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Israel/Palestina: paz o guerra santa

Estuve en Israel/Palestina para escribir este reportaje quince días, entre el 30 de agosto y el 15 de septiembre de 2005. Mi hija Morgana fue dos semanas antes, para fotografiar la salida de los colonos de los veintiún asentamientos israelíes de la franja de Gaza y para gestionar las entrevistas que me ayudaron a redactar estas crónicas. Tanto del lado israelí como del palestino debo reconocer y agradecer las facilidades que me permitieron recorrer, en todas direcciones, un territorio en el que las barreras militares, los puestos de observación y la valla de seguridad dificultan tremendamente los desplazamientos y a veces los vuelven imposibles. Los ocho artículos aparecieron en el diario El País, de Madrid, y en una veintena de publicaciones de América Latina en el mes

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de octubre. En Europa, hasta donde he podido averiguarlo, sólo La Repubblica, de Roma, publicó la serie completa, en tanto que otros diarios, como Le Monde, de París, se limitaron a publicar sólo fragmentos del reportaje. Los publico ahora en este libro tal como fueron escritos, con algunas mínimas correcciones de puntuación o de palabras que no alteran en lo más mínimo su factura original. He añadido, como anexos, unos artículos aparecidos en mi columna Piedra de Toque en los últimos años en torno al conflicto palestinoisraelí. Aunque esperaba que mi reportaje me acarrearía críticas, me ha sorprendido su número y la virulencia de alguna de ellas, sobre todo de quienes, conociendo mi trayectoria de solidaridad con Israel, me reprochan haberme pasado al enemigo. Cualquiera que lea este libro de manera desapasionada comprobará que aquella acusación es absurda. Mi postura a favor de la existencia de Israel y de su derecho a defenderse de los fanáticos que, como dijo hace poco el flamante presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad, quisieran «desaparecerlo de la faz de la tierra», no ha variado un ápice. Ni tampoco mi admiración por muchos de sus logros, como haber alcanzado un notable desa-

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rrollo económico y un elevadísimo nivel de vida a la vez que libraba guerras y se veía amenazado dentro y fuera de sus fronteras, y preservar un sistema democrático que, en lo que concierne a los ciudadanos israelíes, funciona de manera impecable. Mis críticas al Gobierno israelí por la política que lleva a cabo en la cuestión palestina están inspiradas en los mismos principios de amor a la libertad y a la justicia que me han hecho defender a Israel contra quienes lo caricaturizaban como un mero peón del imperialismo en Oriente Próximo. Y, desde luego, no acepto el chantaje al que recurren muchos fanáticos, de llamar «antisemita» a quien denuncia los abusos y crímenes que comete el Gobierno de Israel. Afortunadamente, basta para demostrar la puerilidad de ese reproche la existencia, en el propio Israel, de un importante número de ciudadanos israelíes críticos que se niegan a ser silenciados por los intolerantes que, esgrimiendo el sempiterno argumento de los enemigos de la libertad, los acusan de traicionar al pueblo judío y de dar armas a sus enemigos. La mejor tradición del pueblo judío es la de la resistencia a la opresión y a la mentira y, a mi modesto entender, ella está mejor representada por aquellos inconformes que por quienes quisieran callarlos.

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Si pusiera los nombres de todas las personas que me ayudaron a escribir este reportaje la lista sería interminable. Pero, por lo menos, quisiera citar a dos jóvenes, sin cuya colaboración el trabajo mío y el de Morgana hubiera sido mucho más arduo de lo que fue: Stefan Reich y Ricardo Mir de Francia. Este libro está dedicado a los justos de Israel. MARIO VARGAS LLOSA Madrid, noviembre de 2005

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I

Luces y sombras de Israel

Si el conflicto palestino-israelí no existiera, o hubiera sido ya resuelto de manera definitiva, el mundo entero vería en Israel uno de los éxitos más notables de la historia contemporánea: un país que en poco más de medio siglo —nació como Estado en 1948— consigue pasar del tercer al primer mundo, se convierte en una nación próspera y moderna, integra en su seno a inmigrantes procedentes de todas las razas y culturas —aunque, por lo menos en apariencia, de una misma religión—, resucita como idioma nacional una lengua muerta, el hebreo, y la vivifica y moderniza, alcanza altísimos niveles de desarrollo tecnológico y científico, y se dota de armas atómicas y de un ejército equipado con la infraestructura más avanzada en materia bélica y capaz de poner en pie de guerra en brevísimo plazo

