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En la segunda parte, el autor recorre la historia de los movimientos que han reivindicado el fin de esa discriminación, desde los años 50, con particular referencia al movimiento de derechos civiles y a la figura de M.L.King. Fue el Dr King quien, en su célebre discurso en la Marcha sobre Washington, el 28 de agosto de 1963, dejó la extraordinaria metáfora del “cheque incumplido” que habrían firmado los padres fundadores e incluso el presidente Lincoln, cien años antes, en su Proclamación de la Emancipación: una promesa a todos los norteamericanos, pero incumplida reiteradamente por lo que se refiere a los negros. King afirmó que era hora de cobrarlo, ya. Sin embargo, como muestra en los tres últimos capítulos del libro, esa deuda no sólo no se ha pagado, sino que se ensancha, todavía hoy, en 2020. Las manifestaciones contra la violencia policial protagonizadas por el movimiento Black Lives Matter, son un ejemplo claro. Pero, a juicio del autor, este movimiento tiene un alcance mucho mayor, que entronca con los movimientos por los derechos civiles de los 60 y que podría contribuir decisivamente al fin de una administración como la del presidente Trump, a quien de Lucas considera un ejemplo patente de esas manchas del racismo y el supremacismo que ensucian profundamente a tantos países, pero desde luego de forma muy señalada a la sociedad norteamericana.

DE LAS RAÍCES DEL SUPREMACISMO, AL BLACK LIVES MATTER

En este libro, el profesor de Lucas que, a lo largo de su trayectoria, ha dedicado especial atención a los problemas del racismo y de la lucha contra la discriminación que sufren diferentes minorías por motivos etnoculturales, revisa la figura de Atticus Finch, un personaje a quien, a su juicio, definen sobre todo dos rasgos: es un hombre de Derecho y un demócrata jeffersoniano. Eso le permite entrar en el debate sobre la deuda histórica del experimento democrático norteamericano de 1776 con la esclavitud y luego con el racismo, el supremacismo y el segregacionismo, cuyo lema -separate but equal-, parece seguir vigente en muchos aspectos, en lo que se refiere a la población afroamericana, pero ahora también, por ejemplo, respecto a los latinos.

NOSOTROS, QUE QUISIMOS TANTO A ATTICUS FINCH

cine y derecho/cinemateca Durante generaciones, la novela de N.H Lee Matar a un ruiseñor y la película de R.Mulligan del mismo título han atraído a millones de personas en todo el mundo y, en particular, la figura de Atticus Finch ha servido de inspiración a profesores y estudiantes de Derecho, así como a abogados y profesionales del foro. La publicación en 2015 de Ve, pon un centinela, que se presentó como la precuela -la versión original- de la novela de Lee, que transcurre en los años 50, es decir, 20 años después de los acontecimientos de “Matar a un ruiseñor”, un contexto de efervescencia de la lucha por los derechos civiles de la población negra en los EEUU, supuso para muchos una conmoción.

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NOSOTROS, QUE QUISIMOS TANTO A ATTICUS FINCH DE LAS RAÍCES DEL SUPREMACISMO, AL BLACK LIVES MATTER

JAVIER DE LUCAS

cine y derecho • cinemateca


NOSOTROS, QUE QUISIMOS TANTO A ATTICUS FINCH De las raíces del supremacismo, al Black Lives Matter


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH

María José Añón Roig

Javier de Lucas Martín

Ana Cañizares Laso

Víctor Moreno Catena

Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga

Jorge A. Cerdio Herrán

Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México

José Ramón Cossío Díaz

Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional

Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot

Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

Owen Fiss

Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)

José Antonio García-Cruces González

Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED

Luis López Guerra

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid

Ángel M. López y López

Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla

Marta Lorente Sariñena

Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid

Francisco Muñoz Conde

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Angelika Nussberger

Catedrática de Derecho Constitucional e Internacional en la Universidad de Colonia (Alemania) Miembro de la Comisión de Venecia

Héctor Olasolo Alonso

Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)

Luciano Parejo Alfonso

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid

Tomás Sala Franco

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

Ignacio Sancho Gargallo

Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España

Tomás S. Vives Antón

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia

Ruth Zimmerling

Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


NOSOTROS, QUE QUISIMOS TANTO A ATTICUS FINCH De las raíces del supremacismo, al Black Lives Matter

Javier de Lucas

CINE Y DERECHO

cinemateca tirant lo blanch Valencia, 2020


Copyright ® 2020 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Codirectores:

Javier de Lucas

Catedrático de Filosofía del Derecho

Fernando Flores

Profesor Titular de Derecho Constitucional

© Javier de Lucas

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-1378-099-3 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor lea, en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-deempresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Para los futuros estudiantes de Derecho, a los que serguirá inspirando Atticus Finch.


