CÓMO ESTUDIAR DERECHO Técnicas y herramientas para el aprendizaje del Derecho
Este libro se publica con la ayuda de la Facultad de A.D.E. de la U.P.V. Para ella mi agradecimiento
JOSÉ CARLOS DE BARTOLOMÉ CENZANO Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Politécnica de Valencia
Valencia, 2014
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© José Carlos de Bartolomé Cenzano
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Dedicado a mi “padre académico”, el Profesor Colomer: ejemplo de tesón y esfuerzo. Una de las mejores almas con las que siempre aprendo y me siento feliz Dedicado a mis queridos alumnos de Gestión y Administración Pública de la UPV y de Derecho de la UV, a los que va dirigido este estudio sobre técnicas para el aprendizaje del Derecho
Índice PRÓLOGO........................................................................................... 13 I. LOS COMIENZOS......................................................................... 17 1. “Nunca es tarde si la dicha es buena”; estudiar y vivir con entusiasmo................................................................................ 17 2. Para decidir hay que conocer. Reflexiones sobre el valor de los primeros cursos de cualquier titulación................................... 18 3. El compromiso....................................................................... 24 II. ESTUDIAR DERECHO................................................................... 27 1. ¿Por qué estudiar Derecho?................................................... 27 2. Sobre el sentido del Derecho.................................................. 29 3. Se debe estudiar directamente la Ley...................................... 34 4. La importancia de la etimología en Derecho: “Comenzar la casa por sus cimientos”......................................................... 36 5. Tópica y Lógica en el Derecho................................................. 37 6. El valor de la teoría en las Ciencias Sociales y en el Derecho... 39 7. La realización de casos prácticos............................................. 43 8. El Derecho no es una disciplina exacta; el valor de la interpretación.................................................................................... 46 9. El estudio del Derecho comparado......................................... 53 III. EL AMBIENTE DE ESTUDIO Y LA ACTITUD................................... 55 1. El fin incorporado a los medios: las virtudes y valores de un buen estudiante. Una propuesta axiológica............................ 55 2. Un adecuado ambiente de trabajo......................................... 61 3. La evaluación continua y el Espacio Europeo de Educación Superior..................................................................................... 68 4. Asistencia a clases y participación........................................... 76 5. Las guías docentes................................................................. 79 6. ¿Compañeros y/o amigos?..................................................... 89 7. Ocio y estudio........................................................................ 92 8. El hilo conductor y la concentración....................................... 99
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Índice
IV. METODOLOGÍAS Y TÉCNICAS DE ESTUDIO................................. 103 1. 2. 3. 4. 5.
Acerca de las metodologías y la lentitud................................. 103 ¿Qué contenidos y cómo estudiamos?................................... 106 La gestión del tiempo: “estudio y descansos”........................ 110 ¿Cómo debemos leer?........................................................... 115 El método de las varias lecturas.............................................. 123 a) La lectura identificativa u orientativa................................. 123 b) La lectura comprensiva..................................................... 124 c) La lectura memorística...................................................... 125 6. El estudio “contrarreloj”, una propuesta alternativa para situaciones excepcionales.............................................................. 128 7. Las puestas en común............................................................ 133 8. La memoria visual o “fotográfica”......................................... 136 9. Los esquemas........................................................................ 138 10. Los códigos de colores........................................................... 139 11. La exégesis mediante glosas, un método casi milenario pero muy útil para el estudio del Derecho...................................... 142 12. La utilización de las grabaciones de voz con resúmenes de temas....................................................................................... 