Por Témoris Grecko / Londres
Vive y deja vivir Los periodistas que trabajan en zonas en conflicto son una tribu valiente y extraña. Nuestro colaborador, que ha cubierto guerras recientes en países como Libia y Siria, reporta su encuentro con algunos de sus colegas durante un curso que busca algo esencial: salvarlos en momentos de emergencia. Reporteros buscan refugio durante los enfrentamientos entre los seguidores de los Hermanos Musulmanes y la policía. Cairo, 14 de agosto de 2013.
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las paredes del legendario Frontline Club, en el barrio londinense de Paddington, están adornadas con fotografías que pertenecen al santuario gráfico del periodismo de conflicto: las de Robert Capa del desembarco en Normandía, la de Yevgeny Khaldei de la bandera soviética ondeando por primera vez en el Reichstag de Berlín, la de Larry Burrows de un soldado negro herido que corre hacia su camarada blanco en Vietnam… imágenes impactantes captadas por quienes dejaron atrás el confort y el amor para lanzarse a perseguir la historia. El edificio de tres plantas es uno de los principales puntos de encuentro de los reporteros de combate. Tiene un bar acogedor donde predomina la madera y se alternan los sillones mullidos para relajarse y las mesas en las que se discuten los detalles de la brutalidad humana y la humanidad brutal, pero siempre esperanzada. Ésta es la gente que no está acostumbrada a ser comprendida por quienes desconocen los campos de batalla y que en el Club Frontline se siente, por lo tanto, entre los suyos. Las preocupaciones, los comentarios de frustración y los chistes que serían recibidos con escepticismo o extrañeza en cualquier país donde hay relativa paz, aquí encuentran reciprocidad y retroalimentación. Se prodiga la sonrisa del otro que no cree que tus daños son irremediables, que tiene emociones y deseos más o menos como los tuyos. La cerveza corre entre los compañeros. Los tarros chocan. Las anécdotas fluyen. Mujeres y hombres de entre 25 y 60 años 324
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convivimos como miembros de una sola generación. Todos iguales, pero la atención la tiene un estadounidense que acaba de superar el medio siglo, de cuerpo cultivado y ojos azules, que ha pasado por mucho y cerca de lo peor. “La realidad de la guerra no es que te podrían matar”, dice Sebastian Junger. “La realidad de la guerra es que te garantiza que perderás a tus hermanos.” Esta mesa no reunía a las mismas personas hace diez años. Ni hace cinco. Ni hace dos. Una placa junto a la puerta del bar enlista a integrantes célebres del Club, muchos de los cuales no pagan ya su cuota de membresía (325 libras anuales) porque no pueden hacerlo: están secuestrados, desaparecidos o muertos.
Camina hacia donde no debes Sebastian y el fotógrafo británico Tim Hetherington forjaron una estrecha amistad durante el año que siguieron a un pelotón militar estadounidense en el valle afgano de Korangal, uno de los sitios de enfrentamientos frecuentes con las milicias talibán. Como resultado, realizaron varios trabajos periodísticos, uno de los cuales, Restrepo, fue nominado para los premios Oscar en la categoría de mejor documental. El camino para Junger podría haber sido una cómoda carrera literaria, sobre todo a raíz del gran éxito de su libro La tormenta perfecta que, con la venta de los derechos para la realización del blockbuster cinematográfico del mismo título, protagonizado por George Clooney y Mark Wahlberg, le dejó ganancias por un millón y medio de dólares después de
impuestos (según le confesó a Geraldine Fabrikant, del New York Times). En lugar de entregarse al confort, Sebastian escogió ir a buscar las historias humanas que hay en los conflictos. También es el caso de Tim, quien, recuerda su amigo, “no cometía el error de casi todos de pensar que lo más interesante del combate es el combate en sí mismo. Se dio cuenta, casi antes que yo, que el combate es repetitivo y sumamente dramático, pero algo que es dramático no necesariamente tiene significado”. Para Tim, “algunas de las cosas más significativas ocurren cuando hay calma, en las relaciones entre los hombres”. De pronto, se hallaron flotando sobre la vanidad absurda de la alfombra roja, en la ceremonia de los Oscar en Los Ángeles, el 27 de febrero de 2011. Los acompañaban dos mujeres bellísimas, una pelirroja con Sebastian, y una negra con Tim, su novia. Al mismo tiempo, en Medio Oriente, sus compañeros habíamos pasado de cubrir la insurrección en Egipto a la guerra en Libia. “Le dije a Tim que fuéramos allá”, recuerda Junger en el Frontline Club. Pero a final de cuentas, él no pudo ir y la revista Vanity Fair, que iba a correr con los gastos, canceló el proyecto. A Tim le dio igual. Sus amigos lo recuerdan por su cortesía y buen humor, y por su sensibilidad hacia la gente que retrataba. Al punto de arriesgar su vida por ellos. Un compañero lo grabó en Liberia en 2003 cuando un grupo de milicianos —adolescentes de 14 a 17 años intoxicados de alcohol y violencia— creyó que un joven médico, a quien Tim había visto
Arriba: El Frontline Club. Abajo, de izquierda a derecha: Los fotógrafos Manu Brabo y Paulos Nunes Dos Santos y el periodista Mike Elkin en el bar del Club.
