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El tratamiento de Ryan es riguroso, pero no excesivamente especializado. No se concentra en cuestiones de interpretaciones controvertidas que pueden ser de interés para los eruditos, pero no para círculos más amplios, sino que trata los autores y escuelas de forma sistemática y atendiendo a aquellos factores que dan persistencia a las cuestiones doctrinales y las hacen pertinentes para la contemporaneidad. De la máxima importancia asimismo la vinculación que establece entre los debates teóricos y filosóficos y las cuestiones prácticas de la gobernación en las sociedades contemporáneas. A este respecto, la historia de Ryan supone material de estudio precioso para los especialistas, lectura obligada para lectores bien informados y obra de amena consulta para el público en general.

humanidades

tirant

pensamiento político contemporáneo

Desde Hobbes hasta hoy Alan Ryan Traducción: Ramón Cotarelo

Desde Hobbes hasta hoy

La obra de Ryan, modestamente titulada Sobre la política, hace justicia a las consideraciones anteriores y se erige ya como el texto de referencia para el estudio de la historia de las ideas políticas de este siglo. En el XX se impuso por sus indudables méritos la aguda obra de George Sabine, Historia de la teoría política. El libro de Ryan, que lo sustituye, continúa esta tarea brillantemente, incluye los debates más actuales de la disciplina y la proyecta sobre un futuro de preocupaciones hoy vigentes y que no existían en el siglo pasado.

De la Política II

De la Política II

Una historia de las ideas políticas, que viene a ser una especie de historia de la filosofía en la vertiente política, es una tarea que solo cabe abordar como coronación de una intensa vida dedicada al estudio y al trato frecuente de los grandes pensadores del pasado y el presente. Es un empeño ambicioso, que trata de presentar en una equilibrada visión de conjunto un evolución milenaria del pensamiento y solo cabe enfocarla con el desapasionamiento y la serenidad de juicio que otorga una larga experiencia.

Alan James Ryan

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Alan Ryan

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humanidades pensamiento político contemporáneo

(Londres, 1940), miembro de la Academia Británica (1986) es profesor de teoría política de la Universidad de Princeton. A lo largo de su carrera académica también lo ha sido en las universidades de Oxford, Essex, Keele, Virginia y Nacional de Australia, entre otras muchas. Su principal campo de especialización es la historia y la filosofía poítica desde una perspectiva histórica. Es reconocido especialista en la obra de John Stuart Mill y el auge del pensamiento liberal. Asimismo ha hecho aportaciones importantes en el campo de la metodología de las ciencias sociales y la teoría de la propiedad. Su libros más importantes son: The Philoshpy of John Stuart Mill (1970); The philosophy of the Social Sciences (1970); J. S. Mill (1975); Property and Political Theory (1984); Russell: A Political Life (1995). Además de su labor docente e investigadora, Ryan mantiene una presencia continua en los medios. Ha sido ccolaborador frecuente de la BBC (Radio) a través de la Open University, en donde ha desarrollado temas como la Ciencia Política estadounidense, las corrientes del marxismo, la filosofía de Russell o la historia del pensamiento político desde 1600 (que tuvo gran eco en el servicio chino de radio). Sus trabajos aparecen en publicaciones académicas de alta calidad, como Mind, The Philosophical Quarterly, Political Studies, Political Theory, The Historical Journal, The English Historical Review, The American Historical Review, The American Political Science Review, The Journal of Politics, The Times Higher Education Supplement, y en prensa diaria como The Sunday Times, The Sunday Telegraph, The Guardian, The Observer, The Washington Post, New York Times. Su obra crítica en New York Review of Books y London Review of Books.


