El perfil del jurado en el cine
Conato de ensayo sobre la —casi oculta en la gran pantalla— selección de un buen —para la parte a quien interesa— jurado
El perfil del jurado en el cine Conato de ensayo sobre la —casi oculta en la gran pantalla— selección de un buen —para la parte a quien interesa— jurado
Juan-Luis Gómez Colomer Catedrático de Derecho Procesal Universidad Jaume I de Castellón
México D.F., 2012
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A mi padre, Juan Gómez Fernández, buen aficionado al cine, a quien le habría gustado poder leer este libro de su primogénito estando todavía entre nosotros. Pero no te preocupes, papá, que ya sé que al menos lo has ojeado allá arriba y que incluso te ha divertido un poco.
Índice
1. Yo confieso ...........................................................................
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2. La casi ocultación temática .................................................
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3. El perfil del buen jurado ......................................................
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4. Dios bendiga a los jurados ..................................................
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5. Mi jurado preferido, se entiende que para mis intereses ..
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6. Blancos y negros, hombres y mujeres, ¡recusados! ...........
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7. ¡Ay, Señor! ............................................................................
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8. La defensa investiga .............................................................
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El perfil del jurado en el cine
Índice
Yo confieso
Estoy doblemente sorprendido y perplejo, aunque mi satisfacción está plenamente colmada. Mi primera sorpresa proviene de que mi querido compañero y amigo el Prof. Enrique Orts, ya sé, no he dicho lo de sin embargo, además de mi otro no menos amigo, Salva Vives, o lo que es lo mismo, el anima de la editorial Tirant lo Blanch de Valencia, ciudad de La Mostra, me propusieran antes del verano que hiciera un comentario no muy extenso para su magnífica colección CINE-DERECHO, sobre un tema al que me referiré enseguida, cuando es un hecho notorio local que no soy experto en séptimo arte. Mi segunda sorpresa, no menor, y que me he dado a mí mismo, es que yo aceptara ese encargo sin rechistar y, lo cual es pura consternación, sin poner además condición alguna. Claro, pensaba entonces, que no se trataba de escribir una monografía entera sobre una película, sino sólo una pequeña parte, y eso me lo ponía más fácil atendidos mis temerarios, voy a llamarlo así, precedentes de investigar temas jurídico-procesales inexplorados
o incluso desérticos. La perplejidad es que haya escogido escribir sobre algo que en todas las películas está latente, sobre algo que en todas las que tratan este tema resulta al final decisivo, pero que en ninguna prácticamente se exhibe ni del todo, ni bien, ni al menos de forma suficientemente ilustrativa, a saber, la selección del jurado, o lo que es lo mismo, el perfil del jurado. Lo de la satisfacción colmada viene a cuento porque el “colmo” es que al final no haya escrito un breve comentario, ni tampoco para el libro dirigido por Enrique. ¡He escrito un libro entero, y apareceré yo solito como autor, qué cosas tiene esta vida! Hete aquí, pues, que alguien que por lo que luego diré es algo inexperto en cine porque ve poco cine, va a contarles una historia que, o no se ve en el cine, o con mucha suerte apenas se intuye. ¡Prepárense! No sé qué puede salir de todo esto. Antes les debo una explicación razonada y razonable, no muy breve pero tampoco desmesurada, digamos que con un tempo correcto. No es del todo cierto que sea poco experto en cine.
