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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
Eugenio Mazzarella
La identidad humana como programa estacionario metafĂsico
TraducciĂłn
Joaquin Mutchinick
tirant humanidades Valencia, 2016
Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. Pubblicato con un contributo del Dipartimento di Studi Umanistici. Università degli Studi di Napoli Federico II.
© Eugenio Mazzarella
© TIRANT HUMANIDADES TITULO ORIGINAL: Vie d’uscita. L’identità umana come programma stazionario metafisico EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-16349-52-4 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
Prefacio
TRASCENDERE RESTANDO “Cambiar el mundo no es suficiente; también hemos de conservarlo”1. Con estas palabras, Günther Anders resume en una fórmula enérgica y sugestiva el problema y la intención de uno de los pensamientos que mejor caracterizan —explícitamente o a través de su inversión dialéctica— la situación espiritual del hombre a partir del siglo XX. El hombre moderno, dotado de la capacidad técnica de modificar el mundo y a sí mismo de manera definitiva e imprevisible, ha empezado a tomar conciencia de la necesidad de incluir en los cálculos que guían su actuar las condiciones biológicas y culturales que definen —y en muchos casos más o menos probables, hasta deciden— su estadía en la tierra. Nacida con el miedo de la bomba atómica, crecida bajo el signo de un descreimiento radical en la providencia divina y en la racionalidad de la historia, madurada a la sombra de la potencia técnico-científica cada vez más incisiva y automática del hombre, esta posición (que Anders califica provocativamente, dado el inconformismo que representa, como “conservadurismo ontológico”2) se ha convertido, con toda su gama de diferencias y contradicciones, en un interlocutor inevitable a la hora de pensar las consecuencias sociales, económicas y ambientales del comportamiento humano. En esta tradición de pensamiento —que, si bien nueva en cierto sentido, puede considerarse como el fruto temporal de una reflexión milenaria del hombre sobre sí mismo— se inscribe el libro de Eugenio Mazzarella, La identidad humana como programa estacionario metafísico; un libro que indaga la posibilidad que tiene el hombre moderno de continuar su aventura en el cosmos, su errática evoluG. ANDERS, Llámese cobardía a esa esperanza, trad. de L. Bredlow, Besatari, Bilbao (1995), p. 84. 2 Ibíd. 1
Prefacio
ción cultural y biológica, en el marco contenedor de una dinámica invariable —“estacionaria”, como dice su título— que le permita conservar la especificidad a partir de la cual se reconoce como lo que es. Un libro en el que se analiza y se construye un programa de resistencia identitario —según la definición de intentos del propio autor (cfr. p. 26)— sobre la base de una idea fundamental: si el ser humano aspira a conservar la forma de vida que es, si quiere seguir siendo el animal que se hace naturalmente a sí mismo a través de la cultura, faber homo suae fortunae, entonces necesita reconocer los límites y las condiciones de posibilidad de su actuar; sólo de este modo puede devenir lo que es, solamente así puede transformarse de por vida sin perderse a sí mismo. El hilo conductor del volumen (cuyos capítulos son en parte inéditos, en parte artículos publicados en italiano y alemán entre 1998 y 2003) es el esfuerzo de pensar el Hoy a la luz de esta problemática, una tarea que Mazzarella se ocupa de redefinir “con Heidegger y después de Heidegger”3, procurando neutralizar el riesgo —inherente a la Seinsfrage heideggeriana— de transformar la labor teórica en una “evasión hacia una pura vida de la mente”4, en una inerte contemplación consciente de lo ineluctable. Mazzarella, de hecho, no propone en las páginas que estamos introduciendo un programa meramente especulativo, sino un proyecto de carácter práctico: “La Cosa del pensar, to pragma auto, es la acción misma del pensar, su ser en acto: para él la cosa más digna de ser y de escuchar. Al pensar pertenece siempre la tarea de estar en vida como pensamiento. Para el pensar, su pregunta crítica es su autosubsistencia, es decir, las condiciones de posibilidad de su subsistencia”5. El pensar que piensa el Hoy mantiene una relación intrínseca con la esfera de la acción y no puede, o mejor dicho, no debe dejar irresponsablemente en manos del destino —contentándose de reflexionar sobre la situación óntica que le ha tocado, que le ha sido decretada— la subsistencia (o la cancelación) Infra p. 30. Infra p. 51. 5 Infra p. 31. 3 4
Prefacio
