La violación en el cine
Pablo Raúl Bonorino Ramírez Profesor Titular de Filosofía del Derecho Universidad de Vigo
tirant lo b anch Valencia, 2011
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Presentación ..............................................................................
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1. Derecho, violación y cine ................................................... 1.1. Feminismo y violación ........................................................ 1.2. El cine y la cultura de la violación ................................ 1.3. Los mitos y las leyes .......................................................
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2. Violación y venganza .......................................................... 2.1. La mujer ausente ................................................................. 2.2. La vengadora feminista........................................................ 2.3. La mujer vengadora en el siglo XXI......................................
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3. La violación pública ............................................................ 3.1. Juicios e imágenes............................................................... 3.2. Ficción y realidad en Acusados............................................. 3.3. La voz de la víctima ............................................................ 3.4. Feminismo y postfeminismo ................................................ 3.5. La “escoria blanca” como categoría racial ............................. 3.6. La violación como espectáculo .............................................
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Fichas técnicas y artísticas ......................................................
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Selección bibliográfica.............................................................
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Índice
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a violación es un motivo recurrente en la pintura, la literatura, los medios de comunicación, el cómic, la música... En muchas ocasiones, la representación de la violación no sólo denota violencia sexual, sino que se utiliza como dispositivo retórico para aludir a cuestiones políticas, económicas y sociales. Por ejemplo, a finales del siglo XIX las narraciones sobre violaciones en los Estados Unidos perseguían la intención de amedrentar a las mujeres que comenzaban a reclamar sus derechos y reflejaban las disputas en torno a las políticas raciales de la época. En trabajos recientes se relaciona la representación de la violación con la evolución de las posiciones feministas en el último tercio del siglo XX: habría formas de narrar la violencia sexual feministas y otras a las que se denominan postfeministas. No obstante, los estudios sobre la violación en el cine son todavía escasos si los comparamos con los que se han dedicado a otros temas de menor importancia.
En este trabajo analizaré la manera en la que el cine refleja la violación de mujeres adultas. Excluyo deliberadamente los casos en que las víctimas de la agresión sexual son hombres o menores de edad, pues su tratamiento excedería los límites de espacio establecidos por esta colección. Este análisis puede alumbrar la forma en la que el arte de masas en general produce consecuencias sociales en cuestiones aparentemente ajenas a su función primordial de servir como entretenimiento, sean ellas deliberadamente buscadas por sus creadores o no. La violencia sexual se puede ejercer de muchas maneras, pero la violación es la más grave y traumática. El propio concepto de “violación”, así como los discursos que dan sentido a las experiencias de los perpetradores (legitimando, justificando, exculpando), de sus víctimas (culpabilizando, avergonzando, silenciando, resignando), y de quienes toman conocimiento de ellas (amigos, familiares, policías, jueces, fiscales), surgen en un entorno político, económico y cultural determinado. Las
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producciones artísticas y culturales contribuyen activamente a la formación y reproducción del contexto social en el que se ejerce la violencia sexual contra las mujeres. Una de las más influyentes son las narraciones cinematográficas. Por ello mi principal objetivo será explorar la forma en la que operan y las consecuencias que generan en ese entorno. En el capítulo 1 analizaré la forma en la que el cine ha contribuido a difundir ciertos mitos sobre la violación. Estos mitos son creencias inarticuladas que pasan por conocimiento de sentido común pero que expresan falsedades. Su objetivo final es exculpar a los agresores y culpabilizar a las víctimas de las agresiones sexuales. Constituyen la base de lo que las feministas han denominado la “cultura de la violación.” A través del análisis de algunas secuencias paradigmáticas en las que se narran violaciones pretendo mostrar cómo el cine puede contribuir a reforzar ciertas creencias que influyen directamente en la manera en la que la sociedad y el derecho se enfrentan al problema de la violencia sexual. En el capítulo 2 me centraré en aquellas películas en las que se enlaza la violación con la venganza. Recorriendo la evolución
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histórica del uso de esta estructura narrativa en el cine se puede comprender la transformación de las ideologías de género dominantes. Así como medir el impacto que el movimiento feminista ha tenido en la conciencia social sobre la posición de las mujeres y la violencia que se ejerce contra ellas. El cine en este caso sirve de escenario para una lucha política sin precedentes. En el último capítulo abordaré el tema de la repercusión política y social de la representación de la violación. Me centraré en la película Acusados (1988), en la que se narra una violación y el juicio posterior. Examinaré a partir de ella cuestiones como el valor simbólico de los juicios por violación y las dificultades probatorias en ese tipo de causas. Pero el problema principal tendrá que ver con la representación visual de la violencia sexual: ¿hasta qué punto las películas que incluyen escenas explícitas de violación, que hacen de la violación un espectáculo, no contribuyen a naturalizar la violencia sexual contra las mujeres? No pretendo dar respuestas a todos los interrogantes que plantea una investigación como la que he realizado. Mi objetivo es mostrar los problemas y poner a disposición de los interesa-
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todo está por hacer. Espero que esta modesta contribución sirva para despertar el interés sobre ella.
