PAISAJE Y TERRITORIO Articulaciones teóricas y empíricas
Martín M. Checa-Artasu Armando García Chiang Paula Soto Villagran Pere Sunyer Martín
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
México D.F., 2014
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Índice INTRODUCCIÓN...................................................................................................... 11 Pere Sunyer Martín
EL PAISAJE DESDE LA GEOGRAFÍA EL PAISAJE EN LA GEOGRAFÍA MODERNA.................................................... 31 Nicolás Ortega Cantero
CONOCIMIENTO GEOGRÁFICO DEL PAISAJE Y POLÍTICAS PÚBLICAS. ESTUDIOS Y EXPERIENCIAS DE GESTIÓN A DISTINTAS ESCALAS...................................................................................................................... 49 Rafael Mata Olmo
EL ORDEN NATURAL DEL PAISAJE EN LA GEOGRAFÍA FÍSICA ACTUAL....................................................................................................................... 89 Arturo García Romero
MIRADAS AL PAISAJE DESDE OTRAS GEOGRAFÍAS LA (RE) INVENCIÓN DE LAS IMÁGENES DE LA PAMPA ARGENTINA. DE LOS PAISAJES PICTÓRICOS A LOS PAISAJES PERFORMATIVOS..... 109 Perla Zusman
CONCEPTO Y VIVENCIA DEL PAISAJE EN LA ANTIGUA CHINA...........
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María Teresa González Linaje
PAISAJES POLARES: REFLEXIONES EN TORNO A LO EXTREMO........... 157 Martín Manuel Checa-Artasu
DIMENSIONES SOCIALES, CULTURALES Y PAISAJÍSTICAS DEL DESASTRE. EL TERREMOTO DEL 27/F 2010 EN CHILE............................... 197 Paula Soto Villagrán Nicolás Gissi Barvieri
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Índice
MIRADAS AL PAISAJE DESDE OTRAS DISCIPLINAS EL CAMINO A MORDOR. PAISAJE Y TERRITORIO EN LA NOVELA FANTÁSTICA.............................................................................................................. 219 Armando García Chiang
ARTE Y PAISAJE EN LA MODERNIDAD............................................................ 255 Liliana López Levi Blanca Rebeca Ramírez
EL PAISAJE EN MÉXICO UN PAISAJE QUE NO ES BIEN VISTO. EL PUEBLO HUERTERO DE ATOTONILCO EL ALTO ......................................................................................... 283 José de Jesús Hernández López
EL PAISAJE AGAVERO DE TEQUILA: UN MODELO CLAROSCURO DE GESTIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL........................................................ 307 Luis Felipe Cabrales Barajas
RECUPERACIÓN Y PUESTA EN VALOR DE PAISAJES CULTURALES EN MÉXICO: TRES SITIOS EMBLEMÁTICOS.................................................. 349 Saúl Alcántara Onofre Salvador Aceves García
INCERTIDUMBRE Y ARRAIGO EN LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL TERRITORIO EN LA COLONIA BOSQUE BELÉN DE LAS FLORES........... 369 Luis Llanos Hernández Martha Elena Bañuelos
OPORTUNIDADES Y CARENCIAS PARA UNA CULTURA DEL PAISAJE EN MÉXICO. ALGUNAS NOTAS........................................................................... 389 Martín Manuel Checa-Artasu
INTRODUCCIÓN Pere Sunyer Martín1 Paisaje y territorio. Articulaciones teóricas y empíricas reúne la aportación de especialistas procedentes de diversos campos disciplinarios sobre el paisaje, desde la geografía a la arquitectura pasando por la antropología y las ciencias políticas. Todas estas contribuciones comparten el interés común por promover la reflexión sobre el paisaje y hacerlo desde la preocupación y la sensibilidad. Desde la preocupación creciente por los acelerados cambios que se dan en los espacios rurales, urbanos y periurbanos, con la consecuente desaparición de paisajes hasta hace poco todavía observables, que se traduce en una patente pérdida del valor y de la calidad del entorno en el que viven muchos de los habitantes de México, principalmente de los que radican en sus cada vez más extensas y pobladas áreas metropolitanas. Un fenómeno, por otro lado, que está aconteciendo en muchas partes del mundo pero que reviste una dimensión que podríamos calificar de trágica en los países latinoamericanos, particularmente el país azteca. Y también desde la sensibilidad. La de las personas que ven que junto con la mengua flagrante de paisajes, se pierde todo el entorno cultural, traducido en usos, toponimia, creencias, vivencias, tecnologías y conocimientos tradicionales de diferente tipo: agrícolas, hidráulicos y forestales que sobrevivieron con más o menos éxito hasta hace pocos años y que renqueantes, algunos, llegan hasta hoy. No es que desaparezcan los paisajes en sí, pues estos existirán en tanto haya personas capaces de ver el territorio y dotarlo de sentido. Desaparecen todos aquellos elementos asociados a él, que remiten a la identidad y a la memoria, lo que es particularmente grave. El paisaje no es un tema exclusivo de los geógrafos, pero son ellos quienes mejor responden a sus inquietudes y a su forma de hacer y pensar el territorio, por sus características intrínsecas. No se trata de una afirmación de carácter corporativista, como pudiera parecer: la geografía ha mantenido con el paisaje una larga relación que se remonta al papel que le otorgaron los padres putativos de la geografía contemporánea, cuando aún el propio término “paisaje”
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Profesor de la Licenciatura en Geografía Humana. Departamento de Sociología. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.
