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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


RAFAEL AGUIRRE CARMEN BERNABÉ JESÚS ESPEJA JUAN ANTONIO ESTRADA PEDRO J. GÓMEZ SERRANO JUAN MARÍA GONZÁLEZ-ANLEO LUIS GONZÁLEZ-CARVAJAL SANTABÁRBARA JUAN MARÍA LABOA JESUS MARTÍNEZ GORDO JOAQUÍN PEREA FERNANDO RIVAS REBAQUE F. JAVIER VITORIA CORMENZANA

LA IGLESIA EN UNA SOCIEDAD POSTMODERNA

tirant humanidades Valencia, 2016


Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

© Rafael Aguirre, Carmen Bernabé y otros

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-16786-27-5 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia? JUAN MARÍA GONZÁLEZ-ANLEO Doctor en Sociología CES Don Bosco

Con la llegada del actual Papa Francisco, la Iglesia ha entrado en un periodo peculiar, por llamarla de alguna forma (¿qué periodo de la larga historia de la Iglesia no lo ha sido?), en la que se están haciendo especialmente visibles tanto las grietas ya existentes desde hace tiempo entre la sociedad española y la Iglesia como en las fuertes tensiones en el tejido de la propia Iglesia, especialmente entre la alta jerarquía y la Iglesia de base. Incidentes como el protagonizado por el responsable de la Doctrina de la Fe, Gerhart Müller o, dentro del ámbito nacional y más recientemente, las llamadas de atención del Papa al Cardenal Cañizares, ponen de relieve que es apremiante, una vez más, sí, volver a revisar los «acordes y desacuerdos» entre la Iglesia y la sociedad, especialmente con sus miembros más jóvenes. Para comprender la actual coyuntura se hace esencial abordar el tránsito de una sociedad basada en la reproducción cultural lineal a otra basada en la espontaneidad creativa del sujeto, que ha producido la implosión del universo de los valores, especialmente entre los jóvenes, para los que los conceptos clásicos de valor, en general, así como en concreto los de libertad, deber, comunidad, solidaridad, entrega, etc. ya no tienen una aplicación tan estricta como antes; lo que en numerosos círculos es interpretado como una crisis de valores o, incluso, su pérdida definitiva. Veamos todas estas cuestiones con mayor detenimiento.

1. TRES OLEADAS DE SECULARIZACIÓN DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA Es difícil comprender lo está pasando con las últimas generaciones, si no se presta atención al hecho de que son herederos de una larga


tradición de secularización en la sociedad española y que lo único que realmente está sucediendo es que se está acelerando en los últimos años (Sanz Moral, 2010, p. 7). Con Pérez-Agote (2010), podrían identificarse tres grandes oleadas de secularización que nos ayudan a entender este proceso: • La primera oleada ocurre en la época del anticlericalismo del siglo XIX, durando hasta la Guerra Civil, y consiste en una reacción contra la Iglesia y la religión. El proceso de secularización individual comienza en el siglo XIX y queda interrumpido por la Guerra Civil. Esta primera oleada de secularización agresiva, podría decirse, se realiza según el modelo prototípico propio de los países de la Europa occidental de tradición católica. A falta de una secularización de la propia religión, los individuos que se interesan por los cambios que trae la modernidad deben hacerlo contra la religión y contra la Iglesia. • La segunda oleada es un proceso de pérdida de interés con respecto a estas instituciones que comienza en la década de los sesenta del siglo XX y dura hasta finales de los años ochenta, derivado de la generalización del consumo de masas. Una parte muy importante de la población se sigue definiendo como católica dándose, sin embargo, una progresiva caída de la práctica y una pérdida de interés por el magisterio de la Iglesia a la hora de actuar en diferentes esferas de la vida como, especialmente, la sexual, la económica, la profesional y la política. Los rituales católicos, por otro lado, siguen gozando en estos años de gran valor social, sin que ello signifique una estricta implicación en la institución eclesiástica. La religión se retira al ámbito privado, con lo cual seguramente estamos delante de formas de bricolages religiosos: España va pasando de ser un país de religión católica, regida por la Iglesia, a ser un país de cultura católica, cultura que ya no está regida por esa misma Iglesia. • La tercera oleada, la contemporánea, marca una lejanía en relación a la religión y la Iglesia, llevando a cabo, sin embargo, una extirpación de las raíces religiosas de la cultura. A partir de principios de los noventa crece de forma importante entre los jóvenes, como veremos con mayor detenimiento, el número de indiferentes, de Juan María González-Anleo