De la Política II Desde Hobbes hasta hoy


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático emérito de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


ALAN RYAN

De la política II Desde Hobbes hasta hoy

Traducción

RAMÓN COTARELO

tirant humanidades Valencia, 2021


Copyright ® 2021 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Colección dirigida por

Ramón Cotarelo

Catedrático emérito de Ciencia política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

© Alan Ryan

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18329-21-0 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Índice

Prefacio a la parte I del libro segundo........................................................ 9 PARTE I LA MODERNIDAD Capítulo 12. Thomas Hobbes.................................................................... 17 Capítulo 13. John Locke y la revolución.................................................... 61 Capítulo 14. El republicanismo................................................................. 107 Capítulo 15. Rousseau.............................................................................. 141 Capítulo 16. La fundación norteamericana................................................ 189 Capítulo 17. La revolución francesa y sus críticos...................................... 231 Capítulo 18. Hegel: el Estado moderno como obra del espíritu................. 269 Capítulo 19. El utilitarismo: Jeremy Bentham y James y John Stuart Mill. 313 Capítulo 20. Tocqqueville y la democracia................................................. 349 Capítulo 21. Karl Marx............................................................................. 393 PARTE II EL MUNDO DESPUÉS DE MARX Prefacio a la parte II.................................................................................. 433 Capítulo 22. El siglo XX y más allá........................................................... 437 Capítulo 23. El imperio y el imperialismo................................................. 467


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Índice

Capítulo 24. Los socialismos..................................................................... 505 Capítulo 25. El marxismo, el fascismo y la dictadura................................. 537 Capítulo 26. La democracia en el mundo moderno................................... 573 Capítulo 27. La paz mundial y el futuro de la humanidad......................... 607 Bibliografía................................................................................................ 643


Prefacio a la parte I del libro segundo1 En este libro se sostiene que los elementos esenciales de las instituciones políticas modernas y de nuestras actitudes hacia ellas emergieron gradual e intermitentemente. Nuestras ideas sobre ellas también surgieron gradual e intermitentemente, pero no siempre. Hegel sostenía que la filosofía era esencialmente retrospectiva, pero es imposible no sentirse afectado por ideas que parecen no haber venido de parte alguna y que no solo han alumbrado su propio tiempo, sino el nuestro también. Thomas Hobbes, con quien da comienzo este volumen, produjo gran cantidad de estas ideas luminosas. Su impacto en nuestra forma de pensar obviamente es mayor que en la práctica política y debemos tener mucho cuidado en no exagerar la función de los pensadores políticos en el ascenso del Estado moderno. Y no solamente debemos hacerlo así, sino que, como sostuve antes, muchos rasgos del Estado moderno, como lo conocemos hoy, deben más al Papado que a cualquier Estado secular. El desarrollo del Estado secular en la Europa medieval fue en parte una reacción a la evolución de la administración de la Iglesia. La esencia institucional del Papado era un asunto más geográfico que jurídico. Su identidad era la de una persona jurídica, no física. Su principio esencial era el derecho canónico que establecía las normas de gobierno de los comportamientos de quienes reconocían la autoridad del Papa. La curia papal era un modelo muy temprano de las burocracias modernas. Aunque el Papado se localizaba en Roma —a excepción de la “cautividad de Babilonia” del Papado de Avignon— y los Estados pontificios estuvieron gobernados directa o indirectamente por agentes papales hasta su disolución en 1871, el hecho de que entre 1871 y 1929 el Papado continuara existiendo y ejerciendo su autoridad tradicional sobre los miembros de la iglesia católica romana sin poseer territorio alguno soberano implica que

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El libro primero es el volumen I de esta obra, también en editorial Tirant Lo Blanch. N.T.