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/ témoris grecko
esforzarse atendiendo heridos, era un espía y lo iba a ejecutar. Es difícil transmitir con palabras el ambiente de caos y peligro descontrolado que se genera en situaciones así, el lector debe imaginarlo aunque no lo haya vivido. El jefe apuntó la pistola contra la cabeza del aterrorizado muchacho pero, justo antes del disparo, el fotógrafo puso la mano en el arma y la empujó, provocando indignación entre el enjambre de adolescentes. No tiene sentido, explicó, perder al único que te puede curar. Y lo salvó. Ocho años más tarde, habiendo degustado el plástico sudor de la gloria de Hollywood, Tim abandonó el glamour y el aplauso para volar a El Cairo y, de ahí, viajar por tierra a Bengasi, una ciudad italianizada que estaba a punto de ser destruida por los tanques y los aviones de Muamar Gadafi. Muchos periodistas escaparon hacia Egipto mientras los que quedábamos nos comíamos las uñas, hasta que a base de bombas, las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) detuvieron la ofensiva el 19 de marzo de ese año, cuando ya había combates en la entrada de la ciudad. La intervención aérea internacional produjo un estancamiento en el desierto libio, con el este controlado por los rebeldes y el oeste por el gobierno. La única novedad fue el alzamiento en la ciudad de Misrata, cerca de Trípoli, la capital del país, en la zona de Gadafi. Aunque parecía que pronto serían aplastados, los misratíes resistieron con determinación impresionante. No tenían alternativa, era sostenerse o morir porque estaban encerrados: el ejército los atacaba por tres direcciones y a la espalda no había más que el Mediterráneo. Era también la única forma de llegar ahí: Tim y unos pocos reporteros tomaron el riesgo de hacer la peligrosa travesía marina en pequeños barcos para meterse en la población sitiada, de la que era más difícil salir que entrar. Durante siete semanas, los habitantes habían estado sin electricidad ni agua, y tenían que hacer la vida cotidiana siempre atentos a los ataques militares y al ¡pufff! que hacen las bombas de racimo en el aire: cuando revientan decenas de metros por encima de las azoteas, arrojan una miríada de explosivos que se esparcen sobre extensas áreas y caen para matar y mutilar. “Es raro hacer un trabajo en el que sales y de hecho estás buscando el combate”, había reflexionado Tim en una entrevista que dio a raíz de su documental Restrepo, y que Sebastian incluye en otra película. “Recuerdo [una vez] que estaba caminando hacia donde escuchaba disparos y me dije, hey, espera un momento, deberías ir en la dirección contraria, pero no… tienes una terrible sensación de que te estás hundiendo, pero sigues caminando hacia allá.” Ese otro filme de Junger toma su título a partir de una escena filmada en Misrata, en la que varios
periodistas están en una camioneta y Tim pregunta “¿Hacia dónde está el frente de combate?”. De nuevo se dirigía a ese lugar del que más bien debía alejarse. Sebastian considera ahora que su amigo se estaba arriesgando demasiado. La avenida Trípoli es la principal de Misrata, y si ese 20 de abril el ejército tomaba el puente al principio de la vía, el corazón de la ciudad quedaría expuesto a sus tanques. Para cubrir la defensa del lugar, un grupo de unos diez reporteros tomó una posición cercana que creyó relativamente protegida. Los soldados los vieron y les dispararon un obús. Cayeron cuatro compañeros heridos. Hubo metralla, humo, sangre, confusión, más sangre… ¿qué hacer? En su crónica para The Times (21 de abril de 2011), James Hider narra que una ambulancia llegó a uno de los pocos hospitales que quedaban en Misrata, y que una fotógrafa ensangrentada (no la identifica pero seguramente es Katie Orlinsky, antes basada en Méxi-
Sebastian Junger (izquierda) y Tim Hetherington en el rodaje del documental Restrepo (2010), situado en Afganistán y dirigido por ambos.
