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TRABAJO Y PARO EN LA SOCIEDAD POSTINDUSTRIAL

ENRIC SANCHIS

Valencia, 2011


Copyright ® 2011 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www.tirant.com).

Directores de la Colección: JORDI GARCÉS FERRER Catedrático. Departamento de Trabajo Social y Servicios Sociales. Universidad de Valencia: Estudio General Mª CARMEN ALEMÁN BRACHO Catedrática de Trabajo Social y Servicios Sociales UNED

© ENRIC SANCHIS

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es I.S.B.N.: 978-84-9004-106-2 MAQUETA: PMc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/ politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


Es obligación del escritor hacerse comprender por quien desea comprenderlo. Ése es su oficio, escribir es un servicio público y el lector de buena voluntad no debe ser decepcionado. Primo Levi


ÍNDICE Presentación ........................................................................................

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I. LA GRAN TRANSFORMACIÓN 1. Espacio, tiempo y contrato de trabajo ........................................... 2. La división del trabajo..................................................................... 2.1. Taylorismo, fordismo y postfordismo .................................... 3. Concepciones del trabajo ................................................................ 3.1. Las ambigüedades medievales ................................................ 3.2. La excepción española ............................................................ 3.3. La sociedad del trabajo ........................................................... 3.4. La sociedad del consumo ........................................................ 3.5. Las paradojas actuales ............................................................

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II. LA POBLACIÓN ACTIVA 1. Ocupados, parados e inactivos ....................................................... 1.1. El concepto de trabajo productivo ......................................... 1.2. Búsqueda y disponibilidad...................................................... 1.3. Activos potenciales y paro oculto ........................................... 1.4. Paro estimado y paro registrado ............................................ 2. Estructura y evolución de la población activa ............................... 2.1. La larga marcha de las mujeres hacia el trabajo remunerado .............................................................................................. 2.2. La calidad de las estadísticas .................................................. 2.3. Demografía y economía .......................................................... 2.4. Las ideologías .......................................................................... 2.5. La variante española ............................................................... 2.6. El nivel educativo .................................................................... 2.7. El declive de la familia tradicional .........................................

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III. ESTRUCTURA Y EVOLUCIÓN DEL EMPLEO 1. Trabajo asalariado y empleo precario ............................................ 1.1. El tamaño de la empresa......................................................... 1.2. El trabajo temporal ................................................................. 1.3. El trabajo a tiempo parcial ..................................................... 1.4. La eclosión del trabajo atípico................................................

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ÍNDICE

2. La otra economía: trabajo no remunerado y trabajo negro ......... 2.1. El trabajo doméstico ............................................................... 2.2. El trabajo voluntario ............................................................... 2.3. El trabajo negro ....................................................................... 2.4. El tamaño de la economía sumergida .................................... 3. El proceso de terciarización ........................................................... 3.1. Cambio tecnológico y preferencias del consumidor ............. 3.2. El factor organizativo y el papel del Estado .......................... 3.3. Trabajo doméstico y empleo en servicios sociales ................ 3.4. Los tres regímenes de bienestar capitalista ........................... 3.5. De la ley de Engel a la posición ante la igualdad ..................

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IV. LOS PARADOS: TIPOS HISTÓRICOS Y REPRESENTACIONES SOCIALES 1. 2. 3. 4.

Víctimas o culpables ....................................................................... De la pobreza crónica a la cuestión social ..................................... El descubrimiento del paro involuntario ....................................... La banalización del paro en la sociedad postindustrial ................

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V. LA EXPERIENCIA DE PARO 1. Paro sin estado de bienestar ........................................................... 2. Paro con estado de bienestar .......................................................... 3. Experiencia de paro y búsqueda de empleo ..................................

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VI. TRABAJO Y SOCIEDAD EN UN MUNDO EN CAMBIO ..........

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Bibliografía ..........................................................................................

