uLTIMO AMANECER en
birmania Llamada también Myanmar, esta nación es la última tierra virgen del sudeste de Asia, aunque todo indica que no resistirá mucho tiempo más las acometidas de los intereses turísticos y comerciales. Texto y fotos de Temoris Grecko
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Páginas de apertura: una vendedora de flores cruza el puente de U Bein, construido con teca y que mide mil 200 metros de longitud. Página opuesta: una vista de las pagodas de Bagán. En esta página, arriba: monjes en la pagoda Shwé Dagón donde, según las versiones tradicionales, hay ocho cabellos de Buda; abajo: escenas de Yangón y la celebración del año nuevo lunar birmano, conocido como Thyngyan.
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n la oscuridad, con la prisa y la torpeza, tengo media docena de pequeños accidentes en la bicicleta. Caigo en hoyos, tropiezo con objetos, resbalo con grava, me atasco en arena. Pero consigo llegar antes del amanecer. Con el ascenso del sol, desde la plataforma del magnífico templo Sulamani Pahto, en Bagán, presencio esa maravilla diaria: mientras la luz se va abriendo paso entre la neblina, aparecen los conos que coronan cuatro… no, quince… ¿o setenta?… son cientos de pagodas de un milenio de antigüedad. Llegué a un país nuevo para los ojos de nuestros contemporáneos, el último territorio virgen del sudeste de Asia, con la riqueza cultural de 135 etnias distintas y apartado del mundo por una mano que ahora se abrió, la del ejército que lo renombró Myanmar. Era difícil traspasar las barreras impuestas por una dictadura que no quería testigos. En 1996, Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991 y ángel de la liberación birmana, pidió no visitar su nación para evitar contribuir con sus tiranos. Suu Kyi fue liberada a fines de 2010, después de casi 20 años de prisión, y en 2012 su partido arrasó en las elecciones legislativas. Birmania se moderniza velozmente, y si esto representa oportunidades económicas para su gente, también significa que, con la misma rapidez, todos aquellos rincones que se habían mantenido vírgenes, a salvo de la borrasca del turismo de masas, van quedando expuestos al cambio.
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En Yangón, la capital comercial y hasta hace una década política, los hoteles de cinco estrellas están y seguirán repletos durante los meses que vienen: miles de hombres de negocios de Asia Oriental, el Golfo Pérsico, Europa y Norteamérica compiten por descubrir y aprovechar los nuevos filones de negocio. Se puede invertir en energía, en construcción y en desarrollos para visitantes extranjeros interesados en naturaleza, cultura y placer. Éste es el momento de conocer este país con dos nombres, Birmania y Myanmar. No quise perder la oportunidad. Y ahora estoy aquí. No es en Bagán donde inicia la historia, sin embargo, ni entre la neblina. Es bajo el agua.
OCHO CABELLOS
El cubetazo me cae en la nuca apenas asomo la cabeza. Está amaneciendo y pensé que, dada la hora, me sería posible cruzar el pueblo de Nyangshwe antes de que comenzara la guerra de agua. Fueron puras ilusiones. La frialdad del líquido me transporta a una situación paralela, seis años atrás, cuando creí que sería un extraño explorador en una tierra semidesconocida y, en cambio, me encontré rodeado de viajeros en ánimo festivo. Estaba en Laos, un país que, apenas abrirse al exterior, fue incorporado al circuito turístico de Indochina y convertido en puente para quienes transitan entre Tailandia y Vietnam. La temporada era especialmente atractiva para los extranjeros porque Luang Prabang, una ciudad con arquitectura colonial francesa,
era el centro del Pi Mai Lao, la festividad con la que los habitantes celebran el año nuevo lunar bañando las estatuas de Buda, bañándose ellos mismos para empezar el ciclo libres de pecado, y bañando al prójimo con alegría y Beerlao, la cerveza local. Llegué tarde a un Laos transformado por el turismo. Pero no a Birmania, donde los forasteros —por el momento— somos pocos, la gente sigue mostrando una hospitalidad genuina y los altos hoteles por construir no han afectado el patrimonio histórico y natural. Yangón es la ciudad más grande y la puerta de entrada. Me produce una sensación parecida a la que tengo en La Habana, de pena, morbo y curiosidad por el estado ruinoso de sus edificios, también coloniales pero, en este caso, británicos, que muestran medio siglo de abandono. Frente a mi hotel está la gran pagoda Sule, el punto más céntrico y el más viejo de los grandes monumentos de esta metrópolis. Según la leyenda, hace 2,500 años, en una época en la que Sidharta Gautama, el Buda que todos conocemos, aún estaba vivo, un poderoso nat (los nats son espíritus sagrados a los que se adora en Birmania) reveló el sitio donde debían erigirla, a petición del rey de los nats, Sakka. Esta creencia refleja un sincretismo como los que conocemos en América Latina, pues la de los nats es una superstición pre-budista que los birmanos introdujeron en su versión del culto al Iluminado.
