Juan Montero Aroca
La Cumparsita
Vida y Derecho en el tango más universal
2ª Edición
La Cumparsita
Vida y Derecho en el tango más universal 2ª Edición
Juan Montero Aroca
Acádemico correspondiente en España de la Academia Nacional del Tango. Argentina Socio de Honor de la Asociación Argentina Tango al Mundo
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Para Federico Domínguez, amigo, y ya después, bastante después o, mejor, mucho después, presidente del Tribunal de Casación Penal de la Provincia de Buenos Aires. Sin tu ayuda no se hubiera escrito este libro. Me has seguido los pasos por las calles de «la Reina del Plata», por «Buenos Aires mi tierra querida», moviendo en sentido dubitativo la cabeza y murmurando unas veces para ti: «Juan está loco» y otras veces alzando levemente la voz para que te oyera: «Tú estas loco». Mi
«locura»
se te ha contagiado, te ha hecho sonreír y en todo momento he contado con tu tiempo y con tu amistad.
Monumento al TANGO
Introducción Del fracaso de la razón para explicar los porqués y de dar las gracias a quienes se les debe dar 1. Afortunadamente no siempre se sabe el porqué se hacen ciertas cosas ............................................. 2. Y debo dar las gracias y a quienes me han ayudado .........................................................................
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Capítulo I El estudiante que no ejercía y su entorno en Montevideo en el inicio del siglo XX 1. 2. 3. 4.
Los estudiantes sin ejercicio ............................................................................................................ La familia Matos-Rodríguez ........................................................................................................... La Federación de Estudiantes del Uruguay ..................................................................................... El pianista de oídas y las ayudas para la partitura ............................................................................
17 18 24 29
Capítulo II En busca de una fecha, la Giralda, la aportación de Roberto Firpo a «La Cumparsita» y las primeras grabaciones
Í N D I C E
1. 2. 3. 4.
Una marcha para el Carnaval, pero ¿de qué año: 1916 ó 1917? ...................................................... El lugar del estreno de «La Cumparsita»: La Giralda ....................................................................... Roberto Firpo y los compases añadidos .......................................................................................... Las primeras grabaciones ................................................................................................................
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Capítulo III La venta de «La Cumparsita» por unos pesos, cuyo valor puede calcularse en avena o en trajes, que se apuestan a un caballo y se pierden 1. 2. 3. 4. 5. 6.
Seis cartas y una cesión de derechos para la venta de un tango ....................................................... Setecientos kilos de avena ............................................................................................................... Unos trajes, no de buena calidad .................................................................................................... La avena y los trajes a los pies de un caballo.................................................................................... El empleo público y el taxi gracias al Partido Colorado................................................................... Sin un «mango», pero en la «Ville Lumiére» ...................................................................................
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Capítulo IV El largo recorrido en la recuperación de (parte de) la titularidad de los derechos sobre «La Cumparsita» 1. La importancia del cabaret en los derechos de autor .......................................................................
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La Cumparsita
2. 3. 4. 5.
Pasaje de ida y vuelta en el Vapor de la Carrera .............................................................................. El contrato de 1926 ....................................................................................................................... El contrato de 1933 ....................................................................................................................... Otros pasos, los finales ...................................................................................................................
82 84 89 95
Apéndice: texto en francés del contrato de 1933 .................................................................................
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Capítulo V Las letras ilegales y las letras legales de «La Cumparsita», o de como lo ilegal es (casi) siempre mejor que lo legal 1. 2. 3. 4. 5.
Las letras en el tango, en general..................................................................................................... La letra ilegal o el éxito ................................................................................................................... La letra legal o el fracaso ................................................................................................................. Las letras menos conocidas ............................................................................................................. Celedonio Flores y Julio Sosa: Por qué canto así .............................................................................
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Capítulo VI La invasión de Pascual Contursi, el ataque defensivo de Gerardo Matos y de como el conflicto entre letristas y compositor acaba (casi) en el arbitraje de Francisco Canaro 1. 2. 3. 4. 5. 6.
