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a guerra y el comercio son los dos pilares de nuestra civilización. A veces me pregunto cuántos de nosotros es— taríamos aquí sin esos pilares —observó Elias Juri, por decir algo, mientras esperaban al consejero especial del alto comisionado. La reflexión sacó a Antonis Haramis de su letargo. Minutos antes se preguntaba cómo se las había arreglado Juri para estar presente en una reunión como aquella. Ni la guerra ni el comercio tenían una relación directa con las actividades de aquel hombre enigmático. No obstante, al reflexionar sobre ello cayó en la cuenta de que ninguno de los grandes tratos cerrados en los dos o tres últimos años se había llevado a cabo sin la mediación del Libanés, como habían dado en llamarlo. Casi todos los días, en las inmediaciones de Sherif Pachá, se veía su piel clara nimbando su alta y delgada silueta yendo de una boutique a otra, elegantemente vestido con trajes y sombreros carísimos, como si estuviera olfateando el torbellino del comercio incesante de la ciudad. Había propuesto la cervecería Daniele (en la que según él se bebía auténtica cerveza alemana y no aguachirle) para la entrevista entre el dignatario británico y Antonis, que ya no solía ir a ese tipo de locales; Haramis posó la mirada en el pesado revestimiento de ma-
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dera, los amplios espejos y apliques voluminosos que decoraban las paredes. Desde su asiento apenas distinguía al maître, que, detrás de un mostrador de madera al fondo de la sala, coordinaba el servicio. Veía únicamente cómo rebotaba su vientre abultado cuando frotaba la barra con su servilleta blanca y le divertía la manera en que, con su acento italiano cantarín, mezclaba indistintamente cuatro idiomas. —Daniele constituye la atracción del lugar. Es il protagonista, una especie de comediante que ejecuta su representación cotidiana tras el mostrador —dijo Juri. Y, en efecto, la iluminación discreta y el cielo de cristal que formaban las jarras de cerveza gigantes colgadas en ganchos invisibles recordaban unas candilejas. —¿Para quién? —le preguntó Antonis. —En cuanto cierra la Bolsa llegan los jobbers. Una cerveza fría es un bálsamo para esos pobres diablos. ¿Los has visto desgañitarse a lo largo de toda la mañana, recorrer a zancadas la gradería de madera, correr tras los precios del algodón escritos en la pizarra? Para la Bolsa hay que tener los riñones bien cubiertos, amigo mío, un point, c’est tout. Acaban con las camisas de seda mojadas. Después viene el turno de los abogados y los banqueros. Y a du monde, je vous assure. Antonis pensó que Elias se preparaba para su propia representación ante toda aquella gente de la buena sociedad. De hecho, habría preferido que toda aquella historia se desarrollara sin bombo y platillos, en la tranquilidad de un despacho, lejos de la multitud, y la insistencia de Elias en organizar la reunión en un lugar tan concurrido había acabado por ponerlo incómodo, como, por otra parte, el retraso del dignatario británico. El Libanés percibía ese malestar y sus esfuerzos por disculpar la descortesía del personaje lo exasperaban aún más cuando formulaba frases como: «En tout cas, es al con-
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sejero del alto comisionado en persona a quien estamos esperando, no a un cualquiera». —Al consejero en persona, pues no —masculló Antonis fuera de sí—. Estamos esperando a un guía que no ha aprendido a ser puntual. Y, por favor, deja de toquetear ese reloj que tienes en el bolsillo, me pone nervioso. Elias, sorprendido, se apresuró a ocultar el reloj que llevaba en el bolsillo del chaleco. Antonis se estiró las solapas de la chaqueta con gesto decisivo y cruzó los brazos. El verdadero motivo de su enfado era otro. Elias lo había utilizado para dejar pasmada a la galería, esa era su intuición. Cuando habían entrado juntos, Elias le había hecho una señal a Daniele, que se había inclinado como un auténtico protagonista ataviado con camisa blanca, tirantes y pajarita. Estaba seguro de que el gigante italiano divulgaría la reunión