Jorge Tárrega Garrido (Valencia, 1975) es doctor en Filología Clásica por la Universidad de Valencia, profesor de Latín y Griego en el IES El Grao de Valencia y profesor asociado de la Universidad de Valencia. Ha publicado diversos estudios en revistas especializadas sobre lingüística y retórica latinas y ha dedicado gran parte de su labor docente a la didáctica del latín con metodologías activas. Estos dos autores ya trabajaron juntos en la redacción del libro La oratoria en la antigua Roma, de esta misma colección.
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Esteban Bérchez Castaño / Jorge Tárrega Garrido
Esteban Bérchez Castaño (Valencia, 1977) es doctor en Filología Latina por la Universidad de Barcelona, profesor de Latín y Cultura Clásica en el IES La Morería de Mislata (Valencia) y profesor asociado de la Universidad de Valencia. Sus inquietudes y publicaciones versan sobre los estudios de gramática y retórica en Roma, los proverbios latinos, la poesía ovidiana y los géneros poéticos romanos.
LA EDUCACIÓN EN LA ANTIGUA ROMA
En este libro se presenta una breve historia de la educación en Roma desde sus orígenes hasta el siglo IV dC, destacando aspectos de la enseñanza que tienen una gran vigencia en la actualidad, como los distintos niveles educativos, los viajes de estudio, el periodo de prácticas o los libros de texto. Se ofrece asimismo la traducción de parte de la obra del autor hispano Quintiliano, La formación del orador, un libro que impulsa un nuevo concepto de educación y una reflexión profunda de la labor docente y, además, sirve de catalizador entre la antigüedad romana y épocas posteriores.
LA EDUCACIÓN EN LA ANTIGUA ROMA Marco Fabio Quintiliano Consejos para el profesor (La formación del orador II 1-9)
ESTEBAN BÉRCHEZ CASTAÑO JORGE TÁRREGA GARRIDO
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LA EDUCACIÓN EN LA ANTIGUA ROMA Marco Fabio Quintiliano Consejos para el profesor (La formación del orador II 1-9)
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LA EDUCACIÓN EN LA ANTIGUA ROMA Marco Fabio Quintiliano Consejos para el profesor (La formación del orador II 1-9)
Esteban Bérchez Castaño Jorge Tárrega Garrido
tirant humanidades Valencia, 2021
Copyright ® 2021 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento elec trónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. Dibujo de la portada de Meluca Redón a partir del relieve del siglo II dC que se encuentra en Rheinisches Landesmuseum Trier. Director de la colección Quadriga Jorge Tárrega Garrido
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Esteban Bérchez Castaño Jorge Tárrega Garrido
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18534-33-1 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/ politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Índice 1. Introducción................................................................................... 9 2. Problemas del estudio de la educación..................................... 11 3. La formación de los ciudadanos romanos desde época monárquica hasta el s. III aC............................................................. 17 4. La familia como educadora.......................................................... 29 5. La influencia griega en la educación romana........................... 41 6. La escuela romana......................................................................... 47 7. Aprendiendo una segunda lengua............................................. 61 8. Los libros de texto y los libros de lectura................................. 71 9. Las prácticas en la formación de los jóvenes: tirocinium fori.................................................................................................... 77 10. Quintiliano: el impulsor de la pedagogía................................. 81 11. Características generales de la educación en Roma................ 83 12. Conclusión...................................................................................... 99 13. Comentario bibliográfico............................................................. 101 14. Nota a la traducción...................................................................... 105 Marco Fabio Quintiliano CONSEJOS PARA EL PROFESOR (La formación del orador, Libro II, capítulos 1-9)
I. ¿Cuándo debe encomendarse el joven al rétor?.................. 109
II. Costumbres y deberes del profesor....................................... 111
III. ¿Hay que elegir desde el principio al mejor profesor?....... 113
IV. Primeras lecciones con el rétor.............................................. 115
Índice
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V. Lectura de oradores e historiadores en clase del rétor....... 123
VI. Estructuración de los argumentos y revisión del discurso................................................................................................ 126
VII. El aprendizaje memorístico.................................................... 127 VIII. ¿Deben tenerse en cuenta las capacidades de cada alumno?.............................................................................................. 128
IX. Obligaciones de los alumnos................................................. 131
Índice de términos latinos y griegos................................................ 133 Índice de nombres propios................................................................. 135
