Albert Noguera Fernรกndez Coordinador
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Crisis de la democracia y nuevas formas de participación Carlos de Cabo Martín, José Asensi Sabater, Francisco Palacios Romeo, Antonio de Cabo de la Vega, Marcos Criado de Diego, Gonzalo Maestro Buelga, José Ángel Camisón Yagüe, Juan Carlos Velasco Arroyo, Roberto Gargarella, Marco Aparicio Wilhemi, Albert Noguera Fernández, Rubén Martínez Dalmau, Jordi Barrat Esteve
ALBERT NOGUERA FERNÁNDEZ Coordinador
México D.F., 2013
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Directores de la Colección:
ISMAEL CRESPO MARTÍNEZ Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Murcia
PABLO OÑATE RUBALCABA Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Valencia
© Albert Noguera Fernández y otros
© TIRANT LO BLANCH MÉXICO EDITA: TIRANT LO BLANCH MÉXICOAvda. General Mariano Escobedo, 568 y Herschel, 12 Colonia Nueva Anzures Delegación Miguel HidalgoCP 11590 MÉXICO D.F. Telf.: (55) 5000 5000 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es ISBN 978-84-9053-008-5 MAQUETA: PMc Media
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Presentación Albert Noguera Fernández
L
a expresión crisis de la democracia pertenece al lenguaje político europeo de la década de 1920. Desde entonces esta ha sido una expresión utilizada en múltiples ocasiones. Sin embargo, nunca como ahora habíamos llegado a una situación tan extrema. El trabajo que aquí se presenta parte de la premisa según la cual el Estado Constitucional democrático cuyo ordenamiento constitucional aseguraba un doble vínculo con la sociedad: En primer lugar institucionalizaba un proceso político y legitimaba su poder a partir de la participación de los ciudadanos; y, En segundo lugar, el Estado asumía la garantía jurídica de los derechos de ciudadanía (derechos fundamentales) y legitima su poder a partir de la garantía del principio Justicia; se encuentra hoy en día, en los llamados países de capitalismo avanzado, en su mayor crisis histórica. Las transformaciones que, a partir de los años posteriores a la crisis mundial de octubre de 1973, empieza a sufrir el capitalismo, convirtiéndose en capitalismo transnacional (globalización), han traído como consecuencia una sustitución del antiguo modelo de monismo jurídico existente en el interior de los Estados (monopolio del Estado en la producción de Derecho) por un modelo de pluralismo jurídico (coexistencia del Derechos estatal con el Derecho de los organismos internacionales) donde los distintos ordenamientos jurídicos en convivencia se relacionan entre ellos a partir de un nuevo principio superior: la libre competencia. En lugar de que la libre competencia se funde en el Derecho, ahora es el Derecho el que debe fundarse en la libre competencia. Ello convierte a los ordenamientos constitucionales estatales en un producto que compite a escala regional (UE) y mundial (OMC,
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etc.) con los otros ordenamientos y donde se produce la “selección natural” de aquellos ordenamientos mejor adaptados a las exigencias del Capital. Surge, por tanto, lo que Alain Supiot llama un “mercado de productos legislativos” abierto a la elección de los individuos libres de situarse bajo la ley que les resulta más favorable. Esta orientación, promovida por el propio TJUE ha supuesto que los ordenamientos constitucionales, a pesar de existir, han quedado totalmente vaciados de su contenido preceptivo. Todo ello implica: Un desplazamiento de los espacios de toma de decisiones de la esfera pública estatal democráticamente electas (Parlamentos nacionales) a la esfera internacional privada no electa; Una priorización en la protección de los derechos de los inversores y grandes propietarios transnacionales por encima de los derechos fundamentales de ciudadanía. Este libro lleva a cabo, por un lado, un análisis conceptual, analizando las categorías doctrinales clásicas de la democracia y evaluando su compatibilidad con el escenario político, económico y social surgido en la nueva fase de capitalismo transnacional. Se abordarán aspectos nucleares del debate teórico como, por ejemplo, la crisis de la democracia de partidos, la compatibilidad o incompatibilidad de las nuevas formas de capitalismo con los elementos constitutivos del sistema político democrático-liberal o el acceso igualitario de los ciudadanos en la toma de decisiones. Asimismo, en una vertiente más aplicada, el trabajo procura analizar los efectos de la llamada crisis de la democracia en el escenario actual de los países europeos. Por otro lado, el libro pretende, a la vez, aportar reflexiones acerca de cómo buscar nuevas fórmulas participativas que nos permitan salir de esta situación y restaurar un modelo democrático, presentando experiencias concretas como la de las nuevas constituciones latinoamericanas y los mecanismos de participación popular por ellas puestos en práctica. Por último, se hace referencia también a la cuestión de cómo en esta perspectiva, durante las últimos años, se ha empezado a considerar las nuevas tecnologías (internet, redes sociales, etc.) como un complemento para la deliberación en el marco de la democracia