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El perfil del jurado en el cine
1. Yo confieso
El perfil del jurado en el cine
Juan-Luis Gómez Colomer
Antes me he expresado así por exigirlo el guión, pero ahora que el director está intentando descansar en su incómoda silla ad hoc, para más inri nominada para que nadie se la quite, cuando él no la donaría ni a Cáritas, les diré que estoy en una edad, difícil por lo que verán enseguida, en la que se dan estas tres circunstancias al mismo tiempo: a) La primera es que todavía estoy criando, desde hace 21 años. Esto significa que el escaso cine que he visto en ese tiempo, en el que en realidad soy un experto, gira en torno a Pokémon (en sus diferentes e incomprensibles girones), Toy Story (1 ó 2, da igual, ambas magníficas), El Libro de la Selva, Atlantis, Dinosaurio, Shrek (¡qué asco!), Mulán, Harry Potter, El Rey León, Tarzán, Bambi, Blancanieves y los 7 Enanitos, y el resto del mundo Disney en general. No es que yo me atreva a afirmar que esas películas no tienen su intríngulis jurídico, pero he de decir que no me llamó la atención precisamente este aspecto, y muchas veces ni lo vi si lo había. Sólo un avezado espectador, con miles de horas de sala, vería un asesinato consumado, es decir, un homicidio con la agravante cualificada de recompensa (a las hienas), sin que quepa apreciar ninguna atenuante ni mucho menos alguna eximente, en el empu-
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joncito que le da el león Skar a Mufasa, el padre de Simba, el auténtico rey león, para que lo aplaste la salvaje estampida de ñúes (o animales que se les parecen mucho, pues en la película no se dan detalles del causante involuntario), y no y sencillamente un acto injusto que debe repararse o, como lo ve un niño, un hecho malo y feo (un pecado muy grave, si va a colegio de pago religioso), que no debe hacerse, por cuyo desagravio aplaudirá largamente después e incluso llorará, o al menos saltará de su asiento con gran felicidad. Porque, créanme, hay gente que ve incluso lo que el director de la película ni siquiera ha imaginado, y eso ayuda mucho a convertir el cine o en una especie de juego de adivinanza o en algo insufrible, a todos los niveles, porque… ¡a los niños también les preguntan dónde vieron el Mickey, mecachis! Ni idea respondería yo, creía que estaba viendo a Tarzán. El cine es así hoy también el arte de adivinar lo que el director quiso decir y no dijo, yo creo más que probablemente porque ni se le ocurrió y si se le ocurrió no quiso ni que se intuyera. ¿Se imaginan que alguien interprete que Buzz Lightyear en realidad sí vuela con su traje espacial y que son todos los otros encantadores monigotes los que de verdad son estáti-
Yo confieso
cerebral de Ridley Scott. Y pensar que la primera vez que la vi sólo me gustó la música, pues por mi mala visión, otra de mis muchas virtudes, de la mitad de la película, al parecer filmada in schwarzen Farben, o sea, en negro, ni me enteré, por no verla bien, no se piensen otra cosa que no hay tal. Por eso estas películas, que las circunstancias familiares me obligan a ver actualmente, me tranquilizan más que las demás, porque al menos mis tres hijos, seres absolutamente normales creo, no me harán tal suerte de preguntas, ni se pasarán la semana maquinando por qué Pikachu no pudo evolucionar a Raichu en el trasfondo de una cruenta batalla, como estaba programado.
Disney (1994), El Rey León
b) La segunda es que vitalmente sólo me llama a mis casi 50 tacos,
cuando no estoy cumpliendo con mis múltiples obligaciones y dé-
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cos, todo ello para dar a entender que el guardián universal para que la Justicia triunfe en el espacio interestelar no puede ser un inválido o un policía técnicamente limitado? Pues debe haber población así, que haga estas lecturas, no tengo ninguna duda, personas por otra parte muy inteligentes y muy válidas. Y si no me creen, lean lo que ha visto mi colega Javier de Lucas (el único autor a quien citaré por motivos obvios, ya que es el director de esta colección, casualmente también buen amigo), como espectador de Blade Runner, el número 2 de CINE-DERECHO, que subtitula nada menos que con la enigmática frase “El Derecho, guardián de la diferencia”, y verán la enjundiosa complejidad
