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Viaje a Katmandu

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K AT M A N D Ú

Se buscan diosas niñas La reencarnación, Taleju, sale una vez al año a bendecir al rey, que está a punto de ser derrocado. Es Kumari, la diosa viviente, una niña de 4 años cuya divinidad termina en la adolescencia. Entonces se elige a una nueva deidad. Día Siete recorrió Katmandú, la capital de Nepal, que concentra graves conflictos políticos, étnicos y sociales, pero donde los fieles conviven en armonía entre cientos de templos. TEXTO Y FOTOS: TÉMORIS GRECKO

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a cuenca del río Trisuli es extremadamente abrupta: a ambos lados, las montañas se elevan miles de metros con una inclinación desorbitada. Sólo el agua podía haber encontrado entre ellas la única ruta para atravesar la mitad de este país. Y los nepalíes construyeron la estrecha carretera arañándoles las faldas: si nos volteamos hacia la derecha, nos recargamos contra la pendiente; hacia la izquierda, nos desplomamos unos veinte metros hacia la corriente azul-verde, de un tono lechoso-plateado que probablemente se debe a roca pulverizada. No sería raro que pasara: al autobús no le quedan muchas tuercas que perder. Aunque está lleno, podríamos apretarnos más. Los tipos que escogieron ir en el techo para apreciar las gigantescas rugosidades saben que serán los primeros en ser aplastados si algo sale mal. No ocurre así. Ahora estamos en una extraña frontera interna: los lugareños tienen que bajarse con sus cosas, documentos y permisos, los extranjeros pasamos el control cómodamente en el vehículo. Es por la guerrilla: son los últimos meses del régimen dictatorial del rey Gyanendra, los partidos democráticos se han aliado con la insurgencia maoísta y el tirano siente la presión. No es tanto que uno sienta que a la gente le entró la inspiración republicana, pero es evidente que están hartos de este represor, de quien se sospecha montó un complot para deshacerse de su hermano, cuando éste era el monarca, y de toda la familia real, echándole la culpa a su sobrino, el heredero, quien convenientemente se suicidó en el acto. A veces las cosas me salen demasiado bien, debe haber pensado Gyanendra. Atrás los soldados, se nos abre Katmandú: un inesperado valle en las alturas, a medio camino entre las tierras bajas del sagradísimo Ganges y el techo del mundo que es el Tíbet, es el corazón de un país minúsculo atrapado entre el trasero del gran monstruo chino y el hombro del elefante indio. Es casi milagroso que Nepal se haya mantenido independiente con tales vecinos. Su cultura es fuerte, acostumbrada al paso de comerciantes e invasores y labrada durante milenios de pequeñas guerras entre las bellas ciudades del valle, mucho antes de que el denso esmog de combustibles pesados y máquinas desgastadas oscureciera la vista como ahora. Aún así, desde los tejados se ve la nieve de los Himalaya que brilla al sol, y a veces, también la cumbre del Everest. Finaliza el otoño y en estas alturas el frío aprieta. En una vuelta al mundo, como la que hago, no hay equipaje que admita climas extremos, no hay espacio. No dejo de temblar. En el barrio turístico de Thamel, donde abundan los restaurantes “mexicanos” (aunque lo que sirven es muy sabroso, es una reinvención que yo llamaría de otra forma... digamos, comida nep-mex), adquiero un polar de doble vista –rojo y negro– en muy buen precio para ser de una famosa marca de ropa de aventura. Cuando se me empieza a romper, me fijo bien y descubro que es Nort Frace. Katmandú, sin embargo,