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dos los principales debates que han generado. Estamos ante una forma de enfrentar el estudio de la violencia sexual en la que casi
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La violación como práctica social forma parte de las comunidades humanas desde su nacimiento. Como señala Merrill Smith en la introducción a su Encyclopedia of Rape: “La realidad física de la violación no ha cambiado con el tiempo: la penetración de una vagina, u otro orificio, por un pene (u otro objeto) sin el consentimiento del hombre o la mujer penetrados. Lo que ha cambiado según el tiempo y el lugar son las definiciones, las ideas, las percepciones y las leyes acerca de la violación.” (2004: ix). La “violación” en ocasiones solo aludía a las mujeres vírgenes, a veces sólo a las mujeres, o a las mujeres que se hubieran resistido con firmeza a la agresión. Durante mucho tiempo excluyó a las mujeres casadas cuando el agresor era su marido. “Violación” proviene del latin “raptus” que se empleaba para referirse a aquellos actos en los que un hombre dañaba la propiedad de otro —en el caso de la violación se entendía que la propiedad dañada era la es-
posa o hija de un hombre. Durante siglos las mujeres recibieron protección de sus esposos y a cambio pudieron ser tratadas como si fueran de su propiedad. Esto incluía el acceso irrestricto a su cuerpo para obtener satisfacción sexual. Aunque nadie sostuviera en pleno siglo veinte que la mujer pudiera ser considerada “propiedad” de su marido, la excepción marital para los casos de violación continuó vigente hasta la década del setenta. La violación en el matrimonio no era jurídicamente posible porque muchas leyes exigían como requisito precisamente que no hubiera sido cometida por un cónyuge en perjuicio del otro. La militancia feminista fue decisiva para lograr cambiar la percepción social y jurídica de la violación. El cambio legislativo fue lento. Recién en el año 1993 se abolieron las cláusulas que eximían de la aplicación de las leyes sobre violación a los maridos que convivieran con sus esposas en los estados de Carolina del Norte y Oklahoma.
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Capítulo 1
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Pero el cambio social fue más lento aún. Por eso no se trata de una cuestión que tenga sólo interés histórico. En su estudio pionero sobre el tema Diane Russell (1990) estableció, a partir del análisis de 930 casos, que una de cada siete mujeres casadas había sido violada (o intentada violar) por su marido o ex marido. Lo que constituye el 14 por ciento de las mujeres del estudio que estaban, o habían estado, casadas. El 85 por ciento de esas esposas habían sido objeto de una violación vaginal empleando el pene como elemento de penetración. El 10 por ciento sólo habían sufrido un intento, y el 5 por ciento había sido víctima de sexo oral forzado, sexo anal o penetraciones manuales —en la mayoría de los casos estas prácticas se combinaban con la penetración vaginal. Sólo tres mujeres de las 87 se encontraba divorciada al momento de sufrir la primera violación marital. Este es sólo un ejemplo de la relación que existe entre las creencias colectivas y la regulación jurídica en casos de violencia sexual. Este trabajo no trata sobre la violación como problema social, sino sobre la manera en la que la representación cinematográfica de la violación influye en el contex-
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to social y cultural en el que se producen los ataques sexuales, y del que parten las respuestas jurídicas e institucionales para afrontarlos. El derecho es una herramienta que se debe poner a punto y debe ser utilizada en un contexto social determinado. La forma en la que la sociedad percibe la violencia sexual constituye el sustrato en el que las leyes deben ser aplicadas. Para lograr cambios legislativos basta con reunir ciertas mayorías parlamentarias. Pero el cambio de mentalidad sobre un problema como la violación es una cuestión mucho más compleja, en la que intervienen diversos factores. Uno de ellos es la cultura popular, con su capacidad para difundir creencias y mitos sobre las relaciones de género. Sin un cambio en la percepción social de los problemas las reformas legislativas son incapaces de darles soluciones duraderas. En este capítulo analizaré la forma en la que el cine ha contribuido a difundir ciertos mitos sobre la violación que han generado (y lo siguen haciendo) graves perjuicios a las mujeres víctimas de la violencia sexual, porque dichos mitos han dado fundamento a leyes y prácticas institucionales condescendientes con los agresores sexuales.
