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MIGUEL GRANDE YÁÑEZ
ÉTICA MARXISTA Y CRISTIANISMO
La aproximación y cercanía entre el marxismo y el cristianismo, problemática crucial en buena parte de la segunda mitad del siglo XX, es retomada y repensada en esta obra que trata así de trascender la confianza del liberalismo social occidental, pues como denuncia el Papa Francisco el hambre en el Mundo hoy, más que nunca, constituye un escándalo. La reacción radical contra la pobreza es compartida por el marxismo y el cristianismo, así como la búsqueda de la liberación de un hombre esclavizado por el pecado o por la alienación. No obstante, ambas corrientes no pueden confluir en plenitud pues la entraña de la espiritualidad cristiana se contrapone con la cosmovisión materialista de la existencia marxista. La búsqueda de una ética marxista enhebra las reflexiones de este libro en las que el diálogo con Kant, Hegel y Rousseau también está presente. Aunque Marx negará la moral tradicional y la moral burguesa, su propuesta filosófico-económica aboca a la construcción de lo humano a partir de la dignificación del trabajo y la comprensión del hombre como ser no egoísta sino social. Así la preocupación por un Mundo justo vuelve a constituir un engarce con el cristianismo para el que también la caridad y la fe, sin la justicia, son insuficientes.
ÉTICA MARXISTA Y CRISTIANISMO MIGUEL GRANDE YÁÑEZ
Miguel Grande Yáñez Nace en Castellón, el 25 de agosto de 1969. Es Licenciado en Derecho por ICADE-Universidad Pontificia Comillas. Diplomado como Asesor de Empresa por ICADE-Universidad Pontificia Comillas. Doctor por la Universidad de Valencia. Desde 1997 es profesor en ICADE-Universidad Pontificia Comillas. Desde 2005 es profesor propio de esta institución, teniendo actualmente la categoría de profesor propio agregado. En esta Universidad ha desempeñado varios cargos de dirección como Jefatura de Estudios durante varios cursos académicos. También desde 2006 hasta la actualidad es Coordinador del Área de Filosofía del Derecho de ICADE-Universidad Pontificia Comillas. En esta Área de conocimiento ha desplegado buena parte de su docencia en asignaturas como Filosofía del Derecho, Teoría del Derecho y Ética de las profesiones jurídicas. Además de sus artículos científicos, capítulos de libro, organización de congresos y ponencias, Miguel Grande Yáñez es autor de nueve libros de temática intelectual diversa, como la figura y el pensamiento de Baltasar Gracián, o estudios pormenorizados en varios libros de la ética de las profesiones jurídicas. Entre sus obras destacan Ética de las profesiones jurídicas, editado por Desclée de Brouwer en 2006, De Cervantes a Calderón. Claves filosóficas del barroco español, editado por Dykinson en 2012, y Filosofía del Derecho Hermenéutica, editado por Tecnos en 2018. A estas obras suma ahora en 2020, Ética marxista y cristianismo.
ÉTICA MARXISTA Y CRISTIANISMO
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
ÉTICA MARXISTA Y CRISTIANISMO
MIGUEL GRANDE YÁÑEZ
tirant humanidades Valencia, 2020
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© Miguel Grande Yáñez
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17973-92-6 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicasde-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
ÍNDICE I. APROXIMACIÓN A LA ÉTICA MARXISTA DESDE LA FILOSOFÍA HEGELIANA........................................................... 9 II. CLAVES FUNDAMENTALES DE LA ÉTICA MARXISTA.... 43 III. EL MARXISMO EN LA HISTORIA DE LA ÉTICA DE LA LIBERTAD....................................................................................... 79 IV. LIBERACIÓN Y POBREZA EN EL CRISTIANISMO........... 99 V. LUCHA MARXISTA Y AMOR CRISTIANO.......................... 131 BIBLIOGRAFÍA............................................................................. 147
