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egiptoESQ

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El pueblo que venció al Faraón Esquire estuvo presente durante los largos días en los que el pueblo egipcio salió a protestar, sin tregua, en contra del gobierno del dictador Hosni Mubarak. Esta crónica es un testimonio de cómo se gestionó y triunfó esta revolución pacífica. Por Témoris Grecko / El Cairo 80  m a r • 1 1

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aled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Hosni Mubarak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba. A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban. Y la madre de Jaled —con lentes de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubarak se había dirigido a la nación para hacer gala de su empeño en aferrarse al poder, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.


La salvaje muerte de Jaled Said (arriba en una pancarta), el 6 de junio de 2010, fue uno de los factores que desató la ira de los egipcios.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara para expresar sus opiniones. De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso: “¡Mubarak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento. Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la 82  m a r • 1 1

“Hemos sido nosotros”, dijo Shimaa entre lágrimas, “los árabes, Los egipcios en quienes yo ya no creía más”.

la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled grabó en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo subió a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo acusaron de ser un distribuidor de droga. Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook había dos mil simpatizantes, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí.” Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que

apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011. Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo me reía mucho con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Alrededor de las 3 de la tarde éramos mil, pero para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”. La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara; estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban

con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible.” Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”. “¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo toda una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

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n esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente le perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión. “Era absolutamente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y

Facebook fue una herramienta fundamental para que los manifestantes se organizaran y alertaran sobre los abusos cometidos por los seguidores de Mubarak. Derecha: Una víctima de la represión.

hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso. Fue distinto con Alshimaa Helmy, una ciberactivista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “Hemos sido nosotros”, dijo. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said despertó a los egipcios de su letargo. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

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espués del 14 de enero, cuando una revuelta civil terminó con un gobierno autoritario de 32 años en Túnez, Shimaa se preguntaba: “¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?” Ella leía las noticias que contaban cómo el pueblo había logrado destronar a Zine el Abidine Ben Ali y pensaba: “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país.” Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de fotos en esta página: efe

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atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB fotos en la página opuesta: efe

que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto. A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubarak: Yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, era el único capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento. No era lo que se percibía en la manifestaciones, sin embargo, pues por todas partes se veían una cruz y una media luna entrelazadas, para simbolizar el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubarak

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terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: Yo o el caos. Luego de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles. “Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del pnd (Partido Nacional Democrático, el de Mubarak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas ardiendo al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía tener la capacidad de organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”. Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundían rumores: que los manifestantes en la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo kfc diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook,

fotos en esta página: getty images

las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…” El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubarak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinido, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo esto sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas. Ante el fracaso de la represión oficial, Mubarak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubarak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando

En los 19 días de protesta hubo una fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Además, personas en otros países se solidarizaron con la causa del pueblo egipcio. En Los Ángeles, California, por ejemplo, hubo varias marchas de apoyo en las que participaron musulmanes y cristianos.

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himaa opina que “es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno. Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al islam”. Ella y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la plaza Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar. En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una

presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres. En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que tapa todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello, ajustado al mentón). Como Shimaa, quien con sus 21 años está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana.” Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante.”

Durantelosenfrentamientos, los cristianos formaban un muro de protección para que los musulmanes oraran.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, el vicepresidente Omar Suleimán anunció que el gobierno de más de 30 años de Hosni Mubarak (en la foto) había llegado a su fin.

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Los revolucionarios jamás se rindieron. Poco después del anuncio de la caída de Mubarak salieron a las calles de El Cairo a celebrar. Ahora empieza la difícil tarea de encontrar un nuevo rumbo para el país.

El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde todos desconfiaban de todos. El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo.” Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

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ubarak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra en la que enfrentaron a palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país hizo un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos. El dictador echó todo por la borda durante esta revuelta. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro Mubarak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y que ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas, y por unos cuantos simpatizantes auténticos. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran. Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos, uno recibió una puñalada. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se

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convirtieron en una pretendida herramienta para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto. Ya en la plaza, abundaban los cazadores de espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes foto: getty images

más conscientes podían formar cadenas de protección; pero no siempre. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares. Aunque se trataba de una minoría, eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubarak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios. Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomarme horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber a ciencia cierta si eran pro Mubarak, anti gobierno o neutrales. Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías ni entrenamiento, y todos estaban intoxicados por el sentimiento de foto: getty images

autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México.” “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?” Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra. El impacto en la economía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares calculan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en

¿GADAFI SERÁ EL SIGUIENTE?