1. Introducción Un día un hombre le preguntó a Aristipo de Cirene, discípulo del célebre filósofo Sócrates, cuánto le cobraría por educar a su hijo. Aristipo le pidió una suma enorme de dinero, a lo que el padre, indignado, contestó que por ese precio se compraba un esclavo. «Entonces —dijo el filósofo— tendrás dos esclavos: tu hijo y el que compres». ([Plutarco], Sobre la educación de los hijos 4F-5A). No siempre la educación ha gozado de estima y, a veces, se han priorizado otros menesteres, en apariencia más útiles, que pudiesen producir beneficios a corto plazo. Sin embargo, ya desde la Antigüedad se alzaron algunas voces destacando la importancia de una educación adecuada para formar ciudadanos, es decir, individuos provechosos para la colectividad no solo en unas disciplinas concretas, sino también —y sobre todo— en una serie de valores. La palabra que mejor puede definir, en nuestra opinión, la educación romana es tradicionalismo —entendido como una suma de prácticas ancestrales y firmes valores—, que se reflejaba en el respeto al mos maiorum «costumbre de los antepasados»: «La fortaleza romana —dice el poeta Ennio (Anales fr. 598 Skutsch)— reside en las antiguas costumbres y en sus hombres» (moribus antiquis res stat Romana virisque). Aunque pueda parecer paradójico, el gran hito que marcó la cultura y la educación romanas es la influencia griega, que penetra en el territorio romano desde el sur, desde la Magna Grecia, en el contexto de las dos primeras Guerras Púnicas (s. III aC). Y el momento culminante del desarrollo educativo se halla en La formación del orador del autor hispano Quintiliano; un libro que, sin dejar de lado la tradición previa, impulsa un nuevo concepto de educación y una reflexión profunda de la labor docente y, además, sirve de catalizador entre la antigüedad romana y épocas posteriores. Si Platón llamaba a Homero «el educador de toda Grecia» (República X 581c; 600 a-c), bien se podría considerar a Quintiliano el profesor de toda la Edad Media y Renacimiento europeos e, incluso, el fundador de la pedagogía.
2. Problemas del estudio de la educación Hacer una historia completa de la educación en la antigua Roma sería una labor que excedería con creces el volumen de este libro y es algo que ya han hecho insignes estudiosos, tal y como se recoge en la bibliografía. La finalidad es, más bien, plasmar qué entendían los romanos por educación y, sobre todo, qué testimonios antiguos han transmitido esta concepción. Ahora bien, la complejidad del tema requiere unas matizaciones previas: 1) Extensión temporal de la época romana: La historia de Roma abarca alrededor de trece siglos si atendemos a las fechas más comúnmente aceptadas, el 753 aC para su inicio y el 476 dC para su final, por lo que no se puede hablar de un único sistema educativo, aunque sea inevitable caer en generalizaciones. 2) Extensión territorial de Roma: Como ya recordara el historiador griego Dioniso de Halicarnaso (Historia de Roma antigua I 3,3), Roma fue «la primera y única ciudad de las que se recuerda en todos los tiempos que haya hecho de la salida y la puesta del sol los límites de su poder». Los dominios de Roma eran demasiado extensos como para poder instaurar unas mismas costumbres en todas las regiones y más si pensamos en aquellas de habla griega, que nunca abandonaron el sistema educativo que tenían antes de ser conquistadas. Cabe pensar, asimismo, que la calidad de la enseñanza no era igual en todos los lugares, ya que el buen maestro aspiraba a dar clases en núcleos urbanos —donde tenía al alcance bibliotecas y podía asistir a actos culturales y departir con otros colegas— antes que en pueblos de provincias. 3) Las fuentes antiguas: Los primeros testimonios escritos sobre la educación romana se producen más de cinco siglos después de la fundación de la ciudad. Por ello, casi todo lo que podemos deducir
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sobre la educación en los primeros tiempos se basa en referencias muy posteriores y, en consecuencia, imprecisas y no del todo fiables. Además, muchas de las alusiones a la educación que poseemos se refieren a personas concretas y excepcionales que en absoluto reflejan la realidad general. No podemos juzgar la calidad de la formación a partir de figuras como Cicerón, Virgilio u Horacio, que brillaron precisamente por tener un talento fuera de lo común. 4) La teorización sobre la educación: En cualquier civilización hay educación, pero la teorización sobre ella suele ser muy posterior. El conservadurismo e inmovilismo que definen el carácter romano de los primeros siglos hicieron que nadie se cuestionara lo que se concebía como tradicional. La reflexión sobre el acto de educar vendrá a partir de la influencia griega. A este respecto viene a cuento referir las palabras de Cicerón en las que recuerda la mala opinión que el historiador griego Polibio (s. II aC) —y gran admirador de la cultura romana— tenía del sistema de enseñanza romano por su aparente falta de organización: La educación de los niños libres (disciplinam puerilem ingenuis), por la que los griegos se esforzaron con especial ahínco sin resultados, y la única de nuestras instituciones a la que Polibio, huésped nuestro, acusa de negligencia (neglegentiam), no quisieron estructurarla o fijarla con leyes, ni tampoco que fuera pública e igual para todos (Cicerón, Sobre la República IV 3,3).
