Skip to main content

El Gran Juego y la Madre Sollozante

Page 1

gran juego El

y la madre

sollozante

102

AGO•09

Los gobernantes de Asia Central tienen a las grandes potencias comiendo de su mano gracias a las gigantescas reservas de hidrocarburos de sus países. Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea cortejan sin pudor a los líderes de las cinco exrepúblicas soviéticas de la región, quienes mientras tanto reprimen a sus pueblos y los hunden en la pobreza. Témoris Grecko reporta desde Tashkent, capital de Uzbekistán

103


2 1

3

4 5 1. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

2. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

3. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

4. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

5. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

104

AGO•09

l Valle de Fergana es el centro del centro de Asia. Cuando los griegos de Alejandro Magno llegaron ahí en el siglo ii a.C., seguidos por los chinos de Zang Qian una centuria más tarde, encontraron una región verde en medio de desiertos, una especie de oasis de 22,000 kilómetros cuadrados donde prosperaban pueblos y ciudades. En aquel tiempo, lo codiciaron por sus “caballos celestiales”, su riqueza agrícola y su posición estratégica en la mitad de la Ruta de la Seda, el amasijo de vías comerciales que conectaba Oriente y Occidente. Hoy, las potencias mundiales y asiáticas anhelan las descomunales reservas de hidrocarburos centroasiáticas, que se disputan en una competencia económica, política, militar y cultural, de la que resultan beneficiados los dictadores de los cinco países de la zona: Uzbekistán, Kirguistán, Turkmenistán, Kazajstán y Tayikistán. El propio Valle de Fergana ejemplifica las consecuencias de esta ambición histórica. Desde 1991, cuando su independencia de la Unión Soviética (urss) le cayó encima, el Valle está fracturado entre los tres países que se lo reparten, y no como si fuera un pastel cortado en rebanadas simétricas: las fronteras de Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán se enredan en este punto como dedos artríticos. Durante milenios, sus habitantes se movieron con libertad. Ahora, para viajar de un extremo a otro del Valle —las urbes de Osh (Kirguistán) y Khojand (Tayikistán), con paso necesario por Andiyón (Uzbekistán)— hay que cruzar tres veces los controles migratorios, tres veces las aduanas, y gastar en tres visados. Así de fragmentada está el Asia Central conquistada por el Imperio Ruso, heredada por la urss y ahora independiente. En esta región no hay una convivencia amistosa, sino una mezcla de tensiones armadas y fracaso económico, que amenaza con generar guerras y desestabilización más allá del ámbito local. Esto se debe a un hecho singular: casi todas las potencias que a lo largo de los siglos intentaron controlar la zona, se amontonan esta vez al unísono. Rusia y China en nombre propio; Turquía e Irán en calidad de herederos de los antiguos invasores (los nómadas esteparios y los persas, respectivamente); y Arabia Saudí en un modesto relanzamiento de las campañas de expansión de la fe musulmana, que adquiere tonos extremistas por la participación de grupos vinculados al Talibán y a al-Qaeda. La diferencia es que Estados Unidos ha ocupado el lugar de Gran Bretaña. Los regímenes dictatoriales o seudodemocráticos de Asia Central, que saquean los recursos naturales y violan los derechos humanos, se benefician de la competencia entre los poderes ex-

tranjeros. El mejor ejemplo es Uzbekistán, un país con un gobierno agresivo y el ejército más poderoso de la región, que hace cuatro años masacró a centenares de sus ciudadanos y que hasta hora se ha salido con la suya. La matanza tuvo lugar en medio del Valle de Fergana, en la ciudad de Andiyón, frente a una mujer que llora.