“La realidad de la guerra no es que te podrían matar. La realidad de la guerra es que te garantiza que perderás a tus hermanos”
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co) salió tropezando y dijo: “Tienen que regresar por Tim y Chris, les dieron”. “El siguiente vehículo”, cuenta Hider, “sacó a un agonizante Tim Hetherington… los doctores trataron desesperadamente de salvarlo, pero ya era demasiado tarde”. Minutos después, trajeron al fotógrafo Chris Hondros, con una herida en la cabeza. Hondros también falleció. Ambos nacieron el mismo año que yo: Chris acababa de cumplir 41; a Tim le faltaban ocho meses.
“Rescate” en Siria El recuento de los daños es duro. La cerveza del Frontline Club no ayuda a despejar las cuentas. ¿Cuántos van…? Lo que en algún momento se llamó “Primavera Árabe”, como si todo lo que pasa en esos países fueran cánticos y mariposas, ha tenido al gremio periodístico como una víctima colateral de los daños sufridos por los pueblos. “Desde ataques de francotiradores y bombas que caen muy cerca en Libia, hasta encarcelamiento con un duro interrogatorio en Yemen, pasando por el ataque de un jet contra mi coche en Siria, lo he visto todo”, dice el fotógrafo portugués Paulo Nunes Dos Santos. “Sin importar qué tan estresantes pueden ser esas situaciones, las veces en que me he sentido más afectado es cuando perdí a amigos mientras reporteaban en los mismos lugares donde días antes había estado yo. Estar en casa y recibir la llamada de que tu compadre acaba de morir es uno de los momentos más difíciles que he vivido.”
Sebastian Junger (derecha) durante la filmación de The Perfect Storm (basada en su novela), al lado de Mark Wahlberg y George Clooney.
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Los compañeros secuestrados, los desaparecidos… como dice Sebastian, en la guerra no sabes si te van a matar, pero sí sabemos que nosotros, como conjunto, no saldremos intactos, que no todos regresaremos a casa. Es un destino fatal que no por previsible aceptamos ni entendemos. Cada vez que ocurre, cuando llega la noticia, es como algo casi inesperado, una sorpresa, el golpe de lo que es terrible y no tenía que pasar, la sensación de abuso, injusticia e impotencia. No podemos hacer nada… ¿o sí? Alguien respondió afirmativamente y por eso estamos aquí. Pasó mucho tiempo antes de que pudieran evacuar a Tim y a Chris. Otro tanto transcurrió mientras las pick-up los trasladaban al hospital. Tim chorreaba sangre. Fue eso lo que lo mató. “Si sus compañeros hubieran sabido cómo detener la hemorragia, Tim hubiera tenido mejores oportunidades de sobrevivir”, dice Sebastian. Por eso creó risc: Reporteros Instruidos para Salvar Colegas. Veinticinco informadores de trece países (diez de Europa más Estados Unidos, India y México) fuimos aceptados para hacer el curso gratuito Respuesta Médica en el Campo de Batalla, financiado a través de donaciones de empresas y particulares. Con esta camada, la quinta, ya somos 120 periodistas entrenados en el programa risc: es decir, 120 oportunidades de evitar la muerte de un camarada o de otras personas. Esta iniciativa apunta a cambiar radicalmente la forma en que hacemos nuestro trabajo, que en pleno siglo xxi tiene deficiencias graves en aspectos elementales. Con la muerte de Tim, cuenta Sebastian, “me di cuenta de que ni yo ni nadie que conociera tenía idea alguna de medicina de frente de combate”. ¿Cuántas vidas se habrían podido salvar si hubiese sido de otra manera? La instructora Sawyer Alberi, quien como médica de la Guardia Nacional de Vermont ha cumplido dos servicios en Irak, pregunta al grupo, reunido en un salón del piso superior del Frontline