Skip to main content

La manzana de la discordia

Page 1

La

manzana de la discordia Desde 1974, la pequeña isla de Chipre está partida en dos, entre sus habitantes de habla griega y los de habla turca. Los actuales líderes políticos del sur grecochipriota y el norte turcochipriota están dispuestos a desactivar un conflicto de 35 años que ha dejado cientos de muertos, pero el tiempo y los extremistas de ambos bandos juegan en su contra. Texto y fotos por Témoris Grecko

80 e n e • 1 0


En el sentido de las manecillas del reloj, desde arriba a la derecha: un Toyota 1974 abandonado en la línea verde en la capital. / El antiguo café Otto fue saqueado. / La línea verde se estrecha en esta calle hasta tener sólo 3.3 metros. / Una barricada impide el acceso a un barrio cerca del puerto de Famagusta.

81


A

nnie Couppis pasó los últimos 17 de sus 90 años de vida como única habitante de lo que fue la zona más animada de la capital de Chipre, su país. Nicosia es la denominación en inglés de esta ciudad, por un descuido de transliteración, y los únicos que lo utilizan cotidianamente son los cascos azules de la Organización de las Naciones Unidas (onu) que patrullan la línea verde que parte esta isla mediterránea en dos. Al sur, la mayoría de habla griega la llama Lefkosía. Al norte, la minoría de lengua turca la conoce como Lefkoşa. Annie vivía en esa zona fantasma del centro urbano que hoy es una zona de amortiguamiento, donde sólo ella, último vínculo humano de unión entre ambos campos enemigos, decidía cuál nombre se debía usar y lo musitaba por las noches, sola en su casa que se caía de vejez como las construcciones vecinas. Los soldados de la onu sospechan que era Lefkosía porque ella era grecochipriota, pero no están seguros. En ellos tenía Annie a su única familia y los de ahora —que me cuentan la historia que oyeron de sus compañeros— no son los mismos de 1991, cuando ella falleció. El recuerdo de la anciana se desintegra, como los edificios de esta región de lamentos arrinconados. La señora Couppis nació en 1901, al alba de un siglo que trajo independencia, división y enfrentamiento a su gente. Vivió en el casco medieval de Lefkosía/ Lefkoşa, que los venecianos del siglo xvi protegieron con una muralla con delicado trazo de copo de nieve o de flor —y que, frente a los otomanos, resultó más hermosa que eficaz—, y que se caracteriza por un laberinto de calles y callejones rebosantes de actividad: comercios, talleres, mercados, pequeños restaurantes. Los conflictos intercomunitarios de 1964 partieron este entramado vital con una línea verde, que tras la invasión de 1974 engrosó para crear la zona de amortiguamiento que permite que los pacificadores de la onu se interpongan entre los combatientes. Frente a casa de Annie, en un vecindario predominantemente turco, se pueden ver los muros agujereados del colegio de lengua griega Ayios Kassianos, que en aquel momento, agosto de 1974, estaba ocupado por un contingente de cascos azules canadienses que se retiró cuando los combatientes se enfrentaron en la zona. Era parte de una fiera batalla casa por casa y turcos y griegos se arrebataron la escuela tres veces, con un saldo estimado de entre 800 y mil 200 muertos sólo ahí. Todos los civiles que pudieron, escaparon de la zona. Annie fue la única que decidió quedarse. No hubo amenaza o recurso diplomático capaz de sacarla. Dicen los soldados que ella pensaba que las cosas se arreglarían pronto. Que los tenderos turcochipriotas a los que compraba vegetales volverían a abrir sus tiendas. Que los alumnos grecochipriotas del Ayios Kassianos volverían a saludarla al pasar. Que los extranjeros armados que sólo hablaban inglés regresarían a sus tierras. Que su familia consanguínea se reconciliaría con ella y entendería que quiso permanecer en su hogar porque no tenía nada más en este mundo y valía la pena protegerlo. 82

ene•10

En 1989, soplaron vientos de cambio y cayó nada menos que el Muro de Berlín. Pero esto no impulsó el final de la división en Chipre. Poco después, fueron los mismos soldados canadienses de la onu que ayudaron a Annie durante sus 17 años de aislamiento, quienes compraron el ataúd y las flores como último homenaje, y organizaron su funeral. Hoy, 18 años más tarde, cuando la ciudad alemana celebra dos décadas de reunificada, no han desaparecido la partición ni las tensiones en la isla mediterránea. Por amable coincidencia, tanto en el norte como en el sur hay gobiernos favorables al diálogo, lo que ha abierto una ventana de oportunidad hacia una solución para la última capital dividida del mundo. Pero esa ventana podría cerrarse en la primavera de 2010, cuando los turcochipriotas tendrán elecciones generales.