Presentaci贸n
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representativa o incluso, para algunos, como un posible reemplazo de la instancia de representaci贸n para dar lugar a una democracia directa. Pero, 驴constituye ello una alternativa aceptable o posible? Este es otro de los debates que se abordar谩n. Con el objetivo de tratar todas estas cuestiones, reunimos en este libro las opiniones de destacados profesores e investigadores que han aceptado generosamente poner por escrito sus reflexiones sobre el tema. A todos ellos mostramos nuestro agradecimiento.
Sobre los autores
CARLOS DE CABO MARTÍN. Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid. Antes lo fue de las universidades de Santiago de Compostela, Alicante y Alcalá de Henares. JOSÉ ASENSI SABATER. Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante. Director del Instituto Iberoamericano de Estudios Constitucionales. FRANCISCO PALACIOS ROMEO. Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Zaragoza. ANTONIO DE CABO DE LA VEGA. Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Instituto Complutense de Estudios Jurídicos Críticos. MARCOS CRIADO DE DIEGO. Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Extremadura. Secretario del Instituto Iberoamericano de Estudios Constitucionales. GONZALO MAESTRO BUELGA. Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco. JOSÉ ÁNGEL CAMISÓN YAGÜE. Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Extremadura. JUAN CARLOS VELASCO ARROYO. Investigador Científico en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. ROBERTO GARGARELLA. Profesor de Teoría Constitucional en la Universidad de Buenos Aires/CONICET. MARCO APARICIO WILHEMI. Profesor de Derecho Constitucional en la Universitat de Girona. ALBERT NOGUERA FERNÁNDEZ. Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Extremadura. RUBÉN MARTÍNEZ DALMAU. Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universitat de València. JORDI BARRAT ESTEVE. Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universitat Rovira i Virgili.
ESTUDIO PRELIMINAR
Teoría crítica de la democracia Carlos de Cabo Martín Catedrático de Derecho Constitucional. Universidad Complutense de Madrid
I.
Una de las funciones que necesaria y urgentemente corresponden a lo que se puede entender hoy como “Constitucionalismo crítico” es la lucha por recuperar o reconstruir su sistema de categorías. La expansión invasiva de la lógica del capital a todos los ámbitos sociales y su expresión ideológica cada vez más directa y menos mediada en la actual situación de crisis, ha colonizado, secuestrado, pervertido y, en buena medida “alienado” (dotándolas de un significado y función contrarios) categorías centrales del Estado de Derecho y, más en concreto, del sistema jurídico-político constitucional. Lo que ha ocurrido recientemente en las categorías básicas de Constitución (y su especificidad normativa y suprema) Poder Constituyente o Reforma Constitucional, tal como se ha puesto de manifiesto con la falsamente llamada Reforma de la Constitución española a finales del pasado año, son una prueba más. La ruptura de la Constitución que supone pasar de una Constitución de Estado Social a la Constitución de un Estado Liberal realizada por un “ poder constituido” (el “poder de Reforma”) actuando como poder constituyente, a su vez simple y notoria correa de transmisión de la decisión del poder real procedente del exterior, de manera que elementos básicos de la Constitución material se sitúan en un ámbito distinto al de la vigencia de la Constitución formal, es un ejemplo de mistificación, desorden y desvirtuación instrumental de componentes centrales del Estado Social y Democrático de Derecho. El correlato subconstitucional es la subsiguiente Reforma Laboral que especifica ya las distintas vías por las que el Trabajo se somete al Capital con lo que se consolida la destrucción de la —relativa—
