INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA Curso académico 2015-2016 SELECCIÓN DE TEXTOS
Vicente Claramonte Sanz Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia Universitat de València vicente.claramonte@uv.es
Copyright ® 2015 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.
© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH VALENCIA TELFS.: 96/361 00 48 - 50 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com ISBN 978-84-9119-283-1 MAQUETA:
´
Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea nuestro Procedimiento de quejas en: www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA Curso académico 2015-2016
SELECCIÓN DE TEXTOS
Vicente Claramonte Sanz Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia Universitat de València vicente.claramonte@uv.es
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
ILÍADA Homero Capítulo XIV, 155-350
Hera, la de áureo trono, se incorporó y volvió los ojos fuera del Olimpo, lejos de un pico, y al punto reconoció, jadeando por la lucha, que otorga gloria a los hombres, a su hermano y a la vez cuñado, y se alegró en su ánimo; y a Zeus sobre la más alta cima del Ida, rico en manantiales, lo vio sentado; odioso se le había vuelto a su ánimo. La augusta Hera, de inmensos ojos, comenzó entonces a discurrir cómo podría embaucar el sentido a Zeus, portador de la égida. Y éste fue el plan que se le reveló como el mejor en su ánimo: marchar al Ida después de acicalarse bien ella misma, para ver si a él le entraba el deseo de acostarse amorosamente unido a su cuerpo, y ella entonces un suave y tibio sueño podía derramar sobre sus párpados y sus juiciosas mientes. Echó a andar hacia el tálamo que le había fabricado su hijo Hefesto, que había ajustado las espesas puertas a las jambas con un secreto cerrojo que ningún otro dios había abierto. Allí entró y cerró las relucientes hojas de la puerta. Primero, con ambrosía la seductora piel lavó de toda inmundicia y se ungió con graso aceite divino y delicado, que estaba ya perfumado para su uso. Sólo con agitarlo en la morada, de broncíneo piso, de Zeus, exhaló una fragancia que llegó igual a la tierra y al cielo. Con él se ungió la bella piel, y luego se peinó la melena y la trenzó con sus propias manos en relucientes bucles que pendían, bellos y divinos, de su inmortal cabeza. Se vistió con el delicado vestido que Atenea con maña le había alisado y en el que había bordado muchos primores. Se lo abrochó con áureos imperdibles a los hombros. Se ciñó el cinturón, ajustado con cien flecos, y se puso en los bien perforados lóbulos los pendientes de tres colgantes como moras, que irradiaban brillo encantador. La divina entre las diosas se tocó por encima con un velo bello, recién hecho, de un blanco brillante como el sol. En los lustrosos pies se calzó unas hermosas sandalias. Y tras ataviarse su cuerpo con todos estos adornos, echó a andar fuera del tálamo, llamó a Afrodita aparte de los demás dioses y le dijo estas palabras: «Ojalá me hagas caso, cara hija, en lo que te voy a decir. ¿O me lo denegarías, rencorosa en tu ánimo conmigo, porque yo protejo a los dánaos, y tú a los troyanos?» Respondióle entonces Afrodita, hija de Zeus: «¡Hera, venerable diosa, hija del excelso Crono! Di lo que sientes. Mi ánimo me manda cumplirlo si es que puedo realizarlo y es susceptible de cumplimiento.» Con dolosa mente le dijo la augusta Hera:
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
«Dame ahora el amor y el deseo con el que a todos los inmortales y a las mortales gentes tú doblegas. Pues voy a los confines de la feraz tierra a ver a Océano, progenie de los dioses, y a la madre Tetis, que en sus moradas me criaron bien y me mimaron, acogiéndome de manos de Rea cuando Zeus, de ancha voz, instaló a Crono bajo la tierra y bajo el proceloso mar. A ellos voy a ver para poner fin a sus indecisas querellas. Pues ya hace mucho que están apartados uno del otro sin lecho y sin amor, desde que la ira les invadió el ánimo. Si con mis palabras les sosiego a los dos el corazón y logro dejarlos en el lecho para que se unan en el amor, mi nombre sería siempre para ellos querido y respetable.» Díjole, a su vez, la risueña Afrodita: «Ni es posible ni estaría bien negarse a lo que pides. Tú eres quien pasa la noche en los brazos del supremo Zeus.» Dijo, y del pecho se desató la recamada correa bordada, donde estaban fabricados todos sus hechizos: allí estaba el amor, allí el deseo, allí la amorosa plática, la seducción que roba el juicio incluso a los muy cuerdos. Se lo puso en las manos, la llamó con todos sus nombres y dijo: «Toma ahora, métete dentro del regazo esta correa bordada en la que todo está fabricado. Y te aseguro que no regresarás sin haber realizado lo que tus sentidos anhelan.» Así habló, y sonrió la augusta Hera, de inmensos ojos, y después de sonreír se la metió dentro del regazo. Marchó a su morada Afrodita, hija de Zeus, y Hera, de un salto, abandonó el pico del Olimpo. Tras poner pie en Pieria y en la amena Ematia, se lanzó sobre los nevados montes de los tracios, pastores de recuas, a sus más elevadas cimas; ni rozaba el suelo con los pies. Desde el Atos descendió sobre el fluctuoso ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí coincidió con el Sueño, hermano de la Muerte. Asióle la mano y le dijo, llamándolo con todos sus nombres: «¡Sueño, soberano de todos los dioses y todas las gentes! Igual que una vez prestaste oídos a mi palabra, también ahora hazme caso; y yo sabré agradecértelo todos los días futuros. Por favor, adormece bajo sus cejas los relucientes ojos de Zeus en cuanto yo me tienda a su lado, unida a él en el amor. Como regalo te daré un bello trono, siempre incon-
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