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El feminismo sostiene que la amenaza de violación constituye un elemento que condiciona la vida de las mujeres en las sociedades contemporáneas porque, aunque no hayan sido violadas, la mayoría han tenido contacto con la violencia sexual de forma indirecta. Esta amenaza latente restringe sustancialmente la libertad de las mujeres, porque la cultura patriarcal en la que vivimos es condescendiente con los agresores y tiende a culpar a las víctimas. Es lo que las feministas denuncian como la “cultura de la violación”. Se entiende por “cultura de la violación” el conjunto de creencias que dan cobertura a la agresión sexual de hombres a mujeres, que hacen ver la violencia como sexualmente atractiva y en la que se exculpa al agresor y se estigmatiza a la víctima. Puede parecer exagerado aludir a toda una cultura como cómplice de las agresiones sexuales contra las mujeres, pero si analizamos las cifras en torno a este tipo de delitos debemos reconocer que estamos ante un problema que no se reduce al accionar de un grupo de hombres problemáticos. Las estadísticas son poco fiables, porque muchos casos no lle-
gan a conocimiento de las autoridades, pero esta circunstancia las hace aún más escalofriantes. Según un informe del FBI del año 2002 se cometieron 11 violaciones por hora en los Estados Unidos durante ese año (95.136 en total, 264 por día). Según otro reporte de ese mismo año las cifras eran 28 violaciones por hora (247.730 en total, 678 por día). Estos datos son parciales, porque en los informes se registra que el índice de casos no denunciados es cercano al 70 por ciento (que sube hasta el 76 por ciento si el agresor es el marido o novio de la víctima). En pleno siglo XXI la mujer sigue sin denunciar la violación por miedo a ser estigmatizada por ello. En el Reino Unido, por poner un ejemplo europeo, se calcula que cada año son violadas 47.000 mujeres. Menos del cinco por ciento de los casos denunciados terminan con la condena del violador. Según Bourke esto demuestra que “no hay ningún crimen que sea más difícil de demostrar que la violación y [que] no hay ninguna parte agraviada de la que se desconfíe más que de la víctima de una violación.” (Bourke 2009: 34). Esta es una de las consecuencias de la “cultura de la violación”,
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1.1. Feminismo y violación
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en la que tanto hombres como mujeres asumen la violencia sexual como un hecho más de la vida cotidiana, como si fuera inevitable. Esta percepción se asienta en un conjunto de creencias (la mayoría falsas) que se difunden a diario en los medios de comunicación como si fueran verdades innegables. Pero sólo expresan actitudes o valores que se deberían cambiar. En este capítulo pretendo mostrar como una labor crítica sobre ciertos fenómenos de la cultura popular, en este caso el cine, puede contribuir a socavar las bases de la cultura de la violación. En torno a la violación circulan ciertos “mitos” que se ponen de manifiesto cada vez que un hombre agrede sexualmente a una mujer y pretende excusar su conducta, y a los que toda mujer víctima de este tipo de agresión se ve sometida cuando pretende ponerla en conocimiento de las autoridades. Los más habituales son (1) que es imposible violar a una mujer que se resiste (lo que implica que toda violación es en realidad un acto sexual consentido), (2) que las mujeres acusan falsamente a los hombres de violación para obtener con ello algún provecho, (3) que hay actos sexuales forzados que no se pueden considerar una violación, (4) que cuando una mujer le dice que “no” a un
