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LUIS VERES
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LUIS VERES
La representación del terrorismo lo largo de su historia ha obligado a contemplarlo como uno de los grandes problemas de las sociedades desarrolladas. Originado en el S. XIX, con el terrorismo anarquista a la cabeza, el fenómeno terrorista se ha convertido en un hecho de constante presencia en la historia reciente de las sociedades modernas, fenómeno que se ha intensificado a partir del 11-S y el conflicto bélico en Siria con sus derivaciones en atentados en Europa y Estados Unidos: Escuela de Beslan, Maratón de Bostón, Charlie Ebdo, la decapitación de un sacerdote en Normandía, el atentado de Niza, Turquía, las recientes bombas en Nueva York, etc. Esta orquestación va acompañada de un importante componente mediático en donde la significación es otro arma. Este libro trata de los distintos lenguajes de los que se sirve el terrorismo para crear significaciones a través de los medios de comunicación, de los que nuestra historia presente y pasada ha sido testigo.
LOS LENGUAJES DEL TERRORISMO
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LOS LENGUAJES DEL TERRORISMO Sobre medios de comunicación y nuevos terrorismos De ETA al ISIS
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Luis Veres nació en Valencia en 1968. Ha sido profesor invitado en universidades de Perú, Chile, México, Polonia, Austria, Bélgica, Francia, Italia, Holanda, Rumanía, Reino Unido, Noruega y Portugal. De 1995 a 2009 fue profesor en la Universidad Cardenal Herrera-CEU. Desde 2010 es profesor titular en el Departamento de Teoría de los Lenguajes de la Universidad de Valencia. Es autor de las novelas El hombre que tuvo una ciudad, El cielo de cemento y La casa del fin del mundo, así como de los ensayos, La narrativa del indio en la revista Amauta, (2001), Periodismo y literatura de vanguardia en América Latina (2003), Literatura e imaginarios sociales (2003), Estrategias de la desinformación (2004), La retórica del terror (2006), Los reyes y el laberinto. Sobre Borges, Lugones y otros ensayos (2007), Entre la Cruz y la Media Luna (2007), El sentido de la metaficción: de Woody Allen a Roberto Bolaño (2015), Cine documental y criminalización indígena (2015), y Comunicación y terrorismo (2016). Ha ganado el premio de novela Vicente Blasco Ibáñez (1999) y el Juan Gil-Albert de ensayo (2002).
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LOS LENGUAJES DEL TERRORISMO
Sobre medios de comunicaciรณn y nuevos terrorismos De ETA al ISIS
LUIS VERES
tirant humanidades Valencia, 2017
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La tesis del determinismo lingüístico nos permite conocer que el lenguaje no es solamente un instrumento que está a nuestra disposición, sino que también dispone de nosotros. El mismo lenguaje que añade a nuestra existencia una dimensión de libertad se nos aparece ahora (...) como potencia y dominio. Sus vías nos conducen a cosas que estimamos orgullosamente como nuestras propias. Porque tenemos un lenguaje muchas generaciones piensan con nuestro pensamiento. Cuando hablamos, educamos a nuestros nietos que aún no han nacido. Hans Hörmann Quien no sabe pensar es un fanático, quien no puede pensar es un idiota, quien no quiere pensar es un cobarde. Francis Bacon No se puede expresar con palabras. Ninguno podemos expresarlo. Es perder a los seres queridos y sin nada que te pueda calmar el dolor al decir: ¡Ha servido para algo! A veces ellos dicen que están en guerra contra España, que tal y que cual, pero ¿para qué sirve? ¿Qué va a decir la historia de que maten a niños y gente inocente? No sé, cuando hay una guerra se enfrentan unas fuerzas contra otras, pero cara a cara, no a traición como éstos, que van matando niños y que sólo piensan en sembrar el terror, porque para ellos es lo más importante. Álvaro Cabrerizo, víctima del terrorismo de ETA en el atentado de Hipercor en Barcelona. Su mujer y sus dos hijas murieron asesinadas en el atentado. (...) a los hombres conviene o atraerlos por las buenas o anularlos, porque de las ofensas leves se vengan, de las graves no. De ahí que la injuria hecha a un hombre debe ser de tal envergadura que no deje lugar a reacción. Nicolás Maquiavelo Vigésimo siglo. Aún son más desoladas, aún son más terribles, las tinieblas de la vida... Alexandre Blok
PALABRAS INTRODUCTORIAS Desde que era un estudiante, y creo que no he dejado de serlo, he dedicado mi vida a buscar la verdad en las palabras. Siempre me interesó el hecho de que una palabra podía tener un significado determinado y luego sentidos muy diversos y alejados de su origen. Este libro es en parte el resultado de esa pregunta a la que le he dedicado bastantes años: ¿por qué es importante el lenguaje? La otra pregunta implícita en el libro es un interrogante sobre los años más crueles de nuestra historia reciente y su reflejo en el lenguaje de los medios de comunicación, una historia de terror y muerte que nos lleva hasta el día de hoy. De la responsabilidad de los hechos puede que sólo haya un culpable: el terrorista que mata y empuña un arma. Pero también aquellos que han propiciado determinadas situaciones que perduran en el mundo como contexto favorable a este tipo de fenómenos. Inevitablemente, el rastro de sangre de esos años tenía que estar presente, aquellos que viví en mi juventud y aquellos que vivo hoy en la distancia y tras una pantalla de televisión. Por esa razón, que nadie busque un atisbo de imparcialidad en el libro. No lo he intentado por un solo momento, ya que creo que no se puede ser imparcial ante la muerte injusta de los otros. Quizás sólo honesto. Por todo ello este libro va dedicado a dos personas muy importantes para mí: a Pilar, que ha conocido este mundo de horror presente en el libro, y a mi hijo Luis que espero que nunca lo conozca, aunque ya es testigo de este universo.