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a un millón de combatientes (la quinta parte de su población). Este logro es todavía más significativo si se tiene en cuenta que la Palestina donde llegaron los primeros sionistas procedentes de Europa, en 1909, era la más miserable provincia del imperio otomano, un páramo de desiertos pedregosos convertido ahora, gracias al trabajo y al sacrificio de muchas generaciones, en poco menos que un vergel. Es verdad que Israel ha contado con una generosa ayuda exterior, procedente principalmente de los Estados Unidos, del que recibe anualmente cerca de tres mil millones de dólares, y de la diáspora judía, un factor que hay que tener en cuenta, pero que de ninguna manera explica por sí solo la impresionante transformación de Israel en uno de los países más desarrollados y de más altos niveles de vida del mundo. Por ejemplo, Egipto recibe una ayuda más o menos equivalente de Estados Unidos y nadie diría que le ha sacado el menor provecho para el conjunto de su población. Y los grandes países productores de petróleo, como Venezuela o Arabia Saudí, sobre quienes el oro negro hace llover desde hace muchos años una vertiginosa hemorragia de dólares, siguen, debido a la ineficiencia, el despotismo y la cancerosa co-

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rrupción de sus gobiernos, profundamente enraizados en el subdesarrollo. Ninguno de ellos ha aprovechado de sus recursos y de las oportunidades creadas por la globalización como Israel. Es verdad que, en los últimos años, a medida que, gracias a su despegue industrial, sobre todo en el campo de las nuevas tecnologías, el crecimiento económico israelí se disparaba y el país dejaba de ser rural y se volvía urbano, la sociedad más o menos igualitaria y solidaria con la que soñaban las primeras generaciones de sionistas, y de la que todavía era posible encontrar huellas en el Israel que yo conocí hace treinta años, iba siendo reemplazada por otra, mucho más dividida y antagónica, donde las distancias entre los sectores más ricos y los más pobres aumentaban de manera dramática y el idealismo de los pioneros y fundadores de Israel iba siendo reemplazado por el egoísmo individualista y el materialismo generalizado que es rasgo universal de todas las grandes sociedades contemporáneas. Israel se jacta de haber cumplido esta veloz trayectoria histórica hacia el bienestar dentro de la legalidad y la libertad, respetando los valores y principios de la cultura democrática, algo que ha brillado y sigue brillando por su

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ausencia en todo Oriente Próximo. Ésta es una verdad relativa, que exige importantes matizaciones. Israel es una democracia en el sentido cabal de la palabra para todos los ciudadanos judíos israelíes quienes viven, en efecto, dentro de un Estado de Derecho, que respeta los derechos humanos, garantiza la libertad de expresión y de crítica, y en la que quien siente vulnerados sus derechos puede recurrir a unos jueces y tribunales que funcionan con independencia y eficiencia. He estado cinco veces en Israel, a lo largo de tres décadas, y siempre me ha impresionado la energía y la firmeza con que se practica la crítica, y la diversidad de opiniones en los periódicos y revistas publicados allí en lenguas a mi alcance, en debates y discusiones o pronunciamientos públicos de partidos, instituciones o figuras individuales formadoras de opinión. No creo exagerado afirmar que probablemente en ninguna otra sociedad se critica de manera tan constante, y a veces tan acerba, a los Gobiernos de Israel como entre los propios israelíes. Estas excelentes costumbres democráticas se reducen considerablemente, y a veces desaparecen por completo, cuando se trata del millón y pico de árabes israelíes —musulmanes en su gran mayoría y una minoría cristiana—

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que constituyen aproximadamente el 20 por ciento de la población. En teoría son ciudadanos a carta cabal, con los mismos derechos y deberes que los judíos. Pero, en la práctica no lo son, sino ciudadanos discriminados, para los que no existen las mismas oportunidades de que gozan aquéllos y que tienen tanto los accesos a los servicios públicos —educación, salud— como al empleo, la adquisición de propiedades, o el simple movimiento físico, mediatizados, recortados o suprimidos con el argumento de que estas cortapisas y limitaciones son indispensables para la seguridad de Israel. Pero los ciudadanos árabes israelíes, pese a todo ello, viven en condiciones envidiables si se compara su caso con el de los millones de palestinos del West Bank y, hasta ayer, de la franja de Gaza, es decir, los territorios que Israel ocupó en 1967, luego de la guerra de los Seis Días, en que derrotó a los Ejércitos de Siria, Jordania y Egipto. (El West Bank estaba entonces bajo el dominio jordano y Gaza bajo el egipcio). Esta victoria, de la que la gran mayoría de los israelíes se sienten orgullosos por razones militares y/o religiosas —su pequeño país derrotaba en un cerrar de ojos a una gran coalición militar del mundo árabe y