5) Educación clasista: Casi todo lo que conocemos sobre la educación en Roma se centra en las clases altas y en las familias adineradas, debido a que la mayoría de jóvenes de la plebe, de poder acceder a una formación —el grado de analfabetismo era muy elevado—, dejaba sus estudios tras aprender a leer, escribir y sumar para ponerse a trabajar o a ayudar a sus familias. Por tanto, de la educación del pueblo llano, tan olvidado en los libros, solo tenemos mínimas referencias que, sin duda alguna, merman el conocimiento global de este tema. 6) Edades distintas: Tendemos a clasificar el sistema educativo romano por edades: con la madre hasta los siete años, en la escuela del
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litterator (nuestro equivalente a la escuela primaria) hasta los once o doce años y en la del grammaticus (nuestra escuela secundaria) hasta los quince o dieciséis. Esto tan solo se corresponde con un periodo relativamente breve de la historia de Roma y, con toda probabilidad, los jóvenes que acudían a las clases solían ser de diferentes edades, una heterogeneidad que raramente se produce en los actuales sistemas reglados, pero que hasta hace unas décadas, sobre todo en zonas rurales, se daba a tempranas edades. Asimismo, se priorizaban a menudo las aptitudes y conocimientos del alumno independientemente de la edad que tenía: «Considero útil —dice Quintiliano (La formación del orador I 2,23)— la costumbre seguida por mis maestros, que, tras distribuir a los niños por niveles, les indicaban un orden para hablar según sus capacidades (vires ingenii)». UN POCO DE ETIMOLOGÍA EL LUGAR DE ESTUDIO: Llama la atención que la palabra griega σχολή (scholé) ‘tiempo libre’ haya dado en castellano ‘escuela’, de la misma forma que ludus en latín significa ‘juego’, pero también ‘escuela’, porque se refiere al lugar donde los jóvenes ejercitaban tanto el intelecto (ludus litterarius) como el cuerpo (ludus gladiatorius, ludus militaris). Varias son las opiniones entre los antiguos sobre el porqué de tan curiosa traslación semántica. Festo (Sobre el significado de las palabras, p. 470 Lindsay), por ejemplo afirma que se les dio este nombre a aquellos lugares «en los que en absoluto se juega, no vaya a ser que los niños por un nombre espantoso rehúyan el trabajo que les toca llevar a cabo». Ludus es un término polisémico que alude también a festividades religiosas (Ludi Apollinares, Capitolini, Florales) y a espectáculos (Ludi circenses, scaenici, gymnici…; cf. Isidoro, Etimologías XVIII) y en todas sus acepciones se tiene como punto en común la reunión y entretenimiento de varias personas. Para designar el lugar donde se enseña hoy en día se emplean términos muy dispares y cuyo significado, en su origen, no era el que se le da ahora: ‘colegio’ de collegium significaba ‘asociación’ o ‘grupo de gente que realiza una misma actividad’; ‘instituto’ provendría del verbo instituere establecer, preparar, ‘organizar’; ‘liceo’ lyceum antiguamente era el lugar a las afueras de Atenas donde
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Aristóteles y los seguidores de la filosofía peripatética enseñaban, llamado así porque esta escuela se hallaba en el recinto del santuario consagrado a Apolo Liceo; o ‘academia’, que viene de la escuela de Platón, quien se sirvió del héroe legendario Academo para su nombre (pues se encontraba cerca de unos jardines dedicados a este héroe), y que ahora designa instituciones culturales y educativas. Nuestro término ‘facultad’ proviene de facultas ‘posibilidad, cualidad’ y seguramente ha pasado a designar el lugar donde se enseñan estudios superiores porque potencia las cualidades de los estudiantes que han elegido voluntariamente esos estudios. Universitas ‘universidad’ en latín clásico indicaba una multitud de cosas e incluso ‘totalidad’ y ‘mundo’; posteriormente pasó a designar un lugar público con espacio para muchos ciudadanos; después, ya en la Edad Media, se empleaba para cualquier comunidad con un fin concreto; y