147 13. Las reglas mnemotécnicas...................................................... 149 14. Los cimientos, un glosario de palabras................................... 153 V. LOS EXÁMENES........................................................................... 159 1. ¿Qué es un examen?............................................................. 159 2. Las estrategias iniciales........................................................... 160 3. Acudimos al examen sin reproches ni miedo, es sólo una prueba en un momento determinado........................................... 163 4. Los exámenes escritos o de desarrollo.................................... 166 5. Los “terroríficos” exámenes orales......................................... 174 6. Los exámenes tipo test........................................................... 181 7. Los “controles sorpresa”........................................................ 188 VI. CÓMO ELABORAR UN TRABAJO (TRABAJO FINAL DE CARRERA, TESINA, TRABAJO PARA EXPONER, ETC.)..................................... 191 1. El trabajo escrito.................................................................... 191 2. La exposición oral del trabajo (algunas sugerencias y el protocolo)...................................................................................... 198 3. Otros puntos a tener en cuenta para la elaboración del trabajo........................................................................................... 204 a) Los agradecimientos, citas y prólogos............................... 204
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Índice
b) c) d) e)
Capítulos, índices y formatos............................................ 205 Bibliografía y citas............................................................. 215 El valor de los trabajos voluntarios.................................... 217 A los perfeccionistas......................................................... 219
Prólogo Desde hace muchos años he observado atentamente que mis alumnos tienen serias dificultades para estudiar. Muchas veces me han preguntado, con cierta timidez y rubor, si yo conocía técnicas de estudio y aprendizaje que pudiesen aplicarse al Derecho. Claro está, hasta ahora no me había atrevido a responder con el rigor que merece esta pregunta. Me limitaba a dar algunos consejos que a mí me habían funcionado bien. Lo cierto es que el sistema escolar y académico rara vez se preocupa por esta cuestión. Los años de colegio, de instituto y de Universidad están dedicados en su integridad a que los alumnos “aprehendan” contenidos (los hagan suyos), datos, destrezas y adquieran competencias, pero ¿alguien se ha preocupado por enseñarnos a aprender? En mi caso, no. Tuve que llegar a la Universidad Politécnica de Valencia, siendo ya Doctor en Derecho y Profesor, para tener la fortuna de encontrar una institución dentro de la propia Universidad dedicada a ello: el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE). Cursé un año académico de casi 400 horas sobre técnicas de enseñanza y aprendizaje y comprendí la gran utilidad que hubiera tenido ese curso en etapas muy anteriores de mi vida académica. Lamentablemente llegó muy tarde para mí, pues yo ya había descubierto a través de la intuición y de la práctica cotidiana e insegura la mayor parte de técnicas y herramientas que pude confirmar como válidas a través de este valioso curso. Es una pena que el sistema escolar no se preocupe por impartir contenidos básicos de psicopedagogía aplicada al estudio desde las edades más tempranas. Si se enseñase un puñado de rudimentos sobre la manera de aprender, de leer y de estudiar, a buen seguro, tendríamos alumnos mucho más seguros y capaces de enfocar todos sus esfuerzos únicamente sobre los contenidos; sin la zozobra propia de quien no sabe si lo está haciendo bien.
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En nuestro sistema se da por cierto el hecho de que estudiar y aprender es muy parecido a caminar: “poco a poco y con tropiezos y caídas, se aprende”. Pronto comencé a madurar la idea de elaborar un libro metodológico sobre técnicas y herramientas para el estudio y el aprendizaje. Era casi una obligación que derivaba del compromiso con mis alumnos. No obstante, debo confesar que me costó mucho tomar la decisión, pues éste no es un ámbito en el que me sienta seguro ni mucho menos cómodo. No soy pedagogo ni psicólogo, soy un profesor de Derecho Constitucional, por ello mis líneas de trabajo e investigación están relacionadas con el estudio de la Constitución, la jurisprudencia, las leyes, etc., y esto escapa a esa clase de contenidos. Por otra parte, debo señalar que he intentado encontrar algún libro o manual práctico que recogiese de una manera sencilla y amena, escrita para los estudiantes, diferentes técnicas de estudio o herramientas básicas proyectadas