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ÁRBOLES DE DOCE RAMAS LA CRISIS DE LA CULTURA OCCIDENTAL Y SUS VÍAS DE SUPERACIÓN


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José añón roig

Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia

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Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga

Jorge a. Cerdio Herrán

Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México

José raMón Cossío díaz

Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional

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Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

owen Fiss

Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)

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Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED

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Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid

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Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla

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Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Javier de LuCas Martín

Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

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Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid

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Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

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Catedrática de Derecho Constitucional e Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania). Miembro de la Comisión de Valencia

HéCtor oLasoLo aLonso

Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)

LuCiano PareJo aLFonso

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid

toMás saLa FranCo

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

ignaCio sanCHo gargaLLo

Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España

toMás s. vives antón

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia

rutH ziMMerLing

Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


Comité Editorial Arely Gómez González Mariano Azuela Güitrón Alfonso Pérez Daza Juan Pablo Pampillo Baliño Luciano Parejo Alfonso José Luis González Cussac

Director de la colección Eber Omar Betanzos Torres


ÁRBOLES DE DOCE RAMAS LA CRISIS DE LA CULTURA OCCIDENTAL Y SUS VÍAS DE SUPERACIÓN

Juan Pablo Pampillo Baliño

tirant lo blanch Ciudad de México, 2022


Copyright ® 2022

Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch México publicará la pertinente corrección en la página web www. tirant.com/mex/ Este libro será publicado y distribuido internacionalmente en todos los países donde la Editorial Tirant lo Blanch esté presente.

© Juan Pablo Pampillo Baliño

© EDITA: TIRANT LO BLANCH DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Av. Tamaulipas 150, Oficina 502 Hipódromo, Cuauhtémoc CP 06100, Ciudad de México Telf: +52 1 55 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex/ www.tirant.es ISBN: 978-84-1397-394-4 MAQUETA: Disset Ediciones Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index. php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Índice I. INTRODUCCIÓN A LA ARBORICULTURA........................................... 13

II. EL ÁRBOL DE LA VIDA Y EL ÁRBOL DE LA CIENCIA........................ 15 A) La crisis ‘signo de nuestro tiempo’.................................................. 18 B) Alcances de una crisis total............................................................. 20 C) Etiología de la crisis....................................................................... 23 D) Ocaso y anochecer de la Modernidad............................................ 25 E) Confusión generalizada.................................................................. 27 F) Más postmodernismo..................................................................... 28 III. EL TEZCACUAHUITL Y EL QUETZALHUEXOTL.............................. 31 A) Vientos de cambio.......................................................................... 34 B) La imagen moderna del mundo...................................................... 37 C) La vía global.................................................................................. 43 IV. EL ÁRBOL DE LA ENCICLOPEDIA Y EL ÁRBOL DE PORFIRIO........ 51 A) La necesidad de nuevos referentes filosóficos.................................. 53 B) El método de la precomprensión y el regreso.................................. 59 C) Experiencia y reflexión................................................................... 61 D) La re-integración de la pluridimensionalidad................................. 70 E) Realidad y perspectiva.................................................................... 72 F) Nuevas atalayas.............................................................................. 74 V. EL SAUCE EMBRUJADO Y EL ÁRBOL FUSANG................................... 77 A) Del dubio ‘genio maligno’ al credo del ‘ángel benigno’................... 79 B) La ‘senda tardomoderna’................................................................ 84 C) Las trampas del criticismo kantiano............................................... 85 D) La inviabilidad del ‘modelo discursivo’.......................................... 89 E) Actitudes, perspectivas y métodos................................................... 94


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Índice

VI. DOS ÁRBOLES ÚNICOS: EL YGGDRASILL Y EL BODHI................... 99 A) Autognosis................................................................................... 100 B) El ‘centauro ontológico’................................................................ 102 C) Persona, libertad y dignidad......................................................... 107 D) Naturaleza, libertad e historia...................................................... 110 VII. EPÍLOGO: EL SEPHIROT Y EL ‘ÁRBORE DE XÚPITER’.................. 117


A la memoria imborrable de mis abuelos, María Luisa y Juan, y de mis tías, Isabel, Rosa, Amalia y Margot, quienes colmaron mi infancia con su afecto. Sea también testimonio de gratitud por un amor sempiterno.


