Y RESILIENCIA

||WOMEN IN SUSTAINABILITY


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||WOMEN IN SUSTAINABILITY


Estimados lectores de Greentology,
Las ciudades han dejado de ser únicamente espacios de concentración humana para convertirse en sistemas complejos que exigen nuevas formas de entender su funcionamiento. El crecimiento urbano, lejos de desacelerarse, continúa marcando el ritmo de transformación global y obliga a replantear cómo se diseñan, gestionan y habitan los territorios.
Hablar de ciudades inteligentes ya no significa hablar exclusivamente de tecnología. Durante años, la narrativa se centró en sensores, conectividad o automatización, pero hoy el eje se desplaza hacia algo más profundo: la capacidad de las ciudades para responder a las necesidades reales de quienes las habitan. La inteligencia urbana no se mide en infraestructura digital, sino en la forma en que se traduce en bienestar, inclusión y calidad de vida.
Este cambio de enfoque redefine el concepto mismo de desarrollo. Las ciudades más avanzadas no son necesariamente las más digitalizadas, sino aquellas que han logrado articular soluciones integrales frente a problemas concretos como la movilidad, la seguridad o el acceso a servicios básicos. La tecnología, en este sentido, deja de ser un fin para convertirse en una herramienta al servicio de la sociedad.
Sin embargo, la transición hacia modelos urbanos más inteligentes no ocurre de manera uniforme. Existen brechas evidentes entre regiones, tanto en capacidades tecnológicas como en estructuras de gobernanza. Mientras algunas ciudades avanzan hacia esquemas de planificación integral, otras enfrentan limitaciones presupuestarias, fragmentación institucional y resistencia social frente al cambio.
En América Latina, este desafío adquiere matices particulares. Las ciudades no solo deben adaptarse al crecimiento, sino también resolver rezagos históricos. En ese equilibrio entre modernización y atención de necesidades básicas se juega gran parte del futuro urbano de la región. México, en particular, refleja esta dualidad: avances significativos en ciertas ciudades conviven con retos estructurales que aún impiden consolidar un modelo verdaderamente integral.
La construcción de ciudades inteligentes es, en esencia, un proceso continuo. No existe un punto de llegada definitivo, sino una evolución constante que depende de la coordinación entre gobiernos, sector privado y ciudadanía. Sin esa articulación, cualquier esfuerzo se diluye.
Pensar en el futuro de las ciudades implica, entonces, asumir una responsabilidad compartida. La inteligencia urbana no se instala: se construye. Y en esa construcción, escuchar —a las personas, a los territorios, a sus desigualdades— se convierte en el punto de partida indispensable.

Estimados lectores,
El futuro urbano no puede entenderse de manera aislada. Las ciudades, por más avanzadas que sean, dependen de los territorios que las sostienen: ecosistemas, comunidades, cadenas productivas y sistemas energéticos que operan muchas veces fuera del radar cotidiano. Por eso, en esta edición, el tema de ciudades y territorios inteligentes no se aborda como una aspiración tecnológica, sino como parte de una conversación más amplia sobre cómo habitamos y transformamos nuestro entorno.
El desarrollo de sistemas urbanos más eficientes, conectados y sostenibles es una necesidad urgente. Pero esa evolución solo tiene sentido si se traduce en beneficios reales para las personas. La discusión ya no pasa por cuántos datos se pueden recolectar o cuántos dispositivos pueden instalarse, sino por la capacidad de responder a problemas estructurales con soluciones que integren lo social, lo ambiental y lo económico.
Esa misma lógica atraviesa otros temas que abordamos en esta edición. La economía circular, por ejemplo, deja de ser un concepto aspiracional para avanzar hacia marcos regulatorios concretos como la Ley General de Economía Circular que se aborda en una de nuestras columnas, que busca replantear la relación entre producción, consumo y residuos. El reto no es menor: implica rediseñar sistemas completos.
Asimismo, la conservación y restauración de ecosistemas recuerda que el territorio no es un recurso inagotable. Los bosques, esenciales para el equilibrio climático y la biodiversidad, requieren estrategias que no solo recuperen cobertura vegetal, sino que integren justicia social y reduzcan brechas históricas, particularmente de género. Algo similar ocurre con las chinampas, sistemas que sintetizan conocimiento ancestral y sostenibilidad. Más que una técnica agrícola, representan una forma de relación con la tierra que hoy enfrenta riesgos, pero también abre oportunidades para regenerar vínculos entre producción, comunidad y naturaleza; por ello esperamos que disfruten de las columnas dedicadas a estas dos temáticas.
La transición energética también aparece como un componente clave de este entramado. El acceso a energía en el sector industrial, impulsado por alianzas entre actores públicos y privados, evidencia cómo la tecnología —en este caso, el almacenamiento y la generación distribuida— puede convertirse en un habilitador de competitividad y sostenibilidad al mismo tiempo. Una cobertura que involucra a ErgoSolar y Huawei.
Pero ningún análisis del territorio estaría completo sin reconocer las fracturas sociales que lo atraviesan. La realidad de las madres buscadoras en México, abordada desde el arte y la memoria, expone una dimensión que no puede quedar fuera de la conversación: la urgencia de construir entornos donde la dignidad y la justicia también sean parte del diseño social. Esto también lo retratamos en esta edición.
Así, este nuevo número propone, en suma, una mirada integrada. Las ciudades del futuro no se definen únicamente por su infraestructura o su conectividad, sino por su capacidad de articular todos estos elementos: tecnología, naturaleza, economía y sociedad. Porque al final, el verdadero indicador de progreso no está en qué tan inteligentes son nuestras ciudades, sino en qué tan capaces somos de construir territorios donde vivir sea, realmente, posible.
Juan Carlos Chávez

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Greentology®️ Número 48 Abril 2026. Es una publicación mensual de Smart Media Group. Editada y publicada por Smart Media Group Connecting Brands SA de CV®️. Oficinas Generales: Tuxpan 57, Col Roma Sur, Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México. C.P. 06760. Teléfono: +52 (55) 2870 3374. greentology.life contacto@smartmediagroup.lat. Editor responsable: Rosa Arlene Muñoz Vilchis. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo número 04-2022-070111205200-102 de fecha 1 de julio de 2022 otorgado por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, ISSN: en trámite el Instituto Nacional del Derecho de Autor, Licitud de Título y Contenido: en trámite ante la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación, permiso SEPOMEX: en trámite. Productos y Servicios Técnicos Hernández, S.A. de C.V. RFC: PST090722N98. Dirección fiscal: Morelos no. 48 Col. Peñón de los Baños, Alcaldía Venustiano Carranza. C.P. 15520, México, CDMX. Estas edición se terminó de imprimir el 18 de marzo de 2026, con un tiraje de 150 ejemplares.
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Roza-tumba-quema. Lo que el campo nos está diciendo
Aranzazú Zacarías de Sostenibilidad Activa analiza la práctica de la roza-tumbaquema como una técnica agrícola tradicional que, aunque no es la principal causa de la contaminación, sí contribuye a la mala calidad del aire en contextos críticos.
10
La infraestructura inteligente en Latinoamérica abre el camino hacia la modernización en México
Guillermo Hamdan Hernández de Honeywell expone cómo la infraestructura inteligente ya está transformando edificios clave en Latinoamérica mediante la integración tecnológica para mejorar eficiencia, seguridad y operación.
14
Trascender con sentido: el desafío de las empresas sostenibles
Traemos la selección mensual de contenidos de Lid Editorial Mexicana.