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bitos, distraerme y, si es posible, reír o al menos sonreír. Mi escaso ocio lo quiero emplear en no pensar, y qué difícil es encontrar, si decido desconectar viendo cine, buenas películas que me hagan olvidar la dureza de esta vida. A mí ya no me interesa, después de estar leyendo y pensando, quizás escribiendo, durante toda una semana qué diablos han querido hacer con la conformidad en la reforma de los juicios rápidos, con el aditamento a veces, para descansar, de releer, en gótico alemán por supuesto, la polémica sobre la acción entre Windscheid y Muther, y, manía mía última, quizás con alguna hora libre, intentando comprender, en inglés de Gatwick naturalmente (porque de ahí es Mungo Winkley, mi profesor particular), qué ha querido decir no sé qué juez del Tribunal Supremo norteamericano al sentenciar en no me acuerdo qué caso ni de cuándo fue, y quedarse tan tranquilo, que el domicilio es donde yo puedo hacer lo que me da la gana. No, a mí no me interesa, digo, después de todo esto, sentarme a ver, o lo que es peor, salir de casa para ir al cine (en todo caso los miércoles, día del espectador, porque es más barato, no se crean Vdes. que es por partir la semana y asumir psicológicamente que así pasa antes), y ver sesudas pelícu-
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las en donde el director nos hace pensar hasta tal punto que si luego lees la crítica de la película, o algún artículo o incluso monografía sobre el tema, te quedas alelado al leer lo que no has visto u observar cómo se interpretan gestos que para tí fueron o absolutamente naturales o una auténtica chorrada, de manera que acabas con el problema mental de creer que no has visto esa película o, mucho peor, que ni siquiera has ido al cine; en donde el director sin estar sujeto a responsabilidad criminal alguna nos aterroriza; o en donde el director más elegantemente nos hace pasar sólo miedo; o nos hace creer que todos están vivos cuando en realidad no hay ni uno que colee; o en donde nos explica su visión escatológica del mundo, nos ahonda en nuestras miserias; o, en fin, nos pone de manifiesto lo imbéciles que como seres humanos somos y lo superinteligentes que son por contra los animales, afortunadamente sólo algunos, no todos, lo cual es verdaderamente causa de pre-Alzheimer. Quizás sea un tipo raro, pero nunca comprenderé a quienes van al cine, pagando, a que les hagan sufrir, o a dejarse comer los sesos hasta perder el oremus. ¿Tanta gente hay feliz en su vida normal familiar y laboral, que en su ocio quiere dejar de serlo?
Yo confieso
cine, falsa y equivocadamente denominado intrascendente, porque cumple una función social tan relevante e insustituible como es la de distraer, la de ayudar a emplear el ocio de manera rentable para el espíritu, le gusta a mucha más gente de lo que nos pensamos y creen los sesudos amantes del cine ideológico, al que califican de serio y profundo, que desprecian a quienes preferimos otro tipo de cine, llamándonos incluso desenfrenados ignorantes. En fin, iré al garaje a que mi mecánico preferido mire cómo voy de frenos, pero no creo que … Por eso mi ocio actual, muy poco como dije, lo empleo o viajando con la familia, cada vez menos y cada vez con menos familia, por motivos de edad e incompatibilidad paterno-filial obvios, que realmente me descansa (por cierto recomiendo a todo el mundo una saludable incursión por la Francia medieval y cátara del sudeste, de donde acabo de venir, porque para mayor sacrificio y gloria scientiae escribo esto encima durante mis cortas vacaciones), o leyendo, leyendo todo lo que pueda ser interesante y tenga muy buena pinta, clásico, moderno, demasiado clásico o demasiado moderno, clasificación del arte de la literatura tan cutre como fácilmente comprensible por todos, pasión que sólo quien la tenga igual podrá comprender; y
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No, cuando veo cine a mí me gustan y lo digo sin vergüenza alguna, las películas del oeste, las de espías, las de policías, casi todas las de suspense, pero siempre Hitchcock, las de James Bond, que son las mejores para mí, algunas bélicas, pero no todas, sólo aquéllas en las que los malos, malos de verdad, mueren y todo el mundo, ingenuamente, sale del cine creyendo que sí que existe la Justicia universal, casi todas las de abogados/crímenes que tienen un argumento no ofensivo a una persona de cultura media, porque hay bastantes así en que parece que nos traten como a idiotas, que debe salir del cine pensando que la Justicia particular también existe, otra ingenuidad, qué se le va a hacer, y, en fin, las de humor sano y bueno, que me haga reír de verdad sin chabacanería alguna, tipo inglés, tipo Hermanos Marx, tipo cine mudo norteamericano, sobre todo Chaplin (cualquiera suya, incluso las habladas), y El Gordo y El Flaco, o más actual tipo Peter Sellers, algunas geniales españolas, como las de Berlanga, del que me honra ser coterráneo suyo, pero de ésas, nuevas, hay tan pocas, y son tan escasos hoy los actores verdaderamente cómicos, que se me está olvidando el reírme viendo cine. Creo que esto no me pasa sólo a mí, afortunadamente, pues me parece que este