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hombre que pretende mantener relaciones sexuales con ella en realidad le está diciendo “si”, (5) que el principal peligro para las mujeres lo constituyen personas desconocidas (en ocasiones psicópatas sexuales) que pueden atacarlas en lugares o circunstancias donde no deberían estar solas, y (6) que las mujeres desean ser violadas y manifiestan ese deseo vistiendo de manera provocadora, comportándose de forma insinuante o consintiendo ciertos escarceos amorosos. Estas creencias se pueden considerar “mitos” no sólo porque son falsas, sino porque se adquieren de forma irracional en el seno de una cultura. Se transmiten de forma fragmentaria y adquieren el estatus de verdades objetivas de sentido común. Los mitos sobre la violación son tan frecuentes que mucha gente considera que reflejan la verdad de los hechos. Por ello afectan la comprensión individual, social e institucional de la violación y también la manera en la que se responde ante ella. Incluso desde el derecho. Es por eso que disiparlos (poniendo en evidencia el sexismo y el racismo que los alimentan) constituye un imperativo si se pretende enfrentar con seriedad el problema de la violación. En una “cultura de la violación” estas creencias inarti-
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excluidas de los procesos penales hasta entrada la década del setenta. Los defensores de los violadores podían obligar a las víctimas a narrar sus hábitos sexuales, podían interrogarlas sobre su forma de vestir (valorando su decencia) y sobre todo su comportamiento previo hacia el agresor. El mito contenido en el viejo dicho “las chicas buenas no son violadas” continúa pesando sobre las víctimas a pesar de los esfuerzos que el movimiento feminista ha realizado durante la segunda mitad del siglo XX. Lo mismo ocurría cuando las denuncias eran efectuadas ante hombres no cualificados, quienes exigían evidencias físicas de resistencia para aceptarlas. La implantación de unidades especializadas ha paliado en parte el suplicio al que se veían sometidas las mujeres que pretendían poner en conocimiento de las autoridades las agresiones sexuales sufridas. Pero los mitos en torno a la violación siguen presentes y circulando en el entorno social, por lo que en muchos casos las víctimas siguen creyendo que silenciar la agresión es lo mejor. Al menos se evitarán las humillaciones y las miradas acusadoras de su entorno. La cultura de la violación se transmite a través de programas de televisión, periódicos, novelas, canciones, chistes, dichos,
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culadas, estos mitos, dan sostén ideológico a las agresiones sexuales de los hombres contra las mujeres. Viviendo en ella, las mujeres perciben la amenaza de violencia como un continuo que se extiende de los comentarios sexistas a los toques sexuales, pudiendo llegar a la propia violación. Para las feministas una cultura de la violación perdona el terrorismo físico y emocional contra las mujeres y lo presenta como la norma. Los mitos en torno a la violación elevan ciertas especificidades históricas y geográficas al status de eslóganes claros y autoevidentes, que resultan muy perjudiciales para quienes sufren ataques sexuales reales. Según Bourke, “hacen posible que algunos individuos (como los perpetradores) sitúen sus acciones en un marco que es reconocible por otros (como las víctimas potenciales) mientras que despojan de legitimidad a las personas (las víctimas reales, por ejemplo) que desean refutarlos.” (2009: 35). La consecuencia más nefasta de estas construcciones sociales es la culpabilización a la que se ve sometida la víctima de un ataque sexual. Uno de los mecanismos de culpabilización de las víctimas de violación más habitual consistía en revisar en el juicio su historia sexual pasada, actividades probatorias que no fueron
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museos y, como no podía ser de otra manera, del cine. Si miramos con ojos críticos muchas de las manifestaciones culturales que nos rodean podremos apreciar como en ocasiones refuerzan los mitos en torno a la violación. Contribuyen a generar prácticas discursivas en las que hombres y mujeres se forman en los esquemas desde los que darán sentido a sus experiencias sexuales futuras (¿Cuántos de ellos serán agresores, cuántas de ellas víctimas?). Para las feministas continuaremos viviendo
en una cultura de la violación hasta que comprendamos estos hechos y suprimamos las creencias y las prácticas que engendran la violencia sexual. Una forma de entender cómo se difunde la cultura de la violación es poner al descubierto la forma en la que los viejos mitos se mantienen vivos, insertos en narraciones que aprovechan el descenso de la vigilia racional al que invita el medio audiovisual para transmitirlos. Este también puede ser el primer paso para combatirla.