Ciudades y Territorios: Sistemas Urbanos para la Sociedad del Futuro
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No todo es un “sí”… y ahí empieza justamente el control del estrés. Ojo, no te estreses tú solo
El especialista Gerardo Tenahua aborda cómo la incapacidad de decir “no” en el trabajo genera sobrecarga, estrés y desgaste emocional, más allá de las propias tareas laborales.
Analizamos la evolución de las ciudades inteligentes en nuestra portada de abril, destacando que han pasado de un enfoque tecnológico a uno centrado en las personas y el bienestar colectivo. También aborda las brechas, retos estructurales y avances en México y Latinoamérica; subrayando que su desarrollo depende de la articulación entre gobierno, sector privado y ciudadanía.

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Huawei y ErgoSolar apuestan por Puebla: alianza públicoprivada busca transformar el acceso a energía en la industria Una alianza entre empresas y gobierno en Puebla para impulsar energías renovables mediante almacenamiento y generación distribuida, con el objetivo de reducir costos y mejorar el acceso a la electricidad.
52
La sostenibilidad también se mueve: repensar la logística en un entorno cambiante
Bertha Martínez Cisneros, profesora-investigadora en CETYS Universidad, plantea que la sostenibilidad ha dejado de ser un elemento secundario en la logística para convertirse en un factor estratégico que garantiza la continuidad operativa frente a disrupciones climáticas y globales.
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Restaurando bosques, cerrando brechas
Emilia Amezcua, investigadora en temas de movilidad y calidad del aire; y José R. Morales de ICM reflexiona sobre la importancia de los bosques en la crisis climática y destaca la restauración como una acción clave para su recuperación.
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Lo que una chinampa nos enseña sobre regenerar, producir y permanecer
Adriana Nava de Ríos Tarango A.C. aborda la crisis que enfrentan las chinampas en Xochimilco, no solo como sistemas agrícolas, sino como formas de vida en riesgo por factores ambientales, económicos y sociales.
Economía circular: la ley es un primer paso
Gerardo Pedra, fundador de la Iniciativa Recicla Unicel, escribe sobre la Ley General de Economía Circular.
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“Ni Una Más”: el arte como memoria y resistencia frente a la violencia machista en México. El arte se convierte en una herramienta de memoria, denuncia y resistencia frente a la violencia machista en México, a través del documental Ni Una Más y testimonios de víctimas y activistas. También visibiliza la impunidad estructural y plantea la necesidad de sensibilización social y acción colectiva para enfrentar esta problemática. Texto de Aranza Bustamante.
66
¿Cansancio o madurez en la era del ESG?
Fátima Cecilia Jiménez Cardiel escribe sobre el aparente “cansancio” en torno al ESG, señalando que más que un retroceso, existe una transición hacia un enfoque más técnico y menos discursivo.
72 Cartas al editor


Por: Aranzazú Zacarías Guevara Socia fundadora en Sostenibilidad Activa @aranzazuzg

Por estas fechas basta tomar la carretera —en Puebla, en el Valle de México o en casi cualquier zona agrícola del país— para encontrarse con lo mismo: columnas de humo dispersas en el paisaje. No son incendios accidentales. Son fuegos provocados, controlados, casi rituales.
Son parte de una práctica conocida como roza-quema.
La roza-quema —o roza, tumba y quema— es una técnica agrícola tradicional que consiste en limpiar terrenos mediante el corte de vegetación y su posterior quema, con el objetivo de preparar la tierra para la siembra. Durante muchos años, ha sido una forma accesible de manejo del suelo: rápida, barata y efectiva en contextos donde no hay maquinaria ni infraestructura suficiente. Su temporalidad no es casual. Se realiza justo en los meses más secos y calurosos del año, antes del inicio de la temporada de lluvias. Es decir, cuando hay mayor acumulación de biomasa seca, menor humedad en el ambiente y mayor riesgo de propagación del fuego.
Y también —no menor— cuando las condiciones atmosféricas en regiones como el Valle de México son más críticas.

En estos meses se activan con mayor frecuencia las contingencias ambientales, producto de la combinación de emisiones, condiciones meteorológicas y acumulación de contaminantes. Para fines prácticos, acotemos el análisis a esta región: una cuenca cerrada, con alta concentración de población, vehículos e industria.
Es importante decirlo con precisión: la roza-quema no es, por sí sola, la causa de las contingencias ambientales.
Sería simplista —e incorrecto— atribuirle ese peso cuando convivimos con fuentes de emisión mucho más intensivas, como:
• El parque vehicular creciente en la zona metropolitana
• Los corredores industriales al norte del Valle
• La generación energética basada en combustibles fósiles
Pero eso no la vuelve irrelevante.
La quema de biomasa libera material particulado y gases contaminantes que, en contextos de alta concentración atmosférica, sí contribuyen al deterioro de la calidad del aire. Y, sobre todo, revela algo más profundo: una práctica que persiste sin haberse actualizado frente a nuevas condiciones ambientales.

Ahí está el punto incómodo. La roza-quema no es el problema en sí misma. Es el síntoma. Es el reflejo de un campo que no ha sido modernizado, que no ha recibido la inversión, la infraestructura ni el acompañamiento técnico necesario para transitar hacia prácticas más eficientes y sostenibles. Es la evidencia de que el campo sigue operando bajo lógicas que fueron funcionales en otro contexto climático, en otra escala poblacional, en otro equilibrio ambiental.
Hoy, esas condiciones ya no existen. Sin embargo, la práctica continúa. No por elección, sino por falta de alternativas.
Porque cuestionar la roza-quema sin cuestionar el abandono estructural del campo es quedarse en la superficie. Es pedirle a quienes trabajan la tierra que cambien sin haber cambiado primero las condiciones en las que lo hacen.
Y eso también es una forma de desigualdad.
El campo en México no está siendo tratado como un vehículo de transformación social. Está siendo administrado como un sector rezagado que resuelve como puede, con las herramientas que tiene. Y esas herramientas, muchas veces, ya no son compatibles con los desafíos ambientales actuales.
Aquí es donde la conversación debería cambiar. No se trata de prohibir sin más.
Se trata de invertir distinto.
Invertir en:
• Mecanización accesible
• Manejo de residuos agrícolas sin quema
• Asistencia técnica
• Financiamiento rural
• Infraestructura que permita otras formas de preparar la tierra
Porque cuando el campo tiene alternativas, elige distinto. Y cuando no las tiene, repite lo que siempre ha funcionado, aunque hoy tenga costos más altos.
El humo que vemos en la carretera no es solo el resultado de una práctica agrícola. Es el reflejo de un sistema que ha normalizado operar con lo mínimo en uno de los sectores más estratégicos del país.
Y mientras sigamos viendo esas columnas de humo como parte del paisaje —sin preguntarnos por qué siguen ahí—, vamos a seguir tratando los síntomas sin atender la causa.