Pascual Contursi y el tango canción: historia de una invasión ......................................................... Defensa frente a invasión: una guerra de veinticinco años de duración ........................................... Dos procesos y ninguno acaba con la sentencia .............................................................................. El arbitraje en general y el de Canaro en particular ......................................................................... El reparto de los derechos entre letristas y compositor .................................................................... El fatal destino de José María Contursi...........................................................................................
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Capítulo VII La muerte de Gerardo Matos y sus «juicios sucesorios» con el peritaje de Homero Manzi: ¿Cuánto vale «La Cumparsita»? 1. 2. 3. 4.
La herencia material de Gerardo Matos .......................................................................................... La herencia inmaterial: los derechos de autor.................................................................................. Homero Manzi y su dictamen pericial ............................................................................................ Los números de «La Cumparsita» ...................................................................................................
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Epílogo Partitura con dos letras ........................................................................................................................
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Del fracaso de la razón para explicar los porqués y de dar las gracias a quienes se les debe dar 1. Afortunadamente no siempre se sabe el porqué se hacen ciertas cosas La primera edición de este libro se publicó en el año 2011 debido a la generosidad que conmigo ha tenido siempre la editorial Tirant lo Blanch y, todo hay que decirlo, su director Salvador Vives. Ni él ni yo pudimos pensar que algo más de dos años después íbamos a hacer una segunda edición. Ni en los momentos en que pudimos tener “la vista clavada en un sueño” imaginamos la segunda edición. Pero… aquí estamos; y no es fácil explicar cómo hemos llegado hasta aquí. En el año 2010, también con Tirant, publiqué un grueso volumen: Bolero. Historia de un siglo de emociones y en el prólogo de ese libro quise explicar —y no sé si lo conseguí— el porqué del mismo; en 2013 apareció la segunda edición y ya entonces empecé a medio creer en los milagros editoriales. En el siguiente 2011 se publicó la primera edición de este La Cumparsita. Vida y Derecho en el tango más universal, y en la Introducción no supe explicar cómo llegué a meterme en el mundo del tango. Hay que esperar a 2013 para que apareciera Historia del tango canción (1917-1967. Los años de oro); ahora ya no es que estaba metido en el mundo del tango, ahora es que soy un tanguero. Se me ofrece ahora una segunda oportunidad para intentar explicar cómo y porqué me metí en el mundo del tango, pero es el caso que, después de profunda meditación, sigo sin saber el porqué o, por lo menos, no lo puedo racionalizar. El cómo puedo intentar explicarlo. Estuve por primera vez en Argentina en 1983 para asistir a un congreso jurídico en Rosario organizado por el amigo Adolfo Alvarado. Como es natural aproveché para pasar
I N T R O D U C C I Ó N
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unos días en Buenos Aires. Como buen turista estuve en El viejo almacén y en Caño 14 y me gustó el tango, pero no fue para echar las campanas al vuelo. Volví una o dos veces cada año a Argentina en los siguientes y un buen día, allá por 1986, entré en una casa de discos en Buenos Aires, por Lavalle y Florida, y compré unos CD’s, no de los recientes sino de los antiguos, de los que reproducían grabaciones de la Vieja Guardia. Después en los sucesivos viajes, tampoco sé porqué, fui ampliando las compras y actualmente tengo algo más cinco mil tangos, aunque algunos de ellos son versiones de una misma composición. No siempre he podido adquirir por los medios normales algún tango y he tenido que recurrir a otros medios, pero esto