al final, como Universitas studiorum, pasó a referir el lugar donde se hallaban todas las ciencias y artes, siendo, al parecer, el Papa Inocencio III (ss. XII-XIII) el primero en emplear este nombre con el mismo sentido que lo entendemos hoy y que ya se acerca a nuestra expresión Estudio general para referirnos a la universidad. Los estudiantes, por cierto, deben anualmente realizar un curso, del latín cursus ‘carrera’, y cumplir una serie de requisitos que se encuentran en el curriculum ‘carrerita’ o ‘plan de estudios’. En la universidad los estudiantes hacen un ‘grado’, de gradus ‘escalón’, o una ‘licenciatura’, término de época medieval que proviene de licentia ‘permiso’ (del verbo impersonal licet ‘se puede, está permitido’), porque cuando se obtiene el título de licenciado se consigue permiso o licencia para ejercer una profesión. LAS PERSONAS: Litterator ‘maestro’ (al igual que ludus litterarius ‘escuela de primaria’), proviene de littera ‘letra’, porque era el encargado de enseñar sobre todo a leer y escribir… y a contar; y como los romanos solían contar con calculi ‘piedrecitas’ hoy en día decimos ‘calcular’ y también ‘cálculos en el riñón’. Litterae en plural además de designar las letras, por metonimia se refiere a la literatura. Grammaticus ‘gramático’ es el profesor de secundaria y proviene, al igual que la ‘gramática’, del griego γράμμα (grámma) que significa ‘letra’. Rhetor ‘orador’ y rhetorica ‘retórica’ proviene del griego ῥήτωρ (rhétor), que a su vez viene de la raíz griega rhe- que significa ‘hablar’. Magister ‘maestro’, al parecer, proviene del adverbio
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magis ‘más’. El magister ludi es sinónimo de litterator. Por oposición minister ‘camarero, persona que sirve’ podría provenir de minus ‘menos’ (cf. Isidoro, Etimologías X 170). Professor (del verbo profiteri ‘declarar públicamente’) es ‘el que realiza o enseña una ciencia, un arte o una profesión’. Por otro lado, ‘tutor’ viene del verbo tueri ‘observar, proteger, ayudar’, porque es el que cuida y está pendiente del estudiante o grupo a su cargo; y ‘monitor’ viene de monere ‘aconsejar’. ENSEÑAR Y APRENDER: «La comadrona saca al niño —dice Varrón (en Nonio Marcelo 447,33)—, la nodriza lo alimenta, el pedagogo lo instruye y el maestro le enseña» (Educit obstetrix, educat nutrix, instituit paedagogus, docet magister). Educare, efectivamente, significa ‘nutrir, alimentar’ y de ella ha derivado nuestra palabra ‘educar’. Nutrire ‘nutrir’ es dar alimento a alguien y es sinónimo de alere ‘alimentar’ que ha dado lugar a ‘alumno’, que sería quien se alimenta de las enseñanzas del maestro. De la misma forma que el latinismo Alma mater significa literalmente ‘madre que alimenta’ y que sirve para referirse a la universidad. Por otra parte, studere significa ‘tener interés, poner empeño, consagrarse a algo’ y de ahí viene ‘estudio’, ‘estudiante’ y ‘estudiar’. Discere significa ‘aprender’, de donde viene en castellano ‘discente’ y ‘discípulo’, que son quienes aprenden y la ‘disciplina’ suele relacionarse con cuestiones actitudinales, mientras que la palabra ‘doctrina’, de docere ‘enseñar’, suele aludir a cuestiones morales y de ahí el verbo ‘adoctrinar’. Nuestra palabra ‘aprender’ proviene del verbo apprehendere ‘coger, apoderarse de algo’, del que derivan ‘aprendiz’, que es la persona que se apodera de los conocimientos y la experiencia de su maestro, y ‘aprendizaje’. Del verbo ya mencionado docere ‘enseñar’ proviene el genérico ‘docente’, que es el que enseña, ‘docencia’, que es el arte de enseñar y ‘doctor’, que es la persona que recibe el título académico universitario más elevado. Instruere significa ‘construir, proporcionar’ y de ahí ‘instruir’ e ‘instrucción’. Finalmente, el método socrático ‘mayéutica’ proviene del verbo griego μαιεύω (maieúo) ‘asistir al parto’ y alude al arte de las parteras o comadronas, pues se entiende que por medio del sistema pregunta-respuesta al final se da a luz al pensamiento y se halla la verdad.