agnósticos y, con mayor ímpetu aún, de ateos. Se trata de una nueva forma de secularización que lleva a los jóvenes a una falta de relación con la religión institucional y con la Iglesia; que quedan como algo lejano, ignorado, fuera de los límites de lo cotidiano. Esta tercera oleada no es de oposición y lucha en relación con la religión institucional y con la Iglesia, como puede ser claramente comprobado en el análisis intergeneracional realizado por Arroyo Menéndez y Cabrera Sánchez (2011, pp. 56 y ss.) según el cual se asiste a un cierto suavizado de las «posturas arreligiosas» de los veinteañeros a favor fundamentalmente de las categorías «laxos» y «alternativos», es decir «de espaldas» a la Iglesia. Sin embargo, tampoco es este un proceso de desinterés con respecto a algo conocido y cercano, sino ignorancia con respecto a aquellas. En opinión del Pérez-Agote (2010) «el alcance de esta tercera oleada puede ser muy profundo, en dos ámbitos separables analíticamente pero muy interconectados» (p. 54). Por un lado, porque puede significar no solamente una disminución de la importancia de la religión institucional y de la Iglesia en las creencias y en los comportamientos religiosos y otros, sino que puede afectar a las raíces mismas de la religiosidad al tratarse de una crisis total, de la pregunta religiosa misma, de la religiosidad. Esta tercera oleada, opina Pérez-Agote, puede tener efectos culturales profundos en las representaciones colectivas de los españoles, en la cultura. Frente a la descatolización, propia de la segunda oleada, lo característico de esta tercera oleada sería la exculturación como proceso por el cual la cultura va perdiendo sus raíces católicas.

2. VALORES Y CLAVES DE LOS JÓVENES ESPAÑOLES ACTUALES PARA COMPRENDER SU RELACIÓN CON LA FE Y LA IGLESIA Cabe preguntarse cómo entender la siempre socorrida expresión de crisis de valores y cuál es su verdadero alcance: si, más que tratarse de un fenómeno constatable, puede, tratarse de una sensación perpetua: atribuible más a un sistema de percepción que a un fenómeno real (comparable como se ha propuesto en alguna ocasión, a la sensación

¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


de estar viviendo en una permanente situación de crisis económica) (Rodríguez, 2004). Dejado a un lado la explicación más fácil (facilona) de un derrumbe de valores, ¿cómo puede explicarse la situación actual? Será necesario, para ello, recurrir a un modelo que tenga en cuenta un eje de coordenadas más amplio (en especial el fuerte descalabro de las grandes utopías del siglo XX, el impacto que la posmodernidad ha tenido en el plano axiológico, la flexibilización y creciente inestabilidad del entorno cultural globalizado), así como los cambios acaecidos en los modelos de socialización y aprendizaje de los jóvenes actuales, más amplios, sincréticos y mestizos que los disponibles en épocas anteriores. En los últimos años se ha pasado a un modelo de socialización multicultural en el que la regla es la ausencia de reglas. ¿Y los jóvenes? ¿tienen ellos algo que decir sobre esa crisis de valores de la que se les supone protagonistas? El primer dato relevante en este sentido es el que hace referencia a su interés declarado por recibir una educación en valores: siete de cada diez jóvenes (67%) considera de alto interés recibir educación en valores, mostrando el tercio restante (32%) un interés medio (Canteras Murillo, 2003, p. 160). Otro dato importante lo encontramos al preguntar a los jóvenes sobre el grado de importancia que le conceden a diversas cualidades personales. Aunque no todas ellas son, lógicamente, valoradas con el mismo grado de importancia, lo primero que llama la atención es el gran peso otorgado a valores como la tolerancia, la honradez, la responsabilidad, la lealtad, el dominio de sí mismos o la independencia, todos ellas con más de un ocho sobre diez. Dada la naturaleza misma del tema, los valores de los jóvenes, es comprensible que puedan encontrarse rastros de ellos diseminados en cada una de las dimensiones de la juventud actual operando y a su vez siendo forjados desde y en cada una de ellas. De no ser así, se mostraría pertinente un replanteamiento tanto del concepto general de valor, desde un punto de vista teórico, como de la posibilidad de que los jóvenes actuales carecen de unos valores que vertebren su acción social. Veremos, en las próximas páginas, el poquísimo sentido que tiene plantearse la existencia de una juventud nihilista propiamente dicha, así como los clarísimos desacordes existentes entre los valores fundamentales de los jóvenes y la oferta eclesial generalizada. Juan María González-Anleo