de la posibilidad íntima del Dasein de llegar a ser sí mismo pasando por lo abierto del mundo (cfr. cap. I y II). La actividad especulativa no debe poner entre paréntesis su incidencia sobre el hombre y el mundo si no quiere incidir con la misma eficacia pero de manera inconsciente. En este sentido, el pensar que piensa el Hoy tiene una tarea ineludible en la época presente: indagar “las condiciones de pensabilidad y mantenibilidad de su propia autosubsistencia en lo Abierto del mundo”6. Esta meditación sobre lo que está en acto en el Hoy pone de relieve una serie de problemas teóricos centrales para la fundación del programa estacionario metafísico que el libro presenta: la desorientación ética que comporta la experiencia moderna de la “muerte de Dios” (cfr. cap. IV y V), la dificultad y la urgencia de dar un perímetro al espacio psicobiológico que constituye la identidad humana —lo que antiguamente se decía su “naturaleza” o su “esencia”— (cfr. cap. VI y IX), la posibilidad de comprender dicha identidad psicobiológica, la forma de vida abierta al mundo que somos, como un vínculo normativo de la acción cultural humana (cfr. cap. VII). Afrontando estas cuestiones y otras relacionadas, Mazzarella desarrolla las líneas generales de su argumentación: el carácter abierto, culturalmente activo de la existencia humana, la específica actividad metafísica que consiste en trascender los contornos puramente físicos del ambiente (Umwelt) para instituir un mundo (Welt), tiene que mantenerse en el espacio desde el cual y en el cual trasciende para poder seguir reconociéndose a sí misma como actividad propiamente humana, para poder autocomprenderse como la acción de un proyecto abierto, deveniente, de la naturaleza; de otra manera, si no asume la tarea de conservar su identidad psicobiológica como posibilidad invariante de su continua evolución cultural, la actividad humana corre el riesgo de trascender su propia posibilidad de trascendencia, de ir más allá de lo que es, de caer fuera de sí misma:
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Infra p. 50.
Prefacio Noi, che non possiamo non trascendere, siamo tenuti —condannati se si vuole— a trascendere restando; come responsabili di noi, e in noi della specie, questo è il nocciolo di tutto il nostro agire morale7.
Trascendere restando suena, por lo tanto, la indicación fundamental de la propuesta filosófica de Mazzarella que presentamos por primera vez al público de habla hispana; una indicación que es al mismo tiempo una advertencia y una esperanza; una indicación que tiene el valor de poner ante un preciso deber moral a la humanidad contemporánea y a su frágil, condicionada —de muchas e impensadas maneras condicionada— libertad constitutiva. Joaquín Mutchinick
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Cfr. infra, p. 12: “Nosotros, que no podemos no trascender, estamos obligados —condenados, si se quiere— a trascender permaneciendo; como responsables de nosotros mismos, y en nosotros mismos de la especie. Este es el núcleo de todo nuestro actuar moral”.
Introducción
LA IDENTIDAD HUMANA COMO PROGRAMA ESTACIONARIO METAFÍSICO. IDEAS PARA NO INTERRUMPIRSE Si queréis construir un gran edificio, pensad con humildad primero en los fundamentos. (San Agustín)
Hoy en día, la vida no es una premisa indiscutible; no es una premisa que se deja eliminar pero que no puede ser despojada, cuando es, de sus “modos”: una premisa que puede ser de otra manera de como es en su respiración “desnuda”. Por eso hoy podemos hacer con ella una “política”, una biopolítica8, como suele decirse. Esto significa que se trata de decidir —y efectivamente se decide— si se quiere tutelar o promover una forma de vida y cuál. Las abstracciones son siempre determinadas. La subsistencia de la vida que acompaña la acción de la conciencia (o, tout court, su propia acción), la resistencia de la vida a sí misma, ya no son una premisa, un dato del actuar, como ha sido al menos desde que en el gran taller del mundo el espíritu que vive ha podido pensarse como “en un principio —am Amfang, en su principio— activo, Tat” (W. Goethe, Faust, I, Estudio), pensando que así se quedaría, vivo, al menos mientras hubiese hablado: wer redt, ist nicht tot (G. Benn, Aprèslude, “Kommt”). 8
El concepto de biopolítica —como se sabe— ha sido introducido en el debate filosófico contemporáneo por Michel Foucault, por lo que es indispensable remitir a los pasajes fundamentales de Nacimiento de la medicina social, en Estrategias de poder, ed. de J. Varela y F. Álvarez Uría, Paidós, Barcelona (1999), pp. 363-384; y a La voluntad de saber, trad. de U. GUIÑAZÚ, Siglo XXI, Madrid (1998). Sobre el argumento, véase la aguda reformulación de R. Espósito, Immunitas, Einaudi, Torino (2002), pp. 134-172.