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era poco utilizada2. Puede entenderse por qué el naturalista alemán Alejandro de Humboldt usó en algunas de sus obras más socorridas Cuadros de la naturaleza (Tableau de la nature, 1808) y más adelante en Vistas de las Cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, 1816) numerosos grabados en los que pueden observarse las maravillas de la naturaleza americana3. De la misma manera que lo fue para el célebre alemán, el paisaje está en el centro de la indagación del geógrafo, y es producto de la dialéctica que se establece entre la naturaleza, la cultura y la sociedad4. Junto al paisaje hay que considerar dos de los términos que le dan vida: el territorio y la sociedad. Paisaje, territorio y sociedad, conforman una tríada que debería ser indisoluble. Hablar de cualquiera de ellos, o la intervención sobre cualquiera de ellos, remite y afecta a cualquiera de los otros dos: Paisaje y territorio son las dos maneras como se presentan al geógrafo la parte perceptible y material de sus preocupaciones epistemológicas. Para los especialistas en el estudio del paisaje, este y el territorio son respectivamente la forma y el proceso, el fenotipo y el genotipo, resultado de la actuación pasada y presente del hombre sobre la superficie terrestre y condicionante de su futuro. Las huellas del actuar humano en el territorio se revelan en el paisaje. Sin embargo, no son registros fósiles y por lo tanto inoperativos actualmente, que es lo que se asocia con el término palimpsesto con el que se ha tildado
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Uso el término de “padres putativos” en el mismo sentido que lo empleó Horacio Capel en su obra ya clásica Filosofía y ciencia de la geografía contemporánea (1981) (Capel, 2012). Sobre la importancia de esas “vistas” y “cuadros” en la obra de Humboldt, puede verse Labastida (1999, p. 90). La vinculación del paisaje con la geografía proviene de antiguo, principalmente por su asociación con las observaciones de los fenómenos y los elementos de la superficie terrestre habituales en las descripciones geográficas, aunque originalmente se abordaba de forma poco sistemática. Y el Plan Sectorial hasta finales del siglo XIX y, sobre todo, del XX que empezó a incorporarse de forma más objetiva. Diferentes escuelas geográficas como la alemana, con Siegfried Passarge (1867-1958), Otto Schlüter (1872-1952), Carl Troll y Oskar Schmieder (1891-1980) (Bahr y Dillner, 1981; Czepczynski, 2008; Harvey y Wardenga, 1998; Simms, 2013), la rusa, principalmente con Vassili V. Dokuchaiev (Frolova, 2001), la francesa con Jean Brunhes, y la norteamericana con Sauer, han hecho de él un elemento clave explicativo de las relaciones hombre-medio ya fuese dando más relevancia a los estudios del medio físico —como en el caso de la escuela rusa— ya como medio para explicar a la sociedad —como aconteció con la escuela alemana, francesa y estadounidense. Entre los estudios que revisan la aportación de la geografía al paisaje puede verse Capel (2012), Baker (2003), Bolós, (1992).
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tradicionalmente al paisaje5. Al contrario. Como afirma Rafael Mata, son elementos activos que inciden en el presente y lo seguirán haciendo en el futuro6. Hablar del paisaje requiere, sin duda alguna, hacerlo del territorio, pero también de la sociedad que vive en él. El ser humano y la sociedad en la que este se inserta serían el tercer elemento de la tríada sobre la que se asientan las investigaciones del geógrafo. Se suele afirmar que hay una correspondencia entre el paisaje, el territorio y la sociedad que sobre él vive, y esto es lo que trata de leer el geógrafo. El paisaje y el territorio son reflejos de las decisiones tomadas a nivel individual y colectivo, y de las tensiones que en el seno de la sociedad se viven. Pero también de sus ideas y creencias, y de los imaginarios que despiertan en ella el territorio y su contenido. Nunca ha sido baladí la relación del ser humano con el territorio que habita. De tal suerte que pareciera que una buena salud social se debería reflejar en una buena calidad de su territorio y en la de sus paisajes, y viceversa. De la calidad del paisaje se revelarían, así, la calidad del territorio y la salud de su sociedad. Esto ya sabemos que no es del todo así, por decir lo menos. Muchas veces de forma poco consciente se ha asumido que una cierta valoración estética de los paisajes guarda una relación directa con la calidad de vida de la sociedad que en ellos se asienta. Sin embargo, es una interpretación arriesgada y sustentada en bases empíricas muy frágiles. La valoración estética no tiene por qué entender de principios éticos: paisajes que hoy admiramos quizás han sido producto del oprobio y la injusticia; paisajes que hoy detestamos, quizás se asocian con una sociedad opulenta en el que la libertad, la justicia y la igualdad parecen haberse alcanzado. La estética no es, pues, una buena forma de entender y valorar los paisajes y a los geógrafos no es ésta la que más nos debiera importar pues trabajamos con esa parte perceptible del territorio que es el paisaje. Más probablemente, la homogeneidad o heterogeneidad de los paisajes en sus formas, texturas, colores… cabe asociarlos a la homogeneidad o heterogeneidad de la sociedad que los ha creado. Solo de esta manera se puede entender el lamento a Augustin Berque cuando se pregunta por qué a pesar de la existencia de tantos especialistas del territorio y de los paisajes vivimos en un momento de incapacidad de generar vistas y espacios de calidad similar a los
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Se denomina palimpsesto a aquel documento o soporte gráfico que conserva las huellas de anteriores escritos o usos. Comunicación personal (Mata Olmo, 2011).