en su establecimiento del industrial del tabaco Antonis Haramis y el consejero del alto comisionado. El encuentro lo designaría definitivamente como proveedor oficial de cigarrillos del ejército británico —y lo convertiría al mismo tiempo en uno de los griegos más ricos de Egipto—; los detalles quedarían resueltos por medio de sus abogados. No es que Antonis no se contara ya entre los cresos de Alejandría. Desde principios de siglo, las famosas cajetillas HARAMIS CIGARRILLOS EGIPCIOS, decoradas con el emblema de Alejandría —las agujas de Cleopatra— se encontraban ya en Gran Bretaña, Alemania, Holanda y hasta en Suecia y Noruega. El señor consejero se habría informado sin duda y no podía ignorar que, entre otras cosas, Haramis había sido el proveedor de Su Alteza el sultán de Egipto y de Constantino, el príncipe de Grecia. Por eso, Antonis solo había llevado la fotografía dedicada de Sarah Bernhardt, que cinco años atrás había visitado su nueva fá-
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brica en Moharram Bey y se había manifestado muy impressionnée por el lugar y la infraestructura. La anécdota era muy conocida en los ambientes de fumadores inveterados. Y de eso habló en primer lugar el Libanés cuando se vieron. —Et la photo, tu l’as apportée? Elias Juri era un ciudadano francés de origen libanés, nacido en Beirut y de confesión maronita. Eso explicaba lo cuidado de su atuendo. «Siempre de punta en blanco» era la primera apreciación que corría sobre él en la ciudad. Antonis lo encontraba tan simpático como antipático, y por las mismas razones. Cómo no experimentar simpatía por un individuo con una risa tan sana y comunicativa; su juventud, sin embargo, constituía un serio motivo de antipatía para Antonis, que, lo quisiera o no, navegaba ya por las aguas de los cincuenta. Por otro lado, Elias no le inspiraba una completa confianza. Cada vez que sentía ganas de lanzarle a la cara un insulto, como era el caso en ese momento, se daba cuenta de que lo necesitaba demasiado para permitírselo y, además, ¿cómo escupir a la cara a un muchacho de aspecto tan suave e inocente? No por eso dejaba de tener la impresión de que el Libanés hacía de él lo que quería, cuando era él quien lo utilizaba para promover sus intereses. ¡Y esa obsesión tan irritante por el detalle! No obstante, su sentido de la observación reveló dos ínfimas negligencias que le dieron una pequeña victoria. Elias, por supuesto, había dominado la masa espesa de su cabellera a golpe de brillantina y la pequeña cadena de plata colgaba de su chaleco. Sin embargo, en el bigote, unos cuantos pelillos rebeldes se curvaban sobre su azulado labio superior y obligaba al labio inferior a rechazarlos; y, elemento inexcusable para un libanés comme il faut, el pañuelo del bolsillo superior que debía servir para enjugar el sudor de su frente estaba deplorablemente ausen-
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te. Se veía obligado a utilizar su blanca servilleta, Quelle chaleur! Hacía un calor inhabitual para el mes de mayo. La semana anterior había llovido sin interrupción, fenómeno bastante frecuente en Alejandría. Antonis se había despertado más temprano que de costumbre; a diferencia de Elias, había recurrido a Kikinos, el barbero cefalonio, que antes de abrir la peluquería situada en Soter, detrás de los jardines de Shallalat, había subido muy de mañana al barrio griego equipado con sus accesorios. Por último, esperando que eso le traería suerte, Antonis había confiado el brillo de sus zapatos a un limpiabotas armenio de la plaza Mohamed Ali. Sentado enfrente de Juri, se miró en uno de los espejos de la cervecería y comprobó con satisfacción que el barbero, además del bigote, no había olvidado las patillas. Sonó la campanilla de la puerta, pero no era quien ellos esperaban. Aturdido por un perfume embriagador, se volvió. Una mujer impresionante, con una capelina, entraba en ese momento. Un bolero le cubría los hombros y el vestido plisado le llegaba apenas más abajo de la rodilla, dejando al descubierto unas piernas sublimes. Se detuvo un instante para que el sisbis, el