GOBERNAR EL LARGO PLAZO SE HA CONVERTIDO EN UNO DE LOS GRANDES DESAFÍOS DEL SIGLO XXI.
LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA: LA VARIABLE OLVIDADA DE LA AGENDA ESG
En un mundo que envejece aceleradamente, la sustentabilidad también necesita preguntarse para quiénes está diseñando el futuro. | pg. 6
ANTARCTICA MELTING
BEAUTY: CUANDO EL ARTE NOS ACERCA A LOS CONFINES DEL PLANETA
La exposición de la fotógrafa y activista italiana Paola Marzotto invita a reflexionar sobre la fragilidad de los ecosistemas polares y el papel que desempeñan en el equilibrio climático global. | pg. 18
PARIR CON DIGNIDAD: LA DEUDA PENDIENTE DE AMÉRICA LATINA FRENTE A LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA
La naturalización de prácticas invasivas durante el embarazo y el parto sigue afectando a millones de mujeres, pese a los avances normativos de la región. | pg. 38
Los pueblos indígenas no contactados son los más vulnerables del planeta.
Sabemos muy poco de ellos. Pero sí sabemos que hay más de 150 en todo el mundo.
Y sabemos que poblaciones enteras están siendo exterminadas por la violencia genocida que ejercen los foráneos que les arrebatan sus tierras y sus recursos, y por enfermedades como la gripe y el sarampión contra las cuales no tienen inmunidad.
Necesitamos tu apoyo para ayudarnos a combatir una de las crisis humanitarias más urgentes y trágicas de nuestro tiempo. www.survival.es
LMaría Victoria
Pereira Flores
Directora de SEA
Junio de 2026
a triple crisis planetaria (cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación) constituye una de las grandes tensiones actuales de la democracia. Por eso, son tiempos de cuidar también la democracia desde nuestra mirada sustentable. Como sistema de gobierno con más de 2.500 años de historia, y aun reconociendo sus altibajos, diversas formas y tensiones, es, sin duda, la mejor forma de gobierno que conocemos.
Garantiza la participación ciudadana, la celebración de elecciones libres y la protección de los derechos humanos, constituyendo un escenario fundamental para que la sustentabilidad pueda desarrollarse. Pero la realidad nos está desafiando a actuar de manera diferente a lo habitual, evidenciando la necesidad de que surjan nuevos sistemas de gobernanza frente a la crisis planetaria: sistemas basados en políticas de Estado consensuadas y con una visión de largo plazo que trascienda los períodos de gobierno.
Por eso, en un escenario geopolítico en el que, en algunos países, la propia democracia parece atravesar momentos de especial tensión, resulta oportuno, necesario y pertinente destacar la importancia del diálogo en torno a ella, en una conversación que debe ser intergeneracional e intersectorial.
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sumario
ACTUALIDAD
La transición demográfica: la variable olvidada de la agenda ESG · 6
Un nuevo paradigma en las obligaciones frente al cambio climático: la opinión de los tribunales internacionales · 8
Cuando decimos "él" y "ella": Buscando un rostro detrás de la pantalla · 12
Biodiversidad y economía: una relación más estrecha de lo que creemos · 14
EXPRESIÓN Y SENTIDO
Bioma cautivo, ensayo diáfano · 16
ARTE
Antarctica Melting Beauty: cuando el arte nos acerca a los confines del planeta · 18
PROYECTOS DE ALTA ESCALA
Segundas oportunidades al viento: el alma de De La Gata Surf® · 20
La Laguna Garzón y el origen de un sueño familiar · 22 Instituto SARAS: sus primeros 20 años · 24
NOTA DE TAPA
La democracia frente al reloj del planeta · 26
EXPLORAR CONCIENCIA
Artesanos del mar: Pesca con nasas de mimbre· 32
TIERRAS SAGRADAS
Por la paz en nuestras vidas · 34
HORIZONTES DE PAZ
Saberes ancestrales para un futuro compartido · 36
MIRADAS DE EQUIDAD
Parir con dignidad: la deuda pendiente de América Latina frente a la violencia obstétrica · 38
ORGANIZACIONES
Cuando la tecnología cruza fronteras para proteger vidas · 40
LIBRO
El derecho de las cosas bellas · 42
INVERSIÓN DE IMPACTO
La comodidad como riesgo sistémico · 44
EMPRENDEDORES
Ana Lía Pérez Landa y La Biblioteca
Azul: sembrar preguntas para habitar mejor la Tierra · 46
LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA: LA VARIABLE OLVIDADA DE LA AGENDA ESG
Por Miriam De Paoli
EN UN MUNDO QUE ENVEJECE ACELERADAMENTE, LA SUSTENTABILIDAD TAMBIÉN NECESITA PREGUNTARSE PARA QUIÉNES ESTÁ DISEÑANDO EL FUTURO.
Hay una pregunta que poco aparece en los paneles de sustentabilidad, en los informes ESG o en las estrategias corporativas de impacto: ¿para qué población estamos diseñando el futuro sustentable que tanto discutimos?
La respuesta implícita, en la gran mayoría de los casos, es una población que ya no existe.
Seguimos pensando la sustentabilidad para un mundo joven, en crecimiento demográfico constante, con pirámides de población anchas en la base. Ese mundo cambió. Y casi nadie lo está mirando de frente.
Llevo años trabajando en la intersección entre longevidad, economía y comunicación, y si hay algo que aprendí es que los puntos ciegos muchas veces no los vemos por falta de información, sino porque no nos hacemos la pregunta correcta. La sustentabilidad tiene hoy ese desafío.
Hablamos de lo que hay que hablar: emisiones de carbono, economía circular, cadenas de valor responsables, transición energética, entre otros temas. Pero seguimos tratando la variable demográfica como un dato secundario, casi anecdótico, cuando en realidad es una de las fuerzas estructurales más poderosas para determinar si nuestras estrategias de sustentabilidad funcionan o se quedan en el papel.
La transición demográfica no es un tema de “los viejos”
Empecemos por sacarnos un prejuicio de encima. Cuando se habla de transición demográfica, la reacción automática es pensar en jubilaciones, sistemas de salud saturados o una “carga” que hay que sostener. Quedarse solo en ese marco es exactamente el problema. La transición demográfica actual —proceso por el cual las sociedades envejecen porque vivimos más años y tenemos menos hijos— no es un problema de un grupo etario. Es una transformación estructural de toda la sociedad, comparable en magnitud a la urbanización del siglo XX o a la revolución industrial del siglo XIX. Para 2050, una de cada cuatro personas en el mundo tendrá más de 60 años. En América Latina, una región que todavía se piensa a sí misma como “joven”, el envejecimiento está ocurriendo más rápido que en Europa o Estados Unidos, con menos tiempo para adaptar instituciones, mercados y ciudades. No es un fenómeno lejano ni hipotético. Está ocurriendo ahora, en simultáneo con la crisis climática, y casi nadie está cruzando ambos fenómenos en una misma conversación.
Sustentabilidad sin demografía
La sustentabilidad, en su definición más elemental, trata sobre cómo satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las propias. Esa definición tiene una palabra clave que casi siempre se nos escapa: generaciones.
La sustentabilidad es, por definición, un problema intergeneracional. Y, sin embargo, construimos estrategias de sustentabilidad casi sin preguntarnos cómo van a cambiar las generaciones que tendremos que sostener en el futuro.
La transición demográfica es una de las aliadas más poderosas y menos exploradas de la agenda de sustentabilidad. Nos obliga a repensar cómo diseñamos ciudades, servicios, productos, empleos y sistemas de cuidado para una sociedad que vivirá más años y tendrá una composición etaria diferente.
La verdadera pregunta ya no es si debemos incorporar la variable demográfica a las discusiones sobre sustentabilidad, sino cuánto tiempo más podemos permitirnos no hacerlo. Porque un futuro sustentable no se construye únicamente reduciendo emisiones o mejorando indicadores ambientales. También se construye entendiendo quiénes serán las personas que habitarán ese futuro y qué necesitarán para vivir bien en él.
Un nuevo paradigma en las obligaciones frente al cambio climático: la opinión de los tribunales internacionales
Por Carla Barboza
LAS RECIENTES OPINIONES CONSULTIVAS DE LOS PRINCIPALES TRIBUNALES INTERNACIONALES CONSOLIDAN NUEVAS OBLIGACIONES JURÍDICAS
FRENTE AL CAMBIO CLIMÁTICO Y REFUERZAN EL DEBER DE LOS ESTADOS DE PREVENIR, MITIGAR Y REPARAR LOS DAÑOS AMBIENTALES.
Los años 2024 y 2025 marcaron un hito sin precedentes en la historia de la sustentabilidad y el Derecho Ambiental Internacional. El cambio climático dejó de ser exclusivamente una preocupación científica o de negociación diplomática para transformarse en un escenario de estrictos mandatos legales, impulsado por tres históricas Opiniones Consultivas (OC) emitidas por los principales tribunales internacionales del mundo: el Tribunal Internacional para el Derecho del Mar (ITLOS), la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) y la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Estas opiniones consultivas fueron analizadas en la segunda parte del 20.º Coloquio de Derecho Ambiental, organizado por la Comisión de Derecho Ambiental del Colegio de Abogados del Uruguay, realizado el 19 de noviembre de 2025, y recogidas posteriormente en la obra Veinte años después: lo reciente en el Derecho Ambiental (Colegio de Abogados del Uruguay y Ministerio de Ambiente, Montevideo, 2026).
