Política binaria y SPAM electoral Elecciones Generales 2008: nuevas herramientas, viejas actitudes
GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA (ED.)
Valencia, 2011
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Directores de la Colección: ISMAEL CRESPO MARTÍNEZ Profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Murcia PABLO OÑATE RUBALCABA Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Valencia
© GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA
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ÍNDICE
Introducción: lo que dieron de sí las elecciones de 2008 .......... GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA Capítulo 1 2004-2008: cuatro años de convulsión democrática ........ ENRIQUE BORDERIA ORTIZ Capítulo 2 Las elecciones de 2008 y la necesidad de una reforma de la Ley Electoral....................................................................... ANDRÉS BOIX PALOP
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Capítulo 3 El sistema mediático-político en España .......................... PILAR PÉREZ HERRERO
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Capítulo 4 Los medios españoles en la campaña de 2008.................. GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA Y JOSÉ VICENTE GÁMIR RÍOS
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Capítulo 5 Generales 2008: el papel de las encuestas......................... JORDI PÉREZ LLAVADOR Y JOSEP SOLVES ALMELA
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Capítulo 6 Los debates electorales en televisión. Un estudio del caso español en las elecciones de 2008 ....................................... SALOMÉ BERROCAL GONZALO
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ÍNDICE
Capítulo 7 Los políticos en campaña. Uso instrumental de las NTIC y control de la información ................................................. JUAN VARELA
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Capítulo 8 Videopolítica e Internet ........................................................ GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA
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Capítulo 9 La nueva acción política ....................................................... FRANCESC ROMEU MARTÍ
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Epílogo: crispación y bipartidismo en España ................ GUILLERMO LÓPEZ GARCÍA
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Referencias ..............................................................................
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Los autores ...............................................................................
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INTRODUCCIÓN: LO QUE DIERON DE SÍ LAS ELECCIONES DE 2008 GUILLERMO LŁPEZ GARC¸A Universidad de Valencia
Desde la aplastante victoria socialista de 1982, con el 48% de los votos y la mayor tasa de participación de toda la historia (80%), las estrategias de campaña de los dos partidos mayoritarios, en los comicios de ámbito nacional, giran en torno a un precepto básico: la movilización (o desmovilización) del electorado. Esto es así porque, elección tras elección, los datos muestran claramente que un porcentaje importante de los votantes del PSOE tienden a abstenerse, y sólo van a votar si perciben que en las elecciones se están dilucidando cuestiones que ellos consideran importantes. Por el contrario, el PP cuenta con un “núcleo duro” de votantes mucho más activo y dispuesto a ejercer su derecho al voto, con independencia de las circunstancias específicas que rodeen a los comicios. Junto a este primer principio, las Elecciones Generales de 2008 estuvieron íntimamente relacionadas con lo sucedido en las de 2004, fuertemente condicionadas, a los ojos de muchos, por los atentados terroristas del 11M. La profundidad del vuelco electoral (el PP pasó del 44% al 37% de los votos, y de la mayoría absoluta a la oposición) generó en el Partido Popular, y en buena parte de su electorado, la sensación de que la derrota estaba motivada por factores irracionales, ajenos a su gestión; de que una parte del público les castigó con su voto de manera, a su juicio, inmerecida; y de que, incluso, desde el PSOE y sus medios de comunicación afines se habría urdido una especie de conspiración para, aprovechando la coyuntura de los atentados, arrebatarles el poder (teoría de la conspiración que iba engordándose y complicándose cada vez más