SE LOS COMERÁN LOS PERROS Myrka Tzika es una ex periodista grecochipriota convertida en empresaria exitosa. Nació en un pueblo de Kirenia, una región

“La división de Chipre es el resultado de la actitud idiota de la gente, del fanatismo”, opina la ex periodista Myrka Tzika. “Antes, sus habitantes eran amigos.” del norte de Chipre que el ejército de Turquía controla desde la invasión de 1974. Los habitantes de habla griega tuvieron que escapar al sur. Sus propiedades les fueron entregadas a personas de habla turca. Treinta años después, Myrka pudo ir a visitar la casa de su infancia y fue recibida amablemente por sus ocupantes. Nada se habló de devoluciones o compensaciones. También hubo turcochipriotas que debieron marcharse del sur, de Lemesós (Limassol), Lárnaca y otros sitios donde perdieron la batalla contra los grecochipriotas. Y varias aldeas quedaron como tierra de nadie, pues ningún grupo podía controlarlas, pero tampoco cederlas. Como la de Ayios Sozomenós, ubicada a 25 kilómetros al sureste de la capital, a donde Myrka me llevó. Llegamos poco antes del atardecer y la luz vespertina le daba una apariencia hermosa al valle. Pero el aspecto de la población, o más bien de sus ruinas, era estremecedor: la mayor parte de las paredes fue destruida y todas las que quedaron están tapizadas de balazos. De la iglesia no quedan más que algunos arcos y columnas. Si había mezquita, no hay restos identificables. “Es el resultado de la actitud idiota de la gente, del fanatismo”, dijo Myrka. Los antiguos habitantes de Chipre “vivieron juntos por siglos, eran amigos, hasta que las tensiones empezaron a crecer con la independencia de Gran Bretaña”, en 1960. En sus días de periodista, Myrka recogió la historia de una anciana turco-


Los restos de la casa donde Annie Couppis vivió en la zona de amortiguamiento de la capital. Se negó a abandonarla, pese al conflicto.

Una torre de vigilancia de los cascos azules. Atrás se ve la muralla y algunas casas en el sector turcochipriota de Lefkoşa.

chipriota que pasó horas encerrada, pecho a tierra, protegiendo a sus hijas, durante los enfrentamientos, tras lo cual debió marcharse a otro pueblo. Aquella mujer le dijo que todo había empezado con una disputa por el control de un arroyo. Ese enfrentamiento ocurrió en febrero de 1964. Robert Ball, corresponsal del semanario Time, se encontraba en una colina cercana y describió cómo los grecochipriotas atacaban escondidos detrás de unos árboles de olivo y estaban mejor armados que los turcochipriotas sitiados en una humilde casa de adobe: “Desesperado, un pastor turco trató de escapar hacia el seco lecho del río, pero lo derribaron a pocos metros de la puerta. Otro levantó una horca y lanzó un asalto de un solo hombre contra la posición griega, pero lo mataron de inmediato.” A pesar de la desventaja, el saldo final fue casi parejo, según Ball: seis grecochipriotas y siete turcochipriotas muertos, más unos 15 heridos. A la mañana siguiente, 50 turcochipriotas armados llegaron para escoltar la retirada de unos 200 sobrevivientes hasta su posición fortificada más cercana, en la aldea turcochipriota de Louroujina, a seis kilómetros de distancia. También se acercaron unos soldados británicos, encargados de mantener la paz. “Al tiempo que los aldeanos escapaban silenciosamente con sus hatos de ovejas y algunas vacas”, reportó Ball, “un miembro de la columna turca de rescate le suplicó a un teniente británico: ‘Por favor, lleven a los muertos a Louroujina. Vinimos a salvar a los vivos. Si no se llevan a los muertos, se los comerán los perros’”. Aunque ganaron la batalla, los grecochipriotas no pudieron quedarse en Ayios Sozomenós y tuvieron que irse a otro pueblo,

Dali. “Louroujina está justo detrás de esas montañas”, Myrka señaló una sierra baja hacia el este, “y esta aldea (Ayios Sozomenós) quedaba expuesta al hostigamiento de los turcochipriotas. Al final fue nada para nadie, y la gente murió en vano”.