I. INTRODUCCIÓN A LA ARBORICULTURA El árbol es raíz, tronco y ramas; hunde sus extremidades sedientas en las profundidades de la tierra, se yergue altivo sobre el suelo y despliega su copa imponente apuntando al firmamento. El árbol es savia, follaje, flores y frutos; vida interior que transforma las sales nutrientes en energía, que transpira y exhala, que embellece y fecunda. El árbol es arborescencia, ramificación troncal, unidad de cuerpo y diversidad de miembros, variedad de hojas y comunidad arbórea. El árbol es semilla que germina, tallo que crece, tronco que engrosa y fronda que se extiende; origen, desarrollo, meta; permanencia a través del paso de las estaciones y, tras la sequía y el frío, reverdece… ‘Profundidad subterránea’, ‘apego a la tierra’, ‘vocación celeste’; ‘vitalidad recóndita’ y ‘virtud creativa’; ‘unidad’, ‘diversidad’, ‘comunidad’; ‘principio’ y ‘destino’, ‘permanencia’ y ‘cambio’. Doce atributos del árbol; doce árboles, doce ramas… Doce, como doce son las coordenadas del espacio y del tiempo: cuatro puntos cardinales y tres planos del mundo: doce. Doce meses del año, doce horas del día. Doce signos del zodiaco. El Universo como imagen dinámica de la eternidad; tiempo y espacio: doce. Necesitamos aprender de los árboles. Nos hace falta ser árboles… Para reverdecer; para volver a florecer; para dar nuevos frutos; para erguirnos de nuevo a pesar de los ímpetus del viento; para subsistir a pesar de los calores agobiantes; para continuar resistiendo los embates del clima. Tras la tibieza fecunda de la primavera y del estío, el otoño de nuestra cultura nos despojó de nuestro follaje dejándonos casi desnudos, a la intemperie, enfrentándonos con un invierno acerbo y prolongado. Desde la ‘segunda mitad del siglo XX’, la milenaria civilización occidental ha sobrevivido como un árbol casi caído, que en su misma desgracia, no ha sabido sino hacer leña de sí misma. Víctima de sus propias contradicciones ha optado simultáneamente por la negación masoquista y por la elusión paranoica.


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Rehén de sus mismas creaciones vegetó alimentando y temiendo sus terribles posibilidades. Sierva de sus obras, se alineó en el ensimismamiento demencial de un progreso regresivo. Parcialmente desarraigada y torcida, nuestra cultura se ha extraviado y detenido ante la fuerza de los vientos, perdiendo inclusive la misma noción de sus tiempos y sus espacios. Por eso necesitamos hacernos árboles… Contemplarlos para aprender de ellos y hacernos como ellos. Entre los antiguos hindúes, se creía que el ‘árbol de la ambrosía’, que destilaba aguardiente, tenía virtudes ‘antropogénicas’ y ‘cosmogénicas’, es decir, que era capaz de engendrar nuevos hombres y nuevos mundos. Inspirado por el árbol de la ambrosía, el presente ensayo pretende ser una ‘meditación arbórea’ en torno a la ‘civilización occidental’. Dicha meditación sobre la cultura occidental quiere abarcar la ‘actual crisis’ de su pensamiento, los ‘orígenes’ de la misma, así como las propias ‘claves para su superación’. También pretende repasar los ‘fundamentos de una nueva filosofía’ y la ‘imagen del hombre’ que necesita recuperar la reflexión actual especialmente dentro del ‘ámbito de la ética’. Las reflexiones que a continuación se ofrecen, sugeridas por los ‘doce árboles’ que habrán de acompañarnos, no podrían ni pretenden presentar una exposición completa sobre las anteriores cuestiones, sino apenas brindar un conjunto de ‘perspectivas’ y ‘referentes orientadores’ que sirvan para ‘re-enderezar a nuestra cultura’ hacia la asimilación, absorción y transformación de sus mismas contradicciones. Confío en que, recordando los conocidos versos de Antonio Machado, dedicados precisamente a un olmo seco, viejo y podrido, podamos esperar “hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”.