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conforme los medios hacían nuevas “revelaciones”, cada vez más inverosímiles). Por su parte, el PSOE llegó al poder de manera sorprendente, totalmente inesperada a los ojos de todo el mundo, y con cierta sensación de haberse anticipado a la marcha lógica de las cosas (que algunos cifraban en arrebatarle la mayoría absoluta al PP en 2004, y el poder en 2008). La reivindicación de la legitimidad de su victoria, indiscutible en términos democráticos, les era escamoteada, sobre todo en los primeros años de la legislatura, por parte de algunos dirigentes políticos del PP y de lo que podríamos llamar “la derecha mediática”, o al menos su parte más beligerante. En consecuencia, ambos partidos se tomaron las elecciones de 2008 como si fueran una especie de reválida: el PSOE, dispuesto a eliminar cualquier sombra de duda respecto de su triunfo en 2004 y a asentar su gobierno con una nueva victoria; el PP, con el objetivo de recuperar el poder, en el mejor de los casos, y de no perder posiciones, en el peor. Para ello, el PSOE se afanó en llamar a la participación y en agitar el “miedo a la derecha” (“Si tú no vas, ellos vuelven”, rezaba el slogan de campaña del PSC en Cataluña), centrándose a veces más en los supuestos defectos del PP que en las teóricas virtudes del PSOE para los votantes afines, con lemas tan ilustrativos como “No es lo mismo” (quizás porque parte del electorado no lo tuviese claro); mientras que el PP diseñaba una campaña de —relativamente— baja intensidad (en comparación con lo vivido durante la legislatura), precisamente para no agitar ese miedo a la derecha, y se centraba en fortalecer su base electoral (con menciones a la inmigración y al sempiterno discurso de la Unidad de España). Los datos de participación vendrían a certificar un empate entre las pretensiones de ambos partidos. Con un 73,8%, dos puntos menos que en 2004 (pero cuatro más que en 2000, con victoria y mayoría absoluta del PP), la participación se quedó en un término medio, y los resultados, obviamente favorables para el PSOE (que volvía a ganar las elecciones y subía ligeramente respecto de 2004), permitieron al menos lavar la cara
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INTRODUCCIÓN
del PP, que también subía y recortaba un punto la diferencia en votos: Tabla 1: Resultados Elecciones 2008 Partido
Votos
% de votos
Escaños
PSOE
11.289.335
43,9
169
PP
10.278.010
39,9
154
CiU
779.425
3
10
PNV
306.128
1,2
6
ERC
298.139
1,2
3
IU
969.946
3,8
2
BNG
212.543
0,8
2
CC
174.629
0,7
2
UPyD
306.079
1,2
1
Na-Bai
62.398
0,2
1
EA
50.371
0,2
0
Cha
38.202
0,1
0
Otros
683.479
2,7
0
Fuente: Electionresources.orgg
A primera vista, todo seguía prácticamente igual que en 2004. El PSOE mantenía el gobierno, sin mayoría absoluta, y el PP se situaba a una distancia corta (15 escaños, 16 en 2004), pero insuficiente para constituirse en alternativa viable de gobierno. Sin embargo, una observación más atenta de los resultados permite mostrarnos con claridad que estas elecciones consagran la imparable tendencia al bipartidismo de la democracia española. Este bipartidismo, fomentado por el propio sistema electoral, pero sobre todo por la dinámica mediática y política, controlada por los dos grandes partidos (a los que, obviamente, tal dinámica beneficia), que llama al “voto útil” y tiende a orillar las candidaturas alternativas, no
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ha dejado de crecer en los últimos veinte años, como puede observarse en el siguiente gráfico, que representa el porcentaje de voto obtenido por las dos principales candidaturas desde 1977 hasta ahora: Gráfico 1: Porcentaje de voto de las dos primeras candidaturas, 1977-2008
Fuente: elaboración propia
INTRODUCCIÓN