HISTORIA CONGELADA Ubicada en un extremo del Mediterráneo, al sur de Turquía y al oeste de Siria, Chipre tiene restos arqueológicos que indican que hay asentamientos sedentarios desde hace por lo menos 10 mil años. A partir del año 1,200 antes de nuestra era, la cultura dominante en Chipre recibió una poderosa influencia griega que ha subsistido a pesar de numerosas invasiones. En 1571, los turcos del imperio otomano se la arrebataron a los mercaderes venecianos y desde entonces también se asentó una población de habla turca. Tres siglos después, en 1878, los ingleses obtuvieron el control, que consolidaron tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial y el reconocimiento que les otorgó en 1924 la heredera del imperio, la nueva república de Turquía. Los problemas vinieron tras la Segunda Guerra Mundial, con la ola de descolonización que desmanteló los dominios británicos y franceses. A lo largo del siglo xx, decenas de miles de turcos habían sido asesinados o expulsados de Grecia, y a otros tantos griegos les había pasado lo mismo en Turquía, eternos rivales. La pregunta en Chipre era qué debía pasar cuando terminara el dominio de Londres. Los grecochipriotas, unos 500 mil, querían la enosis, es decir, anexarse a Grecia. Pero, dados los antecedentes, los turcochipriotas, unos 100 mil, temían ser atacados y arro83


jados de la isla, y preferían mantener el estatus colonial. O, en su defecto, opinaba Turquía, Gran Bretaña debía devolverle la isla que le había quitado décadas atrás. Un grupo armado de lengua griega, la Organización Nacional de Combatientes Chipriotas (eoka, por sus siglas en griego) lanzó una campaña a favor de la enosis que incluyó ataques terroristas contra los ingleses y algunos turcochipriotas. En respuesta, estos crearon la Organización de Resistencia Turca (tmt, en turco). A final de cuentas, las negociaciones con Londres y la onu produjeron en 1960 un resultado que quiso ser equilibrado: ni anexión a Grecia ni devolución a Turquía, sino una independencia en la cual los turcochipriotas no fueran sometidos por los grecochipriotas: la Constitución consagró una división del poder en la que los turcos, que eran el 18 por ciento de la población, tenían derecho a contar con el 30 por ciento de los ministerios y de los miembros del parlamento, más facultades para vetar algunas decisiones de gobierno. Nadie quedó contento con el acuerdo y en 1963 y 1964 hubo una serie de enfrentamientos en aldeas como Ayios Sozomenós, y en barrios urbanos, con saldo de unos 350 turcochipriotas y unos 200 grecochipriotas muertos. Aunque en la isla se establecieron los cascos azules de unficyp (Fuerza de Paz de las Naciones Unidas en Chipre) para tranquilizar las cosas, los grecochipriotas siguieron trabajando por la enosis y los turcochipriotas, para impedirla.

Cascos latinos La Fuerza de Paz de las Naciones Unidas en Chipre (unficyp) es peculiar porque se trata de una misión de cascos azules con un fuerte componente latinoamericano: éste es el origen de 297 de sus 859 soldados (265 argentinos, 15 chilenos, 14 paraguayos, 2 peruanos y un brasileño). En su policía civil, compuesta por 69 efectivos, hay 8 salvadoreños. Y para redondear el asunto, el comandante en jefe de la unficyp es el peruano Mario Sánchez. En la isla desde 1964, la Fuerza de Paz controla una zona de amortiguamiento conocida como línea verde, que se extiende a lo largo de 180 kilómetros de este a oeste de la isla, y ocupa un área de 346 kilómetros cuadrados (3 por ciento del territorio total). El término “línea verde” deriva del color de la tinta con la que un soldado británico, el mayor general Peter Young, dibujó en 1964 una línea de cese al fuego. El trazo actual, sin embargo, se definió tras el fin de las hostilidades en 1974, de acuerdo al avance máximo alcanzado por el ejército turco en su invasión. A partir de ese año, el paso entre las zonas sur y norte quedó prohibido, pero se permite de nuevo desde 2003. Atravesar alguno de los siete cruces oficiales es una cuestión de cinco minutos para casi todo el mundo, excepto para los colonos anatolios y sus descendientes, cuya presencia es considerada como ilegal por el gobierno de la República de Chipre, el único de la isla reconocido internacionalmente. Los turcochipriotas, en cambio, pueden cruzar tan sólo con su identificación oficial, y tienen derecho a solicitar un pasaporte del sur, lo que los convierte automáticamente en ciudadanos de la Unión Europea. 84