La pagoda más reverenciada e impresionante del país, no obstante, se encuentra un par de kilómetros al norte: la aún más grande Shwé Dagón, con una aguja de oro de 99 metros de altura que le da un aspecto único al horizonte de Yangón. La santidad de Shwé Dagón es tal que, de acuerdo con las versiones tradicionales, adentro esconde ocho cabellos del Buda, Sidharta Gautama, traídos por dos comerciantes, Taphusa y Balika, quienes los habían recibido de manos del legendario filósofo. Cuando estos hermanos volvieron a Birmania, recibieron la ayuda del rey Okkalapa para encontrar la colina Singuttara, donde la gente veneraba reliquias de otros cuatro ancestros que, en su opinión, también habían sido budas, aunque no tanto como Sidharta. Cuando el monarca abrió el cofre donde le habían traído los cabellos, ocurrieron cosas increíbles, según el parte oficial de los hechos: “Hubo un tumulto entre hombres y espíritus. Rayos emitidos por los cabellos se abrieron paso arriba en los cielos y abajo en los infiernos. El ciego vio objetos. El sordo escuchó sonidos. El mudo habló claramente. La tierra tembló. Los vientos del océano soplaron. El monte Meru se sacudió. Los relámpagos saltaron. Llovieron gemas hasta llegar a las rodillas. Y aunque no era temporada, todos los árboles de los Himalaya florecieron y dieron frutas”.
La pagoda Shwé Dagón es la más reverenciada del país, pues adentro esconde ocho cabellos de Buda traídos por dos comerciantes.
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Me quedo pensando: pobre Buda. El viejo Sidharta conocía la tendencia de los hombres a divinizar a las grandes figuras y oportunamente pidió: “No sigáis a mi persona, seguid mis enseñanzas”. No le hicieron caso y hoy los devotos de esa religión, con sus distintas variedades, suman cientos de millones. Por todo el continente asiático hay pagodas, estupas y adoratorios cuyos cuidadores y promotores aseguran que guardan algún fragmento del cuerpo de Buda: pelos, dedos, huesos... si sus dogmas están en lo cierto, debemos pensar que al Iluminado lo rebanaron en mil pedazos y lo repartieron por todos lados...
HIJOS DEL LAGO
Es el día del año nuevo en Birmania, como me quedó claro gracias al cubetazo de agua helada, y sigo a la multitud por la avenida que lleva hasta Shwe Dagón. La pagoda se eleva al fondo, magnífica, y la inmensa puerta que tenemos enfrente es resguardada por dos leones de doce metros de altura y hocicos dorados. Me descalzo y subo las escaleras que llevan a la cumbre de la colina: es un largo pasillo con vendedores de libros sagrados, plantillas doradas para aplicar sobre los budas también sagrados, varitas de incienso, estatuillas, velas y encantamientos de buena suerte. Arriba se encuentra la estupa, en cuya corona de oro brillan 5 mil 448 diamantes y 2 mil 317 rubíes. La punta está tocada con un diamante de 76 quilates. Noventa y nueve metros más abajo, miles de birmanos dan vueltas alrededor del lugar más sagrado para ellos. Antes se han detenido frente a uno de los ocho puntos planetarios establecidos en cada punto cardinal e intermedio, con la imagen correspondiente a su día de la semana, para bañarla y venerarla: los nacidos en jueves, tienen un ratón; los del viernes, un conejillo de indias; los del sábado, una naga (dragónserpiente); los del domingo, solo cuentan con una cinta; los del lunes, un tigre; los del martes, un león; y los del miércoles, se dividen entre los matinales, con un elefante con colmillos, y los vespertinos, con el mismo animal pero sin colmillos. Aquí también hay otro ejemplo de sincretismo: los birmanos han adoptado la astrología hindú, en donde lo que importa no es el periodo del año en el que uno nació, sino el día de la semana, al que corresponde uno de los siete planetas: Sol, Luna, Marte, Júpiter, Mercurio, Venus y Saturno. Ellos han añadido dos más, heredados de religiones anteriores: Rahu y Ketu. A Rahu le conceden la tarde del miércoles, en tanto que Ketu es el rey de todos. Las mujeres tienen los rostros decorados con thanaka, una pasta hecha de corteza de árbol que protege y refresca la piel, y los hombres lucen una falda ajustada a la cintura llamada longyi. Naturalmente,