siempre lo he hecho forzado por las circunstancias. Ahora, al darme cuenta ahora de la colección, el primer sorprendido soy yo, de modo que puedo entender la sorpresa del lector. Casi al mismo tiempo, pero algo después, pasé en Buenos Aires una tarde haciendo lo mejor que se puede hacer, que es obviamente nada, y en el deambular por Corrientes me acerqué a Rodríguez Peña por el 400 a la editorial Corregidor, y casi sin advertir bien lo que hacía empecé a comprar libros; repetí en varias ocasiones y en los estantes de mi biblioteca tengo ahora más de doscientos cincuenta. A veces las cosas han sucedido de modo que ni siquiera pretendo entender. Por ejemplo, no sé porqué un día en Roma, y en una librería de viejo, buscando libros de derecho procesal, me encontré con los tres volúmenes de Horacio Ferrer, El libro del tango, la edición de 1980, y los compré por algo más de trescientos euros. No puedo explicar ese porqué y ya he renunciado a entenderlo. Durante más de cuarenta años he escrito artículos y libros de Derecho, tantos que cuando los veo en mi biblioteca, en lo que llamo “Galería de la Vanidad”, ordenados por la fecha de la publicación, me preocupo al darme cuenta de que no he sido consciente de las horas, de los días, de los meses, de los años, de las décadas que he dedicado al Derecho —con mayúscula—. Después de tantos años, tantos que suman quince trienios, me creo en el derecho —con minúscula— de escribir de las aiciones y de dejar atrás la obligación. Y ahora podría alguien preguntarme: ¿Y por qué empezó con La cumparsita? Y para esto sí tengo respuesta. En uno de los viajes a Buenos Aires compré las memorias de Francisco Canaro y fue en este libro donde descubrí que había existido un largo proceso entre los autores de la letra (Contursi, mejor, sus herederos, y Maroni) y el compositor de la música (Matos Rodríguez), proceso que no había acabado con una sentencia, como es lo normal, sino que había sido la causa de un arbitraje que había decidido un laudo del mismo Canaro.
Ese fue el inicio de mi investigación. Se mezclaba el tango con el Derecho, el oicio con la aición. Fue una suerte descubrir la existencia del proceso y del arbitraje, pues por ese camino, como sin darme cuenta, he llegado al mundo del tango y en él permanezco.
2. Y debo dar las gracias y a quienes me han ayudado La investigación no se hubiera podido hacer en España de modo completo, de modo que fui aceptando las invitaciones que me fueron haciendo para dictar conferencias en Argentina. La conferencia, la ponencia en el congreso, ha sido la razón de ser oicial de muchos viajes, y en todos ellos me he esforzado por hacer el trabajo lo mejor que he podido, y lo he hecho con todas mis fuerzas, pero en mi interior sabía que debía provocar la oportunidad de quedarme algunos días en “la Reina del Plata” sin más ocupación que la aición al tango. Debo aquí dar las gracias a quienes, de una u otra forma, me han ayudado y mi temor es dejarme en el ordenador el nombre de alguna persona. Naturalmente el primero de todos es el Dr. Federico Domínguez, a quien la obra se dedica. Hace bastante años lo nombré mi representante plenipotenciario en Buenos Aires y, aunque me ha metido en algunos líos jurídicos, siempre lo ha hecho pensando en lo que es mejor para mí. Y luego está el Dr. Gustavo Calvinho, abogado, mi “investigador” en Buenos Aires; un día, cuando buscábamos a quien nos pudiera dar razón del abogado Pablo Calatayud, se le escapó: “Esto es mucho más entretenido que la reconvención en el código de La Pampa”. Y, desde luego, lo es. Sigue el Dr. Augusto José Fernández Pinto, director general del Archivo del Poder Judicial de la Nación, se entiende de Argentina; cuando le hablé del proceso de Contursi y Maroni contra Matos exclamó: “Esos son los de La cumparsita” y a mí se me escapó: “Estamos ante un hombre culto” y los tres nos sonreímos. En la oicina debo nombrar a Emilia Beatriz Vilatta, funcionaria de ese Archivo que, dentro de su competencia, ha ayudado en el acceso a algunos documentos. La entrada en SADAIC, la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música, se la debo a la Dra. María Alicia Muract Gola, que me encaminó por el arbitraje de Canaro y por algunos documentos posteriores que me han sido de gran utilidad.
