CULTURA UNIVERSITARIA Políticas para la Alma Mater
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
CULTURA UNIVERSITARIA Políticas para la alma mater
ANTONIO ARIÑO VILLARROYA Catedrático de Sociología Universitat de València
tirant humanidades Valencia, 2020
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© Antonio Ariño Villarroya
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Índice Preámbulo....................................................................................... 11 Introducción................................................................................... 21
Iª PARTE HISTORIA DE LA FUNCIÓN CULTURAL DE LA UNIVERSIDAD 1. EL NACIMIENTO DE LA EXTENSIÓN CULTURAL: PRIMERA INSTITUCIONALIZACIÓN
1.1. PRIMERA INSTITUCIONALIZACIÓN EN EUROPA............................................................................... 35 1.2. LA EXTENSIÓN UNIVERSITARIA EN ESPAÑA... 39 1.2.1. El nacimiento .......................................................... 41 1.2.2. La visión orteguiana de la Universidad ............. 45 1.2.3. La fórmula de oro: el teatro universitario ambulante .......................................................................... 48 1.2.4. La extensión universitaria del franquismo........ 54 1.2.4.1. El nacimiento del teatro universitario falangista y su impacto durante el franquismo.............................................. 55 1.2.4.2. La visión franquista de la extensión universitaria.......................................... 58 1.2.5. Otras respuestas durante el franquismo............. 65
2. LA CONSAGRACIÓN DE LA FUNCIÓN CULTURAL: SEGUNDA INSTITUCIONALIZACIÓN
2.1. EL ESTATUTO NORMATIVO DE LA FUNCIÓN CULTURAL EN LA LRU............................................. 70
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Índice
2.2. DE LA “EXTENSIÓN” A LA “CULTURA” EN LA LOU Y LA LOMLOU................................................... 73 2.3. ¿QUÉ ES CULTURA UNIVERSITARIA? ................. 82
3.
NUEVAS DIMENSIONES DE LA FUNCIÓN CULTURAL
3.1. EL PATRIMONIO CULTURAL.................................. 91 3.2. LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA SOCIEDAD DEL APRENDIZAJE.......................................... 93 3.3. LAS DIMENSIONES DE LA TERCERA MISIÓN... 96
II ª PARTE LA APUESTA POR LA CULTURA UNIVERSITARIA EN LA SOCIEDAD DIGITAL 4.
HACIA LA TERCERA INSTITUCIONALIZACIÓN
5.
IMPERATIVOS DEL NUEVO MARCO HISTÓRICO
4.1. REQUISITOS PARA LA INSTITUCIONALIZACIÓN PLENA................................................................ 104 4.1.1. Sobre la denominación: cultura universitaria... 105 4.1.2. Mirada estratégica.................................................. 105 4.1.3. Definición del estatuto........................................... 106 4.1.4. Recursos organizativos adecuados...................... 107 4.2. EL CURRICULUM COMPLEMENTARIO.............. 108 4.2.1. Los créditos de participación............................... 112 4.2.2. Utilidad y reconocimiento ................................... 115 4.2.3. Participación y/o competencias........................... 119 4.2.3.1. La cuestión de la participación.............. 119 4.2.3.2. La cuestión de las competencias......... 125 4.2.3.3. ¿Cómo poner en funcionamiento el curriculum complementario?............. 133
5.1. LA DEFENSA DE LA DEMOCRACIA Y LOS DESAFÍOS GLOBALES..................................................... 139 5.2. LA CIUDADANÍA CULTURAL................................ 142 5.3. LA INNOVACIÓN SOCIO-CULTURAL.................. 147
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Índice
IIIª PARTE EL PATRIMONIO CULTURAL UNIVERSITARIO 6. LA POLÍTICA CULTURAL SOBRE EL PATRIMONIO UNIVERSITARIO
6.1. ANTECEDENTES........................................................ 155 6.2. EL CONCEPTO ........................................................... 158
7.