Introducción
Que hoy en día la forma de vida que somos, también como forma natural, y no sólo social, pueda haberse vuelto objeto de política; que pueda existir una “política”, una manipulación social, no solamente de los bioi, de los modos de vida, sino también de la zoe, de la vida “desnuda” como premisa biológica de estos modos y como puro derecho a que existan, en la vida, estos modos y esta premisa; que pueda suceder esto es el resultado consecuente, el cumplimiento, de la autocomprensión de la modernidad como acción capaz de sí misma —es decir, como acción capaz de darse a sí misma— de la razón instrumental. Bajo este aspecto, la biopolítica es una eugenesia general de la vida y la vida está concebida como vida que se adapta cada vez más a los desafíos de su acción, como vida que se adapta a ellos al menos en la misma medida en que se adapta a los desafíos de la naturaleza. Una eugenesia donde la “Selección natural”, el agente general de la Evolución, pasa cada vez más a un segundo plano a causa de la auto-selección consciente (o se cree que puede ser así); pasa cada vez más por el medio del “mundo”, tanto en el sentido de la hechura y el artificio que la vida humana consigue en sí misma, en su propia “naturaleza” biológica, como en el sentido de lo que está afuera de sí misma, el hábitat natural e histórico (cultura) que ella se construye desde siempre. No ha sido siempre así. La tragedia antigua conocía bien la propia relación con la zoe, el trabajo que les cuesta a los bioi salir a flote y permanecer en la dura superficie, con el sentimiento de un retorno siempre previsto e inminente; incluso en el acmé de la fuerza y de la fortuna. Y el eón cristiano sabe igualmente que la buena voluntad de la acción de la vida no es suficiente para salvarla: su buena voluntad no salva la vida que ve ni la vida que no ve y que espera contra toda esperanza. Hoy, en la época de los cyber, puede parecer demasiado tarde para hablar a la vida de la “vida”, del Dasein, del ser-ahí, de facticidad, de tragedia, de espíritu viviente. A las pantallas de cristal líquido de los ordenadores poco les interesa el aliento que empaña una lámina, un vidrio delante del paisaje. Aunque en Blade runner sea un cyber quien mata al padre para arrebatarle un poco de duración a su vida y al final, mientras se apagan los circuitos, sueña con
Introducción
ser un hombre (aquella cosa frágil entre sus manos) y una paloma: aquella vida desnuda, mortal, que había sido ya el sueño de todas las marionetas animadas, de cada una de las mentiras de madera de la vida; se trata de un cyber que sueña con volver al hombre del que provenía luego de haberlo superado en todo. Qué es lo que puede hacer la filosofía en este horizonte de vida, está por verse. Pero qué es lo que puede decir del convocarse de la vida ante sí misma, cuál es su opinión pro veritate frente a todo esto, podemos saberlo. Y sin que la filosofía se aleje demasiado de sí misma. Es suficiente con que ella mire a su estar-en-vida como tenacidad que custodia en el saber la fragilidad de su Dasein, de su serahí. Es suficiente con que mire a lo que ella ha sido desde siempre, al “primero” de sus sentidos. Porque resolver la situación presente en la paz eidética de la vida de la mente o de una contemplación de las “esencias” es algo completamente increíble respecto de su destino histórico; es algo increíble con respecto al hecho de que el Dasein ha llegado, en la conciencia, al lugar en donde está desde siempre en su ser como vida, y como vida que se sabe. Contingencia advertida; contingencia que se advierte a sí misma. Es éste el saber de sí mismo del Dasein que la filosofía ha custodiado tenazmente. A partir de una sentencia inicial escrita en la entrada del oráculo de Delfos, que ha quedado como directiva: “conócete a ti mismo”. Un sentido primario que —amén de las innumerables estrategias con las que se intenta no escuchar al oráculo, a esta llamada de la vida— se puede concebir, según una indicación de Dilthey en la última carta al conde Yorck, como “una acción que trae la vida a la conciencia y la piensa a fondo; la vida, es decir, el sujeto en sus relaciones como vitalidad”9. Sería incorrecto, sin embargo, creer a las apuradas que esto significa que una ontología de la vida tiene que resolverse en una onto9
Carta enviada de Lindau a finales de agosto o principios de septiembre de 1897, en P. Yorck von Wartenburg-W. Dilthey, Carteggio 1877-1897, a cura di F. Donadio, Guida, Napoli (1983), p. 353.