sobre el estudio del Derecho. Algo he encontrado, pero no se ajustaba a mi idea sobre la utilidad y carácter práctico que, pienso, debe tener una herramienta para esta finalidad metodológica. Creo que lo que necesita el estudiante es un instrumento sencillo, sin formalismos y directamente focalizado hacia su quehacer diario, el estudio y su meta: el aprendizaje. El estudiante necesita ideas para rentabilizar el tiempo, optimizar sus recursos, aprender y aprobar los exámenes, nada más. Cuando el estudiante aprueba suele ganar autoestima y se esfuerza más. Poco a poco va alejándose del rasero del aprobado y obtiene calificaciones superiores. Suele tratarse de un círculo virtuoso hacia el éxito, que es fruto de la retroalimentación positiva a partir de demostrarse, a sí mismo, que puede llegar a estar entre los mejores del grupo. Después de meditarlo mucho, el presente libro lo comencé hace algún tiempo, más del que yo quisiera. Luego, y a mi pesar, ha estado en “barbecho” por circunstancias laborales y personales, a la
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espera de poder recuperar el hilo sin las distracciones que produce el trabajo y las prioridades necesarias en las tareas académicas. La Universidad tiene muy variadas dimensiones para los PDI (así se denomina al Personal Docente e Investigador), desde impartir clases a investigar, publicar, dirigir trabajos, tesis, tesinas, formar parte de tribunales, elaborar exámenes, las actas, revisarlos, formar parte de grupos de investigación, asistir a Congresos, formular solicitudes, así como una complicada labor burocrática en sus relaciones administrativas con la propia Universidad y otras entidades vinculadas a ella. Trabajar con unidad temporal y coherencia temática se hace cada vez más difícil; sobre todo si te implicas en varios proyectos a la vez. Este es el caso de casi todos los profesores universitarios. El presente libro está destinado íntegramente a los estudiantes, a los alumnos que con más tesón e ilusión que fundamentos y técnicas de estudio, se enfrentan al estudio del Derecho en su sentido más amplio. Este texto pretendo que sea una experiencia íntima y compartida, de mí hacia ti, y no tiene una base científica, ni otra pretensión que la transmisión de mi propia experiencia exitosa —perdón por la inmodestia— en el estudio del Derecho. No se trata de extraer verdades universales, ni de descubrir grandes secretos académicos, pero sé que todas las experiencias y consejos que recojo os evitarán en gran medida los tropiezos y fracasos propios de los novatos. En este compendio de técnicas y herramientas para el estudio del Derecho he proyectado mis propias vivencias. Muchas de ellas se remontan a mi época de estudiante y no he podido evitar recoger anécdotas e historias personales, pues creo que ejemplifican bien, en muchos casos, lo que pretendo transmitiros. En otras ocasiones, os he intentado explicar los contenidos desde la óptica del profesor. Esta doble vertiente creo que es muy importante, ya que trata de construir y explicar los diferentes elementos del sistema enseñanza-aprendizaje desde sus dos protagonistas: profesor y alumno.
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Tengo el convencimiento de que va a ser una herramienta muy útil para todos aquellos alumnos que, como yo, un buen día comienzan a estudiar una carrera en la que hay una buena dosis de su temario que se relaciona con el Derecho (en su sentido más amplio). Estoy muy ilusionado porque este libro lo escribo desde mi plena madurez como profesor, como alumno —que recuerdo como si fuera ayer— y como persona. Además, éste va a ser mi primer libro exclusivo, para ti, sin ninguna cita ni nota al pie, ajena a mi propia experiencia vivida como alumno y como profesor. Es un trabajo dedicado única y exclusivamente a los estudiantes de Derecho o de otras titulaciones que contienen asignaturas con perfiles jurídicos, como GAP, ADE y CC Económicas, y por ello recoge una serie de consejos, de directrices y principios —que creo son valiosos— que he sistematizado para evitaros sufrimientos e inseguridades y para que sepáis afrontar los problemas que os puedan surgir al estudiar temas y casos jurídicos. No encontrarás en él ni extravagancias, ni lenguaje o ideas barrocas y complicadas de asimilar. Sólo lo que importa al 90% de los estudiantes: las mejores técnicas de estudio para superar los exámenes y que a mí me dieron un óptimo resultado en la carrera de Derecho, hasta llegar a ser el número uno de mi promoción (Premio Extraordinario de Licenciatura). Ánimo, leedlo con cariño (yo le he puesto mucho en su reflexión y redacción) y sacadle todo el jugo para una vida universitaria fructífera. Pensad que la ilusión, si bien no es suficiente, si es un elemento necesario para culminar cualquier proyecto con éxito.
I.