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c) Cuando llegan las 10 de la noche y estoy en casa, es decir, no estoy atendiendo la amable invitación de algún compañero o trabajando en temas de mi especialidad, por encargo naturalmente, a lo largo y ancho de este mundo de Dios, lo cual sucede con cierta frecuencia, con ilusión renovada me siento a ver la peli. Me hice del plus cuando empezó a emitir, en parte para esto, aunque sobre todo y en primer lugar para ver el fútbol, mi verdadera fuente de escape psicológico o ilusión para mantenerme más o menos cuerdo. Me apoltrono frente a la televisión al lado de mi mujer, también como se verá muy aficionada al cine, ya que el niño pequeño está acostado, la mayor estudia fuera de Castellón y la del medio está en edad de asumir inteligentemente que lo mejor a esa hora es o estudiar o dormir. Pues bien, qué difícil es que llegue más allá de las 22:30 h. en estado despabilado o al menos despejado, más bien estoy ya en fase de semiinconsciencia, cuando no gorgoriteando o sencillamente roncando a plena salud en el sofá, uno de los mejores inventos del hombre (o de la mujer). Siempre tengo la esperanza de que mi mujer me cuente el final, pero ello no resulta generalmente posible porque al día siguiente descubro que se durmió más o menos al mismo tiempo, con la mala pata de que
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muchísimas veces nos despertamos cuando el estreno ya ha acabado o, lo que es mucho peor porque a veces te deja en estado catatónico, cuando va otra distinta creyendo tú que es la misma. Eso debe ser la felicidad. Menos mal que televisando el Valencia no me duermo aún y estoy manteniendo el tipo, a veces con gran sacrificio dada su hoy penúltima temporada lo reconozco (pero acaba de ganar la liga, ¡ojo, eh!). Los demás prácticamente ni los veo ya (en lo que ha influido mucho el observar que en la mayor parte de los encuentros, incluidos los que celebra el equipo principal de mi fuero natal en el lugar de su sede social, sobra una buena parte de los espectadores presentes, pandilla de energúmenos nada presuntos criminales, casi siempre alcoholizados, verdaderamente miserables y asquerosos racistas). Otra cosa es ahora naturalmente mi querido C.D. Castellón, al que me une algo más que la afición natural del fuero del domicilio. Todo esto viene a cuento para que el lector comprenda que sí, que me identifico con el cine, no exageradamente es cierto, pero que mis imponderables circunstancias actuales me ponen muy difícil convertirme en un apasionado y asiduo espectador. Y lo más probable es que ya haya llegado tarde para eso. Con lo cual,
Yo confieso
eso algunos de ellos, mal y ofensivamente llamados secundarios, puedo haberlos confundido. Estoy satisfecho porque yo solito descubrí que al juez, el bueno, que sustituye al que se ha muerto de un infarto, que era el malo, en “Legítima defensa”, Tyrone Kipler (Danny Glover), se olvidaron de rotular su nombre en los créditos de la película, ¡qué faena!, pero la verdad es que puedo haber confundido algún personaje de papel complementario y por ello, si ha sido así, pido humildemente disculpas, sobre todo a la actriz o actor afectado, viva o esté en el ci…ne.
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querido lector, le ruego que me conceda una cierta legitimación, si quiere mínima, para poder escribir sobre el perfil del jurado en el cine, en tono desenfadado, que el problema no es para tanto, pero con fundamento, que es lo que Vd. espera al menos al comprar este magnífico libro (por lo que ha puesto de ganas en él la dirección de la colección y el editor, no por lo que yo le diga). ¡Ah, se me olvidaba! Debo pedir perdón por adelantado. Debido a todo lo que acabo de explicar no conozco a todas las actrices y actores que en el mundo hay. Por