Por: Guillermo Hamdan Hernández
General Manager Building Automation para Honeywell Latinoamérica
La modernización de hospitales, edificios corporativos e inmuebles esenciales avanza a un ritmo sin precedentes en Latinoamérica. En países como Chile, Argentina y Colombia, la integración tecnológica ya no es un plan a futuro: es una realidad que está transformando la forma en que operan las instalaciones críticas. Desde hospitales hasta campus corporativos, la región está adoptando sistemas que unifican climatización, seguridad, energía y operaciones en plataformas inteligentes que incrementan la eficiencia, refuerzan la seguridad y garantizan la continuidad operativa.
Esta evolución no es casualidad. Está impulsada por necesidades concretas: reducir costos energéticos, responder con mayor rapidez ante incidentes y asegurar que los edificios más importantes puedan operar sin interrupciones. En Honeywell lo vemos con claridad: la infraestructura latinoamericana está entrando en una nueva etapa —más conectada, más inteligente y resiliente— y México tiene una oportunidad significativa para acelerar su propia transformación.
Casos que demuestran el potencial de esta nueva infraestructura
Colombia es un claro ejemplo de lo que sucede cuando se adoptan plataformas unificadas. La sede de Banco de Occidente en Cali redujo su consumo energético total durante el primer año de operación tras integrar sus sistemas técnicos, al mismo tiempo que disminuyó los tiempos de respuesta ante incidentes. Las operaciones se volvieron más ágiles, seguras y eficientes, sin interrumpir las actividades diarias.
En Chile y Argentina, Honeywell participa en proyectos hospitalarios que están sentando las bases de un nuevo estándar en infraestructura de salud. Con sistemas centralizados y capacidades avanzadas de monitoreo y detección, estas instalaciones mejorarán los tiempos de respuesta, optimizarán recursos y elevarán el confort de más de 2 millones de pacientes una vez que estén plenamente operativas. Aunque estos proyectos aún se encuentran en construcción, ya representan un salto cualitativo hacia un sistema de salud pública más resiliente.
Estas experiencias comparten un denominador común: la tecnología integrada genera beneficios concretos, medibles y sostenibles.
México: enorme potencial y un reto urgente
México enfrenta desafíos similares a los de otros países de la región: hospitales públicos con alta demanda, edificios corporativos que buscan mayor eficiencia energética y activos críticos que deben garantizar continuidad operativa en un entorno cada vez más complejo. Estas
necesidades hacen evidente la importancia de evolucionar hacia una infraestructura más integrada e inteligente.
La experiencia regional demuestra que ya existen modelos viables para atender estos retos. Los proyectos desarrollados en Colombia, Chile y Argentina ofrecen rutas claras para fortalecer la resiliencia, mejorar la gestión de recursos y elevar el desempeño operativo en edificios críticos, sin interrumpir sus operaciones.
México cuenta con las condiciones ideales para aprovechar estas lecciones. Adoptar soluciones probadas, adaptarlas al contexto local y avanzar hacia instalaciones más conectadas puede ayudar al país a responder con mayor eficacia ante incidentes, gestionar la energía de manera más eficiente y fortalecer la operación de espacios esenciales con una visión de largo plazo.
Un llamado a acelerar la transformación
Digitalizar hospitales, edificios corporativos y espacios esenciales no es un lujo tecnológico; es un motor de competitividad, resiliencia y seguridad. En Honeywell creemos firmemente en el potencial de México para escalar estos avances y capitalizar lo que ya está funcionando en Latinoamérica.
La infraestructura inteligente no solo hace que un edificio sea más confiable. Protege a las personas que dependen de él, optimiza los recursos nacionales y crea ecosistemas urbanos más seguros y sostenibles.
El camino ya está trazado en Latinoamérica. Ahora México tiene la oportunidad de acelerar—y de liderar.


En un momento en el que la conversación empresarial está cada vez más vinculada a la sostenibilidad, no solo ambiental sino también organizacional y humana, Tu mayor desafío, de Alfonso Urrea, se presenta como una obra particularmente relevante. Más que un libro de gestión es una reflexión profunda sobre lo que implica construir organizaciones capaces de trascender en el tiempo sin perder su esencia.
La premisa central es tan sencilla como poderosa: el mayor reto ya no es crecer más, sino crecer mejor. En un contexto donde la presión por resultados inmediatos puede eclipsar la visión de largo plazo, Urrea invita a detenerse y escuchar ese “murmullo” interno que muchos empresarios reconocen, pero pocos atienden: decisiones postergadas, tensiones no resueltas, dinámicas que funcionan en apariencia, pero que erosionan lentamente la salud de la organización.
Desde la óptica de la sostenibilidad —uno de los ejes de Greentology— este planteamiento resulta especialmente pertinente. Así como los modelos productivos deben evolucionar hacia prácticas responsables con el medio ambiente, las empresas también están llamadas a transitar hacia estructuras más conscientes, éticas y resilientes. En este sentido, el concepto de institucionalización que propone Urrea se convierte en una herramienta clave.
Lejos de asociarla con rigidez o burocracia, el autor la redefine como un acto de cuidado: una forma de generar certezas, proteger el legado y ordenar las relaciones. Institucionalizar, explica, es diseñar acuerdos y sistemas que permitan que la empresa funcione más allá de las personas, evitando que el destino de la organización dependa únicamente del liderazgo individual. Esta visión conecta directamente con los principios de sostenibilidad, donde la permanencia y el equilibrio son fundamentales.
El libro propone tres niveles de institucionalización —patrimonial, empresarial y operativo— que, en conjunto, crean una base sólida para el crecimiento sostenible. Desde asegurar la continuidad del patrimonio hasta implementar sistemas que privilegien el mérito y la objetividad, Urrea plantea una transformación que va de lo emocional a lo estructural, sin perder de vista el componente humano.
Uno de los aportes más valientes de la obra es la exploración de la llamada “paradoja del amor”. En muchas empresas familiares —y, por extensión, en organizaciones donde las relaciones personales son estrechas— el afecto puede convertirse en un obstáculo. Lo que inicia como un acto de confianza o generosidad puede derivar en favoritismos, falta de claridad y, eventualmente, conflictos que impactan tanto en la operación como en el bienestar de las personas.

Por: Alfonso Urrea


Desde una perspectiva de sostenibilidad social, este punto es crucial. Las organizaciones que aspiran a perdurar necesitan construir culturas basadas en la equidad, la transparencia y la responsabilidad compartida. Urrea no propone eliminar el componente emocional, sino gestionarlo con inteligencia: establecer límites claros, definir reglas de entrada y salida, y evitar que las decisiones se tomen desde la deuda afectiva.
La obra también destaca por su enfoque práctico. A través de ejemplos reales, el autor muestra cómo migrar de modelos basados en la intuición hacia sistemas estructurados que permiten tomar decisiones más justas y eficientes. Desde esquemas comerciales hasta evaluaciones de desempeño, la lógica es clara: sustituir la subjetividad por procesos que generen valor y confianza.
Otro de los temas centrales es la sucesión, abordada no como un trámite, sino como un proceso profundamente humano. La figura del “retirado omnipresente” ilustra uno de los mayores riesgos para la continuidad: líderes que, incapaces de soltar, frenan el desarrollo de nuevas generaciones. Frente a ello, Urrea propone el concepto de “coronación”, un acto simbólico y práctico de reconocimiento mutuo que permite una transición más sana y sostenible.
En el fondo, Tu mayor desafío es también un libro sobre liderazgo responsable. Sobre la necesidad de tomar decisiones difíciles a tiempo, de construir estructuras que cuiden tanto el negocio como a las personas, y de entender que la verdadera sostenibilidad no se logra solo con estrategias externas, sino con coherencia interna.
Las ideas fuerza que atraviesan la obra refuerzan esta visión: lo que no se habla termina por manifestarse, el mérito debe ser el principio rector de las decisiones y la estructura es el único camino hacia la permanencia. En un entorno donde la sostenibilidad se ha convertido en un imperativo, estas reflexiones adquieren una dimensión aún más relevante.
La recomendación de figuras como Carlos Slim Domit y Oso Trava subraya el impacto del libro como una guía de madurez empresarial: un paso más allá en la evolución de las organizaciones que buscan profesionalizarse sin perder su humanidad.
Finalmente, la trayectoria de Alfonso Urrea — socio fundador de UB Consultoría Empresarial y asesor de familias empresarias en procesos de institucionalización— respalda una propuesta que combina experiencia, sensibilidad y método. Su enfoque humano, lejos de suavizar el rigor, lo potencia: demuestra que las empresas más sostenibles son aquellas capaces de equilibrar estructura, propósito y relaciones.
En tiempos donde hablar de sostenibilidad implica mucho más que lo ambiental, Tu mayor desafío ofrece una mirada complementaria y necesaria: la sostenibilidad como capacidad de ordenar, evolucionar y trascender desde adentro. Una invitación, en suma, a construir organizaciones que no solo crezcan, sino que perduren con sentido.