ene•10

Acosados por numerosos ataques y a raíz de la pugna de la tmt para consolidar su control sobre los civiles de lengua turca, estos se encerraron en enclaves monoétnicos y reforzaron sus milicias armadas para protegerse de eoka-b, una refundación del grupo independentista orientada hacia la extrema derecha. El presidente de la república y —al mismo tiempo— patriarca de la iglesia ortodoxa griega en Chipre, el arzobispo Makarios iii, agravó las cosas al tratar de introducir reformas que reducían el poder de


Dos cascos azules patrullan la línea verde en la capital chipriota. La fuerza enviada por la onu a este país consta de 859 soldados.

los turcochipriotas, quienes se retiraron del gobierno. Turquía amenazó con una intervención militar en ese mismo año. Makarios comprendió que la situación era insostenible y la enosis, inconveniente, al menos por el momento, por lo cual apostó por mantener el status quo constitucional. En 1967, un golpe militar en Grecia llevó al poder a generales extremistas que querían la anexión inmediata. eoka-b y la Guardia Nacional (creada y controlada por oficiales griegos) empezaron a tratar a Makarios como a un traidor. Estados Unidos y Gran Bretaña, preocupados por acercamientos del arzobispo hacia la Unión Soviética, decidieron deshacerse de él. Así es que el 15 de julio de 1974, la Guardia Nacional y eoka-b lo derrocaron. Pero fracasaron en el intento de asesinarlo debido a que Makarios iii realizó un espectacular escape en un taxi que encontró en la calle, una secuencia que merecería aparecer en una película. Así consiguió llegar a una base británica y salir del país. La dictadura militar griega y los golpistas grecochipriotas prepararon la enosis. La respuesta de Turquía fue inmediata: su ejército lanzó la “Operación Atila” con la que invadió el norte de la isla con 40 mil efectivos que, sumados a los 20 mil milicianos turcochipriotas, eran una fuerza muy superior a la del enemigo, formada por 12 mil guardias nacionales y 2 mil soldados griegos. La ofensiva inició el 20 de julio y constituyó un desastre no sólo para los nacionalistas grecochipriotas, sino para sus patrocinadores de la junta militar en Grecia, que se desmoronó el día 23. Makarios iii fue reinstalado como presidente. El daño estaba hecho, sin embargo. A la lista de 568 muertos del lado turco, y de 397 bajas y mil 400 desaparecidos por la parte grecochipriota, se añade que entre 140 mil y 200 mil grecochipriotas tuvieron que dejar sus casas para ir al sur, y unos 50 mil turcochipriotas debieron hacer lo mismo para marchar al norte. La división de Chipre se convirtió en uno más de los problemas congelados del mundo.

“La gente huyó cuando supo que venían los turcos (en 1974)”, dice un turcochipriota. “Creían que era cuestión de unos cuantos días para volver a sus casas, pero mira, ya han pasado 35 años.”

EL FACTOR ANATOLIA Antes de la invasión de 1974, Famagusta era el puerto por el que pasaba el 80 por ciento del comercio de la isla y el principal centro turístico. En sus playas se bañaban personajes del jet set internacional como Brigitte Bardot, Richard Burton y Elizabeth Taylor. Cuatro siglos antes de eso, en 1571, los otomanos la conquistaron tras un sitio de 11 meses que fue novelado por Emilio Salgari en El capitán Tormenta. Derrotada, la población cristiana de Famagusta fue forzada a abandonarla y se mudó un poco al sur de las murallas de la ciudad, al barrio que los griegos llaman Varosha y los turcos, Maraş, y en el que están los altos hoteles de la zona. Que hoy son cascarones vacíos, marcados por los bombardeos. Famagusta está a unos 50 kilómetros al este de la capital, en el tercio de la isla dominado por el ejército turco, que ha prohibido el acceso. Hoy es una ciudad fantasma. Me acerqué a tomar algunas fotos y pude hallar un hueco entre las barricadas, por el que pasé con la idea de ver si los rumores que se cuentan sobre el lugar son ciertos. La proximidad de una patrulla militar me forzó a retirarme. Sólo pude ver algunas construcciones deterioradas y avasalladas por la vegetación, como una tienda con un logo de Coca Cola, además de tres coches destruidos. El que sí pudo entrar, en septiembre de 1977, fue un periodista sueco, Jan-Olof Bengtsson, que visitaba al contingente de cascos azules de su país. Sólo habían pasado tres años desde la invasión, pero ya “el asfalto de las calles se ha agrietado bajo el calor del sol y a lo largo de las aceras, los matorrales crecen”, escribió. “Hoy, las mesas para el desayuno siguen montadas, la ropa recién lavada todavía cuelga en los tendederos y las lámparas continúan encendidas.” 85


Un ejemplar del diario Cyprus Mail de 1956 y unos televisores hallados en la línea verde en Lefkosía/ Lefkoşa.