3. FAMILIA Y AMIGOS: EL PROCESO DE ENROQUE JUVENIL EN LOS GRUPOS CÁLIDOS Probablemente, uno de los puntos más llamativos en el análisis sobre la valoración de la familia y los amigos es el alto grado de consenso detectado entre las diferentes variables sociodemográficas en torno a estos valores. Subrayada por varios sociólogos para el caso español, la convivencia del fenómeno de la continua revitalización de los amigos y la familia con el alejamiento por parte de los jóvenes de las instituciones parece sugerir una estrategia de enroque por parte de éstos en el grupo primario frente a una Gesellschaft que, a la vista de cómo se está desarrollando el proceso de globalización parece corresponder más que nunca con la idea que Tönnies tenía en mente a la hora de acuñar el término. Richard Sennett parecía estar pensando, ya a comienzos de la posmodernidad, en el concepto de selfie, tal y como lo utilizo aquí cuando escribía que «la creencia reinante hoy es que la cercanía entre las personas es un bien moral». En la sociedad posmoderna rige, por lo tanto, una «visión íntima de la sociedad», donde intimidad connota calor humano, confianza y expresión abierta de los sentimientos (Sennet, 2002, p. 259). «El desgarrón de sentido y la falta de suelo ontológico sentidos por muchos», propone Ferchhoff, «puede exigir la añoranza de mayor seguridad, de mayor certeza, de más hogar social, de más comunidad y de ofertas de sentido claras y estables» (1999, p. 183). La oferta de la familia y los amigos es, en este sentido apuntado, doble: desde un punto de vista instrumental, ambos proveen al joven de una red social basada en la confianza y la reciprocidad cada vez más necesaria en un mundo más inestable y precario. Desde un punto de vista afectivo, por otro lado, tanto la familia como los amigos ofrecen al joven una identidad al proponer (que no imponer) códigos, símbolos, estilos y ofreciéndole, además de una seguridad sentimental básica, estructuras normativas y de valor (González-Anleo, 2015). Sin pretender hacer un análisis exhaustivo del papel desempeñado por la familia en la vida del joven, sí se hace adecuado dibujar sus contornos más destacados fundamentándolos no tanto en una ideología concreta, sino en un argumento estrictamente sociológico: los servicios ¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


y beneficios que la familia actual, democrática y simétrica, estable y fuertemente comprometida, presta a la sociedad y a la formación del hombre integral: • La familia sigue siendo, desde hace más de 20 años ya, el valor máximo para los jóvenes españoles, por delante de todas las restantes «grandes importancias»: salud, amigos y conocidos, dinero, tiempo libre y ocio, etc. (González-Anleo, 2010, p. 15). • Una enorme mayoría de los jóvenes piensa que la familia proporciona la estabilidad emocional y afectiva que no se encuentra en otros ámbitos de la vida, siendo el componente fundamental de su felicidad, junto con el grupo de amigos, según el estudio del INJUVE Bienestar y Felicidad de la juventud española (Javaloy, 2007, pp. 17 y 89). • La familia gana posiciones tras estudio como el lugar privilegiado en el que el joven dice escuchar las cosas más importantes de la vida (FSM, 2010), así como en el que busca consejo en cuestiones importantes. La familia española ha estado funcionando, desde hace ya muchos años, como un auténtico Superministerio de Bienestar Social, produciendo un claro desplazamiento, obviamente alentado por el neoliberalismo, de las funciones estatales a la familia, algo que se está normalizando de una forma alarmante. Los amigos, por su parte, también ocupan entre los jóvenes una posición privilegiada dentro de su jerarquía de valores, con la única diferencia de que en este caso sí podríamos hablar de un valor más propiamente juvenil que en el caso de la familia, al ir descendiendo su importancia con la edad (CIS, barómetro marzo 2013). Aunque la relevancia de esta dimensión para el joven no es nueva, su relevancia en la vida del joven no encuentra su punto álgido hasta nuestros días. Janosch Shobin (2013) propone, en este sentido, que en las sociedades occidentales la barrera que en otros tiempos separaba claramente entre familia y amigos se está difuminando, habiéndose convertido los amigos, en las últimas décadas, en una «segunda familia» para los jóvenes, como puede observarse en series como Friends o Sexo en Nueva York, de las que el autor echa mano para su análisis.

