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PR ÓL OGO PRÓL ÓLOGO SECRETOS DETRÁS DE LA PUERTA Una de las grandes pensadoras de nuestro tiempo, la madre de Forrest Gump, decía aquella sabia muletilla que todos hemos aprendido a atesorar: "La vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te vas a encontrar". Los libros son el equivalente a esa caja de bombones, un regalo precioso que nos depara sorpresas y nos interna en mundos desconocidos cuando lo abrimos y nos adentramos en la magia de sus páginas. Revelar qué hay dentro de esas páginas, qué emociones, reflexiones, aventuras, amores, desamores, horrores y sonrisas es algo que debe descubrir el lector, y el lector solo: es por eso que la labor del prologuista resulta peliaguda e ingrata, sobre todo si, como en este caso, tiene el lector en las manos no una antología de poemas o relatos, sino una novela hecha y derecha. Desvelar al lector los muchos quiebros y secretos que ofrece este libro le hará un flaco favor por mi parte, como si en una mesa, ante una caja de bombones, fuera a estropear la sorpresa del comensal indicándole ahora el que has cogido es de praliné, este otro es de chocolate negro, ese de forma de corazón está relleno de fresa. Prefiero pues que el lector descubra los secretos de este baile, pero sí quiero contarles una anécdota simpática que me ha proporcionado este libro, y que a la postre viene a cuento con su misma naturaleza. Cádiz, hace unas cuantas semanas, un restaurante pequeñito, coqueto, de esos modernos que ahora empiezan a aliviar nuestras calles más típicas. Tras la cena, antes de marcharnos, acudo al mingitorio (palabra culta que evita usar, por cierto, ese préstamo lingüístico que nunca sabemos cómo escribir, váter). Allí, tras la puerta, me encuentro una pintada hecha con rotulador negro. No le hago demasiado caso: a fin de cuentas, la gente siempre se entretiene poniendo números de teléfono, ofertando improbables intercambios sexuales o poniendo de chupa de dómine a los partidos políticos. El texto dice, simplemente: "¿Has leído ya El baile de los secretos?". No le doy más importancia. Unas semanas más tarde, vuelvo al mismo pequeño y coqueto restaurante, y de nuevo me encuentro, en 5


el mismo estrechito mingitorio, la misma pintada a rotulador, la única por cierto que adorna la puerta: "¿Has leído ya El baile de los secretos?". Es entonces cuando me asalta el estupor, porque precisamente El baile de los secretos es el libro que estoy leyendo, el libro del que tengo que escribir este prólogo, un libro que no ha sido publicado todavía. Y es entonces cuando me encaja todo, como una especie de epifanía donde se dan la mano la magia de la casualidad y el juego pirandelliano de las realidades que confluyen. Y hasta la historia de la literatura. Porque, verán ustedes, yo iba a hablarles de cómo cada autor es un mundo compuesto de muchos mundos, igual que un mundo compuesto de muchos mundos es este libro, mundos que se contraponen y se ayudan, mundos que están más allá de una puerta o al lado justo de nuestra sombra, mundos donde hoy somos personajes de ficción o sueños de personajes de ficción, mundos donde la realidad es múltiple y es una, donde el universo está formado por muchos pequeños multiversos llenos de criaturas inefables. Los autores, como las personas, somos lo que comemos, lo que hemos leído: un suma y sigue de los libros que hemos amado, de los autores que hemos seguido, y nuestros libros son el regalo que le hacemos, tardíamente, a los lectores que somos. Yo mismo soy, quizá, hijo de la generación de los cómics y del cine, de la tele y la novela popular, de lo culto y lo sencillo (o sea, un galimatías). Y en este libro, en estas realidades que se cruzan, donde el autor no escatima medios para jugar con alternidades, con ilustraciones y hasta con la poética de la estética imaginativa de la colocación de las palabras, se recoge una de las aficiones que sin duda han marcado a las generaciones de lectores y autores del momento: los juegos de mesa, los juegos de rol. La literatura oral, en cualquier caso, el equivalente moderno e interactivo a aquellas historias que nuestros antepasados remotos contaban alrededor de una hoguera, las noches de frío y miedo, los cuentos y anécdotas, las historias que luego se fijaron en las paredes como ilustraciones y después en los papiros por escrito. La historia de la literatura, entonces, da una vuelta de campana sobre sí mismo. Recupera el rol y los mundos dentro de los mundos, la imaginación que en nuestra mente no es muy distinta a la realidad que conforma nuestra existencia ("Es una historia imagi6


naria", se dice en el mundo de los cómics cuando nos presentan un Elseworlds o un What-if, "¿pero acaso no lo son todas?"), y nos encontramos con un pasito hacia delante, un empujoncito más. El baile de los secretos fija literariamente unas influencias que van más lejos que mis propias influencias como lector, recuperando ese tono lúdico y oral de las grandes historias que han configurado nuestros gustos, nuestras realidades, nuestros recuerdos. Y lo hace desde la literatura misma, recopilando por escrito ese matiz de entretenimiento y diversión (y hasta de horror) que no deberíamos perder nunca. Se viene hablando de este libro desde mucho tiempo antes de que viera la luz como caja de bombones de papel. Un indicativo más de la importancia de la oralidad, del rescate de los cuentos contados de viva voz, de la realidad como amalgama de lo vivido y lo imaginado. Estamos ante un fenómeno nuevo, me parece, una forma de encarar la narrativa que bebe de la tradición y al mismo tiempo la socava, la impulsa y la reivindica, usando el boca-a-oreja y el pregón en sus diversas modalidades para hallar a su público. Jesús Cañadas, gaditano que como tantos otros gaditanos ya no vive en Cádiz, se suma a las filas de la media docena de soñadores que, siempre contra viento y marea, nunca hemos querido renunciar a lo que nos gusta, a nuestras influencias, a esa caja de bombones por descubrir, misteriosa y maravillosa, que es la fantasía que asoma en nuestros libros. Y, sí, la próxima vez que vuelva a ese coqueto restaurante pequeñito en esa calle típica del Cádiz antiguo, quizás me lleve un rotulador negro y escriba en ese mingitorio (tan limpio y cuidado, por otra parte), mi respuesta a esa pregunta que queda para la eternidad. "¿Has leído ya El baile de los secretos?". Y responderé: "Claro. ¿Para cuándo el próximo?"

Rafael Marín

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Para Carmen, mi madre y Victoria, mi tĂ­a.

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Podría decirse que es una historia de amor, pero si sólo fuera eso, no habría valido la pena contarla. Alessadro Baricco, Seda

Los amores dejan de ser interesantes cuando dejan de ser secretos. Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

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uno salvar a la princesa Volverá a verme una vez más si lo hace bien. Y me verá dos veces más si lo hace mal. de la película Mulholland Drive

1 l local está atestado de gente. La música le imprime una sorda palpitación en el pecho. Siente una ligera alarma, pero se va calmando a medida que se acostumbra al bullicio. Atraviesa su campo de visión una amalgama de fragmentos que podrían pertenecer a una misma persona. Cadenas. Tatuajes. Cuero. Uñas negras. Cercos oscuros en los párpados. Melenas como cascadas de brea, como lenguas de cadáveres envenenados. Se dirige al fondo del local. Está allí. Le espera debajo de uno de los altavoces. Está sentado en la zona más oscura, apenas se distingue su silueta. El altavoz, un armatoste negro tan grande como una persona, vibra de un modo ensordecedor sobre su cabeza. Su sombra le tapa la cara. La brasa de un cigarrillo se ilumina bajo sus ojos. —Hola, Gabriel. ¿Has traído tu parte? Gabriel ladea la cabeza. No entiende cómo se hace oír por encima del estruendo. Pero está demasiado nervioso para pararse a pensarlo. —Espero que esto valga la pena —grita. Sostiene entre sus manos un recipiente de aspecto pesado, envuelto en una bolsa de plástico. Un bulto pardusco se deja entrever en su interior. El tarro cambia de manos. Los ojos del hombre se estrechan; se vuelven lobunos, elocuentes. —No te preocupes, Gabriel. La valdrá. Por un momento, ninguno añade nada más. Gabriel carraspea, pero la música engulle sus intenciones. —¿Qué hay de tu parte? 11


El hombre, ensimismado con el tarro entre sus manos, vuelve su atención hacia él, como si fuera un niño tirando de la manga de su padre. Se retrepa en el sillón. Gabriel imagina que la tapicería cruje. El hombre rebusca en el bolsillo de su chaqueta y deposita sobre la mesa una vela de un color parecido al turquesa, pero más sucio. Líneas de cera recorren su superficie irregular. —¿Qué coño es esto? —Es una vela. —Como si eso lo explicase todo. —¿Qué se supone que tengo que hacer con ella? —¿Qué se supone que hace la gente con las velas? Gabriel parpadea. —Tío, déjate de historias. —Me temo que dejarme de historias es lo único que no puedo hacer. La inseguridad empieza a calar en Gabriel. Prevé que dentro de poco se sentirá como un imbécil al que han tomado el pelo. Nota un familiar mareo, un vacío en la boca del estómago. El hombre añade: —Deja que te advierta: si sigues adelante, puede que consigas lo que deseas. Un escalofrío recorre la columna de Gabriel. De alguna manera, intuye que todo lo que sucederá a continuación depende de su respuesta. El mareo se convierte en vértigo. Ya ha experimentado antes esa sensación. Nota una advertencia disfrazada de punzada en el pecho. Con una mano temblorosa, coge la vela y se la guarda en el bolsillo. Se le nubla la vista. —Dentro de poco sabrás lo que tienes que hacer. —Las palabras se introducen a puñados en sus oídos—. Si haces todo bien, me verás una vez más. Pero si la acabas cagando, me verás dos veces más. Gabriel trastabilla. Se apoya en una columna. Cierra los ojos. Respira con dificultad, bocanadas de un aire que quiere escapársele de entre los labios. Poco a poco, el vértigo va pasando. Para cuando vuelve a enfocar la escena ante él, el hombre ya no está ahí. Boquiabierto, contempla el asiento vacío y el vodka frente a él, único testigo de su presencia en la discoteca. De pronto tiene la urgente necesidad de salir de allí.

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2 —Mira qué bonita. —Carla agita la esfera y la deja sobre la mesa—. ¿Te gusta? Está nevando otra vez. La abuela no responde. Carla le acaricia el pelo. Deposita un beso en su coronilla. Dentro de la esfera, la nieve baila entre los tejados de la ciudad en miniatura. Lágrimas blancas de algodón, piensa. Oye a Raúl llamarla desde la cocina, pero se toma un momento, mirando la nieve caer. La nieve caer. Está viendo otro lugar. Otros días. Pero siempre la misma nieve. —Está nevando otra vez —repite—. Lleva mucho tiempo nevando. Vuelve a echar una mirada a la inscripción en el pie de la esfera. La relee. Recuerda. Raúl vuelve a llamarla. Se oye el timbre, impaciente. Gus vocifera al otro lado de la puerta. Carla aparta de sí ciertas ideas que de vez en cuando se le enredan en los cabellos. Va a abrir. La esfera se queda en la mesita. Bajo la mirada infinita de la abuela, la nieve sigue cayendo sobre la ciudad en su eternidad de noches artificiales.

