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! ! ! ! ! ! Titulo: Vanitas Vanitatum Edición 1º: Abril 2014 Edición 2º: Julio 2014 Edición digital: Julio 2014 ISBN: 978-84-15799-21-4 Depósito legal: V-1186-2014
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© Laura M. Mollá Enguix
Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito del autor, Laura M. Mollá Enguix.
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Este libro es una obra de ficci贸n. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares o los acontecimientos son fruto de la imaginaci贸n del autor y se utilizan con car谩cter ficticio. Cualquier parecido con personas reales, acontecimientos o situaciones son puras coincidencias.
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VANITAS VANITATUM ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! !
LAURA M. MOLLÁ
Vanitas Vanitatum
I.— UNO
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No sabía exactamente cómo había ocurrido todo. Inicialmente pensó que era ese afán de superación el que le llevó a emprender este escabroso proyecto.Pero la realidad es que fue la Vanidad. Sí, la VANIDAD, con mayúsculas. Cuando aquel político desgarbado, y sin escrúpulos le planteó el proyecto pensó que eso no iba con él. Pero cuando llegó al despacho y se encontró una vez más con el casero reclamándole el alquiler, lo vio claro. Al fin y al cabo, eso no hacía daño a nadie. Solo era un agujero más en las arcas del estado. ¿Quien se iba a dar cuenta con la cantidad de déficit público que había? Y ahí estaba ahora. En un callejón sin salida. Asombrado ante los titulares de prensa que estaba leyendo, y con el dilema de pronunciarse sobre todo lo que sabía. La mesa del despacho era un desorden incontrolado desde hacía poco más de un año. Los papeles se amontonaban unos sobre otros y el polvo se veía a través de los pocos rayos de sol que se colaban por la ventana en el frío atardecer de octubre de 2012. Se sentó sobre el ajado sillón de su despacho e hizo lo único que se lo ocurrió hacer, llorar desconsoladamente. Lloraba de rabia, de impotencia, por no saber que hacer ni como salir de esta situación. Estaba ciertamente solo. Y seguía sin saber como había caído bajo el hechizo de la Vanidad.
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Y es que esta profesión es así. Cuando tu reputación empieza a subir como la espuma, te crees imparable, eres DIOS, y puedes con todo. Pero cuando los peldaños de la escalera que te ha hecho subir no son lo suficientemente sólidos... la caída es descomunal. Su conciencia se debatía entre su obligación moral, su ego, y sus conocimientos jurídicos relativos a las consecuencias de sus actos. La verdad es que Fermín, siempre había sido un abogado pusilánime. Trabajador, eso si, pero sin bravura, lo que no le hacia muy idóneo para los avatares que el ejercicio del derecho en los tribunales le reservaba cada día. Pese a ello, seguía dedicándose al ejercicio de la profesión, con un marcado carácter generalista, y, como no se cansaba de repetirle su padre, fallecido años atrás, lo convertía en aprendiz de mucho, maestro de nada. Pero se ganaba su asueto cada día con las trifulcas vecinales, y los divorcios contenciosos. Y algún que otro despido. Nunca había tenido la suerte de llevar ningún expediente de divorcio de mutuo acuerdo, que sin duda le facilitaría la labor, y le proporcionaría una minuta menos sufrida. Tampoco tenía distracciones femeninas en su vida, puesto que cualquier señorita que se acercara a él se cansaba pronto de su poco sentido del humor y su falta de vida social. El excesivo perfeccionismo era un punto a su favor en el trabajo, pero no en lo sentimental. Físicamente no estaba mal, en eso la vida le había tratado bien. Apenas algo mas de metro ochenta, y setenta y cinco kilos, rubio, ojos azules. No, ciertamente no estaba mal, pero la falta de sentido del humor y las escasas relaciones sociales, no lo convertían en un buen partido.