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igualdad de las partes en ese “pacto” Capital-Trabajo en el que se basaba el Estado Social. II. Es también la situación a la que se ha llegado con otra de esas categorías básicas como es la de Democracia. La “apropiación” es tal que ha pasado a ser el “emblema”(Ranciere), el elemento “intocable” del sistema simbólico vigente: la etiqueta democrática es el requisito para estar “dentro”. Aunque, naturalmente, sin más precisiones, si bien partiendo como elemento referencial, supuesto, tácito, pero indudable, de lo que genéricamente se conoce como Democracia Representativa. De esta forma esta Democracia es la que se presenta como indiscutible y “natural”, a la vez que se vincula a esa otra forma “natural” de las sociedades que es la economía de libre de mercado, eufemismo con el que se designa al capitalismo. Democracia (representativa) y libre mercado se corresponden, como se corresponden competencia económica y competencia política, homo economicus y homo politicus, con todas las consecuencias que se deducen y que han dado lugar nada menos que al desarrollo de una importante rama de la Ciencia Política. Esa vinculación no solo es “de presente” sino “de futuro” (el fin de la Historia) y sobre todo es el “proyecto” que occidente reserva a las sociedades o países que no lo han alcanzado. El caso cubano es un buen ejemplo: no se duda de que su “transición” a la Democracia lo es a la “Democracia de libre Mercado”. Lo significativo (y ahí aparece la ideología) es que esta vinculación es realmente, en la realidad, imposible, diríase antinatural en cuanto contradictoria: un capitalismo basado en la desigualdad y con una dinámica de progresiva concentración del poder en una minoría y un sistema de gobierno y funcionamiento democrático basado en la igualdad y en la regla de la mayoría. Obviamente la ideología que está tras esa vinculación natural es de ocultamiento y legitimación de la realidad, de forma que —en palabras de Bensaid— la propuesta liberal “ve en la Democracia Representativa la máscara del despotismo mercantil”. Y sin embargo y pese a la indudable eficacia legitimadora de esa ideología —sobre la que se volverá después— también es cierto
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que la realidad de esa contradicción ha estado operando constantemente en la Historia, hasta el punto de que la relación capitalismo-democracia ha sido una relación con frecuencia de lucha, de oposición y de permanente desconfianza del capitalismo sobre las potencialidades de una Democracia que puede ser menos sumisa e “ingobernable”. De ahí que se haya podido afirmar la incompatibilidad entre Democracia y capitalismo —salvo algunos paréntesis de crecimiento económico— pues la dominación de clase es tendencialmente autoritaria sobre todo cuando la Democracia trata de alcanzar el ámbito económico y se alía con otro factor que el libre mercado también utiliza instrumentalmente y como elemento legitimador, como es el Estado de Derecho. Cuando se combinan en proporciones inapropiadas democracia y derechos, el resultado —se acusa desde el sistema— es “un ciudadano insaciable” y una sociedad marcada por el egoísmo individual (homo politicushomo economicus). La argumentación es notablemente cínica ya que es el resultado esperable de la lógica (capitalista) en la que la situación se encuadra. Pero, sobre todo, la tensión Democracia-Capitalismo tiene su expresión más relevante en los mecanismos que históricamente ha utilizado el capitalismo para evitar o contrarrestar los “riesgos” de la Democracia. Aunque son múltiples, ejemplificativamente cabe señalar los siguientes: 1. En primer término, configurarse efectiva y realmente la Democracia como un gobierno de minoría, lo que se ha llamado “Democracia de grupo dominante”. Antes se veía —cuando se hablaba de la contradicción— que era una necesidad de un sistema socioeconómico dominado por una minoría, pero a partir de ese ámbito se ha extendido a otros. El hecho está bien presente desde los “Padres Fundadores de América del Norte” hasta sus homólogos franceses. Y así ha seguido desde entonces, sumándose a la dominación de clase, la de raza, sexo, Occidente o Norte frente a Sur, o, en las distintas formas de colonización, imperialismo o globalización. Siempre, por tanto, dejando aparte Dictaduras o Totalitarismos, el dominio “democrático” de un grupo o minoría. Por consiguiente, la tensión, la contradicción, ha tenido lugar en el interior, en el marco de la Democracia representativa, en el que
