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eldesiertosecaliente

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Edi c i 贸nEne r o2 0 1 1


EL DES SE CAL El aplastamiento de la protesta pacífica de Gdeim Izik le recordó al mundo que los sajaráuis quieren independizarse de Marruecos. Y que la guerra puede reiniciar.

Soldados del Frente Polisario, que luchan para que el pueblo sajaráui se independice del dominio marroquí.

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IERTO IENTA por Témoris Grecko Desde Smara y El Aaiún, Sájara Occidental

foto: ap


l Sájara (Sahara) Occidental, la antigua colonia española que el Reino de Marruecos invadió en 1975, estaba a mitad de camino entre un agudo rompimiento social y el reinicio de la guerra por la independencia. El 29 de noviembre de 2010, Smara (la última ciudad controlada por el ejército marroquí antes de llegar al muro que este país construyó para mantener lejos a las milicias independentistas del Frente Polisario) era un alarmante foco de tensiones. A las 6:45 am, tres policías vestidos de civil me despertaron con golpes en la puerta de mi habitación. En francés, me ordenaron recoger el equipaje y acompañarlos a la parada de autobús para que me marchara. Había cuidado mis movimientos para que no descubrieran que soy periodista y, como no me pareció que lo sospecharan, no sabía por qué me estaban echando. A las 7:30 am ya iba en el único autobús diario hacia El Aaiún, el centro político y económico de la región. Ahí, en la tarde de ese mismo día, volví a ser extraoficialmente expulsado tras un incidente en el que un grupo de colonos marroquíes nacionalistas me agredió físicamente bajo una insólita acusación: la de ser un ciudadano de España miembro del derechista Partido Popular (pp). Decidieron ignorar mi pasaporte mexicano. “No le podemos brindar protección mientras permanezca en El Aaiún”, me dijeron dos policías uniformados, quienes me acompañaron a mi hotel por mis cosas y a buscar otro autobús. Eso estuvo a punto de convertirse en una pequeña batalla, después de que jóvenes sajaráuis autóctonos trataron de intervenir a mi favor. Cualquier posibilidad de entendimiento entre ellos y los marroquíes quedó dinamitada el 8 de noviembre. Ese día las fuerzas de seguridad de Marruecos se lanzaron a destruir el campamento de jaimas (tiendas nómadas tradicionales) de Gdeim Izik, a 15 kilómetros de El Aaiún, que había sido levantado el 10 de octubre como una forma de protesta de 20 mil sajaráuis que pedían mejoras sociales. El saldo fue de más de una decena de muertos y un número indeterminado de heridos, torturados y detenidos. 108  e n e • 1 0

Para la prensa marroquí, el resultado hasta ahora sirve a su país: “Fue un golpe genial”, me dijo Driss Beiba, un periodista para quien Marruecos obtuvo “una victoria diplomática y mediática”. En cambio, Ahmed R. Benchemsi, director de Telquel, el único medio que desentona un poco en el coro ultranacionalista de la prensa marroquí, advierte del “peligro” de que la “población sajaráui, siempre desamparada, se vuelva hacia los que considera su último recurso: los militantes independentistas que le ofrecen un porvenir mejor”.

Vientos de guerra La creación del campamento de Gdeim Izik y su violento desenlace provocaron una crisis internacional que involucró a España, Francia, Estados Unidos (eu) y el Consejo de Seguridad de la onu, y volvió a poner los reflectores sobre un añejo conflicto que parecía casi olvidado: la independencia del Sájara Occidental. Dos décadas de mediación de la onu (desde 1991) no han traído ninguna salida y la prolongación del problema ha ayudado a consolidar el dominio de los ocupantes. La destrucción de Gdeim Izik volvió a colocar el asunto frente a la comunidad internacional, grave e irresuelto. El domingo 28 de noviembre, el día anterior a mi expulsión informal del Sájara, todas las entidades político-sociales de Marruecos (gobierno, partidos, sindicatos, etcétera) habían realizado una mega-manifestación en Casablanca en contra de España, los medios españoles y el pp, al que acusan de liderar una campaña antimarroquí.El lunes, cuando los policías “sugirieron” que me fuera, pensé que tenía margen para rehusarme. Cuando los jóvenes sajaráuis se dispusieron a defenderme, los marroquíes los recibieron a gritos: “¡Arrepentidos de la madre patria!” Me iba a convertir en el motivo de una pelea étnica. A gritos les exigí a mis defensores que se retiraran y tuve que hacerlo yo también. Cuando me marchaba, me enteré de que esa mañana en Smara, los alumnos sajaráuis de un instituto de nivel bachillerato habían sido atacados por una turba de colonos marroquíes. Horas después pasó lo mismo en dos escuelas de El Aaiún. Decenas de adolescentes yacían en el hospital. Aunque las autoridades aseguraron que