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Pero es que viviendo en un pueblo a noventa kilómetros de la capital, con escasos procedimientos judiciales de especial trascendencia, su vida era miserablemente aburrida. No podía esperar otra cosa. Al menos hasta hace poco mas de un año, en el que el cambio había sido radical para su despacho. Y ahora estaba allí, sentado, sin saber qué camino tomar. En un instante le pasaron por su mente, los 40 años que habían transcurrido desde que vino al mundo. Sus años en la universidad. El momento en el que pronunció aquel “ Juro acatar la Constitución, así como lo dispuesto en el Estatuto General de la Abogacía Española y en el Estatuto del Ilustre Colegio de Abogados de Valencia; e, igualmente, ejercer la profesión de Abogado con fidelidad a las Normas Deontológicas que la regulan” sobre la primera edición de la Constitución Española. Y, no pudo hacer otra cosa que marcar el teléfono que indicaba la tarjeta que días antes le habían entregado, poniendo así fin al calvario que le atormentaba desde hacía meses. Había tomado la decisión correcta, se decía mientras marcaba el número. — Esperaba tu llamada desde ayer — le contestó una voz dura y segura de si misma al otro lado del teléfono. Fermín no podía articular palabra.
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II.— DOS.—
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Un año antes, julio 2011.
El calor era sofocante. Aquel pueblecito de provincias siempre se había caracterizado por el intenso frío del invierno y un calor seco en verano. Julian ya no estaba para estos trotes, al fin y al cabo, en la capital se estaba mejor, dada la distancia al mar, que era mínima, y al menos se permitía durante los calurosos días de verano, no trabajar por las tardes e irse con Marcela y las niñas a pasar la tarde en la Malvarrosa, cenar unas tapitas en cualquier chiringuito de los muchos que hay en el paseo, y dejar así contenta a la familia. Si algo bueno tiene el vivir en zona costera, es la facilidad de desconectar de los problemas diarios, con una simple mirada al mar. Pero los avatares del destino y sus ansias de poder le habían obligado a pasar la tarde de viernes en aquel pueblo del interior para convencer a aquel abogado pusilánime de que tenía a su alcance la fama y el estrellato, cuando en el fondo Julian sabia que si aquello salía mal, lo que ocurriría es que se estrellaría de una manera estrepitosa, y, quien sabe, quizá perderlo todo. Se paso la mano por el pelo, a modo de tic nervioso. Tenía que controlarse para superar sus miedos y evitar que Fabian, o Fermín, o como quiera que se llamara el muchacho, se diera cuenta de sus debilidades.Al fin y al cabo, él solo quería acabar el trabajo que tenía en mente para volver a Valencia y disfrutar de sus tardes de verano.
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Pero en los pueblos no es así. La jornada intensiva de verano se desconoce, y mas bien es intensiva de 8 a 22 horas todo el año. Se tiene la mala conciencia de que cuantas más horas se trabaja en la oficina más se produce. Extremo este inversamente proporcional a los estudios realizados en otros países. Se volvió a pasar la mano por su lustroso pelo, y en un signo más de nerviosismo se dijo:— “¡Céntrate Julian, llama a la puerta, pide a su secretaria que te reciba, le sueltas tu rollo motivador y te largas!”. Suspiró profundamente, — “otra vez hablando solo” — pensó— “Como sigas así acabarás cazando moscas”. Miró su reloj que apenas marcaba las 16 horas. Armándose de valor pulsó el timbre y esperó a que le respondieran. Pasados 30 segundos, y ante la falta de respuesta, volvió a pulsar, esta vez más insistentemente. Tampoco hubo respuesta esta vez. Claro, otra mala costumbre de los pueblos de provincias, y ademas de la costa Mediterránea. Ningún abogado que se precie, a la vieja usanza, entraba en el despacho antes de las 17:30, después de haber comido tranquilamente en su casa, y haber echado una cabezadita en el sofá, como buen español que era. Y claro, Fermín o Fabian o..., por lo que le habían contado, debía ser así. — Bueno — pensó — me tomaré un cafe y volveré mas tarde, ¡y a ver si así memorizo su nombre de una maldita vez!
