David goliat Revolución en Libia:
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Por Témoris Grecko desde Bengasi
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Inmediatamente después del triunfo de la insurrección en Egipto, el pueblo libio decidió que era hora de acabar con la dictadura de Muamar Gadafi. Los rebeldes creyeron que sería fácil, pero nunca se imaginaron hasta qué punto llegaría el tirano. Éste es el relato de las increíbles historias de algunos combatientes en ese país del norte de África. 128 a b r • 1 0
aled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up se atascó: la arena de las dunas era la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido encima de los cadáveres de otros revolucionarios. El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para intentar cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente de la camioneta y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire. Sofocado, trató de respirar pero sólo tragó arena. Escuchó que gritaban su nombre. Percibió las siluetas de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con una potente explosión. Jaled quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los cientos o miles de mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría: matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que se cruzara en su camino. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día. La ventaja era de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Jaled no tenía idea de por qué: su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. El mercenario encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled invocó a dios y deseó que hubiera vida después de la muerte: un paraíso para los shujadá de la Thawra, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos con fuerza.
EL FIN DE LA PARANOIA Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las nubes grises y el mal tiempo se apartaban por una horas. Jaled trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas: —No bombardeen Buenos Aires —musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano—. ¿Qué significa lo siguiente? —No nos podemos defender. —¿Por qué? —Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes. —¿La podemos cambiar? Diez minutos después, el joven aspirante a abogado repetía con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la canción: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…” Bengasi es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande de Libia, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores. Es el corazón de la zona oriental, cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las reservas nacionales de hidrocarburos. De esas inmensas reservas recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos. El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero pasado en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Y siguen buscando, porque sospechan que hay más. fotos, en
apertura y a la derecha: getty images
Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los habitantes de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los agresores. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf ) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución). Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera, Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso!”, decía un chico de 17 años. Su padre, Amid Abdel, un profesor en la Universidad Omar al-Mujtar, estaba feliz de que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “¿Sabes lo que es vivir con miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti? Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”. Había algunos destrozos: alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien me hizo notar que eran los únicos dañados: “Mira la biblioteca, el banco, el hotel… protegimos todo.” La gente era extremadamente amable con los periodistas. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (d<ios lo quiera)!”, repetían.
gadafi contraataca La Thawra parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza áerea desertaban, antes que bombardear a su propia gente. De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misurata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi,
quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el desierto del Sahara, la población se concentra en la banda costera). El lunes 28 de febrero, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió a Gadafi conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción se embarca ahí para exportarla. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron las poblaciones perdidas. Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al-Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes sms que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”
La reacción de las potencias
Nicolas Sarkozy y Hillary Clinton antes de una reunión en París en la que se evaluaría la respuesta de Francia, Estados Unidos y el Reino Unido frente a la crisis en Libia.
Al cierre de esta edición, la coalición militar encabezada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia continuaba con los bombardeos contra objetivos militares en Libia. La operación, bautizada como “Odisea amanecer”, busca asegurar una zona de exclusión aérea sobre Libia y detener el avance de las fuerzas de Gadafi sobre Bengasi, para proteger a la población civil. Los ataques aliados obligaron a las fuerzas gubernamentales a replegarse a Ajdabiya e inyectaron nuevos ánimos a los rebeldes, quienes fracasaron en el intento de recuperar esa ciudad. Un misil destruyó un edificio en el complejo residencial de Gadafi, en Trípoli. Pero también habían aparecido algunas diferencias entre los miembros de la coalición; una de las principales era qué hacer con el dictador: Reino Unido afirmaba que Gadafi podría ser un blanco legítimo, pero Estados Unidos consideraba “insensato” matar al tirano, según su secretario de defensa, Robert Gates. Tampoco estaba claro si la operación seguiría siendo coordinada por los estadounidenses, ni cuál sería el papel de la otan. Y nadie podía preveer cuánto tiempo duraría la guerra civil, ni si Gadafi cumpliría sus amenazas de atacar a sus agresores extranjeros.
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En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combates, Gadafi sacó en el oriente el arsenal que le vendieron las grandes potencias y, con él, masacró a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente y, cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios. Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi, a 150 kilómetros de distancia, cundía el nerviosismo.
VENCER O MORIR A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba que la revolución
había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café”, decía el dictador. “El mayor problema es que lidiamos con un loco”, lamentaba Jaled. “Se cree lo que inventa. Y no es como (el ex presidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Alí, ni como (el ex presidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer al abismo, se llevará al país con él.” En ese momento, la posibilidad de que el Consejo de Seguridad de la onu decidiera ponerle límites a Gadafi parecía nula, y el balance de fuerzas estaba de su parte. Jaled sentía la necesidad de rezar, como tantos de sus compatriotas. Las demandas
Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos.