Querido padre fundador Salí de Osh, Kirguistán, y crucé la frontera con Uzbekistán el 25 de abril. Tras pasar el control migratorio, tomé una marshrutka (minibús) que me llevó a Andiyón. Ahí encontré alojamiento en un hotel soviético donde escurría más agua por las paredes que la que salía del grifo. Fui a la plaza Babur: flanqueada por un parque de diversiones, una parte está cubierta por jardines arbolados y la otra es un amplio espacio destinado a destacar la estatua de la Madre Sollozante, un monumento levantado en recuerdo de los 400,000 soldados uzbekos que murieron en la Segunda Guerra Mundial. Frente a ella, el 13 de mayo de 2005, decenas de sus hijos cayeron acribillados, esta vez por sus compatriotas. Intenté hablar con alguien, no sobre el tema, pero tal vez acerca de la ciudad, de cosas de la vida, de algo que me diera pistas sobre cómo se sienten las personas después de esos hechos. Alguien podría hablar inglés, acaso. Todos me evitaban. Sólo se acercó un muchacho de los tantos cambiadores de dinero del mercado clandestino. En ese instante recibió una llamada a su celular, escuchó lo que le decían y se marchó. Uniformados de color verde semáforo, dos policías se mantenían cerca de mí. No me interceptarían en ese momento, sino al día siguiente, cuando salía del bazaar dominical. Me llevaron a una caseta donde un oficial revisó mi pasaporte, preguntó sobre los objetivos de mi visita y se dio por satisfecho cuando le informé que saldría en un par de horas hacia la capital, Tashkent. “Queremos a los turistas en Andiyón”, dijo en mal inglés, con una sonrisa. “Más los queremos fuera de Andiyón. Más, fuera del Valle”, remató. Islam Karimov, el “padre fundador” de Uzbekistán, nombrado líder por los soviéticos y único presidente desde la independencia de la urss en 1991, ha extirpado cualquier atisbo de oposición. Bombardeó aldeas en los países vecinos en el Valle de Fergana cuando sospechó que en ellas se escondían guerrilleros islámicos. Cerró fronteras, expulsó gente, encarceló a muchos y su gobierno es acusado de haber matado o desaparecido a más. Sobre todo en Andiyón. En mayo de 2005, 23 empresarios de Andiyón fueron arrestados bajo la acusación de formar

En Asia Central no hay una convivencia amistosa, sino una mezcla de tensiones armadas y fracaso económico.

Illustration

by

TK

105


Con la desaparición de la urss en 1991, los países soviéticos de Asia Central se sintieron empujados a la orfandad.

En Andiyón, frente a la estatua de la madre sollozante, los soldados rodearon a la multitud y la masacraron.

2 1

3

1. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

2. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

3. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

106

AGO•09

parte de un grupo terrorista musulmán. “Lo que hacían era tratar de ayudar a los demás a sobrevivir”, me dijo el hermano de uno de los presos, ahora refugiado en Osh. Este joven de 20 años, que tenía 16 cuando ocurrió la matanza, se hace llamar Alijon porque prefiere no identificarse con su nombre verdadero. Un informe de Human Rights Watch (hrw), difundido en mayo de 2008, justifica esta prudencia: el gobierno uzbeko ha empleado amenazas y torturas para silenciar a los testigos del crimen, dice el documento. En octubre de 2008, Solizhon Abdurakhmanov, un periodista y activista de derechos humanos, fue condenado a diez años de prisión por tráfico de drogas. También se acusa al gobierno de Karimov de haber enviado sicarios al vecino Kirguistán para asesinar a periodistas críticos. La gestión económica de Karimov ha sido desastrosa. Un reporte de 2007 del International Crisis Group, titulado “Uzbekistán: estancamiento e incertidumbre”, señala que “la economía está en extremadamente mala forma”, que el “régimen sigue un camino insostenible” y que las “condiciones de desesperación son comunes en el país”. Por ello, los habitantes de cada población intentan generar soluciones propias.

Con la ropa llena de sangre Akrom Yuldoshev, un matemático de Andiyón, creó una filosofía basada en la religión musulmana (profesada por el 85% de los 25 millones de uzbekos) que establece que los empresarios deben cooperar, en vez de competir, y buscar el bien común. Karimov, quien al llegar al poder era un líder comunista secular, ve una amenaza en todo lo islámico y encerró a Yuldoshev en una prisión en Tashkent. Años después hizo lo mismo con los 23 empresarios mencionados, que eran dueños y gerentes de los principales negocios de la ciudad, por seguir los postulados de Yuldoshev. “Nadie quería imponer la sharia (estricta ley islámica) ni enfrentarse al gobierno”, dice Alijon. “A mí me gusta beber vodka con mis amigos y vestir jeans, mi hermano sueña con ir a un concierto de U2, no somos radicales. Sólo buscamos formas de salir adelante, a nuestra manera”. Las detenciones descabezaron la economía local y provocaron protestas. Un grupo de jóvenes atacó la cárcel y liberó a los presos. Luego, miles de personas se congregaron en la plaza Babur para demandar un juicio justo. Pedían que Yuldoshev testificara y demostrara que no había una conspiración religiosa contra el presidente.