1. EL LENGUAJE, UN ARMA: SOBRE EL PODER DEL LENGUAJE La palabra arma suena en apariencia con demasiado estruendo para calificar algo tan inocente y poco peligroso como es el lenguaje. Pero nada más lejos de la realidad que negar al lenguaje los poderes y capacidades que se esconden detrás de esa manida metáfora. El lenguaje es un bien al servicio de todos, pero también un arma también al servicio de cualquiera: gobernantes, ciudadanos honrados, delincuentes, niños adultos, militares, albañiles, médicos, profesores, arquitectos, y también terroristas. Sin embargo, la mayoría de los humanos solemos creer en esa incapacidad y esa inocencia que lejos está el lenguaje de poseer. La razón de esta falsa creencia no es otra que el desconocimiento de sus múltiples utilidades y de su propia naturaleza. Normalmente, solemos desconocer aquello que utilizamos todos los días y solemos desmitificar aquello que tenemos más próximo. Pero, es curioso pensar que, a partir de una serie de unidades finitas que carecen de significado y otra serie de unidades con significado se constituya un lenguaje doblemente articulado capaz de construir una serie infinita de mensajes complejos. La doble articulación de lenguaje, tal como la definió el francés André Martinet, destaca la importancia de cómo a partir de sonidos y formas dispares el hombre ha sido capaz de pasar de emitir aullidos incomprensibles a articular textos maravillosos como la Divina Comedia, El Quijote o Cien años de soledad. El autor de estas líneas no puede resistirse a remontarse a su época de estudiante, época de la cual siente no haberse desligado nunca. Un día empezó a ir al colegio y todavía lo sigue haciendo cuarenta años después. Cuando yo era un joven estudiante de bachillerato, odiaba las matemáticas y, en especial, los logaritmos neperianos. La razón no radicaba en su complejidad, sino en que nunca nadie me explicó su utilidad. Casi veinte años después descubrí, hojeando un manual de navegación que dicha operación matemática servía para calcular ángulos en los rumbos
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de los barcos y que el mismo calculo era útil en la construcción de edificios. Quizás si aquel dato me hubiera sido transferido por cualquiera de los profesores de matemáticas que poblaron mi vida estudiantil, las matemáticas hubieran poseído para mí el interés que nunca tuvieron. Por la misma razón creo que una de las cuestiones fundamentales a las que se enfrenta un estudioso del lenguaje, en cualquiera de sus múltiples variantes, es la de intentar explicar la grandeza y el valor que posee nuestro principal medio de comunicación. Creo que una de las preguntas planteada a cualquier estudiante que inicia sus estudios en el grado más elemental debería radicar en por qué asignaturas como Lengua o Literatura atribuyen tal importancia al lenguaje como para que merezca la pena su estudio. Dicho de otra manera: ¿por qué son importantes las palabras? Esta pregunta la suelo plantear a los estudiantes todos los años. La respuesta, a cargo siempre de un alumno esquinado que se pregunta inconsecuentemente por la naturaleza de tal cuestión, suele hacer hincapié en el hecho de que las palabras son importantes porque ellas son el instrumento fundamental de nuestra comunicación. Pero la respuesta, además de elemental, supone reducir excesivamente el papel trascendental que el lenguaje tiene en nuestras vidas, con lo cual limitamos, a su vez, una de las propias parcelas de nuestra presencia en este mundo, pues con las palabras pensamos, con las palabras nos enamoramos, con las palabras mentimos y con las palabras odiamos. Con las palabras el hombre ha logrado las metas más difíciles y también ha conducido al mundo a los límites más bajos de la iniquidad, bajo el poder de los discursos de determinados hombres en determinadas épocas de nuestra historia. Toda nuestra existencia gira en torno a estas partículas tan reducidas que pueblan copiosamente el universo comunicativo de todos nosotros. El lenguaje es en sí mismo una producción cultural que “funda la comunidad sobre la cual edifica toda la cultura humana”1, es más, sin el lenguaje difícilmente
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PORZING, Walter, El mundo maravilloso del lenguaje, Madrid, Gredos, 1964, p. 218.