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La primera década de la democracia, caracterizada inicialmente por una relativa dispersión del voto en los comicios (donde la UCD y el PSOE no alcanzaban los dos tercios del electorado), sólo tuvo un momento de concentración en 1982, con la arrolladora victoria del PSOE. Sin embargo, en 1982 lo que ocurrió, más que una tendencia al bipartidismo, fue el diseño de un sistema de partido homogéneo, que casi alcanzó el 50% de los sufragios y que gobernaría el país a lo largo de cuatro legislaturas. Lo novedoso aquí es que, si bien en los años ochenta el desgaste del PSOE beneficiaría a los partidos minoritarios (IU, CDS, partidos nacionalistas), a partir de 1993, cuando el PP pasa de 107 a 141 escaños (superando así el mítico “techo de Fraga” de la década anterior), el desgaste de uno de los dos grandes partidos se verá siempre compensado por un crecimiento de mayor entidad en el otro, de manera que el espacio del resto de partidos siempre decrece. Y así llegamos a la situación actual, donde PSOE y PP concentran nada menos que un 83,8% del electorado (323 de 350 escaños), es decir, diez puntos más que en 1993, cuando se inicia esta tendencia (y veinte más que en 1977). Pese a lo cual aún claman diversas voces desde ambos partidos exigiendo una reforma del sistema electoral, porque, según dicen, éste “beneficia a los nacionalistas”. Estos resultados, que el PSOE consiguió a costa de pescar en los caladeros de los pequeños partidos a su izquierda, especialmente IU, y el PP merced a su absoluta hegemonía en la derecha, sólo contestada por algunos partidos nacionalistas (y, en estas elecciones, también por UPyD), configuran un escenario de bipolarización casi absoluta, en el debate político, en el reparto del poder y en los posicionamientos mediáticos. Es un proceso que no tiene una sola explicación, sino que deriva de un cúmulo de factores que acaban condicionando al votante para optar por PP o PSOE incluso aunque ninguna de estas opciones les seduzca demasiado. Sirva este breve repaso a los resultados electorales para encuadrar la temática del libro que el lector tiene en sus ma-
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nos (o en su pantalla). Un trabajo colectivo, de vocación coral (no sólo porque seamos varios sus autores, sino porque provenimos de ámbitos distintos: el académico, el periodístico y el político), que analiza lo que pasó en la campaña, por qué pasó, y lo que da de sí el sistema político y mediático español, con especial atención a los nuevos medios digitales y las promesas de pluralismo y revivificación del debate público que aportan. El libro se estructura en tres grandes bloques. Los primeros capítulos nos permitirán ubicar las Elecciones Generales de 2008 en su contexto. En el capítulo 1, Enrique Borderia realiza un análisis de la historia más inmediata, la legislatura 2004-2008, que tanta influencia tuvo para entender cómo llegaron los partidos (y también los medios y el público) a esta cita electoral. Una legislatura caracterizada por la crispación y por las inacabables discusiones sobre los atentados del 11M y la legitimidad, puesta en duda, del gobierno socialista. El capítulo 2, a cargo de Andrés Boix, muestra las características del sistema electoral, así como sus principales deficiencias, que fomentan también la mencionada tendencia al bipartidismo. El capítulo no sólo sirve como diagnóstico de una situación, sino que también se atreve a proponer soluciones para enmendar las principales carencias provocadas por el actual sistema de distribución de votos y escaños. En el capítulo 3, que cierra este primer bloque, Pilar Pérez Herrero describe las características del sistema mediático español, sus peculiaridades (que a veces hunden las raíces en la transición a la democracia, e incluso antes) y la tendencia hacia lo que Hallin y Mancini (2004) denominan los “sistemas de pluralismo polarizado”, donde coexisten varias opciones mediáticas, pero éstas están ligadas con alguna facción del poder político (es decir, existe el pluralismo, pero más por la suma de medios partidistas que porque surjan medios independientes del poder político). El segundo bloque (capítulos 4, 5 y 6) analiza los centros neurálgicos de la campaña electoral. En primer lugar, en el capítulo 4 (Guillermo López García y José Vicente Gámir), explicamos la campaña en los medios de comunicación: es decir,
INTRODUCCIÓN