Juan María González-Anleo


No faltan voces, no obstante, que dudan de la fortaleza de los vínculos y las lealtades dentro de los grupos primarios, viendo en ellos, antes que nada, un refugio, solo un ideal. Así, Zygmunt Bauman (2005) asegura que, «para la gente insegura, perpleja, confusa y aterrada por la inestabilidad y la contingencia del mundo que habitan la comunidad se convierte en alternativa tentadora. Es un dulce sueño, una visión celestial: de tranquilidad, de seguridad física y de paz espiritual» (p. 133). Este paraíso, sin embargo, no parece ser para este autor tan real como parece a simple vista. La mayor parte de lo que Maffesoli consideraba nuevas comunidades, son en la actualidad para Bauman sólo un bonito sueño, una aspiración: se necesita recuperar la comunidad frente una sociedad que no aporta ni confianza ni proximidad y expresividad, otro abstracto al que se teme o del que muchos ven necesario resguardarse (González-Anleo, 2015, p. 2013).

4. LIBERTAD Y AUTONOMÍA La libertad, podría llegar a decirse sin miedo a equivocarse, es el eje vertebrador de prácticamente todas las dimensiones del joven; no solamente, y esto es especialmente importante para entender la relación del joven con la Iglesia, de la que convierte a los grupos «cálidos» del joven, la familia y los amigos, en «comunidades de bajo coste», sino de muchos otros: música, consumo, cuerpo, sexualidad, ocio, noche, drogas, etc. El papel central que juega la libertad en el mundo juvenil, entendida ésta como lo hace Isaiah Berlin (2000, p. 231) como voluntad de «ser sujeto y no objeto, ser movido por razones y por propósitos conscientes que son míos», es perfectamente comprensible desde una perspectiva de desarrollo individual del joven. Tanto la adolescencia como la juventud pueden ser entendidas, desde este punto de vista, como los periodos en que el niño comienza a desarrollar su libertad de acción y de pensamiento dentro de los marcos de socialización establecidos por la familia y el resto de las instituciones. Adolescencia y juventud pueden ser consideradas, por lo tanto, como las fases vitales en las que se aprende a ser libre y autónomo, experimentando el entorno cercano, tanteándolo desde la propia libertad de elección, comprendiendo y aprendiendo su naturaleza y sus límites. ¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


Esta característica natural, por así decirlo, de la adolescencia y la juventud como fases vitales de conquista de libertad no puede explicar ni mucho menos por sí sola, sin embargo, la importancia central adquirida por el valor de la libertad entre la actual juventud. La importancia de este valor ha de ser buscada, al mismo tiempo, en otras transformaciones de las sociedades desarrolladas que, aunque indirectamente relacionadas a la sociedad de consumo, no pueden ser reducidas exclusivamente a su influencia. Para ello es necesario hacer una breve referencia al giro que han experimentado las sociedades desarrolladas, y que comienzan a hacerlo aquellas en vías de desarrollo, desde los valores materialistas a los posmaterialistas. Los jóvenes actuales, al carecer la mayoría de ellos de experiencias de penuria económica propiamente dicha, son considerados por Inglehart los abanderados del giro desde los valores materialistas a los posmaterialistas, junto a los grupos con niveles de estudios superiores y las clases pudientes. Echando una rápida mirada a la historia no tan lejana de España, poco podría sorprender que muchos de aquellos que la vivieron en primera persona se preguntasen algo escandalizados: «pero ¿es que los jóvenes no se sienten libres?» La percepción subjetiva de la libertad de la que disfrutan los jóvenes es más que positiva. Una gran mayoría de ellos, cerca de tres de cada cinco considera su nivel de libertad «bastante adecuado», frente a sólo un 9% que lo considera insuficiente. Es llamativo, en este sentido que, entre 1999 y 2005, el porcentaje de aquellos que consideran disponer de un nivel aceptable de libertad ha disminuido, aunque no para sumarse a los que lo consideran insuficiente, sino para engrosar el grupo de los que consideran que tienen «más libertad de la que deberían tener», que pasa, entre estos años, de un 22 a un 31%. A su vez, esta libertad se refleja en la autonomía juvenil, aunque, como es comprensible dado el alto porcentaje de jóvenes que viven con sus padres y que no poseen un trabajo y un salario que se les permita ser autónomos en el pleno sentido de la palabra, ésta sea una autonomía precaria, casi por completo proyectada en el plano de la libertad para escoger opciones, estilos de vida y, sobre todo, sus propias normas morales. Como consecuencia de la necesidad del joven de simultanear una heterogeneidad de marcos culturales y normativos, sin suficiente Juan María González-Anleo