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legados en el pasado (Berque, 2009). Habrá que buscar, quizás, algunos indicadores fuera de la estética y más próximos a la ética y a la justicia, que nos permitan valorar los tres elementos de la tríada a través de la lectura del paisaje. Sin embargo, el paisaje no existe por sí, como ya nos han tratado de decir algunos geógrafos desde Alfred Hettner. Tampoco están ordenados ni desordenados, ni hay lógica científica tras de ellos. Precisa para su creación de la visión humana la cual va acompañada de, al menos, un elemento que le es indisociable: un punto de vista, un lugar desde donde mirar7. Y esa posición se refiere no únicamente al lugar físico desde el cual proyectamos la mirada, sino también del lugar cultural que subyace al mirar y que permite, entre otras cosas, la apreciación estética y la valoración individual y colectiva de la vista, así como la valoración y, posiblemente, la sobrevaloración de sus utilidades. En este último sentido, la tríada que hemos mencionado de paisaje —entendido como el aspecto del país—, territorio, sobre el que se sustenta, y sociedad, la que lo ha creado, parece como si se disolviera en beneficio del primero, que adquiere, ahora sí, notoriedad frente a los otros dos. El paisaje los ha superado. Los paisajes, cual Narciso de los tiempos modernos, han tomado, así, autonomía y vida propia —o más bien deberíamos decir capacidad suicida—. Y así parece derivarse de la excesiva atención con que organismos internacionales tales como el Centro del Patrimonio Mundial (World Heritage Centre, WHC) y la Federación Internacional de Arquitectos Paisajistas (International Federation of Landscape Architects, IFLA) le han dedicado, muy por encima de los otros dos implicados, el territorio y la sociedad, y convertirse en su preciado objeto de atención. Los paisajes-objeto devienen inmóviles —estáticos—, manipulables, hasta cierto punto intercambiables y sobre los que cualquier transacción económica, más que ser posible, es su finalidad última. De esa atención se han derivado recientemente documentos como la Carta mexicana del paisaje (SMAP, 2010), firmada por la Sociedad Mexicana de Arquitectos Paisajistas, la Iniciativa Latinoamericana del Paisaje (IFLA, 2012), elaborado por diversas sociedades de arquitectos paisajistas de la región, y la Carta de Puebla sobre la Protección de Paisajes patrimoniales (2014) resultado de las “Primeras Jornadas de Paisajes Patrimoniales” celebradas en marzo de 2014 en dicha ciudad mexicana; y movimientos diversos, como el que está tras
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Sobre la obra de Hettner, su comprensión del espacio geográfico y el papel del paisaje, léase Harvey y Wardenga (1988: 135). También Donald Meinig comparte estas ideas (Meinig, 1979: 3). En relación con el orden y el desorden de los elementos geográficos la lectura de Bermejo (2006) puede ayudar a comprender la afirmación mencionada.