ÍNDICE Presentación........................................................................................................

11

Primera Parte CARA Y CRUZ DE ATTICUS FINCH............................................................

19

Capítulo I ATTICUS FINCH, EL PERSONAJE........................................................

25

Capítulo II ATTICUS FINCH, UN HOMBRE DE DERECHO (1). Principios y valores jurídicos................................................................................................

37

Capítulo III ATTICUS FINCH, UN HOMBRE DE DERECHO (2). El abogado, la voz de quienes no tienen voz ante el Derecho...........................................

57

Capítulo IV EL “OTRO” ATTICUS. Una primera aproximación a las raíces del supremacismo................................................................................

69

Capítulo V ATTICUS FINCH, UN DEMÓCRATA JEFFERSONIANO........................

93

Segunda Parte NO TODOS IGUALES. Sobre las raíces del Black Lives Matter: un cheque sin cumplir.................................................................................................

109

Capítulo VI NO TODOS IGUALES (I). Sobre el pecado original de la democracia americana y su negación.......................................................................

115

Capítulo VII NO TODOS IGUALES (II). Racismo, supremacismo y segregacionismo........................................................................................................

135


10

Índice

Capítulo VIII NO TODOS IGUALES (III). La igualdad, la justicia racial: un cheque impagado...................................................................................................

149

CODA. Seguiremos leyendo a Nelle Harper Lee.......................................

179

NOTAS......................................................................................................

183

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y CINEMATOGRÁFICAS......................

203

1. FICHA CINEMATOGRÁFICA............................................................................

203

2. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS................................................................... 2.1. Sobre la novela Matar a un ruiseñor, de N.H. Lee................................... 2.2. Sobre la novela Ve, pon un centinela...................................................... 2.3. Sobre la película To kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor).................. 2.4. Otros.....................................................................................................

208 208 209 210 210

3. OBRAS CITADAS............................................................................................

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PRESENTACIÓN La idea de escribir este libro surgió a finales del verano de 2015, con ocasión de la publicación de Ve, pon un centinela (Go, set a Watchman) y del desconcierto que produjo en muchos de nosotros la lectura de lo que se presentó como la precuela, el manuscrito original de Matar a un ruiseñor (To kill a Mockingbird), la novela de Nelle Harper Lee. Durante este tiempo, cinco años, he redactado y corregido diferentes versiones, sin decidirme a su publicación. Reconozco que la razón última por la que finalmente lo he retomado y concluido ahora, tiene mucho que ver con el impacto que me ha producido la evolución más reciente de la lucha que lleva a cabo en los EEUU el movimiento Black Lives matter y, en particular, no sólo su enfrentamiento con la violencia policial, sino su denuncia de la ideología del racismo y del supremacismo blancos, coartadas permanentes contra el reconocimiento efectivo de igualdad a una parte importante de los ciudadanos de EEUU, pues desde hace decenios no afectan sólo a los negros (que siguen siendo el objeto preferente), sino también a los latinos, tal y como lo muestra— a mi juicio— la ejecutoria del presidente Trump. A mi entender, como explicó en cierta ocasión la propia N.H. Lee, el desenmascaramiento del racismo, el supremacismo y el segregacionismo fue el propósito de fondo que le movió a escribir en torno a 1957 un libro, que pretendía publicar con el sencillo título de Atticus. Sucedió que las indicaciones de la lectora de la primera editorial que —tras casi una decena de intentos fallidos— acogió favorablemente el manuscrito, le llevaron a un proceso de amplísima corrección y el libro que finalmente envió para su publicación, en 1960, tenía muy importantes diferencias con el manuscrito original. Es bien sabido que Matar a un ruiseñor alcanzó de inmediato un éxito extraordinario, batiendo récords de ventas y obtuvo el premio Pulitzer al año siguiente, en 1961. La publicación en 2015 de la versión original se produjo, pues, con más de medio siglo de diferencia. De suyo, fue un acon-