sumible, áureo. Mi hijo, el cojitranco Hefesto, te lo fabricará con maña y te pondrá un escabel debajo de los pies, para apoyar las lustrosas plantas cuando asistas a convites.» En respuesta le dirigió estas palabras el dulce Sueño: «¡Hera, venerable diosa, hija del excelso Crono! A cualquier otro de los sempiternos dioses sí que podría adormecer fácilmente, e incluso a la corriente del río Océano, que es la progenie de todas las cosas. Pero a Zeus Cronión yo no osaría acercarme ni adormecer, excepto si él mismo me lo ordenara. Pues otro encargo tuyo ya me dio un escarmiento: fue aquel día en que aquel soberbio hijo de Zeus navegaba desde Ilio tras arrasar la ciudad de los troyanos. Yo acosté el sentido de Zeus, portador de la égida, difundiéndome dulcemente, y tu ánimo urdió males contra él: levantaste sobre el ponto soplos de vientos siniestros y luego lo desviaste y llevaste a la bien habitada Cos lejos de todos los suyos. Zeus, al despertarse, se enojó y a mí sobre todo me buscaba entre empellones a los dioses por su casa. Y me habría hecho invisible, hundido en el ponto lejos del éter, de no haberme salvado la Noche, que rinde a dioses y a hombres. A ella me acogí fugitivo, y él, a pesar de su ira, se contuvo por respeto, para no hacer nada que desagradara a la veloz Noche. Y ahora otra vez me mandas otra cosa imposible de cumplir.» Díjole, a su vez, la augusta Hera, de inmensós ojos: «¡Sueño! ¿Por qué te angustias con eso tus mientes? ¿Supones que Zeus, de ancha voz, va a proteger a los troyanos con el mismo encono que concibió por Hércules, su propio hijo? Seguro que no. Así que ve, y yo una de las juveniles Gracias te daré en matrimonio y para que sea llamada esposa tuya, a Pasítea, que es a la que sin cesar anhelas todos los días.» Así habló, y el Sueño se alborozó y dijo en respuesta: «¡Venga, júramelo ahora por la inviolable agua de la Estige! Coge con una mano la tierra, nutricia de muchos, y con la otra el chispeante mar, para que sean nuestros testigos todos los dioses que rodean a Crono allá abajo. Júrame que me darás a una de las juveniles Gracias, a Pasítea, que es a la que yo codicio todos los días.» Así habló, e hizo caso Hera, la diosa de blancos brazos; y juró como le había ordenado y nombró a todos los dioses que están bajo el Tártaro, que reciben el nombre de Titanes. Y en cuanto juró y terminó de pronunciar el juramento, los dos partieron y dejaron las ciudades de Lemnos e Imbros recorriendo ágilmente la ruta, revestidos de bruma. Llegaron ambos al Ida, rico en manantiales, madre de fieras, a Lecto, donde primero dejaron el mar; y por la tierra firme siguieron, con las copas del bosque agitándose bajo sus pies. El Sueño
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
se detuvo allí antes que los ojos de Zeus lo vieran. Trepó a un abeto gigantesco, el más alto que crecía entonces en el Ida y que a través del aire llegaba hasta el éter. Allí se apostó, escondido entre las tupidas ramas del abeto, semejante a la sonora ave que habita en los montes y que los dioses denominan calcis, y los hombres cymindis. Entre tanto Hera se acercó rauda a lo alto del Gárgaro, cúspide del elevado Ida. La vio Zeus, que las nubes acumula, y, nada más verla, el amor le envolvió las sagaces mientes, como la primera vez que se habían unido en el amor, cuando ambos acudieron al lecho a escondidas de sus padres. Se presentó ante ella, la llamó con todos sus nombres y dijo: «¡Hera! ¿A dónde vas, que tan aprisa bajas aquí del Olimpo? Hete aquí sin caballos ni carro en los que poder montar.» Con dolosa mente le dijo la augusta Hera: «Voy a los confines de la feraz tierra a ver a Océano, progenie de los dioses, y a la madre Tetis, que en sus moradas me criaron bien y me mimaron. A ellos voy a ver para poner fin a sus indecisas querellas. Pues ya hace mucho que están apartados uno del otro sin lecho y sin amor, desde que la ira les invadió el ánimo. Al pie del Ida, rico en manantiales, están parados los caballos que me llevarán por la condensada y húmeda superficie. Pero ahora por ti he llegado aquí de lo alto del Olimpo, temerosa de que luego te irrites conmigo, si en silencio me marcho a la morada de Océano, de profunda corriente.» En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula: «¡Hera! Ya tendrás tiempo de partir allá más tarde. Ea, nosotros dos acostémonos y deleitémonos en el amor. Nunca hasta ahora tan intenso deseo de diosa o de mujer me ha inundado el ánimo en el pecho hasta subyugarme; ni cuando me enamoré de la esposa de Ixión, que dio a luz a Pirítoo, consejero comparable a los dioses; ni cuando de Dánae Acrisiona, la de bellos tobillos, que dio a luz a Perseo, descollante entre todos los hombres; ni cuando de la hija de Fénice, cuya gloria llega lejos, que dio a luz a Minos y a Radamantis, comparable a los dioses; ni tampoco cuando de Sémele, ni de Alcmena en Tebas, que engendró a Hércules, de esforzadas entrañas; y Sémele dio a luz a Dioniso, gozo para los mortales; ni cuando de la soberana Deméter, de hermosos bucles; ni cuando de la eximia Leto, ni cuando de ti misma; tan enamorado estoy ahora de ti y tan dulce deseo me domina.» Con dolosa mente le dijo la augusta Hera: «¡Atrocísimo Crónida! ¡Qué palabra has dicho! Si ahora anhelas gozar del amor y acostarte en las cimas del Ida, donde todo está patente y a la vista, ¿qué pasaría si alguno de los sempiternos dioses a los dos nos descubriera durmiendo y fuera a buscar a todos los
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
dioses y se lo contara? Yo no osaría regresar a tu morada después de levantarme del lecho: vituperable sería. Mas si es eso lo que deseas y se ha tornado grato a tu ánimo, tienes a tu disposición el tálamo que te fabricó tu hijo Hefesto, que ha ajustado las espesas puertas a las jambas. Vayamos allí a acostarnos, ya que el lecho te place.» En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula: «¡Hera! No temas que uno de los dioses o de los hombres vaya a verlo: yo echaré para envolvernos una nube que será áurea, y ni siquiera el Sol podrá traspasarla con su vista, aunque su luz es lo que tiene la mirada más penetrante.» Dijo, y el hijo de Crono estrechó a su esposa en los brazos. Bajo ellos la divina tierra hacía crecer blanda yerba, loto lleno de rocío, azafrán y jacinto espeso y mullido, que ascendía y los protegía del suelo. En este tapiz se tendieron, tapados con una nube bella, áurea, que destilaba nítidas gotas de rocío.