Aunque esos tres tribunales difieren en su enfoque (el mar, los derechos humanos y el derecho internacional general, respectivamente), comparten una premisa indiscutible: el cambio climático genera obligaciones jurídicas internacionales inexcusables para los Estados. Para Marcelo J. Cousillas, autor de "Las opiniones consultivas sobre cambio climático", publicado en Veinte años después: lo reciente en el Derecho Ambiental (2026), estas tres opiniones no compiten, sino que son complementarias, configurando el cuerpo normativo más completo, coherente y poderoso hasta la fecha sobre la responsabilidad climática de las naciones.
Aterrizando esos conceptos a la práctica, la OC 187 (2025) de la CIJ, la obligación de actuar con "debida diligencia" para prevenir daños ambientales significativos es hoy una obligación estricta, que exige a los Estados hacer su máximo esfuerzo en las políticas de mitigación.
¿Cómo se traduce este deber general en una herramienta práctica? La debida diligencia implica obligaciones de procedimiento ineludibles. En términos prácticos, esto significa que actualmente es un requisito del derecho internacional general realizar una Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) rigurosa para cualquier proyecto que implique emisiones significativas de gases de efecto invernadero (GEI). Mariana Estradé explica, en "La OC 187 (2025) de la CIJ: obligaciones de los Estados en Cambio Climático", también publicado en Veinte años después: lo reciente en el Derecho Ambiental (2026), que las normas ya no son
solo teóricas; obligan a regular estrictamente la conducta de los operadores públicos y privados en el territorio.
En la revolucionaria OC-32/25 de la Corte IDH, destacan conceptos verdaderamente innovadores, como el reconocimiento del derecho humano autónomo a un clima sano (con dimensiones individuales y colectivas) y consagró a la Naturaleza como sujeto de derechos, otorgándole a los ecosistemas una protección jurídica autónoma y un valor intrínseco. En su trabajo "La OC-32/25 de la CIDH sobre Emergencia Climática y Derechos Humanos", publicado en Veinte años después: lo reciente en el Derecho Ambiental (2026), Natalia Brancati destaca estos avances como algunos de los aspectos más innovadores de la opinión consultiva.
Aún más disruptivo es que la Corte elevó la prohibición de causar daños ambientales masivos e irreversibles al rango de jus cogens (norma imperativa de derecho internacional). Para garantizar todo esto, recae sobre los Estados una obligación de debida diligencia reforzada: un estándar sumamente exigente que obliga a tomar acciones climáticas proactivas, basadas exhaustivamente en la mejor ciencia disponible y respetando siempre el principio de no retroceso ambiental.
Pero, ¿cómo deben los tribunales y los Estados enfrentar el daño climático? Según desarrolla Mario Peña Chacón en "Estándares
Interamericanos emergentes sobre daño, responsabilidad y reparación climática", incluido en Veinte años después: lo reciente en el Derecho Ambiental (2026), dado que el daño al clima es global, acumulativo y difuso, se ha argumentado que las respuestas deben ser estructurales y transformadoras, para derribar los obstáculos procesales clásicos. Para lograr una verdadera justicia climática, es necesario otorgar formas amplias de legitimación activa (permitiendo acciones colectivas o populares sin necesidad de probar una afectación individual) y aplicar la flexibilidad probatoria, lo que puede incluir la inversión de la carga de la prueba, la presunción del nexo causal entre emisiones y daño, y la admisión de tecnologías modernas como la prueba satelital. Además, en materia de reparación, se destaca que la compensación pecuniaria ya no basta: se exige una reparación ecosistémica e integral que priorice la restitución del sistema climático y fortalezca la resiliencia de las comunidades.
Conclusión: la crisis climática ya tiene una respuesta jurídica clara, que va más allá de los convenios internacionales y del Acuerdo de París. Los Estados e inversores deben tener en cuenta hoy un nuevo paradigma donde la prevención, la evaluación de impacto ambiental y la protección de los ecosistemas no son meras aspiraciones de sustentabilidad, sino deberes del Derecho Internacional general.
Cuando decimos "él" y "ella": Buscando un rostro detrás de la pantalla
Por Manuel Sánchez Moll
HABLAR CON UNA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, HABLAR DE NOSOTROS
"Gracias".
La palabra aparece millones de veces al día en conversaciones con inteligencias artificiales. También aparecen saludos, disculpas y despedidas. Hay quienes les piden consejo, quienes les confían una duda y quienes, casi sin advertirlo, utilizan pronombres personales para referirse a ellas. "Él". "Ella". "Ella me ayudó". "Él me respondió". Sabemos que del otro lado no hay un cuerpo, ni recuerdos, ni una infancia, ni una conciencia capaz de experimentar alegría o tristeza. No hay corazón ni alma.
Y, sin embargo, conversamos. Quizás porque las máquinas cambiaron. O quizás porque nosotros no.
Los seres humanos siempre hemos tenido una extraña necesidad de encontrar un rostro en las cosas. Las civilizaciones antiguas dieron nombre a los vientos y a los mares. Los navegantes bautizaron sus barcos. Hay quienes hablan con sus automóviles cuando estos se resisten a arrancar y quienes atribuyen personalidad a una guitarra, a una vieja máquina de escribir o a una computadora particularmente caprichosa. Los niños
conversan con sus juguetes y los adultos, muchas veces, terminamos atribuyendo intenciones y estados de ánimo a objetos que sabemos que no los tienen.
La inteligencia artificial no inventó esa tendencia. Simplemente la llevó a un territorio nuevo. Hace ya tres décadas, los investigadores Byron Reeves y Clifford Nass, de la Universidad de Stanford, observaron algo sorprendente: las personas trataban a las computadoras utilizando las mismas reglas sociales que empleaban con otros seres humanos. Eran amables con ellas, reaccionaban emocionalmente ante determinadas voces y les atribuían rasgos de personalidad. No porque creyeran que las máquinas estuvieran vivas, sino porque la necesidad de relacionarnos forma parte de nuestra naturaleza.
La paradoja no está en las máquinas. Está en nosotros.
La historia humana puede leerse, en buena medida, como una sucesión de revoluciones tecnológicas. Durante siglos, las herramientas ampliaron nuestra fuerza física. Más tarde, la Revolución Industrial multiplicó la capacidad de producir y transformó el trabajo, las ciudades y la vida cotidiana. Luego llegaron la electricidad, la radio, la televisión e Internet. Cada innovación modificó hábitos y costumbres, pero ninguna alteró aquello que somos.
El sociólogo Manuel Castells explicó cómo Internet transformó la circulación de la información y nuestra forma de vincularnos. Aprendimos a buscar respuestas en una pantalla. Nos acostumbramos a tener acceso inmediato al conocimiento. La inteligencia artificial parece estar produciendo un cambio más silencioso y, quizás por eso, más íntimo.
Ya no solamente buscamos información. Conversamos con “ella”. Por primera vez en la historia mantenemos diálogos cotidianos con entidades capaces de responder, argumentar y acompañar una reflexión, pero incapaces de sentir. No conocen la alegría, el miedo ni la nostalgia. No tienen recuerdos, experiencias ni emociones propias. Son una extraordinaria creación humana construida a partir de datos y algoritmos.
Y, aun así, les hablamos como si hubiera alguien del otro lado.
Tal vez porque, en cierto sentido, siempre lo hubo.
No una conciencia escondida dentro de las máquinas, sino nuestra necesidad de ser escuchados. Nuestra tendencia a construir sentido mediante el lenguaje. Nuestra profunda vocación de encuentro.
Las revoluciones tecnológicas suelen presentarse como una historia sobre las máquinas. Sin embargo, terminan siendo una historia sobre las personas. Quizás el hecho más extraordinario de nuestra época no sea que una inteligencia artificial pueda conversar con un ser humano. Quizás sea que, aun sabiendo que detrás de las palabras no hay un rostro ni unos ojos capaces de emocionarse, seguimos comenzando una conversación de la misma manera en que lo hemos hecho durante miles de años. Esperando, en el fondo, encontrar a alguien del otro lado.
Biodiversidad y economía: una relación más estrecha de lo que creemos
Por Michel Schlaifer
LA PÉRDIDA DE BIODIVERSIDAD YA NO PUEDE ENTENDERSE ÚNICAMENTE COMO UN PROBLEMA AMBIENTAL. CADA VEZ MÁS ORGANISMOS INTERNACIONALES ADVIERTEN QUE TAMBIÉN REPRESENTA UN RIESGO ECONÓMICO Y FINANCIERO.