I. Aproximación a la ética marxista desde la filosofía hegeliana Como en el pensamiento marxista en general, la posibilidad de una ética marxista requiere una incursión y un desarrollo respecto de la filosofía de Hegel. La transmutación en el pensamiento que Marx genera acogerá este cambio en la posible ética, donde, el materialismo (como abandono del idealismo) delimita la esfera. En Hegel la presencia de la ética como moralidad y como ética-política es nítida y pormenorizada. El modo de la variación marxista tendrá también consecuencias éticas, aunque sea como abandono o negación, que puede devenir en nueva afirmación. En la titánica creación literaria de Marx no se produce un propósito nuclear y premeditado para establecer una teoría ética con fundamentaciones y delimitación, al modo del filosofar moral. Ahora bien, las consecuencias socio-políticas de la filosofía marxista sí originan una eticidad en aspectos humanos y sociales. No se trata de una teoría de máximas, imperativos o derechos, ni tampoco de axiomas de fundamentación moral. Pero sí está presente una concepción de lo humano ontológica de la que se extraen actuaciones prácticas y medidas sociales, todo ello desde la perspectiva epistemológica del materialismo, como histórico, dialéctico y económico. Desde esta atmósfera de reflexión debemos abundar en esas acciones y propuestas, y ese modo de reflexión nuevo exige también la exploración hegeliana de cuya agitación omnicomprensiva se origina. ¿Qué es el hombre? La entidad ontológica es la de un trabajador en sociedad, y como tal tiene que vivir, actuar y convivir, y también existir. Y por eso surge la otra ética que es constante en las reflexiones de Marx: la denuncia, dada la presencia socio-histórica de las injusticias. Las estructuras no le permiten al hombre proyectar su esencia como trabajador y ser social. Por ello la ética empieza siendo negación de la realidad, juicio condenatorio; y tras ello una propuesta en la que el sujeto es anulado en favor de la dimensión social esencial de la existencia. No podemos negar cierta idea, pues, aunque no de abstracción sino de nueva construcción de la realidad social.
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Lo cierto es, pues, que el hombre se ha rebajado a mercancía, se ha cosificado, y por ello debe recuperar su ontología como trabajador, propio y creativo. Late también en esta argumentación de la negatividad o de denuncia de la realidad, la idea de la dignidad, pues, frente a lo que sucede, el hombre no puede ser rebajado a la más miserable de las mercancías. En esta concepción en cierto modo salvífica, la comprensión de lo humano frente a Hegel y el pensar tradicional, no está en el espíritu o en la metafísica, sino en lo económico. Esta negación de la esencia está, así, propiciada por la competencia feroz y por el monopolio inhumano. La estructura real económica motiva una reacción en la que la ética como consideración de lo mejor para el hombre está presente. Esta reacción, sin embargo, no origina comportamientos de deber individuales, sino una nueva estructura económica, pues el hombre es en cuanto a ser, ser social. Es llamativa esta lectura y construcción económico-ética. Marx no abandona la psicología moral del hombre, ya que en la historia social lo que se está manifestando constantemente es la (insana) codicia. Hasta el punto de contemplar la competencia como una (indebida) guerra entre seres codiciosos1. Se rememora así el enfrentamiento hobbesiano de los individuos entre sí. Hobbes sí pensaba que esto era inevitable y requería del acuerdo y del poder. Sin embargo Marx siempre va a insistir en su ontología moral que el hombre no es individual, no es egoísta por esencia, sino ser social cooperativo. Por eso en el fondo, como sucede en la religión judeo-cristiana late la idea de la “caída”. La concepción de pérdida del ser conduce a la pobreza, contra la que hay que combatir en la nueva estructura económica que no debe permitir que el ser humano viva en la precariedad. Esta preocupación es constante en Marx, erradicar la posibilidad de pobreza, mediante un nuevo orden social. La pobreza es también canalización sustancial en la religión judeo-cristiana, si bien el arma que se blande para su lucha está más anclada en el corazón humano de cada hombre, como desprendimiento, y no en la organización socio-económica. Marx clama contra la pobreza de los obreros, que acrecientan esa situación de miseria, cuando materialmente son ellos los que incrementan la riqueza. 1
Cf. Marx, Manuscritos de economía y filosofía, Alianza, Madrid, 2013, p. 133.