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
ODISEA Homero Capítulo XXIV, 120-360
Y dejándose oír a su vez contestó Anfimedonte: «¡Gloriosísimo Atrida, oh tú, Agamenón soberano! Bien me acuerdo, ¡oh retoño de Zeus!, de aquello que cuentas; puntualmente por tanto te habré de decir, sin dejarme nada atrás, en qué modo se vino a cumplir nuestra muerte. Largos años Ulises faltaba en su hogar; pretendíamos a su esposa; ella, odiando esa boda, no osaba rehusarla ni ceder: nos tramaba la muerte y la negra ruina. Y hete aquí un nuevo ardid concebido en su pecho: en sus salas suspendió del telar una urdimbre bien larga y tejía una tela suave y extensa y a un tiempo nos dijo: “Pretendientes que así me asediáis, pues ha muerto Ulises, no tengáis tanta prisa en casar. Esperad que yo acabe esta tela que estoy trabajando, no pierda sus hilos; la mortaja será del divino Laertes el día que le alcance la parca fatal de la muerte penosa: que ninguna mujer entre el pueblo me lance reproches por faltarle un sudario teniendo tamañas riquezas”. Tal hablaba y logró persuadir nuestro espíritu prócer; ella, en tanto, tejía su gran tela en las horas del día y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas. Por tres años mantuvo el ardid y engañó a los argivos, mas, corriendo ya el cuarto, al volver la estación del comienzo, consumidos los meses y al cabo de ¡números días, lo contó una sirvienta enterada de todo y logramos sorprenderla soltando la trama del fino tejido: de esta suerte, aunque bien a disgusto, llegó a terminarlo. Y tejida y lavada que fue, nos mostró aquella pieza semejante en su brillo a la luna o el sol, cuando, en esto, no se sabe de dónde una infausta deidad trajo a Ulises a un rincón de sus tierras; en él su porquero tenía la majada; allí vino también a encontrarle su hijo tras su vuelta en un negro bajel desde Pilo arenosa y los dos nos tramaron la más dura muerte. Llegaron con tal fin a la noble ciudad, mas Telémaco vino por delante y Ulises después; conducíalo el porquero y llevaba cubriéndole el cuerpo unas ropas astrosas con aspecto de un mísero anciano, de un triste mendigo que, apoyado en un leño, llegaba cubierto de harapos. De nosotros ninguno, ni aquéllos de edad más madura, alcanzó a conocer quién él era en su súbito arribo: le tirábamos golpes al cuerpo, decíamosle injurias y hete aquí que él estuvo aguantando en su propia morada los disparos y ultrajes con ánimo entero hasta el día en que Zeus que embraza la égida quiso exaltarlo. Recogió con su hijo él entonces las armas preciosas que en sus casas había y las fue a retirar al tesoro. Después de ello en un colmo de astucias mandóle a su esposa que nos diese en certamen su arco y sus hachas de hierro, lo que fue para todos, !cuitados!, comienzo de muerte. Ni uno solo mostróse capaz de tenderle a aquel arco poderoso la cuerda: el vigor nos faltaba con mucho. Ya a las manos de Ulises pasaba el gran arco y entonces nuestras
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
voces alzamos nosotros a una clamando por que no se le diese, a pesar de sus largas razones; mas a Eumeo Telémaco urgió, le mandó lo entregara, y helo en manos de aquel divinal, sufridísimo Ulises. Lo tendió sin trabajo, pasó las anillas de hierro y al momento se irguió en el umbral, echó al suelo las flechas, formidable miró alrededor y flechó al noble Antínoo. A otros muchos después alcanzó con saetas preñadas de sollozos tirando de frente; hacinados caían y bien claro se hizo que un dios ayudaba a los otros, pues corriendo la sala abatían movidos de furia a los hombres a diestra y siniestra. Se alzaba un gemido pavoroso al herir de cabezas y el suelo humeaba todo en sangre. Tal fue, Agamenón, nuestro fin: olvidados los cadáveres yacen aún en las salas de Ulises e ignorantes de todo en sus casas están nuestras gentes sin venir a limpiarnos de sangre las recias heridas, a llevarnos al lecho y llorar, solo honor de los muertos.» Pero el alma del hijo de Atreo le dijo en respuesta: «¡Oh dichoso Laertíada! ¡Oh Ulises de trazas sin cuento! En verdad tú tomaste mujer de virtud grande y fuerte: ¡de cuán nobles entrañas Penélope ha sido, la hija sin reproche de Icario! ¡Cuán fiel su recuerdo de Ulises con quien moza casara! Jamás morirá su renombre, pues los dioses habrán de inspirar en la tierra a las gentes hechiceras canciones que alaben su insigne constancia. No así de Tindáreo la hija. Ideando maldades a su esposo mató: serán cantos repletos de odio los que de ella en el mundo se extiendan y así su ignominia recaerá sobre cada mujer por honrada que sea.» Tales cosas hablaban los dos entre sí frente a frente, de la tierra en los senos, moradas de Hades. Bien pronto con los suyos Ulises bajó del poblado a la finca de Laertes, cuidada y hermosa, que él mismo en un tiempo para sí consiguió tras dar cima a penosos trabajos. Allí estaba su casa; unos porches cercábanla: en ellos se acogían a sentarse, comer y dormir por la noche los esclavos que a gusto del dueño labraban sus tierras. Una vieja mujer siciliana cuidaba entre todos con esmero al anciano señor en su agreste retiro. Y al llegar habló Ulises así con su hijo y los siervos: «Id ahora a la casa vosotros, coged al marrano más lucido que halléis y matadlo que os sirva de almuerzo. Yo iré, en tanto, a buscar a mi padre y a ver si al tenerme por delante a sus ojos conoce a su hijo o me toma por extraño: ¡pasó tanto tiempo sin verme a su lado!» Así dijo, entregó a los esclavos sus armas de guerra, se marcharon los tres hacia dentro y Ulises, en tanto, se acercaba a la espléndida viña. Observó en torno suyo, mas no halló al viejo Dolio al bajar al plantío ni a ninguno de sus hijos o esclavos: habían ido todos por piedras para hacer un cercado que diese defensa a la viña y el anciano marchando delante guiaba a los otros. Solo, pues, en el rico viñedo encontróse a su padre que acollaba una vid: una túnica sucia vestía de mal ver, con zurcidos; en torno a las piernas llevaba malas grebas de buey por miedo a rasguños y heridas y en las manos golubas, reparo de espinos; cubríase
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
de un pellejo cabruno. El dolor le arreciaba en el alma. Una vez que lo vio el divinal pacientísimo Ulises de vejez consumido y tomado de pena, ocultóse bajo espeso peral y dejó que fluyese su llanto. Acucióle después en su pecho y su alma el deseo de llegarse a abrazar y besar a su padre, decirle cada cosa y contarle su vuelta al país, mas dudaba si debía preguntarle primero poniéndolo a prueba. Meditando entre sí comprendió que mejor le sería tantearlo, ante todo, con unas palabras punzantes y, con esta intención, acercósele Ulises divino mientras él cabizbajo, cavaba la tierra a una cepa.