Introducción
logía de la historicidad como mera conciencia histórica, en una ontología del espíritu viviente como espíritu que se ancla en su “pura” autorreferencia histórica, como homo cultura que ha incluido en sí mismo y ha sublimado todos los motivos “biológicos” anteriores, lo anterior que es el homo natura. Este punto es el límite de cualquier historicismo absoluto; un punto que haría inservible la lente diltheyana antes mencionada para leer el oráculo délfico, dado que con ella se lo reduciría a una anticipación histórica de la exigencia de anclarse exclusivamente en el sí mismo de la subjetividad moderna, aunque esta vez (a través de la recuperación de la gran corrección hegeliana de la razón kantiana) con base histórica. Una ontología de la vida semejante, como ontología de la historicidad, perdería de la definición precisamente el carácter de ser de la vida y de la historicidad. Aquel carácter de ser que el conocimiento de sí mismo del mundo antiguo tutelaba en el saber trágico; un saber que era el conocimiento de un yo, de un mundo del sí, cincelado a duras penas en el espacio de la polis, en el mundo del nosotros; mundos que estaban constantemente en deuda con el ciclo de la naturaleza, a la escucha incapaz de sus propios dioses. Esta referencia al ser como al excedente originario en el que se encuentran el saber y sus prácticas (que corresponde a la noción específica de lo trágico-antiguo), es lo que se ha reprimido, generalmente de manera inconsciente, en la reducción del ser al ente que Heidegger nos ha enseñado a ver en la historia de la metafísica y que el concepto de manipulación teórico-operativa de lo real indica; una reducción en la que la filosofía, como acción que trae la vida a la conciencia, cree que puede evitar, al menos en cuanto teoría, la tribulación: la experiencia específica de lo trágico de una deuda creatural de ser y de saber no indemnizado ni indemnizable. Por este motivo muchos hombres que viven han creído poco en lo que la filosofía pensaba. La vida sabe perfectamente huir de sí misma, en sí misma, para vivir. Pero la vida que no tolera su angustia, a veces quiere que también la teoría hable de su incapacidad.
