo cual a menudo resultaba en epítetos de lo más cursis. Charlotte respiró hondo y abrió los ojos como platos. —Nada —dijo, y se fue apresuradamente hacia la puer­ ta—. Te quiero. —Y yo a ti —oyó que respondía Eileen a su espalda, antes de que la puerta de entrada atajase su despedida y la conver­ sación al cerrarse.

De camino a la oficina, Charlotte pasó a recoger a Pam y a Prue, como hacía de costumbre cada mañana. Para entonces ya eran viejas amigas, sinceras de corazón las unas con las otras. La charla de chicas sin tapujos, capaz de despejarla tanto o más que un café, constituía para ella lo mejor del día. Mientras caminaban, Charlotte les dio cuenta de su mañana. —¿Y no te sientes todavía lo bastante a gusto con ella como para contarle lo de tu novio? —preguntó Pam. Lo que Pam quería era que la madre de Charlotte la hiciera entrar en razón en lo que atañía a Eric, aquel chico con el que «salía» ahora. —¿Ha intentado darte La Charla? —preguntó Prue soltan­ do la carcajada. A Charlotte le dolía un poco no haber recibido «La Charla» aún, más que nada porque las circunstancias no lo habían requerido.

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Besos de mi parte

—Es sólo que no me apetece discutir sobre mi vida amorosa con mi madre, nada más —dijo Charlotte conforme se acerca­ ban a la central de llamadas—. No sé, se me hace raro. —¿Es porque él es mayor que tú? —la hostigó Prue. —Tampoco es que sea mucho mayor —dijo Charlotte—. En realidad somos casi de la misma edad; lo que pasa es que él lleva muerto más tiempo. —Ah, claro, será por eso —se burló Prue con sarcasmo. El hecho de que él llevase muerto más tiempo constituía, en realidad, uno de sus mayores atractivos para Charlotte. Ella siempre se había considerado un espíritu de otro tiempo, incluso en vida, y Eric poseía un no-sé-qué de real y tangible que siempre había echado de menos en otros chicos, sin con­ tar a Damen, claro está. Eric era como un viaje al pasado, a un tiempo no muy lejano, de hecho; y eso, para ella, no era malo. —¿Le has besado? —preguntó Pam, que tenía ganas de escuchar los detalles más jugosos. —No sigas por ahí, Pam —atajó Prue—. Sabes muy bien que no puede besarse con él de verdad. —Puede que un beso como en vida no —contestó Charlotte a la defensiva—, pero sí que podemos estar cerca el uno del otro. «He ahí otro inconveniente de estar muerta», pensó Charlotte. —¿Le quieres? —tanteó Pam en un intento por descubrir hasta dónde llegaban los sentimientos de Charlotte. —Sí, creo que sí —admitió Charlotte en voz alta por pri­ mera vez.

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—Pero, Charlotte —la azuzó Pam—, si apenas lo conoces. «Vamos, que lo que en realidad quiere decir —pensó Charlotte— es que ellas apenas lo conocen». Sólo intentaba protegerla, es lo que hacen las buenas amigas. El hecho de que Eric hubiese sido transferido a la plataforma después que ellas y hubiese ocupado, todo hay que decirlo, el pues­ to que Maddy, la insidiosa saboteadora, había dejado libre provocó cierto recelo entre los demás becarios, a pesar de su aparente bondad. Luego, el detalle de que hubiese sido músico en vida tampoco había contribuido a que ganase muchos puntos a ojos de Pam y Prue. —Eric aparte —dijo Prue con escepticismo—, ¿qué sabes tú sobre el amor? Era una pregunta justa, pero tampoco es que Pam ni Prue pudiesen responderla, y Charlotte lo sabía. Sin embargo, no parecía que ello las arredrase un ápice de seguir fastidiándola. —No sé nada sobre el tema —espetó Charlotte—. Pero conozco muy bien esta sensación. —Pues la sensación que yo tengo es que ya hemos pasado por esto antes —ladró Prue sin disimular su desaprobación. —¿Y eso qué significa? —preguntó Charlotte, indignada. —Pues significa que te estás dejando llevar igual que con Damen —dijo Pam—. Estás obsesionada. Otra vez. —Mira a lo que te llevó —le recordó Pam—. Y este chico no es Damen. Charlotte se mordió la lengua y recapacitó durante un segun­ do sobre lo que las chicas trataban de decirle. Tenían razón, Eric no se parecía en nada a Damen físicamente. A decir verdad, era casi todo lo contrario. Su manera de vestir, su estilo de vida, sus