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El calor era asfixiante, pero quedarse una hora en la puerta tampoco era la solución, así que decidió dar una vuelta por los alrededores y ver qué encontraba. Justo enfrente de las oficinas encontró lo que parecía una discoteca con jardines exteriores, bastante aceptable. — Buen lugar para pasar las noches de verano — pensó — Seguro que podría encontrar jovencitas con ganas de marcha — y es que las mujeres siempre habían sido su debilidad. Menos mal que Marcela nunca se había enterado de sus infidelidades. Siguió caminando por el que parecía un pueblo fantasma, pues estaba claro que si bien antaño fue una zona con un tejido empresarial bastante importante como le habían contado, actualmente estaba en clara decadencia. Tendría que pensar en cómo motivar al chaval, pues atendiendo al entorno que le rodeaba sería difícil. Por fin encontró una especie de plaza en la que había algún que otro chiringuito abierto y lo que parecía una heladería. Había mesas montadas en el exterior, pero ¡cualquiera era el valiente que se sentaba a 40º a las cuatro de la tarde y a pleno sol!. Se decidió por un bar que hacía esquina y que parecía estar lleno. Al abrir la puerta los seis pares de ojos que había en su interior, se volvieron inquisitivamente a mirarlo. Típico de pueblo de provincias. Cuando entra un forastero, nunca es bienvenido y la curiosidad insana puede con la prudencia. — Un carajillo tocado de Baileys — pidió al enorme camarero que se situaba detrás de la barra. De inmediato, las seis personas que se encontraban en su interior, retomaron la animada conversación que tenían al momento de su llegada. No pudo evitar escucharlas.
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— ¡Pues si te cuento la última que está tramando Ramiro no te lo crees! — dijo a voz en grito el más desgarbado de los seis y que parecía monopolizar la conversación. — ¡Pero ojito con lo que contáis que esto es secreto profesional! — insistía aquel tipo — Ayer cuando estuve en la empresa, preparamos ya la documentación para presentar en la Consellería. Al parecer un amigo de un colega mío, me ha dicho a quien le tengo que entregar la documentación. Si lo hago como me pide, tenemos el acuerdo aprobado sin más problemas. — ¡Venga ya! Eso no te lo crees ni tú, Rafa, — le increpó el más joven de los seis — Si presentando los acuerdos con la avenencia de los trabajadores, revisan todo con lupa. Que si te piden un papel, luego otro, y va corriendo el tiempo. Y la empresa a palmar pasta. — Robert, anda, respáldame un poco — pidió ayuda Rafa, que seguía llevando la voz cantante. — Mira Rafa, yo con mis divorcios voy bien, gano pasta y punto. A mi no me líes con tus historietas. Bueno chicos, la compañía es grata, pero me esperan mis damiselas en apuros — así es como llamaba Roberto a todas sus clientas, habitualmente damas de buena posición, hastiadas de sus maridos, que acudían a él para la redacción de acuerdos matrimoniales, y presionar al cónyuge en caso de solicitar el divorcio. Con su sonrisa embaucadora abandonó el local, no sin antes decirle al camarero que lo anotara en su cuenta.
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— Se aceptan apuestas chicos, ¿les arregla algo más que los papeles o no? — inquirió Rafa llenando con su risa maliciosa el local. Era una cuestión que muchos de ellos pensaban sobre su amigo Robert y sus damiselas en apuros, pero ninguno de ellos tuvo el valor de decirlo nunca en voz alta. Por eso, en lugar de seguirle la broma a Rafa, se despidieron de él para volver a sus obligaciones. Julián, había estado escuchando la conversación, sin querer disimular una sonrisa. Estaba convencido que le habían enviado al lugar adecuado. Y estos chicos, parecían ser abogados, que no se caracterizaban mucho por la discreción, al ver el modo en que hablaban en el bar. Pagó sin acabarse el carajillo y abandonó el local, esperando tener más suerte esta vez. Volvió sobre sus pasos, y se encontró de nuevo en la puerta del despacho de Fermín. Esta vez, al pulsar el timbre, la puerta se abrió sin ni siquiera contestar. — Muy confiados estos de pueblo — pensó, y empezó a subir las escaleras que conducían directo al primer piso, donde se encontraba el despacho.
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! III.— TRES.— !