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PRESENTACIÓN ¿Cómo es posible que un mismo texto bíblico diera lugar en la Europa católica a considerar el trabajo un castigo derivado del pecado original y en la protestante la forma en que el hombre contribuye a perfeccionar la obra del Divino Creador? ¿Tiene esto que ver con los distintos caminos que ha seguido la modernidad en ambas partes de Europa? ¿No era el trabajo una penosa necesidad y el trabajo asalariado en particular fuente de alienación? ¿Por qué pues parece haberse convertido en un privilegio y quienes no lo tienen lo contemplan como vía de emancipación? ¿Sólo es productivo el trabajo remunerado mientras el no remunerado no tiene significación económica? ¿Qué quiere decir estar ocupado? ¿Son parados todos los que no lo están? ¿Los contamos bien? ¿Entonces por qué tenemos cifras tan dispares al respecto? ¿Cómo ha podido el tejido social español soportar durante tanto tiempo los niveles de paro más altos de la Unión Europea? ¿No es el trabajo negro la situación real de la mayoría de los parados? ¿Es cierto que antes las mujeres trabajaban tan poco? ¿Acabaremos trabajando todos en los servicios? ¿Puede una economía de tamaño medio como la española tener casi todos sus recursos humanos ocupados en el sector terciario?¿Quien no trabaja es porque no puede o porque no quiere? ¿El parado es víctima o culpable de su situación? ¿Qué significa estar en paro cuando se tiene asegurado un mínimo vital? ¿Los dispositivos típicos del Estado de bienestar están aumentando artificialmente el nivel de desempleo? Éstas son algunas de las preguntas a las que pretendo dar respuesta en las páginas que siguen. Combinando especulación teórica y evidencia empírica relativa a las sociedades avanzadas, este libro adopta una perspectiva multidisciplinar —preferentemente sociológica pero también histórica y económica, sin renunciar a modestas incursiones en los dominios de la antropología, la psicología y la filosofía— para abordar una serie de cuestiones que están en el centro del debate tanto científico como político, aunque también preocupan al ciudadano activo; esto es, a toda persona que se niegue a considerar irresolubles los problemas que arrastra el mundo en que vive y esté dispuesta a participar en la configuración del futuro interviniendo en la cosa pública. Pensando sobre todo en ese


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ciudadano, el texto ha sido escrito sin huir del rigor científico pero procurando utilizar un lenguaje asequible y definiendo conceptos a medida que se introducen. Aunque se recurre ampliamente a literatura internacional, el libro se centra en los problemas más relevantes desde el punto de vista de la realidad social española. Obviamente no he podido contemplar todos los problemas, pero he intentado contemplar todos los importantes. Lo que se pretende ofrecer a lo largo de los seis capítulos que siguen es una visión macrosociológica de las transformaciones que ha conocido el mundo del trabajo a raíz del nacimiento y desarrollo de la sociedad capitalista en que vivimos. El capítulo primero repasa los cambios más significativos que se produjeron en este dominio con motivo de la revolución industrial: espacio, tiempo y contrato de trabajo, división social y técnica del trabajo (incluyendo el debate en torno a sus efectos positivos y negativos), concepciones del trabajo y posición en la escala de valores. Se trata, en suma, de una introducción histórica que quiere despertar el interés del lector y animarle a que siga leyendo. En el segundo capítulo me ocupo de los trabajadores. Primero se explican y discuten los instrumentos utilizados convencionalmente para estudiar la relación de la población con la actividad económica, en particular los supuestos en que descansan los conceptos de ocupado, parado e inactivo y la distinción entre paro estimado y paro registrado. A continuación se analiza la evolución de la fuerza de trabajo en las sociedades avanzadas desde mediados del siglo XX, prestando atención especial a la irrupción de las mujeres en el trabajo remunerado y a las repercusiones de este proceso sobre los modelos familiares y la estructura social en general. El objeto del capítulo tercero ya no son los trabajadores, sino los empleos que ocupan y su dinámica, igualmente desde mediados del siglo XX. Los criterios principales de análisis son los sectores de actividad, la distinción entre empleo típico y atípico, y entre oficial e irregular. En este último caso se ofrece una visión de conjunto de la economía sumergida española poniéndola en relación con el trabajo no remunerado. Por lo que hace al desplazamiento del empleo hacia los servicios, se cuestiona la interpretación técnico-evolucionista tradicional del proceso de terciarización para poner de relieve la importancia de los factores de tipo sociológico y político. Tanto en este