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no es pasarela de modas, no hay quien se dé cuenta del detalle y todo el mundo está resfriado. La sombra del mandir Lo que le llamó la atención de esta ciudad al rockero Fito Páez fue el tráfico, tanto que lo grita en una canción que me encanta... sí, malo, pero nada que no se vea en América Latina. Será que no se fue a caminar por las calles menores. Ahí es donde empezó la experiencia, la que me lleva a calificar a Katmandú como una de las ciudades más exóticas y hermosas que he visitado. Primero quise evitar los sitios de rigor y fui al barrio que está al sur de la plaza Durbar, la principal: antiguo, tranquilo, abundante en mandir (templos) grandes, pequeños y enanos. En las esquinas, en las paredes, en los rincones, la gente colocó altares. Hay que vencer la timidez y entrar en alguna de las puertas abiertas, que dan a estrechos túneles polvorientos y antiguos: es el paso al Katmandú comunal, al de la gente que levantó sus casas alrededor de un patio, y en ese pequeño espacio común reunió lo que necesita: microtiendas, unas vacas con paja para pasarla bien, tejados para que tengan sombra los viejos... y un templo, claro está. En Nepal hay mil conflictos, de orden político, económico, étnico... pero pareciera que no en el plano religioso. ¡Qué insistencia en ser diferentes del resto del mundo! La convivencia entre budistas e hinduistas es tal que comparten mandir: unos creen que la imagen venerada es tal dios, otros le atribuyen ser uno distinto, y a los que controlan el templo no les importa porque limosnas son limosnas, no importa a título de quién se las entreguen. Siempre que entras a esos patios sientes que apareces en mundos nuevos: vienes de la ciudad activa y de pronto estás dentro de una estampa semirural. La primera vez fue muy fuerte porque en el sitio vive una enorme cantidad de palomas y sus murmullos se concentran y rebotan en las paredes del pasadizo: nunca los había escuchado así, parecían provenir de pichones gigantescos y generaban un ambiente de profundidad. Frente al templo hay una escultura europea de una mujer en una túnica de tipo romano. Aunque fue traída de París, según me explicó un simpático chaval, Siris, es adorada como la diosa del rayo, para que no se le ocurra darle duro al mandir. Siris resultó ser aficionado al futbol latinoamericano y al mexicano, en particular. Lo describió como vistoso y de pases cortos, en oposición al juego europeo que abusa de lo aéreo. Yo, que ignoraba el tema, le dije que sí a todo. Centros de vida Fuera de los recintos vecinales, los grandes templos son el centro de la vida de barrio porque ofrecen los únicos espacios abiertos. Tienen bases piramidales formadas por media docena de plataformas rojas de un metro de altura, que al sucederse se reducen en superficie. Hay una escalinata en uno solo de los lados. Arriba, el mandir

ARRIBA Un dios hinduista, o bodisatva budista. La figura y el mandir (templo) son compartidos por los fieles de dos religiones . IZQUIERDA El ciclorickshaw es el heredero del rickshaw, el taxi tirado por un hombre a pie.

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A las aspirantes las meten en un salón oscuro... hombres con máscaras y cabezas de búfalo hacen ruidos terribles

ARRIBA Un oscuro pasadizo conduce al Katmandú comunal, lleno de vida y luz, no obstante las condiciones de miseria de sus habitantes.

DERECHA A los nepalíes les encantan los juegos de mesa y aprovechan cualquier rincón y banqueta para improvisar uno.

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cuenta con tres techos que repiten la secuencia: el de abajo es el más grande, el último es el menor. La parte ceremonial es reducida, una habitación de unos 20 metros cuadrados, con puertas de madera labrada. La gente no se limita a darle a los templos un uso religioso: ahí se reúne a conversar, a divertirse (están fascinados con los juegos de mesa), a vender fruta, a tender la ropa, incluso las jóvenes, con sus vaporosos saris (sin duda la vestimenta femenina más hermosa del mundo –elegante y colorida), se sientan allí a secarse el cabello (e intimidadas piden que no se les tome fotos). El contraste con la tranquilidad de esa zona está al norte de la plaza Durbar, mucho más animada y comercial. La Makhan Tole, una avenida que fue la principal por siglos y que sólo tiene pavimento desde hace cuarenta años, es una de las más encantadoras del mundo: si esta ciudad me da la sensación de estar viva, ahí se intensificaba 10 veces; si había visto gente, colores y movimiento, ésa era la fuente originaria de todo. Tiendas y más tiendas, sobre todo de brillantes saris y hermosas telas, expuestos como banderas en las paredes de los edificios. Y las personas: motociclistas, conductores de ciclorickshaw (bicitaxis de tres ruedas), mujeres de edad muy engalanadas, chicas de secundaria con faldas por arriba de la rodilla, extranjeros con ojos impresionados como yo, monjes budistas... Después de perderme por algunos callejones, pasadizos y patios (uno entra tan fácilmente a la intimidad vecinal que se siente invasor desvergonzado, pero la gente es siempre amable y los niños, juguetones), llegué a la estupa Kathesimbhu, tan alegre, una manera ingenua y sincera de tomar la religión. Está rodeada de decenas de pequeñas esculturas del Buda, en piedra negra, con los ojos y los labios delicadamente coloreados. Del remate blanco de la estupa, casi como una antena, salen líneas de papeles de colores con inscripciones en tibetano. Y la propia estupa tiene, grande y con más colores, cómo no, el bello símbolo de los ojos de Buda. El destino de la ex diosa Como en los patios se reúnen los vecinos y en los altos mandir, los habitantes del barrio, la plaza Durbar es el lugar de encuentro de los moradores de la urbe: ahí se levantan maravillosos edificios civiles y religiosos. Entre ellos, el más magnificente es el Taleju, una construcción de 35 metros de altura y casi cinco siglos de antigüedad. Se erige sobre 12 plataformas, en la octava de las cuales existe una muralla que tiene cuatro puertas preciosamente labradas. Frente a ella hay 12 templos miniatura y otros cuatro adentro. Lamentablemente, no está