Club, quiénes se encuentran frecuentemente en medio de nubes de gas lacrimógeno. Parece sorprendida cuando todos levantamos la mano. No, no es el tipo de gente normal que toma cursos de actualización. El problema es que nadie sabe qué hacer cuando alguien reacciona con un ataque al corazón o se le cierran los conductos de respiración, efectos de estas armas “no letales” que han matado a mucha gente. Estamos en Siria. Caen bombas. Entre el humo, los periodistas vemos que hay varios civiles heridos. ¡Estabiliza la situación!, es el primer paso del procedimiento. No es posible, los combates continúan. Los disparos y los estallidos truenan alrededor. Aprovechamos una pausa en el tiroteo para acercarnos. Se trata de cuatro mujeres, todas ensangrentadas. Tenemos que sacarlas de ahí. Nos atacan los francotiradores, ¡al suelo! Ahora tenemos una oportunidad, ¡de pie!, levantémoslas, ¡vamos, vamos, vamos! Al mover cuerpos, es vital cuidar la columna vertebral, pero si
Grupo de alumnos de RISC, fundado por el periodista Sebastian Junger, durante el curso Respuesta Médica en el Campo de Batalla, en 2013.
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nos detenemos, ¡nos matan! Llegamos a un área cubierta. Rápido, ¿cuáles son los daños? El segundo paso es la evaluación primaria, pero es difícil hacerla porque otras figuras femeninas, con amplios vestidos negros que sólo permiten que veamos sus ojos, nos rodean llorando y gritando. Pulso, respiración, ¿de dónde sangra?, ¿responde a mis gritos, al dolor? Libera las vías respiratorias, corta la hemorragia, ¡aplica torniquetes! Y sácale el aire que ha invadido el pecho, ¡aguja de descompresión! Hay que calentarla, envuélvela en las mantas, confórtala. Estabilizada la paciente, debemos esperar ayuda profesional. Podemos pasar al tercer paso, la evaluación secundaria. ¿Cómo está la temperatura, el color de la piel, ha recuperado la conciencia? Pregúntale cómo se siente. Los maniquíes no nos hablan, claro está. Sólo los empleados de la oficina de este callejón londinense, que están a dos metros de donde estalló la “bomba” y que ya no encuentran divertido el escandaloso espectáculo que estamos montando para nuestra práctica final. Nosotros tampoco: a base de ruido y órdenes con voz militar, Sawyer y sus ayudantes se encargaron de híper-activar nuestras glándulas suprarrenales y una sobredosis de adrenalina nos puso a temblar mientras tratábamos de resolver la sucesión de problemas. No había caído en la cuenta de lo difícil que es responder ante una emergencia virtual. Y si es real y uno no tiene la menor idea de lo que hay que hacer, como ocurre con la mayoría de los reporteros y de las personas en general, simplemente nos quedaremos parados mientras nuestros amigos mueren. Accidentes de coche, caídas de andamios, estampidas en estadios, tropiezos en la casa, ahogamientos en hoteles, borracheras colosales… pensándolo bien, éste es un curso que deberíamos tomar todos. Es casi increíble que no lo ofrezcan en todas las instituciones educativas como parte de sus programas básicos. “El curso me permite tener la confianza de que podré enfrentar las situaciones difíciles que se presenten en el campo”, dice la periodista india Gáyatri Parameswaran, a quien esta preparación le resulta necesaria para “trabajar de una forma más profesional”. Es una cuestión de corresponsabilidad con los colegas, cree Paulo, el fotógrafo portugués, quien en ocasiones previas en las que viajó con compañeros F o t o s : GETTY IMAGES / t é m o r i s g r e c k o
Un reportero durante una manifestación conmemorativa del asesinato del estudiante Alexandros Grigoropoulos en el barrio de Exarcheia, Grecia. 2012.