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los dominados han intentado impedir o desviar los objetivos de este tipo de Democracia que también ha tenido como característica el que a través de la afirmación y lucha de ese grupo dominante frente a su “enemigo” se ha fortalecido la situación relativa de los distintos miembros del mismo, es decir, ha aumentado la “democracia” en el interior de ese grupo (lo ocurrido en EEUU con la problemática blancos-negros es el supuesto más visible). (Aunque están fuera del análisis que aquí se sigue, no pueden obviarse los medios técnicos más o menos toscos o sofisticados de ingeniería política, electoral o constitucional, utilizados al respecto, así como la interferencia añadida que han posibilitado los Partidos Políticos, su legislación y financiación. Aunque también hay que añadir que todo ello ha perdido actualidad porque la situación y tendencia actual es más directa y despótica sin ni siquiera valerse de estos instrumentos y mediaciones). Por eso, en cuanto esta Democracia Representativa consiste en determinar, limitar, quien tiene la competencia, quien y como adquiere “el título” para gobernar, se ha podido entender que es justamente lo contrario de la Democracia: el gobierno de los que no tienen ningún título específico para ello y no tienen más competencia para gobernar que la que tienen para ser gobernados. 2. El segundo mecanismo de expresión y respuesta a la contradicción Capitalismo-Democracia son las crisis capitalistas. Se parte de que las causas de las crisis económicas capitalistas son causas políticas o, lo que es lo mismo, que la lucha de clases está tanto en el origen como en el tipo de respuestas de las crisis económicas. En lo que se refiere a la crisis actual y preferentemente a Europa, se argumenta así: Tras la segunda guerra mundial, el Estado Social fue el medio para hacer —relativamente— compatible Capitalismo y Democracia. Como es bien conocido, una circunstancia básica que posibilitó el pacto Capital-Trabajo en el que se fundamentó, fue la fase de crecimiento económico (al que, después, el Estado Social contribuyó) por la que se pasó. Hasta tal punto es importante esa situación de crecimiento que cuando termina y surge la crisis económica de los años 70 del siglo pasado, la repuesta del capitalismo es la crisis del Estado Social que conlleva también el fin de los niveles a los que se había llegado de aquella
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compatibilidad, con un fuerte desequilibrio en favor del Capital y una drástica reducción democrática y de derechos. Las tensiones de clase que se desencadenan se tratan de resolver apelando a la inflación y a políticas monetarias; es el auge del monetarismo. Pero, como, de todas formas, la espiral precios-salarios se hizo insostenible y, sobre todo, desvalorizadora del capital, se recurre a fuertes políticas deflacionistas que ejemplifican las administraciones americana (Reagan) e inglesa (Thatcher) con las secuelas directas e inmediatas del aumento del desempleo y debilitamiento de las organizaciones sindicales. El estancamiento subsiguiente y la baja en las recaudaciones de impuestos, obligarán al Estado, para controlar y sostener el conflicto social, a la financiación con déficit y deuda pública, hasta que los intereses se hicieron insoportables. Finalmente, ante esa imposibilidad se acude a otra fórmula: “privatizar el conflicto” mediante la deuda privada, es decir, que cada ciudadano tenga la posibilidad de un crédito para afrontar sus problemas. Los préstamos subprime son el símbolo. Y cuando el sistema financiero implosiona, vuelve el Estado a socializar (el conflicto) y hacerse cargo de los préstamos tóxicos y a recurrir al déficit y a la deuda, vía por la que los mercados adquieren la iniciativa y presionan a los Estados imponiendo sus decisiones al margen de los cauces democráticos. Es el momento presente en el que los Estados prescinden de la (política) Democracia, mostrando, de nuevo, su incompatibilidad con el capitalismo. La coartada (ó el instrumento) para el ámbito europeo es la UE. Sus manifestaciones son tan visibles que apenas es necesario mencionarlas: la imposición de las decisiones económicas desde mayo de 2010 y la citada Reforma Constitucional en España, la designación del Gobierno en Italia, el trato a Grecia y Portugal bajo la despótica dirección alemana ante la que desaparece, incluso, la institucionalización europea, son solo ejemplos de lo que es una realidad generalizada. 3. Un tercer mecanismo defensivo frente a los “excesos” de Democracia es el que se ha dirigido a conseguir lo que se ha llamado una “Democracia de manipulación” y que, aunque remite a diversos contenidos, aquí se refiere a lo que, en el orden teórico, puede plantearse como la relación entre conocimiento y Poder.