abundan los monjes: los de toda la vida y los que hacen el noviciado, con togas rojas o marrones para los niños y de color rosa para las niñas. Se lo toman en serio y hacen las oraciones con devoción. Como en Laos y todo el Sudeste de Asia, el principio del año ocurre a mediados de abril del calendario occidental. Y como en esos lugares, hay que empezar serenos, así es que la fiesta se ha acabado. Porque también aquí ha sido intensa. Durante los cuatro últimos días del año lunar, tanto las autoridades como algunas empresas montan tarimas y mangueras especiales para que la gente se suba a empapar a los paseantes. Si en Laos la festividad se llama Pi Mai Lao y Songkran en Tailandia, aquí es el Thingyan, que en burmés significa “tránsito”, por el paso del sol de Piscis a Aries. La celebración es más tranquila y espontánea en Nyangshwe, donde las familias y los círculos de amigos se aseguran de que todos sean pasados por agua. Empiezan desde temprano, como compruebo cuando fracaso en mi intento de escabullirme al amanecer. Húmedo y resignado, me dirigo hacia el canal donde dos amigos y yo subimos a una canoa en la que nos llevan a recorrer el lago Inle. Ahí puedo ver la vida como ha sido durante cientos de años para los habitantes de sus orillas, los intha, “hijos del lago”. Aldeas y mercados flotantes, pagodas con monjes dedicados a enseñarles trucos a los gatos y pescadores que han desarrollado un estilo de remar único en el mundo: con fuerza y equilibrio, se sostienen con la pierna izquierda sobre el extremo del bote mientras atrapan la paleta con la otra y el sobaco, al tiempo en que lanzan y recogen las redes con ambas manos. Decidimos renunciar a detenernos en un sitio relevante: la aldea lacustre donde se supone que viven las “mujeres jirafa”, las kayan que se colocan aros de bronce alrededor del cuello y dan la apariencia de tenerlo muy largo. Ese ornamento es dañino para sus articulaciones y muchas han dejado de usarlo pero, por otro lado, su pueblo ha sido desecho por la pobreza, la guerra y el exilio. Hoy no viven ahí y las pocas kayan que uno encuentra en tiendas para turistas, son víctimas de un sistema de explotación diseñado para obtener beneficios de los visitantes: sus padres o sus controladores las obligan a lastimarse así para cobrar por la foto. Por la tarde, cuando navegamos de regreso a Nyangshwe, el sol baña la superficie del lago con una luz amarilla. Ésta le da al líquido el aspecto de una metálica superficie dorada, como la de las pagodas y los budas. Libre para trabajar sobre ambos pies, un pescador me regala una silueta bien definida junto a la de su mujer, que sentada en la canoa lentamente impulsa el cuadro sobre el agua.
En el lago Inle se puede apreciar la vida como ha sido durante cientos de años para los habitantes de sus orillas, los intha, “hijos del lago”: aldeas y mercados flotantes, pagodas con monjes dedicados a enseñarles trucos a los gatos y pescadores con un estilo de remar único en el mundo.
En sentido horario, desde arriba a la izquierda: una pagoda en la región birmana de Bagán. • Novicios en el pueblo de Hsipaw. • Las hermosas estructuras de Bagán fueron construidas entre los años 950 y 1,287. • El interior de una pagoda. • Un pescador en el lago Inle. •
En la región de Bagán hay más de 2 mil 200 templos (en su día, fueron 10 mil) construidos a lo largo de 300 años.
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MEDITACIoN Y HUMILDAD
cerrados, las manos a la espalda, las mentes flotando en el éter. Ocasionalmente, un monje da breves instrucciones para dirigir el acto colectivo de meditación.