3 Cuando era pequeño, Gus solía tener pesadillas. Sucedían en el edificio donde vive Carla. Ahora no las recuerda, pero nadie podría borrar de la mente de su madre las noches en las que la despertaban sus berridos histéricos, y tenía que sacrificar una hora de sueño abrazando a su hijo hasta que se secaban las lágrimas y menguaban los temblores. El edificio de Carla no tiene nada de particular, excepto la disposición de los apartamentos. Hay unos quince por planta, distribuidos de un modo irregular a lo largo de una maraña de pasillos decorados con macetas que jamás florecen. El pequeño Gus soñaba que le perseguía un toro por aquel laberinto pintado de verde. Una bestia que apenas cabía por los corredores, hacía crujir las paredes y destrozaba las losas del suelo mientras avanzaba en su busca. Esos sueños han dejado en su subconsciente un poso de resquemor, una sensación de que alguien le respira en la nuca, cada vez que recorre 13


el camino entre el ascensor y la puerta de Carla. Incluso ahora, es incapaz de decir por qué acelera el paso, arrastrando consigo a Guille. Está anocheciendo. Cuando la puerta se abre, una criatura blanca se escurre por el hueco que enmarca la cara de Carla. Se arremolina entre sus pies. Gus tiene que hacer malabares con las latas de cerveza que ocupan sus manos para poder coger a la gata. —¿Por qué habéis traído latas? —pregunta Carla. —No quedaban litronas —dice Gus, acariciando a la gata—. Hola, Señorita Pride. Está usted más guapa cada día. —Hola Carla —saluda Guille, detrás de él—. Hace tiempo que no nos veíamos. —Qué gracioso, listillo. —Carla se hace a un lado. Guille pasa detrás de Gus—. ¿De qué estabais hablando? Se os oye desde dentro. —Gus se ha vuelto a quedar en la calle —dice Guille, mientras se interna en el pasillo. Su bastón barre el suelo frente a él, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. A pesar del caos que impera estos días en la casa, no tropieza con nada.

4 A Raúl le inquieta un poco el pasillo, con su bombilla colgando desnuda de un par de cables trenzados. En general, toda la casa le produce un disgusto visceral. Las paredes, en su día pintadas de beige, han adquirido con el tiempo el color y la textura de la diarrea de bebé. Ahora que van a volver a pintarlas, todo está cubierto de sábanas blancas. Las lámparas, los horribles muebles de la familia, las puertas desencajadas. Raúl imagina una convención de fantasmas decimonónicos. Celebra su broma privada a sabiendas de que, probablemente, ninguno de los demás la entendería. El tono irremediablemente soez de Gus llega hasta él tras la puerta del salón. Todo el corredor está adornado hasta la saciedad con cuadros de marcos espantosos. Muestran la evolución de Carla, la mujer que ha florecido desde dentro de la niña flacucha que una vez fue. Los años cristalizados en las fotos muestran cómo sus dedos se van salpicando de anillos, su pelo se convierte en una mata de rastas de las que cuelgan abalorios y cintas; un aro negro rubrica su labio 14


inferior. La única que aparece junto a Carla es su abuela. Siempre con su cabellera compuesta y su luto como una armadura. También en ella se advierte la evolución, las manos del tiempo tejiendo en su piel el tapiz de la vejez. La abuela. La puerta de su habitación está entreabierta. Raúl no recuerda su nombre. Es un nombre poco usual, antiguo, pero se le ha borrado de la cabeza. Sabe que eso no le gustaría a Carla ni un pelo, así que espera que se le escape algún día, para volver a registrarlo. Las sábanas que estos días circundan la puerta se mecen levemente. Raúl no puede evitar echar un morboso vistazo al interior. En el salón, la conversación de los otros disminuye, se hunde en una brea etérea. Lo primero que percibe es el olor. Huele a cloro de piscina, a pañales rebozados en talco. Huele a postrimerías de vida. Se oye el zumbido del televisor, que emite una interminable cascada de estática. Es lo único que puede ver la abuela sin echarse a llorar. También llora si se le apaga, un llanto callado e infantil que rompe el alma y araña las tripas. Allí está, ahora puede verla, de espaldas, en su mecedora de abuela, inmóvil frente a la cortina blanca de la televisión. Su camisón fue rosa en algún momento. Ahora es del color de las encías de un cadáver. Su pelo se ha convertido en hilos de tela de araña, que dejan entrever un cráneo plagado de venas verde azuladas. Imagina su expresión ausente, su boca desencajada, el hilillo de baba cayéndole hasta el pecho. Abre y cierra un abanico negro, que jamás bate. Lo acaricia entre sus manos hechas de hueso. Sus uñas sucias, hipertrofiadas, podrían desgarrarle la piel si se cerraran sobre su garganta. El contacto de algo entre sus pies casi le hace gritar. La cola de la gata acaricia sus tobillos. El animal va a posarse de un salto sobre el regazo de la abuela. Suena el timbre. Con la sangre golpeándole en la sien, Raúl deja a la pobre mujer en su mundo soñado y va a abrir. Tras la puerta, se encuentra con una cara familiar. Alto y pálido, el chico al otro lado ha dejado atrás su etapa gótica. Se ha rapado la melena y ha erradicado el negro de su vestimenta. Los piercings que ya no lleva han dejado en su cara una extraña huella, una au15


sencia indefinible. Raúl se recoloca las gafas, y hace un movimiento de cabeza. —Hola, Gabriel.

5 —No me digas que te han vuelto a echar. —Carla pone los ojos en blanco. —No me han echado —replica Gus, molesto—. Lo he dejado yo. —Se ha vuelto a quedar en la calle —repite Guille. —Joder, Gus… —Me he ido porque no estaba a gusto, ¿vale? —¿Y por qué no estabas a gusto? —No me gustaba el ambiente. Ella frunce el ceño. —Eres gilipollas. ¿Qué te han dicho? —Que tenga mucha suerte, ¿qué me van a decir? —¿Cuánto llevabas esta vez? —No llegaba a tres meses —se adelanta Guille. —¿Podemos olvidarlo? —Gus abre una cerveza—. Tengo ganas de empezar. —Gabriel aún no ha llegado —Carla vuelve a la carga—. ¿Tú te crees que la cosa está como para dejar trabajos? Tienes veintiocho años, Gus. —La cosa estará como tú quieras que esté, pero lo que no voy a hacer es quedarme en un sitio donde no estoy contento sólo porque me pagan cada mes. Y tampoco me pagaban tanto. —¿Y en qué sitio vas a estar contento, Gus? Mira, no quiero sonar como tu madre… —Gracias. —… pero va siendo hora de que te espabiles. —Menos mal que no ibas a sonar como mi madre. —No tiene sentido que insistas, Carla —dice Guille. —¿Por qué no te sacas unas oposiciones? —¿Estás de coña? Todos habláis de las oposiciones como si fuera un trámite. Paso de estudiar dos años para jugarme la plaza en un día; un examen que puede salirme bien o mal, que puedo poner16


me nervioso, olvidarme, coincidir un tema que no me sé… —Qué bien te tienes aprendida la lección —se queja ella—. ¿Te has planteado que podrías preparártelas? ¿Estudiar? —Ya. Y mientras, ¿de qué como? ¿Vuelvo a vivir con mis padres? —Se llama esforzarse —sugiere Guille. —No, se llama pérdida de tiempo. No me vengas con rollos de discapacitados. —¿Qué tal si te vas a la mierda? —continúa sugiriendo Guille. Los tres guardan un silencio tan molesto como breve. —¿Recordáis esos libros que leíamos de pequeños? —dice de repente Gus—. ¿Los que te permitían elegir qué camino tomar en la historia? Si subes la escalera, pasa a la página treinta. Si abres la puerta, pasa a la página ochenta y dos. —Ahí vamos con otra de sus teorías… —Intento explicaros algo, ¿vale? Ya sabéis de qué libros hablo. Al principio, cuando te los leías, estabas emocionadísimo con la posibilidad de decidir tú mismo el curso de tus acciones. Luego terminabas haciendo trampas. Te quedabas con la duda de qué habría tras la puerta, y volvías a mirar la página ochenta y dos, sólo para saber si lo que te aguardaba allí era mejor. —¿Ahora es cuando llegas a una conclusión reveladora? —No —Gus titubea—, no exactamente. Sólo quiero decir que tomar decisiones da miedo. Enfrentarse a las consecuencias asusta. Y lo siento, pero no he encontrado aún unas escaleras que me hagan olvidar la puerta. Al menos, no en este último trabajo. Si no me he quedado, es porque creo que puede haber algo mejor en la otra opción. —Al fin y al cabo —dice Carla—, se trata de salvar a la princesa. Los dos se vuelven hacia ella. —¿Qué? —Tu problema, Gus, es que te da miedo la vida. Quieres ser un caballero, no un mileurista. Es más fácil derrotar al dragón, salvar a la princesa y cabalgar hacia la puesta de sol que pagar una hipoteca todos los meses. Por eso sigues jugando. Aún quieres ser el caballero que salva a la princesa. Gus no responde de inmediato, lo cual es ya desacostumbrado en él. 17


—Cualquiera podría meterse tres horas al día en un gimnasio, estudiar dos carreras, ligarse a una chica del Telecupón y anestesiarse la vida —dice al fin—. Siguiendo tu razonamiento, prefiero mil veces esperar que llegue una princesa a la que salvar. —Pero, ¿sabes cuál es el problema? Que ya no quedan princesas. Así que algo tendrás que hacer. ¿Qué quieres hacer con tu vida? Se abre la puerta del salón y entran Raúl y Gabriel. Todos guardan silencio. Las miradas pasan como pelotas de tenis. Hasta que Gus les devuelve a la realidad. —Pues mira, ahora mismo quiero jugar.

6 En el mundo de Guillermo hay colores. No podría describirlos aunque quisiera, y esta vez quiere. Para él, un mundo de tonalidades, luces y sombras, días y noches, es un mundo reducido. Él percibe el color de Carla, un color fresco, suave, un color de melocotón y sentimientos contradictorios, de agua y ozono. Y percibe cómo se eriza ese color, cómo se vuelve eléctrico, cuando se abre la puerta. Si tan solo pudiese susurrarle a Carla el color que ve en ella, quizá todo fuera más fácil. Quizá. Percibe los colores de Raúl, esbozados en el aire con trazo vacilante. Capta sin duda alguna el color del sudor en su espalda, el leve temblor del que ni él mismo es consciente cuando está cerca de Gabriel. Ve el color de los miedos, de las dudas, de la eterna marca de segundón que se ha colgado al cuello voluntariamente. Querría decírselo, repasar con él esos trazos apocados, pero Raúl jamás lo entendería. Guille ve los colores de Gus. La rabia contenida, la frustración y el puro azul de su palabrería, de su escudo protector contra el mundo, su muro de excusas y pretextos. La mezcla chillona de sus contornos, que buscan llamar la atención cuando en realidad querría pasar desapercibido para siempre. Guille ve el color de Gus temblando como debe de temblar el pabilo de una vela al acercársele la llama, y sabe que esa llama tiene nombre propio, y que Gus moriría por arder en ella. Es lógico que ahora le tiemblen los colores, han pasado seis meses desde que la tuvo así de cerca. 18


Todo esto lo ve Guille, y nadie más. Le gustaría poder explicarlo. Hacérselo entender, mostrarles que la vida sería más fácil para todos si vieran los colores que él ve. Pero ninguno llegará a saberlo, porque antes de que amanezca, Guille habrá muerto.