Por: Gerardo Tenahua Tenahua Ingeniero industrial experto en Eficiencia Energética
Decir sí a todo suele venir de querer cumplir, agradar o evitar conflictos, pero a la larga te sobrecarga, te desgasta y te hace perder enfoque. El estrés no siempre viene del trabajo en sí, sino de no poner límites
Te ha pasado que, por querer demostrar que eres el mejor, realizas el trabajo de los demás aun sabiendo que veces perciben más salario que tú, y se la viven muy relajadamente.
Con esto no quiero decir que ser muy productivo sea malo, más bien sé productivo en las tareas que a ti te corresponden nada más, y no con esto estarás mostrando egoísmo en ayudar.
Debes tener claro que, ayudar no es hacer el trabajo de alguien más, sino tal ves enseñarle y dejar que cada uno haga lo suyo.
Además, las personas que no consiguen aprender a decir No en el trabajo presentan baja autoestima, soledad emocional, culpabilidad y mayores niveles de ansiedad, tristeza o irritabilidad; lo que puede acabar en ataques de ira o síndrome de burnout.
Por ello, Walter Riso, en ‘El derecho a decir no’, sostiene que “en el proceso de aprender a querernos a nosotros mismos, junto al autoconcepto, la autoimagen, la autoestima y la autoeficacia, hay que abrirle campo a un nuevo auto: el autorrespeto, la ética personal que separa lo negociable de lo no negociable, el punto de no retorno”. Como puntualiza Manuel J. Smith en ‘Cuando digo NO me siento culpable’, decir No sin sentir culpa es uno de los derechos que todos poseemos a la hora de comunicarnos.
Aprender a decir “no” sin culpa no es cuestión de actitud nada más, es una habilidad que se entrena. Y en realidad, no se trata de negar por negar, sino de elegir mejor a qué decir sí.
Te darás cuenta de que tendrás tiempo para comer, para tu familia, tiempo para ti simplemente y disminuirá tu estrés laboral.


Cambia la mentalidad
Decir “no” no te hace egoísta, te hace más responsable. Cada vez que dices “sí” a algo que no puedes o no debes hacer, en realidad estás diciendo:
• “no” a tu tiempo
• “no” a tu energía
• “no” a tus prioridades
Quita la culpa (esto es clave)
La culpa aparece porque piensas:
• “Voy a quedar mal”.
• “Van a pensar que no quiero ayudar”.
Cámbialo por esto:
“Estoy siendo claro con mi capacidad para cumplir bien”
Decir sí a todo no es compromiso… es más bien desorden disfrazado de buena intención.


Frases muy prácticas para decir “no” (sin sonar agresivo)
Aquí no necesitas explicaciones largas. Solo sé claro y firme:
• “En este momento no puedo tomarlo, mil disculpas”.
• “Tengo otras prioridades que atender primero, si no, con todo gusto”.
• “No me es posible ahora, pero puedo apoyarte en otro momento si gustas”.
• “Prefiero no comprometerme si no puedo cumplir como se requiere… tal vez urge”.
Usa el “no inmediato disfrazado”
Si te cuesta decir no directo, usa tiempo a tu favor:
• “Déjame revisarlo y te confirmo por favor”.
• “Voy a validar mi carga de trabajo y te aviso”.
Muchas veces, al evaluar, te das cuenta de que realmente no debes aceptar.
En el entorno laboral Decir “no” bien hecho proyecta:
• Una buena claridad de cómo eres
• Tu profesionalismo
• Como administras el control de prioridades Los CEOs confían más en alguien que administra su carga, que en alguien que acepta todo y son los que logran un ascenso.
Lo que es un favor después se vuelve una obligación, por lo tanto “decir no a tiempo evita problemas después”.



Por: Aranza Bustamante

El pasado 26 de marzo, en Puebla se formalizó una alianza estratégica entre Huawei, ErgoSolar, Corporativo Global Soles y la Agencia de Energía del Estado de Puebla para impulsar la transición hacia energías renovables y atender uno de los principales desafíos del sector: el acceso a energía a costos competitivos.
Como parte de este acuerdo, se ratificó la compra de 15 MWh en baterías de almacenamiento, una decisión que apunta a fortalecer la infraestructura energética en la región y que refleja el paso de la planeación a la ejecución.


Luis Stone, CEO de ErgoSolar, planteó que el acuerdo representa más que una colaboración entre empresas: “El convenio de hoy es la consolidación de una visión compartida. En pocas palabras es traer y desarrollar la mejor tecnología del mundo para las empresas que fabrican cosas en México”, explicó.
Fundada en 2010, ErgoSolar es una empresa líder en México especializada en el desarrollo, diseño, financiamiento y construcción de proyectos de energía solar fotovoltaica para los sectores industrial y comercial. En entrevista, Stone resumió el alcance del acuerdo como “la puerta a la mejor tecnología del mundo con financiamiento que busca rentabilidad en las empresas”. Uno de los ejes centrales del modelo, detalló, es eliminar las barreras de entrada para pequeñas y medianas empresas. A diferencia de esquemas tradicionales que requieren inversiones elevadas, ErgoSolar financia, instala y opera los sistemas, permitiendo a empresas con consumos superiores a 20 mil pesos mensuales acceder a descuentos de hasta 40% en su tarifa eléctrica.

“La tecnología solar hace patria al reducir la dependencia de hidrocarburos”, afirmó Stone, al señalar que este enfoque no solo mejora la competitividad empresarial, sino que también reduce la dependencia energética del país.
Ese enfoque, centrado en el acceso, se inserta en un contexto energético más amplio. Durante la firma del acuerdo, Gonzalo Gómez, gerente de desarrollo de negocio de Huawei Digital Power México, advirtió que el crecimiento acelerado de sectores como el automotriz y textil ha incrementado la presión sobre el suministro eléctrico.
“¿Qué es lo que estamos viendo en Puebla? Justamente este crecimiento acelerado de la industria. Todos los industriales están teniendo cada día un gran reto, que es el acceso a la electricidad y el costo energético. […]. Vemos año con año un incremento que supera la inflación. Y en muchos casos ya no es viable tener acceso a electricidad”, señaló.
Ante este panorama, Gómez explicó que la apuesta se centra en soluciones de generación distribuida y almacenamiento energético que permitan a las empresas ganar independencia frente a la red eléctrica, con ahorros de hasta 50% al combinar sistemas fotovoltaicos (20%) y baterías (30%).
En entrevista, también subrayó la rapidez de implementación como un factor clave: “La tecnología de Huawei trabaja de una manera bastante amigable con lo que pudiera hacer este tipo de industrias […] la implementación aproximada de un proyecto de este tipo es de tres meses”, detalló.
Además, indicó que la estrategia se basa en el trabajo conjunto con aliados locales para escalar estos modelos en distintas regiones del país. “El compromiso que tenemos es seguir desarrollando cada uno de los estados y poder fortalecer la red eléctrica […] Huawei está en México para México”, afirmó.
Almacenamiento: de tendencia a necesidad
Para Stone, el almacenamiento energético ha dejado de ser una solución futura para convertirse en una necesidad inmediata, donde la confiabilidad es clave. El CEO de ErgoSolar destacó que la diferencia está en la operación de los sistemas: “Un día que falle, 15 minutos que falle la batería, estropea el ahorro del mes. Entonces nuestro trabajo es asegurar la calidad”, explicó.
Con tres años de experiencia en instalación de baterías, la empresa asegura contar con la capacidad técnica para escalar este tipo