La mecha revolucionaria que encendió Túnez y brincó pronto a Egipto, se extendió con rapidez por el mundo árabe y más allá. Pronto la gente se preguntaba ya no si caería alguien más, sino quién sería. Al cierre de esta edición, el panorama era éste: Libia: Pocos pensaban que la gente pudiera echar abajo un gobierno dispuesto a aplicar la represión más violenta sin rubor. Los muertos pronto se empezaron a contar por centenares, con bombardeos aéreos contra las manifestaciones. Según El País, era patente que Muamar el Gadafi había perdido el control en el este del país, y que la lucha era por mantener el control del oeste, donde se producían fuertes combates. Varios funcionarios, diplomáticos y militares anunciaron su renuncia a un régimen que lleva 42 años en el poder. Bahréin: El gobierno de este pequeño emirato del Golfo Pérsico cambió de estrategia: primero envió soldados y pandilleros a atacar, lo que dejó al menos tres muertos, y después ofreció diálogo. Yemen: La represión del gobierno había dejado un saldo de seis muertos. Irán: Al menos dos muertos en las manifestaciones. En Argelia, Marruecos, Jordania, Palestina, Yibutí y Sudán, las protestas eran pequeñas, pero no se descartaba que pudieran escalar.

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las previsiones de crecimiento del producto interno bruto (pib) de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

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so ocurría en “Egipto”. En la “República de Tahrir”, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubarak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el río Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas. Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una

roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez. “No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés en lo que le había pasado. Me mostró la portada de un periódico con fotos de personas destrozadas a golpes. “A ellos los mataron”, lamentó mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubarak.” Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y cinco mil heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes. La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar

secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo). Era una pequeña muestra de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un asunto innegociable: Mubarak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 302 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

La imagen de Mubárak empezó a ser retirada de los espacios públicos en las ciudades egipcias. A pesar de que las muestras de afecto públicas están prohibidas por las leyes musulmanas, los manifestantes en la plaza de Tahrir no pudieron contenerse.

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Y EL FARAÓN SE FUE

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l vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. La jugada de Suleimán —comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque todos (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que no podían tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubarak se tenía que ir. Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa, las demandas de que el presidente renunciara se extendieron todavía más, hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la cia estadounidense e incluso el nuevo presidente del pnd, anticiparon que Mubarak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera. Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó, humillado, a Arabia Saudí. Mubarak parece estar seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día se dirigió en un tono condescendiente y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre. Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Pero yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”. Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, foto: efe

después de que el presidente los había hecho quedar como tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que convergen en ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubarak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

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l sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos, un día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta. No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas. “Nos están diciendo las palabras correctas”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Nos encargaremos de que sí las cumplan.” “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora creo en ellos, sé que algo muy bueno está pasando”, añadió Shimaa. En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios le dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, dos alegres adolescentes me preguntaron: “¿De qué país eres?” “De México”, contesté. “¡La próxima (revolución) será en tu casa!”, exclamaron.

DÍAS DE OPTIMISMO

Lo más complicado de las revoluciones viene después de la victoria. En el caso egipcio, además, se dificulta porque es una revolución que se ganó sin armas y ocurre que quienes sí las tienen son ni más ni menos que el pilar fundamental del sistema desmoronado, los militares. El ejército es una institución hábil: sus oficiales dieron un golpe de Estado que derrocó al rey Farouk, en 1952, y los tres presidentes egipcios que ha habido desde entonces han sido militares, incluido Hosni Mubarak. Sin embargo, a lo largo de la dictadura, el ejército maniobró para que las tareas de reprimir a la población no recayeran sobre él, sino en la policía, que ahora concentra el odio de los egipcios. Durante la reciente revolución, los manifestantes se cuidaron de aclarar que su rechazo era para Mubarak y que esperaban que los soldados apoyaran a su pueblo y, aunque las tropas cometieron algunos abusos, evitaron disparar contra la gente y los generales lograron evitar que Mubarak los arrastrara con él en su desplome. Ante la terquedad del dictador, le dieron un golpe de Estado. Justificado, eso sí, por el descontento popular. Pero son los oficiales quienes tienen el poder. Los jóvenes revolucionarios prefieren darle tiempo a los soldados, por lo que hasta el día 17 de febrero estaban aceptando en términos generales el plan que les propusieron los oficiales, encabezados por el general Mohamed Tantawi: introducir reformas democráticas en la Constitución, dar tiempo para que los partidos se organicen, celebrar elecciones en septiembre y entregar el mando a los civiles. Hay dos objeciones importantes, sin embargo: el gobierno en funciones es el mismo que nombró Mubarak, primer ministro incluido. Y el estado de emergencia que el derrocado mantuvo durante 30 años, y que permite que las autoridades arresten personas sin justificación, prohíban partidos y cierren periódicos, sigue vigente. Lo que todos celebran es que el país parece otro. Los egipcios brillan de optimismo.

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