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capítulo como en el anterior son constantes las referencias a España, utilizando evidencia empírica para ilustrar la reflexión teórica. Los capítulos cuatro y cinco están dedicados a los parados. Comienzo el análisis en perspectiva histórica tomando como punto de partida la reflexión de Joan Lluís Vives sobre los pobres. El debate actual sobre las causas del paro y el tratamiento de los parados es en buena medida un trasunto del debate renacentista sobre los pobres y la pobreza; un debate que tras pasar por el filtro de la Ilustración se desvincula de las interpretaciones naturalistas para replantearse como cuestión social a lo largo del siglo XIX. Es a finales de ese siglo cuando se descubre el desempleo involuntario como problema político derivado de la organización económico-social. Sin embargo, lo que comenzó siendo un fenómeno que preocupaba a moralistas, filántropos, filósofos y científicos sociales en general, se convirtió después de la Segunda Guerra Mundial en un problema técnico al parecer sólo susceptible de tratamiento por parte de economistas expertos. De ahí a su banalización como drama humano sólo había un paso que comenzó a darse a finales del siglo XX. El capítulo cuatro acaba destacando la necesidad de distinguir entre paro y pobreza si queremos entender qué significa estar en paro en la sociedad del bienestar. Éste es precisamente el núcleo en torno al cual se estructura el capítulo cinco: significado y consecuencias del paro a nivel individual y colectivo en un contexto en que desempleo no suele implicar hambre pero puede conducir a exclusión social. El capítulo acaba discutiendo la teoría económica de la búsqueda de empleo a partir de la investigación sociológica y psicológica sobre la experiencia de paro; una teoría que en última instancia descarga la responsabilidad del desempleo sobre los propios parados, redefiniendo como culpables a quienes son más bien víctimas de la situación. El capítulo final es una breve reflexión especulativa sobre las perspectivas de futuro de una sociedad que se construyó en torno al trabajo y en la que éste ya no es lo que era. Aunque se rechazan las profecías siempre desmentidas sobre el fin del trabajo, no obstante se reconoce la irreversibilidad de ciertos cambios y la necesidad de pensar la sociedad en que vivimos de otra manera. Las ciencias sociales nacieron con la voluntad de comprender el mundo para mejorarlo. Por ello suelen adoptar como objeto de estudio aquellos hechos que el hombre de la calle ha definido pre-


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viamente como problemas. Muchas veces el trabajo científico parte de las explicaciones populares de los problemas sociales y consiste en poner al descubierto la inconsistencia de tales explicaciones y por tanto de las soluciones de ellas derivadas. A menudo esa inconsistencia se debe a la facilidad con que el discurso factual se mezcla con el valorativo. Es obligación del científico social tomar distancia de los hechos que estudia y no confundir el ser con el deber ser. En caso contrario no está haciendo avanzar el conocimiento sino construyendo prédicas edificantes, ya sean conservadoras, progresistas o contemporizadoras. En este libro he procurado mantenerme siempre en el plano del razonamiento científico sin deslizarme al de la valoración ideológica, porque tengo para mí que ése es el mejor servicio que puede prestar la sociología al intento de hacer nuestro mundo más habitable. Ahora bien, hay ocasiones en que el discurso científico produce resultados que dificultan más que facilitan la compresión de la realidad y aun atentan contra el sentido común, como ha ocurrido con el debate académico sobre el paro. Por ello no tengo inconveniente en reconocer que la distancia que debo guardar respecto de los problemas que aquí se tratan no me ha hecho olvidar otro principio metodológico que informa siempre mi trabajo: el de desconfiar sistemáticamente de aquellas propuestas científicas que sostienen que los problemas sociales se resolverán en el futuro si empeoramos en el presente la situación de quienes los sufren. Este libro —publicado por primera vez en la colección Estudios del Consejo Económico y Social, España, a finales de 2008— tiene su origen en las clases que imparto desde hace más de dos décadas en las facultades de Economía y de Ciencias Sociales de la Universitat de València. Comenzó a tomar cuerpo en la primavera de 2000 en la South Bank University (Londres), donde fui acogido cordialmente por Michael Rigby y además gocé de la hospitalidad de Teresa Lawlor. Materiales que luego han pasado a formar parte del mismo fueron utilizados en el seminario que impartí en agosto de 2003 en la Maestría en Sociología de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Montevideo). Los profesores Marcos Supervielle y Augusto Longhi (prematura y lamentablemente fallecido) tuvieron la deferencia de participar en algunas sesiones aportando observaciones y críticas estimulantes. El libro ha sido construido pieza a pieza pacientemente compaginándolo con la ac-