los enfrentamientos habían sido espontáneos, el hecho de que se hubieran preocupado por mi presencia me hizo preguntarme si no sabían que algo se preparaba y preferían no tener testigos foráneos. Si no lo sabían, deben haberlo anticipado. Los sajaráuis respondieron a la destrucción del campamento con motines callejeros, en los que hubo asesinatos con una saña nunca vista. Una gran parte de la población sajaráui que, después de 35 años de conflicto, parecía haberse conformado con la dominación marroquí, ahora se ha vuelto a sentir humillada. Los colonos marroquíes, por su parte, están exaltados por la “victoria” en Gdeim Izik y aprovechan cada oportunidad de asestarles golpes morales y físicos a los sajaráuis.

El aplastamiento En 1991, con la guerra estancada tras 16 años de hostilidades (ver recuadro), Marruecos y el Frente Polisario accedieron a entrar en un proceso de paz dirigido por la onu, que creó una fuerza de cascos azules para que se interpusiera entre los contendientes. Transcurrieron seis años más antes de que Marruecos aceptara que los habitantes decidieran democráticamente si se independizaban o no, pero el problema pasó a ser quién podía votar: el Polisario sólo aceptaba a quienes vivían en el Sájara Occidental (unos 74 mil mayores de edad) antes de la Marcha Verde con la que Marruecos invadió en 1975, pero este país quería incluir a decenas de miles de colonos que había estado asentando. Tras casi 20 años sin resultados, la onu logró que las partes se comprometieran a realizar una “reunión informal” en Manhasett, eu, el 8 y 9 de noviembre de 2010. Justo cuando Marruecos desmanteló Gdeim Izik. Decenas de miles de sajaráuis habitan en campos de refugiados en Tindouf, la zona de Argelia desde donde fotos: ap y efe

opera el Frente Polisario. Pero otros tantos viven en la zona controlada por Marruecos, del lado occidental del muro. La disputa ha impedido que se hagan censos, pero se calcula que en El Aaiún hay unas 200 mil personas, de las que cuatro quintas partes están formadas por colonos venidos de Marruecos. La forma de atraerlos al Sájara (poco desarrollado, desértico, lejano) fue que el gobierno les diera puestos burocráticos y políticos, ventajas fiscales y apoyos económicos, con lo que subsidió la creación de una clase social superior. Los sajaráuis, en cambio, son la capa inferior. Sin embargo, tres décadas y media produjeron un desgaste en las aspiraciones independentistas: los sajaráuis que viven bajo control marroquí aspiran más “al autogobierno que a la autodeterminación”, afirmaba en agosto de 2009 el encargado de negocios de eu, según un cable filtrado por Wikileaks “Desean más protección de su identidad y no tener un ejército y unas embajadas. La pequeña minoría pro-Polisario que se hace oír contaba antes con el apoyo de la mayoría silenciosa sajaráui, sobre todo durante los episodios de represión”. Pero, sigue el documento, a mediados de 2009 estaba “más bien intrigada por la perspectiva de la autonomía”. Esto le dio un contenido predominantemente social y apolítico al campamento de Gdeim Izik: desde que

Izquierda: El rey Mohammed vi de Marruecos. Derecha: En esta imagen puede observarse cómo las Fuerzas de Seguridad marroquíes desmantelan el campamento Gdeim Izik.

Los sajaráuis respondieron a la destrucción del campamento por parte de Marruecos con motines callejeros, en los que se registraron asesinatos con una saña nunca antes vista.   109


“Si la expresión independentista en el Sájara se convierte mañana en terrorismo, al estilo irlandés o vasco, el Estado marroquí será culpable”, advierte el periodista Ahmed. R. Benchemsi.