II. EL ÁRBOL DE LA VIDA Y EL ÁRBOL DE LA CIENCIA En las intimidades del alma humana se encuentran profundamente enraizados ‘tres grandes anhelos’: el ansia de vida o sed de ‘eternidad’, el deseo de conocimiento o hambre de ‘sabiduría’ y el afán de perfección o búsqueda de la ‘trascendencia’. Igualmente, desde los tiempos más remotos y hasta nuestros días, los ‘árboles’ han simbolizado -en prácticamente todas las culturasuna especie de ‘animación’ de dichos anhelos. Tanto por su ‘morfología’ -que comienza en las profundidades del subsuelo para extenderse hasta las alturas del cielo-, cuanto por su misma ‘imagen’ -que pareciera reunir y sintetizar todas las posibilidades del Universo-, los árboles han servido para expresar ‘el drama de la existencia humana’. La tragedia del hombre consiste en obstinarse, en medio de las limitaciones del mundo y de su propia naturaleza, por alcanzar la eternidad, la sabiduría y la trascendencia. Desde la época de los antiguos caldeos se ha venerado al árbol como símbolo de la vida y, particularmente, como símbolo de la vida eterna. Más aún, hasta nuestros días, por su misma durabilidad que puede alcanzar hasta los dos mil años de vida, el ciprés sigue siendo el custodio de los cementerios, evocando el persistente deseo de sobrevivir incluso después de la muerte. La condición divina de algunos árboles, asociados con la vida y con la sabiduría, ha sido una constante para casi todos los pueblos. Como es sabido, los japoneses han venido venerando desde antiguo al bonsái, entre los celtas tuvo especial consideración la encina, para los germanos el tilo fue objeto de culto y así, podrían citarse innumerables ejemplos, entre los que destacan la higuera en la India, el olivo en Israel y la vid entre los pueblos del Mediterráneo. Pero lo cierto es que en el jardín del Edén, huerto por antonomasia, se nos presenta este simbolismo místico de la manera más expresiva.


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Según el relato bíblico del Génesis, el Paraíso era un vergel poblado de “todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer”. Y en su mismo centro, se encontraban plantadas dos especies particularmente enigmáticas: el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. El misterioso fruto de dichos árboles, cuyas características y significado han sido objeto de milenarias disquisiciones y polémicas entre talmudistas y escrituristas, permanece todavía velado para nosotros. Quizás sea cierta aquélla leyenda para la que los árboles del Paraíso tendrían una ‘extensión descomunal’, ocupando una sexta parte del jardín y cuyas dimensiones serían tales que se harían necesarios al menos quinientos años, para poder recorrerlos en toda su anchura. En todo caso, más allá de su misma inconmensurabilidad simbólica, dichos árboles fueron también ‘motivo de contradicción’ para el hombre, pues según el relato bíblico, el Creador habría prohibido a nuestros primeros padres comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. El sentido del anterior ‘mandato’ fue interpretado por algunos afirmando que el árbol en sí era malo y que, consecuentemente, el conocimiento de suyo nos aparta de Dios y por ende de la Verdad. Sin embargo, la propia Escritura destaca claramente, que tras la Creación, Dios observó cuanto había creado, complaciéndose de que todo “era bueno en gran manera”. De aquí que la hermeneusis tradicional haya visto más bien en dicho árbol y en el mandato divino de la abstención de su fruto una ‘metáfora de la libertad humana’, como capacidad de elegir entre el sacrificio del propio arbitrio o su misma afirmación aún en la rebelión y en la desobediencia. Ahora bien, intentando una interpretación bastante libre de las anteriores figuras, desde luego que sin pretensiones de naturaleza exegética y con el sólo propósito de arrojar alguna luz sobre los temas objeto del presente ensayo, pareciera que la anterior dualidad también pudiera ser comprendida de la siguiente manera. Por un lado, el árbol de la vida se nos presenta como ‘símbolo de la realidad objetiva’ y por el otro, el del conocimiento, como figura de un ‘saber centrado sobre sí mismo’, un entendimiento cuyo énfasis se encuentra menos en la objetividad de las cosas y más en la ‘subjetividad humana’.