Introducción
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Los contratos de Gerardo Matos con Breyer Hermanos y con Ricordi los busqué en el archivo musical de Melos, Ediciones Musicales, S. A., por la antes calle Cangallo y luego Teniente general Juan Domingo Perón al 1500, y José Santillán me orientó sobre dónde podían estar los documentos que precisaba. Después acudí a Juramento sobre el 1700, a la Universal Music Publishing, S. A., y allí conté con la ayuda de Ana María de Visaggio, general manager, y de Juan C. Belfonte. Las personas jurídicas son una icción; el agradecimiento se debe expresar a las personas físicas que me han dado permiso para publicar algunos documentos. Sin ellos a este libro le faltaría una parte muy importante. Por in, en la búsqueda de los documentos, debo dar las gracias a Lino Palacio, abogado, hijo de Lino Palacio (1928-2006), un gran jurista y un gran amigo, y nieto de Lino Palacio (1903-1984), más que dibujante, artista. Desde el almuerzo del día 30 de junio de 2010, con Patricia Fernández de Andreani, he empezado a creer en la casualidad. Lino Palacio es el abogado de Universal Music Publishing, S. A. Fue Walter Piazza, secretario de la Presidencia, de la Academia Nacional del Tango, quien me abrió las puertas de la Academia. El primer día que llegué, junto con Rubén Reale, estaba viendo y oyendo el inicio de la película Tango Bar, la última de Carlos Gardel, y ante nuestra intromisión dijo: “Calma que está cantando dios”. Después están Ricardo Montesino, dueño del Bar Sur, que me dio asilo en un lugar para tango pequeño y amable y Rubén Reale, presidente del Consejo directivo del Comité Pro Monumento al Tango, que me enseñó aspectos del tango en Buenos Aires; junto con él y con los amigos Roberto Yanni y Walter Kaiser he vivido Buenos Aires. Y no en último lugar están Guillermo Alio, pintor y bailarín, y Héctor Rebasti que me hizo oír a Gardel de otra manera y con el que he practicado el trueque de documentos. Por in debe dejarse aquí un recuerdo a Marta Luchenio, presidente de la Asociación Argentina Tango al Mundo que me hizo socio de honor de la entidad. Y, por in, el agradecimiento no sé cómo expresárselo a Buenos Aires. Lo intenté con la letra de un tango a la que le puso música José (Pepe) Colángelo:
Nací lejos de ti, Buenos Aires, crecí, viví sin conocerte, llegué un día que no olvido y ahora no puedo vivir sin verte. No existirá nunca un día más completo que un domingo de otoño en Buenos Aires. Levantarse tarde, subir a un taxi, ir a San Telmo, comprar un regalo inútil, regatear con el puestero, pasear, hablar, sentir tu gente. Almorzar en la parrilla de Escudero, molleja, bife, dulce de leche. Echar la siesta, disfrutar Lavalle y la ancha Corrientes y terminar el día en San Juan y Boedo, recordando las milongas y los tangos de Homero. Desde que te conocí me aprieta la nostalgia, y ahora en las madrugadas, a doce horas de vuelo, cuando me olvido de la distancia, siento que estoy otra vez en tus calles, Buenos Aires, allá por Santa Fe, por Arenales, por Libertad, cerca del Colón, junto al Cervantes. De todos los sueños, también de éste, se despierta y al descubrir que estas tan lejos, tan lejos tu ausencia, tu lejanía, se me hacen soledad. Nací lejos de ti, Buenos Aires, crecí sin conocerte, llegué un día que no olvido y ahora no puedo vivir sin verte. Buenos Aires… sin verte, Buenos Aires… sin verte. Introducción
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CapĂtulo I
El estudiante que no ejercĂa y su entorno en Montevideo en el inicio del siglo XX
1. Los estudiantes sin ejercicio En todas las profesiones para las que es necesario un título oficial se ha distinguido siempre entre quien ejerce la profesión de modo efectivo y habitual y quien, teniendo el título, no la ejerce. En la historia ha habido médicos dedicados a la política que no han entrado nunca en una clínica, para tranquilidad y larga vida de los pacientes, y abogados sin clientes que han preferido buscar caminos diferentes de los que llevan al ejercicio libre de la abogacía ante los tribunales, con lo que se han beneficiado tanto los no clientes como la justicia.