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tecimiento que, por su rareza (N.H Lee era el tópico caso de autor de una única novela), perturbó al mundo editorial. Pero lo que nos conmocionó a los lectores y espectadores de una obra que era considerada imperecedera, fueron las diferencias en la narración, situada veinte años más tarde de los hechos narrados en Matar a un ruiseñor y, sobre todo, el modo de enfocar a los personajes y en particular la caracterización de nuestro Atticus Finch. Confesaré al lector que, al igual que tantos otros espectadores en todo el mundo, quedé marcado desde la infancia por la admiración hacia el personaje cinematográfico de Atticus Finch, que me deslumbró desde que, con apenas 13 años, lo vi por primera vez, encarnado de forma extraordinaria por Gregory Peck, en la película de Mulligan Matar a un ruiseñor (To kill a Mockingbird, 1962). La figura de Atticus, como se ha dicho, se erigió de inmediato en todo el mundo como un paradigma de coraje, dignidad e idealismo, un prototipo de decencia para todas las estaciones, parafraseando el calificativo del conocido y asimismo multipremiado biopic de Fred Zinemann sobre Thomas Moro, A man for all seasons (1966; en España se tituló “Un hombre para la eternidad”), que también ví y que asimismo me impresionó, casi con la misma edad. Es verdad que, a diferencia de Atticus, Moro fue un personaje histórico: como se recordará, uno de los tres grandes humanistas europeos, junto a Erasmus y J.L. Vives (tres extraordinarios amigos, por cierto). Pero los rasgos de carácter de Moro, abogado de profesión, su coraje cívico y la fidelidad a su conciencia (que le llevó a enfrentarse con su amigo y protector el rey Enrique VIII, de quien fue canciller, después de descartar las posibles salidas legales que trató de encontrar para aceptar su divorcio de Catalina de Aragón), tienen mucho en común con el personaje de Atticus Finch. Sólo años después, llegó la lectura de la novela de Lee, Matar a un ruiseñor (To kill a Mockingbird). Atticus Finch fue, por decirlo así, mi primer mito jurídico, antes incluso de los que aprendí en la cultura grecolatina —los ficticios, como Antígona, y los reales, como Cicerón—. Luego, como profesor de teoría y filosofía del Derecho y filosofía política a lo largo de casi medio siglo, he comentado cientos de veces diferentes pasajes de la película y del libro que le dio origen, he escrito sobre él y he mostrado a Atticus como modelo para mis estudiantes. Por eso, me cuento entre quienes, como decía,


Presentación

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experimentamos una enorme sorpresa y expectación cuando se anunció la publicación en 2015 de la supuesta “precuela” Ve, pon un centinela (Go, set a Watchman), que me apresuré a comprar. De inmediato, con la lectura de esta precuela, llegó para muchos de nosotros el shock. Hubo, claro, otras reacciones como las de quienes, desde la perspectiva de los estudios anticoloniales, aprovecharon la oportunidad para un ajuste de cuentas. Incluso, como se llegó a escribir, para “matar a «Matar a un ruiseñor»”, es decir, para certificar y celebrar la muerte del prestigio del personaje de Atticus, que encarnaría el “mito del salvador blanco”, una suerte de contrafigura del Tío Tom. No fue, desde luego, mi reacción y hablo de mí mismo, como de tantos otros lectores. En todo caso, ¿cómo era posible? El modelo y héroe de juristas, Atticus, ¿desenmascarado por su propia hija y convertido en un reprobable supremacista blanco? ¿Tendríamos que dejar de admirar, de amar a nuestro Atticus, después de leer este “amargo retorno” de su hija al mundo de Maycomb y ver a su padre convertido en un supremacista, si no incluso un racista?¿Acaso nos había embarcado Nelle Harper Lee a todos sus lectores en un implacable ejercicio de “asesinato del padre”, protagonizado por la otrora secretamente envidiada Scout, la hija de Atticus, convertida en estudiante universitaria de vacaciones en el pueblo de Maycomb? ¿Habría que añadir el nombre de N.H. Lee al de los “maestros de la sospecha”, que nos hicieron despertar de nuestra ingenuidad, que destruyeron nuestra inocencia y nuestros mitos? ¿O todo esto no era más que una gigantesca operación de marketing destinada a vender un libro que incluso podía ser un ejemplo de un gigantesco fake, de los genialmente descritos por Orson Welles en su documental de 1973, F. for fake?1 Como decía y como saben Irene, Consuelo y no pocos de mis colegas y amigos —entre ellos el editor, Salvador Vives—, a los que he molestado con mis dudas y consultas a lo largo de casi cinco años y a los que debo todo mi agradecimiento, en este tiempo he releído varias veces las dos novelas y he vuelto a revisar a menudo la película. Además, he publicado aquí y allá algunas reflexiones que reaparecen ahora en diferentes pasajes de este libro. Al principio, lo reconozco, desde un planteamiento próximo a la búsqueda de una explicación, acudiendo a las diferentes hipótesis formuladas por los


