Zaragoza, a 25 de febrero de 2013 Como diría Jorge Manrique, nacemos para morir, y cada instante que pasa nos acerca más a ese momento. Nadie quisiera ver morir a un ser querido, pero ha llegado el momento de aceptar que tienes que irte, no hay más remedio, pero en tus últimos suspiros, abuelo, te escribo esta carta. Tengo apenas 18 años, pero he vivido momentos contigo que no olvidaré nunca y que te prometo contaré a tus bisnietos con mucho orgullo. Te doy las gracias… Gracias por llevarme, desde pequeñita de la mano, ayudándome a entender las cosas, a aprender cada color, cada número y consolarme cuando mi corta experiencia no me permitía comprender cosas diciéndome: “Algún día lo entenderás cielo, por el momento no te preocupes”. Por llevarme en tu espalda cuando me cansaba en nuestros largos paseos por el campo, y por dejarme dormir en tu regazo cuando algo me asustaba. Gracias por aguantar todas mis locuras, cuando te hacía meterte en mi casita en la que apenas cabías, poniéndote gorros y pelucas, como si fueras mi maniquí personal y cuando te hacía cantar en mi karaoke. También, mil gracias, por soportar mis enfados, mis malas palabras, mis desplantes, cuando dabas todo por hacerme feliz… por todo ello te pido perdón una vez más. Gracias por tus reprimendas cuando hacía algo mal, porque me han ayudado a ser mejor persona, por darme todos los vicios del mundo con todo tu cariño, esperando a cambio un simple beso y un abrazo de los nuestros, también, por nuestra complicidad cuando tantas veces me cubrías las travesuras. Gracias por todas las sonrisas, todas las lágrimas que has secado de mi cara, por tus silencios cuando simplemente necesitaba que me escucharan y te sentía a mi lado acariciándome el pelo, siempre has estado ahí sin saber bien cómo. Gracias por saber qué necesitaba en cada momento y por dar lo mejor de ti para conseguirlo, por tus consejos, los más sabios que he escuchado nunca y los que recordaré el resto de mis días, éstos son sin duda, tu mejor legado. Gracias por ayudarme con mis primeros desamores, cuando creía que se iba a acabar el mundo y tú llegabas sacándome la mejor de mis sonrisas entre un millón de lágrimas, con alguna frase de las tuyas. Gracias abuelo, gracias infinitamente por todo… simplemente por darme una parte tan grande de ti que quedará conmigo para siempre. No quiero que pienses que es una carta de despedida, porque tú nunca te vas a ir de mi lado, siempre vas a estar conmigo; cuando algo me asuste cerraré los ojos y recordaré tus abrazos, cuando los problemas me agobien, recordaré tu risa, para reírme contigo de ellos y cuando tenga ganas de llorar porque ya no estés aquí presente recordaré lo que me decías cuando aún era una niña “Peque, te queda toda una vida por delante tu elijes si la vives sufriendo o riendo”. Y es que lo nuestro era un vínculo especial, diferente al que tengo incluso con mis padres, uno de los más grandes amores en mi vida serás siempre tú abuelo. No sé el tiempo que me queda para seguir agarrando tu todavía cálida mano, y para seguir repitiéndote “te quiero” todas las veces que puedo. Solo sé que puedes emprender tu viaje bien tranquilo, porque aquí, sea cual fuere tu cometido, lo has cumplido con creces. Puedes irte con una sonrisa en tus labios, ya secos, y con la certeza de que aquí nadie te olvidará, y mucho menos yo. Ahora prométeme una cosa tú y te doy mi permiso para que nos abandones por una temporada, porque sé que nos volveremos a juntar: No me olvides.