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habría vida sobre la tierra, ni tampoco un referente histórico ni la pluralidad de culturas que han poblado el mundo2. El lenguaje, como principal producción humana, pertenece al mundo propiamente humano de la libertad en donde dicha producción responde a una finalidad3, pero también, al mundo del imperativo, del mandato y de la persuasión, en donde existe esa misma finalidad, acompañada de unas causas o motivos. Desgraciadamente, ante tal multitud de motivos que justifican el estudio del lenguaje, vivimos en un mundo en el que los hombres han llegado a despreciar el estudio del lenguaje y en donde las palabras resultan repudiadas como un objeto carente de valor: los planes de estudio reducen cada año invariablemente el número de asignaturas humanísticas a favor de asignaturas técnicas, la literatura se ha convertido en unos sencillos ejercicios de escritura que ni siquiera consiguen el objetivo con el que fueron propuestos, los estudiantes son incapaces de comunicar por escrito las ideas más elementales, acompañando sus textos de una buena cantidad de faltas de ortografía, mientras que las empresas nos inundan con un tropel de seductoras frases que responden a una finalidad comercial. El panorama puede resultar desolador, sin que nadie haga nada por remediarlo. Pero parece ser que el lenguaje es una poderosa arma que sólo está al servicio de unos pocos, de una elite con la capacidad de deslindar la apariencia de lo más profundo del detalle de la palabra humana. Ante este problema, comenzar un ensayo por el origen y fuentes de un arma tan fundamental en la vida de los hombres como es el lenguaje me parece que resulta el objetivo fundamental en estas lides. Ya desde Aristóteles el lenguaje fue considerado como una de las grandes capacidades humanas que daba sentido a su experiencia más próxima y que lograba objetivar el universo que gira a nuestro
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WEISGERBER, Leo, Dos enfoques del lenguaje. Lingüística y ciencia energética del lenguaje, Madrid, Gredos, 1979, pp. 109-110. COSERIU, Eugenio, Lecciones de lingüística general, Madrid, Gredos, 1981, p. 69.
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alrededor. Por esta razón, el lenguaje es el primer instrumento que confecciona en nuestro cerebro las propias producciones culturales a la vez que se erige como un saber fundamental en la existencia de los seres humanos. Según Coseriu, el lenguaje es “una forma de cultura, quizá la más universal de todas, y de todos modos, la primera que distingue inmediata y netamente al hombre de los demás seres de la naturaleza”4. Y no andaba desencaminado el lingüista rumano con la contundencia de su aseveración, pues el lenguaje caracteriza más definidamente al hombre que el propio pensamiento racional, ya que mientras dicho pensamiento puede residir en otros grandes mamíferos, un lenguaje con el nivel de codificación que posee el lenguaje humano es imposible de encontrar en otra especie del planeta5. Por ello, como ha señalado Cassirer, con el lenguaje se puede desear un suceso, se puede recordarlo, planear una acción y referir un suceso. El animal carente de lenguaje está encerrado en una prisión en la que eternamente se le somete a las acciones y reacciones más primarias6. El lenguaje se convierte, pues, en una de las capacidades más poderosas del hombre cuando éste queda desprotegido ante el mundo. De hecho, nacemos con muy poco, prácticamente nada y uno de los escasos bienes con los que comenzamos la obligación de vivir es la capacidad de adquirir uno o varios idiomas. El lenguaje se convierte, así, en el instrumento que clasifica y estructura la experiencia humana. Las personas creamos designaciones sobre los objetos de la realidad, a las cuales denominamos significados y éstos clasifican el número de realidades que nuestros cerebros son capaces de determinar de toda la masa indiferenciada de objetos que constituye el universo conocido. No por otra razón, el mismo nombre de la disciplina lingüística que se ocupa del problema de la significación, la semántica, proviene, etimológicamente del verbo griego “semainein”, que venía 4
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COSERIU, Eugenio, Principios de semántica estructural, Madrid, Gredos, 1977, pp. 77-78. Vid. ARENDT, H., La vida del espíritu, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1984, p. 108. HÖRMANN, Hans, Psicología del lenguaje, Madrid, Gredos, 1973, p. 29.