Introducción
El lugar de la filosofía es el “mundo”. El mundo en el que hunde sus raíces la vitalidad del sujeto, que se piensa en las relaciones que mantiene efectivamente consigo mismo. Pensar el sujeto en sus relaciones como vitalidad significa, para la filosofía, saberlo mirar a la antigua en su referencia al “mundo”; un mundo que es cultura como endíadis de naturaleza e historia, pero que, en esta endíadis, es primero naturaleza que historia. Porque se puede encontrar en la intuitividad de la experiencia una naturaleza en la que no haya todavía historia. Es suficiente con dirigir los ojos cerrados hacia uno mismo y “abstraerse” del mundo (y por lo general es suficiente con cerrar los ojos). Lo que no se ha visto nunca es, en cambio, una historia en la que no se haya presentado ya la naturaleza y no esté presente en la santidad de la “materia”, del “mundo” sin conciencia. Esta naturaleza inobjetivable, no operable, por parte del sujeto, no obstante toda su voluntad de poder, Nietzsche la ha puesto nuevamente delante del pensamiento moderno10. En el “eterno retorno de lo idéntico” y en la “gran razón” del cuerpo como aquello en lo que está inmanente el “pequeño yo”, Nietzsche ha anunciado que el sueño del idealismo había terminado. Más allá de la manera en la que Nietzsche pudo haber comunicado y traicionado este anuncio en su metafísica de la subjetividad como voluntad de poder —que en el instante de la decisión se redime del tiempo, de su condición de deuda permanente al tiempo del mundo—, esta escalada antiplatónica del alma inferior (voluntad y sensibilidad) contra el alma racional —que cree que es suficiente declinarse como “cultura” y subsumir por medio suyo la facticidad de la historia y la inquietud de la “naturaleza”— constituye su legado fundamental. Después de Nietzsche y de Dilthey, y siguiendo las huellas trazadas por Heidegger, pensar el sujeto en sus relaciones como vitalidad puede significar únicamente para la filosofía volver a anudar el hilo que une la cultura con la naturaleza, la cifra —computada siempre de
10
Para una interpretación general de Nietzsche en este sentido, cfr. E. Mazzarella, Nietzsche e la storia. Storicità e ontologia della vita, Guida, Napoli (2000).
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manera insuficiente— de la deuda biológica de nuestro haber “nacido”. Sobre este terreno de la verdad —el lugar de nuestra muerte, el cuerpo, y también, como ha descubierto Nietzsche contra Platón, el único lugar de nuestra vida, aun cuando fuese (y esto va dicho contra Nietzsche) ocasión para otra vida— encontramos hoy las ciencias de la nueva humildad: la etología, la sociobiología, la ecología, la bioética, contra las que protestan, no por nada, narcisismos del espíritu viejos y nuevos, olvidándose de que, aun como ocasión para otra vida, el cuerpo y su muerte son los más grandes pensadores. En realidad, como ha enseñado la gran antropología del siglo XX, la espiritualización de la técnica, de la razón instrumental, cree que puede prescindir de una crítica de la razón natural, de la asunción consciente de la criticidad de la propia relación con la naturaleza. Sólo Dios sabe cuánto hace falta, para medirse con Él, que estas ciencias temperen el orgullo, después de haberlo hecho con la mecánica y la física, también de la última gran ciencia natural “operativa”, de la biotecnología, que pone a disposición del homo cultura, a través de la técnica, el saber acerca de su biología, la capacidad de intervención poiética consciente (!) de la cultura en su más íntima, y hasta hace poco tiempo indisponible, “naturaleza”. Esto quiere decir que el espíritu viviente no puede limitarse a aprender solamente de la historia. Aunque estuviese obligado —por una probabilidad de su sentir— a la inmanencia, a no tener que aprender de una intimidad que adora a Dios, el espíritu viviente no puede evitar, de todas maneras, seguir aprendiendo de lo ajeno que se encuentra en él, de la íntima ajenidad que está en él, de la naturaleza. Pero esto quiere decir que, más que de la historia, el espíritu que vive aprende del pasado, concebido como lo haber-sido en general de lo que ha devenido. La vida se confronta con esto en su ser, de esto empieza y aprende a ser vida; y con esto tenemos que confrontarnos en el saber. El privilegio historicista de la historia como autorreferencialidad de la cultura, también alargado —en caso de que fuese posible— a la totalidad de la cultura, es a esta altura un factor de riesgo subjetivista (“humanista”) del mismo subsistir del hombre histórico; hoy, que se trata de tutelar lo que sabemos tan perecedero como los mundos