Karimov tenía miedo. Sólo dos meses antes, un movimiento popular, al parecer respaldado por el gobierno estadounidense de George W. Bush, había derrocado a las autoridades en Kirguistán. Su respuesta fue enviar al ejército contra los manifestantes, que eran civiles desarmados. Frente a la estatua de la Madre Sollozante, los soldados rodearon a los andiyonenses y los masacraron. El gobierno asegura que hubo menos de cien víctimas, pero grupos de derechos humanos estiman que pueden haber sido más de mil. Algunos escaparon. Como les fue posible, recorrieron los 50 kilómetros de carretera hasta Osh. “Los guardafronteras de Kirguistán no lo podían creer”, me contó Alijon, mientras caminábamos frente a la estatua de Lenin en Osh. “Nos vieron llegar con los zapatos rotos, muchos descalzos, exhaustos de tanto correr y llorar, con la ropa llena de sangre. Abrieron las puertas y nos dejaron pasar”. Estados Unidos y la Unión Europea condenaron los hechos y demandaron una investigación. Karimov decidió golpearlos donde más les dolía. Desde 2001, cuando Estados Unidos atacó Afganistán para combatir al Talibán, Washington obtuvo el respaldo de varios países de Asia Central que habían pertenecido a la urss. Moscú y Beijing no quedaron contentos, pero lo aceptaron como parte de la respuesta estadounidense a la destrucción de la Torres Gemelas. El Pentágono estableció una base militar en Kirguistán y otra en Uzbekistán. Karimov, indignado con las críticas por la matanza de Andiyón, ordenó el cierre de esta última. De ese modo también se aseguró el apoyo de Rusia y de China, incómodas con la presencia de tropas de Washington en Asia Central. Esta inmensa región de alrededor de cinco millones de kilómetros cuadrados ha estado en disputa durante milenios. China siempre ha participado en el juego, enfrentando a diversos rivales: primero a nómadas turcos y mongoles, después al imperio persa y la caballería árabe.

En la segunda mitad del siglo xix, tuvo lugar lo que el escritor Rudyard Kipling llamó “el gran juego”: los ingleses extendían las fronteras de su imperio desde India hacia el norte y temían la expansión del Imperio Ruso hacia el sur. China, aunque debilitada, era el tercer competidor. Fue un apasionante conflicto que concluyó con una especie de gran acuerdo: para separar los dos imperios, unieron territorios y etnias dispares en Afganistán, un país artificial que sirvió de colchón amortiguador. En el siglo xx, los soviéticos no se conformaron con el pacto: durante décadas se metieron en la zona centroasiática controlada por China (la actual provincia de Xinjiang) y en 1980, invadieron Afganistán. Los británicos ya no estaban en India para combatirlos. Pero Estados Unidos sí, y usó a Pakistán para organizar y sostener militarmente a las guerrillas islámicas que humillarían a Moscú y se convertirían en el Talibán. La urss se colapsó en 1991 y sus 15 repúblicas se hicieron independientes. Con el fin de aislar al presidente soviético, Mijaíl Gorbachov, los presidentes de Rusia, Ucrania y Belarús declararon la desaparición de la urss. El anuncio fue recibido con alegría en países que habían luchado por separarse de la Unión. En los de Asia Central ocurrió lo opuesto: siempre habían sido pro-soviéticos y sus líderes nunca se habían enfrentado a Moscú. Se sintieron empujados a la orfandad.

Los regalos de Stalin La fragmentación del Valle de Fergana y de toda la zona fue decidida por el líder soviético José Stalin, bajo el principio de dividir para vencer. Durante la guerra civil que siguió a la revolución rusa de 1917, varios jefes musulmanes quisieron crearse reinos propios, que los comunistas sometieron. Vladimir Lenin los integró a la urss como la República Socialista Soviética del Turkestán (la mayoría de los habitantes desciende de los pueblos turcos que invadieron la zona desde Siberia hace dos milenios).