LOS COMIENZOS
1. “NUNCA ES TARDE SI LA DICHA ES BUENA”; ESTUDIAR Y VIVIR CON ENTUSIASMO Por supuesto, no soy ajeno a esa idea elevada de que estudiar es necesario para saber, y que mediante el saber se adquiere la autorrealización personal. Pero también sé con certeza que el alumno quiere aprobar las asignaturas, pues detrás de ellos hay una pesada carga de emociones y responsabilidad es con sus padres, que hacen (la mayoría) un importante sacrificio económico para que sus hijos “sean mujeres y hombres de provecho el día de mañana”. No creo que exista ningún padre en el mundo que, si tiene medios suficientes, no quiera que su hijo estudie una carrera universitaria. Esta responsabilidad es una “pesada mochila” en las espaldas de todos vosotros, y muchos profesores, o yo al menos, la percibo y trato de evitar que consiga el efecto adverso, es decir, la frustración y el fracaso en los estudios. Hay que estudiar pero también hay que divertirse y vivir, sólo se es joven una vez y la Universidad debe constituir una maravillosa etapa de vuestra vida. Esta frase no la olvidéis si no queréis arrepentiros el día de mañana. Estudiar no es sinónimo de sufrimiento, ni divertirse es el camino hacia el fracaso. Yo trataré de enseñaros a dosificar estos dos ámbitos imprescindibles en vuestra vida. En la etapa de madurez presente os puedo asegurar que he estudiado mucho, pero que también he sabido divertirme y ello hace que hoy no me arrepienta de nada de lo que hice cuando “tocaba”. Aquí os hablaré de la necesaria gestión del tiempo para el estudio y para el ocio. Tienes la suerte de poder estudiar una carrera, por ello, la primera idea que debes tener presente al sentarte a la mesa es que eres
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afortunado frente a todos aquellos que, por sus circunstancias, no pueden estudiar. Algunos perdieron una oportunidad cuando la inmadurez propia de la edad (como estuvo a punto de ocurrirme a mí) les indujo a preferir trabajar pudiendo estudiar. Es respetable siempre que ellos se encuentren felices con su situación actual. Si no fuera tu caso, piensa que nunca es tarde y que muchos de mis mejores alumnos tienen cuarenta o cincuenta años y culminan con éxito sus carreras durante cada curso. Si por el contrario eres joven, ya no tienes que decidir, yo te diría desde mi experiencia que jamás te arrepentirás de estudiar. El estudio no es un gasto de tiempo, es una inversión de futuro en tu propia persona. El universitario comprende mejor la realidad y adquiere conocimientos, altura de miras y una templanza y serenidad que mejora notablemente el modo de afrontar la vida y de relacionarse con los demás. Lo de menos sea quizás lo que estudiemos —salvo “los vocacionales” que tienen la fortuna de saber lo que quieren temprano—, lo importante es sentirte bien contigo mismo, ganar autoestima y saber que tu carrera, la utilices o no en tu trabajo futuro, es un patrimonio que te acompañará siempre, es más, formará parte de ti mismo.
2. PARA DECIDIR HAY QUE CONOCER. REFLEXIONES SOBRE EL VALOR DE LOS PRIMEROS CURSOS DE CUALQUIER TITULACIÓN Cuando yo acabé la etapa del Instituto, no sabía qué estudiar, tenía la impresión de que nada me gustaba lo suficiente para dedicarle cinco años de mi vida, en el mejor de los casos. La juventud es una etapa muy complicada y el miedo se suele disfrazar de negación e inconformismo. Mi padre entonces tuvo conmigo una charla de esas que no se olvidan jamás, como se decía antes, “de hombre a hombre”. Le re-