muchachito negro que bizqueaba, le cogiera el sombrero mientras Fauzi, el camarero, con gesto teatral le indicaba la mesa contigua. Ligera, bailando sobre los tacones, se sentó. Se quitó los guantes despacio, deslizándolos, los dobló y los guardó en el bolso. Después abrió el abanico y balanceó con un movimiento impecablemente estudiado el cabello ondulado. Antonis creyó que le sonreía y se apresuró a responder levantando el vaso en dirección a ella. Impresionado por el aspecto europeo de la joven, solo tenía un pensamiento: Quelle jolie femme! —Yvette Santon —dejó caer Elias, que había notado su interés—. Francosuiza. Cuál de los dos, el padre o la madre, era francés
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o era suizo, no podría decirlo. —Y añadió en un susurro—: Al parecer fue Philippe Jacquot quien la trajo aquí. Ella se hace pasar por su mujer legítima, pero es público y notorio que Jacquot tiene mujer e hijos. Un viejo crápula, mon ami. Haramis conocía bien a Jacquot, otro Juri que, en los cinco últimos años que llevaba en Egipto se había metido en negocios turbios. Ni peor ni mejor que el Libanés. En cuanto a la supuesta compañera, se proponía conocerla, pero en otra ocasión. Por el momento le bastaba con imaginar que la tenía entre sus brazos a orillas del lago Mareotis o en una suite del Shepheard, en El Cairo, lejos de las miradas indiscretas de los alejandrinos. La llegada del dignatario británico lo devolvió a la realidad. No estaba solo. Le acompañaba un hombre un poco más alto que él, pelirrojo y con la piel salpicada de pecas. Se presentó como consejero especial del ministro para Oriente ante el alto comisionado. Su presencia molestó al Libanés, que renegó entre dientes. Antonis, en cambio, encontró del todo natural que el hombre estuviera acompañado, aunque tan solo fuera en razón de su rango. Ignoraba si debía dirigirse a él utilizando algún título, de modo que se atuvo a «míster Koshner». Era una combinación de la cortesía del gentleman inglés y la compunción del imperialismo británico. En cuanto se sentó se puso a tronar contra Alejandría y sus tormentas primaverales, encantado como estaba del excelente invierno que acababa de pasar en El Cairo. Había llegado hacía dos días de la capital y lo único que encontraba agradable eran las magníficas vistas que se divisaban desde lo alto de la colina del palacio de gobierno. Por lo demás, Alejandría le parecía una ciudad de provincias que reflejaba aburrimiento, disponía de muy pocas distracciones y ofrecía un interés arqueológico muy escaso con relación a El Cairo. Indiscutiblemente, ignoraba por completo la historia de la ciudad y más aún su
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evolución contemporánea. Una reflexión referente al primer ministro copto, Boutros Ghali Pachá, dio lugar a que Antonis comprendiera que Koshner no sabía ni la fecha ni las circunstancias exactas de su asesinato. En cuanto al pelirrojo, no estaba seguro de que hubiera pronunciado una sola palabra en toda la comida. En fin, era muy posible que ya desde el principio, cuando, Dios sabe por qué, Koshner había pedido que la conversación se desarrollara en francés, el consejero del ministro para Oriente no hubiera comprendido ni una palabra de lo que se decía. Pero eso apenas tenía importancia. Lo que importaba era sellar los acuerdos que, en opinión del industrial griego, en el fondo estaban aprobados. El almuerzo en la cervecería de Sherif Pachá no era sino un working lunch puramente formal, con el objeto de garantizar la comisión de Elias Juri. El señor Koshner pidió simplemente fumar unos cigarrillos Haramis en lugar de su pipa preferida. Cuando Haramis comprendió de qué se trataba, ni siquiera se molestó en sacar la fotografía del bolsillo interior de la chaqueta. Se permitió distenderse, se instaló confortablemente en su asiento y apreció sin reservas los platos que les servía Fauzi. Observó la decoración muy contorneada de la cervecería. La monotonía de la madera oscura era felizmente interrumpida por la camisa blanca de Daniele, el bigote claro cortado al cepillo de Koshner, como habría dicho Kikinos, la cerveza rubia y la presencia refinada de la señorita Santon —a quien había visto durante un instante retocarse el maquillaje con el espejito de mano—. Según decía Juri, dentro de poco la cervecería estaría atestada. Así que, esperando a los especuladores de Bolsa, abogados y banqueros, se dijo in petto. De pronto encontró muy divertida la idea de una reunión como aquella en un ambiente tan agradable. En el futuro, los negocios y los flirteos se tratarían en ese tipo de lugares. Tal vez con la única diferencia de que los clientes irían vestidos