7 Un rosario de dados de diferentes formas y colores se derrama por la mesa. Debajo de ellos convive un catálogo de lápices, gomas y hojas, algunas en blanco y otras borroneadas. Dibujos y mapas comparten espacio con platos de ganchitos, golosinas y cervezas. —¿Bajamos a por pizza? —pregunta Gus. —Es pronto, mejor cuando hagamos el primer descanso. ¿Estáis listos? —Falta mi hermano —apunta Raúl. Como si sus palabras le hubieran convocado, el timbre suena por tercera vez. Esta vez es Gus quien va a abrir, mientras los demás se colocan. Por pura inercia de unos días que creían extintos, Carla elige la silla junto a la cabecera de la mesa. Junto a Gabriel. —¿Qué tal estás? —le pregunta él. No hay razón para susurrar, pero lo hace. —Bien. Te veo paliducho… ¿Cómo llevas el tratamiento? Él sacude la cabeza. Tarda un segundo de más en responder. —Estoy bien —rebusca en la mochila a los pies de la silla y saca una vela de color grisáceo—. He traído un poco de ambientación. Hola, Javi. —Hola a todos —saluda el chico, entrando en el salón—. Hola, Gabriel. Qué raro estás. ¿Puedo ver la cicatriz? —¡Javi! —exclama su hermano. Gabriel sonríe. —Luego. Ahora haz algo útil y apaga las luces. Javi obedece. Gabriel enciende la vela. La deposita en el centro de la mesa. Aunque la llama es minúscula, ilumina bien. La escena adquiere una atmósfera de concilio. En la calle sopla un viento frío. En el silencio antes de comenzar, se oye el quejido de la mecedora de la abuela, amortiguado por las paredes. Pone los pelos de punta, pero en cierto modo resulta adecuado. 19


—Tu vela huele raro —comenta Javi. —Es una vela aromática. —Pues el aroma es raro. —Se descarga en la boca un puño repleto de cortezas de cerdo—. ¿Qué nos tienes preparado para hoy? Tendremos algo de acción, ¿no? Habla mientras mastica, espolvoreando trozos de corteza por todo su espacio vital. Excepto por el pelo teñido de azul y los cincuenta gramos de metal que cuelgan de sus orejas, nariz y labio inferior; parece una versión adolescente de Raúl. Gabriel le fulmina con la mirada. —Tú limítate a interpretar tu personaje. Yo me encargaré de todo lo demás. —Como siempre —responde él, girando la silla y sentándose con el respaldo pegado al pecho—. Sólo espero que tengamos algunas emociones fuertes. Joder, qué ganas tenía de volver a jugar. ¿Cuánto ha pasado? ¿Seis meses? —¿Te quieres callar? —dice Carla—. Venga, Gabriel. Empecemos. —Gracias. —Cierra un momento los ojos y se masajea los párpados. Es un gesto teatral, pero todos reconocen en él que ha empezado la sesión—. Recapitulemos. Estáis en la Palacio del Relojero, delante de su ingenio mecánico. El Relojero ha desaparecido por la trampilla del suelo; quién sabe qué hay allí abajo. Siguiendo las indicaciones del Oráculo, habéis accionado la palanca aprovechando su ausencia. La palanca que el Relojero os dijo que no tocarais. Pernos y tuercas gigantescas giran a vuestro alrededor. Salen erupciones de vapor por todas partes, como chillidos de ballena. Las columnas remachadas tiemblan. Parece que todo el palacio vaya a derrumbarse, o a salir andando. El sonido se multiplica mientras se ponen en marcha más ruedas y cachivaches. El movimiento llega al reloj central. Los engranajes se vuelven borrosos, se desvanecen, se funden en negro y en su lugar aparece una imagen. Miráis a su interior, y el Tiempo mismo contiene el aliento.

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dos ‘ ‘´ mas´ de un corazon Los misterios son maravillas que meditas y compartes. Los secretos son una carga que se lleva en solitario. Alan Moore, La Cosa del Pantano

1 os engranajes del reloj central se volvieron borrosos, se desvanecieron. En su lugar apareció una imagen. Miraron en su interior, y el Tiempo mismo contuvo el aliento. Entre los suspiros de los edificios, por encima de las farolas extintas, gobernando inquebrantable sobre lanzas de piedra, más allá de un río de corazones, de los besos embotellados y de los llantos ahogados de los suicidas, vieron la monstruosa silueta de la Voz del Acero. La Voz del Acero. La gran torre en el centro de la ciudad de Mandressla. Un gigante herido, una última súplica a los cielos desde la oscuridad de Otrosdías. Una enorme, inconcebible construcción que se alargaba hacia las alturas como un dedo que acusase a los Grandes Dragones de crímenes aún impunes. Estaba envuelta en una bruma rojiza, que surgía de algún punto desconocido de Mandressla. Jirones de sangre que se arrastraban por su superficie como una mortaja escarlata. Lamían las junturas, los listones, los incontables escalones metálicos que llevaban hasta su oscura corona entre las nubes. Una niebla insidiosa que se extendía como una infección por los callejones huérfanos de la ciudad. Era una señal de lo que estaba devorando Mandressla. Llamaba a las casas, susurraba nombres secretos en los corazones ateridos y sembraba el inquieto sueño de los que se creen justos con semillas de culpa y resquemor. Los supervivientes, escondidos, aguardaban lo peor. Los niños se arrebujaban bajo las faldas de las abuelas noctívagas. Los hombres miraban con preocupación a través de sus ventanas ciegas, aferrando entre sus dedos temblorosos armas que 21


juraron no volver a empuñar, observando las siluetas hambrientas escarbando las calles. Todos temían aquel presagio rojo. Todos oían la Voz del Acero. En lo más alto de la cruel torre negra, una rata emergió entre las sombras de los remaches de metal. Avanzó con un rápido correteo hasta el borde. Ante ella se extendía Mandressla entera, constelada de luces titilantes que poco a poco se iban apagando. El animal arrugó el hocico. Quién sabe si llegó a sentirse como un emperador trasnochado ante el mapa de sus dominios. Una sombra se cernió sobre ella. La atrapó en un fugaz movimiento de escorpión y la hizo desaparecer dentro de su capucha. Los chillidos del animal, tan parecidos a los de un bebé, se interrumpieron súbitamente para ser reemplazados por un crujiente ruido de huesecillos rotos y órganos masticados. Al poco quedó sólo el silencio de la torre, salpicado por el goteo de la sangre del animal resbalando entre unos dedos crepusculares. La figura dejó caer el yelmo que sostenía en la otra mano. La cruz blanca del frontal se dobló al golpear el suelo. El yelmo rodó, llevando todavía en su interior la cabeza que debía haber protegido. —Me temo, Capitán Mantra —dijo la figura encapuchada, lanzando casco y cabeza al vacío con un ligero puntapié—, que nuestros puntos de vista son más bien divergentes. Observó la ciudad a sus pies, como antes hiciera la rata. El resplandor carmesí de la niebla supuraba entre las calles. Apenas quedaban luces encendidas. El humo casi extinto de las chimeneas lamía el vientre de los dirigibles, que flotaban como orcas durmientes sobre los tejados, dando sombra a los cementerios ambulantes. Uno de ellos se había estrellado contra el Palacio de las Cadenas. Una gruesa columna de humo negro ascendía desde el tejado hacia el cielo encapotado, rivalizando en altura con la Voz. Otra figura subió las escaleras del último piso. Se deslizó hasta la primera con un rumor de hojarasca y se arrodilló ante ella. Su piel era del color de los labios de los ahogados. Tenía el torso al descubierto, plagado de cicatrices y heridas aún supurantes. Un embozo de cuero negro cubría su rostro hasta la nariz, pero dejaba libres un cráneo cubierto de venas protuberantes y unos ojos plateados, invernales. 22


—Santidad —siseó—. Los recién nacidos han sofocado el fuego de la prisión. —Ya me he dado cuenta. ¿Y el Despecho? —Continúa según lo previsto. —Excelente. ¿Las entradas de la ciudad? —Siguen selladas. Pero… —Pero, ¿qué? —No hay rastro de ellos, Santidad. —Ya veo —asintió—. Libera a los celos. Que sus alas ensordezcan toda Mandressla hasta que les hayan encontrado. —Así se hará, Santidad. —Una cosa más, Rencor. —Decidme, Santidad. —No vuelvas a contarme cosas que ya sé. Simplemente encuéntrales. —Perdonadme, Santidad. La primera figura se volvió. Los mismos dedos que habían atrapado a la rata acariciaron el embozo de su esbirro. Algo sucedió en el interior de la capucha. Algo que hizo estremecerse al llamado Rencor. —Tú eres mi voluntad en la Ciudad del Amor, Rencor. No flaquees. Éste asintió y, sin mediar palabra, saltó por encima de la barandilla. Se advirtió un temblor en el suelo, un leve traqueteo, como si la misma torre sintiese un escalofrío. Casi al instante, una bandada de lechuzas de un color rojo intensísimo desplegó sus alas bajo sus pies. Cubrieron el cielo, acompañadas del furioso ulular de las tormentas que asesinan marineros. —Encuéntrales —repitió la figura—. Encuéntrales y tráeme su maldito corazón. El hondo suspiro que surgió de las profundidades de su capucha agrió el aire helado. Sacó un objeto de debajo de su túnica escarlata y lo sostuvo ante sí. Era una esfera de pequeño tamaño apoyada en un pedestal. En su interior, una ventisca prisionera bañaba los blancos tejados de una Mandressla en miniatura. —Sería tan fácil si tú quisieras… —dijo. Sus ojos brillaron como erupciones a través del cristal. 23


Sus labios se cerraron en un íntimo beso sobre la palma de su mano. La abrió y sopló al aire. Un aliento ponzoñoso, gélido, surgió de sus labios. Su beso invernal se arrastró por los rincones de la ciudad. —Esta vez no vas a escapar. Empezó a nevar sobre Mandressla. La nieve se mezcló con aquella bruma antinatural. Lágrimas blancas de algodón en un mar de sangre. La imagen se desvaneció.