1.2. El cine y la cultura de la violación Las producciones culturales de una sociedad contribuyen a formar, o a reforzar, las creencias de sus miembros. En las sociedades industrializadas la cultura popular es un factor que trasciende las fronteras. Funciona como un espejo de dos caras. El reflejo que nos ofrecen las obras de la cultura popular se mueve en dos direcciones: hacia arriba, dándonos información sobre quienes las producen; y hacia abajo, mostrándonos ciertas características de quienes las consumen. Apoyándose en elementos que satisfacen deseos e intereses del público, difunden las posiciones ideológicas de las
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élites que las financian y producen. Aunque su objetivo explícito es entretener o generar experiencias estéticas, en la práctica transmiten de forma acrítica e irracional ciertas creencias. Esta característica es aún más marcada en el caso del cine, ya que las narraciones audiovisuales generan en el espectador una suspensión del juicio crítico, lo que las transforma en poderosas difusoras de creencias. En De Caligari a Hitler (Barcelona, Paidós, 1985) Kracauer sostiene que “más que credos explícitos, lo que las películas reflejan son tendencias psicológicas, los estratos profundos
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va). Pero son posiciones extremas. Aun aceptando que ciertas narraciones audiovisuales son vehículos aptos para transmitir creencias todavía debemos preguntarnos por la forma particular en que lo hacen. Hay géneros —como el ensayo— que invitan a la reflexión crítica, a sopesar argumentos para animarnos a aceptar como verdadera una posición. Pero no es el caso de las narraciones cinematográficas. Esta es una de las claves para comprender el problema al que nos enfrentamos. No se trata de algo que se pueda elegir o evitar. Si los productos de la cultura popular transmiten creencias entonces su adopción por parte de los consumidores no es el resultado de una actividad crítica y reflexiva, sino todo lo contrario. Su poder de persuasión es sumamente alto, ya que se vale de las emociones que despiertan las tramas y personajes, y del estado cuasi-hipnótico que generan las narraciones audiovisuales. Es en este punto donde los trabajos que toman como objeto de reflexión los productos de la cultura popular cobran relevancia. Poner en evidencia las creencias que difunden ciertas narraciones, y cómo los mecanismos narrativos escogidos potencian su adopción acrítica por parte del espectador obrando como mecanismos retóricos, es el primer
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de la mentalidad colectiva que —más o menos— corren por debajo de la dimensión consciente. Claro está que las publicaciones populares, radios, bestsellers, anuncios, modos idiomáticos y otros productos sedimentarios de la vida cultural de un pueblo ofrecen también valiosa información acerca de las actitudes predominantes y las tendencias íntimas difundidas. Pero el medio cinematográfico excede en amplitud a esa fuente.” (14). Este fragmento pone de manifiesto que se podrían desarrollar trabajos de investigación similares al que he realizado sobre otros fenómenos de la cultura popular —como el cómic o las canciones. Pero no deja claro en qué sentido las narraciones cinematográficas reflejan lo que Kracauer denomina “mentalidad colectiva”. Una forma de dar sentido a su posición es considerar que lo que el cine refleja es un conjunto de creencias, o al menos de posibles contenidos proposicionales para esas creencias. Hay quienes sostienen que ciertas narraciones populares pueden llegar a transmitir tesis filosóficas, pues si una posición filosófica está bien desarrollada en una historia, eso la convierte en una mejor narración desde el punto de vista artístico (y no simplemente en una narración más educati-
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paso para generar una reflexión argumentativa explícita y crítica sobre ellas. Las ficciones se asientan en la simpatía que despiertan sus protagonistas (y la correlativa antipatía hacia los antagonistas). Este estado emocional se siente por y no con los personajes, y está cimentado sobre las virtudes y valores morales que encarnan. Esta simpatía es lo que ata emocionalmente a la audiencia con la narración. Pero no se trata de una elección moral absoluta, sino relativa a las opciones que el propio universo de ficción otorga al espectador. Esto se pone en evidencia si analizamos la actitud favorable que despiertan personajes “malos” que en la vida real serían rechazados -como Tony Soprano, el protagonista del éxito televisivo Los Soprano. Los espectadores establecen alianzas con ellos porque resultan ser los más morales dentro del universo de ficción, en comparación con los otros personajes que los rodean. En las ficciones audiovisuales, los juicios morales que el espectador realiza tácitamente sobre los personajes y las situaciones que observa están inducidos por la manera en la que se construye y presenta el relato. El cine apela a las emociones de la audiencia para mantener su atención en el relato. Esta