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críticos y especialistas en la obra de Nelle Harper Lee, algunas de las cuales recogeré en estas páginas. Luego, como he dicho, movido por la evolución de los acontecimientos ligados al movimiento Black lives Matter, frente al acentuado perfil segregacionista, incluso racista2, del presidente Trump y también con ocasión de un intento de revisión del legado de M.L. King en el 50 aniversario de su muerte3, me embarqué en una lectura casi compulsiva de la literatura más reciente sobre las razones de la permanencia en la democracia norteamericana de ese virus que es el racismo, gracias a obras como las de Davis, Alexander, Coates o Kendi, que también asomarán aquí, sobre todo en la segunda parte. Así, el proyecto de libro pasó de la inicial reacción del lector y espectador que quiere superar su desconcierto, a una reflexión de perspectiva más amplia y ambiciosa. Creo, sinceramente, que este conjunto (es decir, las dos novelas y la película), permite ir más allá de una tarea de ajuste de cuentas que muchos críticos han sugerido y que, como he mencionado, prevaleció en los primeros meses en los que comencé a trabajar sobre este asunto, tras la publicación de Go, set a Watchman. Había en ese período un eco del trauma que vivimos cuando descubrimos o nos contaron que no había reyes magos, el hecho que marca para muchos de nosotros el fin de la infancia, de esa edad de la inocencia que, demasiado superficialmente, se asocia a la infancia. Poco a poco, como he avanzado, llegué a otra convicción: no hay tal contradicción de fondo, porque desde el comienzo N.H. Lee tenía sobre todo un objetivo, el de escribir sobre el mal que supone el racismo sistémico, arraigado en Monroeville, su pueblo natal4, en el Estado de Alabama, en el Sur y también incluso en los propios EEUU. Lo que quiero decir es que la mayoría de nosotros habíamos leído Matar a un ruiseñor como un alegato sobre un leit-motiv universal, intemporal, la pérdida de la inocencia de los niños en su progresivo contacto con el mundo adulto, tal y como lo subraya el crítico Harold Bloom, que la reconoce entre los clásicos de la literatura norteamericana5. Una pérdida de la inocencia que tiene el punto de interés jurídico en el descubrimiento de que la justicia no es lo mismo que el Derecho, como advierte desconcertado el hermano de Scout, Jem, tras el fallo del juicio a Tom Robinson. Pero la novela de Lee incluía ya en esa versión, aunque quizá más en su trasfondo,


Presentación

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una razón más profunda para nuestra propia amargura. Me refiero a la evidencia de que el mundo de Maycomb que, aparentemente, se presentaba bajo los trazos de una sociedad amable, aunque ciertamente marcada por un aire de paternalismo, estaba envenenado por el tóxico del supremacismo, del racismo. El supuesto equilibrio en que consistía ese modelo de Maycomb, lo sabemos, es sólo aparente. A duras penas consigue ocultar el mal profundo de la segregación y la explotación: la ironía del personaje de Scout —un contrapunto de su ternura e inocencia, excelentemente manejado por Lee— lo hacía aflorar una y otra vez, y desde luego, los diferentes pasajes de la narración en los que Atticus (pero también los niños) deben enfrentarse con sus vecinos y amigos, e incluso con una parte de su propia familia, como su hermana Alexandra. Además, hoy sabemos bien que ese tóxico afecta no sólo al Sur. Es decir, sabemos que la pérdida de inocencia que narra Lee no es sólo la de los hermanos Finch, ni la de la sociedad de Maycomb, ni incluso la del Sur, sino la de todo un país, como comprobamos hoy, una vez más, en el momento en el que termino de escribir estas páginas. Nos encontramos en los meses finales de la primera administración Trump y al borde de unas elecciones que todo el mundo coincide en señalar como muy relevantes, para los EEUU y para el planeta, máxime en el contexto de la pandemia. En realidad, podría decirse que el trabajo de Lee versa sobre la pérdida de la inocencia en la que aún vivía una parte importante de los EEUU, que despierta conmocionada de su sueño desde que, en los años cincuenta, se encuentra de bruces con un movimiento de afirmación y reivindicación de la igual dignidad, proclamada retóricamente por los revolucionarios de las colonias norteamericanas, pero sistemáticamente negada a la población negra. Ya he adelantado que la misma N.H Lee ofreció esa interpretación. Fue con ocasión de una conversación con su amigo Wayne Flint, antiguo profesor de la Universidad estatal de Alabama, que la visitó con frecuencia en la residencia “The Meadows”, de Monroeville, donde vivía ésta y donde murió. Flint le preguntó por la aparición de su “nueva novela”, a lo que Lee respondió que no conocía ninguna nueva novela suya. Cuando el profesor le dijo que se trataba del libro que se había encontrado y que se iba a publi-