Izquierda: Una manifestación contra Marruecos realizada en Madrid el pasado 16 de noviembre. Derecha: Imágenes de los disturbios que tuvieron lugar en la ciudad de El Aaiún.

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fue creado el 10 de octubre, cuando sajaráuis de todo el territorio empezaron a montar sus jaimas ahí, quedó claro que demandaban tierras, viviendas, empleos y oportunidades, pero no la independencia. Sus líderes eran jóvenes desconocidos, y aunque políticos y periodistas marroquíes buscaban signos de intervención del Polisario, parecía que era marginal o nula. Desconcertadas, las autoridades optaron por regular el fenómeno, sin aplastarlo: lo rodearon con un muro protegido por policías y establecieron un control de ingresos y salidas. Una tarde, varios adolescentes que lo cruzaron en un vehículo todoterreno fueron tiroteados, con saldo de un muerto y tres heridos: los marroquíes los acusaron de haber disparado primero; los sajaráuis dijeron que sólo se habían saltado el retén. Se abrió un proceso de diálogo que no avanzaba. El 8 de noviembre, antes del amanecer, helicópteros sobrevolaron las jaimas y con altavoces exigieron a las mujeres y los niños que se retiraran. Poco después, centenares de policías avanzaron sobre las tiendas, apoyados por tanquetas con cañones lanza-agua y otros vehículos. Muchos jóvenes resistieron. Las fotografías muestran llamas, humo, basura, desolación. Según Marruecos, sus agentes iban desarmados. Los videos

grabados por cuatro simpatizantes (tres españoles y un mexicano) de los grupos Thawra y Resistencia Sajaráui muestran que algunos elementos sí portaban armas de fuego, aunque no se los ve disparando. En otras imágenes se ve a personas aparentemente heridas de bala. Las mujeres y los niños, así como los hombres que pudieron escapar, recorrieron a pie los 15 kilómetros hasta El Aaiún. Ahí, la población sajaráui tomó las calles en un motín que superó los únicos dos antecedentes de rebeliones callejeras, en 1999 y 2005. Asediaron edificios públicos, incendiaron estaciones de televisión, atacaron propiedades de colonos marroquíes. Inicialmente, las fuerzas de seguridad se vieron desbordadas, pero a las 11 am la intervención del ejército comenzó a cambiar la situación. Entonces fueron los paramilitares marroquíes, con protección policial, según constató la ong Human Rights Watch, quienes se lanzaron a perseguir sajaráuis. Durante días, militantes y agentes del orden irrumpieron en casas para golpear y detener a posibles participantes en las protestas.

¿Victoria mediática? Las noticias emergieron para crear confusión. No era extraño que la versión del gobierno marroquí (11 policías y un sajaráui muertos) fuera contradictoria con la de los opositores (19 víctimas sajaráuis, cientos de desaparecidos, cadáveres arrojados a los canales). El problema fue que no había observadores independientes que pudieran aportar datos confiables. Eso es responsabilidad de Marruecos, que impidió la presencia de la prensa extranjera. Un equipo de la española Antena 3 que había logrado colarse por tierra fue capturado y expulsado; al corresponsal del diario abc le cancelaron la acreditación; a sus colegas de otros

fotos: efe


medios les prohibieron viajar al Sájara; a varios turistas españoles los regresaron a su país porque sospecharon que eran reporteros; también echaron a diputados del Parlamento Europeo. El 5 de noviembre, dos periodistas españoles fueron atacados por civiles con patadas y piedras en el tribunal de justicia en Casablanca, cuando cubrían el juicio contra varios independentistas sajaráuis. En lugar de proceder contra los culpables, el gobierno marroquí alegó que los extranjeros habían hecho fotos sin autorización. La prensa ibérica, al igual que su opinión pública, simpatiza con la causa sajaráui. Impedida de cubrir los hechos directamente, utilizó las informaciones que le ofrecían los activistas españoles y sajaráuis, dándoles un peso igual o mayor que a las del gobierno marroquí. Dentro de Marruecos, el contraste entre la versión oficial y la que presentaban los medios españoles provocó indignación. Y dos graves errores parecieron confirmar la sospecha de que había una campaña antimarroquí. El 15 de noviembre, Antena 3 usó una foto de cadáveres amontonados para demostrar que sí habían asesinado a sajaráuis… pero la imagen había sido publicada en enero por un diario marroquí y se trataba de un asesinato del fuero común en Casablanca. No fue lo peor: el día 13, la agencia española efe difundió una escena impactante de niños con las cabezas destrozadas a balazos…