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tividad docente. Versiones previas de algunas de esas piezas y un derivado de ellas fueron publicadas en diversas revistas del gremio como artículos independientes (Revista Internacional de Sociología, Sistema, Política y Sociedad, Cuadernos de Relaciones Laborales, Papers y Sociedad y Utopía), si bien al final he decidido no incluir la nueva versión de alguno de ellos para no hacer el libro demasiado extenso. Tres de esos artículos habían sido ofrecidos previamente a Revista Española de Investigaciones Sociológicas, donde también he publicado en alguna ocasión. Por razones que se me escapan, pues en esa época no las daban, esta vez no hubo suerte. Pero el hecho es que todos ellos superaron posteriormente los filtros correspondientes de las otras revistas, en algunos casos sin alterar ni una coma, en otros tras incorporar sugerencias pertinentes de los respectivos evaluadores. Una parte de los méritos que puedan albergar estas páginas hay que atribuirla a esos evaluadores anónimos, así como a Pere J. Beneyto, Salustiano del Campo, Fernando Díez, Miguel Ángel García Calavia, Faustino Miguélez, Josep Picó, Ramiro Reig y Josep Antoni Ybarra, que tuvieron la generosidad de leer y criticar alguna de las partes del libro. Gracias a todos ellos.


I. LA GRAN TRANSFORMACIÓN Si la Sociología es un intento de comprender racionalmente la sociedad que nace de la revolución francesa y de la revolución industrial, el trabajo ha ocupado desde el principio un lugar central en la reflexión sociológica ya que, con el advenimiento y consolidación de la sociedad industrial capitalista, experimenta una profunda transformación que llama poderosamente la atención de los científicos sociales. Puede definirse el trabajo como la ejecución de tareas que implican un esfuerzo físico o mental y que tienen como objetivo la producción de bienes y servicios para atender las necesidades humanas. El trabajo es por tanto la actividad a través de la cual el hombre obtiene sus medios de subsistencia: o trabaja para vivir o vive del trabajo de los demás. Originariamente, mediante el trabajo el hombre entra en relación con la naturaleza a fin de someterla y adaptarla a sus necesidades, mientras que los demás animales no tienen más remedio que adaptarse a ella para sobrevivir. Por tanto es la actividad humana por excelencia. Pero el hombre cuando trabaja no sólo hace cosas, también se hace a sí mismo como ser social e independiente. Porque “en el proceso de trabajo, es decir, en el proceso de moldear y cambiar la naturaleza exterior a él, el hombre se moldea y se cambia a sí mismo. [...] Moldeando y recreando la naturaleza, aprende a hacer uso de sus potencias y aumenta su destreza y su poder creador” (E. Fromm, 1970: 151). Así, el trabajo ha llegado a convertirse en una de las formas más importantes de relación social y de autoafirmación. El hombre se define muchas veces sobre todo en función de lo que hace, de su trabajo, y la imagen que tiene de sí mismo está fuertemente influenciada por la valoración que los demás hacen de su trabajo. Pero no adelantemos los acontecimientos. Este capítulo se propone dar cuenta de la gran transformación que conoce el dominio del trabajo con la irrupción y desarrollo de la sociedad industrial moderna. Para ello se recurre al clásico esquema expositivo bipolar que enfatiza las diferencias entre un antes y un después y que resulta