Estudiar significa “ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender algo”, y esto es justo lo que no hacen los estudiantes no ejercientes. Pueden ir alguna vez, se entiende de visita, al centro de enseñanza, pero no ejercitan el entendimiento. 2 Fernando O. ASSUNÇÂO, El tango y sus circunstancias, 2.ª edición, Buenos Aires, 1998, p. 65, hace relación de las “las más famosas pensiones” de Montevideo, explicando el significado de “academias”, peringundines” o “piringundines” y “pensiones”, palabras todas ellas utilizadas para evitar decir prostíbulo. 1
Lo mismo sucede entre los estudiantes, para los que el carnet universitario equivale al título oficial. Los hay que ejercen efectivamente, es decir, que estudian, y los hay que de estudiante sólo tienen el nombre y el carnet. Estudiante es, dice el diccionario, quien estudia y añade que también lo es la persona que cursa estudios en un establecimiento de enseñanza, quedando implícito en esta definición que la persona en cuestión acude asiduamente al mismo. Los estudiantes que no ejercen son los que no estudian, los que se matriculan en un establecimiento de enseñanza pero no aparecen por dicho establecimiento, salvo que se trate de la zona destinada a cafetería1. Pues bien, justamente este fue el caso de un estudiante inscrito en la Universidad del Uruguay en la segunda década del siglo XX. El estudiante se llamaba Gerardo Hernán Matos Rodríguez, la materia que no estudiaba era arquitectura y la Facultad por la que no aparecía la de Matemáticas. Pasaba el día en el local de la Federación de Estudiantes del Uruguay y la noche en sitios aún menos santos, como el Moulin Rouge y La Giralda, o en lugares nada recomendables como La Pensión de Ema, que debe ponerse en cursiva para resaltar la segunda intención en el uso del nombre2. Lo diferente de este estudiante fue que, cuando no había cumplido aún veinte años, compuso la música del tango más universal: La cumparsita. El estudiante que no ejercía y su entorno en Montevideo en el inicio del siglo XX
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No trataré en lo que sigue de reconstruir la biografía completa de Gerardo Matos, ni siquiera en su faceta de compositor, y no es mi propósito adentrarme en lo que La cumparsita ha significado en el mundo del tango. Pretendo algo mucho más limitado, y también menos conocido por los aficionados al tango, como es explicar algunos de los conflictos jurídicos que este tango concreto ha suscitado. Ahora bien, el conflicto jurídico nace de la vida de los hombres, y sin entender esa vida no hay comprensión posible de lo jurídico. Por eso el libro se subtitula Vida y Derecho en el tango más universal, y en la parte de la Vida es necesario atender a algunas cuestiones no jurídicas pero imprescindibles. Sólo en lo necesario —aunque en sentido muy amplio— atenderé a lo no jurídico. Y este concepto de necesario para nuestros fines entran dos aspectos que se refieren uno al entorno familiar y otro al propiamente estudiantil —es una manera de hablar— del compositor. Gerardo Matos (niño)
2. La familia Matos-Rodríguez En el entorno familiar debemos atender a sus orígenes y de modo especial a quienes fueron sus padres. Gerardo Hernán nació el 18 de marzo de 1897 en Montevideo, Uruguay, y era hijo de Emilio Matos y de Edelmira Agustina Rodríguez. Emilio Matos, el padre, aunque había nacido en Montevideo, el 5 de marzo de 1872, era hijo de españoles, emigrados al Uruguay desde las Islas Canarias, más concretamente desde Santa Cruz de Tenerife. Se llamaban él Francisco Matos, carpintero de oficio, y ella Rosa Fuentes, sus labores. Se trataba sencillamente de una familia más de las muchas que desde Canarias llegaron a Uruguay en el siglo XIX, distinguiéndose de la mayoría sólo en que esta concreta familia no trabajó la tierra en el interior, en las grandes haciendas, sino que se quedó en Montevideo y el hombre ejerció un oficio artesanal.