“¿A qué regreso a Anatolia?”, pregunta Özgur, quien nació en la parte asiática de Turquía. “Más de la mitad de mi vida he estado aquí. Me siento chipriota, soy parte de este país.” “La gente huyó cuando se supo que venían los turcos (en agosto de 1974)”, me dijo un turcochipriota que se divirtió al verme salir a toda prisa de la zona bloqueada. “Ellos creían que era cuestión de unos días, que las cosas se calmarían y podrían volver a sus casas y hoteles en Maraş (Varosha), pero ya han pasado 35 años”. La descripción de Bengtsson ha alimentado numerosas historias sobre lo que se puede encontrar allí, como tiendas llenas de Mercedes Benz y bancos con las bóvedas abiertas, repletas de li86

ene•10

David Provan, casco azul de la onu, ha recolectado objetos para conservar la memoria de la zona de amortiguamiento.

bras chipriotas. “¿Y de qué serviría ese dinero ahora? En el sur ya adoptaron el euro y nosotros usamos la lira turca”, se carcajeó el lugareño, un hombre de unos 60 años. “¡Aunque sí que me gustaría ponerme al volante de un Mercedes 1974 nuevo!” En los diversos esfuerzos de diálogo destinados a reunificar el país, el problema de devolver las propiedades confiscadas a sus dueños originales, o compensarlos por lo que perdieron, ha sido uno de los temas más delicados. El ejército turco conquistó el 36 por ciento de la isla, pero los turcochipriotas eran sólo el 18 por ciento. Para poblar ese territorio, que quedó medio vacío tras la expulsión de los griegos, y consolidar el predominio turco, se promovió la inmigración de campesinos de Anatolia, la parte asiática de Turquía. Muchos de ellos, así como los turcochipriotas que tuvieron que emigrar del sur al norte, viven ahora en casas arrebatadas a grecochipriotas. Elena Patsikas, una estudiante grecochipriota, me narró cómo fue con su novio a la casa en la que vivieron sus padres en el norte de Lefkosía/ Lefkoşa. Ahora la habita una pareja treintañera de origen anatolio, que los invitó a tomar el té. La mujer les explicó que el ex presidente y líder histórico de los turcochipriotas, Raouf Denktash, les había dado la propiedad: “Fue nuestro regalo de bodas”. En 1983, Denktash bautizó la zona bajo su control como República Turca del Norte de Chipre (rtnc, que sólo tiene el reconocimiento de Turquía; la onu la considera ilegal y la ve como territorio ocupado por los turcos). Un censo de la rtnc, de 2006, estimó que de sus 265 mil habitantes, 78 mil no son de origen chipriota, aun-