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recuperaba para los judíos la totalidad del ámbito de su historia bíblica—, convirtió a Israel en algo que ha sido su pesadilla desde entonces y lo que ha contribuido más que nada a desencadenar la antipatía o la franca hostilidad hacia sus gobiernos de una buena parte de la opinión pública internacional: en un país colonial. Y nada corrompe tanto a una nación, desde los puntos de vista cívico y moral, como volverse una potencia colonizadora. Coincidiendo con aquella conflagración de 1967, el general De Gaulle hizo entonces una descripción de los israelíes que generó una gran polémica (y mereció, entre otras muchas, la respuesta encendida de Raymond Aron). Los llamó «pueblo de élite, seguro de sí mismo y dominador». No estoy seguro de que entonces fuera cierto; pero sí lo estoy de que, de entonces a ahora, insensiblemente, y debido a la conquista de aquellos territorios así como a su enriquecimiento y poderío, Israel se ha ido acercando a lo que, cuando fue lanzada, nos pareció a muchos una injusta y exagerada descripción. En lo que concierne a su relación con los palestinos, todas son sombras que maculan moralmente el formidable progreso material y social de Israel. En los treinta y ocho años de

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ocupación, los palestinos han visto sus tierras expropiadas e invadidas por cientos de miles de colonos que, casi siempre alegando los derechos divinos, se posesionaban de un lugar y de unos campos, los cercaban y venía luego el Ejército a proteger su seguridad y a consumar el despojo, manteniendo a raya o expulsando a los despojados. Pese a las duras rivalidades que las enfrentan, tanto la izquierda como la derecha israelí, han coincidido en esta política de apoyar la multiplicación y el ensanchamiento de los asentamientos por colonos convencidos de que, actuando de este modo, cumplían la voluntad de Dios. Este proceder abusivo ha sido el mayor obstáculo para un acuerdo de paz, pues, a la vez que, de palabra, los Gobiernos israelíes decían siempre desearla, en la práctica la desmentían con una política que a ojos vista iba aumentando y refrendando la ocupación colonial. No hay duda alguna de que, debido a sus enormes divisiones políticas internas, a la práctica del terrorismo, a la ineficiencia y torpeza de sus líderes, los palestinos han defendido muy mal su causa, desaprovechando a veces oportunidades como la que, a mi juicio —el tema es objeto de tremendas controversias en Israel y en Palestina— representaron las negocia-

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ciones de Camp David y de Taba en el año 2000, en los finales del Gobierno laborista de Ehud Barak. Pero, aun así, y sin que ello signifique la menor justificación del salvajismo irracional de los atentados contra la población civil y de las bombas de los suicidas palestinos —voladura de autobuses, restaurantes, cafés, discotecas, tiendas—, los atropellos cometidos por el Gobierno israelí contra la población palestina en general —puniciones colectivas, demoliciones de casas, asesinato de líderes terroristas aunque para ello sea inevitable que mueran civiles inocentes, detenciones arbitrarias, torturas indiscriminadas, juicios de caricatura en que los jueces condenan a los acusados a largas penas sin que los abogados defensores puedan siquiera conocer el acta de acusación, que se mantiene secreta por razones de inteligencia militar, etcétera— son injustificables e indignos de un país civilizado. Después del fracaso de los acuerdos de Oslo, que habían despertado tanta euforia en todo el mundo y en especial en Israel —yo estuve allí por aquellos días y viví ese entusiasmo—, y luego de la subida al poder de Ariel Sharon, bestia negra de los pacifistas y de todos los partidos moderados del país, las esperanzas de paz parecían enterradas por un buen tiempo. Na-