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los principales temas de debate en la campaña, el comportamiento de los grupos mediáticos españoles (caracterizado por su complacencia y adhesión para con el partido político afín) y las peculiaridades del debate político —o agitación propagandística, según se mire— en la blogosfera. El capítulo 5 (Jordi Pérez Llavador y Josep Solves) explica el papel de los sondeos de opinión, publicados por medios de comunicación e instituciones (en concreto, el Centro de Investigaciones Sociológicas). Como es habitual en las últimas campañas electorales, los sondeos sirvieron para prefigurar las expectativas electorales de los ciudadanos, condensando las posibilidades de victoria de los dos grandes partidos, y constituyéndose en una nueva llamada, otra más, al “voto útil”. El capítulo 6, obra de Salomé Berrocal, explica lo que dio de sí la que fue principal novedad y centro de atención de la campaña de 2008: la celebración de dos debates electorales (dos “cara a cara” Zapatero - Rajoy), por segunda vez en la historia de la democracia española (con el antecedente de 1993). La convergencia entre sondeos y debates (e incluso la publicación de “sondeos sobre los debates”, y viceversa) centrarían la atención de los medios y del público a lo largo de casi toda la campaña. El último bloque retoma el interés por el papel de las nuevas tecnologías en la campaña y muestra cómo éstas fueron, principalmente, un instrumento de los partidos (al igual que ocurriría con los medios convencionales), que se afanaron en hacer un uso instrumental, con objetivos muy concretos, más cercanos a una política de la imagen que a una auténtica vocación por establecer nuevos cauces de debate con el público (o, mejor dicho, “algunos” cauces de debate con el público). El capítulo 7 (Juan Varela) describe la fortaleza de esta partitocracia. El 8 (Guillermo López) explica la relevancia en la campaña de los vídeos de publicidad electoral de los partidos, muy superior a la de los comicios precedentes. Y el capítulo 9, a cargo de Francesc Romeu, permite aportar la perspectiva de un dirigente político en activo sobre lo que pueden ofrecer una serie de nuevos usos de hacer política, insuficientemente presentes en la campaña de 2008.
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Finalmente, las conclusiones nos permitirán hacer un análisis transversal de lo explicado a lo largo de este libro: una descripción, esperamos que fructífera, de lo que dan de sí las campañas electorales en España; una crítica de las deficiencias del sistema (político, mediático, electoral) a la luz de la experiencia de 2008; y un análisis de las posibilidades de mejora en el futuro inmediato.
Capítulo 1
2004-2008: CUATRO AÑOS DE CONVULSIÓN DEMOCRÁTICA ENRIC BORDER¸A ORTIZ Universidad de Valencia
1. INTRODUCCIÓN Los cuatro años de la VIII legislatura de la historia de la democracia española podrían pasar a los anales de la historia reciente como uno de los momentos más excepcionales y atípicos de la política constitucional. El periodo que desbrozaron las elecciones de marzo de 2004 fue más allá del relevo gubernamental, impulsado por las urnas, de una nueva etapa marcada por el imprevisto cambio político de José Luis Rodríguez Zapatero. Resultó ser una de las legislaturas más complejas de toda la democracia, por más que la realidad hiciera inexplicable buena parte de la agitación política que se vivió. Tanto es así que podemos observar cómo en esos cuatro años el país vivió una tensión política, social, ideológica o periodística, más propia de los turbulentos años de la transición que de los de una democracia plenamente consolidada e incontestable. La España de 2004 abrió un tiempo de excepcionalidad, crisis institucionalidad y cuestionamiento de la legitimidad política como no se había conocido en las últimas dos décadas, hasta el punto de que se llegó a objetar desde ciertos sectores el modelo político del país. Podríamos hablar incluso de un tiempo de regresión e involución en las grandes cuestiones, acuerdos y consensos que el régimen constitucional de 1978 había expresado y que desde 1981 se habían consolidado plenamente. Un tiempo que acabó
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por bautizarse con el recurrente término de Legislatura de la crispación (Papell, 2008). Fue el inesperado triunfo electoral del PSOE y, frente a ello, la imprevista derrota del partido en el gobierno en las dos anteriores legislaturas, el Partido Popular, y las excepcionales circunstancias en las que se produjo, el punto de partida de una legislatura insólita. Como algunos autores han destacado, la legislatura estuvo afectada de principio a fin por su pecado original: tener a su frente a una mayoría formada en torno al PSOE, a favor del vuelco en la opinión, cuyo origen estuvo en los atentados islamistas del 11-M (Elorza, 2008).