de proyectos: “Nuestro trabajo es asegurar la calidad y tener sistemas redundantes. Nosotros tenemos la capacidad para hacer tres veces más de lo que estamos planteando”, señaló.
Ese enfoque también se refleja en sus procesos internos: “Estamos en proceso de certificarnos en la norma ISO 9001. Vamos a ser la única empresa del país con esa certificación. Ya por segundo año consecutivo somos Great Place to Work. Creo que la fuerza motriz más importante es la gente. Tenemos una cultura poderosa. Nos llamamos guerreros y guerreras solares”, afirmó.
Desde el gobierno estatal, Héctor Rodolfo Camacho, director de la Agencia de Energía del Estado de Puebla, afirmó que este tipo de alianzas reflejan la confianza en el potencial del estado para consolidarse como referente energético y tecnológico.
El funcionario destacó que la estrategia se basa en el concepto de “justicia energética”,
que combina proyectos de gran escala con iniciativas para ampliar el acceso a energía en comunidades y sectores productivos.
Con una proyección de inversiones que podría alcanzar los 100 millones de dólares, de acuerdo con Gonzalo Gómez de Huawei, el acuerdo apunta a detonar infraestructura energética, atraer capital y fortalecer capacidades técnicas en la región.
En conjunto, los participantes coincidieron en que la colaboración entre sector público y privado será clave para acelerar la transición energética, fortalecer la competitividad industrial y avanzar hacia un modelo más sostenible en México.



Cuando se habla de bosques, suele hacerse desde el pasado, desde la elegía: el bosque que desaparece, el bosque que ardió, el bosque que alguna vez estuvo ahí. Ursula K. Le Guin, nunca errada, escribió que el nombre del mundo es bosque. La idea es radical: poco es paisaje, más bien es lo que contiene, organiza y hace posible la vida sobre la tierra.
El 21 de marzo, Día Internacional de los Bosques, es una fecha para recordar e inundar todo espacio de las múltiples razones por las que estos ecosistemas son fundamentales: capturan carbono, regulan el ciclo del agua, protegen la biodiversidad. En otras palabras, sostienen nuestra existencia.
En el contexto de la actual triple crisis planetaria (contaminación, pérdida de biodiversidad y cambio climático) donde los bosques se degradan, y a la vez, son compañeros fundamentales para mitigarla, el camino se bifurca entre la conservación y la restauración. Sin embargo, al poco tiempo ambos caminos convergen, pues estas acciones no ocurren en el vacío ni en espacios aislados, se desarrollan en territorios habitados por comunidades y pueblos que deciden quién y cómo se interactúa con los ecosistemas.
La restauración de los bosques y de otros ecosistemas tiene un papel relevante por su impacto en la agenda de cambio climático y en la conservación de la biodiversidad. México, como parte de sus compromisos de acción climática, incluyó la restauración en la actualización de su Contribución Determinada a Nivel Nacional y, en 2025, publicó el Programa Nacional de Restauración Ambiental. En este renovado impulso y fervor político por restaurar los ecosistemas, es fundamental asegurar que las intervenciones en el territorio no profundicen las brechas históricas asociadas a la desigualdad de género en las comunidades.
En México, entre hombres y mujeres persiste una brecha importante en la titularidad de los derechos agrarios, pues las mujeres poseen apenas el 27.47% de los derechos agrarios. Además, solo el 19.1 % de las unidades de producción agropecuaria están a cargo de mujeres.

Por: Emilia Amezcua
Investigadora en temas de movilidad y calidad del aire


Por: José R. Morales
Gerente de cambio climático y biodiversidad
Ambos de Iniciativa Climática de México (ICM), think tank especializado en impulsar políticas públicas para acelerar la acción climática en el país.
Más allá de datos estadísticos, estas son barreras estructurales: aunque las mujeres participan activamente en la producción de alimentos, en el manejo cotidiano de los recursos naturales y en las labores de restauración en campo, su contribución suele concentrarse en tareas no remuneradas o de bajo reconocimiento. En tanto, los beneficios económicos, el control de los recursos y el liderazgo formal permanecen mayoritariamente en manos de los varones. Cuando las mujeres no poseen la tierra de manera formal, quedan excluidas de incentivos gubernamentales, de apoyos para la restauración y de los espacios de toma de decisiones en ejidos y comunidades.
Tradicionalmente, los proyectos de restauración se han diseñado bajo una supuesta «neutralidad de género», asumiendo que estas acciones benefician por igual a toda la comunidad. La realidad muestra lo contrario, si no se consideran las desigualdades estructurales, las medidas de mitigación corren el riesgo de ampliar las brechas existentes, sobrecargando a las mujeres con trabajo no remunerado y profundizando su ausencia en los espacios de decisión.
Por ello, la restauración forestal debe concebirse como una medida transformadora de género. Esto significa que los proyectos no sólo tienen el potencial

de recuperar ecosistemas por una agenda de carbono o biodiversidad, sino también de transformar las relaciones entre las personas y su vínculo con la naturaleza. Implica reconocer a las mujeres como guardianas de conocimientos sobre las especies en los ecosistemas, y que esos saberes deben formar parte de la base de cualquier intervención.
Lograrlo no será sencillo. Los proyectos deben enfrentarse al menos a dos grandes retos. El primero es la desigualdad estructural, muchas mujeres trabajan parcelas que no están a su nombre y, por lo tanto, no pueden acceder a los beneficios económicos de la restauración. El segundo reto es la necesidad de incorporar presupuestos y mecanismos específicos con perspectiva de género en una medida que, por sí misma, ya resulta costosa de implementar de manera efectiva. Sin embargo, cuando las mujeres cuentan con autonomía económica y liderazgo técnico, la supervivencia y biodiversidad de las especies plantadas aumenta y la cohesión social se fortalece.

Restaurar un ecosistema es un acto de justicia, en el cual se devuelve la vida a la tierra y, al mismo tiempo, se cuestionan las relaciones de poder que llevaron a su degradación, se recuperan saberes y procesos de memoria que ponen en el centro el cuidado del territorio, e integra a las mujeres rurales en la acción climática. Es importante recordar que la acción climática no es solo una cuestión de CO₂, sino también de derechos humanos. Las medidas que se implementen no deben —y no pueden— profundizar las desigualdades existentes en el territorio.
Integrar la perspectiva de género en la

restauración forestal es una condición necesaria para enfrentar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo, pues necesitamos que todas las vidas, humanas y no humanas, participen en la reimaginación y reelaboración de nuestro sistema planetario.
El nombre del mundo es bosque porque ahí, entre robles, cedros y el canto de todas las aves, es posible encontrar relatos de cómo deberíamos ordenarnos para que la tierra y sus ciclos no nos sean ajenos. Que este 21 de marzo sea un punto de partida para que los bosques no sólo cuenten por sus árboles, sino también por su igualdad y justicia social.



Por: Adriana Nava
Coordinadora de regeneración de ecosistemas en Ríos Tarango A.C.


