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El silencio que se esconde a travéz de una pantalla.

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El silencio que se esconde a través de una pantalla

Para iniciar, es fundamental desglosar la tesis propuesta por el Ministerio de Educación de Colombia en su comunicado "El ciberacoso, una amenaza que debemos reconocer y enfrentar". La premisa central del Ministerio no se limita a definir el fenómeno, sino que plantea una tesis de carácter sociológico: el ciberacoso persiste porque la sociedad ha normalizado la violencia digital bajo el estigma de ser "cosas de niños". A juicio del autor institucional, la invisibilidad que proporcionan las pantallas no solo protege al agresor, sino que insensibiliza al espectador. Por consiguiente, el Ministerio sostiene que la solución primaria no es tecnológica, sino comunicativa, fundamentada en la detección temprana y en la ruptura del silencio cómplice en el entorno familiar.

En cuanto a la dimensión jurídica y técnica, la Secretaría de Seguridad de Bogotá presenta una tesis complementaria, pero de naturaleza distinta en su informe "Conozca qué es el cyberbullying y cómo denunciar". Mientras que el Ministerio se enfoca en la prevención escolar, la Secretaría defiende la tesis de que el ciberacoso debe ser tratado como una conducta delictiva cuando trasciende la convivencia básica. Su postura es clara: el entorno digital es un espacio de derecho donde acciones como la injuria y la calumnia tienen consecuencias penales reales. De ahí que su argumento principal gire en torno al

empoderamiento de la víctima a través de la "evidencia digital". Para este autor, la justicia solo es posible si se rompe la impunidad mediante el registro técnico de la agresión (capturas de pantalla y URLs).

Asimismo, es pertinente integrar la perspectiva de la guía de Save the Children, "Yo a eso no juego". Su tesis central se aleja del castigo punitivo para centrarse en una tesis de acompañamiento emocional. La organización sostiene que el papel de los padres no debe ser el de "jueces o policías digitales", sino el de referentes de seguridad. En efecto, Save the Children advierte que medidas restrictivas, como retirar el acceso a internet tras una denuncia, suelen ser contraproducentes, ya que revictimizan al menor y cortan los canales de confianza necesarios para gestionar la crisis.

Por otra parte, al contrastar estas tres fuentes, se hace evidente una tensión necesaria: por un lado, la necesidad de educar en la empatía (Ministerio y Save the Children) y, por otro lado, la urgencia de aplicar la ley cuando la integridad está en riesgo (Secretaría de Seguridad). En definitiva, las tesis de estos autores convergen en un punto crítico: el ciberacoso no es un problema individual de la víctima, sino un fallo sistémico en la supervisión adulta y en la ética ciudadana digital.

El Ministerio de Educación de Colombia

publicó un comunicado en abril de 2025 donde dice textualmente: "En el Sistema de Información Unificado de Convivencia

Escolar (SIUCE) se han reportado en el módulo de convivencia escolar - ciberacoso, más de 1080 casos de agresión a través de las redes sociales, entre 2020 y marzo de 2025".

Para mí, esta cifra es alarmante pero incompleta. Yo creo que hay muchos más casos que nunca se reportan porque nosotros, los jóvenes, a veces callamos por miedo o por vergüenza. Siento que detrás de cada número hay una historia de dolor que no se está contando.

En este sentido, Save the Children, en su guía "Yo a eso no juego" del año 2017, presenta un dato impactante. En la página 4 dice textualmente: "uno de cada diez alumnos afirma ser víctima de acoso y un 7% dice sufriracosoatravésdeInternetoelmóvilen nuestropaís".

Opino que estas cifras no son lejanas. Yo creo que todos conocemos a alguien que ha pasado por esto, o tal vez nosotros mismos lo hemos vivido. Por eso, me parece grave que a veces lo normalicemos como si fuera parte de tener redes sociales, cuando en realidad no debería ser así.