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La vida del trabajador sólo a él le pertenece, y no es propiedad del capital ni tampoco del propio objeto producido. El trabajo que enajena y aliena al hombre destroza la esencia de lo humano. Marx concibe un hombre como trabajador que está unido con la naturaleza, y que el capitalismo ha desposeído, pues su modo de producción y los objetos producidos y su propiedad no son propios de la esencia de lo humano. El hombre es parte de la naturaleza y su modo de trabajar no es natural. En la ontología marxista al propio hombre trabajador está asociada su propia actividad y sus frutos, y si esto no pertenece al hombre se desencializa. El resultado del trabajo, es también propuesta ética, no puede ir a parar a otro ser que no soy yo. El trabajador en la estructura capitalista sólo puede sobrevivir cuando trabaja para otro; esto es menesteroso, y no trabajar supone perder la existencia. La economía política capitalista sólo contempla al trabajador ajeno. El modo de producción forja entonces, explicita Marx, un ser deshumanizado2, pero además, añade, no sólo físicamente sino también espiritualmente, pues esta dimensión sí existe para Marx en el hombre como social y como trabajador. Cuestión distinta es que se sustancialice en el filosofar como hace Hegel. A esta deformación de la esencia de lo humano, la juzga Marx como inmoralidad. El capitalista burgués también vive, existe, alienado en su ser, perdido de sí mismo por la codicia, que es individualismo nocivo. Este hombre codicioso arruina su corazón y su espíritu; y así nuevamente brota la competencia como modo de existencia económica no ético. El dinamismo del burgués se torna en competencia, y esto contrasta con la parálisis existencial del terrateniente, quien también sojuzgaba a sus siervos en su búsqueda de placeres y molicie, en su vida en los que Marx llama los talleres de los románticos castillos. La idea de libertad de la burguesía es falsa. El burgués, vilmente, ha engañado al pueblo, al trabajador, en su posibilidad de libertad, como es el caso de las egoístas declaraciones de derechos. Y es que en Marx la idea de la libertad es básica en su ética, y la misma queda conformada como constructo social, no lejano de la filosofía de Rousseau. La libertad tiene que ser para todos, es libertad igualitaria, y no una libertad minoritaria asentada en la propiedad de los medios 2
Cf. ibídem, p. 154.
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de producción. No es posible hablar de libertad universal cuando las necesidades primarias no están satisfechas. La ontología existencial es fundamental en el estudio de Marx, pues el capitalista en su modo de producir, que es un modo de vivir, niega la existencia del trabajador. Entre capitalistas y trabajadores se produce una guerra de existencias vitales. El hombre, frente a lo que oculta la historia y cierta filosofía, no es individualista ni egoísta, sólo que su existencia se ha precipitado al vacío, ha tomado el camino éticamente perdido y equivocado. Por eso el comunismo es, en cierto modo, una reconstrucción ética. El comunismo en primer lugar supone la vuelta del hombre a sí mismo. Es la salvación de la caída ontológica. Y en este camino ontológicomoral es preciso reconsiderar el valor y el uso de la propiedad que ético-jurídicamente no puede ser privada, individual, egoísta. Precisamente esta concepción ética del comunismo le conduce a Marx a hablar del mismo como humanismo y naturalismo. Con el comunismo el hombre recupera su naturaleza perdida, esclavizada. El comunismo es liberador. Con el comunismo la esencia del hombre podrá existir plenamente y el ser como ser social se comprenderá parte del género, y de este modo la Historia de la existencia material se encauzará y enderezará. Marx comparte con Cristo la inflexión en el decurso de la historia, una nueva mirada para que en la misma el hombre que vaga perdido pueda encontrarse y realizarse. Los caminos son bien distintos. Todo pende de la ley estructural económica. El materialismo económico es el conocimiento epistemológico de la existencia, y él mismo todo lo condiciona: religión, familia, Estado, moral, ciencia y arte. Porque la moral con la que el hombre ha vivido no es de la que aquí hablamos. Y para esta economía la esencia de la naturaleza humana es la del hombre social, la de un hombre que existe socialmente para otro y no individualmente para sí. También el cristianismo denunciará el egoísmo, pero pone el amor de Dios como solución, y no a la construcción económica. Para Marx en la sociedad tiene lugar la plena unidad esencial del hombre con la naturaleza3, la realización natural y humana del ser. Siempre que actúo como hombre, aunque en alguna ocasión puede hacerlo individualmente, lo hago 3
Cf. ibídem, p. 176.