En el sur de la Ciudad de México, donde sobreviven los últimos rastros del antiguo sistema lacustre del Valle de México, las chinampas siguen siendo mucho más que parcelas agrícolas. Son una forma de entender un territorio: sistemas vivos que conectan agua, suelo, biodiversidad y cultura. Y que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. Sin embargo, hoy muchas de ellas atraviesan una crisis silenciosa que no siempre se ve, pero que se siente en cada cosecha.
Suelos agotados, agua contaminada y una producción cada vez más incierta han ido debilitando su viabilidad. Pero hay algo más profundo ocurriendo: la pérdida progresiva de la chinampería como forma de vida.
Durante años, las condiciones adversas han empujado a muchos chinamperos/as a tomar decisiones difíciles. Cuando la tierra deja de ser productiva y los costos aumentan, sostener una chinampa deja de ser rentable. A esto se suma la falta de acceso a mercados justos, la competencia con productos industriales y el poco reconocimiento al valor ambiental de estos sistemas.
El resultado es claro: cada vez más productores optan por abandonar sus chinampas o migrar hacia otras actividades económicas fuera del ecosistema. En ese abandono no solo se pierde producción agrícola; se rompe una relación histórica con el territorio. Las chinampas sin manejo se deterioran más rápido, se invaden, se secan o se transforman en espacios improductivos. Es un círculo que se retroalimenta.
Frente a este panorama, la pregunta no es solo si las chinampas pueden recuperarse, sino qué se necesita para que quienes las trabajan puedan (y quieran) quedarse.
El caso que da origen a esta historia comienza en una chinampa de aproximadamente 2 mil 500 m² en Xochimilco. Como muchas otras, enfrentaba problemas acumulados: plagas, enfermedades en cultivos, suelos con pérdida de fertilidad e incluso procesos de salinización. El riego con agua de canal sin tratamiento agravaba el escenario.
Durante un tiempo, la respuesta fue el uso de agroquímicos. Una solución que funciona en el corto plazo, pero que, con el tiempo, termina por debilitar aún más los procesos naturales del suelo y del agua.
Lo que estaba en juego no era solo la producción, sino el equilibrio del ecosistema completo.
Restaurar es volver a activar la vida
El proceso de restauración no comenzó con fórmulas rápidas, sino con una lógica distinta: reconstruir desde la base. Entender que una chinampa no se “arregla”, se regenera.
Las acciones integraron prácticas agroecológicas y soluciones basadas en la naturaleza:
• Instalación de biofiltros y manejo de apantles para mejorar la calidad del agua
• Producción de biofertilizantes para nutrir el suelo
• Manejo ecológico de plagas
• Incorporación de materia orgánica
• Diversificación de cultivos
Poco a poco, comenzaron a reactivarse procesos esenciales: la vida microbiana del suelo, la filtración del agua, la resiliencia del sistema frente a plagas.
La restauración, en este contexto, no es un evento. Es una acumulación de pequeñas decisiones que, con el tiempo, transforman el paisaje.
Ningún proceso ecológico se sostiene sin las personas que lo hacen posible.
Aquí es donde la dimensión humana cobra relevancia. A lo largo del proyecto, el productor/a no solo recibió capacitación técnica, sino acompañamiento constante. Esto permitió cambiar la forma de tomar decisiones, reducir la dependencia de



insumos externos y reconstruir una relación más cercana con la chinampa.
Uno de los hitos más importantes fue la posibilidad de formalizar la propiedad del terreno. Dejar de rentar y asegurar permanencia cambia por completo la perspectiva: ya no se trabaja para el corto plazo, sino para el futuro.
En un contexto donde muchos abandonan, quedarse también es un acto de resistencia.
Regresar el valor a la chinampa
En este punto, el rol de Ríos Tarango ha sido clave. Al identificar que el problema no era solo ambiental, sino también económico y social, comenzaron a construir puentes entre las chinampas y otros actores.
Una de las apuestas más relevantes ha sido acercar a empresas a este ecosistema. No desde la lógica de donación aislada, sino como una inversión consciente en proyectos productivos que regeneran el territorio.
Esto ha permitido abrir nuevas posibilidades: mejorar procesos, fortalecer capacidades y, sobre todo, regresar valor a los productos de la chinampa. Cuando una lechuga, un chile o una acelga cultivados de forma agroecológica encuentran mercados que reconocen su origen, algo cambia. La chinampa vuelve a ser viable.
Más que producir, se busca regenerar vínculos
Los resultados han ido más allá de lo esperado: mejora en la calidad del suelo y del agua, mayor diversidad de cultivos, nuevos canales de comercialización y participación comunitaria.
Pero quizás lo más importante es lo que no siempre se mide. La reconexión de las personas con la tierra, con el agua, con una forma de producir que no agota, sino que regenera.
Este caso no es una excepción idealizada. Es una señal de lo que puede suceder cuando se alinean conocimiento técnico, saber local y acompañamiento a largo plazo. En un contexto donde muchas chinampas se están quedando sin manos que las trabajen, recuperar su valor ecológico, económico y cultural, es también una forma de asegurar que sigan vivas.
Porque cuando una chinampa se restaura, no solo vuelve a producir. Vuelve a respirar.






Las ciudades del mundo enfrentan una transformación inevitable ante el crecimiento urbano y la presión sobre sus recursos. En este escenario, las ciudades inteligentes emergen como una estrategia clave para construir entornos más sostenibles, equitativos y centrados en las personas

La urbanización global avanza a un ritmo que obliga a replantear el futuro de las ciudades. La Organización de las Naciones Unidas estima que hacia 2050 el 68% de la población mundial vivirá en entornos urbanos. Esta tendencia no solo implica mayor densidad poblacional, sino también una presión creciente sobre servicios, infraestructura y recursos, lo que ha acelerado la necesidad de transformar el modelo urbano.
En ese contexto, las ciudades inteligentes han dejado de ser una visión futurista para convertirse en una estrategia que busca garantizar la supervivencia y el bienestar en entornos cada vez más complejos, al tiempo que responde a las necesidades presentes y futuras de la población en ámbitos económicos, sociales y medioambientales.
Durante años, el concepto de smart city estuvo ligado a la tecnología: conectividad, sensores, automatización; sin embargo, esta narrativa ha cambiado de forma significativa. Como explica Fabiola Vega, directora del Smart City Expo Latam Congress —evento líder en la región enfocado en la innovación tecnológica y el desarrollo urbano sostenible—, “la gente pensaba que una ciudad inteligente es una ciudad tecnológica, con internet y coches eléctricos”, pero hoy esa visión ha evolucionado hacia un enfoque más humano.
“Hoy la conversación va más enfocada hacia cómo una ciudad inteligente en realidad es la que escucha al ciudadano [...]. No es lo mismo lo que requieren los ciudadanos de Latinoamérica que los de Ciudad de México o los de Puebla. Una ciudad inteligente es

la que se concentra en atender y priorizar las urgencias de cada una de las regiones, pensando siempre en el bien común”, señala.
Bajo esta lógica, el concepto se redefine en torno a la capacidad de priorizar problemas concretos y generar beneficios colectivos. Vega lo resume en una idea clave: “no se puede pretender que prospere nada más un sector o una región sin que otra región lo haga también”. La directiva llama a construir una “prosperidad compartida”.
“El concepto de ciudad inteligente no es estático, no es ‘eres o no eres inteligente’, no es un tema de llegar ahí, es más bien un camino. Yo creo que estamos caminando hacia tener ciudades más inteligentes, aunque por supuesto, todavía no estamos en ese punto”, añadió.


