En medio TÚ
Te sorprende lo sencillo que es encontrarla. Estabas metido en un agujero tan profundo que ya nada te parecía posible. Te fuiste perdiendo cada vez más, y cuando pensabas que ya no volverías a ver la luz, te cae en las manos la otra libreta de direcciones. Él poseía dos, y eso tampoco lo sabías, como tantas cosas que no sabías de él. Una de las libretas está encuadernada en piel, la otra es uno de esos cuadernos como los que teníais en la escuela. Esta última la encontraste por casualidad, entre algunas revistas, en su mesilla de noche. Está llena de nombres. Los has contado. Dieciséis. Todavía sientes desatarse esa nostalgia en ti apenas ves su letra, una letra muy inclinada hacia la derecha, con la desesperación típica del zurdo. Tus dedos han recorrido los nombres, las direcciones y los números telefónicos, como si pudieras palpar lo que él sintió al escribirlos. Hay dos nombres subrayados; son los únicos que conoces. El día en que descubriste ese último cuaderno, la luz se hizo sobre tus tinieblas. Esos nombres han sido las anheladas señales que habías estado esperando. Medio año de espera, y de repente esa luz. ¿Cómo ibas a saber que era preciso buscar ciertas señales? Eso nadie te lo dijo.
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Una de las dos direcciones ya no es válida, pero eso no constituye problema para ti. Tienes experiencia en encontrar a la gente. Nuestro sistema funciona principalmente a base de información, y hoy en día no hay nada más fácil de conseguir. Has necesitado dos minutos.
La mujer se ha mudado a Kleinmachnow. En el mapa de la ciudad averiguas que ha trasladado su domicilio exactamente tres kilómetros en línea recta en dirección sur. El nuevo edificio recuerda mucho al antiguo. Somos animales de costumbres. Cuando nos damos la vuelta, queremos saber lo que hay detrás de nosotros. Esperas pacientemente hasta que uno de los inquilinos salga del inmueble, y entonces subes hasta la tercera planta y tocas el timbre. —Sí, ¿quién es? Ella, ahora, ronda los cincuenta, y su aspecto es como si los últimos años hubiesen sido un camino largo y difícil que ha tenido que recorrer a solas. Pero da igual cuál sea su aspecto, tú la hubieras reconocido en cualquier parte. Su actitud, su voz. Te sorprende incluso que hayas sido capaz de interiorizar sus gestos. Jamás tuviste una relación con esa mujer, sin embargo, todo en ella te resulta familiar. Su manera de inclinarse hacia delante, de mirarte, el modo en que entrecierra los ojos, su mirada inquisitiva. Cada detalle se ha grabado en ti tan profundamente, que es algo más que un recuerdo. —Hola —dices. Ella vacila por un instante. No sabe con certeza si eres o no una amenaza. Te gustaría preguntarle qué amenaza puede aparecer a plena luz del día, frente a un bloque de pisos de alquiler en Kleinmachnow, y sonreír. —¿Nos conocemos? De repente hay cierto interés en sus ojos. No te sorprende. Es una persona curiosa, y aunque todavía no puede ubicarte, no muestra ni un ápice de desconfianza. Las personas más peligrosas no son desconfiadas, más bien muestran interés. Conoces esa mirada. De niño fuiste testigo de un acci2
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dente en la autovía. Toda aquella sangre, los cristales rotos, bomberos corriendo de un lado a otro, las llamas, el humo negro y untuoso. Luego, cada vez que pasabas por el lugar del accidente con tus padres, sentías esa zozobra. «Aquí sucedió. ¿Puede verse algo todavía? ¿Ha desaparecido todo?» Ella te mira del mismo modo. —Nos conocemos de antes —le dices y le extiendes la fotografía—. Sólo quería saludar. Sabes que en cuanto vea la foto sentirá pánico. Tal vez cierre la puerta de golpe. Probablemente lo negará. Ella te sorprende como lo ha hecho siempre. Es buena en eso de las sorpresas, porque es imprevisible. —¡Pero si eres tú! En el instante siguiente ella abre sus brazos y te abraza con gesto afectuoso y seguro.