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como ser social. La conciencia del hombre no puede ser la autoconciencia de la contemplación hegeliana, sino la de constituir un ente social, y que para la sociedad existe. Así se nos muestra Marx como auténtico filósofo, crítico con la modernidad liberal del pensamiento de Hobbes y Locke. Porque en la filosofía tiene que evitarse dada la ontología-ética convertir a la sociedad en una abstracción frente al individuo. El hombre no es un individuo (aislado), sino un ser social y un ser para lo social. La sociedad no es abstracta, es material, real y muy humana, pues otorga existencia al hombre como trabajador. La sociedad auténtica, ética, guía la plenitud de lo humano, y rompe con dialécticas peligrosas como el espiritualismo. La Filosofía no puede levantarse desde las ideas, sino desde la realidad social. Lo contrario es la pérdida del hombre, de su ontología, su caída, su enajenación, en definitiva su alienación. La Filosofía, e intensamente la de Hegel, ha engañado al hombre con la contemplación de las ideas y el aislamiento de la auténtica realidad ontológica que es la de un ser trabajador. El pensamiento que se capta a sí mismo de forma abstracta no sólo es estéril sino que supone también una alienación. Marx recupera el concepto de naturaleza como realidad social para el hombre. El materialismo no es una simpleza, sino el camino de la autenticidad, ese camino que Hegel con su concepción de los espíritus de la existencia había errado, y que trajo nefastas consecuencias éticas. Pero el espíritu no es la esencia de lo humano, y más en su forma especulativa y desarrollando objetivaciones que abruman al hombre. Este hombre que no es individual es también un ser genérico, y como tal tiene que percibir su ética. Así Marx valora la exteriorización, como el trabajo, antes que el ensimismamiento. Ser un ser genérico es comprenderse también como ser cooperativo, por naturaleza, sin artificios hobbesianos nacidos de la competencia. Hegel tampoco comprendió esta fuerza social del trabajo humano, y su lectura también fue aquí la de la abstracción espiritual. Un ser que se objetiva en su autoconciencia no puede dejar de ser un ser egoísta; esto es el egoísmo hegeliano como pensamiento de la autoconciencia.
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El hombre como ser vivo natural posee fuerzas objetivas y materiales con las que establece su Mundo real como exterioridad, y que no se halla sometido a ideas, y menos inmutables. Esta es la naturaleza del hombre para Marx, que en cuanto ser social se trata de un naturalismo. En esta línea también entiende Marx que, además, el hombre es un ser corpóreo y sensible4, el cual exterioriza su vida en objetos reales, y en ello sobresale el trabajo. Si el ser no tuviera objetos naturales y exteriores, sería un absurdo. Por eso la ética de Marx no puede presentarse como ideas jerarquizadas, sino como acciones liberadoras del ser. En esta misma línea sensitiva y material, sostiene Marx, frente a la tradición ontológica-racional, que el hombre es un ser apasionado, pues con la pasión el hombre desenvuelve su energía hacia los objetos. La pasión natural del ser no puede conducir a un proceso reflexivo, sino a un dinamismo de actuación. La preocupación ontológica-ética de Marx es máxima, por eso denuncia las falsas esencias como el Derecho, la Política o la Religión, y más cuando nacen de una estructura económica que aliena al ser. En esta concepción ontológica social del comunismo resulta clave la negación del elemento que impedía su devenir, esto es, el derecho de propiedad privada, que niega la posibilidad de manifestación del hombre como ser social. En esta concepción salvífica del comunismo, el mismo es también un humanismo. De este modo en Marx está muy presente la idea ontológica-ética de la plenitud del ser, de realización vital, que constituyen para su esencia el comunismo y el ateísmo. La distancia con Hegel es cada vez más lejana, pese a partir en la fuerza del filosofar de su legado, pues la ontología real del ser se desenvuelve en la actuación práctica del trabajo como social, y no en la autoconciencia del ser abstracto pensante. Esa idea abstracta no es conforme a la naturaleza y por lo tanto no puede originar ética alguna. La idea abstracta de por sí no es nada, cuando el hombre es dinamismo actuante en la realidad. Por eso una primera liberación es para la propia naturaleza, en su huida de la abstracción. Con ella sólo generamos la idea contemplativa, que no ayuda al desarrollo natural de la Historia, y que encubre una economía alienante. Los contenidos, las determinaciones, que eran secundarias en Hegel, se 4
Cf. ibídem, p. 238.