Una carrera desigual en medio de una industria en expansión
El desarrollo de ciudades inteligentes avanza a nivel global, pero lo hace a distintas velocidades. El informe From Future Vision to Urban Reality (2025), de ThoughtLab y Axis Communications, evidencia una brecha significativa: mientras el 70% de las ciudades consideradas “future-ready” reporta avances importantes en seguridad y resiliencia, apenas el 17% de aquellas en etapas iniciales alcanza resultados similares. La diferencia no solo es tecnológica, sino también estructural, y se refleja en la calidad de vida, la sostenibilidad y la capacidad de respuesta urbana.
Los rankings internacionales refuerzan este contraste. El índice de Ciudades Inteligentes del Instituto Internacional para el Desarrollo de la Gestión (IMD) coloca, por quinto año consecutivo, a Zúrich como líder global, seguido por Oslo y Canberra, en un listado dominado principalmente por ciudades europeas y asiáticas. La medición —que evalúa factores como movilidad, gobernanza, salud, seguridad y calidad de vida— evidencia cómo la tecnología, cuando se integra de manera efectiva, puede traducirse en mejores condiciones urbanas.
En paralelo, ciudades como Londres, Barcelona o Madrid avanzan en proyectos de inteligencia artificial, sostenibilidad y digitalización de servicios. En contraste, también emergen modelos construidos desde cero, como Songdo, en Corea del Sur, o Masdar City, en Abu Dabi, diseñados bajo principios de eficiencia energética y planeación inteligente. En América Latina, aunque con mayores limitaciones estructurales, ciudades como Buenos Aires, Quito o Rosario comienzan a posicionarse como referentes emergentes, mientras que Santiago, Medellín y la Ciudad de México muestran avances sostenidos.


Más allá de los casos específicos, el impulso de las ciudades inteligentes está respaldado por una industria en plena expansión. De acuerdo con Grand View Research, el mercado global de este sector alcanzó un valor de 877 mil 600 millones de dólares en 2024, con una proyección de crecimiento anual del 29.4%; el 52.3% del mercado se concentra en la región Asia-Pacífico.
Sin embargo, este crecimiento convive con retos estructurales. Uno de ellos es la resistencia social a la adopción tecnológica. Fabiola Vega lo reconoce: “en general los ciudadanos tenemos mucha resistencia a ello, pero tenemos que abrirnos y entender que la tecnología llegó para quedarse. Debemos lograr que trabaje para nosotros y no al revés, para que todos logremos tener una mejor calidad de vida”.
Otro de los desafíos más relevantes es la falta de articulación entre los niveles de gobierno —federal, estatal y municipal—. Si no existe congruencia entre estos tres entes, los proyectos difícilmente se concretan. En ese sentido, Vega subraya que la construcción de ciudades inteligentes no depende únicamente del sector público: “la única manera de lograr ciudades inteligentes es la participación activa de los ciudadanos, porque no podemos pretender que el gobierno haga todo”.
A esta necesidad de coordinación se suma la fragmentación interna dentro de las administraciones, donde el trabajo en “silos” limita la implementación de soluciones integrales. Incluso en ciudades más avanzadas, la limitada autonomía en la toma de decisiones reduce la capacidad de ejecutar estrategias de largo plazo, de acuerdo con el análisis de ThoughtLab y Axis Communications.
En el plano económico, las restricciones presupuestarias representan otro obstáculo importante. La escasez de recursos afecta tanto el diseño como la ejecución de proyectos tecnológicos, una situación particularmente crítica en ciudades medianas. A ello se suma la creciente dependencia de la inversión privada que, aunque impulsa el desarrollo de infraestructura, también abre cuestionamientos sobre el control de los datos.
En paralelo, la digitalización amplifica los riesgos de ciberseguridad. Sin estrategias de protección y resiliencia —bajo el concepto de Secure Smart Cities—, los sistemas pueden volverse vulnerables y afectar la vida cotidiana. A esto se suma el riesgo de malas prácticas en materia de privacidad y el desafío de avanzar con recursos limitados, en medio de cuestionamientos sobre cómo esta transformación impactará, en el fondo, la gobernanza urbana.


México: articulación pendiente y oportunidades en marcha
En México, el desarrollo de ciudades inteligentes refleja una realidad dual. Por un lado, el país cuenta con condiciones favorables para avanzar en esta transformación; por otro, la implementación aún es parcial y fragmentada. De acuerdo con diagnósticos de Deloitte, aunque existe un gran potencial, ninguna ciudad puede considerarse totalmente inteligente, ya que la integración tecnológica no ha logrado permear de manera simultánea en sectores clave como salud, movilidad, seguridad y gobierno.
A pesar de ello, el país registra avances a partir de distintos nodos estratégicos en proceso de maduración. La Ciudad de México se posiciona como referente nacional gracias a la implementación de herramientas como la plataforma Llave CDMX, la integración de sistemas de pago electrónico en el Metro y Metrobús, así como la operación del Centro de Comando, Control, Cómputo y Contacto Ciudadano (C5), que permite el monitoreo en tiempo real. A ello se suma una de las redes de Wi-Fi gratuito más extensas del mundo.
Guadalajara, por su parte, ha apostado por la economía del conocimiento mediante la Ciudad Creativa Digital y ha
impulsado soluciones de movilidad como el sistema MiMacro Periférico. En el norte del país, Monterrey ha enfocado sus esfuerzos en la modernización del transporte público mediante sistemas de monitoreo en tiempo real, así como en el desarrollo de infraestructura sustentable.
Por otro lado, Querétaro destaca por su liderazgo en infraestructura industrial y el uso de tecnologías de análisis de video en tiempo real para fortalecer la seguridad. Puebla, en tanto, se perfila como un nodo estratégico dentro del ecosistema nacional. Como señala Fabiola Vega, se trata de una región “muy estratégica”, tanto por su ubicación geográfica —con una conexión cercana a la Ciudad de México— como por su alta concentración de talento universitario.
Sin embargo, más allá de estos avances, el principal desafío sigue siendo estructural. De acuerdo con Deloitte, el reto no radica únicamente en incorporar tecnología, sino en utilizarla de manera efectiva para atender los problemas que más impactan la vida cotidiana de la población. En particular, la inseguridad y la movilidad deficiente siguen siendo los grandes pendientes, y es en estos ámbitos donde las soluciones inteligentes podrían tener un efecto más significativo si se implementan de forma integral.

SCELC: financiamiento y colaboración regional
En este contexto, el Smart City Expo Latam Congress se ha consolidado como uno de los principales espacios de articulación para el desarrollo de ciudades inteligentes en América Latina. Desde su creación en 2016, impulsado por Fira Barcelona, el congreso ha evolucionado hasta convertirse en un punto de encuentro clave para alinear visiones, compartir experiencias y traducir ideas en proyectos concretos.
Con Puebla como sede principal en la mayoría de sus ediciones, en 2026 celebrará una nueva edición del 2 al 4 de junio en el Centro Expositor y de Convenciones, reforzando su papel como epicentro regional de innovación urbana. Más allá de su dimensión como foro, su valor estratégico radica en la capacidad de vinculación.
“El valor real que tiene hoy en día es que tiene muy bien articulada la vinculación entre los tres niveles de gobierno”, explica Fabiola Vega. Esta articulación, insiste, es indispensable para que los proyectos se concreten: “si el municipio propone, pero el estado no… o si el estado quiere, pero el gobierno federal no, hay una incongruencia”. Por ello, subraya que “para que las cosas realmente sucedan, necesitamos de estos tres entes”.