“Siempre que voy a cubrir conflictos me doy cuenta de lo frágil que es la vida” que ya habían sido alumnos de risc, sintió que no estaba en condiciones de auxiliarlos como ellos a él. Si todos saben que cada uno de los miembros del grupo puede responder en caso necesario, “eso hace que trabajar en una zona de conflicto sea un reto menos duro”.
Ni locos ni solitarios En una sociedad en la que la inmensa complejidad de los hechos se reduce a los ¡zing! ¡zang! ¡bom! de los tiroteos y las explosiones en la televisión, los reporteros que cubren conflictos son igualmente compactados dentro de un concepto de alto poder de venta: periodismo de guerra. Parece que se trata de personajes románticos, un poco desquiciados, que no han aprendido el significado de la palabra miedo y tienen adicción a la adrenalina y a la sangre. Ernest Hemingway es uno de los modelos de esta caricaturización: tipos duros que seducen a las jóvenes reporteras antes de enloquecerlas con tics maniacos y traumas mal escondidos. Sin embargo, cualquiera que entre al bar del Frontline Club, en realidad no muy distinto de tantos pubs londinenses, sería incapaz de distinguir, a primera vista, a quienes han cubierto batallas y a quienes no: todos bebemos cerveza,
hacemos bromas y contamos anécdotas con normalidad. Cierto, son anécdotas propias de la profesión, pero cada cual sólo puede hablar de lo que le pasa. Ni perturbados ni juansinmiedos, sino gente normal que, como todos, tiene que esforzarse para vencer los temores. A pesar de lo cual, es cierto que hay marcas. Más allá de los casos de personas muy lastimadas por lo que han visto, todos los demás tenemos esas marcas, algunas más profundas que otras. Y preocupaciones: por nuestra vulnerabilidad física y emocional en medio de la locura de la violencia y porque no hemos resuelto uno de los grandes dilemas: qué hacer ante el dolor de los sujetos sobre los que debemos informar. En clase, una fotógrafa francesa insistía en el asunto: ¿cómo confortar a las personas que han perdido todo lo suyo y a todos los suyos? Alguien replica: ¿Debemos? Otros cuestionan: ¿Podemos? Cuando uno regresa a casa, lo hace con las pérdidas propias y las ajenas. Uno quiere ser normal. Que lo traten como siempre. El problema es que, a la vez, quiere que los demás se enteren de lo que está pasando allá, en ese lugar terrible, que hagan algo, que ayuden y sean conscientes de la maravilla que es la paz. “Pasar de un mundo de conflicto al mundo de
los civiles es una transición difícil”, dijo Tim en aquella entrevista recogida en el filme de Sebastian. “Hay muchas cosas traumáticas que ocurrieron, yo tuve la suerte de atestiguarlas.” Es la suerte, sí. Y para algunos, la desgracia. Un aclamado fotógrafo español provoca una carcajada cuando inquiere, en una charla especial que da un experto en los traumas psicológicos que sufren los periodistas, cómo puede lograr que sus amigos dejen de hacerle preguntas sobre su estado mental cada vez que va a casa, “que ya no me digan, tío, estás bebiendo demasiado, y eso cuando tienen la cara empapada de cerveza y están más ebrios que una cuba”. “Es que no puedes aspirar a que te comprendan”, reflexiona un reportero alemán. “Nadie puede saber lo que es la guerra si no ha estado en ella. Regresas y te hablan con lo que su imaginación les dice que es la guerra, de que les gustaría ir a ver la guerra como si fuera una atracción turística, ¡y a veces hablan de que su país debe hacer la guerra!” El sentimiento de incomprensión no es poco común entre estos periodistas. Por eso, un beneficio añadido del encuentro creado por risc es que se han reunido los iguales en un ambiente de calma y ESQ
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Un corresponsal de Al-Jazeera huye tras resultar herido en una pierna durante los enfrentamientos en Alepo, Siria, el 24 de agosto de 2012.
“Quienes trabajan como periodistas en zonas de conflicto lo hacen por otras razones, no por dinero” creatividad, en contraste con los sitios de tensión y miedo en donde suelen verse. El ritmo del curso es intenso y deja poco tiempo para relajarse, pero emergen las inquietudes individuales y se descubre que en realidad son compartidas. No se trata de locos temerarios. Pero tampoco de condenados a la soledad.