2 El interior del carillón tembló. La visión desapareció, y volvió a ser reemplazada por los engranajes, expuestos al aire como entrañas de matarife. Su marcha se ralentizó, y finalmente se detuvo. Una fina capa de herrumbre los cubrió en cuestión de segundos. El resto de relojes de la habitación enmudeció como los inocentes en las guerras, extinto su arrullo mecánico. Nadie habló. A pocos metros de ellos, se abrió la trampilla del suelo. La silueta del Relojero emergió del agujero como un hongo. —¿Qué habéis hecho? —Echó a correr hacia el reloj principal. Lo acarició como si de un hijo moribundo se tratase—. ¡Os dije que no tocarais nada! Aisaan, hasta entonces de pie ante el artefacto, se tambaleó. Sir Tadeus le sostuvo antes de que se derrumbase. El suplicante prorrumpió en sollozos. Regueros de sangre oscura le manchaban el cuello. Tenía la piel blanquecina, y su hábito se asemejaba más bien a la ropa de un mendigo, sucio de barro y sangre seca. Sir Tadeus le ayudó a sentarse. Melquíades se llevó una mano a la frente, encerrado en un silencio de mortaja. Su ojo izquierdo, de color azul, estaba hinchado. El otro, de color verde, parpadeaba sin cesar, como si quisiera despertar las lágrimas que tenía prohibido derramar. El sudor le pegaba la melena oscura a la frente. Su taciturno rostro parecía aún más peligroso de lo que ya era. Diminutas sombras sin cuerpo bailaban entre sus dedos como monedas de prestidigitador. Sir Tadeus le observó, aún sosteniendo a Aisaan. Ignoraba qué pensamientos embrujaban su mente, y no estaba seguro de querer conocerlos. Al parecer, estaban juntos en aquello, pero todo el mundo sabía que no ha24


bía que darle la espalda a un titiritero, o te arriesgabas a que tu propia sombra te apuñalase. En el exterior, la niebla roja seguía susurrando sus nombres. —Estamos caminando sobre tumbas. —En boca de Aisaan, el dicho adquirió un cariz de profecía. —No cedamos ante el pánico —aconsejó Melquíades—. Tenemos que pensar qué hacer ahora. —Hay una horda de bestias aladas buscándonos por la ciudad —insistió el suplicante en tono agotado—. ¿Qué opciones crees que tenemos? —No es seguro que nos busquen a nosotros. Aisaan dejó escapar un suspiro de plañidera, largo y prolongado. Buscaba una réplica adecuada. —¿A quién si no? —dijo al fin, atropellándose con su propio acento—. No queda gente en las calles. Todos los habitantes de Mandressla están muertos o capturados. —Malditos sean tus augurios —dijo el nictomante—. No se puede aniquilar a una ciudad entera en una noche. Debe de haber cientos de supervivientes escondidos. —Nosotros hemos sobrevivido —aventuró Sir Tadeus—… quiera Santiago que otra gente también lo haya logrado. —Si hemos sobrevivido ha sido por suerte —continuó el suplicante, obstinado. Le temblaba la voz—. Sólo porque el Oráculo nos dijo dónde escondernos. —Y ya has visto a lo que nos ha llevado. Creía que aquí encontraríamos la manera de escapar. —Escapar no es una buena idea —repitió Sir Tadeus, por enésima vez en aquella noche. —Al menos hemos visto cómo no escapar —dijo el suplicante—. Las puertas de la ciudad están selladas. —No aguantarán mucho así —insistió el titiritero—. Tarde o temprano llegará una nueva caravana de peregrinos y se descubrirá lo que está pasando. —¿Y qué está pasando? —preguntó el amadís—. Por ahora sólo sé lo que he visto. Y no es mucho. —¿Cómo que no es mucho? Una ciudad inundada de criaturas sedientas de sangre, de monstruos capaces de hacerte eso en la ar25


madura —Melquíades señaló la hendidura en el peto del amadís—, sin usar siquiera armas. —No sabemos si la ciudad está inundada —dijo Sir Tadeus, con poquísima convicción. —¿Es que no has visto lo mismo que nosotros? —dijo Aisaan—. No sé cómo lo han conseguido, pero controlan Mandressla entera desde hace horas. —Pero si ya tienen la ciudad —arguyó Melquíades—, ¿para qué iban a buscarnos? No valemos ni el pedo de un verdugo. Además, ¿por qué a nosotros? Esta mañana ni siquiera nos conocíamos. Sólo estamos aquí porque la casualidad nos hizo llegar a la puerta del Oráculo al mismo tiempo. El suplicante calló. Empezó a morderse la uña del pulgar con expresión abatida y concentrada a un tiempo. —Habéis destrozado mi obra —el reproche del Relojero espantó sus cavilaciones—. No debía activarse todavía. No estaba lista. Les dedicó una mirada que era puro rencor destilado. Encorvado y cimarrón, tenía un aspecto hecho para las alcantarillas o las ferias itinerantes. Su piel era rojiza, seguramente a causa de las sustancias aceitosas que usaba para engrasar su monstruosa maquinaria. Sumergió medio cuerpo dentro del carillón destripado. Empezó a ajustar clavijas y retorcer tuercas, hasta que se percibió un ligerísimo tic, tac, tic, en el interior del armatoste. Un suspiro aliviado escapó de sus labios. El murmullo se extendió, amortiguado, por la bóveda de la nave principal. —Está bien —exclamó Melquíades, ignorándole—. Nos buscan a nosotros. Un ejército de pájaros rojos sobrevuela Mandressla para llevarle nuestros malditos corazones a un loco que vive encima de una torre y come ratas. ¿Qué opciones tenemos? —¿Opciones? —preguntó Sir Tadeus—. A fe mía que pocas opciones veo. Esa criatura no era simplemente un loco devorarratas. —Cálmate. —Era extraño que fuese el titiritero quien animase a los otros dos—. Analizad la situación. No saben dónde estamos, de momento. Tenemos una oportunidad. Una oportunidad. A pesar de que los relojes se habían detenido, el tiempo avanzaba. Para ellos y para Tasianara. La elfa agonizaba en el taller del Relojero, tras la cúpula central del palacio. Mientras 26


hablaban, Aleatha intentaba invocar su magia sunnai y detener lo que le estuviese ocurriendo. Un silencio preñado de malos augurios envolvía las puertas que daban al taller. —Tenemos que salir de la ciudad —concluyó el titiritero. —No podemos hacer eso —negó Sir Tadeus, irguiendo su voluminoso cuerpo. Su armadura, otrora pulida y resplandeciente, estaba abollada. Los tres gruesos surcos que había señalado Melquíades recorrían su pecho, desde el corazón al abdomen, destrozando la insignia de su Orden. El rostro del amadís estaba magullado como el de un estibador tras una trifulca portuaria. —Las puertas están selladas. —Melquíades hizo caso omiso de la negativa—. Pero debe haber algún modo. Catacumbas, cloacas... quizá algún camino oculto, para sacar los cadáveres de la gripe. O un pasadizo en casa de algún noble. —Tal vez si siguiéramos el curso del río… —aventuró Aisaan. —Pasa demasiado cerca de la Voz. No quisiera arriesgarme más de lo necesario. —Frenad vuestra lengua, os lo ruego —zanjó Sir Tadeus—. No podemos escapar. Mi Orden ha jurado erradicar el mal sobre la tierra. Mientras el mal anide en Mandressla, no será Sir Tadeus de Talgris quien la abandone. Como respuesta, Melquíades dejó escapar una risotada que era más un ladrido. —Me encanta cuando hablas de ti mismo en tercera persona. Los amadises sois adorablemente inocentes. Si Sir Tadeus de Talgris, gran malleus maleficarum de la Orden de Santiago, prefiere quedarse en Mandressla a erradicar el mal que anida en ella, entonces Sir Tadeus de Talgris morirá solo. Lo único que habrás erradicado será la estupidez de tu dura mollera. —No, por favor —dijo Aisaan, al ver que el amadís le dedicaba una mirada llena de furia—. Discutir es lo último que necesitamos ahora. Debemos permanecer unidos. Sir Tadeus frunció aún más el ceño. Con una rapidez centelleante, alzó una mano delante del nictomante. Las arrugas de su frente se acentuaron. Al instante, uno de los engranajes de la pared, grande como la cabeza de un niño, se desprendió y flotó lentamente hasta detenerse a medio palmo del titiritero. Tadeus arqueó el labio 27


superior, y el engranaje se arrugó como si fuera de papel. Sus afilados bordes apuntaban a los ojos de Melquíades. —Algún día alguien pondrá una lápida sobre vuestra lengua de víbora —respiró hondo—. Voy a ver si Aleatha necesita ayuda. Giró sobre sus talones. La pieza metálica cayó al suelo, resonando en el silencio trasnochado del palacio hueco. Sir Tadeus bajó con dignidad herida los escalones de la cúpula principal y se encaminó a la puerta del taller. El único testigo de su presencia fue una pluma blanca, que cayó con parsimonia al suelo, desprendida de las alas que sobresalían de su espalda.

3 —Cuéntame un cuento, Aleatha. —Calla. No hables. —Por favor. —… —Por favor. —¿Qué cuento quieres oír? —Háblame de los Dragones. —Ya conoces todas las historias sunnai de los Dragones, Tasianara. —Háblame de los Dragones de los hombres. —No necesitas oír eso. No es una historia para nuestro idioma. —Quiero que lo último que oiga sea una de tus historias. —No digas eso. —Por favor, Aleatha. —Está bien… antes, todas las criaturas soñadas velaban por el sueño de los Dragones. Cada Dragón soñaba con una porción del mundo, y cada soñado le entregaba una parte de su alma. Eran tiempos buenos, como nunca más se han vivido. Pero entonces los Dragones soñaron a los efímeros, cuya vida es corta como un suspiro del Padre. Los efímeros, que se llamaron a sí mismos hombres, no querían someterse a todos los Dragones. Y así inventaron el bien, y le concedieron su manto blanco a los Dragones a los que querían servir. Y con el bien, inventaron el mal, y su enlutado óleo ungió la frente escamosa de otros Dragones; y les llamaron enemigos. 28


»Hubo quienes proclamaron que sólo uno de todos los Dragones era el verdadero soñador. Hubo quien reivindicó a los Dragones del bien como los verdaderos soñadores. El mal también tuvo sus partidarios. Como suele suceder con los efímeros, una vez plantada en la discordia, la semilla de la guerra arraigó con facilidad. Se llamó la guerra de las lágrimas. También nosotros la sufrimos. La sangre y el fuego llegaron hasta las mismas puertas de Arvesg Sunnai. »Los efímeros se mataron entre ellos. Se lapidaron, se ahorcaron, se clavaron en cruces; el padre degolló al hijo en su cama, la madre amaneció muerta y violada, los hermanos se estrangularon. Las matanzas duraron una eternidad de sangre. Para cuando la última espada se hubo hundido en el último pecho, las teocracias regían los destinos de este mundo podrido. La mayoría de los Dragones había desaparecido, su recuerdo enterrado entre los cadáveres de los que les honraban. Sólo quedaban siete Dragones del bien y siete del mal. Algunos efímeros siguen sirviendo sólo a uno de ellos. —Como Aisaan. —Como Aisaan, que sirve a Ntsasalé, la Magna Mater. O como los mandresslinos sirven a Sylandarix, la Dragona del amor. Todos se engañan creyendo que ella es la única soñadora, y que cuando llegue el despertar les llevará bajo su ala al otro lado del sueño. Nosotros, los sunnai, sabemos la verdad; que no existen el bien ni el mal, sólo el cielo y el mar en el que nos reflejamos, y las criaturas que el Padre mira con compasión o con enojo. —Tadeus es un sirviente de Bentsejuí. —¿Cómo lo sabes? —¿No es así? —Sí, más o menos. Por lo que he podido entender, Sir Tadeus no sirve sólo a un Dragón. Sir Tadeus es un amadís, y los amadises sirven a los colores. Tadeus sirve al bien, aunque el Dragón que siente más cercano es Bentsejuí. O Santiago, como le llaman los efímeros. —¿Pero hay más dragones? —preguntó, como siempre lo hacía en ese punto, desde que era niña. —Los hay, pero nadie sabe dónde están, ni si están vivos, o si duermen. Hay efímeros que siguen buscando las tumbas de estos Dragones desaparecidos, esperando conocer su nombre y traerlos 29


de vuelta al sueño. Estos Dragones sin nombre les hablan mientras duermen, y se dice que sus palabras vuelven locos a los desdichados a los que visitan. Y también se dice que hay otras cosas que duermen al mismo tiempo que los Dragones. —¿Qué cosas? —Nadie lo sabe. —No me gusta esa historia. —Te lo dije. —¿Cómo crees que será morir? Antes de que Aleatha respondiese, la puerta retumbó.