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convertirán en Marx, como economía e historia en esenciales, pues de este modo su filosofía tiene que contemplar una ética. Marx5 denuncia la alienante mística del contemplar la idea, la cual además genera el tedio y la nostalgia de contenidos. Así Marx reprocha a Hegel que su abstracción gira en torno de sí misma, y que su crítica adolece de una abstracción consumada como determinación, y por ende real. Este es también el error metodológico de las tradiciones filosóficas que no comprendían el desenvolvimiento actuante de la naturaleza, y la contemplaban abstractamente y por ello ajena a lo humano. La esencia no puede estar en la idea, por eso no puede ser la ética consecuente con una ley natural moral humana. El ser humano es sensible en su existencia y en ella debe hallarse la ética como determinación activa y de igualdad. La problematicidad filosófica es práctica en toda su extensión, como lo es la verdad, que obedece a la epistemología del materialismo histórico-económico, en el cual como realidad tiene que tener cabida la ética. La esencia social del hombre es tan fundamentalmente radical que las otras realidades, creencias e ideas son por ello productos sociales de una conciencia histórica determinada. Por eso Marx le reprocha a Feuerbach que el materialismo no puede ser contemplativo, sino que tiene que acoger la sensoriedad como actividad práctica6. El materialismo es también problema filosófico universal y se corresponde con la humanidad socializada. Así dicta Marx que la función de la Filosofía no es hermenéutica, no se trata de interpretar la existencia y el Mundo, sino de actuar en ellos transformándolos, superando la caída de la alienación. El filosofar del hegelianismo se aferró a los conceptos generales, hasta avanzar hacia el espíritu absoluto, pero esto no correspondía a la esencia humana y a sus posibilidades. Ninguno de los filósofos hegelianos se preocupó, en consecuencia, por la realidad de Alemania7, y su propio mundo material que le rodea. Para Marx el punto de partida es la organización corpórea de los hombres vivientes y su comportamiento hacia el resto de la naturaleza. La vía moral tiene 5
6 7
Cf. ibídem, p. 250. Cf. Marx y Engels, Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos, Grijalbo, México, 1970, p. 12. Cf. Marx y Engels, La ideología alemana, Universitat de Valencia, 1991, p. 34.
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que enraizarse con esta premisa práctica. La diferenciación esencial del hombre con los animales no es de concepto, sino del modo de producción de sus medios de vida, así como de otros objetos, y está condicionado por las posibilidades corporales. La ontología se economiza, en el sentido de que el hombre es conforme a sus condiciones materiales de producción. La conformación social depende de cómo se desenvuelva el trabajo, y por eso la división del trabajo configura una determinación convivencial muy precisa que se aleja de la ética por las condiciones vitales que crea. Con la división del trabajo el hombre produce y crea disociado de su voluntad; el hombre no trabaja en lo que quiere, y así resulta alienado. Dada esta fuerza ontológica del trabajo en sociedad, las otras formas de conciencia son solo apariencias, no sustantivas, y como tales volubles, variables, esto es ideologías: la moral, la religión, la metafísica, la política…de ellas no puede brotar la ética del ser objetivo, material y social. Nuevamente el elemento existencial es determinante, hasta el punto de sostener que no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. El desarrollo ético de la producción es un determinado modo de cooperación como fase social. Por eso el espíritu, aunque existe no es liberador, pues está preñado de la materia. La conciencia es un producto social, y la misma debe manifestarse en el Mundo inmediato y sensible, y no en las ideas abstractas. La primera función de la conciencia ha sido la superación de la naturaleza animal y la comprensión de la cooperación como libertad. La división del trabajo discriminó a los hombres separando el trabajo físico del intelectual, posibilitando e impulsando la creación de teorías puras alienantes. La división del trabajo atenta así a la ética, porque con ella cada hombre se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades que le resulta impuesto, y del cual no puede salirse. Sin embargo en la sociedad comunista, el sueño de Marx es que las actividades no sean exclusivas, sino que cada hombre, y así apela a la realización de la libertad, pueda desarrollar sus aptitudes del modo que mejor le plazca, y que sea la sociedad la encargada de la producción general. Así la utopía es que durante un mismo día un hombre pueda ejercer como cazador, pescador, ganadero y filósofo. Se trata de un desarrollo ético de la idea del ser como trabajador