Mientras tanto, en Turquía, el presidente Mustafá Kemal “Atatürk” lanzaba el ideal secular del pan-turquismo, que intentaba unir a todos los pueblos turcos. Por otro lado, en los distintos países islámicos, los clérigos impulsaban un movimiento que buscaba lo mismo, pero bajo la bandera de la religión musulmana. Stalin decidió enfrentar los riesgos mediante la creación de nuevas identidades. Sus ideólogos tuvieron cierto éxito al establecer líneas de división entre los pueblos de Asia Central e inventaron repúblicas supuestamente mono-étnicas: los uzbekos en la suya, los tayikos en otra, lo mismo que turkmenos, kirguisos y kazajos. Esto no tenía sentido, porque estos pueblos practicaban la misma religión, habían vivido siempre juntos, les importaba más el clan familiar que la pertenencia a estos grupos y con excepción de los tayikos (de origen persa), hablaban dialectos de una lengua similar al turco. Pero Stalin les impuso élites políticas que competían entre ellas y se esforzaban por fortalecer las divisiones. Y les tenía regalos envenenados: trazó fronteras enredadas y complejas, sin seguir líneas geográficas naturales ni hacer separaciones étnicas claras. En cada país quedaron mezcladas mayorías de un grupo con minorías de otros; además, creó bolsas territoriales de población de un país dentro de otro. El Valle de Fergana, que siempre había estado unido, quedó partido en tres países. En cada uno hay pequeños distritos que pertenecen a otra de las repúblicas, e importantes grupos de una etnia quedaron viviendo dentro de las fronteras de otra nación. Dos ejemplos: en Uzbekistán, el 80 por ciento de la población son uzbekos, pero también hay rusos (5.5 por ciento), tayikos (5 por ciento), kirguisos (3 por ciento) y kazajos (5 por ciento); en Kirguistán, los kirguisos son dos terceras partes de los cinco millones de habitantes, pero además hay uzbekos (14 por ciento), rusos (10 por ciento), kazajos y tayikos. Todo esto podía crear conflictos interétnicos. Stalin logró su objetivo: los gobernantes de cada país sabían que sólo podrían evitarlo si permanecían dentro de un Estado mayor, la urss, que resolviera las diferencias y mantuviera el control. Esto funcionó durante casi 70 años, hasta que la independencia los sorprendió.

107


El país de las llamas eternas

Los jefes comunistas, como Karimov en Uzbekistán y Askar Akayev en Kirguistán, nombrados por Gorbachov, se tuvieron que convertir en mandatarios “democráticos” y convencer a sus pueblos de que eso era legítimo y estaba bien. Tayikistán cayó en una sangrienta guerra civil de 1992 a 1997, que destruyó su ya de por sí pobre economía y que no quedó resuelta, por lo que hasta hoy persiste un predominio opresivo de las regiones norte y sudoccidental sobre las del centro y el este. Esto les sirvió a los otros cuatro presidentes para aplicar mano dura con el pretexto de evitar el caos. Ya no tenían madre Rusia en la cual apoyarse. En 2001, en la coyuntura de la guerra de Afganistán, Estados Unidos llegó a reemplazarla.

El avance turco Washington no era el único con intereses en la zona. El crecimiento de la economía china y la recuperación de la rusa permitió a Beijing y Moscú regresar al gran juego en la región. A ellos se sumaron Irán, Arabia Saudí y Turquía. Esta última, por ejemplo, “estaba en posición de entender las necesidades de identidad nacional” de las nuevas naciones, dice Oktay Aksoy, un embajador turco retirado, “y fue el primer país en darles reconocimiento sin discriminación”. De inmediato estableció embajadas en todos ellos, “les dio apoyo político y diplomático en un momento de debilidad, lo que les ha permitido consolidar su independencia y soberanía” y, en el campo económico, les dio asistencia “incluso al punto de estirar al máximo sus propios recursos”. Mientras las grandes potencias competían en la arena política, económica y militar por ganar influencia, Turquía avanzaba en un ámbito que puede tener consecuencias más profundas: el cultural. A raíz de la conversión de los turcos al Islam, durante siglos su idioma se escribió con el alfabeto árabe. Los rusos, sin embargo, les impusieron a los habitantes del Turkestán su propia escritura cirílica. Uzbekistán, Turkmenistán y Kirguistán la están cambiando para adoptar el alfabeto latino. Esto tiene una clara influencia de “Atatürk”, el padre del pan-turquismo, quien en 1928 desechó el alfabeto arábigo e impuso en Turquía el latino que se usa en Europa Central y Occidental, para modernizar a su país.