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die había promovido tanto como aquél la política de los asentamientos de colonos en los territorios ocupados ni nadie había saboteado con tanta vehemencia todos los intentos de solución negociada del conflicto —desde Oslo a Camp David y Taba— como el líder del Likud. ¿Quién hubiera dicho que la misma persona que dirigió la invasión militar de Líbano, que estuvo implicada en las matanzas de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y que con su paseo provocador por la plaza de las Mezquitas contribuyó a desatar la segunda Intifada y a frustrar los acuerdos de paz de Oslo, iba pocos años después, de manera unilateral, a cerrar los 21 asentamientos coloniales de la franja de Gaza y a devolver esta tierra arrebatada al pueblo palestino? ¿Qué ha habido detrás de esta audaz iniciativa? ¿Una concesión táctica, para distraer la atención internacional mientras Israel acentúa la política de apropiación de las tierras del West Bank? ¿O un intento serio de mostrar al mundo la voluntad de Israel de poner de una vez por todas un fin razonable a este conflicto? ¿Qué piensan de ello los israelíes y los palestinos? Para tratar de averiguarlo, acabo de pasar quince días en Israel y en los territorios ocupados, hablando con gente de toda con-

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dición e ideología, viendo y oyendo lo más que podía y tratando de sobrevivir al calor, la intensidad de las vivencias y la fatiga. Porque en Israel y en Palestina se vive más que en otras partes y el tiempo parece durar allá menos que en el resto del mundo. Acaso ésa sea la razón por la que tres de las cuatro grandes religiones de la historia de la humanidad tengan allí sus raíces y por la que ese puñado de kilómetros cuadrados haya hecho correr desde hace cuatro milenios más sangre y locura que cualquier otra región del mundo.

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II

El plan secreto de Ariel Sharon

No sé cuántos israelíes me contaron que al primer ministro Ariel Sharon su madre lo arrulló de niño cantándole al oído este estribillo: «Desconfía siempre de los árabes». Y que esa enseñanza materna ha sido hasta ahora la espina dorsal de su política. En cambio, parece haber renunciado a otro precepto que hasta hace poco tiempo guiaba también su conducta pública: la construcción del Gran Israel, un Estado judío de contornos bíblicos que incluiría la franja de Gaza y los territorios ocupados (a los que él siempre llamó Judea y Samaria). Por eso, fue el gran propulsor de los asentamientos de colonos que se han multiplicado como hongos por Cisjordania, el más encarnizado adversario de los acuerdos de Oslo (1993-1995) entre el Gobierno de Isaac Rabin y la OLP de Arafat y quien más obró para que fracasaran.

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¿Qué llevó al Ariel Sharon que dirigió la invasión al Líbano de 1982 y que con su célebre paseo por la explanada de las Mezquitas, de Jerusalén, provocó la segunda Intifada o levantamiento armado de los palestinos, a anunciar, de pronto, que Israel se retiraba de Gaza y cerraba los 21 asentamientos de colonos de allí y otros 4 de Cisjordania? ¿Qué determinó esa mudanza que, de la noche a la mañana, convirtió a Sharon en un «traidor» para un importante sector de la derecha israelí que antaño lo idolatraba y en un inesperado aliado de moderados y pacifistas que hasta ayer lo consideraban su bestia negra? Se lo he preguntado a decenas de israelíes y palestinos y las respuestas rara vez coincidían. Desde que fue una iniciativa para cancelar la investigación judicial que tenía abierta por tráficos de influencia y de corrupción —«¿Cómo se atrevería ahora el Fiscal general a enjuiciar como corrupto a un estadista al que el mundo entero aplaude y al que apoyan dos tercios de los israelíes?»— hasta una manera de conjurar las expectativas que despertaron en la opinión pública internacional los acuerdos de Ginebra firmados hace un par de años por un prestigioso grupo de palestinos e israelíes encabezado por los ex ministros Yossi Beilin y

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Yasser Abed Rabbo (ambos tuvieron un papel importante en las negociaciones del año 2000 en Camp David y en el balneario egipcio de Taba en 2001). «Sharon es un hombre práctico y realista», me dice su antiguo adversario y ahora aliado y vice primer ministro de Israel, el líder del Partido Laborista Simon Peres. «Las razones no importan. Importa que lo haya hecho. Es un paso hacia la paz y por eso lo apoyo. Dentro de un tiempo, habrá negociaciones para una solución global y definitiva con los palestinos». Con sus 82 años magníficamente llevados, y los sesenta de vida política, Simon Peres es ya más que un hombre público: una reliquia, un mito, el último de los grandes pioneros sionistas que se mantiene en el primer plano de la actualidad. Es un hombre fino, amable y con buenas lecturas con quien, hace diez años, nos pasamos un par de horas en una terraza de Jerusalén hablando de Flaubert. Cuando le digo que he oído a algunos de sus compañeros de partido criticarlo con severidad por su alianza con Sharon, algo que, creen ellos, puede destruir al laborismo y dejar la vida política de Israel convertida en un monopolio de la derecha, su respuesta es tajante: «La paz es más importante que el Partido Labo-