hegemonía moral como para exclusivizar su capacidad de legitimación, por un lado, y, por otro, del importante papel que juega la libertad en su concepto de sí mismo, disminuye la legitimidad de los otros en pro de la auto-legitimidad, la capacidad y la necesidad del joven para establecer por y desde sí mismo sus propias opciones y normas morales (Canteras Murillo, 2003, p. 88). Más que de autonomía plena, que los jóvenes saben inasequible en ese momento de sus vidas, lo que aparece es una demanda de libertad en determinadas áreas de gran significación, como los fines de semana, los amigos, las relaciones, el espacio propio en el hogar, los viajes, etc. Autonomía, por lo tanto, no como capacidad de vivir y mantenerse por uno mismo, sino como rechazo visceral a toda norma procedente «de fuera» (de profesores, políticos, padres y, por supuesto, de sacerdotes), y, sobre todo, a las que tienen que ver con sus cotos vedados: el sexo, las relaciones de amistad, el ocio y la diversión.

5. REBELDÍA Y DESCONTENTO La rebeldía juvenil es, sin duda, uno de los tópicos más recurrentes en nuestras sociedades, hasta el punto de que un cierto «estar en contra de lo establecido» llega a ser considerado una saludable y necesaria tendencia, asociada al propio concepto de juventud; una tendencia achacada incluso a causas biológicas, como una condición natural de la adolescencia y la juventud que, «si todo marcha por el camino de la normalidad», irá pasando junto con la propia juventud. Un simple vistazo a los periódicos de las últimas décadas sirve, sin embargo, para desconfiar de estas supuestas raíces biológicas. Datos más sistemáticos y omnicomprensivos que lo que encontramos en un diario, como los presentados por el INJUVE o la Fundación Santa María relativos a la participación juvenil en manifestaciones o movimientos concretos, ponen en clara evidencia que la rebeldía juvenil, de existir en el plano público, es meramente circunstancial y emocional, guiada más por corrientes sociales puntuales y, habitualmente, tan fusionada con la sociedad consumista y del espectáculo que apenas puede ser reconocida como algo diferente a ellas. Es la era de maratones televisivos y protesta

¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


de botellón, en la que la implicación, el sacrificio y todo lo sospechoso de representar un plan estructurado para el futuro tiene cada vez menos relevancia. El hecho mismo de que la rebeldía aparezca, en Jóvenes Españoles 2010, como la segunda seña de identidad generacional autorreconocida por los propios jóvenes, justo por detrás del consumismo, da ya mucho que pensar. ¿Es posible ser rebelde asintiendo y disfrutando plenamente (o deseando hacerlo) del sistema vigente? ¿Qué fuerza extraña, entonces, hace que la rebeldía siga siendo no solamente un valor, sino una seña de identidad fundamental de la juventud actual? Para entender este complejo fenómeno, se hace necesario abordarlo desde una doble perspectiva, que corresponde con un doble proceso de transformación, tanto de la función social que ha pasado a cumplir la rebeldía en las actuales sociedades consumistas como de la propia re-definición de este término; es decir, de la forma en que la rebeldía es concebida y practicada por los jóvenes. En primer lugar, la rebeldía como icono juvenil, especialmente en su expresión estética y lúdica, se ha mantenido como necesidad cultural en las actuales sociedades consumistas. ¿Qué duda cabe de que la situación del mundo sugiere razones de sobra para la rebeldía? La expresión «rebelde sin causa» mal podría ser utilizada en el caso de la juventud actual: por lo menos si entendemos la rebeldía como lucha contra el sistema establecido y bajo el lema, popularizado en los últimos años, de «otro mundo es posible». Sin embargo, la rebeldía juvenil hace años ya que se ha transformado en una pose, una mera necesidad estética. De acuerdo con las teorías de Jean Baudrillard sobre la cultura del simulacro, esta rebeldía se convierte en un signo que borra (asesina) su referente, operando en todos los ámbitos del sistema consumista en los que el concepto de joven cumple una función específica, como el de la moda o la publicidad. Junto al imperativo estético, además, la rebeldía surge como figura mítica de este tipo de sociedades, estrechamente ligada a las propias necesidades internas del sistema: el consumidor rebelde es aquel que no duda en romper con la moda vigente, con los gustos estéticos y las preferencias de ocio establecidas. La gran paradoja en la sociedad de consumo, así como anteriormente de la sociedad de masas, es que la masa es negada. Lo que realmente se consume, argumenta el autor, es la negación de una sociedad de masas Juan María González-Anleo