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comunión afectiva que se establece con los personajes de las ficciones audiovisuales adormece aún más el escrutinio crítico de las creencias que transmiten sus actos, aumentando considerablemente su poder de persuasión. Basta con que encarnen ciertos valores muy generales y relativos al propio universo de ficción para que generen simpatía. Mientras que los recursos fílmicos como los primeros planos o insertos de movimientos asociados a fuertes sentimientos refuerzan la adhesión afectiva a través de los reflejos especulares (reacciones que el espectador reconoce en los personajes y asocia con experiencias personales muy marcadas, como la incomodidad cuando se recibe una luz fuerte en el rostro en un entorno oscuro). Esto puede llevar a aceptar acríticamente posiciones controvertidas en ciertos aspectos de su conducta, como la tortura para salvar inocentes (tal como se puede percibir en las ficciones producidas con posterioridad al 11 de septiembre). Hay estudios que sugieren que existen límites en aquellas posiciones que se pueden transmitir indirectamente con éxito a través de una narración. Aquellas obras que violan ciertos principios morales básicos o preceptos epistémicos rompen
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momento en que un individuo se coloca ante la pantalla las posibilidades de mantener una posición crítica son muy escasas. Los mismos profesionales que asisten al cine en función de críticos reconocen que alcanzan sólo cierto distanciamiento crítico recién al ver el film por segunda vez. Los espectadores pueden oscilar entre una tenue vigilancia crítica y la participación más activa, pero la mayoría terminan fascinados por el relato cinematográfico. Por lo tanto, la tarea de verbalizar ciertos contenidos presentes en un texto audiovisual no se debe considerar una labor superflua. La información visual induce a una comprensión intuitiva que puede no desarrollarse nunca verbalmente. Por eso poner en palabras ciertos contenidos implícitos en el texto audiovisual constituye el paso previo indispensable para proceder a su revisión crítica. Las narraciones cinematográficas constituyen canales privilegiados para reforzar o cuestionar las creencias o mitos que forman la cultura de la violación. Las personas eligen aquello que quieren llegar a ser escogiendo entre un conjunto de prácticas discursivas que la época en la que viven pone a su disposición. Ellas les permiten dar sentido a sus actos y cons-
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el encantamiento que mantiene a la audiencia atenta a lo narrado. Pero aun aceptando estas posiciones habría que tener en cuenta que esos principios son cambiantes y que uno de los factores que pueden hacerlos variar son los mismos productos de la cultura popular. Las variaciones en esos “principios morales básicos” es lo que se puede detectar analizando los productos de la cultura popular, las tendencias psicológicas y sociales que hacen aceptable un motivo argumental o visual presente en una película en cierto momento y en cierto lugar (y repugnante en otras circunstancias). Menos problemático resultará concentrarnos en las posiciones que, sobre cuestiones debatidas socialmente, se transmiten de arriba hacia abajo mediante el cine. Explicitar las posiciones que, aprovechando el efecto hipnótico que tiene la narración audiovisual, subyacen en aspectos aparentemente poco trascendentes de la trama o bien detrás de las principales acciones. Esta tarea crítica está justificada porque el espectador no se encuentra en posición de llevarla a cabo durante el primer visionado de un film, requiere una suspensión de la credulidad que el encadenamiento de la narración impide o hace sumamente dificultosa. En el