Partida de nacimiento El estudiante que no ejercĂa y su entorno en Montevideo en el inicio del siglo XX
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La Cumparsita
Cuenta la tradición familiar que allá por el año 1886, cuando el hijo Emilio contaba 14 años de edad, sus padres lo mandaron a Paris, a casa de una hermana de Rosa que allí residía. Si esto fue así, y no hay porqué negar una afirmación repetida en el ámbito familiar, deberá reconocerse que no acaba de comprenderse cómo un emigrante carpintero manda a un hijo a Paris en el siglo XIX, aunque sea ya a finales. No parece que los carpinteros en el Uruguay y en la época pudieran permitirse estos lujos, ni aún en el caso de tener asegurado el hospedaje en Paris. El niño permaneció en Paris siete años y regresó a Montevideo con 21 de edad y trayendo bajo el brazo un título de contable, lo que en los países iberoamericanos se suele denominar contador público. Con su título y el prestigio que daba entonces, y sigue dando en la actualidad, haber estudiado en Europa, incluso aunque los estudios se hayan hecho en la España actual —por mucho que hoy parezca y sea increíble—, Emilio encuentra pronto trabajo, llevando la contabilidad de empresas conocidas, y mujer. El 26 de mayo de 1894 se casa con Edelmira Agustina Rodríguez. Él tiene 22 años y ella un poco más, 27; les separan cinco años y unos meses o, por lo menos eso es lo que se desprende de la certificación de matrimonio, que tenemos a la vista. Edelmira Agustina nació en Montevideo, y hasta aquí no hay cuestión, pero no es nada segura la fecha de su nacimiento, aunque oficialmente parezca que esa fecha fue el 28 de agosto de 18673; era hija de dos orientales4, de Luciano Rodríguez y de Edelmira Esteván (sic) de los que no sabemos muy poco. De la situación social y económica de la familia de ella no tenemos dato alguno. En el acta de matrimonio de los jóvenes Emilio y Edelmira se dice que el padre de él era carpintero, pero se guarda silencio sobre la profesión del padre de ella, del que se afirma que ha fallecido, sin más detalles.
Determinar la edad de Edelmira Agustina Rodríguez Esteván o Esteban no es nada fácil. Los datos son estos: 1) Lo indudable es que murió en Montevideo el 13 de diciembre de 1948, 2) No lo es tanto que tuviera 91 años de edad en el momento del fallecimiento, si bien así se asegura en el 3
Emilio Matos
Tampoco sabemos nada de Edelmira Agustina, una mujer dedicada a su casa, de profesión sus labores, de la que su biznieta dirá que era “una criolla bonita, alegre, chispeante” y “pícara, divertida y alegre como una campanita” y su hijo Gerardo dirá que era “adorable, chispeante, compradora, graciosísima en el hablar y eternamente enferma”5.
certificado de defunción que expide el 30 de diciembre de esos mes y año el Oficial del Estado Civil, 5ª Sección (y que tengo delante), y 3) En la inscripción de su matrimonio de 26 de mayo de 1894 (que también tengo delante, si bien por medio de una certificación expedida en 1948 por el Director general del Registro del Estado Civil) se hace constar que nació el 28 de agosto de 1867 y que tenía 27 años. Con esto basta para decir que, si los números no mienten, y no lo suelen hacer, quien nació en 1867 cumplía 81 años en 1948, no 91 años. Pero hay más: 1) En el certificado de nacimiento de Ofelia Isis (que también tengo delante), que nace el 25 de mayo de 1895, se dice que la edad de la madre, Edelmira Agustina, es de 27 años (los mismos que cuando se casa en 1894), y 2) En el certificado de nacimiento de Gerardo Hernán (que también tengo delante), que nació el 18 de marzo de 1897, se dice que Edelmira Agustina tenía 29 años. Si a ello se añade que la biznieta, Rosario INFANTOZZI, De Matos Rodríguez, La cumparsita, Montevideo, 2004, p. 25, asegura que Edelmira tenía “casi once años más” que su marido y si