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del “Derecho al paisaje” que se ha promovido desde 2011 por el Cambridge Center for Landscape and People (2011). En tales documentos y movimientos parece aceptarse acríticamente el contexto geo-político-económico que tras la II Guerra Mundial se erigió en el mundo, reafirmado en los años 80 bajo la llamada “doctrina Reagan”, luego del neo-liberalismo y, más tarde, bajo la doctrina del “desarrollo sostenible” y, en consecuencia, sus efectos en la sociedad, la cultura y el medio ambiente. Todo ello ha dado lugar a la progresiva desaparición de esos paisajes que hoy se reivindican, no se sabe a ciencia cierta por qué, si por añoranza de los mejores tiempos pasados, por la frustración del deseo de negocio no realizado, o realmente por la conciencia de la pérdida en todos los sentidos de su desaparición. Y es quizás este aparentemente imparable proceso de objetualización de los paisajes que se siente desde hace unos años a la actualidad, el principal temor que desde disciplinas como la geografía, y algunas otras, se empieza a manifestar. Aunque, como suele acontecer, no todo es negativo: el paisaje convertido en objeto también es la principal esperanza para la mejora de la calidad de vida de muchas poblaciones y el desarrollo de regiones otrora condenadas al ostracismo. El paisaje deviene valor económico a través de la apreciación estética y de los valores —sociales, culturales, ambientales, entre otros— que acarrea8. Hace ya cerca de dos años, desde octubre de 2012, nuevas iniciativas parecen avizorarse en el horizonte de la preservación del paisaje, del territorio y de la sociedad que en él vive. En esa fecha tuvo lugar en la ciudad de Florencia (Italia) la celebración del 40° aniversario de la Convención del Patrimonio Mundial, bajo el tema “La protección internacional de los paisajes” (ITKI, 2012). Como ya es sabido, la firma de la Convención marcó una época al proponerse a nivel internacional la protección del legado humano y natural de los diversos países del mundo. La celebración del cuadragésimo aniversario supuso una nueva vuelta de tuerca sobre algo que se venía demandando, desde la inclusión en los años noventa del concepto de “paisaje cultural” entre las
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Así lo han entendido desde hace unos años también organismos internacionales como el UNWTO, desde el año 2002 con la declaración de 2002 Año Internacional del Ecoturismo, y muchas secretarías federales de México, encabezadas por la de Turismo (SECTUR) en el apoyo al turismo de la naturaleza y el ecoturismo. Todo ello se ha visto reflejado tanto en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012 (Poder Ejecutivo Federal, 2007) como en el Plan Sectorial de Turismo, 2007-2012 (SECTUR, 2007) y el Plan Sectorial de Turismo, 2013-2018 (SECTUR, 2013).
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categorías aceptadas hasta entonces por la UNESCO en la clasificación del patrimonio humano. La Reunión de Florencia de 2012 sirvió como marco para evaluar la protección internacional de los paisajes y el punto de partida fue la consideración que se hizo del concepto de “paisaje cultural” en 1992, año en que fue incluida esta nueva categoría por la UNESCO. Su desarrollo a lo largo de veinte años de experiencia sobre protección de paisajes culturales en el mundo sirvió de comparación finalmente con la situación del año 2012. Entre las conclusiones a que se llegó en la Reunión estaba la de que no se podía seguir inmovilizando el patrimonio y separarlo de la sociedad que lo engendró. Había que desplazar el concepto de patrimonio desde los objetos a proteger, a los sujetos, las personas, en realidad, los verdaderos protagonistas del patrimonio, autores, usuarios y conservadores de los mismos. Esta consideración tenía pleno sentido cuando se hablaba de paisajes culturales, una categoría intermedia entre las de patrimonio cultural y natural. Por otro lado, una de las cosas que se había criticado en años posteriores a la inclusión de la nueva categoría en la UNESCO, y que cobraba realce en la Reunión, era el sentido elitista con el que se había pretendido preservar unos paisajes por encima de otros ¿Cuál era el criterio, pues?, ¿cómo valorar el valor humano sobresaliente (outstandig human value) de los paisajes que debía llevar a la protección de unos y a denostar otros? En respuesta a estas preguntas y en relación con el patrimonio, en 1994 se aprobó un documento que debía avalar la bondad, originalidad y valía del patrimonio a proteger. Se trataba del Documento de autenticidad Nara (ICOMOS, 1994) que ayudaba supuestamente a dar una mayor “claridad y luz a la memoria de la humanidad”. En su aplicación a los paisajes culturales, esta autenticidad conducía irremisiblemente a fijar el paisaje, a convertirlo en algo inamovible, objetivo y desprendido de cualquier intervención y uso humano. Otra cosa se anhelaba en Florencia 2012. La reflexión sobre el paisaje fue el principal punto de atención de los asistentes a la celebración del 40° Aniversario de la Convención del Patrimonio Mundial y sus conclusiones formuladas en la Declaración de Florencia, documento final de la reunión, buscaron profundizar sobre lo que en adelante debía protegerse en cuanto a paisajes se refiere: se buscaba mantener, ante todo, aquellos elementos tangibles e intangibles que lo alumbraron, desde la vista y los objetos que los conformaban hasta los conocimientos tradicionales y las formas de vida que le dieron luz. Se abordaba la necesidad de proteger a nivel internacional los paisajes, su valor intrínseco, tal como se había hecho con