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truir su identidad, lo que afecta también a los violadores y a sus víctimas. La sociedad occidental está inundada por representaciones de violencia y especialmente de violencia sexual. Una de cada ocho películas de Hollywood incluye una escena de violación. Estas circunstancias no son irrelevantes para el problema social de la violencia sexual, porque según Bouke “la narración de la violencia sexual no sólo proporciona un marco para la crueldad, también la habilita.” (2009: 22-23). En la siguiente sección analizaré escenas de películas en las que se narran actos de violación para examinar de qué manera los mecanismos de representación cinematográfica pueden mover visceralmente al espectador a reforzar (o a cuestionar) los mitos que circulan sobre ella. He escogido algunos casos paradigmáticos que el lector podrá rápidamente asociar con escenas similares en otras películas. Pero ningún texto tiene asegurado un sentido o función inamovible. Con un trabajo adecuado de interpretación se puede usar un relato que pretendía transmitir un significado determinado para defender uno totalmente opuesto. Piezas fílmicas que refuerzan explícitamente ciertos mitos sobre la violación pueden servir para despertar la
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conciencia de los espectadores sobre esta circunstancia, y de esa manera ser utilizadas para combatir aquellas posiciones que en una lectura acrítica estaban llamadas a reforzar. Espero que mi trabajo pueda contribuir a difundir esta forma de enfrentarse a los fenómenos de la cultura popular que pone el acento en el contexto de recepción del mensaje en lugar de en el emisor, el canal o el mensaje en sí mismo. Para ello analizaré algunos ejemplos extraídos de películas producidas desde finales de los años treinta hasta los inicios del siglo XXI. El objetivo es analizar los mecanismos de ficción que sirven para reforzar la “cultura de la violación”. No pretendo juzgar estéticamente los films de los que extraje las escenas, ni tampoco atribuir a sus directores una posición determinada sobre el problema de la violación. Mi intención es mostrar cómo ciertas maneras de representar la violación resultan funcionales para la difusión de ciertos mitos en torno a ella. El objetivo es cuestionar las creencias subyacentes en las narraciones cinematográficas escogidas. No creo que las ficciones audiovisuales deban ser juzgadas estéticamente por los valores morales que encarnan, y mucho menos por la valoración de los
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las creencias que tácitamente se difunden de forma acrítica con ellas.
1.3. Los mitos y las leyes Los mitos en torno a la violación están ampliamente difundidos en la sociedad. Constituyen formas simples, aparentemente no ideológicas, que por ello se presentan como verdades incuestionables. Afectan de manera significativa la forma en la que la sociedad comprende la violencia sexual y condicionan las respuestas que se pueden ofrecer como solución al problema (incluyendo las respuestas jurídicas). Estos mitos permiten marginar aún más a los miembros más desprotegidos de la comunidad. También se han utilizado para cuestionar a las feministas que se alzaron contra ellos. Pero como señala Bourke, lo más grave es que “estos mitos en torno a la violación, y su omnipresencia en la sociedad, demuestran la inmensa simpatía cultural que existe por el perpetrador de abusos sexuales.” (2009: 64). Su difusión a través de las manifestaciones de la cultura popular es incesante. El cine ha abordado el tema de la violación desde su nacimiento. Y desde ese momento también ha servido para difun-
dir sus principales mitos. En el corto La vieja criada decepcionada de 1899, por ejemplo, un hombre vestido de negro entraba sigilosamente en el dormitorio de una solterona por la ventana. Cuando la mujer se iba a acostar, descubría al hombre que se había ocultado debajo de su cama. Rebosante de felicidad, aplaudía y saltaba hacia la ventana para cerrarla con fuerza. Regresaba junto al lecho, se agachaba, metía la mano debajo de la cama para sacar a rastras al misterioso hombre de negro. Pero lo que sacaba era un muñeco. La vieja criada se largaba a llorar desconsoladamente: las mujeres protagonistas del cine mudo también deseaban secretamente ser violadas. En El nacimiento de una nación (1916) de Griffith se presentaba a un hombre negro de características bestiales que intentaba violar a una joven virgen blanca (rescatada a tiempo por un intrépido salvador blanco) —un estereotipo racial muy persistente en el ambiente cultural norteamericano. El mito del violador negro de mujeres blancas no resiste
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actos de los personajes de ficción que las protagonizan, pero considero importante explicitar