éste, es decir, Emilio Matos nació sin duda el 5 de marzo de 1872 las cosas se complican aún un poco más, pues entonces su mujer Edelmira debió nacer en 1861. Total que nadie sabe cuándo nació la madre de Gerardo Matos y que no nos atrevemos a poner en cuestión el Registro Civil del Uruguay, pero la exactitud del mismo deja mucho que desear o, mejor dicho, dejaba a finales del siglo XIX y principios del XX. 4 El gentilicio que se usaba en la época para denominar a los uruguayos era el de oriental y así aparece en los documentos oficiales, incluso en las inscripciones en el Registro Civil. El nombre oficial del país es República Oriental del Uruguay, es decir, la república que está al oriente del río Uruguay, de modo que es un país sin nombre y de ahí que el gentilicio no sea uruguayo sino oriental. Aunque las cosas están cambiando y hoy se habla comúnmente de uruguayo. 5 Las frases del texto se encuentran en el libro de Rosario INFANTOZZI, De Matos Rodríguez, La cumparsita, Montevideo, 2004, y en él pp. 24 y 121; la obra puede considerar la historia oficial tanto de la biografía de Gerardo Matos como de algunos avatares de La cumparsita; por ello deberá ser citada en estas páginas en varias ocasiones.
Edelmira Rodríguez
Fue en 1913 cuando Emilio Matos empezó a llevar las cuentas del Moulin Rouge, un cabaret abierto en Montevideo en 1910, pero no tardó mucho en convertirse en propietario del mismo. Cuando empieza la acción de nuestro relato, la de la composición de La cumparsita, Emilio Matos era ya el dueño del cabaret y, lo que importa realmente, es que lo era sin el conocimiento de su esposa y de sus hijos. Le gustaba la
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milonga6 —dicho en términos rioplatenses, en los que puede significar la jarana, la juerga, el baile o algo mejor o peor según se mire— y le gustaba incluso más de lo que ya la gustaba y le iba a gustar a su hijo Gerardo, que ya es decir, como veremos. En el inicio del año 1917 la situación familiar estaba rota como consecuencia de las aficiones de Emilio y, sobre todo, porque la familia en general y su esposa Edelmira en especial no podía admitir el hecho de que su marido fuera el propietario de un cabaret, de un lugar de pecado7. Y eso que no sabía que a su propietario, su marido, se le conocía en el ambiente milonguero como Papá Matos8. Para las “buenas gentes” de Montevideo en el inicio del siglo XX un cabaret no era un negocio, era un antro de vicio y de perdición.
Ofelia Matos (joven)
La palabra tienen diversos sentidos; el primero es el referido a una especie de danza o de canción, pero también se usó para designar al lugar de baile y, más en general, a los lugares de diversión y, luego a la diversión misma. Por ejemplo se dice en el tango, de 1922, de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera, con música de José Padilla: El taita del arrabal: Pero un día la milonga lo arrastró para perderlo: usó corbatita y cuello, se emborrachó con pernot, y hasta el tango arrabalero a la francesa bailó. 6
El Moulin Rouge —¡qué falta de imaginación al ponerle nombre!— estaba, naturalmente en Montevideo, en la calle Andes, entre 18 de Julio y Colonia, cerca de la Plaza de la Constitución. Los cabarets argentinos (y debe pensarse que también los uruguayos) se ha sostenido, por ejemplo por Eduardo GIORLADINI (Prostitución y tango, en Revista Club de Tango, 1996, núm. 19) que no eran como los europeos, pues en aquellos había reservados para los actos más íntimos. Por ello se puede leer en Margot, un tango con letra de Celedonio Esteban Flores y música de Carlos Gardel y José Ricardo: Ahora vas con los otarios a pasarla de bacana a un lujoso reservado del Petit o del Julien… El cabaret Petit Salón estaba en Esmeralda al 300 y el Julien en Esmeralda y Lavalle. Sobre la mafia de la trata de blancas en esos cabarets puede verse Enrique CADÍCAMO, Mis memorias, 5.