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la firma del Convenio Europeo del Paisaje (Convención de Florencia, 2000) (Consejo de Europa, 2000) y todo lo que estaba tras ellos, la sociedad, los conocimientos y técnicas tradicionales. En este sentido, la participación en este aniversario de instituciones como ITKI (International Traditional Knowledge Institution), a su vez organizador y anfitrión de la Reunión, e ICQHS (International Center on Qanats and Hydraulics Structures) dice mucho del cambio de actitud que se trataba de dar a la concepción internacional de la categoría patrimonial de “paisaje cultural”. En relación con el paisaje ha habido otros cambios significativos que mencionaremos sucintamente y que ofrecen un panorama más amplio de lo que puede ofrecer al geógrafo el estudio del paisaje. Del paisaje geográfico de las escuelas alemana, rusa y francesa, que recogía el legado integrador que había calado en la geografía del siglo XIX, al paisaje artefacto y al paisaje bello, producto de otras herencias que han tenido eco en el arte, en la arquitectura, y en el uso económico del territorio, se ha llegado a nuevas concepciones de paisaje que se están desarrollando desde diferentes líneas de la geografía cultural y tratan de superar la carga de la aportación de Carl Sauer del primer tercio del siglo XX. Hacia los años 80 del siglo pasado, Peter Jackson y Dennis Cosgrove reclamaban de la geografía una adaptación a los nuevos tiempos acorde al cambio en la consideración del concepto de cultura en las ciencias sociales. Su primera consecuencia fue en el concepto de “paisaje cultural”, que poco tenía que ver con el que se incorporó en la definición de la UNESCO por aquellos años. Se trataba de des-Sauerizar la geografía cultural y con ella el paisaje (Pred, 1991: 116). Así, a la interpretación neomarxista que proponía Cosgrove en su Social Formation and Symbolic Landscape (1984) se añadía la aportación de James Duncan en su celebrada The City as a Text. The politics of landscape interpretation in the Kandyan Kingdom (1990) en la que se interrogaba al paisaje, su codificación, su papel en las prácticas sociales y políticas, su retórica. A estas concepciones hay que añadir otras aproximaciones al estudio de los paisajes desde “los otros sentidos”, como el oído, como descubría el compositor canadiense Raymond Murray Schafer en su libro The Tuning of the World (1977), más tarde retitulado The Soundscape; y el olfato, smellscape, unas líneas que enlazaban con los trabajos que desde la antropología de los sentidos se estaban realizando (Larrea, 1997). También emparentados con los estudios desde la sociología del cuerpo y de las emociones, se ha abierto recientemente otra línea de aproximación al estudio del paisaje, esta vez desde la experiencia total sensible, del cuerpo en su integralidad, y la participación del sentir del
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paisaje en la conformación de la “espacialidad” y “geograficidad” del individuo (Besse, 2010: 10-11). Son, desde luego, unas perspectivas muy provocadoras que en algunos casos parecen desdeñar e invalidar la larga trayectoria realizada desde la tradición geográfica para comprender el paisaje y la dinámica de sus elementos, sin tratar de entenderla; se revaloriza lo “háptico” frente a lo “óptico” y se minusvalora todo lo asociado con la vista, entre ellos “el punto de vista”, tachando a los estudiosos tradicionales del paisaje de tener una perspectiva burguesa, europeizante, militarista y machista, con lo cual se proscribe y desvaloriza toda su aportación. Con estas últimas aportaciones desde posiciones radicales de la geografía como las mencionadas parece mediar una insalvable distancia con las nociones de paisaje que se tenían a finales del siglo XIX, por decir. Apostar por lo próximo y lo háptico, por la experiencia subjetiva del paisaje, parece que poco tiene que ver con esa necesaria distancia con la que el pintor plasmaba en sus telas “el país” y aún con la práctica tradicional del geógrafo basada en la “aprehensión de la parte visible del territorio” (Frolova y Bertrand, 2006: 259). Ante esta polémica cabrá adoptar la postura que proponía Horacio Capel a partir del debate entre cuantitativos y neohistoricistas y que tomaba a su vez de Ernst Cassirer: “el examen atento de la racionalidad de la parte contraria [que] le permitirá rectificar las propias convicciones y aceptar la parte de razón en las críticas que les dirijan los contrarios” (Capel, 2012: 404). Se hace necesario desarrollar vías de comunicación entre estas dos visiones contrapuestas del paisaje que enriquezcan el discurso geográfico y su compresión del territorio, de la sociedad y del individuo. Es en este sentido que el hecho de reunir a especialistas sobre el paisaje en un libro colectivo como el que se introduce aquí, adquiere en estos momentos mayor razón de ser. Primero, por las iniciativas que desde hace unos años y, sobre todo, en 2012, como se ha dicho, han habido a nivel internacional y nacional en torno al paisaje. Y segundo, y quizás más importante, por convertirse en una obra hasta cierto punto pionera en México. Pionera por cuanto intenta vertebrar la serie de iniciativas internacionales que se han venido dando en la última década sobre el paisaje con toda una serie de elementos y características de una reflexión propia, surgida desde la academia mexicana, reflejada en no pocos de los textos que se recogen en este libro.
