A
hmed Harara recibió en el rostro la descarga de la escopeta de un policía, durante la resistencia que él y miles de egipcios oponían al asedio de las fuerzas de seguridad sobre la plaza Tahrir de El Cairo. Los perdigones penetraron en el ojo derecho, el tórax, los pulmones, y casi lo mataron. Lograron llevarlo a un hospital, pero cayó en coma. Es normal que las revoluciones se desorienten, que se confundan entre la miríada de perspectivas y objetivos contradictorios que tienen quienes las realizan, casi siempre unidos por aquello que rechazan y no por lo que proponen. Es como si, en la locura de los combates, sufrieran daños parciales en la visión y el entendimiento, como si hubieran perdido un ojo. La diferencia entre el éxito y el fracaso de los alzamientos puede estar en que algunos logran recuperar la vista y el buen sentido, mientras que otros se deslizan hacia la ceguera. Harara encarnó esta realidad con su tragedia. En cuanto pudo levantarse, este dentista de 30 años volvió a la lucha, convertido en un símbolo de la determinación de los revolucionarios egipcios. Sus compañeros siguieron durante nueve meses su figura, distinguida por el cráneo semicalvo atravesado por una cinta negra, que sostenía un parche sobre el óculo destrozado en el que está inscrita en árabe la fecha en que fue herido, el 28 de enero de 2011.
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