e, incluso, la negación de una sociedad. Este valor aparece claramente dibujado en la publicidad; la cual, en la hermosa expresión de Pignotti (1974, p. 141), ofrece «a la masa la imagen masificada del hombre que se sale de la masa». No podía ser de otra forma: se trata éste de un valor de gran importancia para la supervivencia de la sociedad de consumo ya que, sin él, se anquilosaría tanto la circulación frenética de los objetos como la multiplicación inútil de éstos por el constante juego de la diferenciación que sustentan toda la lógica del consumismo. El consumismo tiene estómago para todo: todo lo absorbe, todo lo digiere y es capaz de volverlo todo producto de consumo. Incluso los más sagrados símbolos anticapitalistas y anticonsumistas son fácilmente digeridos y transcritos en código de consumo. «El mayor peligro del consumismo», escribe Pascal Bruckner (1996, p. 80), «estriba menos en el despilfarro que en la glotonería, en el hecho de que se apodera de todo lo que toca para destruirlo, para reducirlo a su merced. Ya no se expresa sólo en términos de placer sino que, para avanzar sus peones, recurre al lenguaje del valor, de la salud, de lo humanitario, de la ecología». Esta «lógica caníbal», como la denomina el autor, nos ayuda a atisbar cuál ha sido el proceso de apropiación y consecuente redefinición por parte de la sociedad consumista de un buen número de valores posmaterialistas, entre los que la rebeldía ocupa un lugar privilegiado. El consumidor rebelde es aquel que no duda en romper con la moda vigente, con los gustos estéticos y las tendencias de ocio establecidas, abriendo así el camino a nuevas modas, gustos y tendencias y, por lo tanto, lubricando la rotación consumista, a la vez que sostiene otro de sus grandes mitos: la idea de la individualidad, de que el consumo nos hace diferentes, incluso únicos (González-Anleo, 2014). El problema, como reza la conocida cita de Simone de Beauvoir, es que «lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra». Transcritos a la lógica consumista, la transgresión y los signos de rebeldía, como cualquier otro producto de consumo, tienen fecha de caducidad. Lo más trágico, por lo menos en lo que concierne al tema de la rebeldía juvenil, es que un signo de rebeldía trasplantado en un nuevo código consumista pierde totalmente su carga explosiva original. El joven llevará con la misma tranquilidad una camiseta con la cara del Ché que una con la cara del Dr. House ¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


ó Heisenberg, iconos durante unos cuantos años, junto a los psicópatas mencionados anteriormente, de la actitud antisocial. Cuando cualquiera de estos iconos rebeldes dejen de estar de moda, no será necesario cambiar de creencias o de ideología… simplemente de signo, es decir, de camiseta. En palabras de Francisco Umbral: «llevamos nuestras convicciones, preferencias y marcas al aire, pero en cuanto uno se quita la camiseta, para la lavandería, todo el mensaje subversivo, progre, ácrata, automovilístico o dietético se va con la ropa sucia. Cambiamos de camiseta solidaria y cambiamos de ideario» (citado en Morant Marco, 2011, p. 76). Esta redefinición de la rebeldía dentro de la sociedad consumista es solamente un marco general en el que se insertan significados más específicos, realizados tanto por los propios jóvenes como por el resto de la sociedad. Veamos algunos de ellos: • Como crítica a la sociedad vista como un todo, sin definir en ella ni manifestaciones ni las causas específicas de descontento, y que podría expresarse con la expresión «la sociedad es inservible, todo es basura». En este sentido parece que la juventud, invirtiendo la máxima marxiana, tuviera más necesidad de comprender un mundo cada vez más complejo y sumergido en una corriente de sobrerevolucionada transformación, que de cambiarlo. • Como cuestionamiento a los adultos, es decir, como seña de identidad frente a otras generaciones, especialmente frente a sus códigos normativos. En esta dirección pueden interpretarse los datos relativos tanto a la fuerte defensa de la autonomía a la hora de elegir los propios valores como aquellos referentes al desdén hacia las normas sociales y, especialmente, al recelo a las grandes instituciones, que veremos más adelante. • Como rechazo a cualquier otro sector joven que no viva dentro de su propia subcultura juvenil, causa de muchos de los actos considerados rebeldes tanto por los medios de comunicación en concreto como por la sociedad adulta en general: rivalidades, peleas entre pandillas y grupos de jóvenes, etc.