La pérdida de biodiversidad ya no puede entenderse únicamente como un problema ambiental. Cada vez más organismos internacionales advierten que también representa un riesgo económico y financiero. Las empresas dependen de recursos naturales para operar: agua, energía, suelos fértiles, materias primas y polinizadores, entre muchos otros. Estos elementos forman parte de los llamados servicios ecosistémicos, es decir, los beneficios que los ecosistemas brindan a las personas y que sostienen tanto el bienestar humano como la actividad económica. Estos servicios incluyen la provisión de alimentos, fibras y recursos genéticos; la regulación del clima, el agua y la calidad de los suelos; funciones esenciales como el ciclo de nutrientes y la fotosíntesis; y aportes culturales vinculados al paisaje, la recreación y la educación.
Sin embargo, numerosos estudios muestran que estos sistemas naturales están en retroceso. La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio ya advertía en 2005 sobre un deterioro sin precedentes de los ecosistemas a escala global. Más recientemente, la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) confirmó que la mayoría de los servicios ecosistémicos evaluados continúan degradándose. Las consecuencias trascienden el plano ambiental. El Foro Económico Mundial estima que más de la mitad del producto bruto
interno global depende de manera moderada o alta de la naturaleza. Cuando los ecosistemas se deterioran, aumentan los costos de producción, los riesgos financieros y la vulnerabilidad de empresas y economías. Por eso, biodiversidad y economía ya no pueden analizarse por separado. La discusión también alcanza al sistema financiero. Diversos organismos internacionales impulsan nuevas metodologías para que las empresas evalúen y reporten su dependencia e impacto sobre la biodiversidad, al tiempo que promueven la eliminación de incentivos perjudiciales para los ecosistemas.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que cientos de miles de millones de dólares en subsidios continúan favoreciendo actividades con efectos negativos sobre la naturaleza. Redirigir esos recursos hacia la conservación, la restauración y la gestión sostenible de los ecosistemas aparece como una de las herramientas más efectivas para revertir las tendencias actuales.
En Uruguay, la Estrategia Nacional de Biodiversidad reconoce la necesidad de identificar y reformar incentivos perjudiciales para los ecosistemas, avanzando hacia mecanismos que promuevan la conservación y el uso sostenible de la naturaleza.
La discusión ya no es biodiversidad versus economía. El verdadero desafío consiste en comprender que no puede existir una economía saludable sobre ecosistemas degradados.
Bioma cautivo, ensayo diáfano
Por Katia Sei Fong, Ken Sei Fong, Luis Sei Fong
UN PROYECTO EXPERIMENTAL
QUE PROPONE PENSAR LA VIVIENDA COMO PARTE DE UN ECOSISTEMA VIVO, DONDE ARQUITECTURA Y NATURALEZA DEJAN DE SER ELEMENTOS SEPARADOS PARA CONVERTIRSE EN UNA MISMA ENTIDAD.
Bioma Cautivo es el proyecto que realizamos para el Concurso de Vivienda de 2015, en el que propusimos imaginar la arquitectura tomando como punto de partida la naturaleza. Como estudiantes de arquitectura, nos presentamos al Concurso de Vivienda asociado a la organización del Viaje de Arquitectura, una instancia que propone explorar las posibilidades de la vivienda unifamiliar sin limitaciones. El proyecto obtuvo una mención honorífica.
El terreno se ubica próximo al Parque Roosevelt, frente a la rambla, en una zona residencial de viviendas con jardín, retiro frontal y abundante vegetación. En las recorridas previas al proyecto caminamos el barrio y notamos que muchas casas, además del jardín, contaban con cercos vegetales: muros vivos que aportan privacidad, seguridad y delimitan el perímetro del terreno. La vivienda, el peculiar artefacto de nuestra especie, no puede hallarse separada de su entorno, sino integrada a él. Vivienda y entorno se vuelven uno. Para proyectar de este modo partimos de una idea proveniente de la ecología. El hábitat de una especie es el espacio físico donde se mueve, se alimenta y se reproduce; un espacio tangible que puede albergar múltiples organismos distintos. Se diseña entonces una casa pensando en diseñar un jardín, un arbusto, un árbol; una entidad viva de escala doméstica. Una vivienda no solo para humanos, sino para todas las especies vegetales y animales que puedan habitar, prosperar y hacer propia una estructura multiplicadora de naturaleza.
En Bioma Cautivo, la arquitectura como hecho construido se repliega: la naturaleza es el
la disposición que requiere por funcionalidad, pero su envolvente es creada por la naturaleza. La fachada es vegetal, tiene espesor y cambia con las estaciones. Algunas hojas caen y se vuelve más transparente; en épocas calurosas se vuelve más densa.
Esa envolvente funciona como un ecosistema, un hábitat no uniforme que se autorregula y contiene una amplia variedad de microhábitats. Como en un bosque, donde los estratos se disponen desde las copas hasta el suelo, pasando por arbustos, hierbas y musgos, algunos animales habitan uno o varios estratos a la vez. Es una vivienda que cambia y muta con el tiempo.
Esta manera de pensar la arquitectura no solo permite que la naturaleza vegetal y animal sea protagonista y se integre en un mismo espacio, sino que también habilita la interacción directa del clima con la casa. El viento mueve sus límites al ritmo de la brisa; la lluvia y el sol la hacen reverdecer; y la vivienda se convierte en infraestructura viva para otras especies.
Bioma Cautivo fue una vivienda experimental, el sueño posible de un futuro más conectado con la naturaleza, comenzando por
ANTARCTICA MELTING
BEAUTY: CUANDO
EL ARTE NOS ACERCA A LOS CONFINES DEL PLANETA
Por equipo de comunicación de SEA
LA EXPOSICIÓN DE LA FOTÓGRAFA Y ACTIVISTA ITALIANA
PAOLA MARZOTTO INVITA A REFLEXIONAR SOBRE LA FRAGILIDAD DE LOS ECOSISTEMAS POLARES Y EL PAPEL QUE DESEMPEÑAN EN EL EQUILIBRIO CLIMÁTICO GLOBAL.
Hay lugares que la mayoría de las personas nunca visitará. La Antártida es uno de ellos. Lejana, extrema y aparentemente inmutable, suele habitar más el imaginario colectivo que la experiencia directa. Sin embargo, lo que ocurre en ese continente aislado tiene consecuencias que alcanzan a todo el planeta. Con esa premisa nació Antarctica Melting Beauty, el proyecto artístico de la fotógrafa italiana Paola Marzotto, una propuesta que combina fotografía, sensibilidad estética y divulgación ambiental para acercar al público la realidad de uno de los ecosistemas más vulnerables del mundo.
Presentada en Italia, la muestra reúne imágenes tomadas durante su expedición al continente antártico. Pero su objetivo va mucho más allá de la contemplación del paisaje. La belleza que retratan las fotografías funciona como una puerta de entrada a una conversación más profunda sobre el cambio climático, la conservación de los océanos y la interdependencia de los sistemas naturales.
El título de la exposición encierra una paradoja. La belleza sigue allí, en los glaciares, los icebergs y los horizontes infinitos. Pero también está en proceso de transformación. Lo que parece eterno se encuentra sometido a cambios cada vez más acelerados, convirtiendo a la Antártida en uno de los principales indicadores de la salud ambiental del planeta.
A través de esta propuesta, Marzotto plantea una pregunta fundamental: ¿cómo generar conciencia sobre aquello que sucede lejos de nuestra vida cotidiana? Su respuesta es el arte. Porque una imagen puede crear conexiones emocionales que muchas veces los datos científicos, por sí solos, no consiguen generar.
Antarctica Melting Beauty recuerda que la crisis climática no es una realidad distante ni futura. Es un proceso que ya está en marcha y que nos involucra a todos. La Antártida puede parecer remota, pero su destino está íntimamente ligado al nuestro.
Segundas oportunidades al viento: el alma de De La Gata Surf®
Por el equipo de comunicación De La Gata Surf®
CON CREATIVIDAD, DISEÑO Y COMPROMISO AMBIENTAL, DE LA GATA SURF ® TRANSFORMA MATERIALES EN DESUSO EN PRODUCTOS ÚNICOS QUE CONECTAN EL OCÉANO, LAS PERSONAS Y LA ECONOMÍA CIRCULAR.
En el punto donde la pasión por el océano y el diseño responsable se encuentran nace De La Gata Surf®. Desde las costas uruguayas, esta empresa de triple impacto trabaja para transformar residuos de deportes náuticos en productos con historia, identidad y propósito.
Su misión es tan clara como urgente: reducir la huella ambiental de actividades como el kitesurf, el windsurf, el parapente y el paracaidismo, dando una segunda vida a materiales técnicos que, de otro modo, permanecerían durante siglos en un vertedero. Hoy la marca celebra un hito que refleja ese compromiso: la recuperación de 100 velas. A través de su modelo de upcycling textil, rescata telas de alta resistencia y las convierte en accesorios y productos únicos, conservando la historia y el recorrido de cada material. Cada pieza es diferente y lleva consigo una conexión directa con el viento, el mar y la aventura que le dieron origen.
Detrás de este proyecto está Mariana Félix, fundadora de De La Gata Surf®, artista y apasionada de los deportes en la naturaleza.
Su vínculo con el entorno inspira cada decisión de la empresa y da forma a una manera de producir más consciente y respetuosa con el planeta.
Ese compromiso también se refleja en la apuesta por la producción local. Cada producto es confeccionado junto a talleres familiares uruguayos, fortaleciendo el trabajo nacional y promoviendo una cadena de valor alineada con los principios de la sostenibilidad.