que 17 mil de ellos nacieron en la isla. La República de Chipre (la del sur, única reconocida internacionalmente) estima que esto no es así, que los colonos de origen extranjero alcanzan los 117 mil y superan a los turcochipriotas, que serían 89 mil. La presencia de las personas consideradas como no chipriotas es otro de los puntos de mayor complejidad: para el gobierno del sur, son extranjeros que ingresaron al país ilegalmente y que tienen que regresar a Anatolia. Para muchos turcochipriotas, mantener a los inmigrantes ahí es una manera de aliviar su inferioridad numérica con respecto a los grecochipriotas. Y para Turquía, el regreso súbito de decenas de miles de ciudadanos sería un enorme problema político y demográfico, además del reconocimiento de que actuó mal cuando los llevó. Pocos se preocupan por saber qué piensan los anatolios. Yo conocí a dos de manera extraña. La línea verde que controlan los cascos azules de la onu es una zona de amortiguamiento para separar a los bandos combatientes y divide la isla al recorrerla de este a oeste, a lo largo de 180 kilómetros. Hay secciones en las que tiene hasta 7.4 kilómetros de ancho, en áreas rurales, pero al atravesar el centro de Lefkosía/ Lefkoşa se estrecha y llega a tener sólo 3.3 metros. En el lado occidental de la ciudad, la parte de la muralla que se encuentra entre los bastiones Mula y Roccas es el único sitio en donde los civiles de ambos lados de la isla podían verse (antes de que Denktash decidiera permitir el libre paso de nuevo entre el sur y el norte, apenas en 2003): arriba, desde la alta pared construida por los venecianos y detrás de una malla metálica, los turcos miraban el tráfico de peatones y coches grecochipriotas. Todavía lo hacen, porque el gobierno del sur sólo permite las visitas de personas de origen chipriota, los anatolios tienen que quedarse en el norte. Vi a dos de ellos, que extendían las manos para señalar lugares en Lefkosía/ Lefkoşa, tras la reja, y les tomé una foto. Yo estaba unos diez metros por debajo. Al descubrir que los retrataba, se incomodaron un poco. Eran padre e hijo, de unos 60 y unos 30 años de edad, pero sólo el segundo hablaba inglés. Quisieron saber qué hacía. Y me dieron sus opiniones. Özgur, el mayor, vive en Lefkosía/ Lefkoşa desde 1975 y no le queda nada en Anatolia. “¿Para qué regreso? Más de la mitad de mi vida la he pasado aquí. Me siento chipriota, soy parte de este país”. Su hijo, nacido aquí en 1979, tiene un nombre griego: Constantinos. Fue una forma de subrayar su vínculo con la isla sin perder el que tiene con Turquía, cuya ciudad emblemática, Estambul, se llamó Constantinopla. “Siempre creí que algún día viviríamos junto con los griegos y quise que mi hijo se sintiera a gusto entre ellos”, explicó Özgur. “Yo nunca he estado en Turquía”, añadió Constantinos, “nací y pertenezco a Chipre. No me pueden echar de mi país”.

CUANDO EL MURO CAIGA El esfuerzo de negociación más importante, hasta ahora, se puso a prueba en 2004: el entonces secretario general de la onu, Kofi Annan, elaboró un plan de reunificación con el que creyó reflejar los intereses de ambas comunidades, y lo sometió a referéndum. En ese mismo año, el sur se había incorporado a la Unión Europea y para los habitantes del norte, que ya no se sentían amenazados por los griegos, era la oportunidad de sumarse. Así, los turcochipriotas lo aprobaron por 65 por ciento contra 35 por ciento. Denktash estaba en contra, pero su pueblo ya no le hacía caso.

Entre los grecochipriotas sucedió lo contrario: pocos apoyaron el plan Annan, porque se consideró que le daba representación y poderes excesivos a la minoría turcochipriota (50 por ciento en el senado y el poder judicial, más veto), legalizaba la intervención de Turquía en asuntos internos, no reconocía los derechos de los propietarios despojados de sus casas, permitía que se quedaran los colonos anatolios y liberaba al ejército turco de la exigencia de responder por los crímenes y violaciones de derechos humanos que cometió. Lo rechazaron por 75 por ciento contra 25 por ciento. Y el diálogo se volvió a estancar. La gente común lo ha mantenido vivo durante décadas, sin embargo. Myrka Tzika participó en organizaciones de mujeres turcochipriotas y grecochipriotas que trataron de mantener los lazos en tiempos en que los civiles de ambos lados no podían tener contacto. Se reunían en Londres o en Pyla, un pueblo ubicado dentro de zonas controladas por una enorme base militar que Gran Bretaña conservó en calidad de territorio soberano, y que por ello sigue siendo mixto. En 2005, tras el fracaso del Plan Annan, un grupo informal de ciudadanos organizó un peculiar concierto llamado “Ecos a través de la línea divisoria”, en el que músicos, niños, poetas y otras personas se subieron a las azoteas en los límites de la línea verde de Lefkosía/ Lefkoşa, para establecer una conversación que pasara por encima de los fantasmas de la zona de amortiguamiento. En el lado norte, el poeta turcochipriota Zeki Ali declamó: “Línea verde en medio del pueblo / línea verde que separas vidas

Provan muestra el motor de un Toyota 1974 sin usar, abandonado en la línea verde en la capital.


y amores / una línea que debería ser borrada de la historia”. Desde el sur, se elevó la respuesta del músico grecochipriota Haji Mike, a ritmo de rap: “Yo sólo quiero estar ahí cuando este muro caiga / cuando este muro / cuando este muro / caiga, caiga, caiga”. “Todos nos sentaremos en la sombra”, devolvió Zeki Ali, “y no llamaremos a nadie enemigo”.