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a designar la acción de “marcar con una señal”. Por este motivo las cosas a las cuales no les asignamos un nombre, no existen en nuestra mente, ya que carecen de dicha señal, de dicha etiqueta, de dicha nomenclatura que les otorga un lugar especial en nuestra memoria lingüística. Desde la filosofía, los pensadores que han intentado desentrañar la lógica y los misterios del lenguaje, se han referido a esta cuestión, especialmente Wittgenstein en el inicio del Tractatus: “5.5561 La realidad empírica está limitada por la totalidad de los objetos. El límite aparece de nuevo en la totalidad de las proposiciones elementales. 5.6 Los límites de mi lenguaje significa los límites de mi mundo. 5.61 La lógica llena el mundo: los límites del mundo son también sus límites. Lo que no podemos pensar, no lo podemos pensar: por lo tanto, no podemos decir lo que no podemos pensar”7.
Las afirmaciones de Wittgenstein ponen de relieve que aquello que no recibe una denominación en la lengua, se debe, sencillamente, a que ha pasado inadvertido a nuestra propia percepción, y lo que es más importante, a la de los que nos antecedieron. Cada nuevo descubrimiento en la realidad recibe un nombre y el nombre es el principio del despertar de los humanos ante la realidad. Cualquiera que haya acompañado a un niño en sus primeros pasos en este mundo queda sorprendido ante esos pequeños descubrimientos que los más pequeños van realizando a medida que aprenden los nombres a las cosas. Los objetos van tornándose definibles y perceptibles cuando antes formaban parte de una nebulosa indescifrable para sus propios ojos. Helen Séller, en sus memorias, ha detallado el instante en que se dio cuenta del poder que recaía en las palabras a causa de esta capacidad de clasificación y descubrimiento de la realidad: “Anduvimos hacia el pozo, atraídas por la fragancia de la madreselva que lo cubría. Alguien estaba sacando agua y mi maestra puso mi mano debajo del caño. Al verterse en una de mis manos la fresca corriente, deletreó a la otra parte la palabra agua, primero despacio, después rápidamente. Quedé quieta, poniendo toda mi atención en los movimientos de sus dedos. De repente tuve una vaga
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WITTGENSTEIN, L., Tractatus lógico-philosophicus, Madrid, Alianza Editorial, 1997, p. 25.
Luis Veres conciencia como de algo olvidado, la emoción de un pensamiento que volvía, y se me reveló de algún modo el misterio del lenguaje. Supe entonces que a-g-u-a significaba aquella cosa maravillosa y fresca que corría sobre mi mano. Aquella palabra viva despertó mi alma, le dio luz, esperanza, alegría, la liberó. Aún había obstáculos, es cierto, pero obstáculos que con el tiempo podrían suprimirse. Me aparté del pozo ansiosa de aprender. Todo tenía un nombre, y cada nombre daba nacimiento a un pensamiento nuevo. Al regresar a casa todos los objetos que tocaba parecían palpitar con vida. Aquello se debía a que yo lo veía todo con la extraña y nueva vista que había acudido a mí”8.
Todas las particularidades que circundan la vida del hombre tienen su punto de partida en el lenguaje y es en esta naturaleza en donde radica su magia. Numerosos lingüistas se han referido a esta afirmación que puede parecer exagerada; pero ya Humboldt destacaba la importancia del lenguaje como eje estructurador de nuestro mundo: “El lenguaje es el órgano formador del pensar. La actividad intelectual, que discurre, en lo esencial, psíquicamente, internamente, y, en cierto modo, sin dejar huellas, se exterioriza y se hace perceptible para los sentidos en el habla mediante el sonido”9. Y del mismo modo Baldinger señalaba que “la lengua divide el mundo y hace de la infinita multiplicidad de la realidad un cañamazo abarcable y divisible. La lengua ordena y articula la infinitud de lo concreto, pero también la realidad espiritual”10. Esta realidad le condujo a Humboldt a considerar el lenguaje no como una obra (ergon), sino como una actividad (energeia): “es el trabajo del espíritu, constantemente reiterado, para hacer que el sonido articulado sea capaz de expresar el pensamiento”. En la lengua de una comunidad se despliega la vida jurídica, religiosa, política y económica. Pero la lengua no es el instrumento para la realización
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SÉLLER, H., The Story of my life, citado por SCHAFF, Adam, Introducción a la Semántica, México, Fondo de Cultura Económica, 1974. HUMBOLDT, Alexander von, Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad, Barcelona, Círculo de Lectores, 1998. BALDINGER, Kurt, Teoría semántica. Hacia una semántica moderna, Madrid, Ediciones Alcalá, 1970, p. 101.