Para Mariana, innovar no significa consumir más recursos, sino encontrar nuevas posibilidades en aquello que ya existe. Esa mirada es la que impulsa a De La Gata Surf® a seguir demostrando que la economía circular puede generar impacto ambiental, social y económico al mismo tiempo.
Porque a veces las mejores historias no empiezan con algo nuevo, sino con una segunda oportunidad.
Conocé más sobre De La Gata Surf® y sus productos circulares en delagatasurf.com
PROYECTOS
Animales sin hogar Animalessinhogar
La Laguna Garzón y el origen de un sueño familiar
Por Martín Buela
EL SURF, LA NATURALEZA Y UNA PROFUNDA CONEXIÓN CON LA LAGUNA GARZÓN
INSPIRARON LA CREACIÓN DE ECOGARZÓN, UN PROYECTO
PENSADO PARA DEMOSTRAR
QUE LA CONSERVACIÓN Y
EL DESARROLLO PUEDEN CRECER JUNTOS.
Conocí la Laguna Garzón a fines de los años noventa. Desde el primer momento me impactó su naturaleza en estado puro: los paisajes, la tranquilidad y la sensación de que todo fluye a otro ritmo. Y todo esto, a solo minutos de José Ignacio.
El surf me llevó a recorrer el mundo y descubrir experiencias que inspiraron EcoGarzón: un espacio auténtico, conectado con el entorno. Siempre lo imaginé como un proyecto familiar junto a mis dos hijos, para que crecieran en contacto con la naturaleza, aprendiendo a valorarla.
Así nació EcoGarzón, un glamping integrado al paisaje que funciona exclusivamente con
energía renovable y busca generar el mínimo impacto ambiental posible, demostrando que la conservación y el desarrollo pueden crecer de la mano.
A lo largo de estos años fui testigo de la transformación positiva de la Laguna Garzón. La protección de este entorno único impulsó nuevas propuestas vinculadas al turismo de naturaleza y permitió poner en valor uno de los ecosistemas más importantes de nuestra costa.
Hoy recibimos personas que buscan desacelerar y reconectar: confort, silencio, aire puro y noches bajo un cielo estrellado. Personas que llegan para disfrutar de la naturaleza, recuperar el tiempo y descubrir una forma diferente de vivir la experiencia del descanso.
Ver el impacto positivo que esta experiencia genera en quienes nos visitan es, sin duda, nuestra mayor recompensa. Porque más allá del alojamiento, EcoGarzón nació con la intención de compartir aquello que me enamoró de este lugar desde el primer día: la posibilidad de vivir en armonía con el entorno y recordar que la naturaleza sigue teniendo mucho para enseñarnos.
INSTITUTO SARAS: SUS PRIMEROS 20 AÑOS
Por Néstor Mazzeo
A DOS DÉCADAS DE SU CREACIÓN, EL INSTITUTO SARAS SE CONSOLIDÓ COMO UN ESPACIO PIONERO EN AMÉRICA LATINA PARA EL ESTUDIO DE LA SOSTENIBILIDAD, INTEGRANDO CIENCIAS, HUMANIDADES, ARTES Y DISTINTOS SISTEMAS DE CONOCIMIENTO.
South American Institute for Resilience and Sustainability Studies (SARAS) cumple 20 años. Esteban Jobbágy se preguntó cómo “este plato volador” había terminado en Uruguay. La respuesta involucra la convergencia de diversas personas (Marten Scheffer, Carl Folke, Steve Carpenter y Frances Westley), así como características del departamento de Maldonado y del propio Uruguay, que acogieron e impulsaron el desarrollo del instituto. En esta etapa fundacional, los aportes de Rodrigo Arocena, Mario Wschebor, Gregory Randall, Ricardo Ehrlich, María Simón, Oscar de los Santos, Jorge Hourcade y muchas otras personas resultaron fundamentales.
SARAS es un instituto inter y transdisciplinario dedicado al estudio de los principales desafíos de sostenibilidad en los ámbitos regional y global. Su trabajo combina múltiples disciplinas y promueve la interacción entre ciencias, humanidades y artes, así como entre distintos sistemas de conocimiento, tanto académicos como no académicos. Los campos de conocimiento de los sistemas socioecológicos y del pensamiento resiliente constituyen pilares teóricos y metodológicos fundamentales de sus actividades.
En términos organizacionales, SARAS funciona como una red de redes articulada en torno a temas, preguntas y desafíos de interés común, siguiendo el paradigma desarrollado por el Instituto Santa Fe (Estados Unidos). Esta modalidad de organización resultaba altamente innovadora en los ámbitos universitarios hace dos décadas, aunque hoy encuentra paralelos en iniciativas consolidadas, como el Espacio Interdisciplinario y los Institutos Centrales de la Universidad de la República. Durante su primera etapa, el instituto contó con apoyo financiero proveniente del sector público uruguayo, complementado por recursos de diversas agencias nacionales e internacionales de financiamiento de la investigación. En los últimos años, su sostenibilidad económica ha dependido casi exclusivamente de fondos concursables y de convenios establecidos con instituciones públicas y privadas. Como toda experiencia profundamente innovadora y disruptiva, la trayectoria de SARAS ha atravesado períodos favorables y adversos. Su resiliencia ha sido puesta a prueba desde sus orígenes y constituye una de las claves de su permanencia y proyección. Salud y larga vida a SARAS.
Más de 135 años de trayectoria atención personalizada y tecnología de punta para imprimir proyectos con resultados superiores
La democracia frente al reloj del planeta
Por María Sofía Muratore
LA CRISIS CLIMÁTICA, LA PÉRDIDA
DE BIODIVERSIDAD Y LA CONTAMINACIÓN ESTÁN PONIENDO A PRUEBA LA CAPACIDAD DE LAS DEMOCRACIAS PARA RESPONDER A DESAFÍOS QUE TRASCIENDEN FRONTERAS, GENERACIONES Y CICLOS ELECTORALES.
Mientras líderes políticos, empresas, científicos y organizaciones de la sociedad civil participaban recientemente de la London Climate Action Week —uno de los principales encuentros internacionales sobre acción climática— gran parte de Europa volvía a registrar temperaturas inusualmente elevadas para esta época del año. La coincidencia fue difícil de ignorar. Mientras en auditorios y espacios de debate se discutían estrategias para acelerar la transición ecológica, afuera, el continente experimentaba una nueva señal de un planeta cada vez más caliente. Las olas de calor, los incendios forestales, las inundaciones y las sequías extremas ya no aparecen como episodios excepcionales. Forman parte de una realidad que atraviesa territorios, economías y sociedades en todos los continentes. América Latina tampoco permanece al margen. La sequía histórica que afectó a la cuenca del Plata, los incendios recurrentes en la Amazonia y el Pantanal, el retroceso de los glaciares andinos y las crecientes dificultades de acceso al agua en distintas regiones muestran que la crisis planetaria dejó de ser una amenaza futura para convertirse en una realidad concreta. Cada vez resulta más evidente que la llamada triple crisis planetaria —cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación— está poniendo bajo presión cuestiones que tradicionalmente parecían alejadas de la agenda ambiental: el desarrollo económico, la seguridad alimentaria, los sistemas de protección social e incluso la capacidad de las democracias para construir acuerdos duraderos.
Una crisis que habla de desarrollo
Durante décadas, las discusiones ambientales ocuparon un lugar relativamente periférico en las agendas públicas. Eran percibidas como asuntos vinculados a la conservación de la naturaleza o a la regulación de determinadas actividades productivas. Hoy esa mirada resulta insuficiente.
La inseguridad hídrica, la degradación de ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y los fenómenos climáticos extremos afectan directamente las condiciones sobre las que se construye el bienestar de las sociedades. El ambiente dejó de ser un tema sectorial para convertirse en una variable que atraviesa prácticamente todos los debates sobre el futuro.
Desde el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Magdalena Preve advierte que la triple crisis planetaria constituye una de las principales presiones sobre el desarrollo humano y sobre la capacidad de las sociedades para construir futuros más resilientes e inclusivos. La inseguridad hídrica y alimentaria, la pérdida de medios de vida y la exposición desigual a los riesgos ambientales profundizan brechas preexistentes y limitan las oportunidades de desarrollo.
La observación resulta especialmente relevante para América Latina y el Caribe. La región alberga una extraordinaria riqueza natural y concentra algunos de los recursos estratégicos que el mundo necesita para avanzar hacia economías bajas en carbono. Al mismo tiempo, continúa enfrentando altos niveles de desigualdad y una fuerte dependencia de actividades intensivas en recursos naturales.
La discusión ya no gira únicamente en torno al ambiente. También involucra preguntas sobre desarrollo, bienestar y oportunidades en sociedades cada vez más expuestas a riesgos ambientales.
El desafío de gobernar el largo plazo
Si existe una característica que distingue a la crisis planetaria de otros desafíos contemporáneos, es su relación con el tiempo. Los ecosistemas funcionan en décadas. Los procesos de degradación ambiental suelen acumularse lentamente y sus consecuencias se manifiestan mucho después de que se toman las decisiones que los provocan. La política, en cambio, suele organizarse
en horizontes más cortos, atravesados por elecciones, cambios de gobierno y demandas urgentes.