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Aunque formulada en su generalidad es una cuestión muy compleja, en este ámbito concreto interesan estos dos aspectos: 1) El desarrollo, muy rápidamente progresivo, de la intensidad de esa relación y que ha pasado de la constatación de que el conocimiento se ha configurado en las sociedades actuales como un elemento necesario del Poder (es la posición más próxima a Foucault) a la de que se ha producido una alteración de la importancia proporcional de cada uno de sus dos términos en favor del conocimiento, al que, por si mismo, se le hace cada vez mas “responsable”, se le atribuye una “cuota” de participación tal que termina con la relación y se aproxima a la “identidad” (Lacan estaría más cerca). 2) El complemento de lo anterior está en la acentuación de una de las características que desde sus comienzos ha tenido el capitalismo: su opacidad, lo que conduce a que el ciudadano desconozca cada vez mas (ó eso se le hace creer) tanto sobre lo que decide como sobre lo que puede ó no decidir, lo que debilita progresivamente su conocimiento y por tanto su poder, empobreciéndose aquella relación conocimiento-poder, esta vez desde la perspectiva ciudadana. El itinerario que ha seguido tanto la UE como sus Estados miembros en la toma de decisiones y gestión de la crisis, contiene de manera bien visible ambos aspectos: la revalorización progresiva del saber “técnico” y el protagonismo absoluto de los tecnócratas respecto del primero y la significativa y hasta el momento parece que mayoritaria aceptación e indiscutibilidad de sus planteamientos por parte de la ciudadanía en el segundo, manifiestan de manera bien visible lo que es una “Democracia de la manipulación” y su eficacia. III. De todo lo anterior se deduce lo siguiente: 1. En primer término el carácter definitorio de la Democracia representativa que, aún en las sucesivas adaptaciones históricas, sigue desempeñando la función con la que se inició en las revoluciones burguesas de asegurar el dominio de la minoría, actuando como “filtro” y defensa frente a la mayoría y, todo ello, con la aceptación de esa mayoría.