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rista». Si no tuviera la seguridad absoluta de que se ha abierto una nueva perspectiva de paz «seria», no estaría en el Gobierno. Cuando le pregunto si ese acuerdo israelí palestino en el que tiene tanta fe se sustentará más o menos en los lineamientos que figuran en los acuerdos de Ginebra de octubre de 2003, se ríe: «Ese documento es poesía. La paz con los palestinos tiene que ser escrita en prosa». Desde su despacho se divisan los rascacielos que han brotado por doquier en Tel Aviv, ciudad emblema del enorme progreso económico del país. «Sí, Israel ha prosperado mucho», reconoce, sin alegría. «Pero las desigualdades y los contrastes entre ricos y pobres son ahora enormes». Su optimismo sobre la iniciativa de Sharon es compartido en Israel, sobre todo, por la gente de izquierda, de partido o independientes, y por escritores e intelectuales que han dedicado buena parte de su vida a luchar por la paz, como David Grossman y Amos Oz. Con el primero conversé en un café de Jerusalén que, años atrás, fue víctima de un atentado terrorista que lo destruyó. Entonces, se llamaba «Momentum». Ahora, reconstruido, ha sido rebautizado «Restobar» y está repleto de gente joven. Es uno de los pocos sitios de Jerusa-

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lén donde la presencia de los religiosos —que yo no recordaba tan abrumadora— brilla por su ausencia. «Ha sido algo inesperado, de alguien que jamás nos hubiéramos imaginado», dice Grossman. «Pero es una iniciativa que va en la buena dirección y hay que apoyarla. Ha ocurrido en un periodo en el que las perspectivas parecían negras para la paz». Y Amos Oz, a quien conocí hace treinta años, cuando era todavía un kibutznik del kibutz Julda, donde trabajaba medio día con sus manos y el otro medio día escribía novelas, me explica: «Esto es el surrealismo israelí. Sharon, de quien decíamos “Si alguna vez sube al poder, habrá que huir de Israel”, es por el momento la esperanza para la solución del conflicto. Los pacifistas no tenemos más remedio que defenderlo de sus compañeros del Likud, que son capaces de reemplazarlo como jefe del partido por Benjamin Netanyahu, que lo acusa de haberse pasado al enemigo. Quién hubiera imaginado nunca que la lucha por la paz con los palestinos pasaría en algún momento por Ariel Sharon». Conversamos en su departamento luminoso y repleto de libros en varios idiomas, de las afueras de Tel Aviv, donde pasa parte del año; los otros meses vive en el desierto, no le-

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jos de Beersheva, en cuya universidad da clases desde hace varios años y donde se aísla para escribir, escabulléndose de las servidumbres del éxito (acaba de recibir el premio Goethe en Alemania). Él también cree que, a partir de la evacuación de Gaza, hay un movimiento en marcha que puede conducir a un acuerdo con los palestinos. «Ahora, por primera vez, los judíos y los árabes han terminado por aceptar la idea de que en esta tierra habrá dos estados independientes. Puede ser que a muchos no les guste la idea, que la admitan con amargura y tristeza. Pero todos han comprendido que no hay otro remedio. Ése es un gran paso hacia un acuerdo que, tarde o temprano, será realidad. Habrá un estado israelí y otro palestino. No sé por qué Sharon lanzó esa iniciativa. Lo que cuenta es que ha abierto un proceso. Hay que mantenerlo vivo y no dejar que se vuelva a detener». Amos Oz es uno de los escritores de nuestro tiempo comprometidos, en la acepción que dio al término Jean Paul Sartre, en los años cincuenta: un escritor para el que escribir es, al mismo tiempo que un empeño artístico, una responsabilidad cívica y moral. Sus ensayos y sus novelas reflejan la problemática israelí y son a menudo severos requisitorios contra los