PANORÁMICA GENERAL
7.1. EL PATRIMONIO COMO OBJETO.......................... 163 7.1.1. La clasificación por modalidades........................... 163 7.1.2. La clasificación por el contenido......................... 168 7.2. EL PATRIMONIO COMO PROCESO........................ 171 7.2.1. La génesis de los fondos patrimoniales.............. 172 7.2.2. El proceso de documentación ............................. 174 7.2.3. El proceso de gestión de las colecciones............ 177 7.2.4. Transmisión y movilización de apoyos.............. 178 7.3. OPORTUNIDADES EN LA ERA DIGITAL............. 179 7.4. LA UNIVERSIDAD COMO PATRIMONIO INMATERIAL........................................................................... 180
Conclusión...................................................................................... 187 Bibliografía..................................................................................... 191
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“La triple polémica de la crítica del poder, de la lucha contra la tradición y del asalto contra los prejuicios forma parte del cuadro habitual de la Ilustración” (Sloterdijk, 2003: 539)
Numerosas universidades poseen edificios histórico-artísticos, museos y amplias colecciones científicas y bibliográficas; cuentan con orquestas filarmónicas y otras formaciones musicales, grupos de teatro y de danza; con periódicos y revistas, emisoras de radio o de televisión; promueven la creación convocando premios literarios y artísticos. Todas ellas tienen equipos deportivos y realizan actividades físicas, participan en competiciones regionales, nacionales e internacionales; organizan exposiciones; disponen de aulas de literatura, de cine, de música y de otras temáticas, que programan actividades con cierta regularidad; celebran festivales, jornadas y encuentros; organizan conferencias, seminarios y debates donde se tratan asuntos candentes; disponen de voluntariado e invitan a la participación asociativa; defienden y practican determinados valores… ¿Por qué lo hacen? ¿qué tiene que ver todo ello con su misión? Al fin y al cabo, lo suyo es la docencia y la investigación y, en épocas de recursos escasos, ¿no sería más razonable y eficiente transferir los bienes patrimonia-
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les a las administraciones públicas y dejar de organizar todo este variopinto conjunto de actividades que ayuntamientos, diputaciones, consejerías y ministerios deben ofrecer a la ciudadanía? ¿por qué se entrometen en territorio ajeno y tratan de suplir la misión de otras instituciones y entidades? ¿Que relación existe entre dichas actividades y el entorno de la universidad o los miembros de la comunidad universitaria? ... A los pocos días de asumir la responsabilidad del Vicerrectorado de Cultura, en 2011, mantuve una entrevista con un medio de comunicación local y recibí una propuesta de una entidad para impartir una conferencia sobre mi visión de la política que se debía seguir en dicho cargo. Era consciente de que existía en la opinión pública una cierta expectativa de que la programación de la Universidad debía “suplir” las carencias del gobierno local y/o el autonómico. Mi creencia era otra: una labor supletoria, pensaba, puede ser coyunturalmente inevitable, pero no puede definir el mandato institucional. La misión de la Universidad no consiste en rellenar carencias de otras instituciones, sino la de atender las funciones que están en su propia naturaleza. Como científico social, y más aún dado mi origen rural, siempre he mantenido una visión abierta y plural de la cultura (las gentes iletradas entre las que me crié no eran incultas, tampoco eruditas); como responsable de una parcela de la política universitaria he sido consciente de que debía hallar respuesta a una pregunta que pocas veces se plantea, sin subterfugios, en términos directos: qué especificidad aporta o, mejor, debe aportar la universidad en clave cultural. No
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imaginaba entonces que esta pregunta me perseguiría durante tantos años. Pero creo que ello se debe a la necesidad personal de justificar las opciones seguidas tanto como a la ambigüedad, indefinición y pluralidad intrínsecas del propio concepto de cultura y a las confusiones que han surgido en las cuatro últimas décadas al aplicarla en la universidad. El texto que ahora ofrezco es el resultado de una reflexión ascendente, en espiral, confrontada en el día a día con la experiencia en el centre cultural La Nau y otros espacios de la Universitat de València y enriquecida mediante el diálogo con compañeros de oficio y con colegas que tienen las mismas responsabilidades en otras universidades. Las conclusiones a las que he llegado se sustancian en dos afirmaciones fundamentales. En primer lugar, la “cultura universitaria” es la tercera función de la Universidad, después de la docencia y de la investigación. Para dejar sentada esta afirmación de forma pragmáticamente incontestable he de entrar a la fuerza en polémica con quienes en los últimos decenios han pretendido colocar en ese lugar la transferencia de conocimiento, la responsabilidad corporativa u otras propuestas alternativas. Mi posición se sustenta en la historia de la Universidad, pero, sobre todo, en el mandato legislativo correspondiente, es decir, el que contienen las leyes dedicadas a la Universidad. Ese encargo otorga una singularidad y especificidad a la cultura universitaria que no se puede ignorar sin alterar la legalidad. De todo ello, es decir, del estatuto legal de la cultura universitaria, trata la primera parte. La segunda afirmación, que se desarrolla en la parte siguiente, tiene carácter propositivo: sostengo que nos hallamos