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
Y a su lado dejósele oír aquel hijo glorioso: «No hay en ti, buen anciano, ignorancia de cómo se cuida tal plantío, mas bien la labranza conoces de todo, del arbusto, la higuera, la vid, el peral, el olivo, las legumbres, y así nada está descuidado en tu huerto; pero voy otra cosa a decir, no te irrites por ello. Quien no está bien cuidado eres tú; pues a un tiempo te agobia la vejez, te ves sucio y te ciñes de malos vestidos; ni es tu holganza, en verdad la razón de que así te abandone tu señor y en tu aspecto no hay nada servil, antes tienes talla prócer y noble figura: pareces un rey. A hombre tal le conviene, después de bañado y comido, descansar blandamente, que es esa la ley de los viejos. Pero, ¡ea!, contesta a esto otro y explica fielmente: ¿a quién sirves aquí? ¿De quién es este hortal que cultivas? Dame cuenta también sin engaño, que yo lo conozca, de si estoy en las tierras de Itaca. Así me lo dijo un varón que a mi paso encontré cuando aquí caminaba, no discreto, en verdad: no me quiso explicar muchas cosas ni escuchar mis palabras al tiempo que yo preguntaba por un huésped que tuve y no sé si se encuentra aún en vida o si ha muerto y está en las moradas de Hades. Por ello a ti voy a decírtelo: atiende a mis dichos y escucha. Hospedé en otro tiempo en mi patria querida a un sujeto que llegó por allí: nunca vino un mortal tan amable a mi hogar entre tanto extranjero de tierras lejanas. Se gloriaba de ser por linaje de Itaca y dijo que su padre era el noble Laertes, nacido de Arcisio; le conduje a mi casa, le di en sus estancias albergue, le brindé de lo mucho que en ellas tenía y los dones de hospedaje ofrecíle según uso y ley. Fueron siete bien labrados talentos de oro más una cratera hecha toda de plata con ricos adornos de flores; doce mantos de lana, otros tantos, hermosos, de lino con sus túnicas; doce tapetes y, a más de ello todo, cuatro bellas mujeres le di sabedoras de muchos y esmerados trabajos que él mismo eligió a su talante.» Y Laertes, dejando ir el llanto, le dijo en respuesta: «Bien de cierto, extranjero, has llegado a la tierra que dices donde mandan ahora varones sin juicio, insolentes. Vanos fueron los dones sin cuento que hiciste a aquel hombre. Si le hallaras con vida en las tierras de Itaca, él mismo te mandara de aquí bien pagado con otros presentes y con buen hospedaje: es deber de quien ha recibido. Pero, ¡ea!, contesta a esto otro y explica fielmente: ¿cuántos años ha ya que albergaste en tu casa a aquel huésped sin ventura? Es mi hijo o al menos lo fue en otro tiempo, ¡desdichado!, a quien lejos del suelo paterno y los suyos devoraron los peces del mar o en la costa despojo fue de fieras y aves. Murió y a vestirlo y llorarlo no estuvimos su madre ni yo que le dimos la vida ni tampoco su esposa Penélope, insigne en prudencia, le plañó junto al fúnebre lecho según era justo ni sus ojos cerró, sola honra que queda a los muertos. Pero di sin engaño esto otro, que yo bien lo sepa: ¿de qué pueblo eres tú? ¿Cuáles son tu ciudad y tus padres? ¿En qué sitio ha quedado el ligero bajel que te trajo hasta aquí con tus buenos marinos? ¿O acaso viniste por comercio en extraño navío y se han vuelto los otros?»