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de esas actividades, sino que es su espacio en donde arrancan dichas labores11, que ponen de relieve el carácter espiritual de la especie humana, considerada como especie superior que impera, de buena o mala manera, en el universo. Ello no quiere decir que sea necesario exagerar sus funciones o su poder. Como ha señalado ese maestro del pensamiento que es George Steiner, el lenguaje “no es como sostenían el Neoplatonismo y el Romanticismo, un velo luminoso tras el cual discernimos los rasgos de un orden más elevado, más bello y consolador. Por medio del lenguaje no trascendemos lo real hacia lo más real. Las palabras no dicen ni desdicen el reino de la materia, de la mundanidad contingente o de lo otro”12. También el lenguaje es un instrumento —de hecho Aristóteles lo llamó organon— ya que se sitúa en el espacio intermedio entre el hombre y el mundo para dominar la realidad. Pensadores más recientes, desde Gotto Fregge a Eva Picardi, se han manifestado con mayor rotundidad al señalar que “los seres humanos pueden tener un conocimiento del mundo porque poseen una lengua que permite la expresión de innumerables pensamientos complejos y sofisticados, a los que no tienen acceso las criaturas que carecen de lenguaje”13. Por ello el lenguaje une al hombre con todos los tipos de mundo posibles, aquellos que están próximos a su percepción y aquellos que se sitúan en un eje más abstracto y distante de ésta. Es a partir del lenguaje como el hombre crea la propia imagen de sí mismo en un diálogo, como lo denominó Platón, del alma consigo misma14. El lenguaje lo es todo para la vida, ya que configura nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Como señala Juan Antonio Marina, “el lenguaje no es una obra más del ser humano: nuestra mente ha llegado a ser estructuralmente lingüística. La palabra penetra hasta el fondo de nuestra inteligencia. Por eso la lingüística tiene que comenzar con un estudio 13 11 12
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WEISGERBER, Leo, Dos enfoques del lenguaje, ed. cit., pp. 222-223. STEINER, George, Presencias reales, Barcelona, Destino, 1998, p. 123. PICARDI, Eva, Teorías del significado, Madrid, Alianza Editorial, 2001, pp. 30-31. HÖRMANN, Hans, Psicología del lenguaje, ed. cit., p. 22.
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de la acción humana. El lenguaje nace en el Mundo de la vida, y tiene una función práctica; comunicar, organizar la colaboración, pedir, transferir conocimientos, planificar y dirigir la conducta. Sirve para la comunicación exterior y para la construcción del propio sujeto. Con el lenguaje hacemos muchas cosas”15. Quizás y respondiendo a la pregunta inicial, la mejor respuesta a la importancia que posee el lenguaje en nuestra condición de seres humanos, sea la proporcionada por Gumperz y Bennett a principios de la década de 1980: “El lenguaje impregna por entero nuestras vidas desde el nacimiento hasta la muerte. Es el vehículo mediante el cual establecemos y vivimos nuestras más importantes relaciones humanas, al tiempo que sirve como instrumento fundamental para efectuar las más corrientes transacciones cotidianas. En forma de poema o de ritual, o bien como canto, folklore, drama, narración o ceremonia, el lenguaje ha proporcionado y proporciona a los humanos un punto de arranque para la manifestación de sus más profundas experiencias religiosas o estéticas; a la vez que sirve como base para cualquier tipo de trabajo científico, incluido el matemático. Incluso en medio de la sociedad vivimos inmersos en el lenguaje, ya que, de costumbre, la mayor parte de nuestros pensamientos se hacen conscientes en forma de frases y palabras. Costumbre y hábito son palabras claves a este respecto, ya que el lenguaje es un elemento tan íntimamente ligado a nuestra experiencia cotidiana que raramente tomamos conciencia de él. Prestamos atención a lo que se dice, pero raramente nos interrogamos sobre el modo como el lenguaje permite decir las cosas. Sólo cuando la comunicación se interrumpe, tal vez llegamos a darnos cuenta del lenguaje como tal lenguaje. Con todo, la capacidad de hablar es una de las características que distinguen al hombre de los animales, y el estudio de tal capacidad debe ser uno de los principales aspectos del estudio de la vida humana”16.
Para los hombres es cierta la poderosa condición que reside en un arma tan instructiva como lo es el lenguaje y cuya utilidad lo convierte en el primer y principal instrumento en el enfrentamiento del hombre en su primer contacto con la naturaleza. Pero no debemos engañarnos, el lenguaje es una hoja de doble filo que pone trampas y que zancadillea el pensamiento de los mismos que lo enaltecemos 15
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MARINA, Juan Antonio, La selva del lenguaje. Introducción a un lenguaje de los sentimientos, Barcelona, Anagrama, 1998, p. 17. GUMPERZ, John J. y BENNETT, Adrian, Lenguaje y cultura, Barcelona, Anagrama, 1980, pp. 9-10.