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ESTRUCTURA DE LA OBRA En el primero, El paisaje desde la geografía, se recogen tres reflexiones teóricas sobre el paisaje, surgidas desde la geografía. Reflexiones estas que ponen sobre la mesa el carácter geográfico del concepto y el papel de la disciplina geográfica como modulador del mismo. Un segundo apartado lo hemos titulado Múltiples miradas sobre el paisaje, donde se recogen seis trabajos que buscan entender el paisaje desde reflexiones interdisciplinarias y en relación a diferentes culturas y diversos tipos de espacialidades. Un entendimiento, por otro lado, necesario dado lo poliédrico del paisaje y que conlleva múltiples miradas culturales. Un tercer apartado titulado El paisaje en México, recoge cinco trabajos que se abocan a analizar el paisaje en México desde diferentes perspectivas disciplinarias. Como ya indicábamos más arriba, los tres primeros textos que forman parte de este libro son parte de un esfuerzo por fijar algunas propuestas teórico conceptuales para entender el paisaje desde una visión disciplinaria geográfica. El texto que abre el primer bloque de temas se titula El paisaje en la geografía moderna, de Nicolás Ortega, reconocido catedrático del departamento de geografía de la Universidad Autónoma de Madrid. En él ubica los rasgos más destacados del modo de entender el paisaje promovido por la geografía moderna. En este sentido desde el siglo XIX, la tradición geográfica ha contribuido a conformar un nuevo modo de entender el paisaje integralmente que responde a la doble intención de explicar y de comprender el paisaje. Esto es, que la Geografía no se ha limitado a ver el paisaje como una configuración formal susceptible de ser descrita y explicada, sino que se ha empeñado en descubrir también en él valores y cualidades que hay que comprender. La observación y contacto directo con el paisaje está estrechamente vinculada a la experiencia viajera. Es por ello que los geógrafos modernos incorporan regularmente los procedimientos de la literatura de viajes, procurando mejorar así su capacidad para comunicar cabalmente las experiencias —experiencia del viaje, experiencia del paisaje— a las que se refiere. Todo esto es lo que pone en juego el modo de ver el paisaje promovido por la geografía moderna. El segundo texto contenido en el libro es Conocimiento geográfico del paisaje y políticas públicas. Estudios y experiencias de gestión a distintas escalas, una reflexión de Rafael Mata Olmo, también, profesor titular del departamento de geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, destacado especialista en temas de paisaje y ordenamiento territorial. Mata Olmo aborda la misma renovada preocupación por el paisaje en la disciplina geográfica, lo que para los geógrafos implica un exigente despliegue de argumentos para responder
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desde el rigor y la ética a la creciente demanda social de paisajes habitables; a interpretarlos y divulgarlos; a conservarlos y mejorarlos. De esta forma el autor reconstruye una trama argumental que articula dos perspectivas: una más bien teórica que recorre las principales definiciones elaboradas desde la geografía sobre paisaje. Especial cuidado se otorga a las aportaciones emanadas desde la disciplina que se han incorporado a recientes tratados y normas nacionales e internacionales sobre la política paisaje. Y por otro lado, este texto plantea claramente una preocupación metodológica y empírica respecto de la cual si bien no existe un método único y acordado para la caracterización del paisaje, el autor considera que las iniciativas a favor de la defensa y gestión de los valores del paisaje encajan mejor en la política urbanística y de ordenación del territorio y en los planes o instrumentos de planificación. Cierra el contenido de la primera parte de esta monografía el texto El orden natural del paisaje en la geografía física actual de Arturo García Romero, investigador del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México. Este trabajo se centra en el caso del Análisis Integrado de Paisajes, una línea de investigación de la que él es introductor en México, a partir de las enseñanzas del Dr. Julio Muñoz, de la Universidad Complutense (España), que ha cobrado gran interés en el ámbito científico nacional, pero para la cual, aun son escasas las referencias nacionales que le dan difusión y los estudios de caso son insuficientes. El autor presenta los criterios básicos para la definición de la estructura espacial y dinámica del paisaje, con especial interés en su utilidad como herramienta de análisis territorial o geográfico, y bajo la consideración de la diversidad de enfoques que a lo largo de una amplia trayectoria histórica de aplicación se han desarrollado. En el segundo bloque de temas, bajo el título Múltiples miradas al paisaje se presentan seis trabajos que comparten la preocupación por entender el paisaje desde reflexiones interdisciplinarias y en relación a diversos tipos de espacialidades y a diversas culturas. Son textos donde se profundiza en algunos procesos distintivos del paisaje y en otros se buscan lecturas integradoras del mismo. Así, en La (re) invención de las imágenes de la Pampa argentina. De los paisajes pictóricos a los paisajes performativos de Perla Zusman, geógrafa e investigadora del CONICET argentino, hace un recorrido por algunas de las miradas artísticas y científicas que definieron las características del paisaje pampeano. Estas se encuentran asociadas a ciertos atributos morales y políticos que fueron otorgados a la pampa. La autora retoma los paisajes que se están produciendo en la actualidad en el campo pampeano, los que a su juicio aún no cuentan con nuevos referentes pictóricos o literarios propios. Sin