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
Contestando a su vez dijo Ulises, el rico en ingenios: «Con entera verdad la respuesta daré a tus preguntas: de Alibante procedo, allí vivo en espléndidas casas; es Afidas mi padre, nacido del rey Polipemon, y mi nombre es Epérito; un dios desvióme en mi ruta de Sicania y me trajo forzado a esta tierra; mi nave no llegó a la ciudad, está en playa apartada y agreste. Cuanto a Ulises, con este en que estamos van ya cinco años que, partiendo de allí, las riberas dejó de mi patria. ¡Desgraciado! De cierto al salir los augurios le fueron favorables; yo, alegre con ello, ayudé su partida y él gozoso marchó: nos quedaba a los dos la esperanza de encontrarnos de nuevo y trocarnos magníficos dones.» Tal habló: nube oscura de pena cególe al anciano; con sus manos cogió dos puñados de tierra y vertiólos por su cana cabeza exhalando continuos gemidos. Solevósele el ánimo a Ulises, subíale el coraje por la hinchada nariz al mirar a su padre en tal traza; dando un salto hacia él, lo besó y abrazó y al fin dijo: «Padre mío, heme aquí, soy tu hijo, aquel hijo que buscas, que tras una veintena de años regreso a la patria; mas retén ya tus llantos y corta tu flébil gemido pues te habré de decir —darnos prisa debemos por ello— que maté a todos esos donceles allá en nuestra casa castigando su acerba insolencia y sus hechos infames.» Por su parte, Laertes le dijo en respuesta: «Si eres tú de veras Ulises, mi hijo, que has vuelto a la patria, dame de ello un indicio bien claro que pueda creerlo.» El fecundo en ingenios Ulises repúsole entonces: «Ve, ante todo, esta enorme señal que en el monte Parnaso con sus blancos colmillos marcó un jabalí cuando iba por allá, pues mi madre y tú mismo me habíais enviado con Autólico, el padre de aquélla, a tomar los presentes que él, hallándose aquí en nuestra casa, me había prometido. Pero voy además a contarte los árboles todos que me diste una vez de esta huerta florida. Yo, aún niño, caminaba contigo por ella, te hacía mil preguntas, tú mostrabas las plantas y me ibas diciendo sus nombres; diez manzanos y trece perales me diste, de higueras hasta cuatro decenas; de liños de vides contaste medio ciento también para mí: producía cada liño sin cesar —aún en ellos hay gajos de todas sazones— según iban viniendo de arriba los tiempos de Zeus.» Así dijo; quebró el corazón del anciano, sus piernas flaquearon, oído que hubo el preciso recuento; los dos brazos tendió hacia su hijo; vencíalo el desmayo, mas aquel divinal sufridísimo Ulises cogiólo y sostúvole. Al fin recobrando el aliento y las fuerzas, otra vez replicaba Laertes con estas palabras: «Padre Zeus, aún vivís las deidades allá en el Olimpo si en verdad los galanes purgaron su loca insolencia, pero ahora me aflige el temor de que aquí nos invadan sin tardar los vecinos de Itaca y manden mensajes a excitar por doquiera a las gentes allá en Cefalenia.» Contestando, a su vez, dijo Ulises, el rico en ingenios: «Nada temas, no alteren tu pecho estas cosas, mas vamos ahora aquí a nuestra casa del lado que da con la huerta; ya he mandado a Telémaco a ella, al pastor de los bueyes y al leal porquerizo que adoben aprisa el almuerzo.»
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
TEOGONÍA Hesíodo 155-230
Cosmogonía En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro.] Pos último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos. Del Caos surgieron Erebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Eter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Erebo. Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio. Hijos de Gea y Urano Luego, acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Cronos, de mente retorcida, el más terrible de los hijos y se llenó de un intenso odio hacia su padre. Dio a luz además a los Cíclopes de soberbio espíritu, a Brontes, a Estéropes y al violento Arges, que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, [pero en medio de su frente había un solo ojo]. Cíclopes era su nombre por eponimia, ya que, efectivamente, un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos. También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo. Mito de la castración de Urano Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción. La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo de brillante acero, forjó una enorme hoz y luego explicó el plan a sus hijos. Armada de valor dijo afligida en su corazón: «¡Hijos míos y de soberbio padre! Si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones.» Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre: «Madre, yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones.»
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa. Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo, saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás. No en vano escaparon aquéllos de su mano. Pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas que llaman Melias sobre la tierra ilimitada. En cuanto a los genitales, desde el preciso instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso punto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella. Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió después a Chipre rodeada de corrientes. Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita [...] la llaman los dioses y hombres, porque nació en medio de la espuma, y también Citerea, porque se dirigió a Citera. Ciprogénea, porque nació en Chipre de muchas olas, [y Filomédea, porque surgió de los genitales]. La acompañó Eros y la siguió el bello Hímero al principio cuando nació, y luego en su marcha hacia la tribu de los dioses. Y estas atribuciones posee desde el comienzo y ha recibido como lote entre los hombres y dioses inmortales: las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura. A estos dioses su padre, el poderoso Urano, les dio el nombre de Titanes aplicando tal insulto a los hijos que él mismo engendró. Decía que en su intento, con temeraria insensatez habían cometido un acto terrible por el que luego tendrían justo castigo. Hijos de la Noche y de Eris Parió la Noche al maldito Moros, a la negra Ker y a Tánato; parió también a Hipnos y engendró la tribu de los Sueños. Luego además la diosa, la oscura Noche, dio a luz sin acostarse con nadie a la Burla, al doloroso Lamento y a las Hespérides que, al otro lado del ilustre Océano, cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto. Parió igualmente a las Moiras y las Keres, vengadoras implacables: a Cloto, a Láquesis y a Atropo que conceden a los mortales, cuando nacen, la posesión del bien y del mal y persiguen los delitos de hombres y dioses. Nunca cejan las diosas en su terrible cólera antes de aplicar un amargo castigo a quien comete delitos. También alumbró a Némesis, azote para los hombres mortales, la funesta Noche. Después de ella tuvo al Engaño, la Ternura y la funesto Vejez, y engendró a la astuta Eris. Por su parte la maldita Eris parió a la dolorosa Fatiga, al Olvido, al Hambre y los Dolores que causan llanto, a los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, al Desorden y la Destrucción, compañeros inseparables, y al Juramento, el que más dolores proporciona a los hombres de la tierra siempre que alguno perjura voluntariamente.