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ante la necesidad de una tercera institucionalización de la función cultural que debe centrarse en las dimensiones estratégica y organizativa y en la adaptación a los requerimientos de la época actual. Esta convicción brota del análisis de las carencias contemporáneas, derivadas en gran medida de una confusión inconsciente y de una precipitación a la hora de dar respuesta, entre los responsables de la política universitaria, a retos urgentes en los años ochenta sin la distancia y la reflexión necesarias. El resto lo ha hecho la inercia organizacional: una vez que se crea una estructura, se genera una dinámica autónoma de supervivencia y de justificación de su legitimidad. En la tercera parte, me ocuparé de un aspecto de la citada función cultural que deriva a la vez de la legislación general y del mandato específicamente universitario. Me refiero al patrimonio cultural de las universidades, en toda su variedad y complejidad. Resumidas así las ideas principales del texto y las partes en que se estructura, debo explicar por qué hablo de cultura y no de extensión universitaria. Dicha expresión –“cultura universitaria”– tiene, al menos, tres significados diferentes y debe quedar claro cuál es el uso que tiene en el marco de referencia elegido. Históricamente, el concepto emergente y predominante ha sido el de extensión universitaria; pero desde la LRU y dada la transformación de las ciencias de la cultura y de las sociedades contemporáneas, resulta más pertinente utilizar “cultura universitaria”. Lo veremos a lo largo de la excavación histórica que es preciso realizar. Dicha expresión se puede utilizar legítimamente con tres significados completamente diferentes. En un marco
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de referencia antropológico, designa el modo de vida universitario, con idéntica significación que cuando se habla del modo de vida de los azande, de los hotentotes, de los aborígenes australianos, de los pasiegos, de los bretones o de los amish ¿Es la universidad una tribu?¿Forman sus estamentos una comunidad relativamente homogénea? No vamos a contestar a estas preguntas, pero debe quedar claro que, si efectuáramos una descripción antropológica, esta no sería condescendiente con los ideales universitarios, sino que se atendría a las prácticas reales, algunas de las cuales no son precisamente dignas de alabanza 1. En la casa del saber, como en cualquier otro grupo humano, hay prácticas de todos los colores. En el campo de la sociología de las organizaciones, “cultura universitaria” designa el “estilo” de funcionamiento propio de la institución académica en general o de cada universidad en particular, dando por supuesto que, como toda organización terciaria, sus prácticas se rigen por un conjunto de creencias y valores que la diferencian de otro tipo de organizaciones y de otras universidades, creando una determinada orientación estructural y estratégica. En este caso, se utiliza cultura universitaria con idéntico significado que cuando se habla de la cultura taylorista, fordista, toyotista, de Google o de Facebook. El análisis no se rige por una descripción “cruda” del modo de vida en el interior
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La búsqueda en Google de “pecados capitales de la Universidad española” obtiene algunos resultados de interés; por ejemplo https:// naukas.com/2015/04/05/los-7-pecados-capitales-de-la-universidad-espanola/
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de las empresas sino, sobre todo y principalmente, de los valores y pautas que, en un sentido programático, orientan (o deberían orientar) las prácticas. En tercer lugar, cultura universitaria designa, a partir de la norma legal, la tercera función que deben atender las instituciones universitarias modernas. Junto a la docencia (función central de las universidades de primera generación) y la investigación (función esencial de las universidades de segunda generación), se halla la cultura (función esencial de las universidades de tercera generación). Por tanto, la Universidad es una institución multifuncional, que se estructura en sectores de actividad, estando constituido uno de ellos por los programas y las prácticas culturales. Los tres significados recién referidos son pertinentes, es decir, pueden ser aplicados al estudio de la universidad y no existe incompatibilidad entre ellos, pero no debe haber confusión en la diferencia de resultados que se obtendrá cuando se aplica uno u otro y la diversidad de intereses que entran en juego en cada caso. La mejora de la Universidad se puede nutrir de los tres. Sin embargo, en este texto me ocuparé solamente del último: de mostrar que la tercera función es la cultural y que ésta debe actualizarse en el siglo XXI, a la luz de los desafíos que la modernidad avanzada y la sociedad digital plantean a las universidades. Ahora bien, como señalaba Víctor Hugo, para que triunfe una idea “le ha de llegar su tiempo” y, por tanto, ese triunfo tiene un itinerario y una historia. La cultura universitaria encuentra su precedente directo en el concepto de extensión cultural que se introdujo y expandió en la segun-