Ya dentro del piso, te explica que su marido regresará a eso de las seis, pero todavía falta un poco para ello. Sabes que está divorciada y que su ex vive cerca de Bornholm. Está bien que finja confianza ante ti. Cualquier inseguridad es buena. Os sentáis en el salón. Desde tu asiento puedes ver el balcón. Una mesa sin sillas. Junto a la mesa, una escultura. Un adolescente que baja la cabeza y junta las manos para orar. Te han llamado la atención esas esculturas en las tiendas de bricolaje. Algunas sostienen un libro; otros tienen alas en la espalda. Apartas la vista rápidamente, te ciega la luz, aunque ese día el sol muestra un brillo pálido y mustio. —¿Te apetece tomar algo? Ella te trae un vaso de agua mineral y lo coloca encima de la mesilla de tresillo, junto a la foto. Dos niños en una bicicleta. Sonríen, y son tan jóvenes que duele verlos. —Pensé que no te vería nunca más —dice ella y se inclina hacia delante para apartarte un mechón de pelo de la frente. Un gesto íntimo, cercano. Tú no retiras la cabeza. Tu autocontrol es perfecto. 3
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—¿Me has echado de menos? —quiere saber ella. «He soñado muchas noches contigo», quieres responderle, pero no tienes la certeza de que eso sea cierto. Aquéllos son sueños y esto es la realidad, y tú deambulas en medio, intentando con gran esfuerzo mantener separadas ambas cosas. Ella te sonríe. Ahora, en su mirada, no sólo hay curiosidad, sino cierto atisbo de deseo. Te esfuerzas para no mirar la escultura, te esfuerzas para corresponder a su sonrisa. Pero algo se desgarra en ti, y lo hace en silencio, como el hilo de una telaraña. Su deseo es demasiado para ti. Y tú que pensabas que podrías dominarte. Tú que pensabas que podrías hacerlo. —Necesito mear. —Ah, mira tú, ¿es que te avergüenzas delante de mí? —pregunta ella. Tienes la cara roja, tus puños se cierran bajo la mesa. Vergüenza. —Es la segunda puerta a la izquierda —dice ella y te da un golpecito en la rodilla—. Date prisa o tendré que ir a buscarte. Con gesto lascivo y juguetón, te hace un guiño. «¡Ya no tengo nueve años!», quisieras gritarle, pero sólo hay en ti una fría rigidez, y esa rigidez no deja pasar nada. Te pones de pie y entras al pasillo. Abres la segunda puerta de la izquierda y la cierras a tus espaldas. Delante del espejo, alzas la mirada, pero tus ojos te rehúyen. Duele, duele una y otra vez. Esperas que un día todo sea diferente, esa esperanza te mantiene en pie y alivia tu dolor. «Pronto habrá acabado.» Te arrodillas sobre el suelo embaldosado y levantas la tapa del váter. No haces ruido, no se escuchan jadeos ni gemidos, sólo un murmullo. Cuando ya no sale nada, coges el cepillo de dientes y te lo metes hasta la garganta, así te aseguras de que tu estómago esté realmente vacío. Luego te lavas las manos y te enjuagas la boca. Antes de salir del cuarto de baño, dejas el cepillo de dientes en su sitio y limpias cuidadosamente con papel higiénico cualquier superficie que hayas tocado. 4
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«Pronto.» Ella sigue sentada en el sillón, fumando. Tiene el brazo doblado en un ángulo e inclina ligeramente la cabeza hacia atrás cada vez que deja salir el humo de su boca. Ese gesto te resulta también tan familiar que los recuerdos se superponen unos sobre otros, como un puñado de diapositivas. Ayer y hoy forman un ahora, y ese ahora se vuelve hoy, se vuelve ayer. Ella sostiene la fotografía en una mano y la contempla. Cuando te detienes a sus espaldas, vuelve la cabeza y sus ojos fulguran. Apuntas con el gas hacia ese fulgor hasta que el bote se vacía y ella yace en el suelo como un bulto que gime. A continuación, empiezas a eliminar todo rastro tuyo de aquella habitación. Terminas de beber el vaso de agua y lo guardas. La foto se le ha caído de las manos. La recoges y la guardas. Eres cuidadoso, preciso, sabes bien lo que haces. Cuando ella intenta huir a rastras, la colocas de espaldas y te le sientas sobre el pecho. Sus brazos han quedado atrapados bajo tu cuerpo, tiene los ojos hinchados. Ella intenta rebelarse, sus rodillas se levantan, los talones golpean la alfombra. Le cubres firmemente la boca con una mano, y con la otra le tapas la nariz llena de mocos. Todo sucede rápidamente.
Haces un paquete con ella. Le pegas los muslos al pecho y le metes los brazos por detrás de las rodillas. No es demasiado alta. Has pensado en todo. Diez días planeándolo es tiempo suficiente. Cabe en una de esas negras bolsas de basura de ciento veinte litros. La sacas del piso. En la escalera, te cruzas con un anciano. Le haces un gesto de saludo y él te lo devuelve. Es tan sencillo como bajar la basura.