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
APOLOGÍA DE SÓCRATES Jenofonte Creo que merece la pena recordar también con qué actitud deliberada reaccionó Sócrates, cuando fue citado a juicio, tanto en lo relativo a su defensa como ante su muerte. Es verdad que otros han escrito ya sobre ello, y todos han coincidido en la altanería de su lenguaje, lo que demuestra evidentemente que es así como se expresó, pero una cosa no dejaron suficientemente clara, y es que había llegado a la conclusión de que para él la muerte era ya en aquel momento preferible a la vida; con esta omisión resulta que la altanería de su lenguaje parece bastante insensata. Sin embargo, lo que ha contando sobre él su compañero Hermógenes, hijo de Hipónico, explica que su lenguaje altanero se correspondía con su manera de pensar. En efecto, al ver que hablaba de toda clase de temas más que de su juicio, le preguntó: «¿No deberías examinar, Sócrates, los argumentos de tu defensa?». Y que Sócrates de entrada le respondió: «¿No crees que me he pasado la vida preparando mi defensa?». Y al preguntarle él: «¿Cómo es eso?», le respondió: «Porque a lo largo de toda mi vida no he cometido ninguna acción injusta, que es precisamente lo que yo considero la mejor manera de preparar una defensa». Y al preguntarle Hermógenes de nuevo: «¿No ves cómo a menudo los tribunales atenienses, dejándose arrastrar por discursos persuasivos, han condenado a muerte a personas inocentes y cómo, en cambio, con frecuencia absolvieron a culpables, o bien compadecidos por sus discursos o bien porque hablaban adulándoles?». «Pero, ¡por Zeus!», respondió Sócrates, «es que dos veces que intenté examinar mi defensa se me opuso el genio divino». Y como él por su parte le contestó: «¡Qué cosas más raras dices!», Sócrates le respondió a su vez: «¿Te parece raro que también la divinidad crea que para mí es mejor que muera ahora? ¿No sabes que hasta el momento presente a nadie le reconocería haber vivido mejor que yo? Y, lo que todavía es más agradable, yo tenía conciencia de haber vivido mi vida entera en la piedad y en la justicia, de modo que, sintiendo por mí mismo una gran estima, me daba cuenta de que los que me frecuentaban experimentaban hacia mí el mismo sentimiento. En cambio ahora, si sigue prolongándose mi edad, sé que necesariamente tendré que pagar el tributo a la vejez, ver peor, oír con más dificultad, ser más torpe para aprender y más olvidadizo de lo que aprendí. Ahora bien, si soy consciente de mi decrepitud y tengo que reprocharme a mí mismo, ¿cómo podría seguir viviendo a gusto?», seguía diciendo Sócrates. «Y aun puede ocurrir que la divinidad en su benevolencia me esté proporcionando incluso no sólo el momento más oportuno de mi edad para morir, sino también la ocasión de morir de la manera más fácil. En efecto, si ahora me condenan, es evidente que podré utilizar el tipo de muerte considerado el más sencillo por quienes se ocupan del tema, y el menos engorroso para mis amigos, al tiempo que infunde la mayor añoranza hacia los muertos, pues el que no deja ningún recuerdo vergonzoso o penoso en el ánimo de los presentes, sino que se extingue con el cuerpo sano y con un alma capaz de mostrar afecto, ¿cómo no va a ser a la fuerza digno de añoranza? Con razón los dioses se oponían entonces a la preparación de mi discurso de defensa, cuando nosotros creíamos que había que buscar escapatorias por todos los medios. Porque si hubiera llegado a conseguirlo, es evidente que, en vez de terminar ya mi vida, me habría preparado para morir afligido por las enfermedades o la vejez, a la que afluyen todas las amarguras, con absoluta privación de alegrías. ¡No, por Zeus!, Hermógenes —contaba que les había dicho—, no seré yo quien esté deseoso de tal situación, sino que, si disgusto a los jueces exponiéndoles todas las ventajas que creo haber obtenido de los dioses y de los hombres, así como la opinión que tengo de mí mismo, en ese caso antes elegiré morir que seguir viviendo servilmente, mendigando el beneficio de una vida mucho peor que la muerte».
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
Hermógenes contaba que con estas ideas, una vez que le acusaron sus adversarios en el juicio de que no creía en los dioses que reconocía la ciudad, sino que trataba de intro-ducir nuevas divinidades y corrompía a la juventud, compareció ante el jurado y dijo: «Una cosa que me sorprende ante todo, jueces, es en qué opinión se apoya Meleto para afirmar que no creo en los dioses que reconoce la ciudad, puesto que tanto los que se encontraban presentes como el propio Meleto, si lo deseaba, podían verme cuando hacía sacrificios en las fiestas de la ciudad y en los altares comunales. Y en cuanto a nuevas divinidades, ¿cómo podría introducirlas al decir que una voz divina se me manifiesta para darme a entender lo que debo hacer? Pues también los que utilizan los gritos de los pájaros y las palabras humanas apoyan en voces sus conjeturas. ¿Discutiría alguien que los truenos sean voces o un presagio muy importante? Y la sacerdotisa que tiene su sede en su trípode de Delfos ¿no comunica también ella los oráculos del dios por medio de la voz? Es cierto que todos saben y creen que la divinidad conoce el futuro y lo anuncia a quien quiere, igual que yo lo digo. Pero mientras ellos llaman augurios, voces, encuentros fortuitos y adivinos a los que les dan advertencias, yo a eso lo llamo genio divino, y pienso que al llamarlo de esta manera me expreso con mayor verdad y más piadosamente que los que adjudican a las aves el poder que tienen los dioses. Y ésta es la prueba de que no miento contra la divinidad: habiendo anunciado a muchos amigos míos las advertencias de la divinidad, en ningún caso resultó haberme equivocado». Y como, al oír estas palabras, los jurados se ponían a protestar, unos desconfiando de sus afirmaciones y envidiosos otros de que también de los dioses obtuviera mayores favores que ellos, contaba que Sócrates había seguido diciendo: «Ea, escuchad también otra cosa, para que quienes de entre vosotros lo deseen desconfíen todavía más del favor con que he sido honrado por los dioses. Un día que Querefonte acudió al oráculo de Delfos para interrogarle acerca de mí, en presencia de muchos testigos le respondió Apolo que ningún hombre era ni más libre, ni más justo, ni más sabio que yo». Y que, como naturalmente los jurados todavía alborotaban