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con frecuencia, pues su misma estructura ofrece las mismas limitaciones que cualquier molde cuya función sea la de ofrecer cabida a un contenido tan sumamente intangible como es el pensamiento abstracto: “…es a todas luces cierto que la posesión del lenguaje constituye una ayuda esencial para nuestros pensamientos. Pero, por otra parte no debemos olvidar que algunos de los pensadores más profundos se han lamentado frecuentemente de que en ocasiones el lenguaje tradicional ha sido un obstáculo para pensar una cosa hasta el fondo. Con el vocabulario y sus formas sintácticas establecidas, el lenguaje ha forzado el pensamiento a encarrilarse por caminos trillados obligándolo a seguir el curso acostumbrado y pensar como mucha gente había pensado antes”17.
Para algunos este poder, presente en los lenguajes naturales ha sido notablemente exagerado. La raíces de dicha exageración se pueden remontar a la finalidad persuasiva que el lenguaje desde su origen debió tener en el instante en que dos hombres competían por algún objeto o algún alimento que les debía asegurar la supervivencia ante cualquier situación hostil. Pero, desde la antigüedad, el lenguaje fue considerado como una entidad, cuyo poder residía en sí mismo, y a partir de esta consideración, el lenguaje ha adquirido cierto carácter místico. En el Evangelio de San Juan se dice que “en principio la Palabra dio origen al Padre” y, en el Génesis, Dios crea el mundo con su palabra: la fuerza mágica de la palabra servía en el mundo bíblico para bien y para mal. Como señala A. Rosemblant “había palabras de inmenso poder” y “hubo quienes se apoderaron de ellas, quienes las mantuvieron en secreto, quienes las custodiaron y administraron”18. Ya C.K. Ogden e I.A. Richards señalaron que en los textos de la Pirámide se mencionaba a un dios que se llama Khern, es decir, Palabra, y la Palabra tenía una personalidad semejante a la de un ser huma-
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JESPERSEN, Otto, Humanidad, nación, individuo desde el punto de vista lingüístico, Buenos Aires, Revista de Occidente, 1947, p. 14. ROSEMBLAT, Ángel, Sentido mágico de la palabra y otros estudios, Caracas, Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, 1977, p. 9.
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no19. En la Edad Media y el Renacimiento es conocido el culto que se dio a la palabra y el hecho de que todo el saber se encerrara en bibliotecas, al margen de la sociedad, no era más que una forma de control de mantener a buen recaudo esas mismas palabras que recogían el saber conocido del momento. A ese poder de la palabra rendirá culto Fray Luis de León en sus versos: “el nombre es como imagen de cosa” o “el ser que tienen las cosas en el entendimiento del que las entiende”. En el S. XIX, la palabra en mano del poeta será capaz de descifrar una realidad que permanece oculta al resto de los mortales y sólo la subjetividad del escritor y de su lenguaje serán capaces de alcanzar parcelas de un universo desconocido hasta el momento escondido en el mundo de los sueños. Por ello, Lord Byron señalará la realidad que une a palabra y a cosa, en una confusa y mágica simbiosis: “Yo creo en verdad, aunque no las he encontrado, que puede haber palabras que son cosas”. Este carácter mágico de la palabra radica en el singular vínculo entre el signo y su designado, relación directa que se difumina hasta desaparecer20. Esta barbaridad espistemológica subyace en las creencias de numerosos pueblos primitivos que refuerzan la motivación entre la palabra y su referente real. Knud Rasmussen recogía la concepción humana de los pueblos groenlandeses. Para ellos el hombre está constituido de alma, cuerpo y nombre. El nombre es, por tanto, uno de sus constituyentes esenciales. Pero el carácter mágico que los groenlandeses otorgan a la palabra reside en que, cuando una persona recibe el nombre de alguien fallecido, éste recibe las cualidades del difunto. De este modo el hombre que muere no puede entrar en el reino de los difuntos hasta que un niño recibe su propio nombre. Por ello los groenlandeses temen pronunciar el nombre del muerto hasta que su nombre ha sido heredado por un niño.
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OGDEN, C.K. y RICHARDS, I.A., El significado del significado, Buenos Aires, Paidós, 1964, p. 45. CASAS, Miguel, La interdicción lingüística. Mecanismos del eufemismo y disfemismo, Universidad de Cádiz, 1986, p. 22.