4 La guarida del Relojero era un inmenso palacio de cúpulas de nácar, una de las numerosas reliquias de Otrosdías que salpicaban Mandressla. Desde la colina en la que estaba construido se divisaba toda la ciudad, con el río Selene atravesándola como un puñal ondulado. Podía haber sido una fortificación ideal, pero la maldición de Otrosdías alejaba a muchos de sus alrededores, incluida a la Teocracia. Allí, en su vacía arquitectura blanca, el Relojero había construido su demencial obra. Una sucesión de relojes de todos los estilos, épocas y diseños, cubrían las paredes, los pilares, los arcos, los arbotantes del techo. Todos, absolutamente todos estaban conectados entre sí por misteriosas telarañas mecánicas. El traqueteo rítmico que las había poseído se había diluido en un apocado rumor enfermo, que aumentaba levemente en la bóveda central. Allí, bajo una cúpula que podría albergar a un gigante, se alzaba una columna también repleta de engranajes, ruedas dentadas y tornillos. En su parte delantera, el carillón donde habían presenciado la visión mostraba al aire sus órganos de cobre y hierro. Dos puertas a cada lado del semicírculo central separaban el taller del Relojero del resto del Palacio. Tadeus se dirigió hacia una de las puertas. Detrás de ella se insinuaba una conversación, el críptico y fluido idioma reservado a las mujeres elfas. Inspiró profundamente, buscando borrar con aire en sus pulmones los comentarios burlones del nictomante. No lo consiguió. Llamó con dos golpes secos, más fuertes de lo que pretendía. No 30


hubo respuesta. Su mano se cerraba sobre el pomo de la puerta, cuando ésta se abrió del otro lado. Sir Tadeus se encontró con la expresión doliente de Aleatha. Era la viva imagen del desamparo. Sus djals, las protuberancias en forma de concha sobre sus cejas, se contraían y distendían como branquias. Se miraron un instante. Tampoco la elfa había salido bien parada en su huida durante aquella maldita noche. Tenía un feo tajo en un lado del rostro. Atravesaba su piel cerúlea del ojo a la barbilla. Sin magia curadora, nunca volvería a ser hermosa, eso suponiendo que saliera de allí con vida. Por los Dragones, ¿qué les había hecho aquella ciudad? Sir Tadeus la interrogó en silencio. Aleatha meneó la cabeza. Cerró la puerta a su espalda. Dejó escapar un prolongado suspiro que contenía una amplia gama de matices. Agotamiento, pesar, frustración. Miedo. —Está peor. Mucho peor. Hablaba despacio, con una vocalización exagerada, como una niña. Se notaba que no estaba acostumbrada al idioma de los hombres. Lo siguiente que iba a decir se quebró en su garganta. El amadís reprimió con esfuerzo el impulso de reconfortarla. El contacto íntimo era un insulto para un sunnai, sobre todo viniendo de un efímero. —¿Podéis hacer algo? —preguntó—. ¿Ha funcionado vuestra magia? Ella meneó la cabeza. Lo que dijo a continuación le supuso un visible esfuerzo. —Mi Padre no me responde. Sir Tadeus asintió. Ambos reconocieron tácitamente la futilidad del gesto. Le contó la visión del reloj. —Supongo que nada te hará abandonar la ciudad —dijo ella. Él negó—. Comprendo. No me importan nada un puñado de efímeros, pero prefiero que mi estrella se extinga a dejar a Tasianara aquí. Así era Aleatha. Dura, directa. Inhumana. No disimulaba su desprecio por las demás razas, ni lo disfrazaba de distante cortesía. Su lealtad, sus sentimientos, estaban con los suyos. Sir Tadeus sólo 31


podía contentarse pensando que, gracias a Tasianara, podía llegar a aceptarle en la periferia de su respeto. Le gustaba pensar que tal vez le dedicaría algún vago pensamiento cuando su cadáver no fuese más que polvo de tumba, y ella siguiese paseando por el mundo sus huesos inmortales. No en vano se decía que ganar el amor de un sunnai era mirar a la cara de la eternidad. El pensamiento le incomodó levemente. Se preguntó si rechazar ese amor sería escupir en esa misma cara. Antes de que pudiera añadir algo más, se oyó un lamento hondo y prolongado desde el interior de la habitación. Aisaan y Melquíades se acercaron; sus pisadas resonaron en el inmenso vacío abovedado. Sir Tadeus no esperó a que llegaran. Entró en la habitación como una tromba de agua. Un segundo después, ya se había arrepentido.

5 —Líbranos del mal —fue lo único que acertó a decir. La majestuosidad del palacio se detenía en la puerta de las habitaciones del Relojero. Aunque llamar a aquello habitaciones era cruzar la frontera del eufemismo. Un espacio semicircular bordeaba el domo central. Había sido torpemente adecentado para albergar mesas de trabajo repletas de cachivaches, una letrina, un camastro en un rincón. Allí también se multiplicaban los relojes del insensato tapiz mecánico. Sobre el lecho, hecha un jirón de piel y aire, estaba Tasianara. Aleatha se arrodilló junto a ella. Le acarició los djals en un gesto tan íntimo que incluso en esas circunstancias les resultó incómodo, susurrándole al oído dulcísimas palabras sunnai. Ella se retorcía en la cama, invadida por un dolor sin nombre. La miraron en silencio, sintiendo la caricia de la muerte en la nuca. Tasianara había perdido todo el cabello. Su piel se había vuelto coriácea y apergaminada, plagada de crudas marcas infecciosas. Sus manos, antes delicadas, eran ahora deformes arañas rematadas por gruesas uñas ennegrecidas. Alguien, quizá ella misma, le había arrancado los labios, la nariz, las orejas. Su cabeza no era más que un amasijo de cicatrices y agujeros, uno de los cuales presentaba 32


una ristra de afilados dientes alrededor de una lengua negra. Esa metamorfosis infernal había sucedido en menos de dos horas, desde que abandonaron la presencia del Oráculo. Tasianara se había colapsado entonces, presa de oscuras fiebres que le robaron la consciencia. Sir Tadeus había cargado con ella hasta la guarida del Relojero, ante la suspicaz mirada de Aleatha. Junto al jergón apolillado, una mesita temblorosa se sostenía a duras penas, coja de una pata y apoyada junto a la pared. Sobre ella había un pequeño candil exhausto, casi consciente de la inutilidad de iluminar aquel escenario de tragedias. Lo acompañaba en su solitario cometido una de las dagas lapislázuli de Tasianara, cuya sombra bailaba bajo la titilante luz. El doble filo del puñal presagiaba lo inevitable. Sir Tadeus se mordió los nudillos enguantados. Había visto una imagen semejante esa misma noche. Una criatura de aspecto no muy diferente al de Tasianara había intentado arrancarle la cabeza en la Ciudadela. Había cientos de seres semejantes en las calles en ese momento, los mismos mandresslinos contagiados de aquella podredumbre. Era un milagro que Sir Tadeus siguiera aún con vida. El caos había estallado en los barracones antes del atropellado asalto que había ordenado el Capitán Mantra. El amadís comprendió que todo estaba perdido cuando vio a sus propios compañeros de milicia devorándose unos a otros en los barracones. Entonces se había escurrido por un ventanal y había escapado de la Ciudadela. Desde ese momento, todo se había vuelto confuso; el mundo se había convertido en una carrera desesperada para encontrar a Tasianara, con la muerte rebosando por las calles. Unos ojos de pupilas lechosas orbitaron hacia ellos. —No quiero que me veáis así —gruñó, su antigua voz convertida en un recuerdo amargo, un lamento de pantera. Aisaan se volvió y vomitó en una esquina de la habitación, un violento chorro de bilis que hedía a compasión y pérdida. —¿Qué te ha pasado, Tasianara? —gimió, incapaz de mirarla. —Lo llevaba dentro —susurró ella—. Crecía y crecía dentro de mí. No podía hacer nada. —¿Qué es, Tasianara? —preguntó Melquíades—. ¿Qué es lo que te ha hecho esto? ¿Es veneno? 33


—Sí, es veneno. Pero no el que piensas —prosiguió—. Cuando todo empezó, lo vi venir. Noté su sacudida, su amarga mordedura. No entiendo por qué nadie más lo sintió —clavaba la vista en Sir Tadeus. Sollozaba—. ¿Por qué no lo sentiste? ¿Por qué? El amadís retrocedió como si le hubiera escupido. Eso le salvó la vida. Un rugido animal surgió de la garganta de la elfa. Antes de que pudieran reaccionar, alzó medio cuerpo de la cama y se abalanzó sobre él. Una garra pasó a escasos centímetros de su garganta. Él trastabilló hacia atrás, intentando desenvainar la espada más por costumbre que con intención de usarla. Sus alas se agitaron. Melquíades se adelantó. Se situó ante Tasianara, extendiendo un brazo. La pupila azul se dilató en su ojo. Hilos de seda negra emergieron debajo de sus uñas y culebrearon hacia ella. Aleatha lanzó al titiritero contra la pared de un empellón. —No se te ocurra usar tu vudú de feria con ella, nictomante —siseó, sujetando a Tasianara. En cuanto la tocó, la elfa volvió a dejarse caer en el lecho como un peso muerto. Ni rastro de la fiera que había intentado quedarse con un trozo de amadís. —Tranquilos. Ya está, ya ha pasado —intercedió Aisaan, arrodillándose cerca de ella—. ¿Cómo lo detenemos, Tasianara? ¿Cómo podemos ayudarte? Le pasó una mano por la frente, pero antes de que pudiera entonar una súplica, la apartó. Quemaba. —No podéis. Ya ha empezado. Les siento. Les siento a todos. Ahora Mandressla es un cadáver. Y ellos la están devorando, desde hace más tiempo del que creéis. Si queréis hacer algo por mí, escapad. Escapad antes de que se os meta dentro. —¿Cómo? —insistió Melquíades—. Nos están busc… Parecía que el nictomante iba a añadir algo más, pero por un instante, su mirada se quedó suspendida en un punto más allá del camastro. Salió de su extraño ensimismamiento cuando la voz de Tasianara arañó el aire. —Sé que os buscan. Ellos —miró a Melquíades—… me hablan. —¿Hablan? —repitió Aleatha. —¿Y qué te dicen? —Melquíades la mandó callar con un gesto— ¿Sabes quiénes son? ¿Qué quieren? 34


