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LOS CAMINOS DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA


LOS CAMINOS DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA

ANTÓNIO JOSÉ AVELÃS NUNES

Profesor Catedrático Jubilado de la Faculdade de Direito de Coimbra Doctor Honoris Causa de la Universidad de Valladolid

Traducido por Ana Patricia Rossi Jiménez

TIRANT HUMANIDADES Valencia, 2020


Copyright ® 2020

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ANTÓNIO JOSÉ AVELÃS NUNES

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Para mis Colegas y mis Amigos Jesús Quijano González Luis Velasco San Pedro Marcos Sacristán Represa Para mi, es un privilegio ser vuestro amigo y es un honor poder contaros entre mis Amigos


ÍNDICE GENERAL

NOTA PREVIA .......................................................

11

Capitulo I

De la socialdemocracia de principios de la década de 1970 a la izquierda superflua...................................

15

Capitulo II

As ‘crises do petróleo’, a contra-revolução monetarista e o Consenso de Washington..................

Capitulo III

Os socialistas europeus renegam Keynes...................

35

57

Capitulo IV

La responsabilidad de la socialdemocracia europea en la construcción de ‘Europa”: de Roma a Maastricht, de la ‘constitución Europea’ al Tratado de Lisboa y al Pacto fiscal europeo............................................................................. 69

Capitulo V

La conversión de los partidos socialistas europeos al neoliberalismo:...........................................

89


5.1. – El Partido Socialista Portugués..................... 5.2. – El Partido Socialdemócrata alemán (SPD).. 5.3. – El Partido Socialista Francés......................... 5.4. – El Partido Laborista (RU) ............................

89 131 139 165

Capitulo VI

La socialdemocracia europea apoyó las políticas de austeridad...................................................................

175

Capitulo VII

La historia de ‘Europa’ es la historia de su déficit democrático..................................................................... 191

Capitulo VIII

¿Qué se puede hacer con esta ‘Europa’? El dilema de las propuestas reformistas que intentan cambiar algo para mantener lo esencial.......

211

Capitulo IX

“El futuro no puede ser una continuación del pasado”.............................................................................. 247

Referencias bibliográficas...............................................

261

Índice de asuntos............................................................

273


Nota Previa a la edición portuguesa A finales de 2017 la Fundación Boiteux (Universidad Federal de Santa Catarina) publicó en Brasil la segunda edición de Do Capitalismo e do Socialismo, un libro mío que vio por primera vez la luz en 1972, en una edición Vértice/Atlântida Editora (Coimbra). Ese mismo año, la Editorial Página a Página había reeditado el libro en Portugal, y al año siguiente lo hizo Livraria do Advogado (Porto Alegre) en Brasil. Este libro fue el feliz resultado (feliz para mí, evidentemente) de un debate que sostuve con el profesor Jan Tinbergen poco tiempo después de que recibiera el Premio Nobel de la Economía. La vida, madrastra a veces, es prodiga en otros momentos, cual madre generosa. Como era natural, Tinbergen era un economista de reconocida fama mundial, pero ello, no le impidió discutir sus puntos de vista con un desconocido joven universitario en inicio de carrera. Para mí, fue una lección de humildad científica que me caló hondo. En aquel momento, no se lo supe agradecer como merecía. Como quien paga una deuda, quiero hacerlo ahora, aunque sea tarde. Tinbergen también me mostró que no era un dogmático, que estaba a años luz del dogmatismo de los socialdemócratas actuales, convencidos de que son (con la derecha, con la que comparten los puntos de vista esenciales en materia económica y social) los ‘dueños’ de la verdad absoluta, más allá de cualquier ideología, aquella para la que no hay alternativa. Viejo e ilustre


militante socialdemócrata, entendió que merecía la pena debatir sus ideas con el Sr. A. A. Fue así como Tinbergen trató a aquel joven marxista que no conocía de ningún lado, pues fue así como firmé el primer texto de nuestra ‘conversación’ (fue una manera de evitar la censura, que por aquel entonces cortaba pequeños textos que yo escribía para la revista Vértice). Interrogándome si sería oportuno reeditar un libro que contaba ya con una larga vida (45 años) y en el que las marcas del tiempo estaban bien presentes, creí que sí lo era y decidí autorizar su reedición porque entiendo que, en la coyuntura actual de nuestras sociedades, no es posible democracia sin Estado social. Precisamente por ello —acertadamente, a mi juicio—, hoy, la principal lucha de la izquierda contra el neoliberalismo y contra las políticas neoliberales es la lucha por el Estado social en defensa de la democracia. A mi modo de ver, la lucha por el Estado social se identifica con la lucha por la Democracia y, por tanto, opino que las personas y organizaciones de izquierda no pueden renunciar a ella. Esta certeza mía no invalida, sin embargo, la caracterización que hago del Estado social como una solución dentro del capitalismo. Desde una perspectiva marxista y de defensa del socialismo, considero fundamental mantener abierta la discusión acerca de lo que es el capitalismo y lo que es el socialismo, porque el Estado social está lejos de ser el socialismo. La reflexión acerca de la pertinencia de esta nueva edición hizo también que me preguntara si hoy sería posible aquel debate que mantuve con Tinbergen. Porque creo que es importante compartir con los lectores esta reflexión, decidí escribir el texto que sirvió de Posfacio a la