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También es conocida la historia de Rumpelskinki, el duende que obligaba a una joven a adivinar su nombre, porque en caso contrario ésta se convertiría en su esclava. Variaciones de esta historia aparecen desde la época medieval hasta el romanticismo. La causa reside en la creencia popular de que el conocimiento del nombre de una persona proporciona poder sobre esa persona. En los países escandinavos es conocida la historia de San Lorenzo, que, cuando estaba construyendo la capital de Lund, recibió la ayuda sobrenatural de un duende, un trold, el cual como recompensa pidió los dos ojos del santo a no ser que éste fuera capaz de adivinar su nombre. Cuando la iglesia, se terminó, San Lorenzo consiguió adivinar el nombre del duende al escucharlo en boca de su esposa que intentaba acallar a su hijo con el aviso de la llegada del padre. El carácter mágico de la palabra surge así del mundo de la inocencia o del universo primitivo y legendario. Ya en el punto álgido del asombro, los dogon consideran que la palabra es parte del semen de la divinidad21. También en el habla de los niños palabra y objeto se funden en una sola realidad, como ha señalado Jespersen: “Jamás entenderemos por completo la naturaleza del lenguaje si tomamos como punto de partida la severa actitud de los hombres del día, educados científicamente, que consideran las palabras que usan como medios de comunicar y acaso desarrollar más el pensamiento. Para los niños y los salvajes una palabra es cosa muy diferente. Para ellos existe algo mágico o místico en un nombre. Es algo que tiene poder sobre las cosas y está ligado a ellas de una manera mucho más íntima que lo que solemos imaginarnos. Esta idea aparece muy pronto en la vida del niño. El niño observa que no puede obtener nada si no lo pide cortésmente pero que sus padres satisfacen sus deseos cuando dice, agua por favor; entonces goza del mágico poder que ha llegado a poseer mediante la emisión de esas sílabas. Como dice Sully el niño considera los nombres como realidades objetivas ligadas misteriosamente a las cosas y en cierta manera esenciales a ella. Un objeto sin nombre es para el niño algo incompleto, casi inexistente, imaginario y la tendencia infantil es materializar el nombre; esto es, considerarlo como parte de la cosa real misma en lugar de cómo algo extraño y arbitrariamente enlazado a ella”22. 21 22
MARINA, José Antonio, La selva del lenguaje, ed. cit., p. 11. JESPERSEN, Otto, Humanidad, nación e individuo desde el punto de vista lingüístico, ed. cit., p. 214-215.
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Del mismo modo, en la cultura anglosajona, céltica y escandinava se ha otorgado una gran importancia a la palabra escrita sobre una piedra o un objeto. Las llamadas runas otorgaban poder sobre las personas y los acontecimientos. Y, a su vez, los reyes y papas cambian normalmente su nombre al convertirse en soberanos, de la misma manera que las mujeres abandonan el apellido paterno al desposarse, reforzando el hecho de que han abandonado el círculo familiar. Incluso en algunas tribus primitivas el cambio de nombre del rey implica el cambio de denominación de los objetos que se asemejan al monarca. Y lo mismo ocurre con las ciudades, que tras un gran cambio en su propia historia, abandonan su nombre para ser denominadas de otra manera. Yedo pasó a denominarse Tokio, “la residencia oriental”, Cristiana pasó a llamarse Oslo, y San Petersburgo pasó a ser Petrogrado y, bajo el régimen estalinista, se la denominó Leningrado. El nombre y la palabras poseen así un poder a veces reconocido y a veces no, pero en todo caso, el nombre constituye un modo de clasificación de la experiencia que puede tener sus repercusiones en la percepción del mundo de los humanos. Por esta razón, en el mundo clásico, el lenguaje continuó su destino de poderoso instrumento al proseguir con su carácter mágico. El lenguaje partía del ámbito retórico de los sofistas, que enaltecían el poder de la palabra para progresar en la vida y especialmente en la vida política de las ciudades. Así pues, el lenguaje parece haber pertenecido al hombre desde el primer instante en que este se introduce en la historia. El hombre se vio obligado a dominar la realidad que le rodeaba y convertir a ese mundo desconocido en un instrumento puesto a su servicio. El trato con los demás hombres dio lugar al habla, pero también al dominio de unos sobre otros. Como señala Bühler, “el homo faber utiliza cosas elegidas y transformadas como instrumento, y el zoon politikon introduce el lenguaje en el trato con sus semejantes”23. El poder de
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BÜHLER, K., Teoría del lenguaje, Madrid, Gredos, 1961, p. 11.