108

AGO•09

1 2 1. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

2. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

Para conseguir la transformación del alfabeto en Asia Central, “los esfuerzos turcos fueron instrumentales”, dice Aksoy, y esto “facilitará el acercamiento de los pueblos de la región con un marco lingüístico similar”. ¿Bajo el liderazgo turco? “Bajo el interés común de Turquía y las naciones del Turkestán”, responde. En Turquía hay preocupación por la forma en que Moscú pueda reaccionar, ya que “por más prudente que sean las actividades turcas en estas repúblicas exsoviéticas, crean suspicacias en Rusia, que las toma como una rivalidad. Aunque algunos en Turquía tengan sentimientos pan-turquistas, la política oficial no es ésa, Turquía no pretende entrar en una batalla por influencia”. Irán “ha encontrado más difícil desarrollar su influencia”, apunta un diplomático destacado en una embajada europea que habló con Esquire a condición de mantener el anonimato, “pues sus recursos están ocupados en resistir la presión de Estados Unidos en dos de sus fronteras”, al oeste en Irak y al este en Afganistán. Karimov, no obstante, “ve como una provocación que

Estados Unidos, China y Europa quieren el combustible de Asia Central, pero Rusia quiere que pase por su territorio. Teherán financie proyectos” económicos y religiosos para apoyar al pueblo tayiko, cuya lengua se deriva del persa. Los tayikos, quienes llegaron a la zona cuando Persia era la potencia dominante, están presentes no sólo en Tayikistán, sino en el Valle de Fergana, en Kirguistán y en las ciudades históricas de Samarcanda y Bujara, ubicadas en Uzbekistán pero que Tayikistán reclama como suyas. “El presidente (uzbeko) les tiene miedo a los tayikos, a los iraníes y a sus muchos enemigos reales e imaginarios”, añade el diplomático occidental.

Tendencias extremistas Mientras tanto, millones de dólares han fluido desde Arabia Saudí para construir y reparar cientos de mezquitas en Asia Central, en un esfuerzo por impulsar el renacimiento islámico. Algunos ven este fenómeno como un resultado natural de la independencia. Al desaparecer la urss como factor de unidad, muchos han volteado a las prácticas religiosas, aunque de forma moderada, dice el embajador

Aksoy, pues el secularismo “está consagrado en sus constituciones y se acepta el principio de separación del Estado”. Sin embargo, el crecimiento del Talibán en Afganistán propició la aparición de tendencias extremistas del wahabismo (la secta a la que pertenece Osama bin Laden). El Movimiento Islámico de Uzbekistán (miu) tenía unos 2,000 combatientes a principios de siglo y la capacidad para lanzar ataques desde sus bases en Tayikistán contra Uzbekistán. El miu significó un reto armado importante para Karimov, quien ha denunciado un nexo entre el dinero que viene de Arabia Saudí y los grupos “terroristas”. La invasión de Afganistán fue como una bendición para Karimov. En solidaridad con el Talibán, el miu se trasladó a luchar contra Estados Unidos en ese país y cientos de sus militantes murieron. Además, Washington canalizó recursos en efectivo y en especie para pagar el apoyo que recibió de los países de Asia Central. Sin embargo, desde la perspectiva de Karimov, la amistad con Estados Unidos es peligrosa y le costó el poder al presidente de Kirguistán, Askar

Akayev. En marzo de 2005, tras elecciones fraudulentas con las que Akayev se aferró al poder, en el que permanecía desde 1990, la oposición lanzó una ofensiva civil que empezó en Osh y otras ciudades de la parte kirguisa del Valle de Fergana, y avanzó hasta tomar los edificios del gobierno en Bishkek, la capital. El mandatario escapó a Kazajastán y luego a Moscú. Akayev culpó a Estados Unidos de apoyar a los rebeldes. “No te puedo decir si los estadounidenses participaron en la planeación de las operaciones políticas”, comparte en Bishkek, Dmitri Lukyanov, un activista treintañero kirguiso de ascendencia rusa, “pero no hay duda de que estaban interesados en promover opciones de cambio, como nuestro proyecto editorial, y nos daban un financiamiento generoso”. Lukyanov colaboró en la edición de un periódico que reveló actos de corrupción de Akayev y hoy está desilusionado con el autoritarismo y los errores económicos del gobierno que ayudó a crear. El movimiento contra Akayev fue bautizado como “revolución de los tulipanes”