—Basta, Melquíades —dijo Aisaan—. No necesita que la atosigues. Tasianara, en brazos de Aleatha, resolló como un animal herido. Miraba al vacío, más allá de la niebla ansiosa que arañaba los ventanales. —Son los mensajeros de los corazones en pedazos —su voz se volvió más profunda—. Son los hijos del amor roto. Son la cicatriz en la lengua del amante, los sueños contrariados, la cara de las decepciones. Os enfrentáis a la misma esencia del desengaño. No podéis nada contra nosotros, porque somos legión. Somos los hijos de las lágrimas, somos los besos perecederos, somos los votos quebrantados. Somos la condena al olvido. Cada alma, cada pensamiento, cada sueño desperdiciado, cada recelo, cada abandono y cada traición nos pertenecen. Somos la dictadura del amor. Sus palabras languidecieron lentamente, hasta que desaparecieron. Dejó caer la cabeza. La mandíbula de Aleatha temblaba. Sir Tadeus le hizo un gesto hacia la espada. El acero arrancaba ecos de verdugo en sus ojos marciales. Ella negó con fuerza, mordiéndose el labio inferior. Lágrimas azules brillaban en sus mejillas con el color de las lluvias de estrellas. —Tasianara —dijo Melquíades, con una dulzura sorprendente. Sus manos de uñas negras tocaron el cuerpo de la muchacha sobre las sucias sábanas—. Queremos ayudarte a escapar de esta maldición. Dinos qué podemos hacer. Una corriente de aire de patíbulo escapó entre los dientes de la elfa moribunda. —Como todas las dictaduras, la del amor también tiene rebeldes. Encontradles. A través de ellos conoceréis la respuesta que ya lleváis con vosotros. —¿Rebeldes? ¿Quiénes? —¿Tienes fuerzas para venir con nosotros? —preguntó Aisaan. La elfa guardó silencio. Sus ojos sin párpados escrutaban horizontes vacíos. Sobre Sir Tadeus cayó la certeza de que ya estaba muerta. Se movía y les hablaba, pero lo que había dentro de ella la había matado. Se había llevado a la joven y risueña Tasianara, la había desterrado para siempre a la prisión de la memoria. El remordimiento clavó dientes afilados en sus entrañas. 35


—Necesito hablar con Tadeus —dijo ella—. A solas. Melquíades levantó una ceja. Aleatha les miró de hito en hito. —Hay algo más que tengo que decir. Y es sólo para sus oídos. Aleatha permanecía boquiabierta. Aisaan, en cambio, asintió. Tomó a Melquíades de un brazo, pero cuando hizo ademán de tomar del otro a Aleatha, ésta se apartó con brusquedad. Los tres se dirigieron en silencio hacia la puerta, donde el Relojero observaba morbosamente toda la escena. Antes de salir, sin embargo, Aisaan se acercó a Tasianara y depositó un beso sobre su frente. —Que Ntsasalé te sea propicia, niña elfa —le susurró, los labios insensibles por el contacto de su piel ardiente—. Que tu Padre en el Cielo ilumine las largas noches que te restan. Tasianara acarició la mejilla del suplicante. Aisaan cerró la puerta tras de sí. Tragaba saliva, para diluir el sabor de las despedidas.

6 El sonido de la puerta reverberó como un trueno lejano en el palacio hueco. Era el sonido de los destinos sellados. Les envolvió con su sudario de plomo. Se sumieron en funestos pensamientos, mientras el eco se extinguía más allá de las cúpulas ignorantes. Melquíades les sobresaltó cuando dijo en tono abatido: —¿Vas a pedirle que te revele su Secreto? En el juego de miradas que siguió a continuación, la de Aleatha pasó de la curiosidad al reconocimiento, y de éste a la repulsa. —No hay razón para eso —se limitó a decir. —«Los Misterios son maravillas que meditas y compartes. Los Secretos son una carga que se lleva en solitario». —El nictomante recitó el viejo dicho—. Si no comparte su Secreto contigo, todo lo que ha sido Tasianara nunca habrá existido. —Tasianara no va a morir —se obcecó ella. —Aleatha —dijo Aisaan—, quizá deberías escuchar a Melquíades. Todas las criaturas soñadas tienen un Secreto; es lo que les ata al Sueño. Si el de Tasianara se pierde para siempre… —Sé bien qué es un Secreto —interrumpió, los puños apretados—. Tasianara no va a morir. —Entonces tenemos que escapar de Mandressla. 36


—¿Cómo? —preguntó el suplicante—. ¿Y cómo vamos a llevarla con nosotros? Apenas puede moverse de la cama. —No le ha costado trabajo alzarse para degollar a Tadeus… —Cállate —dijo Aleatha—. Tasianara se pondrá bien. —Por favor —dijo Aisaan—, concentraos en salir de aquí; eso es lo más importante. El murmullo exangüe de los relojes llenó el silencio pensativo. Fue el mismo Aisaan quien lo rompió tímidamente: —¿Y si volviésemos a usar la esfera del Oráculo? Melquíades desechó con un gesto su sugerencia. —Antes preferiría beber el agua con un hongo de yuggoth que volver a usarla. Mira dónde nos ha traído la primera vez. —Quizá no haya funcionado como debería —aventuró el suplicante—. Podríamos volver y preguntarle… —Dudo que el Oráculo vuelva a escucharnos. —¿Por qué? Melquíades se encogió de hombros. —Son las reglas. —Está bien. —La determinación impregnaba los gestos atropellados de Aleatha—. Más opciones. ¿La teocracia? ¿Los crucesblancas? —El yelmo que la criatura tenía entre las manos era de un cruzblanca —explicó Aisaan—. Muy errado estoy, o la cabeza que aún lo ocupaba pertenecía a su capitán. Dudo que hayan quedado muchos soldados vivos después de esta noche. —Tiene sentido —dijo Melquíades—. Si quieres acabar con una teocracia, golpeas ambos pilares; eclesiástico y militar. Tampoco creo que quede ningún suplicante vivo. Lo siento, Aisaan. El joven no respondió. Se mordisqueó la uña del pulgar, la expresión abstraída. —Me temo que estamos solos —dijo. —Entonces sólo nos queda una vía de escape: el Selene. —Pero la Voz… —Que el Alcaudón se lleve la Voz y a su inquilino. El río es la única salida de la ciudad. Al menos, la única que conocemos con certeza. Seguiremos su curso, nos ocultaremos en su lecho y atravesaremos las murallas a nado. 37


—¿Tienes idea de la temperatura a la que estará el agua? Es un plan descabellado. —No es un plan —respondió Melquíades—. Es la única alternativa. Aleatha empezó a caminar en círculos, la vista prendida en el techo metálico. El quedo estertor de las máquinas moribundas bien podía haber sido el sonido de sus pensamientos. —No es buena idea —dijo—. Tasianara está enferma. Puede ser peligroso para ella. —Entonces deberías pedirle que te revele su Secreto. —¡Melquíades! El titiritero hizo un gesto de disculpa. Cambió de tema para aliviar el peso de las miradas de reproche: —La criatura en la visión habló de algo llamado despecho. ¿Qué quería decir? Antes de que nadie pudiera responder, una voz descascarillada se oyó a su espalda. —Espero que hayáis conseguido lo que vinisteis a buscar —imprecó el Relojero, lleno de un resentimiento ratonil. —Maestro mecánico —Aisaan inclinó la cabeza—. Te debemos una disculpa. El diminuto hombre meneó la cabeza. Cayó en sus hombros polvo de hierro como seborrea de autómata. —Habéis destrozado mi obra. Mi mayor trabajo. —Lo sentimos. —No necesito que lo sintáis. Necesito que me ayudéis a repararlo. Melquíades puso los ojos en blanco. Aleatha negó enérgicamente. —Tú eres el maestro —Aisaan parpadeó, confuso—. No veo cómo podríamos ayudarte. El hombrecillo se relamió. De pronto, el brillo de la codicia reemplazó a la congoja en sus ojos. —Hay algo que podéis hacer por mí —adoptó un tono conspirador—. Sé por qué ha fallado mi Obra. —¿Y por qué ha sido? —Aisaan, previendo un estallido temperamental por parte de Aleatha, la retuvo con un gesto. —Contemplad —abarcó todo el palacio con los brazos, los mosaicos y las columnas recubiertos de placas y engranajes—. Este lu38


gar es el tiempo. Todo el tiempo de Mandressla está aquí dentro. He ido reuniendo aquí todos y cada uno de los relojes de la ciudad… excepto uno. —Tu obra no estaba completa —tradujo el titiritero. —El tiempo se ha quedado encallado en una grieta de mi diseño. Por eso ha fallado. —Aún no entendemos qué hace tu invento exactamente, Relojero. El hombrecillo se inclinó hacia él, agarrándole de la pechera de la túnica. —Tiempo y espacio son una misma cosa. No, no me miréis como si estuviera loco —soltó una risita—. Controlar el tiempo es dominar también la distancia. Por eso mi invento os ha permitido vislumbrar otro lugar de Mandressla. Controlando el tiempo, lo controláis todo. Todo. —Una nube enturbió sus ojos—. Y esa es sólo una de sus funciones… —Está bien —interrumpió Aisaan—. ¿Dónde está ese último reloj? —No lo sé. Sé que está en Mandressla, pero ignoro dónde. —Tiró del suplicante hacia sí—. Os lo ruego, ayudadme a terminarlo. —Ni hablar —dijo Melquíades—. Si necesitas un mancebo de botica, te sugiero… —¿Y qué se supone que tenemos que hacer con ese reloj que falta? —dijo Aisaan—. ¿Traértelo? —Basta con que lo destruyáis. Si lo inutilizáis, la grieta quedará sellada, y mi máquina volverá a funcionar. —Maestro, vamos a intentar escapar de la ciudad. Mandressla ya no es un lugar seguro. La teocracia ha caído. ¿Por qué no vienes con nosotros? Con la luz del alba podrás… —Jamás —exclamó—. Jamás me arrancaréis de aquí. Mi vida está aquí. Mi vida, ¿comprendes? Aisaan resopló. Consultó con los otros sin mediar palabra. El mensaje en sus miradas era explícito. No. Por suerte para el Relojero, estaba tratando con un suplicante de Ntsasalé. —Te prometo —dijo Aisaan, tras pensarlo un instante—, que si en nuestra huida encontramos el último reloj de Mandressla, yo mismo lo destruiré. Pero comprende que nuestras vidas están en peligro. No nos sacrificaremos para buscarlo. 39


El Relojero asintió, satisfecho. Cada uno puso la palma de la mano sobre el corazón del otro. El pacto estaba sellado. Melquíades se dio una sonora palmada en la frente. —Ahora —dijo el menudo artesano—, necesito seguir perfeccionando mi maquinaria. Permitidme que os deje solos. Se encaminó renqueando a la trampilla por la que se accedía a los sótanos. Forcejeó con ella para abrirla. Aisaan se acercó para ayudarle. Una máscara de algo sin nombre pintó sus rasgos porcinos. —¡No! —gritó, dándole un débil empujón—. No podéis entrar aquí. Marchaos. Marchaos y encontrad el reloj que falta. Volvió a tirar de la trampilla y desapareció en su interior como una alimaña en su madriguera. Los tres se quedaron en el silencio del palacio, digiriendo los últimos acontecimientos. —Mira con quién te acabas de aliar —imprecó Melquíades—. Eres un necio. —¿Qué tendrá ahí abajo? —preguntó el suplicante, pensativo. —Yo me pregunto más bien que había detrás de esa otra puerta —dijo Melquíades. —¿Qué puerta? —En la habitación —aclaró—. Junto a la cama de Tasianara. Esa puerta de aspecto extraño. Temblaba como si hubiera un animal escarbando al otro lado. —Estás enloqueciendo, Melquíades. En el dormitorio, si se le puede llamar así, sólo había una puerta; la que hemos usado al entrar. —¿De qué estás hablando? Había otra puerta justo a mi lado, detrás de la cama del Relojero. —Extinguid vuestros desvaríos —les reprendió Aleatha—. Hay otra puerta más importante ahora. Los tres se giraron hacia la habitación donde Tasianara agonizaba.