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De ahí que pueda afirmarse que la única “representación” que tiene lugar es la del sistema en su conjunto: la Democracia representativa se resuelve finalmente en la representación abstracta y consensuada del Capitalismo. 2. En segundo término la Democracia representativa configura un determinado tipo de Poder (de Estado) “ajeno” y “externo” socialmente, con capacidad de control, de fijar los criterios de lo público y lo privado y de responder a las exigencias sistémicas. 3. En tercer término, el ámbito de la Democracia (Representativa) es el Estatal, junto al que aparece el Globalizado no solo como ámbito extraestatal ademocrático sino con gran fuerza “desdemocratizadora” en el interior de los Estados. A partir de aquí se advierte en la actualidad y de manera acentuada desde la crisis económica y los procesos de globalización, unas tendencias y movimientos sociales como respuesta (una crítica práctica) a partir de los cuales y de su análisis surge una crítica teórica que constata e incide —con indudable vocación de compromiso— en los supuestos siguientes: 1. En primer lugar en una profunda reformulación del pensamiento y método dialécticos. Esta reformulación tiene dos momentos: en el primero se rechaza lo que se entiende que fue el paradigma dominante en las distintas corrientes del marxismo clásico como era la concepción de la dialéctica como interpretación “integradora” del “movimiento de lo real”, en el sentido de que sin desprenderse todavía de la influencia hegeliana, ese “movimiento” de generación de totalidades simétricamente contrarias, se resolvía finalmente en una nueva realidad integradora de esa contradicción; frente a ello se sostiene que los conflictos no necesariamente tienen que “resolverse” e “integrarse” sino que pueden y de hecho así ocurre en ese movimiento de la realidad, dar lugar a elementos no solo no integrables sino desestructurantes de esa realidad. En el segundo momento, que es el actual, desarrollando pero también revisando el anterior, se considera que ese movimiento de lo real aunque no ha dejado de ser estructuralmente conflictivo y captable a través del método de referencia, si ha dejado de ser “dialéctico” en el sentido literal de binario, es decir, compuesto, como antes se indicaba, a partir de dos simetrías contrarias, de
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dos identidades lógicas unitarias; por el contrario se observa que, sobre todo en uno de los elementos básicos del conflicto en las sociedades capitalistas, no es un bloque simétrico unitario, una sola identidad lógica una totalidad homogénea contrapuesta, sino una multiplicidad, una realidad fragmentada, una diversidad social y espacial (probablemente el otro elemento—el capital— también ha perdido en virtud de la financiación su anterior configuración compacta y unitaria como sujeto político). 2. En segundo lugar, una distinta consideración del Trabajo. Se trata de una cuestión fundamental, hasta el punto de que si bien se le sitúa en este segundo lugar, se debe exclusivamente a efectos de lógica expositiva pero en realidad es a partir de él como se configura la crítica teórica a que antes se aludía. Sobre los datos de la realidad actual, hay, en lo que puede llamarse la teoría crítica, dos tipos de interpretaciones o análisis que, aunque no radicalmente distintas, ponen el énfasis en cuestiones diferentes. 2.1. Una de ellas pone el acento en la profunda transformación que ha experimentado el Trabajo desde lo que se conoce como “producción fordista” que se caracterizaba por el desempeño de una sola tarea (se simbolizaba en el “trabajo en cadena”) un solo empleo a lo largo de la vida y una situación estable, frente a la actualidad en la que el Trabajo ha pasado a ser flexible (con diferentes tareas) móvil (distintos empleos) y precario (inestable), a lo que se añade la transformación de su “naturaleza” en cuanto que al trabajo “material” (industrial, que dio lugar a la clase obrera tradicional) ha sucedido el trabajo inmaterial, diferenciado, además, por el producto. Esta transformación es decisiva porque afecta a aspectos que cambian la relación Capital-Trabajo, en cuanto, de un lado, la obtención de la plusvalía ya no es solo individual sino “social”, resultado de la actuación de un “trabajo inmaterial colectivo” en la que cada vez participa un mayor numero, configurándose un intelectual colectivo (general intelect) cada vez más potente; de otro, ese trabajador es, cada vez más, “dueño” de una parte importante de su capacidad como trabajador (de su “conocimiento”) lo que abre nuevas posibilidades. Pero, sobre todo, el nuevo tipo de trabajo exige y permite más posibilidades de cooperación e intercomunica-