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da mitad del siglo XIX y alcanzó su consagración en la Ley de Reforma Universitaria de 1983. Todas las universidades de primera generación se concentraron en la función docente. Da igual que miremos a Bolonia o a Roma, a Paris u Oxford, a Salamanca y Valladolid, a Lleida o a Valencia. En ellas, se enseñaban como disciplinas habituales, además de la oratoria y la retórica, la lógica y la geometría, también la teología y la filosofía, el derecho (eclesiástico y civil) y la medicina, porque preparaban para profesiones de elite necesarias en aquellos tiempos. Las universidades de segunda generación, que cristalizan con la propuesta de Humboldt para la Universidad de Berlín, incorporaron como nueva función central la investigación; una investigación, es preciso recordarlo, tanto básica como aplicada, que se convirtió en el motor del cambio de las sociedades “modernas” o neofílicas, es decir, de aquellas que perseguían la novedad como fuerza central de resolución de los problemas a los que habían de hacer frente. A su vez, avanzada ya la revolución industrial en Inglaterra, de manera que se hacían patentes e inaceptables las fracturas sociales, y en proceso de consolidación de las sociedades democráticas, que reclamaban la participación de todos los ciudadanos en los bienes sociales, surgió la necesidad de explicitar la tercera función, que recibió precisamente en Inglaterra el nombre de extensión universitaria. Esta tercera función, en el caso español, avanzó de forma zigzagueante y con grandes interrupciones durante el siglo XX, hasta que las leyes le otorgaron un estatuto jurídico, y nunca llegó a permeabilizar con claridad las instituciones
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universitarias. No le había llegado su tiempo o pilló a las universidades a contrapié. Tal vez por ello este texto tiene una inflexión inevitablemente polémica: nace de esa voluntad y en un contexto en que es imposible evitar la contienda. Lo es en diversos frentes. En primer lugar, se opone a quienes en las últimas décadas han introducido el discurso de que la tercera misión de la Universidad se halla en la transferencia de conocimiento, en la responsabilidad social corporativa o en otras propuestas alternativas. Ninguna ley, decreto o documento normativo permiten sustentar dichas propuestas y así lo mostraré. En segundo lugar, se opone a quienes consideran que todo debe ser medido en clave mercantil o utilitaria y, en especial, al utilitarismo subrepticio o cripto-utilitarismo, que no sabe de sí mismo que lo es y, por tanto, resulta más peligroso. En tercer lugar, a quienes tienen una visión de la cultura universitaria reduccionista o errónea, porque o bien reducen la cultura a una parte de la misma o bien ignoran el alcance del calificativo “universitaria”. Y esa visión se halla instalada, con mayor o menor fuerza, en todos los niveles de la institución y a veces en los propios equipos encargados de la política cultural universitaria, que siguen inercias históricas o pretenden imitar lo que es función de otras instituciones y marcos de producción cultural. En todos esos frentes he procurado apoyarme en la legitimidad legal-racional, dotándome de los argumentos que justifican la norma, más que en mis preferencias personales. Pero el texto es también propositivo y ofrece una definición precisa de qué es cultura universitaria y cuáles son las características que la distinguen.
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En todo caso, eso es cierto, los argumentos han surgido de la dialéctica tensa entre mi experiencia como responsable de cultura universitaria en la Universitat de València durante los últimos 8 años, de la experiencia en otras responsabilidades académicas, de la práctica docente e investigadora en sociología de la cultura y, sobre todo, de una relectura en espiral de la legislación universitaria, que interpreto como cristalización, en la media duración (siglo y medio), de una visión de la Universidad. Resulta imposible para mí calcular cuánto de lo que contienen estas páginas se lo debo a diálogos y debates con compañeros, colegas y amigos, en mi propia universidad y en todas las universidades que han participado en los encuentros sectoriales que venimos realizando en los últimos tres años. Ciertamente, la segunda parte, aunque se aprovecha de ideas y materiales ajenos, contiene mi visión, que es mejorable y criticable y que espera ser enriquecida gracias a la crítica y a las aportaciones nuevas; y la tercera parte combina mi perspectiva sociológica sobre el patrimonio y los resultados del encuentro realizado en la Universidad Complutense en noviembre de 2018. Deseo vivamente que la orientación polémica no genere efectos rebote, defensivos, fenómeno muy a la moda, sino que el texto sea leído con el mismo espíritu con que ha sido escrito: clarificar el territorio y contribuir a la mejora de nuestras universidades. Vivimos en una sociedad plural, digital y en red y, de ahí, surgen nuevas demandas para la función cultural, que no se podían vislumbrar en el siglo XIX ni anticipar en gran parte del XX.