Entre esos dos tiempos se juega una de las discusiones más importantes del siglo XXI. Para Ema Wilkins, Licenciada en Relaciones Internacionales, uno de los desafíos centrales consiste en incorporar una perspectiva ambiental transversal en las políticas públicas, integrando conceptos como la transición ecológica justa y la justicia intergeneracional. El planteo invita a reconocer que muchas de las decisiones que se toman hoy tendrán impactos que serán experimentados principalmente por las generaciones futuras.
La tensión es evidente. Los beneficios de muchas políticas ambientales suelen percibirse a largo plazo, mientras que los costos políticos aparecen de manera inmediata. Transformar sistemas energéticos, modificar patrones de producción o invertir en adaptación climática requiere recursos, planificación y acuerdos que rara vez coinciden con los tiempos electorales. Por eso, la crisis planetaria también puede entenderse como una crisis de gobernanza. No porque las democracias sean incapaces de responder, sino porque enfrentan desafíos que exigen sostener políticas más allá de los ciclos políticos tradicionales.
Un mundo que coopera menos
La dificultad para actuar no responde únicamente a dinámicas nacionales. También está vinculada a las transformaciones del escenario internacional. Durante décadas, buena parte de la respuesta global al cambio climático se apoyó en acuerdos multilaterales, financiamiento, cooperación técnica e intercambio de conocimientos entre países. Sin embargo, el contexto actual muestra señales de creciente fragmentación. Wilkins advierte que algunos actores internacionales con peso relevante en la agenda climática han tomado distancia de determinados compromisos multilaterales, debilitando capacidades de coordinación y financiamiento. Esto ocurre en un momento en que la cooperación internacional resulta más necesaria que nunca. A ello se suma una realidad cada vez más evidente: los conflictos armados y la crisis
Ema Wilkins
Licenciada en Relaciones Internacionales
ambiental ya no pueden analizarse por separado. La destrucción de ecosistemas, la contaminación y la presión sobre recursos estratégicos muestran cómo ambas dinámicas se retroalimentan.
América Latina ante una oportunidad histórica
A pesar de los desafíos, la región cuenta con condiciones que podrían convertirla en un actor relevante en la transición global hacia modelos de desarrollo más sostenibles.
América Latina y el Caribe concentran una parte significativa de la biodiversidad mundial, enormes reservas de agua dulce, condiciones privilegiadas para el desarrollo de energías renovables y recursos estratégicos para las tecnologías del futuro.
La pregunta es cómo aprovechar esas ventajas sin repetir esquemas históricos basados exclusivamente en la extracción de materias primas. Según Wilkins, la región tiene la oportunidad de aportar una mirada basada en el diálogo, la cooperación y el multilateralismo en un contexto internacional marcado por la fragmentación. Pero también enfrenta el desafío de construir estrategias propias que le permitan agregar valor, generar innovación y fortalecer capacidades productivas. La transición ecológica puede convertirse en una oportunidad para diversificar
economías, impulsar nuevos sectores y generar empleo de calidad. Sin embargo, nada de eso ocurrirá automáticamente. Las decisiones que se adopten durante los próximos años serán determinantes para definir cómo la región participa en las transformaciones globales que ya están en marcha.
La democracia como parte de la solución
Cuando se habla de crisis climática suele asumirse que el principal desafío consiste en encontrar soluciones tecnológicas o recursos financieros suficientes para implementarlas. Sin embargo, cada vez más especialistas advierten que la cuestión es también institucional.
Para Stefano Pettinato, representante residente del PNUD en Uruguay, las democracias de América Latina y el Caribe operan actualmente bajo múltiples presiones simultáneas: polarización, transformaciones tecnológicas, inseguridad y crisis planetaria. En este contexto, las instituciones necesitan fortalecer su capacidad para anticipar riesgos, gestionar transiciones y generar bienes públicos en escenarios cada vez más complejos.
La transformación que exige la crisis ambiental no puede depender de un único gobierno ni de una única generación. Requiere acuerdos que atraviesen administraciones, sectores y territorios. Requiere construir
Magdalena Preve
Analista de Programa del Área de Desarrollo Sostenible e Inclusivo, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Uruguay
legitimidad social para procesos que inevitablemente implican cambios profundos. Por eso, Pettinato destaca la importancia de fortalecer espacios de diálogo y participación entre gobiernos, academia, sector privado, comunidades y sociedad civil. La capacidad de deliberar, procesar
diferencias y construir consensos sigue siendo una de las principales fortalezas de los sistemas democráticos.
El futuro como problema político
Durante años, la discusión ambiental estuvo centrada en indicadores, metas y compromisos internacionales. Todo eso continúa siendo importante. Pero la conversación que comienza a emerger es más profunda. La crisis planetaria obliga a preguntarse cómo toman decisiones las sociedades cuando los impactos más importantes todavía no son visibles para todos. Obliga a pensar quién representa los intereses de las generaciones futuras y qué significa el desarrollo en un mundo atravesado por límites ecológicos cada vez más evidentes. Si algo revela este escenario es que gobernar el siglo XXI implica aprender a pensar más allá de la próxima elección. Entre los tiempos de la política y los tiempos del planeta se juega una de las discusiones más importantes de nuestro tiempo.
Representante Residente del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Uruguay
Stefano Pettinato
Artesanos del mar: Pesca con nasas de mimbre
Por Uriel Sokolowicz Porta
A lo largo de los siglos, el ser humano aprendió a vivir de los recursos del mar y a desarrollar ingenio y paciencia para obtenerlos. La pesca con trampas es quizás la expresión más pura de esa sabiduría: una estructura sencilla, un cebo y el conocimiento preciso de dónde, cuándo y cómo emplearla. En las costas del Atlántico Sur, esta técnica milenaria sigue viva como sustento y como testimonio de una forma de pesca que respeta los ciclos de la naturaleza.
En el marco de un proyecto documental que explora la vida de los pescadores artesanales en distintos puntos del mar argentino, junto a los biólogos marinos Alejo Irigoyen y Gastón Trobbiani (Proyecto Arrecife, Centro para el Estudio de Sistemas Marinos, CESIMAR-CENPAT-CONICET), investigamos, registramos y compartimos parte de la vida de los pescadores artesanales.
El arte
de la trampa
El concepto básico de esta modalidad no ha variado demasiado en el transcurso de la historia de la humanidad. A lo largo de toda
la costa patagónica argentina hay numerosos vestigios de estos sistemas. Corrales de pesca construidos con rocas superpuestas han sido registrados tanto en los canales fueguinos de Tierra del Fuego como en el Parque Nacional Islote Lobos, en Río Negro, y constituyen un testimonio de la presencia de pueblos originarios y sus sistemas de pesca. Su diseño para atrapar y contener peces, aprovechando el conocimiento del ciclo de las mareas para mantenerlos encerrados durante la bajamar, ha sobrevivido de manera asombrosa a lo largo del tiempo.
En Claromecó, al sur de la provincia de Buenos Aires, esa herencia tiene hoy una de sus expresiones más singulares: la pesca artesanal del mero con nasas de mimbre. Allí nos encontramos con los hermanos Lucas y Germán Mulder, tercera generación de pescadores, herederos de un oficio que sus abuelos forjaron en un mar bravo y desafiante.
La nasa es una trampa tejida que se ceba y se cala en el fondo rocoso; su probada eficacia, incluso compitiendo contra diseños y materiales modernos, resulta asombrosa. Su
construcción y mantenimiento son un saber que estuvo al borde de extinguirse, ligado a pescadores marplatenses descendientes de inmigrantes italianos. Germán y Lucas lograron rescatar el oficio aprendiendo de los últimos artesanos en vida, y así el antiguo legado sobrevivió en nuevas familias dedicadas al mar.
La fiebre del cazón
La historia de los Mulder se remonta a la década de 1940, cuando el abuelo de Lucas y Germán, Enrique “El Lobo” Mulder, se sumó, como tantos otros, a la pesca del cazón. La Segunda Guerra Mundial había frenado la pesca del bacalao europeo, fuente vital de vitamina A, y de allí nació el interés por el hígado de esta especie de tiburón, que concentra vitaminas A, D y omega-3 en altas proporciones. La fiebre del cazón se propagó rápidamente y la gente dejó sus oficios para dedicarse a la pesca. En Claromecó llegaron a trabajar cincuenta lanchas de forma simultánea. Con el final de la guerra y la síntesis de vitamina A en laboratorios, la fiebre se apagó y la mayoría volvió a sus antiguos trabajos. Claromecó fue la excepción: allí se forjaron generaciones de pescadores artesanales que aprendieron a vivir del mar y que, desde entonces, mantienen vivo su oficio.
El mero y la sustentabilidad
El mero es uno de los peces más característicos del Atlántico Sur. Habita desde Uruguay hasta la Patagonia argentina, en fondos de arrecifes rocosos, y forma agregaciones reproductivas de miles de individuos que se reúnen en sitios y momentos determinados del año. Esas concentraciones fueron explotadas industrialmente desde la década del 80. En un solo lance de red de arrastre, un barco podía capturar más de 12 toneladas, unos 8.000 ejemplares. Sin censos ni estudios de por medio, para fines de los 90 el recurso estaba agotado.