2. DEL 11 AL 14-M Las Elecciones Generales de marzo de 2004 se vieron sacudidas por los terroríficos atentados del 11 de marzo de 2004 en Atocha y otras estaciones de tren de Madrid que acabaron con la vida de 190 personas y además hicieron saltar por los aires la campaña electoral, que desde esos momentos fue suspendida. No es el lugar ni el momento para analizar un fenómeno tan complejo y con tantas ramificaciones como lo ocurrido el 11 de marzo en 2004, sin lugar a dudas el acontecimiento reciente en España que más literatura polemizadora y periodismo de agitación han generado en los últimos tiempos. Podríamos agotar perfectamente la extensión de este trabajo de análisis de la legislatura del 2004-2008 escrutando pormenorizadamente las circunstancias y repercusiones sobre la vida pública e institucional del país de un atentado que acabó por erigirse en el principal caballo de batalla política de los siguientes años. Por ello, es necesaria una extrema capacidad de síntesis para superar los colosales embrollos planteados desde los momentos inmediatos del ataque terrorista hasta los más alejados efectos que se extendieron en el tiempo y siguen provocando espasmos periódicos. El atentado de Atocha, simplificado nominalmente con la acepción del 11-M, se constituyó
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inmediatamente en un terremoto de una formidable intensidad que generó un permanente tsunami político cuyas ondas destructoras barrieron buena parte de la nueva legislatura, hasta el punto de que la mayor parte de la labor de oposición y agitación política del Partido Popular en los siguientes cuatro años iba a verse impulsada por el influjo de los ataques terroristas en Madrid. El efecto más evidente de los atentados, desde un primer momento, al irrumpir en plena campaña electoral, fue su capacidad para impactar sobre la misma y modificar las decisiones de voto e influir en los resultados de las urnas. La responsabilidad del ataque se iba a imbricar inmediatamente en la cuestión que había sido el gran tema de debate en la campaña electoral: el terrorismo de ETA. Y en el giro posterior de los acontecimientos iba a quedar vinculado con la otra polémica que había marcado la última legislatura del gobierno Aznar, la intervención en la guerra de Irak, y la posible colocación de España en el punto de mira del terrorismo internacional. ETA se convirtió en las primeras horas en el evidente responsable del ataque a las estaciones de tren, máxime cuando poco tiempo antes las fuerzas de orden público habían interceptado una furgoneta cargada de explosivos para cometer un atentado, por lo que, en la lógica sangrienta de la organización y tras atentados tan terribles como los de Hipercor en 1994, parecía la evidente y dramática conclusión. Esa responsabilidad reforzaba las posiciones del partido gobernante, que había hecho durante la campaña electoral de la lucha contra el terrorismo etarra y de la crítica a las organizaciones que pretendían dialogar con ella —recordemos el ya extinto affaire Carod y sus conversaciones privadas con la banda terrorista— el tema esencial de su agenda electoral y su discurso político. El giro brusco que a las pocas horas dieron las investigaciones en torno a la autoría de los atentados fueron debilitando la implicación de ETA y apuntando la responsabilidad hacia otro lugar, en concreto hacia el terrorismo islamista radical, que acabó finalmente por convertirse, pasado el tiempo, tras la actuación de la justicia y la conclusión de las investigaciones
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ENRIC BORDERÍA ORTIZ