Ella se despierta bastante tarde. Te sentiste un poco decepcionado cuando entraste a ese piso por primera vez. Estaba sucio y abandonado, no quedaba en él nada de lo que había sido. Habías esperado algo más. Los lugares con esa clase de pasado no deberían quedar aban5
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donados. Es una falta de respeto. La gente peregrina hasta Dachau o hasta Auschwitz, visita los campos de concentración como si pudiera aprender algo de tales visitas, mientras que, a pocos metros de su casa, tiene lugar una nueva forma del horror sin que nadie se entere. Ha sido bastante difícil encontrar el empapelado fotográfico adecuado. Has viajado por todo Berlín, y sólo en la quinta tienda especializada, después de haberle descrito lo que buscabas a uno de los empleados, éste entró en el almacén y regresó con varios rollos. Para tu sorpresa, te los regaló todos. —Esa porquería ya no la compra nadie —fueron sus palabras. A veces te preguntas si no exageras un poco con los detalles. Entonces te das la única respuesta lógica. Aquí se trata del recuerdo, de los detalles. Los detalles son importantes para ti. De ese modo dignificas el recuerdo. La pared está todavía húmeda a causa del pegamento. En el sitio en el que se encontraba la anilla de metal, ha quedado un hueco en la pared. Antes de que cubras el hueco con el tapiz fotográfico, has tenido que meter el dedo índice en el agujero. Marcaste el sitio, y la X ha quedado justamente a la altura de tus ojos. Su zapato izquierdo se le cae del pie cuando la pegas a la pared. Al hacerlo, te le acercas tanto que sientes náuseas. Su cuerpo inerte es blando, resulta difícil mantenerlo en posición vertical. Todas las horas de gimnasio encuentran por fin su recompensa. Tu fuerza te otorga tranquilidad. Estáis allí, pecho con pecho. Su respiración huele a humo frío. Le alzas los brazos, y su cuerpo se separa algunos centímetros del suelo; tú tomas impulso con el martillo y golpeas. El clavo atraviesa sin resistencia las palmas de sus manos superpuestas. Bastan tres martillazos para que sólo se vea la cabeza del clavo sobresaliendo de entre los huesos carpianos. Ella despierta con el último golpe. Vuestros ojos están ahora a la misma altura, y ella te grita algo en pleno rostro. El grito se pierde como un golpe sordo bajo la cinta aislante con la 6
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que le sellas la boca. Os miráis, jamás volverás a estar tan cerca de ella. Ella se contrae, quiere escapar; tu cuerpo la oprime contra la pared, la mantiene en posición. Hay pánico y satisfacción y fuerza. Fuerza y más fuerza. Las lágrimas se le saltan de los ojos hinchados y te aciertan en pleno rostro. Ya has visto suficiente y das un paso atrás. El peso tira de su cuerpo hacia abajo. La mirada de sorpresa. Un tirón. El dolor la hace temblar, un escalofrío recorre todo su cuerpo, su vejiga se vacía. El clavo aguanta. Ella cuelga de la pared con los brazos levantados. El zapato derecho cae al suelo haciendo un breve ruido, los dedos del pie escarban el suelo y buscan sostén. Si las miradas pudieran desgarrarte ya no estarías vivo.
Es hora de separarse. Le indicas hacia dónde debe mirar. Ella pretende apartar la cabeza. Sabías que lo haría. Todo encaja. Entonces te le acercas y colocas el segundo clavo sobre su frente. Éste es más grande, tiene cuarenta centímetros de largo y un nombre muy curioso que no has conseguido memorizar. El hombre de la ferretería te lo repitió dos veces, y tú asentiste y diste las gracias. Ella se queda rígida cuando la punta del clavo le roza la piel. Sus ojos te hablan. Te dicen que no lo harás. Te lo ordenan. Haces un gesto negativo con la cabeza. Entonces ella entrecierra los ojos. Te sientes sorprendido, habías esperado mayor resistencia. Esperabas que te lanzara otra patada, que se defendiera. «Empieza a rendirse.» Tus labios rozan su oreja y le susurras: —No era yo. Ella abre los ojos. Y aparece entonces esa mirada, y es entonces cuando entiende. «Ahora.» Con un golpe preciso, introduces el clavo a través de los huesos de su frente. Necesitas cuatro golpes más de los que usaste para las manos, para que el clavo atraviese la región occipital y se hunda en la pared. Ella se estremece, y ese estremecimiento se convierte en un temblor. Luego queda allí 7
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colgando, inmóvil. Una sangre de color claro se filtra a través de la oreja a la que has susurrado, un oscuro hilillo de sangre brota de la herida de la frente y se desliza por entre sus ojos, a lo largo del nacimiento de la nariz y de las mejillas. Aguardas un momento y observas la elegancia con la que ese rastro de sangre se desliza por su rostro. Antes de llegar a la cinta aislante, se la arrancas de la boca. La saliva se filtra por entre los labios y se mezcla con la sangre. El ojo derecho se cierra como si estuviera cansado. Tú lo abres de nuevo, y permanece abierto. Sigues su mirada inerte. Está bien así, no es preciso corregir nada, todo es perfecto.