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Besos de mi parte

ambiciones. Ni de lejos la clase de chico que Charlotte pudiese haber contemplado como alma gemela. Sin embargo, había llegado a conocerle: su yo verdadero, como a ella le gustaba llamarlo. Y debajo del cuero, las cade­ nas y el pelo encrespado, Eric era dulce y amable. También empezaba a monopolizar más y más el tiempo libre de ella, y era eso, pensó Charlotte, lo que en realidad estaban discu­ tiendo en la conversación. —Me parece que estáis celosas —arremetió Charlotte— de que por fin haya encontrado a alguien. —Venga, no te pongas a la defensiva —dijo Pam—. Nos preocupamos por ti, eso es todo. —No me pongo a la defensiva —se quejó Charlotte—. Pero, mira por donde, aquí estoy contándoos lo feliz que estoy por fin, y vosotras no hacéis más que darme la charla como si fuera una niña chica. —Bueno, puede que sea porque todavía no has aprendido la lección —la reprendió Pam. —¿Y la lección es...? —la apremió Charlotte. —El amor es para los vivos —contestó Pam—. Es una de las primeras discusiones que mantuvimos, ¿lo recuerdas? —Tú decías que por eso lo llaman vida sentimental —le echó en cara Charlotte—. Lo recuerdo muy bien. —Has progresado mucho —dijo Pam con dulzura—, y ahora lo estás tirando todo por la borda por un chico que acabas de conocer. Las tres tomaron aliento para recomponerse. Pam y Prue conocían a Charlotte lo suficiente para darse cuenta de que no estaba ni mucho menos dispuesta a claudicar.

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—Ya sé que se electrocutó con su propio ampli en el esce­ nario mientras tocaba su música en plena tormenta —agregó Charlotte—. Es evidente que entiende de compromisos. —A lo mejor tendría que haber entendido algo más sobre meteorología —se burló Prue. —Eso no tiene gracia —dijo Charlotte—. ¿Por qué sois tan negativas? —No tenéis nada en común —continuó Prue—. Es músi­ co. Un trotamundos. —¡Pam también era músico! —protestó Charlotte, cayen­ do en la cuenta al instante de que no había estado muy acer­ tada con la réplica. —Sí, pero no como él —bromeó Pam, que para ser más explícita separó mucho las piernas y dibujó unos cuantos molinillos a la vez que rasgueaba su guitarra invisible. —Hacéis que parezca tan poco de fiar... —respondió Charlotte—. Ni que tuviera una novia en cada puerto o algo parecido. —Puede que no sea así, pero cada vez que le miro casi espe­ ro verle rodeado de una nube de grupis fantasmas —añadió Prue para rematar la faena. Es posible que Prue se hubiese pasado de la raya, pero también resultaba de lo más persuasiva. Hasta entonces, la relación de Charlotte había ido suave como la seda, pero las chicas empezaban a levantar en ella sospechas que ya abrigaba de todas formas. Eric sí que tenía toda la pinta de ser un chico con cierta fama, pero Charlotte era incapaz de determinar si eso lo catalogaba como demasiado fácil o demasiado difícil de conseguir.

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Besos de mi parte

—Es que no tiene pinta de ser de los que echan raíces, eso es todo —dijo Pam, con un tono algo más condescendiente esta vez—. No queremos que te lleves una desilusión o que te hagan daño. —Los tíos son tan fieles como pretendientes tienen —sen­ tenció Prue—. No lo olvides. Como se trataba de algo muy reciente, Charlotte andaba muy sensible con su relación, de ahí que, en circunstancias normales, le hubiesen indignado y dolido las puyas de Prue. No obstante, conociendo el pasado de Prue con los chicos, y cómo había muerto, Charlotte estaba dispuesta a dejárselas pasar. —Creo que esto podría ser para siempre —reflexionó Charlotte, esperanzada—. Nunca se sabe. —Sí se sabe, Charlotte; lo sé yo y lo sabes tú —dijo Pam—. Todo tiene fecha de caducidad. —Y todos —añadió Prue—. Nosotras somos prueba de ello. —Todo —concedió Charlotte—, menos el amor. Pam y Prue se limitaron a sacudir la cabeza en un gesto de exasperación. Era evidente que no habían hecho mella en el tozudo romanticismo de Charlotte. Al llegar a la plataforma, el trío se llevó una sorpresa de lo más agradable al reparar en lo diferentes que se los veía a todos. Felices, descansados y en paz. Hasta a CoCo se la veía relajada, plancha de pelo y todo. Ahora unas lagrimitas y unos cuantos besos y abrazos, pensó Charlotte, y ensegui­ da estarían todos de camino a una más que merecida Otra Vida de ocio y una eternidad con amigos y familia. Todos

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seguirían en contacto, por supuesto, y, si no, seguro que se reunían de vez en cuando, estaba convencida de ello. Eso sería el paraíso. El único inconveniente que le encontraba Charlotte era que se había acostumbrado a ver a Eric en la oficina todos los días. Ahora tendría que confiar en tener la suerte de encon­ trárselo de casualidad en el complejo, o tal vez hallar la forma de pasar con él aún más tiempo. Charlotte echó un rápido vistazo alrededor de la sala —no quería que se le notase demasiado— y se fijó en que el puesto de él estaba vacío, al igual que los de Mike y DJ. —Otra vez tarde —le comentó Pam a Charlotte. —Predecible hasta el final —se quejó Prue. —Metal Mike y DJ son malas influencias —dijo Charlotte con un susurro, eximiendo a Eric de toda culpa—. Demasiadas jam sessions hasta las tantas, eso es todo. Markov se aclaró la garganta, invitando a todos a que guardasen silencio. No era del tipo sentimental, de modo que nadie esperaba que fuese a pronunciar un discurso sen­ siblero. —Me alegro de que estéis todos aquí —arrancó Markov—. Bueno, casi todos. A punto estaba de proseguir con sus palabras, cuando los becarios escucharon un conocido eco de pisadas que se trans­ formó rápidamente en una estampida, a la vez que algo así como un tornado diminuto de almas entraba en tromba en la sala. Todas las cabezas se giraron hacia la puerta, sobre la que pendía un cartel en el que se podía leer: «Docendo discimus» (Aprendemos enseñando).