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que aspira a la libertad. Sin embargo, en la convivencia social que el hombre sufre no existe conciencia social, de modo que los individuos sólo persiguen su interés particular, no siendo conscientes que su auténtica esencia tiene que guiarles hacia un interés común y general, hacia el cual encauzar su trabajo. Esta apreciación puede no estar exenta de contradicción, pues en la sociedad comunista cada uno desarrolla una actividad según le plazca a sí mismo. Para Marx, el comunismo no se trata de una idea de estado, sino de un momento real, de una existencia concreta para el hombre, la cual tiene que anular y superar la situación actual convivencial y de poder. Aquí será necesaria la ética de la lucha, sin la cual la utopía es inalcanzable; pero es sólo el medio que facilita una vida éticamente idílica, pero tal vez imposible. La ética no puede brotar de la conciencia o del espíritu, sino de las condiciones reales y prácticas de la economía, porque auténticamente la ética es material. El estado actual de cosas ha nublado al hombre de su esencia social, favoreciendo el egoísmo. A éste no se responde con el amor, sino con la concepción del ser como social. Marx, con cierta ingenuidad, propone un reino para el hombre universal, desde su pensamiento también de que el reino de Dios sólo ha existido en la imaginación. El proletario ha sido engañado por los vendedores del reino de Dios, pero ahora en el sistema de producción capitalista asistimos a las condiciones precisas para eliminar las ideas religiosas. Cualquier ética, por tanto, no puede tomar como base la imaginación religiosa y sus derivados imperativos morales. Es el momento de atacar las estructuras porque el proletario vive absolutamente insatisfecho en sus medios materiales. Esto es, la transformación del Mundo existente una vez ha sido interpretado filosófico-económicamente. La construcción de la nueva época se especula, pero queda en realidad como una incógnita. Los profundos problemas filosóficos, sostiene Marx distanciándose de Hegel, se reducen a hechos empíricos puros y simples8. Pero los hechos no son suficientes, también hacen falta ideas, aunque prácticas, más si desmienten la realidad liberal, como es la plena ontología social del ser humano, que sustrae los intereses particulares, y que Marx ensalza como clave de su posible desarrollo ético. La 8
Cf. ibídem, p. 55.
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Historia no tiene espíritu, sino capitales y fuerzas productivas que son explotadas en la sucesión de generaciones. Esto es un hecho material y además verificable empíricamente, y como no se trata de una abstracción, puede ser objeto de transformación. En cada época las ideas no han dominado por su valor metafísico en sí mismas, sino porque correspondían a los intereses de las clases también dominantes. El poder espiritual no surge en sí de la lucidez intelectual, sino del poder material. Los medios de producción material dan vida a los medios de producción espiritual. Pero esto supone un engaño para el hombre, el cual ha sido favorecido por las visiones de las religiones, falsas fantasías. La dominación encierra una lucha de clases en la que el poder se corresponde con la propiedad de los medios de producción. Por ello en la ética marxista, un postulado determinante será la negación del derecho de propiedad privada. Los intereses particulares no pueden ser satisfechos sin los intereses de clases y sus posibilidades reales de dominio. Por eso, cada nueva clase pretenderá dominar a las anteriores, y esta guerra continua de clases sólo se resuelve suprimiendo las clases, cual acto liberador. Cada clase en el poder engaña a las restantes pues presenta sus intereses particulares como generales, como correspondientes a todos los miembros de la sociedad. Y para ello utiliza el engaño filosófico de las ideas racionales y absolutas. Marx descarta la idea de revelación divina, y sólo observa las religiones como productos humanos, como fabricadas por el hombre. Las religiones manifiestan la inmadurez humana, en la que el hombre sigue sin ser consciente de su auténtica esencial ontología, como trabajador para la sociedad. La religión pierde al hombre en un sentimiento imaginativo. Hace soñar al hombre, falsamente, como una droga, como el opio9. En el desarrollo material de la Historia el hombre aún no se ha comprendido a sí mismo y aun no se ha encontrado a sí mismo; esto es el hombre en sí, no la clase dominante ni Dios, con los correspondientes falsos aparatos intelectuales. Por eso Marx propone, no exento de ética, que la función de la Historia reciente es establecer la verdad de la existencia humana.
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Cf. Marx, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Ediciones Nuevas, Buenos Aires, 1965, p. 10.