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con menos rigor. Habría siempre un Juri muy inteligente y una espléndida Yvette para hacer burbujear la imaginación. Este pensamiento le llevó a levantar su copa a modo de saludo en dirección a la amante de Jacquot, que le respondió de inmediato. Un minuto antes había murmurado al oído de Fauzi algo fácil de adivinar y el camarero de gandura verde con bordados dorados informó diligentemente a la señorita de que el señor de aspecto esmerado, de cabellos grises y espléndido bigote, consideraría un placer invitarla. Con toda probabilidad, el resultado de su cortejo iba a coronar muy pronto el mejor acuerdo comercial que hubiera concluido nunca y, es más, con gran facilidad. La cerveza rubia destellaba en los bocks cuando brindaban. Afuera se desplegaba la actividad febril de la ciudad, que se encaminaba hacia su renovación económica. Los coches tirados por un caballo competían con los raros automóviles, mientras que a su alrededor se apretujaba un enjambre de todas las edades y todas las razas ofreciendo su piadoso sacrificio al dios Dinero. En la parte trasera de la cervecería se abría una puerta a una callejuela en la que Egipto y su pueblo hacían un malicioso guiño al visitante. La entrada principal, en cambio, llevaba directamente a Europa —allí se exhibía la elegancia del traje occidental y predominaban los idiomas inglés y francés—. Antonis vio a uno de sus empleados griegos que volvía a grandes pasos por la calle Sherif Pachá, con un fajo de papeles bajo el brazo. Parecía dirigirse con buen ánimo al trabajo, lo cual llenó al empresario de confianza y tranquilidad. De hecho, a Antonis le gustaba vivir en esta ciudad en la que las razas, las lenguas y los dogmas campanilleaban en concierto, como en un festival. Sin duda no debía existir ningún otro rincón del mundo en el que aventureros como él, Elias Juri o Yvette Santon pudieran florecer mejor. El gran reloj de pared señalaba la una y media.
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No son solo la guerra y el comercio lo que nos ha traído aquí, pensaba Antonis mientras descubría el cuerpo de Yvette. Cuando la penetró se olvidó de dónde estaba, el lujoso piso de Elias Juri, en Ruchdi, al igual que olvidó el gran lecho de metal en el que estrechaba a la mujer que había encendido su imaginación. Los pequeños gritos ahogados que lanzó su compañera intensificados con un Encore!, encore! lo llevaron a una percepción más clara de la voluptuosa realidad: los senos, firmes como limones, el cabello, con largos mechones ondulados que se entrelazaban con los barrotes de la cama y el triángulo del pubis que le hacía cosquillas en el vientre. Llegó el orgasmo, poderoso, irresistible, que acompañó vigorosamente con la voz, casi un rugido, mientras su amante abría los ojos de asombro. No había duda, la feliz conclusión de su flirteo con Yvette llevaba también la marca de Juri. El Libanés había hecho todo lo posible para que su idilio culminara, tal vez con el deseo de dar el golpe de gracia a su concurrent, como había calificado en una ocasión a Philippe Jacquot. Poner su piso a disposición de los nuevos amantes era lo mínimo que podía hacer en consideración a la bonita suma que le había entregado Haramis. Antonis estaba impresionado por la elegancia de la vivienda, a pesar de que él mismo vivía en un verdadero palacio y conocía las más hermosas residencias de Alejandría. Un apartamento convencional en Ruchdi no le impresionaba. Pero en este había muchos elementos de valor que a un experto en arte le habría gustado tasar. Obras de arte árabe junto a cuadros impresionistas y muebles franceses que se integraban con los mosaicos orientales; por obra y gracia de un gusto delicado, el arte de Oriente y de Occidente armonizaban en un equilibrio perfecto. No obstante, el dormitorio era