El 13 de mayo pasado, varios grupos de viajeros de distintos países occidentales llegaron a mi hostal en Tashkent, Uzbekistán. Unos estaban molestos, otros frustrados. Regresaban de la frontera con Turkmenistán, donde les habían negado el paso a pesar de que tenían visas. El gobierno de ese país había dado la orden de impedir el acceso a todo aquél que no fuera ciudadano de ese país o de Uzbekistán, como medida de protección ante la epidemia de influenza en el otro lado del mundo. “Lo hacen todo el tiempo”, comentó Alí, el dueño del alojamiento. “Es uno de los países más cerrados del mundo”. Saparmurat Niyazov, el líder impuesto por los soviéticos convertido en “fundador de la nación” y autodenominado “turkmenbashi” (“padre del pueblo turcomano”), sometió a sus compatriotas a un sistema autoritario y aislacionista en el que no sólo hizo eliminar a todo aquel que pudiera ser un rival, sino que creó alrededor de sí mismo un culto a la personalidad que hace parecer que José Stalin era modesto. Turkmenistán tiene reservas de gas natural que ocupan el cuarto lugar en el mundo, con entre 3 y 4 millones de metros cúbicos, además de entre mil y mil 500 millones de barriles de petróleo. El litro de gasolina cuesta dos centavos de dólar y como el gas es gratuito para sus cinco millones de habitantes, muchos prefieren mantener las hornillas encendidas todo el día en lugar de gastar en fósforos. Sus niveles de desarrollo humano, en cambio, están entre los más bajos de Asia: Niyazov recibía los pagos por la venta de hidrocarburos en cuentas privadas fuera del país. Niyazov murió de un infarto en 2005. Su sucesor, Gurbanguly Berdymukhammedov, ha mantenido las principales líneas de gobierno, excepto una: está dispuesto a vender más combustible a los interesados. Que son muchos: Estados Unidos y Europa lo han tratado de convencer de que son los socios ideales y, para darles la vuelta a los rusos, presentaron un proyecto para construir un ducto desde el Mar Caspio, a través de Azerbaiyán y Georgia, hasta Turquía. Moscú quiere que sea su propia compañía, Gazprom, la que lo revenda a los europeos. Y China quiere asegurarse también una parte de la producción turcomana. No está claro que Turkmenistán pueda satisfacer los deseos de todos. Sí lo está que aquí también los derechos humanos y un gobierno sostenible son aspiraciones fuera de lugar.

109


en la prensa internacional, que la presentó como una continuación de las “revoluciones de colores” de los países exsoviéticos de Ucrania (2003) y Georgia (2004).

El cortejo de las potencias

Mientras persista la corrupción y la crisis, es mayor el riesgo de que la gente se vuelva hacia el extremismo islámico.

110

AGO•09

Dos meses después de la revolución de los tulipanes, ocurrió la matanza en Andiyón y la protesta de Estados Unidos le acarreó la pérdida de su base militar. En aquel momento, esto último no pareció tan importante: Washington sentía que el conflicto en Afganistán estaba bajo control y que tenía suficiente con su base en Kirguistán, donde Kurmanbek Bakiyev, el nuevo presidente, debería mostrarse amigable. Las cosas dieron vuelta muy pronto. La guerra en Afganistán se complicó y Rusia sedujo al presidente kirguizo. “(Bakiyev) lo justificó con cuestiones morales, pero a final de cuentas todo aquí es cuestión de dinero, de quién da más”, dice Lukyanov. El 4 de febrero de 2009, al salir de una reunión con el presidente ruso Dmitri Medvédev en Moscú (donde le prometieron 2,330 millones de dólares en préstamos y ayuda), Bakiyev alegó que la situación en Afganistán había mejorado y que estaba molesto por las víctimas civiles de los ataques aéreos de la otan, por lo que adelantó que presentaría al parlamento una resolución para exigir la salida de Estados Unidos de la base militar en agosto próximo. Lo anterior sucede en el contexto de la competencia creciente entre las potencias mundiales por acceder a los recursos energéticos de Asia Central. Turkmenistán, Uzbekistán y, sobre todo, Kazajastán tienen importantes reservas de gas y petróleo, que en este último caso alcanzan los 35 mil millones de barriles y se calcula que en 2015 pueden llegar a los 100 mil millones de barriles y ocupar el tercer sitio entre las mayores del mundo. Las reservas de gas de Turkmenistán están en el cuarto lugar entre las más grandes a nivel internacional. Europeos, estadounidenses y chinos desean llevar combustible a sus países, pero Rusia quiere que sea a través de su territorio para mantener el control sobre esos recursos. Por ello, todos están cortejando a los mandatarios centroasiáticos. Ellos han aprendido a usar este juego para reforzar sus posiciones y bolsillos. Un informe del James Baker III Institute for Public Policy señala como una de las prin-