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una identidad jurídica y administrativa propia es tan esencial como una territorial. La descripción latina de la Iglesia como un corpus mysticum es equívoca en la medida en que, para un lector de hoy invoca algo mágico o sobrenatural acerca de su identidad. Pero un corpus mysticum es simplemente una corporación. En un sentido básico, la compañía de motores Ford es un corpus mysticum y eso es también cualquier Estado contemporáneo. Se define como una combinación de un centro de autoridad, una relación de las personas sobre las que se ejerce la autoridad y otra de cuáles sean los propósitos de la combinación de personas relacionadas unas con otras como miembros de una corporación. Con todo, sin embargo, el Estado moderno no es solamente una entidad corporativa. Es la entidad corporativa que reclama un monopolio del poder coercitivo sobre todos los residentes en su territorio y por lo general sobre sus propios ciudadanos, aunque no estén físicamente presentes. La identidad territorial le es esencial. Desde que hay gobiernos, una de sus tareas fundamentales ha sido mantener la integridad territorial del Estado en el que gobiernan. Fue necesaria toda la fuerza de persuasión de Pericles para convencer a los atenienses de una estrategia de guerra contra Esparta consistente en abandonar el territorio del Ática a los invasores. Muy conocida es la desesperación de Maquiavelo ante la incapacidad de los desunidos italianos en su día de impedir que los ejércitos españoles y franceses recorrieran Italia a su antojo. De aquí no se sigue que la autoridad del gobierno haya dependido siempre de la nacionalidad o el origen territorial de los titulares del poder. Hoy día casi es impensable que un jefe de Estado pueda ser alguien que no sea un ciudadano del país que rige. Sin embargo, a los comienzos de la época moderna esto no era cierto. El principio dinástico que enfrentó a los Borbones y los Austrias consideraba el poder como algo próximo a una posesión familiar antes que como algo generado por la “nación” misma, según la costumbre contemporánea. Hablamos del “Estado moderno” y de la “concepción moderna” de la política y el Estado. No puede ser de otro modo, pero toda periodización es muy arbitraria. Podemos pensar que el “mundo moderno” nació en octubre de 1492, cuando Colón llegó a las islas de la costa americana que confundió con parte de la India. Podemos pensar que fue cuando Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg en


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octubre de 1517. O bien cuando Galileo dijo eppur si muove (a pesar de todo, se mueve) al obligársele a abjurar de su herejía copernicana en 1633. También podemos pensar que la modernidad empezó mucho antes, quizá en 1439, cuando Gutenberg inventó los tipos móviles y puso en marcha una explosión de publicaciones que, con el tiempo, llevó a una explosión de ideas nuevas en religión, ciencia, literatura y política. Entre las ideas sugestivas acerca del nacimiento de la modernidad, una es que la invención de los relojes seguros creó un sentido nuevo del tiempo, permitió una coordinación más eficaz de las actividades y, en sentido general, abrió el camino a la revolución industrial y las disciplinas económicas del mundo moderno. En una obra sobre la historia del pensamiento político estaría fuera de lugar embarcarse en un debate prolongado sobre los méritos de las distintas opiniones de este tipo por muy entretenidos que suelan ser los razonamientos. Sin embargo, sí conviene no olvidar la importancia de las aportaciones de una conciencia geográfica distinta, el surgimiento de una ciencia nueva, las alteraciones religiosas, el aumento de la cultura, el crecimiento económico, la mejora de la tecnología militar y muchos otros aspectos de lo que llamamos el ascenso del mundo moderno aunque no sea más que como una defensa frente a la tentación de ver la historia del pensamiento político como una reflexión sobre textos movida más por la lógica que por la pasión. A nuestros efectos puede decirse sin exageración que con Hobbes da comienzo el pensamiento sobre la política. Sería una cobardía intelectual refugiarnos en la afirmación de Hegel de que la ciencia política comienza con Hobbes y también aceptar sin más la presunción del propio Hobbes de que la ciencia política comenzaba con su Leviatán. Después de todo, Maquiavelo sostenía haber inventado un nuevo método de análisis político y, si tuviéramos que examinar las presunciones de novedad de cada pensador, tendríamos un extenso catálogo. La razón para admitir que el pensamiento político moderno comienza en verdad con Hobbes y sus contemporáneos tiene varios puntos de apoyo, ninguno suficiente por separado, pero convincentes cuando se acumulan. El concepto del estado de naturaleza es uno de ellos. Resultaba novedoso suponer que la forma de comprender la esencia del Estado —esto es, cuál sea su base de legitimidad, cuál el alcance de su autoridad y cuáles los dere-