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car con el título Go, set a Watchman, ella respondió: “No es mi nuevo libro. Es mi viejo libro”. Pues bien, lo que sostendré en estas páginas es que Lee concibió su texto inicial, el que se publica en 2015 como Ve, pon un centinela, con el objetivo de mostrar ese veneno social con toda la crudeza y la decepción que vive la mujer joven, Jean-Louise Finch, formada en Nueva York (la propia experiencia de N.H.Lee), cuando regresa de vacaciones a su pueblo natal, Maycomb y comprueba que, pese a los cambios sociales, el mal sigue ahí. La proeza creativa de Lee en ese proceso de reescritura que realizó entre 1957 y 1960, siguiendo las sugerencias de la lectora de la editorial que había aceptado su manuscrito, consistió en saber convertir el tono muy crítico —incluso crudo— y el hilo narrativo de esas páginas originales, en un libro, Matar a un ruiseñor, iluminado por la belleza que nace del protagonismo de los recuerdos de la niña Scout, que nos acercan a los veranos en Maycomb, al despertar a la sociedad de los adultos, aunque no pueden hacernos olvidar que ese mal está presente en la parte sombría que recorre la novela que tanto hemos leído: la profunda huella de la esclavitud y del racismo en la sociedad y en la política de los EEUU6. A mi entender, más allá del mérito literario, debe reconocerse también la contribución de Lee en términos de un ejercicio reivindicativo de memoria. Realizado desde una obra de ficción, sí, pero que obliga a sus lectores a tener presente (a no olvidar) la complejidad de una sociedad en la que el mal del racismo, del supremacismo, arraigó desde su fundación y sigue presente, pese a los esfuerzos negacionistas. He estructurado el libro en dos partes. En la primera, me propongo ofrecer los argumentos que pueden servir al lector para conocer mejor el personaje de Atticus Finch, tal y como lo concibió Nelle Harper Lee. Ello exigirá una revisión crítica de las dos novelas que, a mi juicio, lejos de contradecirse, se complementan, tarea en la que también me serviré de la película de Mulligan. En la segunda, a partir de esa caracterización, trato de proponer argumentos que nos ayuden a entender por qué el racismo y el supremacismo, heridas sin cerrar desde la fundación misma de la democracia estadounidense, han seguido presentes, en buena medida enmascarados desde un esfuerzo que me parece típicamente negacionista. Y siguen presentes


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hoy, pese los esfuerzos de los movimientos de los derechos civiles desde los años 50 —el contexto en el que nos encontramos al desconcertante Atticus septuagenario de Ve, pon un centinela— hasta la actualidad, con el activismo protagonizado ahora por el Black Lives Matter y que ha desembocado, como se ha escrito, en un “enfrentamiento por el alma de una nación”, con motivo de la elección presidencial del 3 de noviembre de 2020. Al igual que hice en un libro anterior, Decir No: el imperativo de la desobediencia, no quiero concluir sin volver a expresar mi reconocimiento a todas las personas que trabajan en el extraordinario servicio de documentación y en la maravillosa biblioteca del Senado de España, por su inestimable ayuda y siempre amable atención, de las que he disfrutado también en la elaboración de este libro. Espero que las páginas que siguen, nacidas de aquel primer impulso, pero reposadas desde esas lecturas y reflexiones que han dado lugar a otra perspectiva, puedan interesar a algunos de esos lectores y/o espectadores que guardamos en nuestra retina, en nuestra memoria, las imágenes de ese Atticus que, para todos los que le hemos querido tanto, siempre tendrá el rostro de Gregory Peck. Y quizá, también, sirvan a algunos de quienes emprendan en el futuro el camino de su formación como juristas. Javier de Lucas Jávea, septiembre de 2020, año de la pandemia


Primera Parte

CARA Y CRUZ DE ATTICUS FINCH


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