Juan María González-Anleo


6. EL CUERPO: COTO PRIVADO, VEDADO… Y SAGRADO Como personalidad arquetípica de las sociedades occidentales actuales, esta personalidad narcisista es descrita por Lasch como: excesivamente autoconsciente, caótica, dirigida por impulsos, crónicamente intranquila con su salud, temeroso de la edad y de la muerte, en constante búsqueda de defectos, imperfecciones y signos de decadencia, con un miedo a la dependencia emocional que hace sus relaciones simples, superficiales y profundamente insatisfactorias, intentando venderse a sí mismo y su personalidad como artículo de consumo (Le Bretón, 1995). Tal y como puede ya sospecharse de la lectura de este autor, la nueva cultura surgida en el seno de la sociedad consumista provee de una nueva forma de relación entre el cuerpo y el yo, en la que se otorga un gran énfasis a la apariencia, exposición y manejo de las impresiones. Esto coincide con lo que el filósofo francés Lipovetsky denomina proceso de personalización, que es construido a través de un valor fundamental: la realización personal, el derecho a ser uno mismo y a disfrutar al máximo de la vida y de los placeres que ésta ofrece. Según este autor, la seducción toma el control de la sociedad consumista, constituyéndose como un poderoso mecanismo de destrucción cool de lo social a través de un proceso de aislamiento que se da, entre otros factores, gracias al hedonismo. Este tipo de sociedad, atravesada por innumerables corrientes de seducción, se muestra abierta, plural y preocupada por los deseos de las personas, a través de la invocación constante al individuo, a su libertad, y a sus placeres. El individuo narcisista surge como valor en sí mismo dentro de esta nueva forma social, como producto del proceso de personalización. El cuerpo, como fuente inagotable de deseos, necesidades y placeres, es colocado en esta sociedad consumista en el que la libertad se vuelve la piedra angular de los valores juveniles, en el centro del escenario social. En él se encierran ahora desde las estrategias y utopías de salvación hasta la salvación misma, dejando de ser un simple vehículo (y ni que decir tiene un lastre o un impedimento), ni para la forja del espíritu ni para la obtención de sus promesas en un futuro en el más acá o en

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el más allá y convirtiéndose en un fin en sí mismo. En este sentido, el cuerpo se posee, ante todo, como «… una especie de capital físico que debe explotarse y transformarse, pero sobre todo apropiarse. La optimización de las fuerzas corporales es un referente esencial en la cultura joven, en la que se está desarrollando una serie de actividades orientadas a descubrir el propio potencial, a la autoconstrucción a la carta sin otro objetivo que ser más él mismo y valorar su cuerpo» (García Roca, 1994, p. 17).

En el caso de los jóvenes, esta representación de la propia corporeidad llega a tomar tintes de reivindicación y permanente suspicacia contra todo tipo de intromisión, física o moral, que deje entrever una apropiación indebida por parte de cualquier tipo de autoridad de su propiedad privada. Esto explica, por ejemplo, porqué uno de los conflictos que aún siguen teniendo plena vigencia dentro de un sistema familiar actualmente democratizado sigue siendo la autonomía sexual, así como explica gran parte de la animadversión hacia instituciones como la Iglesia, empeñada aún en asaltar un coto vedado en el que hace ya tiempo que ni los propios padres osan ya entrar. Al mismo tiempo, esta objetivación y apropiación del cuerpo trae consigo, como fenómeno paralelo, una responsabilización por parte del joven. Además de un campo para la experimentación y la expresión personal, esta nueva concepción implica una necesidad de protección y cuidado en la que se enmarcan los valores de la salud y de la optimización física. Esta capitalización del cuerpo trae asociados dos fenómenos históricamente contradictorios en apariencia que no deben ser abordados por separado: la ofrenda del cuerpo juvenil al hedonismo, por un lado, a la búsqueda y experimentación continuas tanto de la identidad como de placeres sensitivos y, por el otro, la persistencia de una ética reformada de la autocontención y la disciplina corporal que, a diferencia de la anterior, ha sido a menudo pasada por alto dada la fascinación que causa la democratización de la primera como fenómeno histórico. Sobre la reivindicación juvenil del cuerpo para el placer, en la que nos centraremos aquí por estar, o por lo menos interpretar por muchos jóvenes que está, en contra de una larga tradición judeocristiana de menosprecio o incluso ataque al cuerpo, la cárcel del alma, fórmula platónica y, anteriormente pitagórica asimilada por el cristianismo, Juan María González-Anleo