Los lenguajes del terrorismo
la palabra comienza, así, en el momento en que el primer hombre comenzó a hablar con sus compañeros de especie. “La leyenda ha venido creyendo que el lenguaje de Adán era bajo todo respecto perfecto, el lenguaje de un superhombre al mismo tiempo sabio y poderoso. Adán habrá sido una especie de mago a quien habrán obedecido todas las cosas porque sabía llamarlas a todas por su propio nombre. Sin violencia, sólo mediante su propio lenguaje, que era una especie de ojo y mano espiritual al mismo tiempo, habrá dominado sobre todas las cosas”24.
Pero no hay que olvidar que el verdadero poder del lenguaje reside en lo que los hombres hacen de ese instrumento tan valioso. No es de extrañar que en este sentido algunos filósofos, cuya mirada se ha enfocado hacia la estrechez del lenguaje en su relación con el pensamiento y sus consecuentes trampas y falsaciones, hayan considerado que la verdadera significación residía en el uso de los hablantes. “El significado es su uso”25, señalaba ya Wittgenstein en sus Philosophical Investigations a la sombra del pensamiento de Bertrand Russell: “Cuando digo el sol brilla no quiero decir que ésta sea una de varias sentencias entre las cuales no hay contradicción; digo algo que no es verbal y para lo cual se inventaron palabras como sol y brillar. El objeto de las palabras, aunque los filósofos parecen olvidar este simple hecho, es tratar de materias que no son palabras. Si entro en un restaurante y pido de comer, no deseo que mis palabras se ajusten a otras dando un sistema, sino que produzcan la presencia de la comida. Podría haberme arreglado sin palabras, tomando lo que deseo, pero hubiera sido menos conveniente. Las teorías verbalistas de algunos filósofos contemporáneos olvidan los vulgares propósitos prácticos de las palabras cotidianas, y se pierden en un misticismo neoplatónico. Me parece oírles decir en el principio fue el Verbo, no en el principio fue lo que el verbo significa. Es notable que esta vuelta a la metafísica antigua haya ocurrido con el intento de ser ultraempíricos”26.
A pesar de que las palabras de Russell no dejan de tener parte de razón, tal aseveración contradice otras posturas lingüísticas que
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VOSSLER, K., Espíritu y cultura en el lenguaje, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1959, p. 37. WITTGENSTEIN, L., Philosophical Investigations, Oxford, 1953, p. 20. RUSSELL, Bertrand, An Inquiry into Maning and Truth, Londres, 1951. Citado por SCHAFF, Adam, op. cit., p. 84.
Luis Veres
consideran el lenguaje como una sustancia poderosa por sí misma. Por ello, resulta curioso que muchas corrientes filosóficas de índole materialista, cuyo principal exponente estaría constituido por el materialismo histórico de Marx y Engels, se apoyaran en el lenguaje y lo consideraran uno de los pilares básicos sobre los cuales se escribía la historia de la Humanidad. En la teoría de Marx y Engels, trabajo, pensamiento y lenguaje constituyen los tres elementos que aglutinan el fundamento de la sociedad, puesto que es sobre todo desde un lenguaje como se transmiten las ideas y creencias de una clase sobre otra manifestando una relación de dominio económico. Desde la misma disciplina histórica, ya Michelet señalaba en el S. XIX la capacidad factual que movía a los hombres con palabras: “Que no se diga que la palabra sea una nadería en tales momentos. Palabra y acto son un todo. La poderosa, la enérgica afirmación que da seguridad a los corazones, es una creación de actos; lo que dice, lo produce”27. Esta consideración conduce al lenguaje hacia el ámbito pragmático, hacia un papel social según el cual el lenguaje tiene una utilidad práctica que siempre se pone de parte del poderoso o, más bien, quien posee el lenguaje es aquel que tiene el poder. A ello contribuyó la teoría de los actos de habla de Austin y Searle en sus últimas formulaciones, según la cual el hecho de hablar significaba actuar. Aunque la idea ya estaba presente en pensadores anteriores como G. Fregge o A. Tarski, la novedad de la teoría residía en que la comunicación no se limitaba a la simple transferencia de conocimientos, sino que el lenguaje imponía las reglas de dicha transferencia, convirtiéndolo en acciones. El simple hecho de aseverar un enunciado significaba comprometerse con la verdad de su contenido y ello siempre suponía un acto de convicción del emisor hacia el receptor. Como ha señalado O. Ducrot, el lenguaje perdía así su inocencia: “La lengua ya no es una condición de la vida social, sino que se transforma en un modo de vida social. Pierde su inocencia. Así pues, ya no definiremos más la lengua según Saussure, como un código, es decir, como un instrumento 27
MICHELET, J., Historia de la Revolución Francesa, citado por FAYE, Jean Pierre, Los lenguajes totalitarios, Madrid, Taurus, 1974, p. 120.