edición brasileña de 2018, en el que concluyo que la naturaleza y el estilo del debate que tuve el privilegio de mantener con Jan Tinbergen a inicios de los años 70 del siglo pasado no sería transferible a la actualidad. Ese Posfacio es el punto de partida del texto que ahora presento a los lectores (en 2018, se publicó una primera versión en el Boletim de Ciências Económicas, Volumen LXI), pues me pareció que sería interesante compartir con ellos una reflexión más amplia (aunque parcial e incompleta) sobre un tema actual, que creo que es necesario y urgente discutir: los caminos de la socialdemocracia en Europa tras la II Guerra Mundial1. En cierto modo, es una reflexión acerca de los peligros que acechan a la democracia en Europa, en esta Europa alemana, en esta Europa de Vichy, que, rendida a los dogmas de la “religión europeísta”, ha dejado de luchar rindiéndose al fascismo de mercado, pues “nadie puede hacer política contra los mercados”. Creo que vivimos en una Europa de resistencia. Todos tenemos el deber de hablar claro, sobre todo, con los que tenemos a nuestro alrededor. Solo así podremos asumir, de forma consciente, nuestra responsabilidad. Conscientes —todos, creo yo— de que “el sueño de la razón produce monstruos”. Coímbra, diciembre de 2018, enero de 2019 1

Creo que es indispensable para definir una estrategia global de la izquierda en Europa el estudio del complejo proceso que llevó a la ‘disolución’ de las fuerzas de izquierda en Francia, Italia y España. En estos países, el proceso disgregador de partidos históricamente vinculados al movimiento obrero y a las luchas de los trabajadores afecta también a los partidos comunistas (los tres mayores partidos comunistas de la Europa capitalista, el PCI, el PCF y el PCE), que han abandonado el marxismo leninismo y han perdido su naturaleza de partidos revolucionarios, contaminando igualmente al movimiento sindical, que perdió su identidad de sindicalismo de clase. Sin embargo, por motivos de espacio, no debatiremos aquí esta problemática.


Capitulo I De la socialdemocracia de principios de la década de 1970 a la izquierda superflua.

1.1. – El libro que menciono en la Nota Previa se publicó en un tiempo en el que la izquierda marxista dirigía sus críticas contra el Estado social (la gran bandera de la socialdemocracia europea por aquel entonces) ya que, tal y como Keynes había reconocido y subrayado, era un recurso para salvar el capitalismo. Los autores marxistas, veían el Estado social como una solución de compromiso, una “evolución en la continuidad” (como lo clasificaba entonces Joaquim Gomes), cuyo objetivo era atenuar las contradicciones del capitalismo, ‘anestesiar’ a los opositores y alejar el riesgo de rupturas revolucionarias. Un fantasma volvía a acechar Europa… “Los diez días que estremecieron al mundo” (John Reed) estremecieron el imperialismo, al que los efectos de la “guerra que había acabado con todas las guerras” hirieron de gravedad. La acogida favorable de la Revolución de Octubre por los trabajadores europeos y sus organizaciones justifica la alarma del primer ministro inglés David Lloyd George en la carta que, el 25 de marzo de 1919, dirigió a su homólogo francés, George Clémenceau, y al presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, donde escribía: “Toda Europa está imbuida del espíritu de la revolución. (…) Todo el orden existente, en sus aspectos políticos, sociales y económicos, es cuestionado por las masas de la población de un punto a otro de Europa”. 15