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muy útil a condición de no olvidar que nunca ha habido en la historia un punto preciso de ruptura a partir del cual todo fue diferente. El primer gran cambio es que el trabajo asalariado se convierte en la forma de prestación laboral por excelencia y la condición salarial se desplaza desde la periferia hasta el centro de la vida económica. Previamente habrá sido necesario organizar un mercado de trabajo libre. Libre en el sentido de que implica la abolición de las antiguas regulaciones gremiales, que libera a la población rural de la vinculación a la tierra y a sus propietarios, que el empleador nunca antes había gozado de tanta autonomía para fijar las condiciones de trabajo. No en el sentido de que quienes necesitaban trabajar para vivir se presentaron voluntariamente a ese mercado a vender su fuerza de trabajo; todo lo contrario, fueron impelidos a ello. Sin embargo, la estación de la libertad casi plena del mercado de trabajo durante los primeros tiempos del capitalismo fue relativamente breve y coincidió con la etapa más dura de la nueva condición obrera, pues muy pronto, frente a la libertad de mercado, comenzaron a esgrimirse ciertos derechos en defensa de quienes sólo disponían de su fuerza de trabajo como medio de subsistencia, y el mercado pasó a ser controlado por otras regulaciones. Pero, como se decía, entre las diferentes etapas históricas suele haber más continuidades que rupturas. Así como el proceso de gestación del capitalismo industrial fue lento, sinuoso y duró por lo menos ocho siglos (E. J. Hobsbawm, 1972), en la sociedad actual es posible encontrar formas “arcaicas” de trabajar, de la misma manera que en la Roma antigua ya había trabajadores asalariados junto a los esclavos. En la Europa feudal había sobre todo siervos, maestros artesanos, aprendices y campesinos independientes; pero siguió habiendo esclavos, y también había jornaleros agrícolas (asalariados) y un incipiente proletariado urbano. El mercado de trabajo no es una creación de la era industrial (F. Braudel, 1984). Desde el siglo XIII en París existen lugares habituales de contratación de mano de obra. Documentos de la misma época demuestran la existencia de contratos de trabajo en Lombardía, en el campo portugués... A finales de siglo XIV estalla en Florencia una revuelta protagonizada por los trabajadores subalternos (asalariados) de los diferentes oficios que algún historiador ha calificado como el primer gran movimiento de emancipación del proletariado industrial. Durante el siglo XVI, en las principales ciudades españolas comienza a formarse un pro-


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letariado urbano que ya tiene entidad suficiente para presionar en defensa de sus derechos (J. Vicens Vives, 1985). A principios del siglo XVII en las ciudades hanseáticas la masa de asalariados no deja de aumentar y acaba por representar al menos la mitad de la población total. Son datos que permiten afirmar a Braudel que en Europa occidental las transiciones irreversibles hacia el trabajo asalariado han sido frecuentemente precoces y más numerosas de lo que se suele reconocer. Precoces en muchos casos, cierto, pero por otra parte tan lentas que en muchas de las sociedades hoy avanzadas las transformaciones más significativas se producen en pleno siglo XX y sólo culminan en fechas muy recientes. Los historiadores del trabajo saben muy bien que el proceso que comienza en el trabajo independiente realizado en la unidad familiar y acaba en el trabajo asalariado realizado en un espacio ad hoc fue lentísimo y conoció varias etapas intermedias. Si en algunos sectores industriales (minería, metalurgia, astilleros) a finales del siglo XVII ya había establecimientos de tipo fabril, en otros (textil) el sistema fabril se vio precedido de la transformación de la artesanía en industria a domicilio (dependiente), proceso que en Inglaterra comienza a finales del siglo XVI. Trabajo independiente en el propio domicilio, trabajo dependiente en el propio domicilio y, muchas veces, trabajo asalariado en el domicilio del patrón antes de trabajar por cuenta ajena en la fábrica.

1. ESPACIO, TIEMPO Y CONTRATO DE TRABAJO Mientras en la nueva sociedad capitalista la unidad productiva típica es la fábrica urbana, en las sociedades tradicionales la unidad productiva típica es la familia campesina. La mayor parte de la población trabaja en la agricultura y cubre por sí misma las necesidades de comida, vestido y vivienda, es decir se procura directamente los medios de subsistencia. Como advierte Hobsbawm, en esas sociedades la gran masa de población campesina está virtualmente fuera del alcance del mercado, en parte porque tiene y usa poco dinero, en parte porque vive en una economía local en gran medida autosuficiente. Son muy pocos los que obtienen sus ingresos en dinero efectivo. Por supuesto se trata de una economía de subsistencia en la que la vida cotidiana se desenvuelve bajo condiciones