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embargo, estos nuevos paisajes recurren a las imágenes literarias, pictóricas y científicas construidas a lo largo de la historia política argentina para mostrar su raigambre en aquella tradición y naturalizar el tipo de relaciones sociales que se entablan en el marco de las transformaciones actuales. En su argumentación, estas imágenes históricas son superpuestas a algunos de los paisajes producidos en la actualidad como son los “paisajes performativos”, asociados a la práctica deportiva del polo, una actividad que viene desarrollándose y expandiéndose desde la década de 1990 en el campo de la provincia de Buenos Aires. Una conclusión central es que las primeras miradas artísticas y científicas sobre la pampa son incorporadas a los paisajes performativos del polo con la finalidad de definir una ruralidad idílica criolla. El segundo texto de este apartado se presenta bajo el título Concepto y vivencia del paisaje en la antigua China, firmado por María Teresa González Linaje, experta sinóloga e investigadora en arte y estética comparada en el Instituto de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana. En él, la autora busca acotar los márgenes de un vocablo: el paisaje, el cual ha transitado por todas las manifestaciones señeras de la sociedad china. Así, hablar de paisaje en China es hacerlo de la Naturaleza, en mayúscula, ya sea a través de un paseo por el entorno natural, o mediante la visualización de una pintura, o su representación en un jardín chino tradicional, e incluso en una ceremonia del feng shui, antes de construir u ocupar una casa. Asimismo, González Linaje subraya que en la antigüedad china el paisaje es una experiencia vital, de contemplación superior, tamizada por la espiritualidad del taoísmo, surgido en una época pretérita que conjugaba elementos chamánicos y rituales; posteriormente se aúnan la filosofía y la geomancia. Su impronta pervive en todas las grandes manifestaciones artísticas de China, y afecta por igual a todos los estratos cultos de la sociedad. Sin abandonar unas espacialidades concretas pero enfocándose en aspectos perceptuales e incluso psicológicos se presenta la evocación por espacios extremos ya sea por lo físico, geográfico o climático asociados a lo distante o lo sublime en la reflexión Paisajes polares. Reflexiones en torno a lo extremo, de Martín Checa-Artasu, profesor titular de la licenciatura de Geografía humana de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. El autor reconstruye la idea de que los paisajes extremos de los entornos polares pueden ser entendidos como paisajes culturales, en tanto el concepto de paisaje es inherente a las formas culturales del hombre occidental y que por ello, podemos detectarlo, mismo en cualquier ambiente aun por extremo y uniforme que parezca. Lo extremo desde su perspectiva se yuxtapone al ejercicio de con-
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trol y dominio realizado por el hombre para resolverse como un elemento de tensión entre el hombre y la naturaleza. Una conclusión importante es que la uniformidad que presentan estos paisajes es engañosa, puesto que tras ésta, se amagan las características de un entorno geográfico, de un paisaje, que además sirven para explicarlo en cuanto a su vitalidad, su tectónica y su formación. En esta línea argumental se puede afirmar que no hay paisajes uniformes, o mejor dicho, que la supuesta uniformidad no impide que no haya paisaje. Asimismo se concluye que la presencia del hombre y su acción transformadora expresada en un paisaje, también nos acerca, en no pocos casos, a planteamientos en torno a lo que de sublime tiene el paisaje. Una tesitura similar, ahora donde lo extremo es producido por un desastre natural productor de unos paisajes que visualizan una nueva realidad que concentra el drama de la pérdida pero a la vez la esperanza y deseo de la reconstrucción, se presenta en el trabajo de Paula Soto Villagrán, profesora titular de la licenciatura de Geografía humana de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, y Nicolás Gissi Barvieri, docente en el Depto. de Antropología de la Universidad de Chile. Así, los autores en Paisaje urbano, cultura y desastre: el terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2012 en Chile desarrollan una reflexión en torno al terremoto del 27/F ocurrido en Chile poniendo énfasis en las dimensiones culturales de la relación entre paisaje, territorio e identidad. Los autores proponen entender las diferentes dimensiones desencadenadas por un fenómeno de tal magnitud como un “Paisaje simbólico”, que articularía por un lado, un sentido colectivo de desamparo y descomposición social extendido en el territorio y que desde su perspectiva se transforma en un elemento único y nuevo, que marca la memoria colectiva y las imágenes mentales a través de las cuales se designa una realidad. Pero también por otro lado: articularía la reconstrucción del territorio mediante un nuevo tejido de las relaciones sociales y políticas de los afectados. En este proceso de reconstrucción la identidad y el territorio son claves fundamentales para comprender integralmente el fenómeno analizado. Un viraje de orden cultural nos lo propone el texto de Armando García Chiang, profesor titular de la licenciatura de Geografía humana de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, intitulado El camino a Mordor. Paisaje y territorio en la literatura fantástica. El autor elabora un análisis que acercan la literatura y la ciencia geográfica a través del estudio de la obra más conocida de John Ronald Reuel Tolkien El Señor de los Anillos. En esta perspectiva se argumenta que en la creación de esta obra literaria se construye una geografía propia donde el territorio es uno de los protagonistas de