que correspondía a la invasión de Gaza por Israel, casi tres años atrás. La prensa peninsular la reprodujo sin cautela. efe la había tomado del blog de Thawra, el grupo español de apoyo a los sajaráuis (que aseguró: que “asumimos nuestro error” por colocar esa foto, pero les echó la culpa a “los Servicios de Inteligencia marroquíes que han divulgado dos fotos falsas”). “Así se sella la gran victoria mediática de Marruecos”, considera Driss Beiba, un periodista de la revista marroquí Le Reporter. “La prensa española quedó desnuda con sus mentiras y los mensajes del Polisario fueron desmontados”. Los errores del otro no son aciertos propios, sin embargo. Kamal Lahlou, director de la revista local Challenge, celebró en un editorial que “en Marruecos, la reacción es unánime (…) Los partidos demandan firmeza (…) los medios, sin excepción, siguen la misma línea (…) Este consenso constituye la más grande fuerza de Marruecos y hay que rechazar todo lo que pueda constituir una fisura en el edificio”. Al abordar el conflicto por el Sájara, los medios marroquíes saben que no pueden darse el lujo de parecer tibios en la condena del enemigo. Ésa es la línea impuesta desde el trono. El rey Mohammed vi declaró el 6 de noviembre de 2009: “No hay más lugar para la ambigüedad y la duplicidad. No hay un justo medio entre el patriotismo y la traición. No podemos gozar los derechos de la

ciudadanía y repudiarlos a la vez en complicidad con los enemigos de la patria.” El bloqueo periodístico no sólo va contra los medios españoles, sino contra la prensa en general. El 30 de octubre, expulsaron del país al canal árabe de noticias Al Jazeera por difundir un informe crítico sobre derechos humanos en el Reino. Y en general, cualquiera que aceptó ser periodista al ingresar en Marruecos fue rechazado. En realidad, la “victoria mediática” que celebran algunos marroquíes fue sólo de consumo interno. En el país, muchos creen que sólo ellos saben la verdad de lo que ocurrió. No se percibe así en el extranjero. Thomas Riley, embajador de 2004 a 2009 de eu, gran aliado de Marruecos, informó en un cable confidencial: “La ley marroquí se aplica de manera esporádica, pero con regularidad, para sofocar la libertad de prensa”.

¿Victoria diplomática? “El golpe genial de las autoridades marroquíes —volvemos a Driss Beiba— fue no perder jamás de vista la partida que se jugaba delante de la onu”. Mi interlocutor se refería a la primera “reunión informal” entre el gobierno y el Polisario, que estaba programada para el 8 de noviembre pasado en eu. Según la versión oficial, las acciones respecto a Gdeim Izik no tuvieron que ver con cálculo político alguno. El ministro del Interior, Taïeb Cherkaoui, dijo que había