En este contexto, en la página 10 de la misma guía, explican una diferencia clave entre el

acoso tradicional y el ciberacoso. Dicen textualmente: "La duración... puede mantenersesinlímitesenelespacioytiempo: 24 horas, 7 días a la semana". También señalan que "la humillación... puede darse anteunnúmeroincontrolabledepersonas". Precisamente, yo considero que esto es lo más terrible del ciberacoso. Siento que antes uno llegaba a casa y descansaba, pero ahora el celular es como una puerta que siempre está abierta para que entre el daño. Para mí, eso significa que la víctima no tiene un lugar seguro, ni siquiera en su propia habitación.

Como consecuencia de esta exposición constante, en esa misma página, Save the Children describe las consecuencias emocionales que sufre la víctima: "pérdidade controldesuidentidaddigital,sentimientode socavamiento de su intimidad y privacidad y sentimiento de sobreexposición humillante e incontrolable".

Frente a esto, yo creo que los adultos no entienden lo profundo que es esto. Cuando me pongo a pensar, me doy cuenta de que no es solo que te insulten, es que sientes que perdiste el control de quién eres. Opino que decir "apaga el celular" es una solución muy simple para un problema muy complejo.

En esa misma línea, el Ministerio de Educación, en la página 2 de su comunicado, también habla de las consecuencias y menciona: "Secuelas como ansiedad,

depresión, aislamiento social y bajo rendimiento académico son las que enfrentan quieneshansidoobjetodeestaagresión".

Para mí, esto es algo que muchos profesores y padres no logran conectar. Yo creo que cuando ven que bajamos las notas o que estamos más callados, no piensan que puede ser por lo que pasa en las redes. Siento que necesitamos que los adultos aprendan a leer esas señales.

Por otro lado, algo que me indigna mucho es lo que Save the Children dice sobre los mitos que hay alrededor del acoso. En la página 13 dicen textualmente: "Hemosvividounaépoca en la que oíamos: Son cosas de niños, es mejor no meterse, tienen que aprender a resolverlo solos. Esto siempre ha ocurrido y nopasanada".

Y acto seguido, en la página 14 agregan algo muy importante sobre el concepto de "chivarse": "debemos desterrar definitivamente el concepto de chivarse tan instaurado en nuestra cultura. Comunicar una situación de violencia no es chivarse, es asumir que la violencia no es tolerable y solicitarayuda".

Opino que esto es una de las cosas más injustas que existen. Yo me pregunto: ¿por qué el que pide ayuda es el "sapo" y el que agrede no es el señalado? Siento que tenemos que cambiar esa mentalidad urgente. Para mí, denunciar no es de chivatos, es de valientes.

En cuanto al papel de quienes observan estas situaciones, En la página 11, la guía de Save the Children habla de los testigos y los clasifica en tres tipos. Dice textualmente: "Los testigos. También llamados espectadores u observadores. Pueden tener diferentes comportamientos: – Pueden ejercer una acción facilitadora del acoso, reforzando el comportamiento de los agresores. – Puedensertestigospasivosdelo que ocurre. No intervienen y muestran una actitud esquiva: “esto no es asunto mío”. –Testigos activos que intervienen ayudando a la víctima y deteniendo las agresiones o comunicando su existencia a personas responsables".

Cuando leí esto, yo me quedé pensando: ¿qué tipo de testigo soy? La verdad, creo que a veces somos pasivos por miedo. Pero opino que si todos los que vemos una injusticia hiciéramos algo, por pequeño que sea, el acosador perdería su poder. Yo quiero ser un testigo activo.

Afortunadamente, tanto el Ministerio como Save the Children coinciden en que la solución es de todos. El Ministerio, en la página 2 de su comunicado, dice: "combatir el ciberacoso requiere un esfuerzo conjunto entre familias, instituciones educativas, plataformas digitales y la sociedad en general".

En la misma dirección, Save the Children, en la página 20, afirma:

"Es nuestra responsabilidad trasmitir valores que acerquen a nuestros hijos a posiciones y maneras de relacionarse basadas en la empatía, la escucha activa, el apoyo, la bondad y la interacción social comprometida".

Yo opino que ellos tienen razón, pero en la práctica no veo que eso pase. Siento que muchos padres no saben qué redes usamos, los colegios se quedan en el "ya hablamos" y no hacen seguimiento. Para mí, hace falta más acción real y menos palabras bonitas.