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límite. La situación de casi todos los trabajadores no agrícolas era similar; su actividad laboral como criados domésticos o en el taller artesano familiar era remunerada básicamente en especie, y tanto en el campo como en la ciudad el espacio laboral solía confundirse con el espacio vital. Esta confusión de espacios sólo era el reflejo externo de otros solapamientos más profundos. En las sociedades arcaicas se daba una superposición inescindible entre economía y sociedad, entre el ámbito de la producción económica y el de la reproducción social (E. Mingione, 1993: 169-251). El sistema económico y las actividades productivas eran una simple función de la organización social, y la estructura de estas sociedades se caracterizaba por la ausencia de cualquier tipo de institución económica diferenciada (K. Polanyi, 1989). Algo de esto encontramos también en la sociedad precapitalista. Pero a partir de cierto momento las relaciones entre economía y sociedad se invierten, de manera que es la economía la que tiende a configurar la organización social. Las actividades laborales orientadas a la producción de bienes y servicios para el mercado se desarrollaron de forma cada vez más autónoma en relación al ámbito familiar. Éste fue pasando paulatinamente a un segundo plano (privado), mientras el mundo del trabajo se colocaba en primera posición en el escenario social y adquiría la visibilidad del espacio público. En resumen, la diferenciación entre el espacio familiar (vital) y el espacio laboral refleja la escisión entre economía y sociedad, entre el dominio de la producción económica y el dominio de la reproducción social. L. A. Tilly y J. W. Scott (1978), entre otros muchos, han destacado que la importancia adquirida por el trabajo asalariado en la sociedad industrial provocó un cambio en el significado, en la posición y en la naturaleza del trabajo que pasó a realizarse en unidades productivas específicas respecto al que se mantuvo confinado en el ámbito doméstico. Este último, incluyendo las actividades dedicadas específicamente a la reproducción de la fuerza de trabajo, acaba ocupando una posición subordinada en relación al trabajo asalariado realizado dentro de la fábrica. Y la reducción progresiva de los bienes y servicios necesarios para la subsistencia producidos directamente por la familia, respecto a los suministrados por el mercado, tuvo consecuencias de primer orden sobre la condición de la mujer. Mientras en la sociedad tradicional hombres y mujeres trabajan


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muchas veces en pie de igualdad dentro de la unidad familiar (R. Muchembled, 1984), siendo imposible diferenciar de forma nítida las actividades propiamente económicas de las actividades domésticas, la especialización de los espacios vital y laboral, la asociación ideal entre mujer y vida familiar (A. Giddens, 1982) y la adscripción del hombre al trabajo extradoméstico, rompieron el equilibrio conyugal convirtiendo a la mujer en sirvienta del marido y haciendo posible que las actividades domésticas dejaran de ser reconocidas como trabajo. De ahora en adelante el verdadero trabajo, el trabajo productivo, será el que se desarrolle fuera del hogar y, cada vez más, a cambio de un salario. El tiempo —tanto la concepción como el uso— conoció una evolución similar y paralela a la que estaba experimentando el espacio. Comienza a diferenciarse claramente entre tiempo de trabajo y tiempo de no trabajo, y el primero es sometido a riguroso control y medición. La primera generación de obreros industriales procedía de un ambiente rural en el cual la única medida del tiempo la daban los fenómenos naturales, donde el telar o el torno de hilar se podían alternar con las tareas agrícolas y los ritmos irregulares de trabajo quedaban contextualizados por los ritmos de la vida familiar, de la comunidad y de la sociedad artesanal. La combinación de momentos de trabajo intenso y otros de inactividad que imponía la naturaleza, o que se permitían los trabajadores cuando disponían libremente de su tiempo, casaba mal con las exigencias del sistema fabril, que necesitaba ahorrar tiempo, aumentar la productividad y conseguir ritmos de producción regulares que permitieran calcular beneficios y plazos de amortización de las inversiones. Así pues, los primeros trabajadores industriales tuvieron que ser socializados en un nuevo concepto del tiempo y de la disciplina laboral que evitase fenómenos como el absentismo sistemático de los lunes (a cambio de intensificar la producción los últimos días de la semana), la vuelta de los campesinos a la aldea cuando consideraban que ya habían ganado bastante o las frecuentes borracheras de muchos artesanos en el lugar de trabajo. El concepto de economía del tiempo se inculcó mediante una normativa muy estricta y sanciones severas que penalizaban duramente las faltas de puntualidad o prácticas habituales como hablar con los compañeros o alejarse del puesto de trabajo. El recurso a normas coercitivas más que a incentivos de otro tipo muestra que los trabajadores no estaban demasiado interesados en