DONDE EL TIEMPO APENAS PASA ¿Qué hay en la famosa línea verde? Un soldado eslovaco, el capitán Thomas Daño, y uno británico, el warrant officer (sin equivalente en nuestra lengua) David Provan, los dos integrantes de la unficyp, accedieron a acompañarme por las calles fantasmagóricas. La casa donde vivió Annie está a punto de desplomarse. Éste y otros edificios están apuntalados con madera para evitar su caída, después de 35 años sin mantenimiento. Es una pena: “Su arquitectura es extraordinaria”, lamenta Daño, “no sé si la podrán rescatar”. La escuela Ayios Kassianos está cerca de desaparecer: no tiene techo, las paredes están partidas y la maleza se ha adueñado de ella de la misma forma en que lo ha hecho de algunas calles en las que no se ha parado una persona en décadas. Provan desmiente el rumor de que todavía hay minas ahí. O casi: “No debería haberlas… pero si las hay, son los perros quienes lo van a lamentar”. Bandadas de canes callejeros se han enseñoreado en el área y hostigan incluso a los cascos azules. Otros rincones de espesa vegetación son ahora nidos de víboras. Caminamos de este a oeste. Del lado derecho, hay sacos de arena y aberturas para disparar, con señales rojas: posiciones del ejército turco. Del izquierdo, lo mismo pero en blanco y azul: los grecochipriotas. “Nuestra misión es interponernos”, explica Daño. “Vigilar que no se agredan”. La parte donde la zona de amortiguamiento se estrecha a sólo 3.3 metros es una calle cuyas casas opuestas, de dos plantas, fueron conquistadas por los bandos enemigos. “Ahora está más tranquilo, gracias a que hemos alcanzado acuerdos para que retiren a sus guardias de aquí”, expone Provan, y señala los balcones a cada lado, separados por unos cuantos centímetros. “Ahí solían apostarse los vigilantes, un griego al sur, un turco al norte, y se hostigaban.” Insultos abominables, señales ofensivas, escupitajos… y actos menos infantiles, como apuntar con el fusil al rostro del contrario o herirlo con la bayoneta. Incidentes como estos escalaban fácilmente y se convertían en intercambios de disparos, con muertos y heridos, que podrían haber reactivado la guerra. Es mediodía y se eleva el canto del muecín que llama a los musulmanes a orar desde los dos minaretes de la mezquita Selimiye, donde ondean las banderas turca y turcochipriota, y que antes fue la iglesia ortodoxa de Santa Sofía. Entre los muecines del mundo hay de todo, unos cantan bien, otros terrible, pero éste tiene una voz especialmente bella. El sonido acentúa la extrañeza espiritual de la zona y, a pesar de que llovizna, ocasionales rayos de luz hacen resaltar los ocres envejecidos de las casas. Resultan hermosos, incluso marcados por esta acupuntura de balas, obuses y metralla. Hay una sección por la que yo no estoy autorizado a pasar porque está bajo control militar turco. Para evadirla, Provan me conduce a través de escaleras y pasillos de un edificio. Y me da una sorpresa: abre una habitación donde hay una pila de televisores de los años 60, libros de colores, periódicos, lámparas, documen88

ene•10

“A los políticos les cuesta ponerse de acuerdo”, dice Jaco Cilliers, de la onu. “Pero los chipriotas ya actúan como si estuvieran juntos.” tos… Es un pequeño museo. “Yo los he reunido aquí”, explica. “Espero poder entregárselos al gobierno reunificado de Chipre para que guarde la memoria de la zona de amortiguamiento.” Afuera, hay tres sedanes Toyota modelo 1974. Provan abre uno de ellos. Huele a coche nuevo. El contador indica que ha recorrido 32 millas. “Lo que hay entre el puerto de Famagusta, donde lo desembarcaron, y este lugar”, explica el casco azul. “Ya lo hemos echado a andar”, se jacta mientras examina el motor, empolvado pero libre de aceite. En el sótano, informa, hay otros 30 vehículos. “Pero está inundado. Con esos ya no cuentes.” Provan lleva cuatro años destacado en Chipre y cree que le faltan un par más. Después dejará el ejército. Y se quedará en la isla. “Es