abierto al público y sólo durante un día al año pueden entrar los nepalíes. Pero a un lado hay un restaurante en el cuarto piso de un edificio: al mirar el Taleju desde ahí, tuve la sensación de estar frente a algo poderoso, no amenazante ni maligno, pero muy poderoso y sólidamente asentado, como un gigante de pies grandes que se cimientan en el centro del mundo. Si el foro romano no hubiera sido destruido, uno tendría ahí una sensación similar a la que da la gran plaza Durbar: cientos de ciudadanos caminan ocupados, otros conversan y discuten a la sombra de los mandir y los palacios, todos bajo los ojos paternales y castigadores de los dioses y los gobernantes. Casi todos… en una esquina de la plaza está la residencia de la Kumari, la diosa viviente, que sólo sale de ahí una vez al año y no para ser vigilada, sino para bendecir al rey, quien a pesar de estar a punto del derrocamiento, concentra la autoridad civil y religiosa, es el alma de Durbar. La tradición dice que la Kumari es una de las reencarnaciones de la diosa Taleju. La escogen entre niñas de cierta casta de la tribu newari, de 4 años de edad y con 32 requisitos físicos muy estrictos que van desde el color de los ojos y la forma de los dientes hasta el sonido de la voz. Además, su horóscopo (aquí los astrólogos tienen la vida asegurada) debe ser el correcto. A las pocas aspirantes que cumplen con todo esto las meten en un salón oscuro donde hombres con máscaras y cabezas de búfalo bailan y hacen ruidos terribles. No se trata de nada que pueda asustar a una diosa, por supuesto, aunque se trate de una chiquita de 4 años. Así que la que no se espantó, es la buena. La llevan al recinto en Durbar. A veces se pasea en un patio, que es la única parte de su residencia a la que los infieles podemos pasar (pero no estaba allí cuando entré). Su divinidad dura hasta que llega su primera menstruación. Entonces la regresan a su pueblo y buscan una nueva diosa. Nunca faltan candidatas porque a la familia le va rebién: se va a vivir con ella al palacio y administra los pagos regulares que se le hacen, más la generosa doteliquidación. A ella, en cambio, se le complican las cosas. No imagino qué trastornos psicológicos puede sufrir una niñita que crece con la idea de que es una diosa y de pronto, todavía muy joven, la expulsan del Olimpo para que caiga de nuevo entre los mortales. Aunque que se dice que los hipotéticos pretendientes piensan dos veces lo de casarse con una ex kumari porque es de mala suerte, para cuando llegó el día pesaroso de marcharme de Katmandú me había llegado la idea de que es por otra razón: ya es tarea difícil subir a las chicas al cielo y después traerlas a la Tierra. Sobre todo si se sienten prin• cesas. Pero, ¡qué tal ligarse a una ex diosa! DIASIETE.COM 49


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Viaje a Katmandu by Témoris Grecko - Issuu