Tomar tu vida en serio Si todo fuera tan fácil como llegar al aeropuerto, subirse a un Jeep, ir al campo de batalla, hacer unas fotos y salir de allí. Esto sólo lo pueden hacer las cadenas de tv que invierten grandes recursos en conseguir que su presentador estelar aparezca cerca del conflicto: primero envían un equipo que prepara el terreno, resuelve la logística, se encarga de la seguridad, consigue a los entrevistados y ubica el sitio desde donde el personaje va a transmitir en vivo. Después lo traen, lo graban y lo sacan para enviarlo de vuelta a casa con el prestigio de haber estado en la guerra. En el lado contrario está el periodista independiente que tiene que resolverlo todo por sí mismo, empezando por cómo financiar el proyecto y dónde publicarlo: si le ha ido bien, ha conseguido un assignment de un medio que le asegura la compra del material —y con suerte, le ha dado viáticos—; si no, irá al combate con la incertidumbre de qué hará con el 328
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material que genere, si podrá venderlo, si podrá venderlo bien. Uno va a arriesgar la vida y no se puede permitir cometer errores, ni grandes ni pequeños. Durante el primer trimestre de 2011, en el norte de Siria hubo abundancia de gente que se iba a meter a la guerra sin preparación alguna. Un caso fue el de un chico alemán que, en su sitio web, mostraba una foto de sí mismo con uniforme militar de camuflaje y una enorme cámara, así como su trabajo profesional: galerías de bonitas imágenes de niños nórdicos en parques infantiles. Algunos colegas que lo conocieron por casualidad en Kilis, la ciudad turca que en ese momento servía de puerto de entrada a la Siria rebelde, se alarmaron al darse cuenta de que el muchacho no tenía idea de lo que había tras la frontera, carecía de contactos, desconocía cómo llegar a Alepo, y no sólo no hablaba árabe, ni siquiera inglés. Trataron de disuadirlo de seguir adelante pero, al no conseguirlo, hicieron sonar la alarma en el foro privado de internet de los periodistas que cubren Siria. Desapareció el mismo día de su entrada en el país. Algunos defensores de derechos humanos y reporteros se dieron a la tarea de buscarlo y averiguaron que la novia había recibido un mensaje de texto del joven que decía estar herido, escondiéndose para pasar la noche en un sótano de
los restos de lo que haya, que no habrá luz, ni agua ni duchas, que seguramente pasará frío… pero todo ese esfuerzo carecerá de sentido si la nota y la foto no llegaron cuando debían. Hay que cuidarse: de las bombas, de las balas, de los secuestros y, como me ocurrió en enero en Siria cuando fui secuestrado durante varias horas, de las traiciones de la gente en la que confiamos. E igualmente importante: así como entramos, es preciso asegurarse de que podemos salir. En septiembre pasado, todas las rutas hacia el cruce fronterizo de Kilis quedaron bajo control de grupos ligados a Al Qaeda, quienes estaban encantados con la idea de que los periodistas estuviesen llegando por sí solos a sus manos. Quienes estaban en Alepo tuvieron que buscar alternativas peligrosas para ingresar ilegalmente en Turquía: no todos lo consiguieron.
¿Por qué lo haces?