Isla desequilibrada La isla de Chipre tiene 9,200 kilómetros cuadrados de extensión (apenas un poco más que la de Puerto Rico), de los que 3,300 están bajo control del ejército turco. En la zona ocupada viven 265,000 de los 800,000 habitantes totales. La diferencia no sólo es de territorio, sino también económica: el balance favorece a los grecochipriotas, que tienen un producto interno bruto per cápita de 27,100 dólares anuales (13,100 en el norte) y una tasa de desempleo de 4.6 por ciento (contra 9.4 por ciento). La isla vive del turismo, en primer lugar, y de la producción de alimentos y bebidas, en segundo. El tercer rubro, la producción de cemento, responde a la fiebre inmobiliaria que está arrasando las costas chipriotas, de forma similar a lo que ocurre en el Mediterráneo español o el Caribe mexicano.

Chipre

Turquia

Grecia


un lugar bello para vivir”. Él, como buena parte de los habitantes, está harto de la falta de acuerdos entre los negociadores. “Los cascos azules no se quedarán aquí a separarlos para siempre”. Desde 2005, tras el retiro de Denktash, el norte está dirigido por Mehmet Ali Talat, un liberal de 57 años favorable a la reunificación. En el sur, en febrero de 2008, el presidente Tassos Papadopoulos (quien se opuso al Plan Annan) perdió las elecciones frente al candidato comunista, Dimitri Christofias, de 63 años. Él es un hombre sencillo y amable, quien tomó medidas inmediatas y significativas como reemplazar en las escuelas los libros de historia, que describen el problema sólo desde la perspectiva griega y demonizan a los turcochipriotas, por otros que presentan ambos puntos de vista. Esto indignó a la derecha nacionalista grecochipriota, que ha condenado ésta y otras concesiones ofrecidas por Christofias, como otorgarle la ciudadanía a una parte de los colonos anatolios. Él y Talat relanzaron las negociaciones en abril de ese año. Es una ventana de oportunidad que puede cerrarse en abril: Talat enfrenta elecciones y la oposición contraria al diálogo lo aventaja en los sondeos (el voto de los anatolios es importante en el norte: favorable a la reunificación cuando sentían que estaban incluidos en un acuerdo, y presumiblemente contrario ahora que temen un retorno forzoso a Turquía). Sólo un acuerdo positivo y final podría salvarlo a él y a la esperanza de unir a Chipre pronto. Jaco Cilliers, director del plan de Acción para la Cooperación y la Confianza, de la misión en Chipre del Programa de Naciones Uni-

Manifestación de estudiantes nacionalistas grecochipriotas contra la presencia del ejército turco en la isla.

das para el Desarrollo, tiene experiencia organizando proyectos que involucran a líderes políticos, sociales, empresariales y culturales de ambas comunidades. Él valora la importancia de aprovechar este momento de coincidencia, pero no cree que todo dependa de ello. El mundo actual presenta cada vez más problemas que sólo se pueden atender en colaboración: “Las amenazas al medio ambiente, emergencias como la de la influenza N1H1, la creciente falta de agua… no son cosas que se puedan resolver en un lado de la isla”. Además, está el hecho de que los chipriotas de ambos lados se están reconociendo, sobre todo a partir de que se puede cruzar la línea verde. “Yo miro a los turcochipriotas y veo que se parecen más a nosotros que a los turcos”, dice Myrka. “También nosotros nos parecemos más a ellos que a los griegos. Somos los mismos.” Annie murió en esa casa embrujada de la que hoy quedan poco más que la puerta, las paredes y las escaleras. La caída del Muro de Berlín había reanimado su esperanza de un reencuentro entre sus vecinos y compatriotas, cuentan los cascos azules. No lo pudo ver y no es fácil que se consiga en el corto plazo. Desde sus búnkeres a cada lado de la zona de amortiguamiento, turcos y griegos se vigilan con los fusiles en las manos. De todos modos, los chipriotas ya tienen la cabeza en otro lado: “A los políticos les cuesta trabajo ponerse de acuerdo”, admite Cilliers. “Pero los chipriotas ya actúan como si estuvieran juntos de nuevo. Los del norte van a trabajar al sur, los del sur hacen turismo en el norte. Saben que tienen que vivir juntos”. Y espantar a los fantasmas que pueblan la línea verde.

El anatolio Özgur y su hijo Constantinos observan la parte grecochipriota de la ciudad desde lo alto de la muralla.

89


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
La manzana de la discordia by Témoris Grecko - Issuu