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decepcionante; además del mobiliario pesado y voluminoso, todas las paredes, y hasta el techo, estaban cubiertos de espejos. Sin duda Elias aumentaba su placer haciéndose también voyeur. Antonis no se sintió a gusto, al menos al principio. Tenía la impresión de ser vigilado. Con torpeza se esforzaba por desabrochar los botones del vestido de Yvette y su confusión aumentó mientras buscaba en su espalda dos corchetes invisibles, como un amante turbado por los más sencillos ademanes. Maldijo para sí las prendas femeninas y la moda a la que obedecían. Por último, cuando cedieron las últimas corazas, la juventud de su amante resplandeció en los numerosos espejos y toda la estancia quedó inundada con los múltiples reflejos de su piel blanca que envolvía unas formas cinceladas de forma exquisita. El cuerpo soberbio se entregaba para que gozara de él y explorara sus misterios. Si la experiencia amorosa se mide por la rapidez con que se despoja de sus ropas al amante, la señorita Santon habría recibido el premio extraordinario; en un santiamén, sin darse cuenta, Antonis se encontró en cueros vivos a su lado. Y un cuerpo menos joven y suave vino a enturbiar los espejos. Arrastrándose del valle de los senos a la llanura del vientre, llegó allí donde todo hombre supone que se concentra el deseo de la mujer. Apoyó la nariz en el pubis. La vulva le pareció asombrosamente frondosa, oscura y casi sintió espanto. Pensó en Bir Massud, el «pozo del Diablo», en la costa de Sidi Bishr, una abertura en la roca en la que se precipitaban las aguas del mar. Quien se bañaba en ellas debía sumergirse profundamente al pie de la roca y nadar bajo el agua para salir a la superficie lejos de la costa. En más de una ocasión, las olas continuas habían atrapado a submarinistas ambiciosos y algunos habían desaparecido en el cementerio marino de Sidi Bishr. Por un instante, Antonis tuvo miedo de dar un salto tan temerario. Retrasó el momento de la unión, esperó a que Yvette lo guia-
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ra. Cuando sus largas piernas lo estrecharon, ya no fueron sino uno solo y él trató de permanecer dentro de ella el mayor tiempo posible. No era fácil. Su deseo había ido en aumento con el correr de los días. Para retrasar el temido orgasmo, empezó a frotar con las rodillas las sábanas, una técnica que le irritaba los músculos y la piel, y que le causaría molestias durante varios días, pero era el único modo de reprimir el avance del gozo. Trató de pensar en otra cosa. En estas situaciones, rememoraba la historia de Tanasis tal como se la había contado su mujer. Recordaba su evasión de Mitilene con todo detalle, seguir sus peregrinaciones hasta Egipto y así retrasar su eyaculación durante dos horas. Una noche, en El Cairo, hasta lo había dejado plantado una joven prostituta. Después pensó que al desmenuzar de este modo la epopeya de Tanasis había torturado a la pobre muchacha cerca de dos horas. No obstante la aventura del primo no era del todo ajena al tema. Era, ante todo, una historia de amor. El 4 de agosto de 1914, día en que Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, Antonis se encontraba en El Cairo a fin de firmar el «contrato» para proveer de cigarrillos al ejército británico. Esa misma mañana había adquirido un billete de primera clase en el expreso de Alejandría a El Cairo. Su preocupación por los rumores que corrían a propósito de la sustitución del alto comisionado le había inspirado la valiente decisión de viajar en compañía de su abogado, Stratis Mijalis, pariente lejano de su mujer que llevaba sus asuntos desde hacía dos años. Mijalis, conocido como «el zorro de los tribunales mixtos», tenía fama de ser un excelente jurista, al mismo tiempo que un fanático monárquico que no perdía ocasión de cantar las alabanzas de Su Majestad el rey de Grecia, la reina y toda la sangre azul; tal vez consideraba que Haramis compartía sus opiniones, en la medida en que era el proveedor de cigarrillos oficial de la familia