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cuerdo como si fuera ayer tanteándome e intentando convencerme de que estudiara Medicina (él era médico, aunque esté mal decirlo, muy buen médico). Decididamente, y para su tristeza, sí tenía muy claro que no me gustaba nada de lo relacionado con la Medicina, excepto la sensación de plenitud que deben experimentar los médicos cuando salvan la vida de una persona o sanan una incómoda enfermedad. Eso sí me atraía, pero reconozco mi cobardía con la sangre y mi profundo respeto (miedo diría yo) hacia el cuerpo ajeno. A pesar que sabía que a mi padre le daría un gran disgusto, si tuve el coraje de pedirle casi inmediatamente que no me sugiriese la idea de estudiar Medicina. Mi padre frunció el ceño y me preguntó entonces qué quería estudiar. Le dije que no lo tenía claro, pero que deseaba algo relacionado con el mundo de las letras: como Filosofía, Periodismo, Sociología o Ciencias Políticas. Inmediatamente me dijo que debía buscar algo más pragmático para abrirme paso pronto y, con calma, estudiar después lo que me gustara, pero ya sin prisas ni responsabilidades más allá de lo que yo me exigiese. Mi padre era muy mayor y pretendía que pudiese rentabilizar pronto mis estudios; de hecho falleció cuando yo me encontraba en el cuarto curso de la Licenciatura de Derecho. En ese momento, y reconozco que a ciegas le dije que estudiaría Derecho. Desconozco la causa, pero mi hermano Javier (también médico), alguna vez me había sugerido la idea de que “estudiara leyes”, como gustaba decir. Quizá porque resultaba evidente mi torpeza con los números. De cualquier forma, su consejo creo que también pudo condicionar mi elección. Una de las cosas de mi infancia que recuerdo con más cariño es las largas tertulias que tenía con mi hermano después de cenar. Hablábamos mucho y quizá por eso pudo interpretar mejor que yo mismo, con mayor objetividad, la carrera que me convenía. Yo no tenía ni idea de lo que se estudiaba en Derecho, pero a veces la ignorancia es audaz y puede llegar a producir muy buenos efectos si estás convencido de tus posibilidades. Yo nunca había sido un buen estudiante, sólo había destacado algo en ma-
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terias relacionadas con la Lengua y las capacidades verbales. No obstante, una cosa si tenía claro: el fracaso estaba desterrado de mi mente. En sexto curso de Educación General Básica me habían ido muy mal las cosas, por no haber podido adaptarme al régimen casi militar de un colegio que ya dispuse en esa forma de memoria que es el olvido. Había repetido año y además, después de acabar el Curso de Orientación Universitaria (COU), decidí trabajar y dejar de estudiar. Tenía, por tanto, en mí haber dos fracasos personales que mis padres habían tratado de hacerme olvidar, pero que en mi recuerdo permanecían vivos: “No puedo volver a fracasar”, esa fue la máxima que me acompañó durante toda mi carrera y la autoimpuesta consecuencia de reconocerme responsable de mis actos. Lo cierto es que ni siquiera me lo planteé como una promesa personal, sino como una obligación consistente en no volver a defraudar jamás a mis padres (es más ambicioso de lo que parece, os lo prometo). Un encapotado lunes del mes de octubre de 1985, empecé la carrera de Derecho. El edificio de la Facultad parecía crecer ante mí de manera desproporcionada. —¡Qué grande!— pensé. Mi idea sobre el Derecho era poco divertida o atractiva y mucho menos enriquecedora que utilitarista. Pensaba que estudiar “Leyes” —como decía mi hermano— iba a consistir en engullir polvorientos libros cargados de normas, sin más utillaje que una buena dosis de memoria (yo creía que mi memoria era muy escasa). En mi gran ignorancia pensaba que no hacía falta casi comprensión y que la operación fundamental consistiría en repetir como un papagayo los contenidos de aquellos, en apariencia, atroces y áridos libros, sin más atractivo que el de enseñar a resolver los problemas ajenos. Pero ahí estaba yo y por todos los medios iba a ser un buen abogado (que es como se conoce coloquialmente a cualquier licenciado en Derecho, aunque no ejerza como tal).