oficiales, y polémicas conspirativas aparte, en el responsable oficial de los atentados. Este cambio en la atribución de los crímenes se convirtió en el segundo golpe que iba a desequilibrar la campaña. Modificaba sustancialmente la agenda política que había marcado el PP antes de los comicios al transformar la entidad del fenómeno terrorista en España, dejando en esos momentos en un segundo plano la omnipresencia etarra y, desgraciadamente, asistiendo a la apertura de un nuevo frente terrorista de inspiración islámica. Este asunto representaba además un vuelco del debate electoral, porque volvía a colocar en el primer plano de la atención pública el desgastado, y previsiblemente amortizado para el PP, problema de la intervención militar de España en la guerra de Irak. La inmediata conclusión a la que podía llegar la opinión pública, y que instantáneamente formularon políticos de uno u otro signo, es que el atentado era la respuesta a esa implicación de España junto con EE.UU en el derribo de Sadam Hussein, la ocupación militar de Irak y la construcción de un nuevo orden internacional que se había convertido en la piedra angular del programa de la política exterior del gobierno Aznar. La doble amenaza del terrorismo islamista hacia el gobierno, en el plano del orden público y en el nivel político, amenazaba toda la estrategia electoral planteada por el PP. La respuesta del gobierno fue intentar cerrar vías a la identificación islamista del atentado, buscando ganar tiempo en las elecciones y manteniendo vivas las sospechas de participación etarra. Las horas que fueron del jueves 11 de marzo hasta la noche del sábado 13 de marzo, previas a la jornada electoral, fueron sin lugar a dudas las más tensas, polémicas y extraordinarias de la historia reciente de España, porque se escenificó un durísimo enfrentamiento entre el gobierno y la oposición por dilucidar unas responsabilidades del atentado que podían marcar el resultado de los inminentes comicios, al tiempo que se suspendían los actos de campaña en señal de luto por los atentados. Las movilizaciones ante las sedes del PP de grupos de ciudadanos pidiendo la verdad sobre los atentados fueron un
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elemento atípico, que transformó el sentido de una campaña suspendida, y en la que ni tan siquiera hubo tregua el día destinado a la llamada jornada de reflexión, donde las acusaciones se cruzaban entre gobierno y oposición. Indudablemente, las explícitas maniobras de los miembros del gobierno a las pocas horas del atentado para mantener viva la tesis de ETA y disolver el protagonismo islamista, a través de las presiones a los responsables de los medios de comunicación o de las órdenes dadas a la diplomacia española en la misma dirección, se convirtieron en un inesperado e influyente factor de movilización de la opinión pública que exigía claridad, transparencia y legalidad en la investigación de las atribuciones de los atentados. Detrás de todas estas maniobras quedaba la sombra de la política informativa desarrollada por el PP en la última legislatura, especialmente a partir de situaciones como el hundimiento del petrolero Prestige en las costas de Galicia o la propia intervención de España en Irak bajo el supuesto de evitar la fabricación de armas de destrucción masiva por parte del régimen de Sadam Hussein. La oposición había venido denunciado la política de propaganda y falsedades del gobierno, especialmente por la utilización sistemática de los medios de comunicación públicos y sobre todo de Televisión Española. Las últimas victorias del PP en las Elecciones Municipales y Autonómicas del año 2003 parecían haber legitimado en las urnas esas actuaciones y conferían al partido una impronta de invulnerabilidad política. Ahora, y mientras el país permanecía en estado de shock tras los asesinatos, el gobierno podía quedar nuevamente en evidencia respecto a la gestión informativa de la crisis. Parecía indudable que el clamor popular de los manifestantes que pedían en las horas posteriores en las calles conocer a los autores de los crímenes se había convertido en uno de los más serios desafíos que el gobierno debía resolver. Las elecciones del domingo 14 de marzo habían dejado desnudo al emperador.