3. La formación de los ciudadanos romanos desde época monárquica hasta el s. III aC Cuenta el historiador Tito Livio que Evandro gobernaba la región bañada por el río Tíber mucho antes de la llegada de Eneas y lo hacía porque se había ganado el reconocimiento de todos «por la invención de las letras, algo novedoso entre personas desprovistas de cualquier arte» (Historia de Roma desde su fundación I 7,8). Esta historia, a todas luces ficticia por anacrónica y una de tantas de las que circulaban en la Antigüedad sobre la invención de la escritura, muestra el valor que los antiguos dieron a las letras. No obstante, por extraño que hoy día pueda parecer, nada tenía que ver la escritura con la educación en los primeros siglos de la historia de Roma. De ahí que prefiramos hablar en el título de este capítulo genéricamente de formación (del verbo latino formare ‘dar forma’), antes que de educación, tal y como la entendemos en la actualidad. La formación romana de los primeros siglos fue estrictamente práctica y oral; aquellas enseñanzas que hoy llamaríamos intelectuales se debieron a la influencia griega y —esas sí—, estaban ligadas con la escritura y la literatura. El contacto con Grecia se produjo sobre todo a partir del siglo III aC, por lo que la educación que se realizó en los cuatro primeros siglos presentaba un cariz distinto. El tradicionalismo y conservadurismo que ya hemos mencionado y del que hacían gala los romanos configuraron en los primeros tiempos la formación de cualquier persona. Los testimonios que poseemos de entonces son posteriores, pero —verdaderos o no— transmiten la imagen que los propios romanos querían dar de sí mismos. En época monárquica (ss. VIII-VI aC), a caballo entre la historia y la leyenda, la formación se centraba grosso modo en consolidar unos pocos aspectos: la milicia, la religión y la agricultura, tres actividades que se
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mantuvieron como modo de vida y como base para lo que los propios romanos llamaron mos maiorum ‘costumbre de los antepasados’ y que fomentaban virtudes como el amor a la patria, el valor del esfuerzo y el trabajo, el respeto a los dioses y a los mayores y la importancia de la gens ‘linaje, familia’. Y es que la formación corría a cargo de las familias y no había una institución que reglara qué y cómo se debía enseñar, aunque sí un código de valores no escrito que se reverenciaba. El primer rey de Roma, Rómulo, después de fundar la ciudad la organizó centrando sus esfuerzos sobre todo en el poder militar, que le permitiría anexionar territorios guiado por la idea de que a mayor extensión más gloria para Roma. Rómulo —de nuevo según Tito Livio—, tras haber ascendido junto a los dioses, se le apareció en sueños, preocupado con el legado que había dejado, a un tal Próculo Julio para rogarle que transmitiera un mensaje a sus conciudadanos: «Ve y anuncia a los romanos que es voluntad de los dioses que mi Roma sea la capital del mundo (caput orbis terrarum); que practiquen, por tanto, el arte militar (rem militarem) y que sepan, y así se lo transmitan a sus descendientes, que ninguna fuerza humana podrá resistir las armas romanas» (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación I 16,7).
La formación se centraba, por tanto, en la instrucción militar (res militaris) y tenía un objetivo concreto, la conquista de otros pueblos y el aumento de poder. Numa Pompilio, el sucesor de Rómulo en el trono de Roma, dio un giro a la política de su antecesor, convencido de que las armas no eran la solución para todo y que los romanos debían adquirir costumbres más cívicas: Así [Numa Pompilio] logró que se cultivara la religión, quitándole boato, y él mismo fomentó el comercio, los juegos y todas aquellas cosas que favorecieran la concurrencia de personas. Con estas instituciones volvió humanas y pacíficas las almas de aquellas personas que a causa de la guerra habían llegado a ser crueles y salvajes (Cicerón, Sobre la República II 27). Numa, subiendo así al trono, se prepara para organizar desde el principio la ciudad, recién fundada por la fuerza y las armas, por medio de la justicia, las leyes y las costumbres. Y como se percató de que mediante guerras no podrían adquirirse nunca
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estos nuevos hábitos, porque la práctica militar vuelve los ánimos más salvajes, pensó que debía suavizar al feroz pueblo, desacostumbrándolo a las armas (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación I 19,1-2).