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Los dos primeros años fueron de tanteo para mí, de probar mis posibilidades y recursos ante los exámenes. Los nervios y la inseguridad me llevaban a estar más pendiente de aprobar que de entender la materia y los propios contenidos. Pero al llegar a tercer curso, me pasó una cosa muy curiosa, me empecé a dar cuenta que el Derecho es una Ciencia mucho más razonable y razonada que memorística. Mediante los conocimientos adquiridos hasta entonces, a pesar de no estar muchos de ellos vigentes, me encontraba en condiciones de resolver algunos problemas que se planteaban en mi entorno. Entonces entendí la grandeza de lo que ocurría. La carrera se estaba apoderando de mí. El Derecho había que entenderlo como algo vivo, que se sustrae de las coordenadas espacio-tiempo. Asignaturas que me habían parecido inútiles como la historia del Derecho, el Derecho Romano, o la Filosofía del Derecho (Derecho Natural, se denominaba), conformaban un cuerpo lógico, racional y sustantivo que me servía para comprender los problemas de mi entorno más cercano y para poder resolverlos. El Derecho era una especie de sistema muy perfecto que se interrelacionaba y se iba completando, como un rompecabezas. Los conocimientos de una materia eran aplicables a otra, en buena parte de sus contenidos. Esto parece ahora una simpleza, pero en su momento me pareció un gran hallazgo, toda vez que si lograba aprehender los conceptos (hacerlos míos) de una manera clara, me servirían como un recurso vivo para otras asignaturas. Por primera vez comprendí que el Derecho era una disciplina viva y abierta, que crece en el interior de los estudiantes y que va conformando un superior sentido común para la resolución de problemas concretos. Pondré un ejemplo: Una Ley trasnochada y perdida en el olvido siempre nos enseña cómo se resolvía u ordenaba algún aspecto de la sociedad, en aquella concreta circunstancia. Los tiempos pueden cambiar, y la ley puede resultar inaplicable a las nuevas realidades sociales, pero lo importante no es la regula-
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ción en sí, sino aprender cómo y para qué se utilizaba esa concreta técnica de regular: el órgano competente, el procedimiento, la mayoría requerida, los elementos de la norma, su vinculación y sus garantías. Eso sí resulta importante y potencialmente aplicable a situaciones abstractas, sin conexión temporal ni espacial. Los primeros años de cualquier carrera suelen estar enfocados hacia el aprendizaje de los verdaderos fundamentos de la ciencia que se estudia. Se trata de un núcleo duro de conocimientos, técnicas, elementos y sistemas que nos suelen enseñar el qué, el por qué, el cómo, el dónde y el cuándo, de lo que luego se estudiará a partir, generalmente, del tercer y siguientes cursos académicos. Durante estos años suele sentirse por parte de los estudiantes un cierto desasosiego por la generalidad de los temas y por no entrar en lo que el estudiante se esperaba y que sin duda llega; pero cuando tiene que llegar, esto es, cuando el estudiante tiene los cimientos a partir de los cuales puede asumir una estructura superior de conocimientos. Éstos son los propios de la carrera, del todo imprescindibles para convertirse en un buen profesional. Es importante que el alumno tenga paciencia y no se desaliente en estos dos años iniciales. Se trata de asignaturas de contenido muy general que están destinadas a estudiantes sin conocimientos previos para poder relacionarlas y sentir su dominio y aplicación. Los estudiantes se asemejan a libros en blanco que tratan de escribirse desde el cero. En esta etapa suele reinar la impaciencia, la ansiedad, la sensación de impotencia y la pérdida de autoestima por el pensamiento insistente de que se han podido equivocar en la elección y que en modo alguno, la carrera responde a la idea preconcebida que tenían sobre la misma. En este caso debéis “aguantar el chaparrón”. Se trata de una especie de geniecillo maligno, al estilo del que describía Descartes en su “Discurso del método”. Uno tiene que estar muy seguro de sí mismo, para no pensar que ha errado al principio, por ello es
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totalmente normal estas sensaciones y deben vencerse con el convencimiento de que llegará ese paradigma, esa idea abstracta sobre la carrera que ha crecido en vosotros desde antes de empezar la titulación. Debéis pensar que es del todo necesario distinguir entre la aplicación de los estudios universitarios, que es lo que se ve, la idea que suele tenerse sobre la titulación, acompañada del prestigio, el respeto y las ganas por llegar a ser un colega de esos grandes profesionales; y el camino, el duro pero reconfortante camino del estudio que proporciona esas competencias, destrezas y habilidades profesionales. Me atrevería a sugerir que únicamente podría resultar conveniente abandonar una carrera, cuando el alumno es capaz de relacionar conceptos avanzados, de comprender el núcleo duro de la titulación, a la vez que descubre con claridad que no le gusta y no desea ejercer esa profesión. No se me escapa que entonces se pueden perder, sólo en apariencia, algunos años, pero también sé con certeza que en el camino se suelen quedar muchos compañeros impacientes, que desean “comerse el flan sin que éste haya cuajado”. Desde estas primeras páginas quiero dejar claro que las cosas se aman o aborrecen cuando se conocen, y para conocerlas, resulta inevitable la inversión de tiempo y esfuerzo. De cualquier forma, y aunque se abandonase una carrera tras “el paso del ecuador”, ello no debe llevarnos a pensar que se ha perdido el tiempo, ya que habrá servido para adquirir conocimientos superiores sobre alguna o algunas materias y nunca sabemos cuándo pueden resultarnos de utilidad. Saber enriquece nuestro pensamiento y estructura nuestra manera de pensar y de aprender. De otra parte uno, dos o tres años de una titulación no terminada, puede marcar la diferencia entre los candidatos a un contrato de trabajo. Hoy, el mismo grado de importancia tiene el hecho de tener conocimientos, siquiera básicos, sobre un idioma.