más ante esta respuesta, Sócrates habló de nuevo: «Sin embargo, señores del jurado, el oráculo divino dijo cosas más importantes sobre Licurgo, el legislador de Lacedemonia, que sobre mí, pues se cuenta que al entrar en el templo se dirigió a él diciéndole: “Me pregunto si debo llamarte dios u hombre”. A mí no me comparó con un dios, pero juzgó que destacaba mucho sobre el resto de los hombres. Sin embargo, no por ello tenéis vosotros que creer al dios por las buenas, sino que debéis examinar cada uno de los elogios que hizo de mí. En efecto, ¿a quién conocéis que sea menos esclavo que yo de las pasiones del cuerpo?, ¿qué hombre veis que sea más libre que yo, que no recibo de nadie regalos ni salario?, ¿a quién podríais considerar razonablemente más justo que a un hombre que está acomodado a lo que tiene y que no necesita ningún bien ajeno? Y en cuanto a sabio, ¿cómo se podría con razón negar que lo es un hombre como yo, que desde que empecé a comprender lo que se decía, nunca dejé, en la medida de mis posibilidades, de investigar y aprender todo lo bueno que pude? Y de la eficacia de mis esfuerzos, ¿no os parece que también es una prueba el hecho de que muchos ciudadanos que aspiran a la virtud, y también muchos forasteros, me prefieran a mí entre todos para ser mis discípulos? ¿Cuál diríamos que es el motivo de que, a pesar de saber todos que en absoluto podría corresponder, por falta de dinero, sin embargo, muchos estén dispuestos a hacerme algún regalo? ¿O el hecho de que nadie me reclame el pago de algún favor y, en cambio, muchos reconozcan que me deben gratitud? ¿O que, durante el asedio, mientras otros se compadecían por su suerte yo no vivía con más apuros que cuando la ciudad gozaba de mayor prosperidad? ¿O por qué los otros se procuran en el mercado bocados exquisitos a muy alto precio, mientras yo me
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
ingenio de mi alma placeres más agradables que ellos sin ningún gasto? Y si nadie verdaderamente podría refutarme nada de cuanto he dicho de mí mismo, alegando que miento, ¿cómo no sería elogiado en justicia tanto por los dioses como por los hombres? Aun más, Meleto, ¿tú afirmas que corrompo a los jóvenes con esta conducta? Todos sabemos sin duda qué clase de corrupciones afectan a la juventud; dinos entonces si conoces algún joven que por mi influencia se haya convertido de pío en impío, de prudente en violento, de parco en derrochador, de abstemio en borracho, de trabajador en vago, o sometido a algún otro perverso placer». «¡Por Zeus!», dijo Meleto, «yo sé de personas a las que has persuadido para que te hicieran más caso a ti que a sus padres». «Lo reconozco», contaba que había dicho Sócrates, «al menos en lo que se refiere a la educación, pues saben que me he dedicado a ello. Pero en cuestión de salud las personas hacen más caso de los médicos que de sus padres, y en las asambleas prácticamente todos los atenienses atienden más a los oradores que hablan con sensatez que a sus parientes. Además, ¿no elegís también como generales, antes que a vuestros padres y a vuestros hermanos, incluso, ¡por Zeus!, antes que a vosotros mismos, a quienes consideráis que son más entendidos en materias bélicas?». «Así es, Sócrates», dijo Meleto, «porque así conviene y es la costumbre». «Pues en ese caso», le dijo Sócrates, «¿no te parece también extraño que, mientras que en las demás actividades los que destacan en ellas no sólo alcanzan igual participación sino que reciben honores preferentes, yo, en cambio, por el hecho de que algunas me consideren el mejor en lo que es el mayor bien para los hombres, me refiero a la educación, me vea acusado por ti en una acusación con pena de muerte?». Es evidente que se dijeron muchas más cosas, tanto por parte de Sócrates como de los amigos que hablaron en su defensa, pero yo no puse todo el empeño en contar todo lo que se dijo en el proceso, sino que me conformé con hacer ver que Sócrates se preocupó por encima de todo en dejar claro que no había cometido ninguna impiedad con los dioses ni injusticia con los hombres; y en cuanto a no morir, él no creía que debía suplicar para evitarlo, sino que incluso pensaba que era un buen momento para terminar su vida. Que ésa era su manera de pensar se puso muy en evidencia cuando la votación de la sentencia fue negativa, pues en primer lugar, cuando se le invitó a fijar por su parte la pena, ni quiso hacerlo personalmente ni permitió que la fijaran sus amigos, sino que incluso afirmó que el hecho de fijar su pena equivaldría a reconocerse culpable. En segundo lugar, cuando sus amigos quisieron sacarlo de la cárcel furtivamente, no lo consintió, e incluso pareció burlarse de ellos al preguntarles si conocían algún lugar fuera del Ática inaccesible a la muerte. Cuando terminó el juicio, dijo Sócrates: «Pues bien, señores, quienes instruyeron a los testigos haciéndoles ver que debían testimoniar con perjurio contra mí y los que se dejaron sobornar por ellos deben ser conscientes de ha ber cometido un grave delito de impiedad y una gran injusticia. En cuanto a mí, ¿por qué me voy a sentir menos orgulloso que antes de mi condena, puesto que no he sido convicto de haber cometido ninguno de los delitos por los que me acusaron? Nunca se me ha visto, en efecto, haciendo sacrificios a nuevos dioses en vez de hacerlos a Zeus, Hera y los dioses que les acompañan, ni jurando ni reconociendo a otros dioses. Y en cuanto a los jóvenes, ¿cómo podría corromperlos acostumbrándolos a una vida de dureza y frugalidad? En lo que se refiere a los delitos castigados con la pena de muerte, el saqueo de templos, el robo con escalo, la esclavitud de un hombre libre, la traición al Estado, ni siquiera mis propios adversarios me imputan ninguno de ellos. Por ello me pregunto con asombro cómo pudo pareceros que yo había llevado a cabo una acción digna de muerte. Sin embargo, tampoco por el hecho de morir injustamente tengo que tener menos alta la cabeza, porque la vergüenza no es para mí sino para quienes me condenaron. Me
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