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la historia y no solo el contexto donde actúan sus personajes. Según el autor, Tolkien desarrolla hábiles y detalladas descripciones de paisajes intrínsecamente ligados a las comunidades que los habitan. Recoge minuciosamente los itinerarios que recorren los personajes de la obra y nos muestra una particular construcción geografía del paisaje claramente desde una mirada cultural, algo que el cine, a través de la saga dirigida por Peter Jackson ha sabido vertebrar perfectamente e incluso integrar en unos paisajes reales como son los de Nueva Zelanda. Una conclusión interesante es que esta aproximación entre literatura y geografía es vista como de utilidad incluso pedagógica para la enseñanza de la geografía. Un acercamiento a la concepción del paisaje desde el arte, nos lo proponen, como último capítulo de este bloque, Liliana López Levi, profesora titular en el Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, y Blanca Rebeca Ramírez, profesora titular en el Departamento de Teoría y Análisis de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Lleva como título Arte y paisaje en la modernidad. Su contribución invita a volver la vista atrás y recuperar lo que la geografía ha olvidado de las artes. Para ellas, el esfuerzo actual de conceptualización actual del paisaje debe reflexionar sobre las formas como se concebía y se representaba en distintos momentos de la historia. López Levi y Ramírez parten del ejercicio de definir lo que es el paisaje y en un segundo momento vinculan a la geografía y la pintura, a través del paisaje, apuntando que se trata de dos formas de representación del mundo, que ellas intentan hacer convergir. En ese sentido, las autoras apuntan que si bien el conocimiento implica creatividad y la creatividad conocimiento, solemos separar sus productos. No obstante, abundan los momentos en que estuvieron juntos. Con la modernidad, el conocimiento y el arte se fueron separando de manera tal que la descripción del paisaje rural que hacían los geógrafos a principios del siglo XX, pertenecía al mundo intelectual; en cambio, las obras pictóricas, que podían reflejar los mismos lugares, se encontraban en terrenos del arte. Liliana López Levi y Blanca Ramírez sostienen que desde las artes plásticas, en general, y la pintura, en particular, se debe aprender a no reducir el paisaje a la parte material, sino recoger también las emociones que quienes la generaron plasmaron en sus lienzos. El tercer grupo de aportaciones están agrupadas bajo el título El paisaje en México y comprende cinco trabajos que se abocan a analizar el paisaje en mexicano desde diferentes perspectivas disciplinarias. Son ejemplos de las enormes posibilidades que el análisis del paisaje tiene en el país azteca e incluso, un aviso del ingente trabajo que queda por hacer. El primer texto se titula
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Un paisaje que no es bien visto. El pueblo huertero de Atotonilco El Alto, está firmado por José de Jesús Hernández López, doctor en antropología social e investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social Occidente. Este trabajo apunta que la aceptación por parte de la UNESCO de los paisajes culturales como categoría patrimonializable tiene apenas un par de décadas y que uno de los objetivos de esta acción fue valorar saberes y prácticas culturales materializadas en la relación sociedad-naturaleza. Sin embargo, con ello se abrió la puerta a la transformación de paisajes para convertirlos en mercancía, en generadores de riqueza económica. Para Hernández López, la construcción de un paisaje como patrimonio cultural implicó el tránsito del reconocimiento del valor de uso y sentido social de las estrategias de adaptación al entorno, hacia la agregación de la estética en aras de retornarlo a un pasado imaginado, y la posibilidad de ganar valor económico y prestigio regional o nacional. Tras conceptualizar el paisaje como un sistema de pequeños paisajes o unidades de paisaje, el autor elige el pueblo huertero de Atotonilco El alto en Jalisco, para visibilizar la existencia de un exitoso modo de producción, opacado hasta ahora por una voraz mancha urbana y por la vistosa industria tequilera atotonilquense. Continuando con un análisis donde el paisaje surge apegado a una realidad territorial que pone en evidencia un sistema productivo concreto y local, Luis Felipe Cabrales Barajas, profesor del departamento de Geografía y de ordenamiento territorial de la Universidad de Guadalajara nos presenta El paisaje agavero. Un modelo claroscuro de gestión del patrimonio cultural. En él, aborda un ejemplo de la nueva ruralidad mexicana: la multifuncionalidad de un territorio con gran personalidad geográfica, portador de una vieja vocación agraria, asociado con la producción de tequila. Se trata de la comarca formada por los municipios jaliscienses de El Arenal, Amatitán y Tequila, los cuales, según el autor, se ostentan como lugares embrionarios del tequila y en menor medida Teuchitlán y Magdalena. Cabrales liga el ordenamiento territorial al paisaje utilizando la declaratoria como Paisaje agavero y las antiguas instalaciones industriales de Tequila, que implica la valorización y gestión de ese territorio a través de un Plan de Manejo. El autor afirma que si bien el Estado encuentra obstáculos estructurales para hacer efectiva la práctica del ordenamiento territorial, el hecho de no acertar en planteamientos teórico-metodológicos vinculados con una categoría compleja y polisémica como lo es el paisaje, implica que la noción de paisaje está desdibujada y carece de instrumentación efectiva. Por lo tanto, las prácticas de aprovechamiento agrario y turístico-cultural uti-