Lejos de encontrarse una rubia despampanante para recibirle en la puerta, al llegar al primer piso, se encontró la puerta entornada, un recibidor agradablemente decorado y perfumado. De fondo, una música que no sabría identificar, si bien parecía un violín, se colaba entre el pasillo y un despacho que se veía a la izquierda. Golpeó ligeramente la puerta con los nudillos, y escuchó una voz educada que le decía: — Tome asiento, salgo enseguida. Realmente, en los pueblos el mundo jurídico se vivía de otro modo. En su ciudad nunca hubiera sido atendido de este modo tan familiar. Tomó asiento sobre una butaca que había en la entrada que denotaba los años que había pasado en ese mismo lugar, para albergar el trasero de un cliente tras otro. Al lado, una mesita, contenía varias revistas de contenido estrictamente jurídico, que no pensaba que nadie leyera. Nunca había entendido por qué los abogados se empeñaban en dejar revistas jurídicas para el entretenimiento del cliente. Tampoco pensaba que lo adecuado fuera la prensa rosa, pero algún periódico deportivo que otro no estaría mal. Tal vez, a Fermín no le interesara el deporte. Tras pasar unos escasos diez minutos allí sentado, escuchó la voz de un joven charlando animadamente con otra persona. El pasillo dejó entrever dos figuras que se acercaban a la entrada y al llegar a su altura se despidieron con un fuerte apretón de manos y el tercer “enhorabuena” que escuchó desde que salieron del despacho del fondo.
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Fermín, se acercó y le tendió la mano: — Buenas tardes, disculpe la espera, estaba reunido. Usted dirá. La mirada de lince de Julian había tenido el tiempo suficiente para detectar los numerosos títulos que figuraban enmarcados en aquel despacho, la mesa vacía de una secretaría en la entrada sobre la que no se encontraba ningún papel o pieza de escritura, y los libros amontonados del despacho contiguo, con clara evidencia de llevar allí mucho tiempo sin que nadie los leyera. Fermín parecía querer aparentar que aquel despacho contaba con otros profesionales, cuando de la realidad de los títulos era evidente que estaba solo, y que no contaba con la ayuda de nadie. — ¿Le puedo ayudar en algo? — insistió Fermín — disculpe que no haya salido a recibirle, pero estaba reunido y mi secretaria está de vacaciones. Estas palabras sacaron a Julian de su ensimismamiento. El calor era sofocante. No sabía si era por la temperatura exterior, o por la historia que tenía que contar. Se pasó las manos por el pelo lacio, respondió al apretón de manos de Fermín y se presentó. — Buenas tardes, mi nombre es Julian, y quería hablar con usted por un asunto bastante delicado. ¿podríamos hacerlo en un lugar más discreto? Ya se que me ha dicho que está solo, pero si algún vecino se acerca a la puerta… — Claro, claro. Disculpe usted, pase a mi despacho por favor. Al fondo — Le guió dejándole pasar primero.
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La estancia era amplia, tal vez demasiado en comparación con el resto de las que se adivinaban en el despacho, pero quizá era lo más normal, dado el número de horas que el abogado debía de pasar allí. Se sentó en un sillón que se encontraba frente a la mesa repleta de papeles que Fermín se molestó en recoger mientras tomaba asiento, protegiendo así la intimidad de sus anteriores clientes. — Verá, mi nombre es Julian, no recuerdo si me he presentado debidamente al entrar. Ocupo un cargo elevado dentro de un organismo, digamos importante. Hemos estado estudiando la trayectoria empresarial de esta zona y mi compañero y yo consideramos que es el lugar adecuado para aceptar el proyecto que nos han propuesto desde una asociación empresarial. Tomó airé y empezó a soltar toda la historia que previamente se había preparado, en el mismo orden, pero añadiendo algún efecto que influyera positivamente en la predisposición del abogado a aceptar el encargo profesional. — Este es sin duda un proyecto ambicioso y hemos estado siguiendo su trayectoria profesional. Nos parece una persona muy capacitada para desempeñarlo y nos gustaría contar con su colaboración. Evidentemente una colaboración remunerada. Estamos dispuestos a pagar los honorarios que nos pida, multiplicados por tres. Lo único que le pedimos a cambio es que guarde mucha discreción, ya que puede implicar a mucha gente, en particular altos cargos políticos, y gente influyente en el mundo jurídico.
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Fermín se había quedado sin habla. No entendía muy bien lo que aquel personaje tan peculiar le estaba pidiendo. Pese a ello, le animó a continuar. — Mire, no se si estoy entendiendo exactamente lo que me está proponiendo. En este despacho llevamos todo tipo de asuntos así que estamos preparados para prestar el servicio que usted pueda necesitar. Sea el que sea. Por supuesto, la discrecionalidad es nuestro punto fuerte, de modo que entenderá que no le pueda contar nada relativo al tipo de expedientes o clientes que tenemos. Agradecería me contara algo más del asunto que le ha traído hasta aquí — se limitó a responder Fermín.