Introducción
históricos, la naturaleza, y la naturaleza humana organizada en su biología. La scienza nuova de la historia en la versión operativa, y no contemplativa, de la producción y reproducción de sí mismo del ser social, no podrá prescindir por mucho tiempo de la antiquísima sabiduría de la naturaleza. Devolver al otro respecto del yo históricosocial operativo de la técnica toda su latitud; la latitud que conocía antes de tomar el camino moderno hacia la inmanencia que se autorrefiere al yo. Resurge, anunciada por las dudas y los dilemas bioéticos sobre las fronteras de la vida naciente, una antigua cuestión: “¿Dónde está el inicio para aquella existencia que sabe que lo tiene?” Si hay una pregunta metafísica, es ésta. Siempre y cuando entendamos por pregunta metafísica la pregunta que nace —y que quizás muere, si nadie más la hace— con el ente, en la cercanía del ente que trasciende la physis, en el sentido de que emerge suspendiéndose por encima y en contra, quedando sin embargo sumergida. El ente que nosotros somos, el animal “metafísico”, el espacio de la vida, el anthropos, donde la física que se expande y se complica en la vida se vuelve una cuestión en sí misma, donde la densidad fluida del ente se separa de sí misma en la conciencia y se suspende en una pregunta, que es la pregunta elemental del asombro. “¿Dónde está el inicio para aquella existencia que sabe que lo tiene?” Quiere decir entonces “¿Dónde empiezo yo? ¿Y el nosotros y el dónde del que vengo y al que voy?”. Esto me interesa. Porque donde empiezo, es probable que allí “yo” también termine. Se trata de la otra cara de la pregunta: “¿por qué el ser y no, más bien, nada?”, que todavía significa y pregunta en silencio, si no se la toma por una pregunta puramente estética sobre el sublime universo, “¿por qué el ser y no, más bien, nada, y por qué yo, que hago —o donde acontece— la pregunta?”. Lo sublime cae siempre en dos ojos desencajados, o viene de ellos. El pensamiento no ha comprendido siempre el horizonte de inquietud de esta pregunta ni la “frágil evidencia” que es la vida humana, la frágil evidencia que la vida humana representa ante los ojos de
Introducción
la más experta de las fenomenologías en su período más agudo: la fenomenología del joven Heidegger en Friburgo, que busca sondar el perímetro del Dasein fáctico. La última de las grandes respuestas tranquilizantes a esta pregunta: “¿Dónde está el inicio para aquella existencia que sabe que lo tiene?”, —luego de las varias respuestas trascendentes (ideas eternas o un reino de fines tutelado por una Persona)—, es la respuesta de carácter trascendental, en el sentido de que el inicio se resuelve en sus condiciones de pensabilidad: es decir, “el inicio, para la existencia que sabe que lo tiene, está en su propio saberlo”, dado que no hay para este inicio otro lugar a partir del cual pueda deducirse comprensiblemente. A pesar de todo, a nosotros, la pregunta del inicio no logra tranquilizarnos en su respuesta trascendental. La solución trascendental de que el inicio está en el saberlo es elegante, pero no agota la pregunta, ni siquiera cuando la extiende al horizonte de la historia, poniéndola como historicidad humana que se interroga a sí misma. Esta solución trascendental de la ontología de la historicidad, del saber por parte del ser de lo que es histórico, es decir, de nosotros, es incompleta. Y la humanidad histórica de hoy necesita saber que es así, incompleta. La respuesta revela el mito sobre el cual se construye la identidad: el mito que dice que la identidad es tanto más segura cuanto más autotransparente es para sí misma; la resistencia a aceptar una identidad que se funda en la oscuridad, una identidad que no está completamente resuelta o que no se deja resolver en la autotransparencia de la conciencia poseída con seguridad y, más en general, en la transparencia de las condiciones que acompañan el propio acontecer y la propia capacidad de acontecer como forma de vida que es conciencia. Este excedente ontológico respecto a la autofundación trascendental en el saberse de la historicidad de lo que es humano tiene que conservarse y custodiarse en una experiencia integral del concepto de alteridad.