La pesca artesanal con nasas cuenta otra historia. Es selectiva, de bajo volumen y bajo impacto: se mantiene estable desde hace ya cuarenta años, dejando en evidencia el carácter sustentable de esta pesquería. Aquí no hay descarte ni redes que arrasan con todo.
Sustentabilidad y legado
A través de nuestras producciones documentales seguimos ampliando nuestro recorrido por el universo de los artesanos del mar. Conocimos a los buzos marisqueros, a los recolectores costeros con sus redes y ganchos de pulpeo, a los pescadores de anzuelo y, finalmente, a los pescadores con nasas de mimbre.
Cinco modalidades, una misma esencia: hombres y mujeres que cambian sacrificio por libertad y que sostienen, jornada tras jornada, un vínculo profundo con el mar. Entender qué hay detrás de un plato de mar es valorar los procesos humanos que llevan a conseguir el alimento de manera justa y equilibrada. Los pescadores artesanales no solo capturan peces y mariscos: tejen redes de comunidad y sustentabilidad. Apoyarlos —desde las políticas públicas hasta nuestro consumo cotidiano— es honrar un legado que merece perdurar.
Si querés conocer más, seguí a Uriel en sus redes: Instagram: @uriel_sokolowicz YouTube: youtube.com/c/xplorar
Por la paz en nuestras vidas
Por Fiona Wilton
MONJE, ACTIVISTA Y EDUCADOR, SATISH KUMAR TRANSFORMÓ
UNA CAMINATA POR EL DESARME NUCLEAR EN UNA VIDA DEDICADA A LA REGENERACIÓN ECOLÓGICA, LA JUSTICIA SOCIAL Y LA SIMPLICIDAD VOLUNTARIA.
Satish Kumar, nacido en Rajastán, India, es un legendario activista por la paz. Tenía apenas nueve años cuando dejó el hogar familiar para convertirse en monje jainista, caminando descalzo y enseñando compasión y amor por todos los seres vivos.
Más tarde abandonó la vida monástica y comenzó a luchar por la reforma agraria en la India, atraído por la visión de Mahatma Gandhi de un mundo más pacífico. A los veinte años emprendió, junto a su amigo E. P. Menon, una peregrinación por la paz que los llevó a caminar durante dos años, sin dinero, desde la India hasta Estados Unidos en favor del desarme nuclear. Llevaban consigo un paquete de “té de la paz” que les había regalado una trabajadora de una fábrica de té en Georgia. Ella les pidió que se lo entregaran a los líderes mundiales y los instaran a hacer una pausa y prepararse una taza de té si alguna vez se les ocurría presionar el botón nuclear. Durante aquella extraordinaria caminata por la paz de 8.000 millas, en 1962, Satish reflexionó sobre la forma en que la humanidad trataba a la naturaleza como un recurso al servicio de la economía. Vertemos
plástico en los océanos, talamos selvas tropicales para generar ganancias y emitimos gases de efecto invernadero a la atmósfera, todo en nombre del crecimiento económico. Lo que comenzó como una peregrinación contra las armas nucleares se transformó en un llamado de por vida a construir una relación más armoniosa con nuestro precioso planeta Tierra.
A punto de cumplir 90 años, Satish Kumar no tiene planes de detenerse. Continúa ofreciendo conferencias y talleres sobre regeneración ecológica, justicia social y plenitud espiritual.
La simplicidad es uno de sus mensajes centrales, inspirada en el principio jainista de aparigraha, que significa “no apego” o “no quedar atrapado por las posesiones materiales”. El amor es otro de los pilares de su pensamiento. “Sin valores espirituales, como el amor por las personas y el amor por nuestro planeta, que sustenten y den sentido a nuestra visión del mundo, la sostenibilidad ecológica y la solidaridad social seguirán siendo superficiales, permaneciendo siempre en la superficie”. Para encontrar la paz en nuestras vidas, debemos practicar el amor.
SABERES ANCESTRALES PARA UN FUTURO COMPARTIDO
Por René Calpanchay, Pueblo Atacama, Puna de los Salares, Argentina
DESDE LA PUNA DE LOS SALARES, UNA REFLEXIÓN SOBRE LA RECIPROCIDAD, EL RESPETO Y EL DIÁLOGO ENTRE SABERES
ANCESTRALES Y CONTEMPORÁNEOS PARA CONSTRUIR FUTUROS MÁS EQUILIBRADOS Y SOSTENIBLES.
A lo largo de los últimos cinco números, la revista uruguaya SEA nos ha brindado un espejo transparente para mirarnos, reflexionar y reconocernos en la diversidad de nuestros caminos. Este recorrido impreso no ha sido otra cosa que un gran tinkuy —un encuentro— de pensares y sentires que buscan devolverle el sentido a nuestra existencia común. Hoy, con los pies hundidos en la sal blanca y la mirada puesta en el horizonte de la Puna, quiero recoger esos cinco hilos temáticos publicados para trenzar un mensaje de esperanza, práctica y responsabilidad.
En la inmensidad de la Puna de los Salares aprendemos y enseñamos a partir de dos leyes invisibles, pero eternas: la reciprocidad
y el respeto. Aquí la vida no se explica con teorías; se practica a través del hacer diario. Este respeto no se agota entre nosotros, los seres humanos, sino que se extiende con profunda devoción hacia todos los seres de los cuales somos parte, tanto en lo material como en lo espiritual.
A este todo vivo, a esta gran casa que late junto a nuestro cuerpo, la llamamos en los Andes Pachamama. Ella nos enseña que el conocimiento más valioso es el que nos marca el corazón a través del instinto y la intuición, para luego ser cobijado, en armonía, por la razón. No al revés. Cuando la mente somete al corazón, el mundo se enferma; cuando la razón sirve al sentir, la vida florece en equilibrio.
Esta manera de caminar sintiendo es la que nos ha permitido valorar y mantener, por miles de años, la complementariedad en uno de los desiertos más inhóspitos del mundo, logrando allí ser verdaderamente felices. Somos hijos de cazadores-recolectores, transhumantes, arrieros caravaneros, artistas, artesanos y comerciantes del cambalache o del trueque.
Por más de 14.000 años, nuestros ancestros caminaron estas regiones para intercambiar productos desde el Pacífico hasta el Atlántico —co-creadores del camino milenario del Capricornio— para sobrevivir, pero sobre todo para darle un sentido sagrado a la vida. Estamos profundamente enamorados de nuestra región. Ha sido justamente ese amor milenario el que permitió el cuidado y la conservación de lo que hoy el planeta necesita con urgencia: la energía limpia del sol, el litio y los minerales raros esenciales para almacenar y utilizar la energía global. Nuestra región ha pasado de ser históricamente etiquetada como una de las más aisladas y “pobres” a convertirse en una de las más codiciadas por su riqueza mineral. Por este motivo, estamos ante la obligación histórica de expresar nuestra mirada. No nos paramos desde el “no” cerrado a la
minería; esa sería una postura que esquiva el porvenir. En su lugar, preferimos levantar la pregunta responsable: ¿cómo hacerlo en armonía? ¿Cómo extraer lo que el mundo demanda atendiendo rigurosamente la regeneración de los ciclos del agua y el respeto por la cultura y la participación de los pueblos?
Los saberes ancestrales no compiten con la modernidad. Nuestra visión propone armonizar la experiencia milenaria con la ciencia y la tecnología de la actualidad, centrada en el futuro que debemos co-construir bajo un modelo de quíntuple impacto positivo, donde lo económico, lo social, lo ecológico, lo intercultural y lo espiritual sumen en una escala exponencial.
Los cinco números de la revista SEA nos han demostrado que el diálogo entre realidades distintas no solo es posible, sino urgente, para pasar del ego-sistema al eco-sistema, o multisistema. Que estas páginas sigan siendo el puente para que el instinto guíe nuestras decisiones conscientes y devuelva el equilibrio a la casa común.
Ckausama Kunza (La vida es nuestra y depende de nosotros): cambiar el hacer, con corazón y cerebro propios, y recuperar la dignidad del Buen Vivir.
Parir con dignidad: la deuda pendiente de América Latina frente a la violencia obstétrica
Por Anabela Aldaz
LA NATURALIZACIÓN DE PRÁCTICAS INVASIVAS DURANTE EL EMBARAZO
Y EL PARTO SIGUE AFECTANDO A MILLONES DE MUJERES, PESE A LOS AVANCES NORMATIVOS DE LA REGIÓN.
Durante años, millones de mujeres en América Latina atravesaron situaciones de violencia obstétrica sin siquiera saber que lo que vivieron tenía nombre. Comentarios humillantes, procedimientos sin consentimiento, medicalización innecesaria, negación del dolor, infantilización, falta de información, cesáreas injustificadas o prácticas invasivas realizadas sin respeto por la autonomía de las mujeres han sido naturalizadas históricamente dentro de muchos sistemas de salud.