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3. EL COMPROMISO La palabra compromiso proviene del latín y viene a significar “obligación contraída”, acuerdo entre dos partes, vínculo por el cual una persona se responsabiliza de algo. El hecho de estudiar, más allá de los resultados, de los objetivos o de nuestra voluntad, debe encuadrarse dentro de este término. Debemos pensar que el estudio es el camino para mejorarnos, para construirnos por dentro, desde los cimientos; y ello debe nacer de nosotros mismos. ¿Cuántas veces has escuchado que sólo es posible dejar de fumar si realmente quieres? Con esto no venimos en modo alguno a comparar el estudio con dejar de fumar, pero si deseo afirmar sin género de dudas que sólo es posible estudiar, si realmente deseamos ser mejores personas. Los conocimientos son una especie de llaves potenciales que más allá de las profesiones, los oficios o el mejor o peor futuro que nos podamos prometer, nos abrirán caminos en la vida. Sólo a través de los conocimientos seremos capaces de construir, arreglar, disponer de alternativas, elegir acertadamente y, en definitiva, caminar con mucha más seguridad y sin temor. La ignorancia es un gran manantial de inseguridad, de recelo y de desconfianza, las más de las veces injustificada. El ignorante suele envidiar, callar y admirar a aquel que sabe. Envidia porque desearía participar, calla porque no puede aportar nada y admira por la autoridad que confiere el conocimiento. Resultaría muy triste que esto obedeciese a la más pura dejadez. Los conocimientos no resultan sólo necesarios para realizar bien una profesión, son muy importantes para nuestro desarrollo, nuestra estructura personal y nuestra socialización. Éste último es un proceso mediante el cual el individuo acepta e integra en su ser los elementos socioculturales de su entorno y los acoge en su personalidad para integrarse mejor en la sociedad. Durante este proceso, las personas vamos, de manera paulatina, tomando conciencia de la forma de todo lo que nos rodea y diferenciamos lo positivo de lo negativo; lo que nos produce empatía y satisfacción y todo aquello que nos desagrada.
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Los conceptos aprendidos proporcionan ideas y a través de las ideas imaginamos y pensamos; el acierto ante un dilema que se nos pueda plantear en la vida (y son muchos los que se nos plantean a diario) dependerá mucho de los conocimientos adquiridos sin error. El hecho de no desear estudiar en un momento concreto de nuestra vida, puede deberse a múltiples factores y, en modo alguno, debe condicionar el resto de la propia existencia. Estudiar es bueno porque agiliza el cerebro, nos aporta nuevos conocimientos y nos dota de una mejor estructura vital. Sin duda, además nos proveerá de excelentes medios para la óptima integración en la comunidad y una mejor adaptación a nuestro entorno. Estoy convencido de que un nivel cultural bajo puede llegar a generar muchas situaciones estresantes por una mala adaptación al medio, derivada de una percepción incompleta o errónea de la realidad. Se podría realizar muchísimas más consideraciones acerca de la importancia de estudiar y de cultivarse, pero creo que con estos breves apuntes se comprende bien la idea. Retomando ahora el hilo del comienzo de este punto, deseo sólo dejar muy claras dos ideas para la reflexión: estudiar enriquece y nos prepara y estructura para la vida. El hecho de estudiar es mucho más que un medio para nuestra profesión. Si tenemos presente esta idea, la razón de estudiar sólo puede resultar de un compromiso con nosotros mismos. Estudiamos porque queremos, nada más.