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Alius, alia, aliud (gen. alius), en su forma arcaica alis, alid (gen. alis), significa en latín —se sabe— “otro entre muchos”; mientras que alter equivale a “el otro entre dos”. Es una voz que se relaciona con el griego ἄλλοϚ ¹, η, ο, (ἀλιοϚ) que significa “otro” en el sentido de la distinción numérica, pero también “otro” en el sentido de diferente, de otra manera (es decir, en el sentido de la distinción cualitativa). Si se observa que ἄλλοϚ se relaciona con el griego ἀλλά, la conjunción adversativa “pero” (latín: at, sed, verum) en función —dentro de la proposición— de oposición pura, intensiva o restrictiva, tenemos un campo de significados de la palabra “otro” que puede funcionar como principio del horizonte de pensabilidad de su concepto. El otro es otro y lo otro, lo que se hace de una manera diferente y, como tal, es diferente: lo restante, lo que queda, también en el sentido de lo que se objeta, de lo que constituye una excepción, de lo que se opone a la identidad respecto a la cual se predica la alteridad (también en el sentido, más sutil, de una referencia especular: “uno de los dos”, el alter ego, el propio doble). Este enredo de relaciones concierne no sólo el plano del “alguien”, sino también el plano del “algo”: nosotros somos otra cosa no sólo respecto al otro como nosotros, sino también respecto a lo otro que no es como nosotros, que es diferente de nosotros. El ente que es otro respecto de mí puede ser el ente que se diferencia de mí siendo de todos modos conforme conmigo; el otro que es como yo, más allá de que lo odie o que lo ame. El “otro” de esta alteridad, de este concepto de alteridad, delimita el espacio del nosotros. Pero también puede ser de otra manera, es decir: el ente que es otro respecto de mí se diferencia en el sentido de que no es conforme conmigo, de que es diferente; el ente se diferencia de mí bajo la forma perceptible de la naturaleza, de lo que se manifiesta, del Deus sive natura, de la totalidad incluyente de lo que existe más allá de mí (y de mí como nosotros). Pero existe también una tercer manera de ser “otro”, o sea: el “ente” que es otro es lo Otro que es diferente de mí en la cifra de lo totalmente otro respecto de lo que es conforme conmigo y de lo que es diferente de mí; lo “Otro” que tanto le cuesta al pensamiento objetivador mante-
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ner alejado de la máscara representativa de un Superente y respetar en la libertad con la cual Él toma, si quiere, la palabra. Estas tres dimensiones de la alteridad —que podríamos también llamar Dios, hombre, mundo, donde el concepto de Dios equivale ahora al mundo en el sentido apenas mencionado de Deus sive natura, ahora al Dios en el sentido de una Trascendencia personal que se revela a sí misma libremente cuando le place— han constituido tradicionalmente el espacio fundacional más o menos perspicuo de la identidad de lo que es humano. Han constituido siempre la alteridad de la identidad. No existe otra alteridad; es decir, una alteridad que sea otra en sí, totalmente referida a sí misma, otra en su raíz, opuesta a la identidad de lo que es otro. No existe, al menos, otra alteridad que podamos conocer y sentir. La alteridad radical es para nosotros la alteridad que está y que atraviesa mi raíz, nuestra raíz, como trascendencia concreta en mí, que me hace lo que soy y lo que no soy (lo otro que, como Dios y/o naturaleza y como el otro hombre, me hace a mí mismo permaneciendo en él mismo). De estas tres dimensiones de la alteridad, en el pensamiento moderno, ha quedado una sola. El espacio de lo otro se ha reducido tendencialmente al espacio de lo otro como yo, a la relación, en el nosotros, entre el yo y su doble, individual o colectivo. Podríamos decir que en el concepto de alteridad ha quedado prevalentemente sólo el latín alter, y no el campo más amplio de significados del alius, de una diferencia de cualidad que excede la cualidad humana. También la adversatividad del concepto, en el griego ἀλλά, en el latín sed, at, verum, en el español pero, se halla resuelta en la tensión entre el yo y su doble: el yo moderno ya no lucha con el Ángel, y si lucha con la naturaleza, cree que puede hacerlo bajo sus propias condiciones, como ejercicio de su operatividad. De las tres dimensiones de la alteridad sólo ésta sigue en vigor, efectivamente en vigor, con la consistencia de una titularidad ontológica, sin haberse asimilado a su “otro”. No se ha asimilado, de hecho, ni al destino de la alteridad divina, que es pura autoalienación, simple “proyección” ilusoria y funcional en el plano práctico-moral, ni al destino de la alteridad natural, que es material inerte a disposición (la última vez que esta alteridad tomó la