Los rebeldes hacen una pausa en la batalla para orar.
terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, respondían las decenas de miles de gargantas. Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba la ceremonia masiva al lado de Nasser Haddar, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Thawra. O ganamos o morimos.”
de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructura, oportunidades de educación y empleo. No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño (apenas seis millones de habitantes, en un territorio del tamaño de México), tradicionalista y religioso, que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África. Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor el estado de ánimo de la gente. Cuando llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, y su carácter distintivo era el optimismo. Los bengasíes no se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Los rezos del viernes 4 de marzo fueron los del “día de
REBELDES EN CAOS
El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África.
la ira”, en el que los rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad. Un poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días, quizá una semana, y triunfarían. Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir su armamento y utilizarlo. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdió el territorio conquistado y Ajdabiya quedó en peligro. Las oraciones del viernes 11 fueron las de la consternación, la preocupación y el miedo. “Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Siempre han odiado a Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el oriente del país, no dejará a uno solo de nosotros vivo”. En las pesadillas de los bengasíes no sólo aparece Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al tirano. Las autoridades llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello a Al-Shuwehdy. Cuando el hombre se retorcía colgando, una muchacha, Huda Ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas para tirar hacia abajo, hasta que el hombre dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de la implacable Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos.” “Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?” La multitud en la céntrica plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los bengasíes —Jaled entre ellos— respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misurata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el fotos: getty images
Cientos de personas empezaron a correr en desorden cuando se escuchó que un avión se acercaba al retén rebelde en Ras Lanuf. Se movían hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho a tierra entre las matas. Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estábamos. No había gente donde cayó el artefacto, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al retén entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador. Era el lunes 7 de marzo. A las 4 am de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado ahí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores nos sorprendimos: si la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo? Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Bin Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturado por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes lo habían abandonado. En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no percibimos indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. La aglomeración de voluntarios no se parecía en nada a un ejército preparado. Era el punto de vanguardia y había un inmenso desorden. Los combatientes 131
Casi todos los rebeldes son jóvenes que se preparan apenas dos o tres días antes de ir a pelear.
El jueves 17 de febrero, los habitantes de las ciudades del Oriente de Libia salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los agresores. serios —algunos soldados y ex soldados— eran una minoría. Casi todos los demás eran hombres de diversas edades, en especial jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas extraídas de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban al frente. No existían mandos, ni estructura. Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión causada por decenas de improvisados que jugaban con rifles. Disfrazados con cualquier prenda que pareciera militar o guerrillera, los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16, que no sabían manejar. En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las 132 a b r • 1 0
bombas dejaban relativamente pocos muertos y los periodistas apostábamos a que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. Pero nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, y Ajmed Fatji, un militar que se pasó al bando rebelde y al que encontramos en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes serían un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fatji “y, cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.
¿Y la marcha hacia trípoli? “Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios derrocaron a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi reaccionó lanzando a sus fuerzas a reprimir, y mataron a muchos. La respuesta de la gente fue tomar las armas contra ellos.” Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local —abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos— de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente...” Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”. fotos: getty images
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En contra de Gadafi, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como inexperiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Thawra. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa? Mis primeras impresiones fueron poco menos que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli? La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”, dijeron en cada encuentro con los medios. A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus subordinados e incluso algunos compañeros ya retirados. Como todos se arrebataban la palabra, un viejo ex piloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorprendió un poco. “Soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían…”
LOS MERCENARIOS Y EL ODIO El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador dentro y fuera de Libia, que fue traído para pelear por dinero. El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África; por ello invirtió enormes recursos para comprar influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales. Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y ha vivido temiendo que le hagan lo mismo. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos, mientras formaba
“Puedo leer lo que quiera, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso!”, decía un joven en Tobruk. poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilibrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas. Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los mercenarios. Estos mercenarios suelen ser africanos del sur del desierto del Sahara, y esto alimenta el racismo de muchos en la mayoría árabe, de tez mucho más clara. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a supuestos mercenarios con cascos amarillos atacando a civiles en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado (hay unos 500 mil trabajadores inmigrantes de otras naciones africanas en Libia). Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El recién formado Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos mercenarios detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es.”
PREGUNTAR ANTES DE ODIAR Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. Lo entendí mejor al encontrarme con algunos casos, como en el policlínico de Brega, donde había un hombre y dos de sus hijos, de 14 y 11 años, mal heridos porque Durante años, Gadafi financió grupos irregulares armados en países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.
estaban pastoreando ovejas cuando les dispararon sin razón desde una camioneta. El menor tenía un gemelo idéntico, que murió en la acción. “Los negros son como una fiera sangrienta”, me dijo Jaled. El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente de batalla en una pick-up con ametralladora. La táctica de los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia. Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se marchaban a dormir, las fuerzas de tierra avanzaban, ocupando posiciones silenciosamente. El plan de Jaled y sus compañeros era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y marcharse a toda velocidad. El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado su operación, encontraron a un grupo de rebeldes muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, Jaled vio a su amigo desplomarse de un balazo.
Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y luego al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus amigos. Luego llegó el mercenario, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo. Pero no llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Me reclutaron a la fuerza, con amenazas.” Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día.” Y se marchó. Jaled no le hizo caso. Caminó durante horas sin luz, trastabillando, con riesgo de encontrar al enemigo. Pero las primeras personas que vio eran rebeldes bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se enfrentó a él, había organizado una operación sorpresa. Sus hombres avanzaron hasta Brega y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros. La noticia reanimó a muchos en Bengasi, entre ellos a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate. El martes 15, cuando lo visité, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin habían actuado, cuando las fuerzas del dictador habían empezado a atacar Ajdabiya: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. “Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, los mártires, y los honraremos con la victoria de la Thawra. ¡Inshallah!” Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”
Una mujer durante una protesta en Bengasi. En sus manos tiene escrito: “Amo a Libia.”
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