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abusos y los crímenes causados por la ocupación de Gaza y los territorios ocupados, así como una permanente defensa del carácter laico del Estado de Israel para que conserve su naturaleza democrática, en contra de los extremistas ultra ortodoxos que quisieran imprimirle un sesgo religioso. «Los religiosos nacionalistas instalados en los asentamientos de Cisjordania que sueñan con el Gran Israel son peligrosísimos», afirma. Amos Oz sigue siendo sionista y ve con escepticismo la postura de los israelíes que, como la periodista Amira Hass o el historiador Ilan Pappe, piensan que en la idea sionista —un Estado sólo para los judíos— está la raíz de los problemas, la fuente de la xenofobia, el racismo y el nacionalismo que son obstáculos insuperables para un acuerdo, y defienden un Estado laico y binacional para palestinos e israelíes. «Tal vez, muy lejos, allá en el futuro. En lo inmediato, es una utopía. Me hicieron esa pregunta una vez, en Oslo. Yo, a mi vez, les pregunté: ¿por qué Noruega y Suecia que tienen tantas cosas en común no forman un solo país? ¿Para qué dos? Y entre esos dos países no hay ni sombra del contencioso de violencia, sangre, odio y resentimiento que marcan el conflicto palestino-israelí. Por ahora, luchemos por

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el reconocimiento de un Estado palestino por parte de Israel. Eso es lo realista. Después, ya se verá». Todas las estadísticas dicen que la evacuación de Gaza y de los cuatro asentamientos de Cisjordania cuenta con el apoyo mayoritario de los israelíes. Pero en las dos semanas que yo pasé allá vi millares de cintas color naranja prendidas de los automóviles, manifestando la solidaridad con los colonos, y muy pocas de color azul, el color de quienes apoyaban la evacuación. Esto no quiere decir que las estadísticas mientan sino, probablemente, que los colonos y sus partidarios, toda la extrema derecha israelí, es mucho más militante que el sector moderado y que sentirse «traicionados» por el líder del Likud al que llevaron con sus votos al poder los ha puesto bravos, como a un toro de lidia las banderillas y la pica. También entre los palestinos encontré a algunos dirigentes políticos esperanzados con que la evacuación de Gaza culmine en un acuerdo integral. Nabil Amr, ex ministro de Información de la Autoridad Palestina, y severo crítico de Arafat a quien los miembros de la brigada de al-Aqsa, una facción de Al Fatah, intentaron matar, me dice, en su elegante casa de las afueras de Ramallah donde vive pro-

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tegido por una coraza de guardaespaldas: «Es un desarrollo muy positivo. Es la primera vez que Israel hace algo semejante. Debemos aprovechar esta oportunidad. El factor decisivo, a mi juicio, ha sido el presidente Bush, quien ahora debe seguir presionando a Sharon. Las condiciones son mejores que en el pasado para una negociación. La Autoridad Palestina hace esfuerzos para disminuir la corrupción que proliferó bajo el dominio de Arafat. De este modo recuperaremos el prestigio perdido. La gente no va a Hamás por razones religiosas, sino por desesperación, por falta de trabajo, por hambre, por la claustrofobia que le producen la ocupación y los asentamientos. No queremos un Estado islamista. En la actualidad, somos el país más libre de todo el mundo árabe. El Estado palestino será una democracia secular y pluralista». Pero otros, como la diputada Hanan Ashrawi, el Dr. Haidar Abd al Shafi, padre del nacionalismo palestino laico, y Yasser Abed Rabbo, no creen que Ariel Sharon tenga la menor intención de completar la evacuación de Gaza con una negociación más o menos inmediata. La iniciativa del primer ministro israelí les parece una manera de ganar tiempo, por razones de política interna, o una maniobra de

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distracción para reforzar la ocupación de Cisjordania. El carismático Dr. Mustafa Barghouthi, secretario general de la Iniciativa Nacional Palestina, o al-Mubadara, un partido político del que fue también fundador Edward Said, cree que lo de Gaza es «una mera concesión táctica de Sharon. Ni siquiera es una verdadera retirada de la Franja, pues Israel mantiene el control de las fronteras terrestres, del espacio aéreo, del espacio marítimo, y de las fuentes de agua, de modo que puede seguir asfixiando a la población, impidiéndole trabajar, exportar, conectarse con los territorios palestinos de Cisjordania, y, si lo quiere, matarla de sed». «Por otra parte», añade, «qué estupenda operación de relaciones públicas ante el mundo entero. Esos colonos desgarrados de la pena por tener que salir de sus lindas casas y floreados jardines, llorando y rezando abrazados a los soldados israelíes, que también lloraban y rezaban. ¡Qué espectáculo conmovedor! Y, ahora, resulta que Ariel Sharon se volvió un pacifista, un gobernante valeroso que se enfrentó a los fanáticos de su país y se ganó la admiración del mundo entero. ¡Qué pantomima!». ¿Quién tiene razón? ¿Es la evacuación de Gaza el principio del fin de la ocupación israelí