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Julian tomó aire y empezó a desgranar uno por uno todos los puntos del discurso que había preparado concienzudamente. Lo que estaba viendo de Fermín le indicaba que efectivamente era la persona adecuada. No se había equivocado ni por un momento en la percepción que tenía del chico. La historia se iba construyendo con las palabras de Julian, y pese al esfuerzo que estaba haciendo Fermín en disimular su entusiasmo, se evidenciaba el mismo por el brillo que iban adquiriendo sus ojos y como se iba desencajando la cara por momentos. Tras dos largas horas de exposición, que se vieron interrumpidas por alguna pregunta que le formulaba el abogado, Julián concluyó: — Estoy seguro que tu nombre saltará a la fama cuando acabes con todo este proyecto. Y las editoriales jurídicas se pelearan por entrevistarte. ¡Chaval, tu despacho no tendrá comparación con ninguna otra boutique legal!
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Fueron las palabras mágicas. El ego y la vanidad de Fermín, pudieron más que la prudencia que le había acompañado después de quince años de ejercicio profesional en el anonimato. "La vanidad es la ciega propensión a considerarse como individuo no siéndolo", pensó Julian recordando las palabras de Nietzsche. Las pocas palabras que recordaba de las aburridas clases de filosofía con la señorita Fenollar. — Perfecto, Fermín, te esperan el lunes en esta dirección. A las diez — le dijo mientras le entregaba una tarjeta. Con un fuerte apretón de manos, dejó la sonrisa bobalicona de Fermín tras la mesa, y abandonó el despacho. — No me acompañes, sé el camino. — Cierra al salir — consiguió articular el abogado, mientras se dejaba mecer por el balanceo de su sillón. Pasó una hora desde que Julián abandonara el pequeño despacho y Fermín no conseguía sobreponerse a todo lo que había escuchado. No veía inconvenientes por ningún lado, salvo que seguía sin conocer cómo habían llegado hasta él, ni quienes eran las personas que abanderaban el proyecto que le presentó Julián. No tardaría en averiguarlo. De eso estaba seguro. Una hora después, y tras meditarlo mucho, levantó el teléfono y llamó a Claudia. Era la única persona en la que podía confiar. Se lo había demostrado con creces, pese al romance fallido que tuvieron hace unos años.
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Era viernes, y aunque sabía que ella no estaría en el despacho, pues era mucho más europea en cuestión de horarios, sabía que le cogería de inmediato el móvil cuando viera que era él. Y que no le rechazaría una cena.
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IV.— CUATRO.—
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Empezaba a aumentar el ritmo de carrera cuando la música de Queen se interrumpió anunciándole una llamada. Pensó en no coger el teléfono. Le iba a romper la media de carrera y no podía dejarlo ahora que estaba entrenando de nuevo tras un tiempo de inactividad. Sin mirar rechazó la llamada y continuó corriendo. Al otro lado, Fermín, se sintió solo. Colgó el auricular y decidió marcharse a casa. Ya había tenido bastantes emociones por hoy y se merecía un descanso. Al fin y al cabo, mañana era sábado, no tenía nada mejor que hacer, así que podría volver al despacho a acabar aquella interminable demanda que le estaba llevando toda la semana. Este nuevo proyecto, le permitiría profundizar un poquito más en derecho laboral, que tan abandonado tenía estos últimos meses. Cierto es que seguían entrando expedientes de despido, era normal, siendo su ciudad principalmente dedicada al sector textil, y siendo la competencia asiática tan fuerte que no iba a dejar títere con cabeza. El cese de numerosas confecciones se sucedía semana tras semana. Pero excepto algún despido y un expediente de acoso laboral que tenía en este momento sobre la mesa, no llevaba nada más de derecho del trabajo. El nuevo proyecto le iba a permitir entrar en materia de nuevo, aunque no fuera estrictamente jurídico su cometido.Dio un suspiro y tras apagar el ordenador, abandonó cansinamente el despacho.
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