La bruma suaviza el brillo del astro llameante que se acaba de levantar al sur de la ciudad de Mandalay, en el vecino pueblo de Amarapura. Las comunidades del cercano lago Taungthaman se desperezan y muchos de sus niños con sombreros cónicos, jovencitas en bicicleta, vendedoras de flores y monjes atareados ya atraviesan el puente de teca (producto de un árbol frondoso que nos brinda la llamada “reina de las maderas”, porque los años la hacen más bella) más largo del mundo, con mil 200 metros de longitud. Elevado cinco metros sobre mil 060 postes, el puente de U Bein es un prodigioso escaparate de la vida rural birmana. Otra experiencia de amanecer. Birmania es siempre bella, pero le gusta tanto que salga el sol que es entonces cuando regala lo mejor de sí. Ocurre igual en el pequeño pueblo de Hsipaw, cinco horas al noreste de Mandalay, en dirección a la frontera con China, y habitado por la etnia karen. Es también en las primeras horas cuando veo a los jóvenes novicios recorrer en fila las calles terregosas, la orilla del río y los senderos arbolados. El primero, uno de los más pequeños, golpea una campanita para avisar a los pobladores que han salido con sus cuencos a pedir almas y a recibir en ellos la comida y los regalos que quieran darles. Por Hsipaw hormiguea una multitud de pequeñas columnas rojo-marrones formadas por niños con el cráneo brillante, togas y sencillos collares, quienes aprenden la práctica de la humildad. Lucen muy serios, como si el aprendizaje de la renuncia a las cosas materiales conllevara una inmersión en la gravedad del mundo. Los infantiles aprendices de monjes, sin embargo, no dejan de disfrutar su corporalidad: en un bello monasterio de madera se persiguen, juegan a saltar la cuerda, se suben en una hamaca que impulsan como columpio. Y les encanta el atrevimiento: frente a la cámara, se matan de risa al tocarse unos a otros las cabezas. Lo que entre los adultos del sudeste de Asia es una humillación ofensiva, para los niños es una travesura hilarante. Los mayores deben meditar, mientras tanto. Muy cerca de ahí, hay un conjunto de estupas centenarias especialmente bellas debido a su deterioro. Las había visto hace una hora, al pasar por aquí. De regreso, aún temprano, descubro que entre esas estructuras místicas deambulan decenas de personas. Mujeres y hombres moviéndose con gran lentitud, midiendo cada paso, concentrados en sí mismos, en el estado del cuerpo, de las emociones, del alma. Nadie tiene destino, no existe la prisa, se ha desechado el deseo, solo se mueve el ser sobre el espacio, las cabezas inclinadas, los ojos
Último amanecer en Birmania. Para mí, no para este lugar que, sobre todo alrededor de los templos de Bagán, se hace sentir eterno. He pasado días tratando de apoderarme con los ojos de todo lo posible, pero la región me sobrepasa: son más de 2 mil 200 estructuras (en su día fueron 10 mil) construidas a lo largo de 300 años, entre 950 y 1,287, hasta que la incontenible invasión de las hordas mongolas arrasó la zona. Perecieron los reyes, los orgullosos príncipes que atribuían a su gloria las pagodas y las estupas que habían erigido las manos de hombres simples. El trabajo fue bueno y resistió siglos de saqueos, erosión y terremotos. Además del número de monumentos, la extensión del territorio que ocupan me obligaría a emplear semanas de exploración para conocerlos bien. Son 104 kilómetros cuadrados, divididos en cuatro zonas principales. En cuatro días solo he logrado saciar parcialmente mi apetito. Si cada uno de los enormes templos atrapa vista y corazón, las pequeñas estupas recompensan con la delicadeza del detalle. En esta visita me he concentrado en las llanuras norte y central, y en el amplio recinto amurallado del viejo Bagán. Colocarse cada madrugada en diversos puntos entre los templos, y ver sus siluetas marcarse poco a poco entre la neblina y los trasluces, es una experiencia que hace falta en nuestras vidas, un puente individual al misticismo que hasta los agnósticos nos vemos invitados a transitar. Sulamani... Dhammanyangi... Thatbyinnyu... Ananda... los nombres de los pahto, o templos, son poéticos pero apenas sugieren la belleza de sus formas y la serena influencia de su energía, las grandes proezas de los que desaparecieron. Este último amanecer en Birmania, felizmente, no es el último amanecer para Birmania: Bagán nos recuerda que desaparecerán los militares, se irá —ine– vitable— Aung San Suu Kyi, el turismo descubrirá y reolvidará y volverá a encontrar el país, y los templos seguirán alzando su miríada de conos hacia el cielo, despreocupados. Serán muchos los seres humanos que se maravillen en los amaneceres de Birmania sin acordarse de nosotros, convertidos en sombras: pensarán en aquellos monjes constructores de belleza cuyas almas aguardan en los altares la prometida reencarnación. Y como ocurre hoy con nosotros, los que vengan después se estarán conectando con aquellos que estuvieron años antes. Es arquitectura que comunica entre siglos.
ENTRE SIGLOS
Las pocas “mujeres jirafa” que se pueden ver, son víctimas de un sistema de explotación para obtener beneficios de los turistas.
Arriba: escenas de la vida cotidiana en los alrededores de las pagodas de Bagán. Centro: monjes en el puente U Bein en Amarapura, Mandalay. Abajo, izquierda: novicias en la pagoda Shwé Dagón. Derecha: otra imagen tomada en la región de Bagán.
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