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chos y deberes de sus súbditos— fuera imaginar un mundo sin Estados. Y, aún más exactamente, emplear la idea como un experimento mental y no una fantasía acerca de una edad dorada perdida de inocencia y sociabilidad espontánea. No todo el mundo pensaba que se tratara de una innovación fructífera y no todos quienes recurrían a la idea de una condición prepolítica “natural” estaban de acuerdo en las consecuencias de dicha condición. Sabido es que los más famosos de estos pensadores, Hobbes, Locke y Rousseau no coincidían al respecto. No obstante, la idea de que el Estado es un ente artificial muy importante e interesante antes que natural abre nuevos caminos al debate sobre sus objetivos, sus competencias y sus límites. Muchas son las razones que se han aducido para explicar por qué se han dado las diferencias entre formas naturales y formas artificiales de organización. En su mayoría son interesantes, aunque no muy convincentes. Una de ellas es que las casi incesantes guerras de religión y de otros tipos desde 1500 en adelante insuflaron en la gente un fuerte sentido de la importancia de la pura casualidad en la política. Todo parecía arbitrario: quiénes fueran nuestros gobernantes, qué credo proponían que profesáramos, cómo se trazaban las fronteras físicas entre una y otra entidad política. Obvia también es la importancia de las interacciones europeas con sociedades a un más bajo nivel de desarrollo técnico, político y militar como resultado de los viajes de descubrimiento que llevaron a exploradores y mercaderes siguiendo la costa de África hasta el océano Índico y la moderna Indonesia y también a través del atlántico hasta las Indias occidentales y América. El impacto de una civilización moderna, bien armada y cada vez más competente en sentido técnico sobre unos pueblos cuya tecnología era la de la edad de piedra europea, causó un daño tremendo a unas gentes que fueron esclavizadas, desposeídas de sus tierras y de su cultura, y sometidas a los estragos de enfermedades desconocidas contra las que carecían de protección. Asimismo, prestó algún apoyo empírico, aunque limitado, a las conjeturas acerca de la condición natural de la humanidad. La condición prepolítica no fue una edad dorada de inocencia, sino, en el mejor de los casos, una existencia de necesidad, vidas breves e ignorancia. Desde el punto de vista de nuestra sensibilidad moral actual, nada de esto autorizaba a los europeos a comportarse con las sociedades primitivas como lo hicieron y tampoco todos los escritores desde el siglo XVI hasta el XIX pensaban


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que las sociedades menos avanzadas tecnológicamente fueran moralmente inferiores a sus opresores más desarrollados. La nueva concepción científica del mundo es un elemento cuya importancia no es fácil de determinar. El universo de Aristóteles era completamente jerárquico. El de Galileo era “plano” en algunos aspectos importantes. Dios puede haber creado el mundo según líneas racionales y el hombre puede encontrarse en la cúspide de la creación porque participa de la racionalidad de Dios. No obstante, la jerarquía social no era inherente a la naturaleza del universo, como había sido para Aristóteles, por ejemplo. La universalidad de las leyes de la física era de un tipo completamente distinto a la cuasi universalidad de muchas convenciones sociales. De ninguna de estas podía seguirse que nadie diera crédito a la teoría del derecho divino de los reyes. Resulta un misterio intelectual que el derecho divino de la monarquía absoluta fuera un rasgo tan preeminente de la vida y el pensamiento políticos del siglo XVII, pero el hecho es indudable. Es tentador pensar que la combinación de ambos deba algo a la sospecha de que, en ausencia de la jerarquía aristotélica del ser, todo orden era una cuestión de hecho. Dios puso orden en el mundo; los monarcas absolutos ponían orden en la vida de sus súbditos. Lo que puede considerarse como la gran tradición del pensamiento político europeo comienza con Hobbes y termina con Marx. Todo lo que puede argumentarse acerca de la imposibilidad de determinar un punto de partida completamente seguro de cualquier periodización puede decirse también de la imposibilidad de determinar un punto final igualmente defendible. La idea que anima lo que aquí se expone es simple. En los escritos de los teóricos del contrato social, Hobbes, Locke y Rousseau entre ellos, el Estado es el elemento esencialmente unificador en la sociedad. Es artificial, legal, soporta el poder de arriba abajo que está implícito en la noción de legislación, etc. Esta concepción más bien estrecha de la naturaleza del orden político es evidentemente muy distinta de la que se encuentra en el pensamiento político clásico. El contraste entre la teoría republicana clásica y el moderno interés por la naturaleza y el origen de la autoridad legal estaba suficientemente claro para los pensadores políticos del siglo XVII al XIX. Algunos de ellos trataron de restablecer la antigua forma de pensar sobre la política, otros hicieron lo que pudieron para desacreditar este propósito y