Sin embargo, lo que durante décadas fue considerado “normal” hoy comienza a reconocerse como una grave vulneración de derechos humanos.
La violencia obstétrica constituye una forma específica de violencia basada en género que ocurre durante el embarazo, el parto y el posparto. Implica la apropiación del cuerpo y de los procesos reproductivos de las mujeres por parte del personal de salud, mediante prácticas deshumanizantes, abuso
de medicalización y pérdida de autonomía sobre sus decisiones.
Y aunque el problema atraviesa todas las clases sociales, su impacto es profundamente desigual. Las mujeres en situación de pobreza, rurales, afrodescendientes, indígenas, migrantes, adolescentes o con discapacidad suelen enfrentar mayores niveles de maltrato, discriminación y barreras de acceso a servicios de salud respetuosos y de calidad. América Latina ha sido pionera en comenzar a legislar sobre esta problemática. Países como Venezuela, Argentina y México incorporaron la violencia obstétrica a sus marcos normativos sobre violencia hacia las mujeres. Sin embargo, entre el reconocimiento jurídico y la transformación real de las prácticas médicas todavía existe una enorme distancia.
Porque el problema no se reduce a casos aislados ni a “malos profesionales”. Tiene raíces estructurales.
La violencia obstétrica se sostiene sobre modelos sanitarios históricamente paternalistas, donde la voz médica prevalece sobre la autonomía de las mujeres y donde el parto continúa siendo tratado muchas veces como una patología antes que como un proceso fisiológico y emocional. A esto se suma la sobrecarga de los sistemas de salud, la falta de formación en derechos humanos y género, y culturas institucionales que han normalizado prácticas profundamente invasivas.
La evidencia es contundente: cuando las mujeres reciben información clara, participan en las decisiones y son tratadas con respeto, mejoran no solo sus experiencias de parto, sino también los resultados en salud materna y neonatal. Por eso, abordar esta problemática requiere mucho más que protocolos. Implica una transformación cultural.
Humanizar el parto no significa rechazar la medicina ni desconocer los avances científicos. Significa garantizar consentimiento informado, respeto, privacidad, acompañamiento y autonomía. Significa reconocer que las mujeres no son objetos pasivos de intervención médica, sino sujetas de derechos.
En una región donde aún persisten profundas desigualdades en salud sexual y reproductiva, la violencia obstétrica interpela directamente la calidad democrática de nuestras sociedades. Porque la forma en que un Estado acompaña a las mujeres en uno de los momentos más trascendentes de sus vidas revela también cuánto valora su dignidad.
Hablar de violencia obstétrica incomoda porque obliga a cuestionar prácticas naturalizadas durante generaciones. Pero precisamente allí reside la importancia del debate. Parir sin violencia no debería ser un privilegio. Debería ser un derecho garantizado para todas las mujeres de América Latina.
Cuando la tecnología cruza fronteras para proteger vidas
Por Equipo de comunicación de SEA
NACIDA EN CHILE PARA ACOMPAÑAR A PERSONAS EN SITUACIONES DE RIESGO, ALARA IMPULSA UNA NUEVA MIRADA SOBRE LA SEGURIDAD PERSONAL. HOY, SU TECNOLOGÍA LLEGÓ AL SUR DE SENEGAL PARA APOYAR A MUJERES QUE ENFRENTAN CONTEXTOS DE VIOLENCIA, VULNERABILIDAD Y EXCLUSIÓN.
La seguridad personal no debería depender del lugar donde una persona nació, de sus ingresos ni de la red de apoyo con la que cuenta. Con esa convicción nació Alara, una iniciativa chilena que desarrolla tecnología para ayudar a personas que enfrentan situaciones de riesgo y violencia. Más que un dispositivo, Alara busca convertirse en una herramienta de acompañamiento. Su objetivo es simple: permitir que una persona
pueda pedir ayuda de forma rápida y discreta cuando se encuentra en una situación crítica. La propuesta adquiere especial relevancia en un contexto donde la violencia contra las mujeres sigue siendo una problemática global. Según ONU Mujeres, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. En muchos casos, el acceso a herramientas de protección y a redes de apoyo continúa siendo limitado.
Lo que comenzó en Chile hoy empieza a cruzar fronteras.
Gracias a una alianza impulsada por Irene, una militar española comprometida con iniciativas de impacto social, Alara logró vincularse con Kakolum, una organización no gubernamental que trabaja en Senegal desarrollando acciones de sensibilización, prevención y acompañamiento frente a las violencias basadas en género.
El trabajo de Kakolum parte de una premisa sencilla pero poderosa: cuando una mujer cuenta con información, atención, apoyo y una red que la acompaña, disminuyen los riesgos y aumentan las posibilidades de prevenir situaciones de violencia.
A partir de esta colaboración, los dispositivos de Alara llegaron por primera vez al sur de Senegal, donde fueron entregados a mujeres que enfrentan contextos de extrema vulnerabilidad.
Muchas de ellas viven expuestas a situaciones de violencia, explotación y exclusión social. Algunas ejercen la prostitución en entornos donde pedir ayuda puede resultar difícil, tardío o, simplemente, imposible. En ese escenario, una herramienta discreta de seguridad puede marcar una diferencia significativa. Para el equipo de Alara, cada dispositivo representa mucho más que tecnología. Es la
posibilidad de que una mujer que atraviesa una situación de miedo o violencia pueda activar una alerta de manera rápida y silenciosa. Es la posibilidad de que alguien conozca su ubicación, pueda acudir en su ayuda y que no tenga que enfrentar sola un momento crítico.
La experiencia reafirma el propósito con el que nació el proyecto: poner la tecnología al servicio de las personas, de la seguridad, de la vida y de la dignidad humana.
La llegada a Senegal representa un hito para la iniciativa chilena. Demuestra que soluciones simples, accesibles y diseñadas con propósito pueden trascender fronteras y adaptarse a contextos muy diferentes, generando impacto allí donde más se necesita.
Para el equipo de Alara, democratizar la tecnología y ampliar el acceso a soluciones de seguridad personal también es una forma de justicia. Porque cuando una alerta puede activar una red de apoyo, evitar una situación de violencia o incluso salvar una vida, la innovación cumple su propósito más importante.
Y ese propósito, hoy, ya cruzó continentes.
Para conocer más sobre Alara y su trabajo en seguridad personal con propósito, visitá: alara.cl/
El mundo no se acaba
Autor: Hannah Ritchie
Año de publicación: 2024 (edición en español)
País de origen: Reino Unido
El mundo no se acaba es un ensayo que aborda algunos de los problemas más preocupantes del mundo actual, como el cambio climático, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y el crecimiento de la población. A partir de datos científicos y ejemplos concretos, la autora analiza estos desafíos y cuestiona muchas de las ideas pesimistas que suelen difundirse sobre el futuro del planeta.
El libro no presenta una historia, ni una narración tradicional, sino que desarrolla una reflexión basada en investigaciones y estadísticas. Hannah Ritchie examina cómo han evolucionado distintos problemas ambientales a lo largo del tiempo y muestra que, en muchos casos, la situación es más compleja de lo que parece.
Uno de los aspectos centrales de la obra es la importancia de comprender los datos antes de sacar conclusiones. La autora sostiene que, aunque existen desafíos reales y urgentes, también se han producido avances significativos gracias al desarrollo tecnológico, a las políticas públicas y a los cambios en los hábitos de las sociedades. Lejos de negar los problemas ambientales, el libro propone una visión equilibrada que combina preocupación y optimismo. En lugar de promover el miedo o la resignación, invita a pensar en soluciones concretas y en las posibilidades de progreso que aún existen.
De esta manera, El mundo no se acaba ofrece una mirada informada y esperanzadora sobre el futuro, destacando que conocer la realidad con precisión es fundamental para afrontar los desafíos ambientales de manera efectiva.
La comodidad como riesgo sistémico
Por Matías Kelly
CUANDO LA DISTANCIA FRENTE A LOS PROBLEMAS REDUCE
LA URGENCIA DE ACTUAR, LA COMODIDAD PUEDE CONVERTIRSE EN UN RIESGO PARA EL CAMBIO.
Durante años pensamos que los grandes riesgos sistémicos eran externos: una crisis financiera, una pandemia, una guerra, el cambio climático, el colapso energético o la irrupción de nuevas tecnologías. Pero quizás estamos subestimando otro riesgo mucho más silencioso: la comodidad.
No la comodidad entendida como bienestar —algo deseable y profundamente necesario en una región tan desigual como América Latina—, sino la comodidad como desacople. Como capacidad de habitar los problemas sin sentir todavía su urgencia.
Porque el tiempo no está distribuido de manera equitativa. Para algunas personas, empresas o países, la transición hacia modelos económicos más
humanos, regenerativos o sostenibles aparece como una conversación estratégica. Un proceso gradual. Una agenda. Hay tiempo para evaluar, esperar mejores condiciones, ajustar métricas, discutir regulaciones, revisar costos o proyectar escenarios. Para otros, en cambio, la transición no es una elección. Es supervivencia.
Y en ese contexto, la conversación sobre inversión de impacto deja de ser únicamente una discusión financiera o reputacional. Se transforma en una pregunta mucho más incómoda: ¿qué problemas consideramos suficientemente urgentes como para movilizar capital hoy y no dentro de diez años?