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de los territorios que conquistó en 1967, en la guerra de los Seis Días, o, gracias a ella Sharon reforzará su dominio colonial de Cisjordania, retrasando hasta las calendas griegas una negociación en la que nunca creyó porque desde la cuna le enseñaron que no se puede confiar en los árabes? Quien me parece acercarse más a la posible verdad es Shlomo Ben Ami, que fue ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Ehud Barak. Estuvo en las negociaciones de Camp David y Taba, y se apartó del Partido Laborista cuando éste se alió a Sharon. Siempre fue un hombre de paz y es, además, una de las cabezas más lúcidas a la hora de analizar las perspectivas después de la evacuación de Gaza. No cree que a este hecho seguirá una negociación porque, dice, ni Sharon ni la opinión pública en Israel están a favor de ella. Por el contrario, una mayoría de israelíes piensa ahora, a diferencia de lo que pensaron cuando Oslo y cuando las negociaciones de Camp David, donde Arafat rechazó la oferta más amplia que hizo nunca Israel —devolver el 97 por ciento de los territorios ocupados y compartir la administración de Jerusalén donde podría funcionar la capital del Estado palestino— que la solución definitiva del conflicto vendrá a tra-

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vés de decisiones unilaterales de Israel, como en Gaza. «Sharon ha renunciado a su sueño del Gran Israel y se resigna a la idea de un Estado palestino. Pero no será un Estado negociado. Será un Estado que imponga él a los palestinos, en unas condiciones tales que ese Estado no presente el menor riesgo para la seguridad de Israel, y sea un Estado inoperante, para no decir imposible». Conversamos en un restaurante del viejo Tel Aviv, llamado «Carmella», en una casa de 1927, llena de columnas, una arquitectura que, dice Shlomo Ben Ami, «podría definirse como una transacción entre las nostalgias polacas de los sionistas de principios del siglo XX y el espíritu mediterráneo». Estudió historia en Oxford y habla un español impecable, que aprendió de niño, en Tánger, donde nació. Lo que me dijo aquella noche me acompañó durante todo mi viaje. Ahora estoy convencido de que sus sospechas son justas. La presión internacional, los atentados terroristas de los suicidas que han causado un millar de muertos en Israel durante la segunda Intifada, la paranoia y el hastío que todo esto ha generado en Israel, y quizás, también, necesidades de supervivencia política, han llevado a Sharon a desprenderse de Gaza, un territo-

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rio donde 8.500 colonos rodeados de un millón trescientos mil palestinos creaban cada vez más dificultades a Israel para garantizarles la seguridad. Pero la devolución de Gaza no es lo que parece. A menos que se complete con una apertura de fronteras, una intensa actividad económica y un intercambio constante con Cisjordania, seguirá significando para los habitantes desempleo, hambre, frustración y violencia. Difícilmente podrá poner orden la Autoridad Palestina en un territorio donde las condiciones de vida empujan a muchos habitantes de las ratoneras que son los campos de refugiados en brazos del extremismo de Hamás. Por otra parte, si, en una etapa más o menos próxima, no queda otro remedio a Israel que reconocer el Estado palestino, con la construcción del muro de protección y los asentamientos que cuadrillan los territorios y se apropian de buena parte del terreno que correspondería a Palestina, el Estado que resulte será poco menos que un mero simulacro. ¿Lo aceptarán los palestinos? En una negociación, no. Pero acaso lo acepten si Sharon se los inflige, como en Gaza. Se habrán guardado las formas y la opinión pública internacional reconocerá el sacrificio que hace Israel en aras de la paz.

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¿Es éste el plan secreto de Sharon? Si lo es, muchos factores podrían frustrarlo. Y el más terrible de todos, el terrorismo de los suicidas.

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