Precisamente para pasar a la acción, Save the Children da recomendaciones muy concretas para cuando un hijo es víctima. En la página 23 dicen: "Escucharle y creerle. Prestar atención a lo que me está contando sin opinar o juzgar. Demostrarle que tiene nuestroapoyoincondicional".

Y a continuación, en la página 24, agregan: "Reforzar la idea de que él o ella no merece estarsufriendoesasituación".

Yo creo que esto es lo más importante que un adulto puede hacer. Porque a veces uno siente que hasta los papás lo juzgan a uno. Me parece que, si un joven se siente escuchado y no juzgado, va a tener la confianza para pedir ayuda. Siento que eso puede hacer toda la diferencia.

Por último, el Ministerio, en la página 3 de su comunicado, propone algo: "Construir una cultura de respeto en la red" y "entender que las palabras tienen poder y estas tienen un impacto y repercusiones realesenlavidadelaspersonas".

Para mí, esta debería ser la meta. Yo opino que a veces escribimos cosas sin pensar, compartimos memes hirientes, nos burlamos "en chiste", pero detrás de esa pantalla hay una persona real. Creo firmemente que, si todos fuéramos más conscientes del poder de nuestras palabras, el mundo digital sería más seguro.

D

espués de analizar las cifras presentadas por el Ministerio de Educación y los aportes de Save the Children, llego a una conclusión más profunda: el ciberacoso no es únicamente un problema tecnológico ni una consecuencia inevitable del uso de las redes sociales, sino, una forma de violencia que se sostiene en el silencio, el miedo y la indiferencia colectiva. Las estadísticas evidencian que no se trata de casos aislados, sino de una realidad constante que afecta la salud emocional, el rendimiento académico y la identidad de muchos jóvenes. A lo largo del desarrollo del ensayo comprendí que el ciberacoso tiene características que lo hacen especialmente dañino: no tiene horarios, no se limita a un espacio físico y puede amplificarse ante una audiencia incontrolable. Esta permanencia en el tiempo y en el entorno digital convierte el hogar, que antes era un refugio, en un escenario más de agresión. Por ello, minimizar la situación con frases como “apaga el celular” no responde a la complejidad del problema, ya que, el daño no desaparece cuando se desconecta la pantalla; permanece en la mente y en las emociones de quien lo sufre. Asimismo, las consecuencias señaladas ansiedad, depresión, aislamiento y bajo rendimiento académico no deben entenderse como efectos secundarios menores, sino como señales de alerta que requieren atención inmediata. Muchas veces, los adultos no logran relacionar estos cambios

con lo que ocurre en el entorno digital, lo que prolonga el sufrimiento de la víctima. En este sentido, se hace evidente la necesidad de fortalecer la comunicación entre estudiantes, familias e instituciones educativas, promoviendo espacios seguros donde se pueda hablar sin temor a ser juzgado.

Otro aspecto clave es la transformación cultural que se necesita frente a los mitos que rodean el acoso. Además, el papel de los testigos resulta determinante: permanecer pasivo contribuye a que la agresión continúe, mientras que intervenir o informar puede marcar la diferencia en la vida de alguien que está sufriendo.

Finalmente, coincido con ambas fuentes en que la solución no depende de un solo actor. Construir una cultura de respeto en la red exige un compromiso conjunto: familias que escuchen y acompañen sin juzgar, instituciones que apliquen protocolos reales y efectivos, plataformas digitales responsables, y jóvenes conscientes del impacto de sus palabras. Entender que detrás de cada perfil hay una persona con emociones reales es el primer paso para transformar la manera en que nos relacionamos en línea.

En conclusión, el silencio no protege a la víctima; por el contrario, fortalece al agresor. Romper ese silencio, denunciar, acompañar y educar en empatía son acciones fundamentales para prevenir y combatir el ciberacoso.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Ministerio de Educación de Colombia. (2025, 1 de abril)

Allué Escur, S., Carmona Durán, A., Mira, M., & Velázquez Lemus, P. (2017). Yo a eso no juego: guía de actuación frente al acoso y el ciberacoso para padres y madres (E. Tort Bodro & P. García Berrocal, Coords.). Madrid: Save the Children España.

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