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En Estados Unidos, se compartía el mismo temor en una época en la que, de acuerdo con el retrato de Averell Harriman, “los bancos estaban cerrados y la gente de bien vendía manzanas en las calles”. La Gran Depresión de 1929-1933 agravó aún más la situación: “en 1932 —reconoce Truman en sus Memorias—, el sistema de la libre empresa privada estaba cerca del colapso. El peligro de que el pueblo americano le volviese la espalda para adoptar otro sistema era real”. En este contexto, la revolución keynesiana (General Theory se publicó en 1936) da forma a la vieja máxima de acuerdo con la cual, en determinadas circunstancias, es necesario cambiar para salvar lo esencial. Reconociendo la creciente amenaza de las crisis cíclicas (“una situación de pleno empleo es un fenómeno tan raro como efímero”), Keynes defendía la necesidad de reducir su número e intensidad. Este es el objetivo de las políticas de redistribución del rendimiento, que Keynes considera esenciales para garantizar la estabilidad de la demanda efectiva (la demanda capaz de adquirir los bienes que se producen para venderse posteriormente con lucro). De ahí que las políticas keynesianas diesen prioridad a la lucha contra el desempleo involuntario y a la promoción del pleno empleo, a la disminución de la desigualdad de rendimientos (que era socialmente injusta y económicamente nociva) y a que se garantizase algún tipo de rendimiento a aquellas personas que, por enfermedad, vejez o por hallarse en situación de desempleo involuntario, no fuesen capaces de mantenerse por sí mismos. Los fundamentos keynesianos del Estado del Bienestar, de naturaleza esencialmente económica, no invocan principios doctrinales de filosofía social. El famoso Informe Beveridge (1942) concluía que el Estado del Bienestar debía definir entre sus objetivos fundamentales el combate a los cinco grandes males: el desempleo, la pobreza, la enfermedad, la ignorancia y la miseria.


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Para garantizar que el Estado capitalista cumpliera su fin último: salvar el capitalismo, Keynes defendía que el Estado debía coordinar el ahorro y la inversión de toda la comunidad, lo que exigía, a su modo de ver, “un considerablemente aumento las funciones tradicionales del Estado”; “una acción inteligentemente coordinada” que decidiera el mejor destino para el ahorro nacional, invirtiendo donde fuese necesario; la “existencia de organismos centrales de dirección” y la adopción de “medidas indispensables de socialización”, es decir, de cierta socialización de la inversión. En 1939, Keynes escribía que “el incremento de las crisis cíclicas y el creciente carácter crónico del desempleo han demostrado que el capitalismo privado, hoy en decadencia, no es capaz de resolver el problema económico”, “en las condiciones actuales, si queremos prosperidad y abundancia, necesitamos (…) una mayor planificación a nivel central que la que tenemos en la actualidad”. En mi opinión, estas notas muestran que no es justo confinar a Keynes a las interpretaciones reductoras que se hacen del keynesianismo como “hábil política presupuestaria y monetaria” capaz de llevar a las economías capitalistas a liberarse de sus contradicciones y seguir funcionando según los cánones del modelo liberal (se habla de “keynesianismo bastardo”, de “keynesianismo sin lágrimas”, de “keynesianismo hidráulico”); muestran, en cambio, que la revolución keynesiana no fue (ni pretendió serlo) una revolución anticapitalista y mucho menos una revolución socialista. Las nuevas responsabilidades que se le atribuyen al Estado capitalista y los nuevos instrumentos políticos que se ponen a su disposición se consideraban “el único medio para evitar la destrucción completa de las instituciones económicas actuales, y la condición para un feliz ejercicio de la iniciativa individual” (Cap. XXIV de General Theory). Lo que


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realmente pretendía Keynes era reforzar el Estado capitalista, considerado una instancia política neutra, que se encuentra más allá de las clases. El Estado keynesiano (el Estado social) se integró, como era evidente, en la lógica del capitalismo, actuando como factor de ‘racionalización’ y de estabilización, como factor de seguridad y como anestésico de las tensiones sociales, en un contexto caracterizado por las reivindicaciones de los trabajadores y por el estímulo de la URSS y de la comunidad socialista. Keynes nunca tuvo ningún tipo de relación con el Partido Laborista (fue simpatizante del Partido Liberal, con el que sí colaboró). Sin embargo, tras la II Guerra Mundial, la socialdemocracia europea adoptó sus ideas haciendo del Estado social de matriz keynesiana su bandera y abandonando la lucha por el socialismo. El “capitalismo social” se transformó, por arte de magia, en un “socialismo democrático”, que se reducía al indefinido “socialismo de lo posible” (palabras que darían título a un libro coordinado por François Mitterrand, que se publicó en París, en 1970), que al fin y al cabo no es más que el capitalismo posible en la (o el capitalismo exigido por la) coyuntura del momento, un capitalismo que se limita, en palabras de Henri Janne, a “transformar los principales fines del socialismo en medios para alcanzar otros, es decir, mantener el beneficio, la iniciativa privada, los grupos privilegiados”. En los años 50 del siglo pasado, la mayor ofensa que se podía hacer a los socialdemócratas era considerarlos simples gestores del capitalismo. Sin embargo, con la implantación del Estado social, los partidos socialistas y socialdemócratas de Europa abandonaron definitivamente su propósito de ir construyendo paulatinamente una sociedad socialista, y fueron asumiendo