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palabra en la historia de la filosofía, certificó su muerte como espíritu que cae fuera de sí refiriéndose a sí mismo, en el idealismo de Hegel). También por este lado, el camino del pensamiento moderno en la inmanencia arriba a las raíces de la subjetividad, del espacio antrópico. Para emanciparse de la naturaleza como principio de determinación y fuente de normatividad, para arribar a las orillas del cogito, al terreno de la subjetividad como tierra prometida que garantizaría al pensar finalmente la salvación, una vez establecida en su fundamento la incierta navegación asignada —hasta el momento— al frágil madero del principium individuationis (sentimiento o esperanza de lo Moderno que constituye una página no olvidada de la historia de la filosofía de Hegel), la modernidad ha tenido simplemente que atar los cabos sueltos de una genealogía que se ha delineado desde el principio del humano sentimiento de la libertad como factum de la conciencia. Se trata de un truco bastante simple: hacer que el yo dependa del mundo de la pura Intención, declarar la propia dependencia de un mundo de fines, y luego matar la pura Intención para ser, o presumir que se es, absolutamente libres. Pero si no dependemos de esta pura Intención (sometiéndonos a la ley de la naturaleza, estando a su merced o bajo su protección; o sometiéndonos a nuestra libertad para ver si luego nos conformamos a ella; es el tema del shabbat judío de la creación), es sensato presumir que también quien viva la propia relación con el cuerpo y con la naturaleza como una prisión, e incluso como una tumba, tenga que aceptar finalmente que se encuentra en un régimen penitenciario abierto, que, aun en la libertad de movimiento que se nos concede en la luz de la razón, es necesario que todos los hombres firmemos, al amanecer y al crepúsculo, los registros de la Naturaleza que está dentro y fuera de nosotros. Es humildad del espíritu —hasta donde sabemos—, y no resignación “materialista”, presumir (¡en filosofía!) que somos siervos de la naturaleza, porque somos siervos de nosotros mismos como cada cosa en la naturaleza es sierva, como cada cosa está sujeta a sí misma, a las leyes de su ser; en este sentido, nosotros somos dependientes también de nuestra libertad, es decir, de la capacidad de suspender en nosotros nuestra dependencia natural y de reorientar el comportamiento. En general,
Introducción
esta suspensión, que es precisamente la experiencia de la libertad como alejarse de… hacia…, sirve para mejorar esta dependencia, aun en los casos extremos en los que sirve para negarla (cuando es insostenible), suprimiéndose como cuerpo viviente. Nosotros somos “sujetos” porque estamos antes que nada, de manera consciente, sujetos a nosotros mismos, a lo que habla en nosotros y nos dicta el léxico y la sintaxis de nuestra significatividad. Los ensayos, las contribuciones, las reflexiones muchas veces repetitivas que siguen a continuación, se proponen deconstruir, poner en duda e interrogar esta reducción humana, demasiado humana, del hombre, de su espacio de apertura ontológica, que por querer asegurar demasiado —por querer asegurar al hombre— no asegura nada, y no le asegura nada. Desde este punto de vista, una ontología de la credibilidad, cuya honradez fenomenológica se remita a la evidencia y al mismo tiempo a la zona de sombra de la que emerge, tiene que resolverse en una ontología de la vida que esté a la altura; en un saber —y en un programa— de la vida sobre sí misma, que, en fin de cuentas, permanezca fiel al primer significado del ser para nosotros, como lo ha determinado Nietzsche: “vivir, respirar”. Cualquier otro significado del ser comienza a partir de aquí, a partir de esta ontología mínima. Sólo a partir de la conciencia que proviene de esta ontología mínima se puede señalar al pensamiento contemporáneo una salida de su interrumpirse en el bosque, sólo a partir de aquí se pueden utilizar las sendas perdidas de la modernidad, para usar la metáfora de Heidegger. Si tuviésemos que indicar algunos de los caminos que se abren de esta ontología mínima, podríamos hacerlo de la manera siguiente, enumerando las huellas que hay que seguir para estar al menos sobre nuestros pasos, agarrados al hilo del laberinto. 1. La conciencia cada vez más aguda de que la finitud es al mismo tiempo nuestro límite y nuestra posibilidad; que en este límite y en esta posibilidad estamos en manos de nuestro saber, que es desde siempre una técnica de la supervivencia, un entender de algo gobernando sus principios, un saber cada vez más refinado, pero no por