7 La puerta se cerró tras el suplicante. Tasianara miró a Sir Tadeus. Su deforme expresión se tornó hueca. Un silencio de plomo se hundió en el abismo que había entre ellos. —Mi paladín. —El desprecio en su voz era casi físico—. Mi campeón. Mírame. 40


Se levantó. Su ya frágil cuerpo estaba demacrado, cubierto por una pegajosa sustancia que hacía que la túnica se adhiriese a él. —Mira lo que soy. Por ti. —Tasianara… —comenzó Sir Tadeus, aunque no sabía qué decirle. La culpa y la repugnancia se repartían el control de su mente—. No entiendo… —Dijiste que me amabas. Dijiste muchas cosas. Y mírame ahora. ¿Dónde está el amor que tanto proclamabas? —Deberíais calmaros. —¡No quiero calmarme! Quiero olvidarte. Quiero no haberte conocido nunca. —Estiró hacia él las ramas podridas de sus brazos—. Quiero volver a ser quien era. Esta no soy yo. El amadís retrocedía. Ella le seguía. —No sé de qué habláis, Tasianara. Por favor… —Nunca me has querido —siseó ella. Hablaba con incredulidad, casi con sorpresa. —Sí que os he amado. ¿Qué pretend…? —¡No me mientas! —Golpeó la pared—. No soporto que me mientas. Para ser un paladín tienes hábitos de ladrón. Ladrón de corazones. Soltó una risotada absurda, como la única partícipe de una broma privada. Sir Tadeus retrocedió hacia la puerta. Ella le saltó encima. A pesar de su diferencia de peso, le aplastó contra el muro. El olor de su piel daba náuseas. Sir Tadeus, apretando los labios, abrió la palma de la mano. Lenta, agónicamente, la daga lapislázuli se revolvió en la mesa, junto al quinqué. —Tasianara —murmuró—, os lo imploro. Por favor. —Esto es lo que tu amor ha hecho de mí. —Su aliento era una paletada de tierra de cementerio—. Esto es lo que he sufrido por ti. Quiero que me veas. Quiero que no me olvides. —Dejadme ayudaros, Tasianara. —La daga se desprendió del contacto con la mesa. Flotó mansamente hacia ellos. Sir Tadeus sabía que podía hacer que apuñalase a Tasianara. También sabía que si la mataba, una parte de sí mismo moriría. De la otra parte se encargaría Aleatha. Ella soltó una risotada. —Claro que quieres ayudarme. Después de todo, me quieres, ¿no? 41


—Sí. —Giró la muñeca lentamente. El filo se alineó con la espalda de Tasianara, a la altura de su corazón—. Sí, os quiero. —¿Cuánto? Se le quedó la mente en blanco. Pensaba en el movimiento que hundiría el acero en aquel cuerpo, que le liberaría y le condenaría al mismo tiempo. La sangre tocaba tambores de guerra en sus oídos. Dijo lo primero que borboteó en su cabeza: —Con todo mi corazón. —¿Con todo tu corazón? —repitió ella, perpleja. Una luz de pura maldad brilló sobre sus facciones—. Vamos a comprobarlo. Su garra derecha se hundió en el pecho de Tadeus, por debajo del costillar. Atravesó metal, piel, músculo. La daga cayó al suelo con un tintineo fatídico. El amadís sintió aquellos dedos putrefactos internarse en él. Tasianara sonreía. —Deberías haber buscado más de un corazón para quererme. Hundió su boca de cobra en la del amadís. El sabor a ceniza y el horripilante tacto anuló sus demás sentidos. Los colmillos aserrados le arrancaron los labios, las encías, la lengua. El dolor estalló. Los dedos de muerte rebuscaron en su pecho, alcanzaron su presa, la arrancaron. Sus piernas temblaron. El mundo se difuminó. Una intensísima luz dorada sustituyó de repente a la oscuridad de la muerte. Tadeus abrió los ojos. Detrás del beso de Tasianara advirtió una presencia. Una figura envuelta en un tabardo celeste, brillante como una espada de fuego, envolvió a la elfa con brazos de seda. Su cara estaba cubierta por una máscara dorada. Sus manos enguantadas se posaron sobre la elfa en un tierno abrazo. Creyó oír cómo le susurraba al oído, desde las profundidades de la máscara. Un gemido hondo nació de la garganta de Tasianara, y creció y creció hasta convertirse en un aullido de dolor. Se apartó de Sir Tadeus. Lo último que éste vio fueron negras lágrimas corriendo por sus mejillas marchitas. La figura azulada había desaparecido. —Te amo —sollozó la elfa—. Tiene razón. Las estrellas te maldigan, te amo. No puedo hacerte esto. ¿Por qué no me querías? Sir Tadeus de Talgris, todo lo que era, todo lo que hubiera podido ser, se desvaneció sin responder a su pregunta.

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tres nieve en la ventana È un mondo difficile Tonino Carotone, Me cago en el amor

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1 na expresión anonadada coloniza la cara de Raúl. —Me has matado. —Eso parece —coincide Gabriel—. Nos tomamos un descanso y luego seguimos. ¿Alguien baja a por comida? —¿Y yo? —pregunta Javi—. ¿Qué pasa conmigo? ¿Quién era el tío de la máscara? Nadie dice nada. Todos esperan la reacción de Raúl, pero no se produce. Es Gus quien se levanta y le palmea la espalda. —Raúl y yo vamos a comprar pizza —dice—. ¿Puede quedarse después? —Yo no he dicho que se vaya. —Gabriel se encoge de hombros—. De todas formas, no soy yo quien decide quién se queda y quién se va en esta casa. —Me lo tomo como un sí —dice Gus, tirando de Raúl hacia el pasillo. —Voy a ver cómo está mi abuela. —Carla se levanta y va tras ellos, con aire turbado. En el salón, les envuelve un silencio encallecido. —¿Y conmigo qué pasa? —repite Javi, chillón—. ¿Estoy muerto? ¿Estoy vivo? ¿Puedo seguir jugando? —¿Te quieres calmar? —dice Gabriel—. Vamos a jugar ahora lo que sucede con Tasianara. —¿Quieres que me vaya? —pregunta Guille—. Mi personaje no está en escena. —No, no te preocupes. Lo haremos en la cocina.

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2 —No pasa nada —le dice Carla, de pie junto a él en la puerta. Gus, haciendo patente su incomodidad, carraspea en el rellano. —¿Cómo que no pasa nada? —Raúl se recoloca las gafas, un gesto que es incapaz de controlar cuando está nervioso—. Me ha matado. Sin tirar ni un dado. Este tío me detesta. No sé por qué tenemos que volver a jugar con él. —No te detesta —dice ella. Sus labios aterrizan fugazmente en los de él—. Él es quien dirige la partida. Y has venido a jugar porque has querido. Anda, ve y trae las pizzas. Ya hablo yo con él. Rubrica sus palabras con un portazo en plena cara. Raúl se queda con la palabra en la boca. Gus espera sonriente en el ascensor. —Sí que te detesta —le dice, mientras bajan—. Pero, ¿qué esperabas? —Pues esperaba que nos comportásemos como adultos. —Vuelve a recolocarse las gafas. La sombra de un tartamudeo ya superado planea sobre su voz. —Anda ya. Estamos hablando de Gabriel. El mismo que se enfada cuando usamos sus dados de la suerte. —Carla no es ningún dado. Y fue él quien la dejó. —Y tú quien estuvo jugando al mejor amigo hasta que pudo saltar sobre ella —replica Gus en un tono de enfado que hace que Raúl le mire extrañado—. Estas cosas nunca son fáciles. —Pues, si no quiere vernos a Carla y a mí, ¿para qué quiere retomar la partida? ¿Por qué no se queda en su puñetera rehabilitación? Gus se encoje de hombros. El ascensor llega abajo. Las luces titilan un instante. —Lo siento, pero ahora soy yo quien está con Carla. Si quiere hacerme pagar el pato cargándose a mi personaje, que no me llame. Tengo cosas mejores que hacer. —Ya, como si fueras a dejar a Carla a solas con él. Mira, si Gabriel ha matado a Tadeus en cuestión de una hora, es por una razón bien sencilla. —¿Y cuál es? Fuera ha empezado a nevar. Gus se sube la solapa del abrigo. —Porque no puede matarte a ti. 46


3 Javi entra en la cocina. Se mueve entre los cacharros, buscando un vaso limpio. Abre el grifo. El agua cae con un estruendo de borrasca. Javi bebe. Rebusca en los armarios, saca un bote medio vacío de algo parecido al chocolate. Hurga en su interior con un cuchillo. El metal resuena contra el cristal, un sonido crudo, brutal. No se da cuenta de que las paredes se han convertido en lápidas, de que la nieve pronuncia su nombre en la ventana, de que los espectros polvorientos que aletean en las sábanas sobre los muebles se retuercen las manos. Fuera, en el pasillo, la luz mengua. El aire se vuelve espeso, melaza oscura en los pulmones. Cuesta respirar. Gabriel, desde la puerta, mira la nieve en la ventana. —Debo reconocer que me has sorprendido, Javi. La nieve. —¿Por qué? En la ventana. —Has actuado estupendamente. No te ofendas, pero al principio dudaba si darte un personaje tan relevante como Tasianara. Me alegra ver que lo has llevado a la perfección. Las palabras del hombre reverberan en los oídos de Gabriel, como truenos lejanos. Si sigues adelante, puede que consigas lo que deseas. —Bueno, sí. —El cuchillo se mueve dentro del tarro—… no sé. Me ha salido así. Me dio la sensación de que era lo que Tasianara tenía que decir. Yo qué sé, lo que sentía o algo así. Gabriel no le presta atención. Se da cuenta de qué es lo que ha aceptado al coger la vela. Ya no ve a Javi. Ve el camino que ha elegido recorrer. Y sabe lo que sucederá ahora. —Muy bien hecho. Javi deja el bote y el cuchillo sobre la mesa. Se pellizca el piercing de la ceja. —En realidad, no iba a venir. Pero al menos quería dejar esto cerrado. ¿Puedo contarte una cosa? —No espera a oír su respuesta—. Me voy de casa. Mañana. Estoy hasta la polla de vivir con mis viejos. Marta y yo nos vamos a Barcelona. —¿Lo saben tus padres? —No lo sabe nadie —dice—. Te lo cuento a ti… no sé por qué. Tenía que contárselo a alguien, desahogarme. No vas a chivarte a mi hermano, ¿verdad? 47


—Tranquilo. —Gabriel sonríe levemente—. Tu secreto está a salvo conmigo. Javi siente un apunte de extrañeza, se da cuenta repentinamente de lo solo que se está allí dentro, a pesar de estar con Gabriel. Carraspea. Su pregunta desinfla el silencio. —Entonces, ¿qué es lo que me va a suceder? —Vas a morir. —¿Cómo? —pregunta, escandalizado—. Tío, pero si vamos muy bien. ¿Precisamente ahora quieres matar a mi personaje? Gabriel apaga la luz. —No he dicho nada de tu personaje. La nieve se arremolina en la ventana.