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progresivamente la que, en mi opinión, es hoy en día su tesis oficial: en la esfera de la producción, los socialistas europeos son defensores el capitalismo, pero socialistas en lo que respecta a la distribución del rendimiento. Desaparecen así ambigüedades de más de medio siglo: el único deseo de la socialdemocracia europea es gestionar lealmente el capitalismo en el marco de una economía social de mercado (o economía de mercado regulado). No obstante, se mantiene una contradicción insoluble: ¿cómo se puede ser socialista y defender el capitalismo como modo de producción? Por otro lado, esta doctrina oficial de la socialdemocracia europea representa, a mi modo de ver, una ecuación teórica y política tan irresoluble como la de la cuadratura del círculo. Efectivamente, sabemos desde tiempos de los fisiócratas que los factores determinantes de la distribución de la riqueza y del rendimiento son la estructura de clases de la sociedad y las relaciones de producción que le son inherentes. En el marco del capitalismo, la lógica de distribución no puede ser antagónica a la lógica inherente a las relaciones de producción capitalistas. Como es evidente.

1.2. – Con el regreso de la paz a Europa, las nacionalizaciones y la planificación pública del economía se impusieron, ante todo, por razones pragmáticas: se creía que solo la reconstrucción podría la llevar a cabo una instancia central que controlase el ahorro disponible y decidiese qué inversiones debían ser prioritarias. De ahí que fuese inevitable nacionalizar la banca y los seguros, y que se transfirieran al Estado sectores estratégicos (energía, transportes, minas, construcción naval, siderurgia, etc.), en los que era necesario comenzar prácticamente de cero.


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Pero, por toda Europa, las nacionalizaciones fueron también una exigencia de las fuerzas de izquierda, que habían salido públicamente fortalecidas por su participación en los movimientos de resistencia. Muestra de ello es la victoria de los partidos de izquierdas en las elecciones que se realizaron al final de la guerra: en Francia, obtuvieron casi el 75% de los votos (el Partido Comunista Francés fue el más votado en las dos elecciones inmediatamente posteriores al fin de la guerra) y en el Reino Unido, el Partido Laborista ganó las elecciones, a pesar de que Churchill había dirigido la resistencia de los británicos contra la Alemania nazi. En Alemania e Italia, sectores significativos de la Democracia Cristiana defendían posiciones bastante próximas a la izquierda, llegándose incluso a hablar de un “socialismo de responsabilidad cristiana”. En diciembre de 1945, autores como Gustav Radbruch consideraban “evidente que solo será posible reconstruir Alemania sobre la base de una economía organizada en los moldes de cualquier forma de socialismo y mediante la socialización de algunos de los sectores más importantes de su vida económica, como los bancos, las minas y la industria”. Con respecto a los partidos socialistas y socialdemócratas de Europa, su programa reformista tradicional buscaba sustituir el capitalismo por el socialismo, transformando su estructura a través de la implementación de reformas sucesivas y graduales, y de la nacionalización (indemnizando a los propietarios) de los principales sectores de la actividad económica. Solo cuando se alcanzase este objetivo (mediante la socialización de los medios de producción), se cumpliría la condición esencial de cualquier sociedad socialista: acabar con los rendimientos que no proceden del trabajo.


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Por eso, en aquel momento, muchos creían que “las nacionalizaciones en Francia e Inglaterra podrían representar el primer paso hacia el socialismo” (como escribió J. J. Teixeira Ribeiro en un ensayo de 1947). Para ellos “el profundo significado de las nacionalizaciones” residía en que estas “traducirán siempre ese propósito firme, alimentado por los pueblos durante la guerra, de impregnar de humanidad la economía”, y esperaban que las circunstancias condujesen Europa a una “era en la que, de una u otra forma, la economía estaría efectivamente al servicio del hombre”. En este ensayo, el profesor de Coímbra veía las cosas con claridad: “o las nacionalizaciones continúan hasta que se eliminen todas las grandes empresas del sector privado, o las grandes empresas amenazarán para siempre la política del sector público”. Ahora bien, en lugar de continuar las nacionalizaciones y establecer, de este modo, una economía al servicio del hombre, se prefirió poner el sector empresarial del Estado al servicio del interés privado, adoptando como solución un capitalismo de Estado, en la que la propiedad pública se afirmaba como una nueva forma de propiedad capitalista (propiedad del Estado capitalista, un estado que, según François Perroux, “nunca es neutro”, sino “expresión de las clases dominantes (…), ampliamente dependiente del capitalismo de los monopolios”). Lejos de ver en este sector público considerablemente reforzado un “rival peligroso”, el gran capital vio rápidamente en él —como refiere Andrew Shonfield— “un aliado útil, de hecho, casi una garantía, pues ahora era tan vasto que no podría moverse, ni tan siquiera un instante, en la dirección equivocada sin hacer encallar el barco”.


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