Receta 2 Eran las seis de la tarde y ya los últimos rayos de sol se dejaban entrever en el horizonte. Deposité la maleta vacía, que era mi compañera y amiga día tras día en el maletero de aquel taxi negro. La fina lluvia que parecía que no mojaba empezaba a arreciar así que entré al vehículo con toda la rapidez que pude. -¿A dónde le llevo?- Dijo el chófer en perfecto británico mientras encendía el motor del coche y ponía en marcha el limpiaparabrisas. -Heathrow, por favor- Dije tratando de imitar la pronunciación inglesa pero quedándome en el intento. El taxi arrancó y el chófer subió el volumen de la radio en la que sonaba Obladi Oblada del White Album de los Beatles. Cuando la guitarra de Harrison lloraba gentilmente los últimos acordes de While My Guitar Gently Weeps, divisé desde los cristales manchados por la lluvia un cartel que indicaba que acababa de llegar a la terminal 1 del famoso aeropuerto. -¿Cuánto es? - Le pregunte al conductor. -Nueve libras- Dijo mientras yo sacaba la cartera del bolsillo de atrás de mis pantalones. Cojí un billete con la cara de la reina por valor de 10 libras y se lo dejé al conductor insistiendo en que se quedara con el cambio. Saqué mi maleta del maletero y entre al aeropuerto, sentandome en un asiento que había cercano a un restaurante de comida rápida que estaba muy de moda hoy en día y miré hacia el infinito sumiendome en mis pensamientos. Me gustan los aeropuertos. La gente que va con prisas, los que esperan en sus filas con ilusión, la gente cargada con maletas a saber con qué destino, las tristes despedidas, los novios que esperaban los vuelos de sus novias con un ramo de flores para tratar de arreglar lo que el tiempo y la distancia han tratado de romper... Todo esto me encandilaba y día tras día lo pasaba en esta terminal 1 del aeropuerto londinense. Me preguntaba que se sentiría al tener a alguien esperandote y no compartir la vida con esta estúpida y vacía maleta que con tanta ilusión cargué aquel día en el que decidí mudarme a Reino Unido. Pero me conformaba con mirar las pantallas, simpatizarme con los pasajeros de los vuelos que se retrasaban y los que eran cancelados por las condiciones atmosféricas. Un dulce olor afrutado me sacó de lleno de mis pensamientos, me giré para ver que producía este dulce olor y me encontre una chica de no más de veinticinco años mirando directamente hacia mí. Tenía una castaña melena hasta los hombros, la nariz respingona y los labios gruesos; pero lo que más destacaba de su cara eran sus ojos. Sus ojos eran grandes, profundos y tristes; del color del otoño. Y miraba una guía de viaje con una fotografía de la Torre Eiffel en su portada. -¡Hola!- Me dijo mientras su cara dibujaba una sonrisa y sus cejas se arqueaban. -Hola. ¿Vas a París?- Contesté tratando de parecer lo más amigable que pude. -¿Cómo lo has sabido?- Pregunto sorprendida. -Te he estado espiando.- Dije con una sonrisa malévola y pícara a la vez a lo que ella respondió con una carcajada. Tras un par de interminables segundos pregunté: -¿Cómo te llamas?-Autumn dijo con una sonrisa- y añadió -¿También vas a París?-No...- Conteste con cara de pena. -Qué lástima, podriamos haber hecho turismo juntos.- Me dijo sonriendo. Y la charla se mantuvo con temas sin importancia hasta que se tuvo que marchar por una llamada a su vuelo. Yo ni me inmuté y seguí reflexionando conmigo mismo en mis pensamientos No sabía cuanto tiempo había pasado cuando otra chica se sentó a mi lado de manera similar a la