4 El abanico se abre. El abanico se cierra. Carla comprueba que la abuela no se ha orinado, endereza el babero en su pecho, le cierra el primer botón del camisón, el que siempre se le desabrocha. Baja el volumen de la televisión. Un quedo gemido le indica que lo ha bajado demasiado, y vuelve a subirlo un poco. El abanico se abre. —Tranquila, ya está —murmura, girando el dial—. Ya puedes entretenerte. Frunce el ceño al percatarse de que el olor de la dichosa velita de Gabriel llega hasta la habitación. Se va a enterar. Y encima ha matado a Tadeus. En cuanto suba va a tener que hablar con él, convaleciente o no. Sí, pero, ¿realmente quiere hablar con él? Piensa en ello mientras su mirada vaga por la habitación, buscando algo. Se muerde la uña del pulgar. ¿No es más fácil evitar un estúpido conflicto, dejar que la partida y la noche sigan su curso? Sabe lo que está buscando. Sabe que estaba por ahí, en algún lugar. ¿No es más conveniente no volver a asomarse a los ojos de Gabriel, no dejar que el fantasma de un tiempo que ya no va a volver le revuelva las tripas por dentro? Piensa en ello mientras busca. Quizá la abuela la ha tirado; estaba jugando antes con ella. No sabe si se la ha dejado en el regazo. Qué tontería, piensa, ella no quiere volver a eso. Son otros días. Ha pasado muchas horas mirando al techo de su cuarto en mitad de la no48


che, muchas valerianas, muchas lágrimas. Abre cajones. Se asoma bajo la cama. Debe de estar en alguna parte. No, mejor no hablar con él. En fin, a la abuela no puede molestarle tanto el olor de la vela. Quizá ni lo nota. Y en cuanto a Raúl… Alguien se mueve a su espalda. Carla se gira con un sobresalto. Tira del cajón que estaba abriendo, y su contenido se desparrama por el suelo. Mierda. Se queda mirando a Guille, en la puerta, parapetado tras los cristales tintados de sus gafas. La abuela se mece. El abanico se cierra. —Seguimos igual, ¿no? —dice él. —Al menos no está peor —dice Carla, azorada como una niña descubierta en una travesura. Se levanta y vuelve a cerrarle el último botón del camisón—. Abuela, Guille ha venido a verte. —No me refería a tu abuela —hace ademán de acercarse—. ¿Qué se ha caído? Ha sonado como si el camión de una ferretería hubiese volcado. —Tranquilo —Carla se agacha y empieza a recogerlo todo—. Ya lo hago yo. Son relojes. —¿Relojes? —Sí, se me han caído y están por todo el suelo. Ten cuidado. Mi abuelo los coleccionaba, o eso decía mi abuela. La verdad es que no sabía cuidarlos. Se le rompían cada dos por tres. Los mojaba y se le oxidaban, se le caían, perdía la manecilla para darles cuerda… ella siempre le regalaba uno nuevo. El mismo reloj una y otra vez. Eso es amor, ¿no? —No lo sé —Guille se acerca—. ¿Lo es? Se arrodilla a su lado y empieza a tantear. Sin embargo, su cara recién afeitada sigue fija en ella. Por un brevísimo instante, a Carla le parece que le está devolviendo la mirada. Carraspea. El abanico se abre. —Pues, no sé —duda—. A lo mejor era un poco egoísta, ¿no? Ser descuidado a propósito, romper un reloj tras otro sólo para ver si tu mujer se preocupa tanto por ti como para regalarte otro. —¿Es que el amor no puede ser egoísta? No responde. Guille levanta uno del montón y lo sostiene frente a ella. —Este aún suena. 49


—Es el último que le compró. Murió poco después, no tuvo tiempo de romperlo. Con el tiempo que ha pasado, y todavía funciona… —Se parará algún día. Ni siquiera los relojes resisten el paso del tiempo —Lo devuelve al cajón con delicadeza, consciente del valor que tiene para ella—. Carla, ¿cómo estás? —Estoy bien —responde de inmediato. Recoge más relojes. La mecedora suena—. ¿A qué te refieres? —Tres palabras. Carla. Cómo. Estás. ¿A qué crees que me refiero? Así es siempre Guille. Tan directo, tan intuitivo, tan distinto. Hace meses que no se ven, y aun así nota si algo marchaba o no bien con… bueno, no con una mirada. ¿Cuál es el equivalente cuando las miradas no se aplican? Es más sincera esta vez. —Estoy mejor —esboza la estrella fugaz de una sonrisa—. O al menos no estoy peor. —È un mondo difficile… —recuerda su broma privada. —È vita intensa —responde ella, cómplice. Esboza un amago de sonrisa manchada de nostalgia barata. El abanico se cierra. —¿Por qué has accedido a jugar otra vez? —pregunta a bocajarro. Y otra vez diana. —Habíamos dejado la partida a medias. Y creía que sería bueno volver a veros a todos. —¿A todos? —En serio, Guille, no te preocupes. Ya han pasado los días más negros. Estoy mejor. Pongamos que esto es como una prueba de fuego, ¿vale? —Está bien —accede él. Todos los relojes vuelven a estar en el cajón. Guille se yergue y le ofrece una mano—. Si necesitas hablar, ya sabes… hay asociaciones que se dedican a atender a gente desesperada como tú. Es gente preparada. Ella se levanta y le da un débil puñetazo en el brazo. —Tú también eres gilipollas. ¿Vamos? —Después de ti. No quiero tropezarme. —El día que te tropieces en mi casa, me mudo. —Vuelve a darle un beso en la coronilla a la abuela, que se despide de ella abrien50


do y cerrando el abanico. Antes de salir del cuarto, sin embargo, echa una mirada en derredor. Debería estar por algún lado. Se pregunta dónde puede haber ido a parar.

5 El salón está vacío. Guille toma asiento. —¿Dónde está Gabriel? —Aquí —se oye su voz desde el pasillo—. En tu cuarto. —¿Qué haces aquí? —pregunta Carla, asomándose a la puerta. Gabriel, como tantas otras veces, está apoyado en la esquina de su escritorio, junto a la ventana. Tan distinto, tan igual. En la penumbra apenas iluminada por las farolas de la calle, casi parece la silueta de un desconocido, más grande, más extraña. Carla se da cuenta de que huele a él, de que su presencia es más que el recuerdo que ha habitado esa esquina de su escritorio junto a la ventana desde hace meses. La figura enciende la lámpara de la mesita. Carla vuelve a ver a Gabriel. Él no la mira. Se pasa entre las manos un juguete que Carla creía haber escondido o tirado a la basura; una bola adivina, pintada de negro como una bola de billar. —¿De dónde la has sacado? —Estaba por ahí tirada. —¿Has estado hurgando en mis cosas? —No sé, ¿he estado hurgando en tus cosas? —Agita la bola sin perder la sonrisa, le da la vuelta y mira la respuesta—. «En absoluto». ¿Te vale? 51


—No sé —dice ella, sin saber bien por qué entra en el juego—. ¿Me vale? Él vuelve a agitar la bola y a voltearla. Su sonrisa se acentúa. —«Es posible» —lee—. ¿Cómo está tu abuela? —Está muy callada. —Se cruza de brazos, medio molesta—. ¿Dónde está Javi? No quiero que ese desastre con patas la moleste. —Javi acaba de irse. Creo que se ha enfadado por Tasianara. Dice que no se puede jugar con un personaje así. Carla intenta respirar hondo sin que se le note. —¿Por qué lo has hecho? —¿Por qué he hecho qué? —Se acerca a ella, de improviso. Mucho. Están a un paso el uno del otro, en la puerta del cuarto. Y de pronto sucede. No ha pasado ni un día. Siente un intenso déjà vu en la boca del estómago; le parece que puede volver a salvar los escasos centímetros que les separan. No ha decidido si realmente quiere hacerlo o es sólo la costumbre polvorienta de unos días perdidos. Se miran a los ojos. Ninguno habla. Por favor, aparta la mirada, piensa Carla. No sabe si se lo dice a él o a sí misma. Extiende una mano de dedos temblorosos, que se abren sobre el pecho de él, sin llegar a tocarle. Le da miedo hacerlo. Un maullido desganado rompe el hilo entre los dos. La gata pasa aburrida entre ellos. El instante es un pez que se escurre y se aleja para no volver. —Me encanta esta gata. —Gabriel la recoge del suelo—. Si pudiera, me quedaría con ella. Me la llevaría a cualquier sitio. ¿Vendrías conmigo de viaje, Señorita Pride? Por tercera vez, agita la bola negra. Mira el resultado. Vuelve a sonreír. —Déjate de estupideces y vamos al salón. —Ella le arrebata el juguete y lo deja sobre la mesa—. ¿Cuándo vamos a jugar la escena que nos falta? La que dejamos pendiente en la última partida. —Aún no es el momento —dice Gabriel mientras la sigue al salón—. Avanzaremos un poco más con el presente y luego retrocederemos. —Me está gustando mucho lo que llevamos de partida —comenta inocentemente Guille al oírlos entrar—. Muy real. Hacía tiempo que no me sentía tan dentro de la historia. 52


Gabriel calla. —Sí— conviene Carla, agradecida por el capote que su amigo le ofrece—. A mí me ha pasado lo mismo. Tenía perfectamente claro el calor y la peste del cuerpo de Tasianara. Nos estás agobiando realmente con la situación, Gabriel. Gabriel calla. Vuelve a sonar el timbre. Gus y Raúl pasan, uno armado con una torre de pizzas, el otro con varias botellas de cerveza. —¿Dónde está mi hermano? —Se ha pirado. —Gabriel rechaza la cerveza que le tiende Gus—. Deberíais haberos cruzado con él. —No le hemos visto. —Sentaos —ordena Gabriel, y todos obedecen. Raúl duda, y él sonríe, malicioso—. Sí, tú también. Vuelves en ti con un grito atrapado en la garganta.

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