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Besos de mi parte

—Disculpa, tío —bramó DJ. —D.O.A.3 —dijo Mike. —Llegáis tarde —los reprendió Markov. El que aquél fuese su último día no quería decir que tuviese en mente pasar por alto la falta de Eric, Mike y DJ. Para él, llegar tarde no sólo constituía una falta de respeto hacia él mismo, también era un peligro para quienes llamaban y con­ taban con ellos para que los guiasen. —Oh —dijo Eric, indiferente, al tomar asiento, con un tono que podía expresar arrogancia o curiosidad, según el punto de vista de quien lo escuchaba—. ¿Es que nos hemos perdido algo importante? Eric era un chico rudo, con el pelo cortado a lo punk, RayBan Wayfarer, chupa de cuero negro, zapatillas de bota rojas, unos vaqueros de pitillo todos rotos y una actitud a juego. Podía ser basto pero también siempre encantador, y era difí­ cil que te cayese mal. Ni siquiera a Markov, que esbozó una sonrisa de complicidad. —Quisiera pensar que cuanto digo es importante —replicó Markov con sarcasmo—. De otro modo estaría desperdician­ do mi aliento. —¿Qué aliento? —bromeó Eric, golpeando puños con sus cohortes. —Bien, ¿puedo proceder? —preguntó Markov con cierto retintín. —Proceda —proclamó Eric, magnánimo. D.O.A. o «Dead on Arrival» es el término que se emplea cuando un paciente ingresa cadáver en un hospital. (N. de la T.) 3

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Charlotte esbozó una amplia sonrisa ante el descaro de Eric. Ella nunca podría ser tan deliberadamente rebelde como él, pero sí que había transgredido unas cuantas normas y podía sintonizar por completo. Además, adoraba la manera en que él se echaba la guitarra sobre el hombro y el modo en que la cinta con su maqueta le asomaba del bolsillo de su cazadora, siempre a mano para tendérsela a quienquiera que pudiese ofrecerle su gran oportunidad. «Él también tiene sueños aún», pensó. Eric se giró hacia ella y la saludó con un silencioso cabeceo, sosteniendo su mirada durante tan sólo un segundo. Para Charlotte, fue como una eternidad. —Becarios, vuestra labor aquí ha concluido —dijo el señor Markov, enunciando las palabras que tanto deseaban escu­ char. Un suspiro colectivo de alivio escapó de la boca de los becarios. —Y, al igual que hicimos a vuestra llegada —añadió Markov—, vamos a celebrarlo con una sorpresa. Markov señaló con un gesto las puertas, que acto segui­ do volvieron a abrirse, aunque en silencio esta vez. Todos permanecieron mudos de asombro mientras observaban a la nueva hornada desfilar al interior. —Vuestro reemplazo —declaró Markov. Marcharon al interior uno a uno, todos rostros conocidos. Una nueva clase de graduados en Muertología dispuesta a atender llamadas. —¡Green Gary! —aulló Pam saludándole con la mano. —¡Repollos! —respondió Gary.

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Besos de mi parte

Charlotte le dio un abrazo conforme éste se dirigía hacia Pam, y a continuación reparó en Paramour Polly, Lipo Lisa, Tanning Tilly y los demás. Luego miró ansiosa para ver quién sería el siguiente en entrar. Su paciencia se vio recom­ pensada. La luz que irradiaba de la entrada envolvía por completo al último visitante, que avanzó dubitativo. Charlotte permaneció expectante mientras la luz retrocedía poco a poco, revelando la diminuta figura angelical que la atravesaba. —Virginia —dijo Charlotte con un suspiro mientras ambas corrían al encuentro de la otra y se fundían en un gran abrazo. Pam se unió a ellas. Prue intentó resistirse, pero cedió al instante, y se enganchó a las demás a la vez que el grupo gira­ ba y giraba como un ventilador de techo sobrenatural. —Estoy encantada de veros —las saludó Virginia con abso­ luta corrección, demostrando que había interiorizado la for­ malidad que Petula le imbuyera durante su breve contacto. Estaba hecha toda una señorita. Desenvuelta, acicalada y más guapa que nunca. No más mayor, claro, pero sí que más espabilada después de pasar un tiempo con Petula y asistir a Muertología. Era una chica especial. —Muy bien, chicos —dijo Markov dirigiéndose a los beca­ rios a grito pelado e interrumpiendo el jolgorio—. Recoged vuestras cosas. —¿Para? —preguntó Prue con impertinencia. —Vais a hacer un viajecito —respondió Markov de manera imprecisa.

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