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La última jugada de Francisco Franco El 16 de octubre de 1975, una resolución de la Corte Internacional de La Haya determinó que los habitantes del entonces llamado Sájara Español deberían decidir en un referendo si querían la independencia o pertenecer a Marruecos. Pero el dictador Francisco Franco prefirió pactar en secreto con el rey marroquí, quien no esperó: el 6 de noviembre, lanzó a 350 mil personas en una “Marcha Verde” sobre la frontera, cerca del El Aaiún. El ejército español los dejó pasar. En paralelo, unidades militares marroquíes habían penetrado desde el 31 de octubre con rumbo a Smara. El 14 de noviembre, mediante los acuerdos de Madrid, España aceptó dividir el Sájara Occidental entre Marruecos (que ocupó dos terceras partes) y Mauritania, a cambio de concesiones para explotar los únicos dos recursos naturales de la región: minas de fosfatos y bancos de pesca. El consejo de seguridad de la onu adoptó la resolución de La Haya, mientras que el Polisario declaró, por su lado, la creación de la República Árabe Sajaráui Democrática, con respaldo de la vecina Argelia (en cuyo territorio de Tindouf se estableció el gobierno sajaráui en el exilio). Mauritania era el jugador más débil y, tras un ataque sajaráui contra su capital, Nouakchott, se retiró en 1979. El territorio que ocupaba, no obstante, también fue invadido por Marruecos, que a lo largo de los años 80 construyó un muro de 2 mil 700 kilómetros de longitud y tres metros de altura (dotado con búnkeres, fuertes, aeródromos, campos minados y modernos sistemas de detección) para impedir las incursiones del Polisario. Esto llevó el conflicto a un estancamiento, económicamente costoso para ambas partes, y las forzó a entrar en el proceso de diálogo conducido por la onu que en 2011 cumple dos décadas sin llegar a nada.

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Izquierda: Un empleado municipal marroquí observa los restos del campamento Gdeim Izik. Derecha: Mujeres sajaráuis refugiadas en Algeria entonan cantos de protesta.

decidido permitir que crearan el campamento “porque esta forma de manifestación entra en el marco de la libertad de expresión”. Pero cuando, según él, “milicias encapuchadas” tomaron el control, se corría el riesgo de que se convirtiera en un “Estado dentro del Estado”. Las autoridades declararon que todos los niños, mujeres y ancianos del campamento estaban ahí “secuestrados”, y decidieron intervenir “para liberarlos”. En todo caso, decían, si alguien quería utilizar el asunto en la “reunión informal” del 8 de noviembre entre Marruecos y el Polisario, era este último, para sabotearla. El análisis que hicieron los medios marroquíes para congratularse por esta “victoria diplomática”, sin embargo, revela cálculos menos inocentes. “Los responsables marroquíes tenían que evitar caer en una trampa que pusiera en su contra a la onu”, explica Beiba, “y además atrapar a los que la ponían. Ésta era su estrategia. De ahí la idea de dialogar con los del campamento hasta que revelaran su juego”. En su perspectiva, haber desmantelado Gdeim Izik con armas de fuego hubiera sido “un desastre para Marruecos”, en tanto que el hecho de que “todas las víctimas hubieran sido miembros de los cuerpos de seguridad” (según la versión marroquí) demostró “de qué lado viene la violencia”. El gobierno difundió un video en el que supuestos sajaráuis degollan a un policía indefenso y orinan sobre el cadáver de otro, con una saña que ni siquiera se vio durante los años de guerra (el Polisario nunca ha atacado a la población civil; en esa época, bajo el rey Hasán ii, fue Marruecos el que desapareció, torturó y asesinó opositores sajaráuis y marroquíes). Esta violencia, afirma Beiba, es prueba de que “a los separatistas los están organizando desde fuera, les enseñan métodos nuevos con la violencia de Al Qaeda en el Magreb Islámico (aqmi)”. (El gobierno marroquí trata de asentar la idea de que aqmi, la rama de Al Qaeda en África Occidental, se ha asociado al Polisario.) Así se selló este “éxito de relaciones internacionales”, dijo el periodista, que se evidencia en que la “reunión informal” se celebró


con el resultado previsto (nada; es decir, se volverán a ver en enero, sin acuerdos sustantivos, como en los pasados 20 años), sin consecuencias para Marruecos. Las habría, no obstante. El 16 de noviembre, el Consejo de Seguridad de la onu celebró una reunión urgente para discutir el tema, en la que deploró la violencia en Gdeim Izik. El día 18, aunque el gobierno socialista de España mantenía un criticado respaldo a Marruecos, todos los partidos opositores españoles condenaron la acción marroquí, y de esta forma abrieron la puerta para que, el 25, el Parlamento Europeo pidiera una investigación independiente a cargo de la onu. Dos días más tarde, Human Rights Watch emitió un informe en el que documenta que las fuerzas marroquíes practicaron torturas y otras violaciones de los derechos humanos. Y el 3 de diciembre, los cables filtrados por WikiLeaks demostraron que eu cree que Al Qaeda amenaza al Polisario, no que está asociándose con él, como sugiere Marruecos.