cipales amenazas para estos cinco países que las camarillas en el poder “han amasado grandes fortunas a través de la corrupción, el desvío de recursos, el soborno, el fraude y los ‘favores’ para hacer negocios”. Esto ha provocado un aumento del crimen callejero, debido a la facilidad para salir impune, así como un círculo vicioso que apunta a mantener a la mayoría de los centroasiáticos en la pobreza. “El fracaso en crear una amplia clase propietaria también ha imposibilitado la creación de una clase pagadora de impuestos”, sigue el documento, “lo que disminuye dramáticamente los ingresos del gobierno”. El pequeño grupo de nuevos ricos, además, está tan conectado a las cúpulas de poder que puede evadir el pago de impuestos. “El resultado ha sido una crisis en espiral de saqueo de las arcas públicas, impago de salarios y pensiones, y en consecuencia de protestas y huelgas. Mientras persista este ciclo, es mayor el riesgo de una desestabilización social” y de que la gente “se vuelva hacia el extremismo islámico (...)”. Sus presidentes creen poder evitarlo mediante la represión. Otros observadores comparten el punto de vista presentado en el documento de referencia, que indica que “el peligro islamista debería estimular el interés de las élites por introducir un sistema de cambio pacífico” que permita “la generación de condiciones para el crecimiento económico”. En el informe “Riesgos de la energía de Asia Central”, de mayo de 2007, el International Crisis Group advierte que “la preocupación debería ser menos por la seguridad energética de occidente y más por estos países como una fuente de inseguridad para la región y por la seguridad de sus habitantes”. Pero cuando todos intentan ganar las sonrisas de los gobernantes autoritarios, los discursos democratizadores se convierten en coartadas. Dice el embajador Aksoy: “Después de 70 años de destructivo mandato soviético, una introducción a la democracia demasiado precipitada puede conducir fácilmente a la anarquía, así es que tenemos que reconocer los modestos pasos que se han dado rumbo a la democracia”. La solución que propone este diplomático no es presionar a los gobernantes, sino “cultivar mejores relaciones” con ellos, lo que “aumentará su confianza en sí mismos” y favorecerá una transición

pacífica. Son palabras que suenan muy dulce en los oídos de dictadores como Karimov, quien cada vez tiene que escuchar menos demandas de hacer justicia por lo ocurrido en Andiyón. El 2 de marzo de 2009, sólo diez días después de que el parlamento de Kirguistán votara por echar a Estados Unidos de la base militar en su territorio, The New York Times reveló que Washington había ido de nuevo a pedirle favores a Karimov y había conseguido uno: la otan recibió permiso de usar Uzbekistán como nueva ruta de aprovisionamiento para sus fuerzas en Afganistán. Ya que estos suministros pasarán por territorio ruso, también Moscú tendrá cartas poderosas para apostar más fuerte en el “gran juego” y presionar a los países occidentales. El favor a la otan significa que Karimov tiene de nuevo el poder para asestar un golpe doloroso si los occidentales le recuerdan que hay derechos humanos y cosas así. Al margen quedaron las iniciativas para darle viabilidad política y económica a la región, así como la noción de justicia. En la plaza Babor, en Andiyón, sigue en pie la estatua de una madre que llora.

2 1

3

4

5 6

7

1. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

2. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

3. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

4. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

5. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

6. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

7. Ommodolo bortion ulla acin etue tat. Or se conulla consequat.

111


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
El Gran Juego y la Madre Sollozante by Témoris Grecko - Issuu