consuela todavía el recuerdo de Palamedes, que murió de manera muy semejante a la mía. Aun ahora sigue inspirando cantos muchos más hermosos que Odiseo, que injustamente ocasionó su muerte. Sé que también testimoniarán en mi favor el futuro y el pasado, haciendo ver que jamás hice daño a nadie ni volví peor a ninguna persona, sino que hacía el bien a los que conversaban conmigo, enseñándoles gratis todo lo bueno que podía». Después de pronunciar estas palabras se retiró con semblante, actitud y paso sereno, muy de acuerdo con las palabras que acababa de pronunciar. Pero al darse cuenta de que sus acompañantes estaban llorando, dijo: «¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando os ponéis a llorar? ¿Acaso no sabéis hace mucho tiempo que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza? Sin embargo, si muero prematuramente en medio de una inundación de bienes, es evidente que tendré que lamentarme tanto yó como mis amigos, pero si libero mi vida de las amarguras que me esperan, creo que todos vosotros debéis congratularos pensando que soy feliz». Estaba presente un tal Apolodoro, amigo apasionado de Sócrates, pero persona simple por lo demás, que dijo: «Pero es que yo, Sócrates, lo que peor llevo es ver que mueres injustamente». Y entonces Sócrates, según se cuenta, le respondió, acariciándole la cabeza: «¿Preferirías entonces, queridísimo Apolodoro, verme morir con justicia que injustamente?», y al mismo tiempo le sonrió. Se cuenta también que, al ver pasar a Ánito, dijo: «Ahí tenéis a ese hombre lleno de orgullo, convencido de que ha llevado a cabo una hazaña grande y noble con haberme hecho matar porque, al ver que la ciudad le honraba con las mayores distinciones, dije que no debía educar a su hijo en el oficio de curtidor. ¡Pobre desgraciado, que no sabe, al parecer, que aquel de nosotros dos que haya dejado hechas las obras más útiles y más hermosas para siempre, ése será el vencedor! Pero —siguió diciendo— tal como Homero ha atribuido a algunos de sus personajes en el momento de su muerte pronosticar el porvenir, también yo quiero hacer una profecía. Tuve una breve relación con el hijo de Ánito y me pareció que no era de espíritu débil, por lo que afirmo que no permanecerá en la vida servil que su padre preparó para él, sino que por no tener ningún consejero diligente caerá en alguna pasión vergonzosa y llegará lejos en la carrera del vicio». Y no se equivocó con estas palabras, sino que aquel muchacho le tomó gusto al vino y ni de día ni de noche dejaba de beber, y al final no fue de ninguna utilidad ni para su ciudad, ni para sus amigos, ni para sí mismo. En cuanto a Ánito, por la mala educación dada a su hijo, y por su propia falta de juicio, incluso después de muerto conserva su mala reputación. Al ensalzarse a sí mismo ante el tribunal, Sócrates despertó el odio de los jueces y los impulsó más aún a votar su condena. Por mi parte, creo que ha alcanzado un destino grato a los dioses, pues abandonó lo más duro de la vida y encontró la más fácil de las muertes. Demostró así la fortaleza de su espíritu, pues cuando se dio cuenta de que para él era preferible morir a seguir viviendo, lo mismo que no se opuso a los otros bienes de la vida, tampoco se acobardó ante la muerte, sino que la aceptó y la recibió con alegría. Por mi parte, cuando pienso en la sabiduría y nobleza de espíritu de aquel hombre, ni puedo dejar de recordarlo ni, al acordarme de él, puedo dejar de elogiarle. Si alguno de los que aspiran a la virtud tuvo trato alguna vez con alguien más beneficioso que Sócrates, considero que tal hombre debe ser tenido por muy feliz.
Universitat dels Majors Introducción a la Filosofía Curso 2015-2016
EL BANQUETE Platón 199b-208b Entonces, Fedro y los demás —me contó Aristodemo— le exhortaron a hablar como él mismo pensaba que debía expresarse. —Pues bien, Fedro —dijo Sócrates—, déjame preguntar todavía a Agatón unas cuantas cosas, para que, una vez que haya obtenido su conformidad en algunos puntos, pueda ya hablar. —Bien, te dejo —respondió Fedro—. Pregunta, pues. Después de esto —me dijo Aristodemo—, comenzó Sócrates más o menos así: —En verdad, querido Agatón, me pareció que has introducido bien tu discurso cuando decías que había que exponer primero cuál era la naturaleza de Eros mismo y luego sus obras. Este principio me gusta mucho. Ea, pues, ya que a propósito de Eros me explicaste, por lo demás, espléndida y formidablemente, cómo era, dime también lo siguiente: ¿es acaso Eros de tal naturaleza que debe ser amor de algo o de nada? Y no pregunto si es amor de una madre o de un padre —pues sería ridícula la pregunta de si Eros es amor de madre o de padre—, sino como si acerca de la palabra misma “padre” preguntara: ¿es el padre padre de alguien o no? Sin duda me dirías, si quisieras responderme correctamente, que el padre es padre de un hijo o de una hija. ¿O no? —Claro que sí —dijo Agatón. —¿Y no ocurre lo mismo con la palabra “madre”? También en esto estuvo de acuerdo. —Pues bien —dijo Sócrates— respóndeme todavía un poco más, para que entiendas mejor lo que quiero. Si te preguntara: ¿y qué?, ¿un hermano, en tanto que hermano, es hermano de alguien o no? Agatón respondió que lo era. —¿Y no lo es de un hermano o de una hermana? Agatón asintió. —Intenta, entonces —prosiguió Sócrates—, decir lo mismo acerca del amor. ¿Es Eros amor de algo o de nada? —Por supuesto que lo es de algo. —Pues bien —dijo Sócrates—, guárdate esto en tu mente y acuérdate de qué cosa es el amor. Pero ahora respóndeme sólo a esto: ¿desea Eros aquello de lo que es amor o no? —Naturalmente —dijo. —¿Y desea y ama lo que que desea y ama cuando lo posee, o cuando no lo posee? —Probablemente —dijo Agatón— cuando no lo posee. —Considera, pues —continuó Sócrates—, si en lugar de probablemente no es necesario que sea así, esto es, lo que desea desea aquello de lo que está falto y no lo desea si no está falto de ello. A mí, en efecto, me parece extraordinario, Agatón, que necesariamente sea así. ¿Y a ti cómo te parece? —También a mí me lo parece —dijo Agatón. —Dices bien. Pues, ¿desearía alguien ser alto, si es alto, o fuerte, si es fuerte? —Imposible, según lo que hemos acordado. Porque, naturalmente, el que ya lo es no podría estar falto de esas cualidades. —Tienes razón. —Pues si —continuó Sócrates— el que es fuerte, quisiera ser fuerte, el que es rápido, ser rápido, el que está sano, estar sano... —tal vez, en efecto, alguno podría pensar, a propósito de estas cualidades y de todas las similares a éstas, que quienes son así y las poseen desean también aquello que poseen; y lo digo precisamente para que no nos engañemos—. Estas personas, Agatón, si te fijas bien, necesariamente poseen en el mo-