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3. LA IZQUIERDA EN EL PODER El PSOE obtuvo la victoria alcanzando 164 escaños y un 42’59% de los votos emitidos, frente a los 148 escaños y al 37,71% de votos obtenidos por el PP. Ese triunfo electoral del PSOE en las Elecciones Generales de marzo de 2004 le otorgaba una mayoría simple y la posibilidad de formar gobierno, legislando posteriormente con el apoyo puntual de otros partidos del Parlamento español, desde Izquierda Unida hasta Esquerra Republicana de Cataluña, CIU, BNG o el PNV. Esa debilidad parlamentaria iba a representar un esfuerzo suplementario en las tareas de legislación. Con ese inesperado viraje de la política española, el PSOE ponía fin a la travesía del desierto que durante dos legislaturas (desde 1996) había realizado un partido dividido y tocado tras la larga etapa de gobierno 1982-1996, y sobre todo parecía reafirmar el nuevo y joven liderazgo de Rodríguez Zapatero. Frente a ello, el desalojo del poder para el PP y la consecuente derrota de su líder Mariano Rajoy significaron la necesidad de reacomodarse en la oposición e improvisar un discurso que no habían preparado. Se abría un nuevo momento excepcional en la historia de España, como era una etapa de gobierno de izquierdas. Aquello, no olvidemos, era un hecho inusual frente al tradicional monopolio del poder conservador desde los inicios del estado liberal en fechas tan distantes como 1834. Como señalaremos, esa pérdida del poder para la derecha, proceso para el cual no estaba preparada —como en 1982 o incluso como en 1931—, iba a tener profundas consecuencias en su estrategia, línea política y actitud institucional. Preparada para continuar en el poder, en ninguna previsión entraba su salida de él, y la reacción fue abandonarse en una estrategia obstruccionista, de boicot institucional, férreamente tutelada por diversos sectores ideológicos, sociológicos y sobre todo mediáticos. La importancia de esa decisión es que la labor gubernamental quedó seriamente comprometida por esa actitud, de
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tal manera que la agenda política del país estuvo marcada por el pasado, y no tanto por el presente. La nueva legislatura se iniciaba el 2 de abril de 2004 con la constitución de las nuevas Cortes, y el 16 de abril José Luis Rodríguez Zapatero era investido presidente del Gobierno. La primera medida de alcance que se tomó fue toda una declaración de intenciones del nuevo gobierno. Zapatero comparecía en el Palacio de Moncloa el día 19 de abril para hacer una declaración institucional ante la prensa. En ella se comunicaba el regreso inmediato de las tropas españolas desplegadas en Iraq. Era la forma más directa de escenificar el cambio político y sobre todo el giro brusco respecto a la política exterior de los gobiernos de Aznar, simbolizada en la foto de las Azores y concretada en la adhesión incondicional a la política norteamericana de George Bush. Al tiempo, se asumía la principal reivindicación de la izquierda española desde el inicio de la guerra en marzo de 2003: poner fin a la colaboración española en lo que la mayoría de la población consideraba una guerra ilegítima. El nuevo presidente ofrecía una imagen de contundencia, y sobre todo de cumplimento inmediato de la medida más destacada del programa electoral con el que había ganado las elecciones. La decisión, más allá de las críticas moderadas de la oposición conservadora, cerraba una de las grandes cuestiones que había centrado el debate político y ciudadano en los meses anteriores, y parecía delimitar un nuevo marco renovado para la actuación gubernamental. A partir de esos momentos la gestión del gobierno de Rodríguez Zapatero iba a articularse sobre dos ejes fundamentales: la política de reforma de la estructura del Estado, con sus distintos escenarios, y la política social, con unos resultados bastante desiguales, en lo que tendría bastante responsabilidad la política obstruccionista de la oposición del PP, y en parte también la ingenuidad política del nuevo presidente. Sin lugar a dudas, la primera cuestión representaba el mayor reto, pues no en vano constituía uno de los grandes asuntos planteados desde la creación del Estado-nación español