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Primera parte [...] Nos aproximamos al comienzo. Ahora ya estás listo para el presente y sabes quién se te cruzará en el camino. En los próximos días sabrás más acerca de Frauke, de Tamara y de Wolf. Kris, por el contrario, seguirá siendo un enigma para ti. Es cierto que se te acercará, pero te seguirá resultando impalpable. Todos tus esfuerzos por descubrir lo que lo motiva, su trasfondo, quedarán varados en la arena. Jamás podrás superar la distancia que hay entre vosotros. Pero no tienes por qué ocuparte de este asunto desde ahora. En pocos minutos comenzará todo. Es medianoche. Cuatro personas están sentadas en un piso. Han charlado mucho, han cenado y bebido, están alegres de haberse reencontrado. De los altavoces sale la voz de Thomas Dybdahl, desde la calle sube la calamitosa sirena de una ambulancia; luego se hace silencio de nuevo, y Berlín sigue respirando. Serena pero decididamente. Cuatro amigos están sentados en un piso. Tienes más derrotas que victorias para mostrar. Viven de un crédito, esperan encontrar el gran amor y compran en Aldi, aunque detestan ese supermercado. Hasta ese momento, ninguno de los cuatro tiene la menor idea de hacia dónde se dirigen en su deambular. Si el azar lo hubiera querido, Tamara no hubiera ido hasta el teléfono y estaría todavía tumbada en la 9
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cama, leyendo. Frauke, con su frustración, habría acabado en casa de alguno de sus tres novios, y Wolf hubiera pasado el día delante de la universidad, y hubiera ido por la noche al cine con Kris. Si el azar lo hubiera querido, nada de esto hubiese ocurrido. Pero ese día el azar no tiene nada que decir. —Tengo que mear —dice Kris y desaparece en el cuarto de baño. Wolf le pasa el porro a Tamara. Ella hace un gesto negativo con la cabeza y dice que tiene los ojos demasiado secos, no puede fumar más, pues luego tendría que ir a cuatro patas hasta el equipo de música para cambiar el CD. Wolf intenta darle una palmadita en el trasero, pero falla por medio metro. Frauke empotra su cabeza contra el muslo de él. Tamara pone Elbow. Guy Garvey canta «I haven’t been myself of late, I haven’t slept for several days». A Wolf le parece que ese hombre sabe lo que dice. Tamara dice que en su último orgasmo sintió olor a flores. Lo que no dice es que durante su último orgasmo estaba sola bajo la ducha, pensando en un actor. Wolf tampoco quiere saber más detalles. Siente la respiración de Frauke en su muslo e intenta reprimir su erección. Suena la cadena del váter. Kris sale del baño y se detiene bajo el marco de la puerta. Observa a sus amigos como si no los hubiera visto en varios días. Luego dice: —¿Podéis imaginaros lo que echa en falta la gente ahí fuera? —Yo sé lo que echas en falta tú —dice Tamara. —No, lo digo en serio esta vez. ¿Qué echa de menos la gente? —¿Qué gente? —Por ejemplo, esos tipos del mundo de los negocios. ¿Cuál es su carencia? —¿¡El buen gusto!? —comenta Wolf. —Joder, escuchadme en serio un momento, chicos. Sólo por un minuto, ¿de acuerdo? —Está bien, dínoslo tú —le exige Frauke—. ¿Qué echa en falta la gente? 10
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Frauke puede hacer eso. Ella puede cambiar de un momento a otro, mientras que Wolf necesita un poco más de tiempo. Tamara, por el contrario, no reacciona de ningún modo. Sigue dándole vueltas en la cabeza a ese recuerdo de las flores que olió en su último orgasmo, y de repente suelta una carcajada. Frauke la recrimina con un codazo. Tamara deja de reír. Kris levanta su dedo índice, como todo un profe de escuela. —Hay una cosa —dice— que los jefazos y los tipos de acción echan de menos y con la que no saben arreglárselas. Hay algo que pende sobre sus vidas como una sombra y que les mea cada día su café con leche. De ello no los protege su riqueza, tampoco les sirve de mucho organizar campañas benéficas ni pagar la suscripción de la revista de Greenpeace para sus empleados. Esa cosa ínfima a la que me refiero les hace la vida tan jodidamente difícil, que uno puede vérselo en sus caras. Kris los observa a todos uno por uno. Es obvio que ninguno de los otros tiene la menor idea de qué está hablando. Entonces Kris extiende la mano derecha con la palma hacia arriba, como una oferta. —Esos tipos no saben disculparse —dice—. Y es eso, precisamente, lo que nosotros vamos a ofrecerles. Disculpas en grandes cantidades, y a un precio cojonudo.
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