Victoria de nadie Yo había entrado al Sájara el 24 de noviembre, en cuanto se permitió el acceso de extranjeros. Pero no de periodistas. Sólo tras la insistencia del gobierno español, Marruecos permitió la llegada de apenas dos reporteros, Tomás Bárbulo, de El País, y

f o t o s e f e y l a t i n s t o c k /c o r b i s

Ana Romero, de El Mundo, el día 20. Los dos enviados tuvieron que trabajar bajo vigilancia perpetua de espías del gobierno y presiones directas de funcionarios. El domingo 28, Romero se refugió en la casa de un diplomático español en El Aaiún porque, dijo, “temo por mi integridad física”. La persecución contra los sajaráuis continuaba. En Smara, el 29, los colonos hicieron una marcha hacia el Instituto Mulay Rachid, como otras que habían realizado diariamente para echarles en cara a los sajaráuis que en sus tierras manda Marruecos. Pero esta vez, algo fue distinto. Las autoridades dicen que los alumnos arrojaron piedras contra los manifestantes. Los sajaráuis dicen que no hubo provocación. Videos grabados con teléfonos móviles muestran a los chicos en el recreo cuando los marroquíes irrumpen en el patio armados con palos, a los estudiantes que se repliegan hacia los salones y tratan de bloquear las entradas con sillas y mesas, y a muchachos heridos en el hospital. Lo mismo ocurrió casi simultáneamente en otras dos escuelas de El Aaiún. Pude hablar con jóvenes independentistas a las 5 am del 28 de noviembre, en Smara. Había sido muy difícil porque, aunque yo no estaba identificado como periodista y no tenía espía individual en El Aaiún, en Smara sí me impusieron marca personal: es una ciudad militarizada que además estaba

en alerta porque el Polisario, que se ubica sólo unos kilómetros más adelante, había declarado que tiene “armas, hombres y voluntad suficientes” para reiniciar la guerra y “detener la limpieza étnica”, como “piden los jóvenes sajaráuis”. Smara se encuentra tan en alerta y repleta de soldados (el 50 por ciento del ejército marroquí está en el Sájara, creen los diplomáticos de eu), que en la noche del sábado 27 no había una habitación libre y tuve que pasarla en un internet café hasta que cerraron a las 4 am. En la libertad de la madrugada pude acercarme a conversar con aquellos jóvenes. Para ellos hubiera sido peligroso hablar conmigo en otro momento, pero en la oscuridad, un grupo me rodeó para expresar a borbotones de castellano lo que no les dejan decir en el idioma impuesto por Marruecos, el francés. Y es guerra. Muchos marroquíes pueden tratar de creerse que han ganado una victoria diplomática y otra mediática. No hay quien diga, en contraste, que están ahora más cerca de ganarse a los sajaráuis. La violencia en Gdeim Izik es una derrota del proyecto gubernamental de consolidar su dominio mediante la asimilación de los dominados. Todos esos chicos sajaráuis tenían una lista de agravios: golpizas, violaciones de hermanas, desapariciones de parientes o amigos, robos, despojos. Resienten el perpetuo estado de sitio en que viven. Criticaban que en la escuela los obliguen a aprender como propia la historia del invasor. Decían que todavía en octubre pensaban que lo más sencillo era buscar mejoras dentro de Marruecos. La destrucción de las jaimas cambió su perspectiva: “Nos damos cuenta de que sólo el Polisario nos puede defender.” Ahmed R. Benchemsi lo ha percibido. Él apoya la marroquinidad del Sájara. No podría ser de otra forma: es director de Telquel, un semanario en francés cuya versión en árabe, Nichane, cerró en septiembre a causa de un boicot publicitario “orquestado por el Estado marroquí”, explica. Telquel asume la línea oficial en términos generales, pero recuerda las causas sociales del descontento sajaráui. Y advierte de los peligros: “Si la expresión independentista en el Sájara se convierte mañana en terrorismo, al estilo irlandés o vasco, el Estado marroquí será culpable.”

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