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Y es que -efectivamente- ante los problemas que supone el conocimiento de las cosas y de sí mismo, el hombre se ha centrado, alternativamente, o en un intento por ‘adecuarse’ a ellas, por vibrar con ellas, por hacerse uno con ellas y desentrañar su misterio desde ellas o, en el extremo opuesto, en un esfuerzo por ‘aprehenderlas’, por apropiarse de ellas y hacerlas suyas, procurando después servirse de ellas para su provecho. En efecto, entre la ‘realidad’ y el ‘hombre’, ‘lo dado’ y ‘lo puesto’, ‘el objeto’ y ‘el sujeto’, han buscado conformarse diferentes escuelas de pensamiento, cuyos polos opuestos parecieran ser el realismo y el idealismo, el objetivismo y el subjetivismo, como acentos específicos para comprender al mundo y al hombre. Paradójicamente, el subjetivismo ha degenerado frecuentemente en un narcisismo antropocéntrico, en una especie de onanismo intelectual que ha llevado al hombre a distorsionar la realidad reinventándola según su propia perspectiva, hasta el punto de relativizarla. En contrapartida, el objetivismo ha buscado concentrarse en la realidad tal cual se le presenta e impone al hombre, procurando entenderla desde sí misma, aunque a veces haya degenerado también en un hiper-realismo cosificante que reduce la realidad a su sola dimensión superficial y externa. Quizás aquí se encuentre una de las contradicciones más significativas de toda cultura humana que se ha presentado igualmente en Occidente y en Oriente: la imbricación entre la naturaleza objetiva y la libertad subjetiva, la posibilidad de adecuarse a la realidad o de tratar de aprehenderla -incluso cambiándola- y dominarla. Así las cosas, el Árbol de la Vida y el Árbol de la Ciencia bien pueden ayudarnos a desentrañar uno de los más apremiantes problemas del hombre: su relación consigo mismo y con el mundo, las capacidades y los límites de su conocimiento, los itinerarios que debe seguir para descubrir su verdad y la verdad del mundo, así como los orígenes y las consecuencias de la crisis de nuestra cultura, que a la postre, no es sino una crisis del hombre, de su conocimiento y el sentido de la realidad.


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A) La crisis ‘signo de nuestro tiempo’ Las culturas no son perennifolias… Como bien dice el refrán, “no hay árbol al que el viento no haya sacudido” y, después de la estación calurosa, al fenecer el verano, conviene todavía ‘sacudir el árbol’ para permitir que se despoje de lo caduco y se prepare así para el tiempo nuevo. El cambio de estación es un tiempo de crisis y doloroso desprendimiento, pero también de renovación y cambio, de extraordinaria oportunidad… Y, pues bien: si la crisis es santo y seña de nuestros días, nuestro tiempo lo es también de desprendimiento y oportunidad. Decir que vivimos en ‘tiempos de crisis’ se ha convertido en un ‘lugar común’ entre historiadores, filósofos, sociólogos, politólogos, economistas e intelectuales en general. Lugar común que se inscribe, precisamente, dentro del también lugar común, de la crisis del hombre, de la sociedad, de la civilización y de la cultura occidentales. Sin embargo, y a pesar de lo trillado del tema, hay que reconocer que permanece todavía irresuelta la cuestión de ‘identificar y definir’ los ‘nuevos referentes’ que puedan orientarnos para superar dicha crisis, entresacando de ella todo el provecho que encierran las ‘épocas de transición’, como oportunidades privilegiadas para atemperar y ‘complementar lo viejo con lo nuevo’. Con el propósito de ubicar y delimitar dichos referentes orientadores, conviene en primer lugar dimensionar la magnitud de la crisis a la que venimos refiriéndonos, con el objeto de poder así mejor comprenderla. Y lo primero que se debe destacar es que la crisis actual, por su magnitud y duración, es una crisis epocal. Dicha crisis parte al menos de los comienzos del siglo XX, hasta el punto de que puede decirse del mismo que fue, precisamente, ‘la centuria de la gran crisis’. En efecto, como observara desde 1917 Oswald Spengler en su -por lo demás muy discutible- obra La Decadencia de Occidente, el agotamiento, la crisis y la decadencia de nuestra cultura, constituyen “la