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real. Antonis no tenía ningunas ganas de oírlo vilipendiar a Venizelos y la entente. Cuando su compañero de viaje se pasaba de la raya, se volvía hacia él y decía: «Stratis, c’est bien assez!». El abogado enrojecía y se hundía en su asiento hasta que, como si de pronto se acordara de algo importante, volvía a su eterna cantinela: —Están calumniando al rey y llevan al país al desastre. Ese fantoche de Venizelos está dispuesto incluso a hundir la nación con tal de alcanzar sus fines —se indignó. Como Antonis no reaccionaba, farfulló—: Entre nosotros, no creo una palabra de lo que dicen los periódicos. Ahora los británicos van a imponer una censura total. Usted sabe que no llega de Atenas ni un solo periódico, ni ninguna otra información procedente de fuentes que se opongan a la entente. Oui, c’est vrai! Tomó la mirada inexpresiva de Haramis por un asentimiento y prosiguió con el mismo furor: —¿Es justo que nuestra comunidad y el consulado se desgarren hasta ese punto? Insultan al cónsul y lo tratan de germanófilo. Van a exigir a las autoridades británicas que envíen a Malta a todos los empleados del consulado. Que los envíen y que al fin nos dejen tranquilos, pensó Antonis. Pero no dijo una palabra. Stratis había trabajado con notable acierto durante los dos años que llevaba encargándose de sus asuntos y le había facilitado ahorros sustanciales. Las pretensiones en materia de honorarios de los abogados de derecho mercantil eran excesivas en los últimos tiempos, y Mijalis brindaba una solución fiable y a buen precio. Conocía el tema a la perfección y, al pertenecer a la familia, trataba de manera inmejorable todo lo que se presentaba, sin pedir la luna. Por otro lado, no hace falta ser adivino para comprender hasta qué punto utilizaba el título favorecedor de «abogado de Haramis». Los dos hombres habían hecho una especie de acuerdo táci-
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to según el cual la compensación económica era menor que el beneficio moral. En el caso de Mijalis, este se traducía en reconocimiento profesional y social. Evidentemente, este era el punto de vista del hombre de negocios, ya que a cada momento el abogado se prodigaba en insinuaciones sobre su tacañería proverbial, lo cual el industrial ignoraba o fingía ignorar. Antonis sentía que se atenía a un grado bastante alto de tolerancia con respecto a la molesta palabrería de Mijalis, que alcanzaba lo intolerable cuando trataba de política. Y todo tiene un límite, hasta la tolerancia. Durante un momento, Antonis volvió la espalda a su compañero de asiento y observó la inmensidad monótona del paisaje agrícola, que, en combinación con el continuo balanceo del tren, lo amodorraba. Los campesinos inclinados sobre la tierra, las resplandecientes flores amarillas de los campos de algodón que sucedían a las largas extensiones de maizales, caña de azúcar y árboles frutales parecían surgir de un sueño. Las palmeras que salpicaban el paisaje cargadas de frutos aún verdes les añadían una pincelada onírica. En todas direcciones atravesaban la llanura canales que llevaban agua lodosa y las carretas de madera de los campesinos, tiradas por búfalos, bueyes, camellos o caballos, labraban una tierra negruzca. Por una parte, nunca había comprendido por qué la explotación del tabaco no había prosperado en la tierra bendita de Egipto y, por otra, daba gracias a quienes, en 1883, habían prohibido su cultivo. Esta ley había favorecido el comercio y permitido a los mercaderes griegos apoderarse de él. Una mula con los ojos vendados daba vueltas alrededor de un pozo con la precisión de un juguete mecánico. Mujeres campesinas se balanceaban como haciendo cola, con sus cántaros en la cabeza. —¿Por qué le vendan los ojos al animal? —preguntó a Mijalis. —Para que no se maree.
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