poco queda por decir que no se haya dicho ya. En contraposición al hedonismo clásico, el moderno es herencia de la cultura del romanticismo que acuña en la cultura consumista su impronta, sustituyendo a la ética puritana (Campbell, 1987). El cuerpo es proclamado y reivindicado por la juventud como vehículo de placeres estéticos y físicos; la moda exalta la estética corporal, resurgiendo siempre como tributo a la forma y la expresión corporales; y los bienes de consumo juveniles priorizan la experiencia sensorial, prometiendo máximo sabor, máxima experiencia táctil, olfativa… Es el imperio de los sentidos, en el que éstos dejan de ser puertas permanentemente abiertas al pecado y a la degradación espiritual para convertirse precisamente en todo lo contrario, en las puertas de la experimentación y de la autorrealización personal. ¿Desaparece entonces, el pecado, la concepción del cuerpo como plataforma de pecado? Existe una tendencia muy común a pensar que así ha sido, dando por hecho que hoy en día somos testigos de una crisis de las sociedades disciplinarias. Sin embargo, el pecado no queda borrado del cuerpo, sino que sigue inscrito en él, trasplantado en las nuevas coordenadas de la cosmovisión juvenil. Puede plantearse, desde esta perspectiva, si el ancestral pecado capital de la gula, por poner el ejemplo quizás más evidente, ha perdido este carácter o si, por el contrario, ha sido reciclado en pecado estético (González-Anleo; González-Anleo, 2008). En las actuales sociedades de control, en contraste con las anteriores formas sociales, el acento se pondrá en la expresión personal a través del cuerpo. Su apropiación como conquista trae como consecuencia que la capacidad comunicativa de éste se ponga al servicio del joven, de su individualidad, su diferencia personal o grupal, convirtiéndose así en su medio de identificación y comunicación por excelencia. En este tipo de sociedad, la autoexpresión se vuelve imperativo categórico: a través del cuerpo, de la moda y del resto de objetos de consumo que constituyen el aura personal, el joven debe expresarse, so pena de caer en el ostracismo. Es conveniente señalar en este punto que, como objeto de consumo juvenil por excelencia, el cuerpo cae plenamente en la lógica propia de la estetización de la mercancía. Al igual que ésta, como ya hemos dicho, se convierte en el mecanismo «publicitario» del joven frente a su entorno a través del que ha de informar de su personalidad, de sus afiliaciones,

¿Qué dice la sociedad (y los jóvenes) de la Iglesia?


gustos y estilo de vida, entrando en la corriente de mensajes visuales cortos y eficientes característicos de una geografía visual fluida. La percepción del cuerpo en la cultura consumista está dominada por la existencia de una vasta variedad de imágenes visuales, dependiendo del cultivo de un apetito insaciable por consumirlas. Cambia, en esta nueva forma de sociedad, el dispositivo utilizado para escribir en el cuerpo del joven, como cambian, por supuesto, los códigos vigentes. Y sin embargo, no cambia el hecho mismo de escribir sobre ellos, como tampoco lo hace, desde la perspectiva de los propios jóvenes, el hecho de resistirse, de sublevarse a través de y por su propio cuerpo. En este amplio marco se inscribe el fenómeno, tan extendido hoy entre la juventud del mundo entero, del tatuaje y las perforaciones. Dada esta amplia evolución, hoy en día puede encontrarse entre la juventud una amplia paleta de significados asociados al tatuaje y a las perforaciones, incluyendo por supuesto el meramente estético, como simple decoración corporal sin más fin que el de embellecerlo o exhibirlo. Pese a esto, muchos de los significados que ya podían encontrarse en pueblos primitivos como el polinesio, el maorí o el japonés, siguen aún vigentes (González-Anleo; González-Anleo, 2008), sin embargo hay una función que me gustaría destacar entre otras muchas, la de toma de posesión del propio cuerpo, el significado por excelencia tanto de tatuajes como de perforaciones, dar un significado al propio cuerpo, tomar posesión de él a través de una marca. Podría compararse, salvando las distancias, con la extendida práctica de marcar la propiedad privada, ya fuesen animales o territorios, con un símbolo distintivo del propietario que la identificase para el resto. Incluso en los casos en los que solamente tienen fines decorativos, el joven afirma con ellos su cuerpo como algo propio, con una señal que expresa lo que en la práctica cotidiana muchos de ellos hacen con la expresión: «mi cuerpo es mío y hago con él lo que me da la gana». Puede decirse, que este tipo de alteraciones corporales contemporáneas son, en este sentido, una marca de poder, una marca personal, única e irreemplazable (Ganter Solís, 2005, p. 441).

Juan María González-Anleo


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