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filosofía de nuestro tiempo” hasta el punto de ser “una idea que no cae en una época, sino que hace época”. Y, ‘tan hizo época’ esta idea, que ya desde el ‘periodo de entreguerras’, pero sobre todo tras la II Guerra Mundial, las voces más autorizadas de su tiempo coincidieron, en medio de la confusión y del azoro propios de todo momento crítico, en anunciar el ‘fin de un periodo’, vaticinando a su vez el ‘principio de una nueva etapa’. Ejemplificativamente puede citarse a Romano Guardini, quien en su sugerente obra El Ocaso de la Modernidad, observaba desde comienzos de la década de los 1950’s: “la Edad Moderna toca a su fin, nosotros divisamos sus fronteras”. Inclusive la Iglesia Católica, que más allá de las convicciones religiosas que cada quien profese, ha venido acompañando a la civilización occidental desde la antigüedad y hasta nuestros días, ha observado, dentro de su Concilio Vaticano II que “el género humano se encuentra en una nueva era de su historia” caracterizada por “cambios rápidos y profundos”. Y no se debe menospreciar la ‘sensibilidad histórica’ de esta institución bimilenaria, cuyos principales concilios, los de Nicea, Constantinopla y Trento, en buena medida recogieron el ‘signo de su tiempo’, coincidiendo precisamente con el fin de la Antigüedad y con el comienzo de la Modernidad, respectivamente. La crisis entendida como una ‘idea que hace época’, marcando un final y un comienzo, es una idea que indudablemente ‘sigue haciendo época’ en nuestros días. Así, aunque vengamos arrastrando la referida crisis desde hace más de cien años, lo cierto es que aún podemos hoy hacer propias las palabras más recientes de George Steiner, quien hacia el último tercio del siglo XX, en su conocido opúsculo, En el castillo de Barba Azul, observaba: “nos sentimos enredados constantemente en una urdimbre de crisis que nos flagela”. Y si podemos adoptar las anteriores palabras, es precisamente porque siguen revelando un ‘estado de ánimo’ que continúa siendo actual, definiendo en buena medida la sensación que nos produce la conciencia de vivir en medio de una gran crisis.


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En efecto, las dos guerras mundiales (1914-1945), la caída del muro de Berlín en 1989, el atentado terrorista contra las torres gemelas de 2001 o la crisis financiera mundial de 2009 -como ha puesto últimamente de relieve Vicente Verdú en El capitalismo funeral- constituyen diversos hitos de una misma crisis, que por su magnitud, profundidad y consecuencias, conforman un parteaguas en la historia de nuestra cultura, enmarcando también el pensamiento filosófico de nuestro tiempo. En definitiva, la crisis que comenzó con el siglo XX se proyecta aún hasta nuestros días, por lo que todo parece indicar que será a nuestra generación a la que le corresponda -mal que le pese y a riesgo de malograrse- la inmensa tarea de ‘deshacer el enredo’ o, mejor aún, de ‘cortar de tajo el nudo gordiano’... Sin embargo, para deshacer el enredo o cortar de tajo el nudo, necesitamos primero observar la maraña, para ver ‘dónde’ y ‘cómo’ se han anudado sus hilos.

B) Alcances de una crisis total En primer lugar, cabe observar que durante el siglo XX se produjo, más que la crisis y el quiebre definitivo de la civilización occidental, el agotamiento de algunas de sus últimas modulaciones, gestadas durante la Modernidad y radicalizadas durante su última fase: ‘la Modernidad Contemporánea’. El árbol de nuestra cultura todavía permanece en pie, aunque decaído, por donde se nos impone identificar cuáles son las ramas que han sufrido daño para restablecer sus fuerzas con una poda, excitando su vitalidad interior con la esperanza de que reverdezca. La cultura occidental sigue en pie. Pero la Modernidad Contemporánea nos exige con urgencia una poda. Resulta necesario ubicar las ramas muertas. La ‘gran crisis del siglo XX’ ha mostrado, principalmente, el agotamiento, prolongado y progresivo de la Modernidad. Dicho agotamiento ha sido tanto más profundo, por cuanto que dio lugar a su vez a una apremiante búsqueda -perpleja a veces, audaz por momentos, confusa en todo tiempo- de las más variadas alternativas, mismas que han servido de oportunidad -y también de pre-


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