Numa Pompilio, guiado por ese afán que hoy tildaríamos de pacifista, puso especial énfasis en consolidar la religión y los ritos y para ello construyó templos, regularizó sacerdocios, instituyó festividades, reglamentó los sacrificios y reformó el calendario, por lo que, al arte de la guerra que los romanos habían adquirido con Rómulo, añadió el respeto religioso, que tanto caracterizó en estos primeros siglos a quienes el historiador Salustio llamó religiosissumi mortales ‘hombres muy religiosos’ (Conjuración de Catilina 12,3). Dada la dificultad de concebir reformas de este calado sin la existencia de la escritura o por ver en ellas una cierta influencia griega, los historiadores consideraron a Numa discípulo del filósofo Pitágoras e incluso le atribuyeron la redacción de unas leyes que le había dictado una ninfa de nombre Egeria (Cicerón, Sobre la República II 28; Plutarco, Numa 1,3-4). Tito Livio relata cómo se encontraron por casualidad estas leyes escritas y cómo los romanos de entonces, en un acto helenófobo, las acabaron arrojando al fuego porque «se dieron cuenta de que la mayor parte de su contenido tenía un carácter perjudicial para la religión» (cum animadvertisset pleraque dissolvendarum religionum esse), como si hubiera que destruir aquello que no era romano en su esencia: Ese mismo año mientras unos campesinos labraban la tierra más profundamente de lo habitual, se encontraron en un terreno del escriba Lucio Petilio, a las faldas del Janículo, dos arcas de piedra de casi ocho pies de largo y cuatro de ancho. En una estaba enterrado Numa Pompilio, el hijo de Pompón y rey de los romanos; la otra contenía los libros de Numa Pompilio. Cuando el propietario abrió por consejo de sus amigos estas arcas, aquella que tenía la inscripción de ‘sepulcro del rey’, se encontró vacía, sin rastro de cuerpo humano o de cosa alguna tras haberse consumido del todo debido a tantos años de descomposición. En la otra había dos fardos atados con cuerdas que contenían siete libros cada uno, no solo intactos, sino que parecían recientes. Siete, escritos en latín, contenían la ley de los pontífices y los otros siete, escritos en griego, trataban de filosofía (disciplina sapientiae), la que pudo existir en aquella época (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación XL 29,3-7).
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Más allá de lo inverosímil de esta anécdota, los romanos, sin apenas historia propia, no estaban todavía preparados para abrir sus puertas a otra cultura tan rotunda y prolífica como la griega. Necesitaban erigir sus propios cimientos y hacerlos tan sólidos que les permitiera en un futuro sostener y soportar todas las influencias que pudieran venir. A Numa lo sucedió Tulo Hostilio, en cuyo reinado se produjo el famoso enfrentamiento entre los tres hermanos romanos, los Horacios, y los tres albanos, los Curiacios, para ver qué ciudad gobernaría sobre la otra. El rey les pidió a los Horacios tan sacrificada acción, pero, antes de tomar una decisión, los hermanos consultaron a su padre, pues el respeto les obligaba a ello, a lo que este les contestó: «hacéis lo correcto, hijos, no llevando a cabo nada contra mi parecer» (Dioniso de Halicarnaso, Historia antigua de Roma III 17,3). Este respeto a los padres y a los mayores se estableció, también, como uno de los principios de la formación propia de todo ciudadano. El único Horacio que consiguió salir con vida del enfrentamiento y acabó con los tres albanos, al ver que su hermana no lloraba por la muerte de sus familiares caídos, sino por uno de los enemigos con el que iba a casarse, no lo pudo evitar y la mató ante la mirada de sus compatriotas, pronunciando las siguientes palabras: «Vete con tu loco amor junto a tu prometido, tú, que te has olvidado de tus hermanos muertos y del que todavía vive; tú, que te has olvidado de tu patria. Muera de igual modo cualquier romana que llore a un enemigo» (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación I 26,4). El Horacio había ido demasiado lejos ejecutando a su propia hermana e iba a ser juzgado por ello y hubiese sido condenado a muerte de no ser por su padre que, al presentarse ante sus conciudadanos, no recriminó la actuación de su hijo, antes bien, la elogió por entender que defendía su patria por encima de todo, incluso más allá de sus lazos familiares y sentimientos personales. El servicio militar, el sentido religioso, el respeto a la familia y el deber con la patria —valores que empezaron a conformarse en esta época y que se mantuvieron indelebles por muchos siglos— configuraron la espina dorsal de la formación romana y, aun con la entrada de la cultura