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la consolidación de los nuevos sistemas de producción (M. Aizpuru y A. Rivera, 1994: 66-67). A. Prost (1987), que ha historiado los cambios experimentados por el trabajo en Francia desde principios del siglo XX hasta los años ochenta, introduce un nuevo elemento de reflexión en la panorámica aquí esbozada: el cambio en el carácter del contrato de trabajo, que desde el ámbito estrictamente privado se desplaza cada vez más hacia el dominio público. En efecto, la separación y especialización del espacio familiar y laboral permite la diferenciación de las normas que rigen en cada uno de ellos: el mundo del trabajo deja de estar regulado por normas de rango privado y pasa a serlo por contratos colectivos. Pero este proceso fue también lento. Cuando el trabajo por cuenta ajena se desarrolla en el domicilio del patrón, en una unidad productiva que es al mismo tiempo la unidad familiar del empleador, en la que muchas veces el trabajador también está alojado y recibe la parte más importante de su salario en especie, no es posible establecer diferencias precisas entre obreros, sirvientes y los mismos familiares del patrón. El espacio de trabajo es también un espacio privado ordenado según el criterio particular del empresario, que es al mismo tiempo el padre de familia. Así como el capital empresarial se confunde con el patrimonio familiar, la vivienda con la fábrica y el padre con el patrón, también se produce una superposición entre las normas que regulan las relaciones familiares y domésticas y las que regulan las relaciones laborales. Esta confusión normativa funda el modelo de gestión de la unidad productiva que se conoce como paternalismo y que atañe también a la familia del obrero: para el patrón era natural contratar preferentemente a los hijos de sus trabajadores para que trabajasen en su casa, término que significativamente designaba a la vez el domicilio y la empresa. Prost sostiene que la huelga —que cuestionaba no tanto la propiedad privada como la autoridad del patrón— desempeñó un papel decisivo en el proceso de desplazamiento de la relación laboral desde el ámbito privado al público. La concepción del contrato de trabajo como puerta de entrada del obrero en el dominio privado del patrón transforma el inevitable conflicto de intereses en enfrentamiento personal. Pero cuando el conflicto se enquista son los obreros y no el patrón quienes solicitan la intervención de los poderes públicos; en definitiva la mediación de un tercero cuya sola presencia comen-


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zará a minar el carácter de un contrato que los patronos quieren que siga manteniéndose en un plano estrictamente privado. La Primera Guerra Mundial fue otro hito en este proceso. La consideración de determinadas producciones como de interés nacional provocó la intervención del Estado en algunos sectores y la regulación estatal de las relaciones laborales correspondientes. El contrato de trabajo hasta entonces puramente privado se transforma en un asunto de Estado. El proceso se acelera durante los años treinta con el Frente Popular y la ocupación de fábricas, que pone en entredicho la naturaleza de la relación salarial. Para los patronos, que la empresa sea propiedad suya confiere legitimidad al carácter puramente privado del contrato de trabajo. No así para los obreros. Para ellos, aun siendo propiedad privada, la empresa es de hecho un lugar público en el que también están en cierto modo en su casa. Un taller no es privado en el mismo sentido que una vivienda. Por tanto el contrato de trabajo es de orden público, y su contenido debe ser objeto no de una negociación personal imposible entre cada asalariado y su empleador, sino de una negociación entre sindicatos de trabajadores y organizaciones patronales. La gran novedad en este sentido fue la aparición de los convenios colectivos, que en Francia se generalizan a partir del Frente Popular y con los cuales las relaciones laborales entran en una dinámica de objetivación que culminará en 1968 con el reconocimiento legal de la presencia de los sindicatos dentro de la empresa. A medida que el trabajo se convierte sobre todo en trabajo asalariado ejecutado durante un tiempo y en un lugar específicos, su definición cambia, de manera que al final sólo es conceptualizado como tal lo que se haga a cambio de una remuneración (véase capítulo 2); primero el trabajo obrero, después poco a poco todas las demás actividades remuneradas. Por su parte, la redefinición a lo largo del siglo XIX de la cuestión social en términos de cuestión obrera, desencadenará un proceso de desprivatización del contrato de trabajo cuyas consecuencias sólo se apreciarán con toda su fuerza después de la Segunda Guerra Mundial. Este proceso puede ser entendido como una nueva intromisión de la política en el dominio de la economía con el objetivo de proteger a los trabajadores de la lógica pura y dura del mercado, y dio lugar a tres movimientos regulatorios (C. Prieto, 2000: 28-29). En primer lugar nace el Derecho del Trabajo, que impedirá que las condiciones de trabajo (salario,


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