ª edición, Buenos Aires, 1999, pp. 55 y ss. 8 Con ese apodo aparece en la letra que Pascual Contursi puso al tango de Augusto Pedro Berto (18891953) La biblioteca, como puede verse en José GOBELLO, Orígenes de la letra de tango, en “La historia del tango. Sus orígenes. 1”, Buenos Aires, 1976, pp. 122-124. Se trata de una letra larga en la que Contursi va haciendo relación de los clientes que entran en el cabaret Moulin Rouge y al final dice: Y entre risas y carcajadas lo vieron al Papá Matos campaneándose los patos que lo quieren amurar. 7
Separado de su esposa sale de la vida de la familia, tanto que no se le vuelve a nombrar cuando se cuentan historias de su famoso hijo Gerardo Matos. Se sabe, sí, que murió el 23 de marzo de 1928, a los 54 años de edad, dice el acta de defunción (que tengo a la vista), pero realmente tenía 56; y en esa misma acta consta todavía como casado y de profesión: empleado. En la familia se había preferido hacía tiempo hacer como si no existiera9. Separada de su esposo, pero no divorciada, Edelmira vivió hasta el 13 de diciembre de 1948, en que murió, siempre en Montevideo, al parecer con 91 años de edad (según el acta de defunción)10. En Uruguay existe el divorcio desde 1869 y desde 1913 cabía por la sola voluntad de la mujer, pero Edelmira no hizo uso de lo que le permitía la ley. En su certificado de defunción de 1948 se la considera viuda11. El matrimonio Matos-Rodríguez tuvo dos hijos: Ofelia (nacida el 25 de mayo de 1895, llamada familiarmente Becha), y Gerardo Hernán (nacido 18 de marzo de 1897 y llamado Becho). Ante la incapacidad de la Madre, y muerto antes el hijo Gerardo, la curatela se confió a Ofelia y ya veremos cómo fue ésta quien asumió el protagonismo cuando llega la hora de poner fin a los pleitos sobre los derechos de La cumparsita (como puede verse en el Capítulo VI). En los días del verano de 191712 la situación debía ser muy tensa en la casa del matrimonio Matos-Rodríguez, por lo que la familia no debería tener el ánimo propicio para hacer los preparativos del carnaval; el ambiente debería estar muy lejos de las alegrías musicales13. El descubrimiento de que Emilio Matos era el dueño de un cabaret —¡y de qué cabaret!— y que vivía el ambiente del mismo —¡y de qué manera!— lo había descompuesto todo. La esposa se sintió engañada, el hijo incomodo con un padre más juerguista que él y la hija sintió que su proyectado matrimonio quedaba de momento en el aire, pues los padres del novio estaban poniendo en cuestión el enlace con una familia de la que podía dudarse moralmente14. El padre hubo de salir del domicilio conyugal y nunca fue perdonado.
Vivía en el momento de su muerte en la calle 25 de mayo, núm. 127. 10 Habían pasado más de treinta años desde la separación del esposo Emilio Matos y veinte desde la muerte de éste. Residía en el momento de su muerte en la calle Yí, 1290, piso 2.º, junto con su hija Ofelia. 11 Poco antes de morir fue incapacitada por auto núm. 10.664, de 30 de junio de 1948, por el Juez letrado de Primera Instancia en lo Civil de Sexto Turno, en el expediente caratulado: Rodríguez de Matos Edelmira Agustina. Incapacidad-Lº36 Fº9”. 12 Para el lector español es conveniente recordarle que estamos en el hemisferio sur y que en él el verano termina y el otoño comienza el 21 de marzo. 13 En los últimos días el matrimonio residió en la calle Constituyente, núm. 1779, entre Minas y Magallanes. 14 Ofelia era novia en aquel momento de Enrique Durán Guani (llamado Coto), con un noviazgo que duraba ya seis años. A pesar de todo el matrimonio se celebró finalmente, en 1919, cuando Ofelia contaba ya —para entonces— con 24 años de edad. 9
El estudiante que no ejercía y su entorno en Montevideo en el inicio del siglo XX
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