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ción que configura un espacio nuevo, distinto de lo que hasta ahora se conoce como privado o público y que es “lo común”, soportado, además, por toda una múltiple configuración de situaciones, de sujetos y singularidades sociales que conforman lo que se puede llamar “multitud”, como realidad y como concepto, que, aunque bien distinto del de clase que se aplicaba a “la clase obrera” (a la que, cronológicamente, sucede) se entiende que es también un concepto de clase integrable por tanto en la dinámica y concepción de la “lucha de clases”, en cuanto comprende todas aquellas subjetividades que, cualquiera que sea su carácter o actividad, viven y trabajan, en una u otra forma, bajo la dictadura del Capital. Se trata, por tanto, de algo bien distinto de esas entidades o conceptos “unitarios” de Pueblo o Nación y en consecuencia —respecto del tema que aquí se trata— tiene la importante característica de que, en cuanto no es una “unidad”, no es representable, es decir se entiende que es “ajena” al ámbito de la Democracia representativa. Tiene lugar así —aunque todavía como “condición de posibilidad”, como tendencia alternativa— una nueva producción de las relaciones sociales que es ya una producción completa en cuanto es económica y política a la vez, integradora de las condiciones básicas de la vida (por eso se la denomina biopolítica) y que implica, en sí misma, la nueva forma de Democracia. De ahí que se termine reclamando la necesidad de profundizar en ese análisis para formular la teoría, la “Ciencia de la Democracia” como Democracia de la Multitud (Negri). 2.2. La otra interpretación o análisis a que se aludía, parte también del Trabajo, si bien desde una perspectiva diferente. Se basa inicialmente en la distinción entre Trabajo abstracto (el que, como mercancía, se vende, produce plusvalía y se convierte en capital, se cosifica, se configura como “valor abstracto”, en realidad mera función sin contenido humano y se corresponde con el valor de cambio; es el trabajo alienante por naturaleza en cuanto se convierte no solo en “ajeno” al trabajador sino en su propio enemigo al transformarse en capital) y el Trabajo concreto (por el que se entiende no tanto el trabajo en el sentido anterior, es decir, no es el mismo objeto considerado desde otra perspectiva, sino la actividad, el “hacer” del hombre —no del “trabajador” también
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en el sentido anterior— destinado a la satisfacción de necesidades de distinto tipo, sin estar determinado ni dirigido por el Mercado, sin convertirse en mercancía y, por ello, se relaciona con “el valor de uso”). Planteado así, se entiende que, en cuanto las sociedades capitalistas están necesaria y estructuralmente vertebradas en base al trabajo abstracto, la verdadera lucha anticapitalista hoy, la verdadera lucha de clases, es contra ese trabajo (otra cosa es la necesidad inmediata), o, lo que es lo mismo, la lucha del Trabajo concreto contra el Trabajo abstracto. Por eso —se afirma— los intentos de defensa frente a la crisis económica actual y a las respuestas a la misma del capital y clase dominante, por parte de quienes se postulan como representantes de los dominados, consistentes en reivindicar la “creación de empleo”, es decir, de mas “ trabajo abstracto”, prácticamente sin condiciones, anula ó va en contra de la real lucha anticapitalista que es, como se decía, contra ese Trabajo. Se entiende que esta no es una teorización idealista, sino obtenida de la práctica, de la dinámica real, de los movimientos sociales que hoy se desarrollan (así, en uno de los comunicados emitidos por los llamados “grupos de lucha” en Grecia se puede leer “lo único que puede convertir la desregulación sistemática en una revolución social es el total rechazo al Trabajo”). En definitiva, la lucha real —en la terminología clásica, la dialéctica, ó la contradicción principal— es la lucha de la subjetividad frente a la objetividad, la recuperación del sujeto (y de la categoría del sujeto en lo que al principio se consideraba función del constitucionalismo crítico) a través de un “hacer” autodeterminado frente a la cosificación que experimenta en la relación Trabajo (abstracto)-Mercancía-Capital, lo que conlleva, entre otros, la lucha por elementos humanos tan vitales, como el espacio (recuperando la privacidad expropiada) y el tiempo en cuanto “abstracto”, impuesto, continuo y uniforme frente a un tiempo concreto, disponible, discontinuo y variable, rompiendo la tendencia actual de subsunción real de toda la sociedad en el capital, de avance permanente hacia la indiferenciación del tiempo de trabajo y de no trabajo (Holloway). Y esto que ocurre en el ámbito del trabajo, es extensible al resto de las “identidades”. Se quiere decir que si el trabajo “identifica” a