Mientras algunos debaten la sustentabilidad en auditorios climatizados, otros ya viven las consecuencias de sistemas agotados: economías informales que sostienen millones de vidas, comunidades desplazadas, productores atravesados por eventos climáticos extremos, jóvenes expulsados del mercado laboral, familias enteras endeudadas para sostener consumos básicos
o territorios donde acceder al agua dejó de ser algo obvio.
Y quizás ahí exista una de las tensiones más profundas de este tiempo: cuanto menos riesgo sentimos en el cuerpo, más abstractos se vuelven los problemas.
La desigualdad se convierte en estadística. La degradación ambiental, en reporte. La exclusión financiera, en indicador. La fragilidad democrática, en tendencia.
La comodidad no necesariamente genera indiferencia. A veces genera algo más peligroso: lentitud.
Postergamos cambios. Esperamos validaciones. Seguimos consumiendo, produciendo e invirtiendo como si todavía existiera un margen cómodo para reaccionar más adelante. Como si el deterioro siempre fuera a ocurrirles primero a otros.
Parte de la economía global todavía funciona bajo una lógica que premia la extracción rápida y posterga los costos sociales o ambientales hacia el futuro. La inversión de impacto nació, en parte, como un intento de corregir ese desacople temporal: acercar las decisiones financieras a las consecuencias reales que producen.
Pero en América Latina ese “otros” se agota rápido. Tal vez por eso muchas de las respuestas más innovadoras y resilientes de la región no nacen desde la estabilidad, sino desde la necesidad: cooperativas, redes comunitarias, sistemas de microfinanzas, agricultura regenerativa, empresas sociales, banca ética o vehículos financieros híbridos que emergen no desde la abundancia de recursos, sino desde la urgencia de resolver problemas concretos. No porque la precariedad sea romántica. Sino porque la urgencia obliga a moverse. Durante mucho tiempo asociamos el desarrollo con la capacidad de eliminar toda fricción. Sin embargo, quizás una parte del desafío contemporáneo consista justamente en recuperar cierta incomodidad. Volver a sentir proximidad con los efectos reales de nuestras decisiones económicas, empresariales y financieras. Porque tal vez el mayor riesgo sistémico de nuestro tiempo no sea solamente el colapso ambiental, económico o social. Tal vez sea nuestra extraordinaria capacidad de seguir esperando mientras otros ya no pueden hacerlo.
Ana Lía Pérez Landa y La Biblioteca Azul: sembrar preguntas para habitar mejor la Tierra
Por Marianela González
DESDE PIRIÁPOLIS, CONSTRUYE
UN ESPACIO DONDE LOS LIBROS SE CONVIERTEN EN PUENTES HACIA OTRAS FORMAS DE COMPRENDER EL PRESENTE.
¿Y si las ballenas fueran bibliotecas? ¿Qué podrían enseñarnos?
Se dice que las ballenas son bibliotecas vivientes: seres ancestrales que recorren los océanos transportando memorias, información y sabiduría acumulada durante millones de años. Fue esa profunda conexión con estos seres la que inspiró a Ana Lía Pérez Landa a nombrar su proyecto La Biblioteca Azul y a elegir una ballena como símbolo de su identidad.
Ana Lía nos invita a preguntarnos: ¿qué es lo que queremos conservar como humanidad?
¿Qué es lo que realmente importa? ¿Quéno en el centro para volver a reconocernos, con humildad, como una pequeña parte demos aprender de los árboles, los ríos, las
Con ese espíritu creó La Biblioteca Azul, una librería para adultos y niños especializada en naturaleza, regeneración y nuevas formas de comprender nuestra relación con la vida, poniéndola en el centro. Antropóloga social y radicada en Piriápolis desde hace dos años, Ana Lía pensó la biblioteca como un espacio donde ofrecer libros que se conviertan en puentes hacia otras miradas. Su curaduría reúne investigaciones, poesía y arte alrededor de una pregunta común: cómo habitar la Tierra de una manera más consciente y armónica.
"Me gusta investigar nuevas ontologías que nos ayuden como humanidad en este contexto de crisis civilizatoria. Los libros son puentes con la intención de maravillarnos, despertarnos y convocarnos. Volver a vernos y transformar lo que consideramos que no está aportando, para ir hacia un camino más armónico con nosotros y con el contexto. Generar vida".
La biblioteca funciona en el Arboretum Lussich, en Maldonado, y también cuenta con una versión en línea dedicada a la circulación de libros de segunda mano.
Ana Lía se mudó desde Montevideo a Piriápolis para estar más cerca de la naturaleza.
"Somos naturaleza y parte de este ecosistema. Si cuido de la naturaleza, también me cuido". Además de dirigir La Biblioteca Azul, integra los colectivos Antropología Visual y Antropólogas de la Comarca de los Cerros y el Mar, desde donde impulsa proyectos educativos y culturales vinculados al territorio. Uno de ellos es Memorias del Mar y Cartografía Sensible, una iniciativa que propone caminar, observar y escuchar el paisaje desde nuevas preguntas. Poner la vida en el centro quizás empiece por algo tan simple como volver a prestarle atención.
Para saber más visita la cuenta de Instagram: @la.biblioteca.azul
Aprender a mirar de nuevo
Por Joaquín Chiozza Logroño
MI RECORRIDO COMO
VETERINARIO, INVESTIGADOR
Y FACILITADOR DE PROCESOS
AGROECOLÓGICOS ME
LLEVÓ A DESCUBRIR QUE LA TRANSFORMACIÓN COMIENZA
CUANDO APRENDEMOS A OBSERVAR LOS SISTEMAS —Y A NOSOTROS MISMOS— DE UNA MANERA DIFERENTE.
Mi vínculo con el campo comenzó mucho antes de que pudiera explicarlo. Fue en el campo de mis abuelos, donde conocí una forma de vida marcada por otros tiempos, otros ritmos y una manera particular de observar el mundo. Aunque elegí ese camino desde muy joven, me llevó años volver a él con plena conciencia. Me recibí de veterinario y me especialicé en producción lechera. Durante años trabajé en tambos de la cuenca Mar y Sierra y desarrollé un doctorado enfocado en bienestar animal y eficiencia productiva. La investigación me acercó al conocimiento científico, pero también a preguntas más profundas sobre los sistemas productivos y su impacto en animales, personas y territorios. Mi acercamiento a la sostenibilidad no fue resultado de una revelación, sino de una acumulación de experiencias y preguntas. Con el tiempo encontré en la agroecología un marco capaz de integrar dimensiones productivas, ambientales y sociales que hasta entonces aparecían fragmentadas. Ese recorrido me llevó a participar en procesos de transición agroecológica y a cambiar la pregunta que guiaba mi trabajo: dejar de pensar únicamente en cómo optimizar un sistema para preguntarme si ese sistema era realmente el más adecuado.
Hoy trabajo acompañando procesos de transformación en distintos contextos rurales. Observo, escucho y busco traducir la complejidad de los sistemas productivos para facilitar cambios posibles y sostenibles. Creo que las transiciones no se imponen; se construyen junto a quienes habitan y trabajan la tierra.
Ese camino tomó forma en QiTerra, una iniciativa que reúne experiencias, aprendizajes y herramientas orientadas a promover modelos regenerativos. También en La Reserva, un campo demostrativo donde experimento prácticas vinculadas a la regeneración de suelos, la producción agroecológica, la elaboración de bioinsumos y el manejo integrado de distintos sistemas productivos. La fotografía apareció como una extensión natural de esa misma mirada. Una forma de registrar aquello que suele pasar desapercibido y de ejercitar la observación, una herramienta central tanto para comprender un paisaje como para acompañar procesos de cambio. Sigo creyendo que detrás de cada sistema existe una lógica que puede comprenderse si uno se toma el tiempo de mirar con atención. Mi trabajo no busca imponer respuestas, sino ayudar a construirlas. Porque regenerar también implica aprender a observar de nuevo. Para conocer más sobre La Reserva y sus experiencias de regeneración productiva, seguí su trabajo en Instagram: @campo.lareserva
En Cáritas Uruguaya trabajamos hace 60 años en iniciativas sociales por la promoción de la dignidad humana.
Actualmente y además del acompañamiento a personas privadas de libertad, prevención de adicciones y convivencia, trabajamos en el área de ecología integral.
Entendemos que las cuestiones medioambientales atraviesan lo social y son parte una misma crisis y sólo si transformamos nuestras maneras de habitar el mundo, nuestros estilos de vida, nuestra relación con los recursos de la tierra y, en general, nuestra forma de ver al ser humano y de vivir la vida, es que podremos realizar una conversión integral que evite la depredación de nuestra casa común, el planeta Tierra.
Acciones:
Impulsamos y acompañamos huertas comunitarias y otras experiencias en territorio.
Promovemos la incorporación de hábitos cotidianos de cuidado.
Animamos y promovemos la concientización y visibilización de la temática a través de acciones de comunicación y actividades organizadas en red con otros actores de la sociedad civil, iglesias y grupos académicos, buscando generar movilización e incidencia
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