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otros comenzaron a plantear cuestiones con más matices históricos acerca de las condiciones en que cabía contar con formas distintas de poder jurídico y político. En breves palabras, se trataba del origen de la sociología política o de la sociología tout court. Uno de sus efectos consistió en hacer que la política fuera menos autónoma que antes. Una vez se dirigió la atención hacia las fuerzas sociales subyacentes que, cuando menos, condicionaban o determinaban lo que los dirigentes políticos podían hacer y hacían, resultó menos convincente el pensamiento, familiar desde los tiempos de Aristóteles, de que el hombre “es un animal político” en cualquiera de sus sentidos. El hombre podía ser homo faber, esto es, un ser generalmente creativo, cuya creatividad superaba con mucho la política en el sentido habitual de la expresión. En un sentido menos feliz puede ser simplemente un animal productivo cuya esencia sea la reproducción de la especie. Lo que cabe considerar como el ascenso de lo social tenía otras consecuencias. Aristóteles daba por supuesto que los hombres o, al menos los griegos a los que conocía, estarían muy interesados en realizar cualesquiera actividades que supusieran la condición de ciudadano en la polis. El ascenso de lo que cabe llamar la comodidad burguesa hizo que esta suposición fuera menos plausible. Si nuestros valores privados, no los egoístas, sino la vida de familia, las actividades culturales de todo tipo, las que podemos realizar sin ayuda del Estado o de sus agentes, se convierten de modo inequívoco en los aspectos más importantes de nuestras vidas y, si nuestras vidas como trabajadores y consumidores, parecen ser más importantes para nuestra existencia que nuestras vidas como ciudadanos y súbditos, se abre el camino para imaginar una desaparición paulatina del Estado. El fracaso de esta aspiración es solo una de las tragedias políticas de que tratará la última parte de este libro.


PARTE I

LA MODERNIDAD


Capítulo 12

Thomas Hobbes La modernidad Cuando Virginia Woolf escribió que “en torno a diciembre de 1910, la naturaleza humana cambió” estaba jugando y provocando. Cuando los historiadores de las ideas y los teóricos políticos debaten acerca de si se debe considerar a Hobbes o Maquiavelo o a ninguno de los dos como el primer pensador “moderno”, por lo general lo hacen muy en serio. Esto no supone que haya ningún candidato concreto universalmente aceptado como el primer pensador moderno o que todo el mundo crea que la cuestión es muy importante. Las razones para proponer a uno u otro autor como el primer pensador moderno presuponen un debate acerca de lo que constituye la “modernidad”. No es justo con Hobbes o Maquiavelo resolver la cuestión con un empate. Maquiavelo se alababa por haber propuesto un “método nuevo” para el estudio de la política y Hobbes sostenía que la ciencia política había nacido con el Leviatán. La idea que anima a esta parte del libro es que, en la medida en que la cuestión tenga sentido, la modernidad comienza con Hobbes. Son abundantes las razones para ver con escepticismo la cuestión y entre ellas, singularmente, la tendencia a seguir recurriendo a las prácticas políticas de la antigüedad que persisten hasta hoy. En esto consiste la idea de que la modernidad comienza con Hobbes. Maquiavelo era una figura esencialmente interesada en el pasado. Su ideal de un régimen político de éxito era la república romana. Sus ideas acerca de qué explicaba el éxito de Roma eran las mismas que las de Polibio y no hubieran sorprendido a Pericles. Roma era estable, respetuosa con la ley y el supremo poder militar de la tierra. Sus ciudadanos eran leales, dotados de espíritu público, valerosos y disciplinados. Maquiavelo no dice nada sobre las glorias intelectuales, literarias, artísticas o arquitectónicas de Roma, salvo para quejarse de que sus contemporáneos copiaran las estatuas, pero no copiaran a los grandes hombres. Aunque sus Discursos son un comentario a la Historia de Roma, de Tito Livio, carece del sentido moderno de la historia en cuanto proceso irreversible en el que nuestros antepasados cada