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un sector social y en este sentido es una “identidad” y lucha por el reconocimiento de su especificidad (si bien con la problemática que se apuntaba) existen también otros sectores sociales que se “identifican” en base a otro carácter o naturaleza (genero, raza, orientación sexual, etc.); son también una identidad, a la que reivindican y tratan de hacer visible para ser reconocidos; seguramente es un paso necesario y que debe registrarse en el orden jurídico como garantía, pero, como ocurría con el Trabajo, el paso siguiente debe ser el de la lucha de las identidades contra ellas mismas, ó, lo que es lo mismo, por una sociedad en la que no sea necesaria su existencia como tales identidades (que no exista “la mujer”, “el negro” o “el homosexual” como existencias sociales, culturales y jurídicas como exigencias específicas). En este sentido se entiende que la Democracia real consiste en recuperar la subjetividad para eludir lo que de otra manera no será sino el implacable destino que pesa sobre cada uno de, a través del Trabajo abstracto, “hacer Capitalismo”. Ahora bien, como el Trabajo abstracto es el que se ha vinculado al concepto de clase, es decir a procesos y conceptos unitarios, quiere decirse que el Trabajo concreto, que es el que sirve de base a esta forma de ejercer y entender la Democracia, se vincula mas a parcialidades, sectores, fragmentos de sociedades incluso reunión y conjuntos de individualidades en los que, además, entran aquellos que hasta ahora (desde la consideración del “lumpen”) se consideraban —y realmente estaban— excluidos (en esta perspectiva se ha definido al “chavismo” como el sistema que no es que incluya a excluidos como generalmente se afirma, sino que se basa en los excluidos y se pone como ejemplo práctico de ese nuevo papel que aquí se teoriza). Como se aprecia, aunque por una vía distinta, esta interpretación llega a percibir la configuración de un nuevo sujeto histórico, descentrado, múltiple y diverso, próximo al anterior de multitud (lo que obliga a revisar también la designación de sujeto en cuanto remite a un concepto unitario inaplicable a esta nueva realidad). Es significativo, y hasta cierto punto muestra la plausibilidad de la aproximación a lo real de estas dos corrientes, que, en otras que tienen distintos planteamientos (es el caso de B. de Sousa, de indudable relevancia) se ponga también el acento, de una parte,
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en el Trabajo como vehículo de articulación social, si bien se hace vinculándolo a la ciudadanía en una propuesta de singular interés y, de otra, en lo que se denomina el tercer sector (el conjunto variado y múltiple de organizaciones sociales del mas distinto tipo sin ánimo de lucro) así como en las posibilidades de la democracia participativa tanto en ámbitos materiales como espaciales (locales) concretos, lo que le acerca a esa concepción y análisis que se basa —en relación con la problemática del sujeto histórico— en lo fragmentario más que en lo unitario. 3. El tercero de los supuestos en los que se indicaba antes que se basaba la teoría crítica de la Democracia es el que —con alguna insatisfacción— puede llamarse” Éxodo”, porque es el término que, a partir de su literalidad latina, reúne el triple significado que conviene al contenido que se quiere designar: el de voluntaria salida de un determinado entorno o sistema, el de fenómeno colectivo y finalmente el de itinerante pero —en el sentido machadiano— de actividad continuada de irse construyendo y por tanto sin dirección ni meta predeterminados. Porque —desde la comprobación del significado real de la Democracia representativa y a partir de las supuestas anteriores— se aprecia en los movimientos sociales actuales y se deduce teóricamente de una práctica, que su sentido no es plantear una confrontación, una lucha de “contrarios”, es decir, abierta y directa “contra el sistema”, sino abandonarlo, salirse del sistema a través de la configuración de espacios extrasistema. No se trata, pues, como en la perspectiva y dinámica histórica anterior de lucha por el poder. El movimiento Zapatista fue probablemente el que inició este cambio de “transformar la sociedad” en lugar de tener como principal objetivo “conquistar el poder”. Porque, como se vio antes, esa es la vía —intrasistema— de la Democracia representativa y aquí se está fuera de ella. Se entiende, además, que el Estado así construido, a través de la Democracia representativa (incluso aunque lo sea a través de una fuerza dominante contraria a la actual que imponga “lo público”) deja intactas la configuración de las relaciones sociales, y seguirá apareciendo, aunque sea desde” lo público”, como “otra” totalidad, otro control, “externos” socialmente (tomando de nuevo como —relativo— contraste la posición de B. de Sousa,