un lugar que no conocía. Al día siguiente, ella pidió que no la molestaran más porque tenía exámenes. El grupo de rescate logró hallarlo y sacarlo de Siria en poco más de una semana. Tuvo muchísima suerte: lo más probable hubiera sido que no se supiese de él nunca más. El impacto psicológico fue muy fuerte, sin embargo, y su nombre se mantiene en reserva para protegerlo. Para quien se toma en serio las cosas, lo primero es reunir tanta información como sea posible. De primera mano: las guías de viaje no sirven en un conflicto que cambia las cosas cada día. Hace falta localizar a otros periodistas, trabajadores humanitarios, gente en el terreno. El fíxer, una figura que nunca recibe suficiente reconocimiento por su labor como contacto local, traductor y organizador, suele cobrar una tarifa que a veces puede ser igual a lo que gana el reportero que lo contrata, o más. Así que no siempre se puede utilizar uno, pero es necesario, así que la alternativa es reservarlo para cuando sea indispensable. Hace falta averiguar las condiciones de seguridad, las posibilidades de alojamiento, qué hay de comer cada día y —esto es vital si uno tiene que transmitir información regularmente— cómo se tiene acceso a internet. Uno sabe que va a dormir en el suelo o en rincones sucios, que va a ingerir F o t o s : A F P / t é m o r i s Gr e c k o
No es una labor fácil. Las pagas han disminuido en la medida en que los medios sufren los embates de una crisis interminable en el sector que empezó muchos años antes de la global. En diciembre de 2012, un reportero español de 31 años, Antonio Pampliega, generó revuelo al contar, en un video para internet, que había pedido un crédito bancario para financiar sus giras de trabajo por Medio Oriente y Asia, y en cada una de ellas había perdido dinero: “Pagamos para ir a la guerra”, se quejó, para luego cuestionar que la televisión de su país desdeñe difundir reportajes sobre temas importantes porque “no dan audiencia”. “Entonces te preguntas qué tipo de valores se están difundiendo en los informativos.” La experiencia y la calidad de su trabajo les han permitido a otros periodistas alcanzar el equilibrio financiero. Son muy pocos los casos, no obstante, de quienes han logrado ingresos considerables. La pregunta es obvia: dados los riesgos, las incomodidades y la inestabilidad económica, ¿por qué querría alguien hacer este trabajo? La adicción a la adrenalina es una respuesta popular entre quienes no conocen, es la respuesta del prejuicio. La extendida idea de que el peligro gusta. Y la fama, aunque en realidad resultan escasísimos los reporteros bélicos (los de verdad, no los que son traídos y devueltos sin problemas por los equipos de la televisión) que son reconocidos en la calle. Los más saltan a los titulares sólo cuando desaparecen o los matan. Cuando Paulo se hizo periodista, hace 15 años, “sabía que no me haría rico. Quienes trabajan como periodistas en zonas de conflicto lo hacen por otras razones, no por dinero. La mayoría de los que conozco sienten que es importante informar sobre las atrocidades y la injusticia que hay en la guerra”. Uno puede asumir riesgos si tiene la motivación correcta, cree Gáyatri, y la suya es “llevar las voces de la gente común al mundo”, pues “a veces, los grandes medios se pierden cuando informan sobre posiciones
militares”. Para esta mujer de 26 años, delgada, de poco más de metro y medio de estatura y un rostro de facciones delicadas y armoniosas, lo importante es “comunicar las historias de quienes sufren los efectos de la guerra”. Ese ideal tiene que sobrevivir a la confrontación con la fatalidad. Que Paulo ha superado en ocasiones anteriores. Que a otros, como Sebastian, los ha hecho cambiar de rumbo. “Siempre que voy a cubrir conflictos me doy cuenta de lo frágil que es la vida”: esta frase que pronunció Tim, en la entrevista que Junger incluyó en su documental, parece epitafio. No es raro que su amigo haya decidido abandonar la cobertura de conflictos. Aunque no es la única reacción posible, por supuesto. Del bar, subimos al foro del Frontline Club. Está repleto porque es la premiere de Which Way Is the Frontline from Here? Al final, Sebastian hace comentarios y responde preguntas en compañía de otro amigo de Tim, James Brabazon, el camarógrafo que grabó la secuencia en Liberia en la que arriesga su vida para salvar la de un médico. Sebastian rememora la muerte de su camarada y explica por qué decidió no vivir más entre disparos. James, en cambio, justifica su “conclusión diametralmente opuesta”, para él, “si dejara de hacerlo, de alguna forma hubiera traicionado lo que Tim y yo hicimos juntos”. Es una labor necesaria. Uno de los principales estímulos para el periodista de conflictos es la certidumbre de que está realizando una contribución valiosa, útil para los demás. Así lo siente Paulo, quien cree que “es importante que la humanidad esté consciente de los horrores de la guerra”, y en esta tarea, él tiene un lugar: “Sé que puedo ser una de las personas capaces de mostrar estos horrores, sin manipulaciones intencionales ni agendas oscuras. A final de cuentas, lo hago porque es importante, porque puedo y porque quiero”.
Instructores y alumnos de la quinta generación formada por RISC, incluyendo al autor de este artículo.
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