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vez nos resultan más lejanos e incomprensibles. La historia es un almacén de exempla y la idea subyacente es que lo que funcionó en un tiempo y lugar funcionará siempre. Aunque Hobbes no invoca la idea del progreso como hicieron escritores posteriores, y no escribe panegíricos sobre el valor de la ciencia para facilitar la vida del hombre, como hizo su antiguo empleador, Francis Bacon, está convencido de que la diferencia entre el mundo civilizado y el incivilizado —entre la Inglaterra del siglo XVII y el mundo de los nativos americanos, por ejemplo— era política, intelectual y, en un sentido amplio, tecnológica. Maquiavelo era escéptico respecto al valor de la pólvora porque los romanos no la habían conocido. Hobbes no tenía la menor duda de que los hombres del siglo XVII tenían muchos más conocimientos que sus antepasados. La idea de que no es Hobbes, sino Maquiavelo quien marca la llegada de la forma moderna de pensar acerca de la política no es absurda en modo alguno. Al menos hay dos formas acertadas de defenderla. La primera es ver a Maquiavelo como el heraldo de la autonomía de la política como actividad humana con sus propias normas y pautas de éxito, no extraídas del derecho natural o de una cosmología cristiana omnicomprensiva. Desde este punto de vista lo que los mundos clásico y medieval tienen en común, al menos en las obras de los filósofos políticos, es un marco moral y metafísico dentro del cual la política debe juzgarse según pautas trascendentales y no solamente por su éxito mundano. Maquiavelo insiste en que el dominio de la política se refiere a cómo adquirir, conservar y emplear el poder. El éxito es una cuestión de técnica y el análisis político es el análisis de esa técnica. La segunda forma abunda en este pensamiento, aunque presta menos atención a la idea de la autonomía de la política y más a la ruptura con las viejas nociones de que la humanidad está sometida a un derecho natural que establece las pautas de legitimidad en el comportamiento privado y el público. Estas ideas tienen cierta fuerza, incluso aunque sea difícil imaginar algún tipo de maldad que Maquiavelo condone cuando así lo requiera, bien la seguridad del Estado como un todo, o la del gobernante en particular, y que no sea también condonada por los autores anteriores. La ley natural que los atenienses invocaron frente a los melios no era una ley moral omnicomprensiva en el sentido cristiano o estoico, sino la bru-


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tal raison d’État que suele atribuirse a Maquiavelo como creación suya. Si pensamos en Hobbes como el fundador de las nuevas formas de pensar la política y creemos que parte de ello es una forma de ley natural, la muy completa presentación de la ley de la naturaleza y su estatus filosófico supone una categoría muy distinta de la forma en que Maquiavelo ignora silenciosamente estos argumentos.