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La liberación de la alienación religiosa es necesaria, pero no suficiente, pues resulta esencial la liberación de la condición económica que impide desarrollar la auténtica esencia del ser como trabajador, el ser verdadero. Marx cree que una forma muy acabada del Estado moderno alienante se presenta en la filosofía alemana del Estado y del Derecho de Hegel. Esta concepción es inadecuada porque sigue haciendo abstracción del hombre real. Es la visión salvífica de Marx, en el reino de la tierra, que él muestra como la auténtica esencia del hombre real, con la cual construir la convivencia para la igualdad, libertad y felicidad. En el fondo un esquema ilustrado, en su materialización una ruptura con la filosofía previa del hombre. Una vez desmantelada la religión, sólo puede haber un ser supremo: el hombre. En su existencia la humanidad siempre ha permanecido perdida, por eso la tarea, que alcanza la lucha, es conquistar la esencia del hombre real en cuanto social. Desde estas bases hay que comprender la revolución, única y transformadora, no continua. Cuando una clase reclama poder sólo puede hacerlo desde un prisma total, universal, y no reducido a los intereses de la propia clase. En este sentido Marx, en una de las pocas ocasiones en que lo hace, acoge los derechos, pero por supuesto no los del hombre particular e individual, sino lo que él denomina los derechos universales de la sociedad10, pues sin el hombre social, desprovisto de intereses particulares, no puede existir éticamente derecho alguno. La degradación de la Historia humana llega a una etapa decisiva con la aparición del proletario gracias al movimiento industrial, el cual ha provocado artificialmente la pobreza. Marx siempre tiene muy presente éticamente la lucha contra la pobreza porque en la concepción ontológica del ser social, ésta no tiene cabida. Por eso el proletario encarna la completa pérdida del hombre, el estado más avanzado de la alienación humana; es la concepción del hombre como mercancía. El hombre que se piensa como social y cooperativo debe conquistarse. Y para ello es preciso por parte del proletario tomar la medida de la negación de la propiedad privada, que se convierte así en un principio ético social.
10
Cf. ibídem, pp. 38-39.
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La filosofía, sostiene Marx11, debe penetrar espiritualmente en el proletario. Nuevamente vemos como Marx puede acoger al espíritu del hombre, pero sólo cuando no se corresponde con una abstracción ideal, sino con una materialización real, como es el proletario. La filosofía sólo puede ser práctica, esto es ética, y procurar actuaciones, realizaciones, que en este momento deben transformar. La revolución tiene pues, incluso, un fundamento filosófico humanista aunque de nuevo cuño científico. No se pierde el propósito del desarrollo universal de la personalidad humana, si bien se materializa en el proletario. El hombre no puede afirmarse desde la moral utópica del amor o desde la moral alienada del egoísmo. La función del pensar material es encontrar la realización del hombre social y su correspondiente trabajo. Solo en el espacio social puede el hombre expandir esencial y existencialmente su vida. Por ello, incluso, función destacada del juez es destruir los focos antisociales del crimen12. Es en las circunstancias sociales donde el hombre desarrolla su propia naturaleza. La propia existencia es actividad social, de modo que lo que el hombre hace por sí mismo lo hace respecto de la sociedad. En el comunismo la propiedad se convierte en universal, y esto es una apropiación de la naturaleza por el hombre. Con esta apropiación de las fuerzas productivas el hombre no sólo manifiesta su personalidad, sino que también otorga un fundamento sólido a su existencia. La existencia de la vida queda vinculada a la propiedad universal. Esta apropiación universal debe ser efectuada por una asociación. Las disposiciones de los hombres sólo se pueden desarrollar en la comunidad, y este desarrollo posibilita incluso, según Marx, la libertad personal, de la que nunca estaríamos hablando como libertad individual. La fuerza social alcanza hasta la misma Historia mundial, que de este modo no obedece a ninguna fase del Espíritu, sino a una concepción global del hombre social y material. El elemento existencial del proletario acontece en la Historia universal. En esta nueva concepción universal no habrá atisbo de competencia, la cual para Marx 11
12
Cf. ibídem, p. 47. Cf. Rubel, Páginas escogidas de Marx para una ética socialista 2, Amorrortu, Buenos Aires, 1970, p. 209.