Su vida y época Thomas Hobbes es el pensador político británico más grande, el más audaz, interesante y convincente escritor político en lengua inglesa. No es el más apreciado ni el más sensible, pero hasta sus enemigos, de los que tenía muchos, reconocían que escribía mejor que todos sus virtuosos oponentes juntos. No era la primera ni sería la última vez que el diablo tiene las mejores melodías. No es posible saber si Hobbes estaba sorprendido por tanta hostilidad. Sostenía que quien leyera su obra con una mente sin prejuicios se vería obligado a creer en ella. Hobbes restaba importancia al hecho de que tal cosa no sucediera con la observación de que “cuando la razón está contra un hombre, el hombre estará contra la razón”, algo que no estaba pensado para ganarle amigos. Nació prematuramente en viernes santo de 1588. Su madre, asustada por el rumor —entonces infundado, pero cierto en septiembre— de que se había avistado la Armada española en el canal de la Mancha, rompió aguas. “Y así, mi querida madre dio a luz mellizos, a mí y al miedo”, fue el posterior comentario de Hobbes sobre su nacimiento y “el miedo es el motivo en en el que hay que confiar”, fue el lema de su obra maestra, Leviatán, publicado en 16511. Nació en Malmesbury, Wiltshire, en donde su padre era un clérigo rural de poco brillo intelectual. Tenía un temperamento violento. Un día golpeó a un feligrés a la puerta de la iglesia, huyó de la parroquia y murió “fuera de Londres”2. Un tío carnal envió a Hobbes a una escuela pública y luego a Oxford. Era el camino para un muchacho brillante sin dinero. Podría llegar a ser clérigo o abogado o secretario privado de un aristócrata o tutor

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Hobbes, “The Verse Life”, en Human Nature y De Corpore Politico, p. 224. Aubrey’s Brief Lives, p. 148.


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de alguno de sus hijos. De los estudios de licenciatura de Hobbes no sabemos nada salvo que le gustaba cazar pájaros con liga y cebo de queso3. Las relaciones posteriores con Oxford fueron malas. Mantuvo debates poco edificantes con Robert Boyle sobre la posibilidad del vacío y con John Wallis sobre la de cuadrar el círculo. El rector de la Universidad, el Duque de Clarendon, publicó un largo ataque al Leviatán y, después de la muerte de Hobbes, la universidad condenó sus escritos y los quemó en un patio de la Biblioteca Bodleian4. Al terminar en Oxford, Hobbes se convirtió en tutor y acompañante del hijo del Duque de Devonshire y, tras una interrupción durante la guerra civil, continuó con la familia Cavendish el resto de su vida. Enseñaba al joven latín, griego, matemáticas e historia, la buena educación de un caballero. También pasó mucho tiempo tomando dinero prestado a nombre de su señor durante su viaje por Europa en los años de 1630 y siguientes. El inconveniente era que tenía que esperar el dinero bajo la lluvia; la ventaja, que podía pasar largas horas en las bibliotecas de otras personas, en una de las cuales leyó a Euclides y se enamoró de la geometría5. La primera obra política de Hobbes fue un regalo a su empleador, una traducción de La guerra del Peloponeso, de Tucídides. Creía que era algo muy relevante para su propia época. Tucídides era un decidido crítico de la democracia ateniense y Hobbes nunca ocultó su antipatía hacia la forma popular de gobierno. Poco después Hobbes cambió de parecer acerca del conocimiento político. Tucídides enseñaba las lecciones de la historia. Hobbes buscaba ahora una ciencia ahistórica que demostraría desde sus primeros principios la esencia del poder político y lo que los gobernantes y gobernados deben hacer para evitar la guerra y asegurar la paz y la prosperidad En 1642, en los comienzos de la guerra civil se publicó sin su consentimiento una obra titulada Elementos de Derecho, que había escrito un año antes. El libro sostenía que el Parlamento no tenía razón frente al rey. Hobbes temía que el Parlamento

Ibíd., p. 149. Clarendon, A Brief View and Survey; Nicholas Tyacke, “Tory Oxford”, en History of the University of Oxford, p. 897. 5 Aubrey’s Brief Lives, p. 150. 3 4


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