A esta coordinación se suma una creciente dimensión internacional. La participación del gobierno de Estados Unidos en la edición más reciente refuerza el papel del espacio como puente para el financiamiento y la colaboración. En palabras de Vega, esta vinculación “genera mucho valor en la región”. El foro también funciona como un espacio de inspiración y réplica. Si bien no todos los proyectos se concretan de inmediato, muchas de las soluciones presentadas terminan influyendo en políticas públicas y estrategias urbanas en
distintas ciudades. “Se pueden ver varias réplicas y varias cosas que están funcionando en otras regiones”, apunta Vega. A más de una década de su creación, el balance muestra una evolución sostenida. “Siento que cuando empezamos en 2016 era muy difícil; con los años ha ido mejorando la vinculación, pero creo que vamos por un buen camino”, señala la directiva. En ese sentido, el Smart City Expo Latam Congress no solo articula actores, sino que refleja el avance progresivo de la región en la construcción de ciudades más inteligentes.



Por: Bertha Martínez Cisneros Profesora-investigadora en CETYS Universidad, especialista en sostenibilidad, economía circular y gestión estratégica en cadenas de suministro.
La sostenibilidad se había incorporado a la logística como un elemento accesorio. Un extra deseable, pero no decisivo en la planeación operativa. Hoy, esa narrativa ya no se sostiene. La continuidad de las rutas, la confiabilidad de los tiempos de tránsito y la estabilidad de los flujos logísticos se han convertido en variables críticas para operar.
La disponibilidad de corredores estratégicos, la interrupción recurrente del transporte y las tensiones que alteran rutas tradicionales obligan a replantear la forma en que se diseñan y gestionan las operaciones logísticas. A ello se suma una presión creciente por reducir la huella ambiental de los procesos, incorporando nuevos criterios en la toma de decisiones.
En este escenario, la logística deja de evaluarse únicamente en términos de costo y eficiencia, y comienza a abordarse como un componente clave de la planeación estratégica.
Cuando el impacto climático se traduce en desafíos logísticos
El impacto de los fenómenos climáticos sobre la logística ya no es una proyección futura, sino una condición operativa presente. La reducción de capacidad en rutas marítimas clave, el aumento en los costos de aseguramiento, los retrasos en los tiempos de tránsito y la volatilidad en los

costos de transporte evidencian que los esquemas logísticos tradicionales están llegando a sus límites.
Las empresas que continúan operando bajo configuraciones rígidas, con cadenas de suministro extensas, poco diversificadas y altamente dependientes de una sola ruta o proveedor, presentan mayores dificultades para sostener la continuidad operativa. En contraste, aquellas organizaciones que han comenzado a integrar criterios de sostenibilidad, economía circular y adaptación operativa en su diseño logístico muestran una mayor capacidad para ajustarse a escenarios cambiantes. Aquí, la sostenibilidad deja de entenderse únicamente como un enfoque ambiental y se consolida como una herramienta para la continuidad y la toma de decisiones.
de la eficiencia al valor estratégico
Hablar de logística sostenible no se limita a la reducción de emisiones o al cambio de combustibles. Implica repensar cómo se diseñan y gestionan las operaciones logísticas dentro de las cadenas de suministro. Supone evaluar rutas alternas, redefinir configuraciones operativas, invertir en infraestructura más robusta y adoptar tecnologías que permitan anticipar disrupciones antes de que ocurran.
La digitalización, la analítica de datos y el uso de inteligencia artificial están desempeñando un papel central en esta transición. Hoy es posible modelar escenarios, simular interrupciones y tomar decisiones más informadas sobre inventarios, transporte y abastecimiento. En este contexto, la sostenibilidad se convierte en un aliado directo de la eficiencia operativa y de la estabilidad logística.
circular y la logística:
La economía circular está redefiniendo el diseño de las redes logísticas. La presión regulatoria, los cambios en las preferencias del consumidor y la escasez de recursos están obligando a las empresas a cerrar ciclos, reutilizar materiales y reducir desperdicios, transformando la logística tradicional de producción y distribución.
La logística inversa, el rediseño de empaques, la recuperación de materiales y la gestión responsable de residuos dejan de ser actividades complementarias para convertirse en componentes estratégicos que inciden directamente en costos, reputación y acceso a mercados internacionales. Las cadenas de suministro que integran principios de circularidad no solo reducen su impacto ambiental, sino que también fortalecen su capacidad de adaptación ante disrupciones externas.



En este contexto, avanzar hacia una logística alineada con criterios de sostenibilidad implica tomar decisiones que reduzcan la presión ambiental de las operaciones y, al mismo tiempo, fortalezcan su continuidad:
Diseñar esquemas logísticos con menor impacto ambiental. Repensar rutas, modos y nodos desde criterios de eficiencia energética y menor intensidad de emisiones permite sostener las operaciones ante interrupciones sin incrementar la huella ecológica. Optimizar operaciones para reducir consumo y desperdicio. La consolidación de cargas, la reducción de recorridos innecesarios y el mejor aprovechamiento de los activos logísticos disminuyen el consumo de recursos y fortalecen la estabilidad operativa.
Usar información para decisiones ambientales más inteligentes. La visibilidad logística y el análisis de datos permiten identificar puntos críticos de consumo, ajustar procesos y orientar las operaciones hacia un desempeño ambiental más consistente.
¿Estamos
listos para movernos diferente?
La pregunta ya no es si logística a nivel global seguirán creciendo, sino cómo lo hará. El mundo avanza hacia un modelo donde la eficiencia, sin sostenibilidad, resulta insuficiente. Mercados, gobiernos e inversionistas envían una señal clara: la logística del futuro deberá ser más ágil, más flexibles, más transparentes y ambientalmente responsables.
México se encuentra en una posición estratégica dentro de esta reconfiguración global. Sin embargo, capitalizar esta oportunidad requiere algo más que infraestructura. Exige visión de largo plazo, coordinación público-privada y una gestión logística alineada con los desafíos ambientales y sociales del siglo XXI.
La sostenibilidad también se mueve. Y lo hace a través de las rutas, los puertos, los centros de distribución y las decisiones que hoy se toman en la logística. Quienes entiendan este cambio a tiempo estarán mejor preparados para operar en entornos inciertos y construir una ventaja competitiva y duradera.


El pasado 19 de enero se publicó en el Diario Oficial de la Federación (DOF) la Ley General de Economía Circular en México. Se trata de un paso relevante en la actualización del marco ambiental del país y es además uno que coloca a México en la conversación global sobre economía circular. El anuncio se hizo con mucho optimismo, y las industrias nacionales, que serán al final las reguladas por esta ley, la recibieron con buen ánimo.
El enfoque positivo es que se trata de una ley que por fin no es prohibicionista, y que busca más bien fundar una economía de producción, reúso o reciclaje de productos de cualquier material en beneficio del medio ambiente. Sin embargo, este es un primer paso, pues alcanzar verdaderamente una economía circular requerirá ajustes progresivos a un proceso enorme, que abarca a toda la cadena de producción y consumo nacional.

Por: Gerardo Pedra Fundador de la Iniciativa Recicla Unicel

Uno de los ejes centrales de la ley es la responsabilidad que asigna a los fabricantes. En los hechos, el modelo que se privilegia es el de la Responsabilidad Extendida del Productor (REP), un concepto ampliamente utilizado a nivel internacional y que parte de una premisa clara: la responsabilidad de una empresa no concluye cuando coloca un producto en el mercado, sino cuando éste es recuperado, reciclado o valorizado.
Esto implica que la gestión postconsumo ya no es opcional y que la industria deberá dar seguimiento puntual al ciclo que sigue su producto. El objetivo es tanto garantizar trazabilidad de los materiales, como ser capaces de medir el aumento gradual en la proporción de materiales reciclados o reusados. Todo deberá plasmarse en un documento de Gestión Circular para cada industria.
El gran reto es trasladar este modelo a la realidad operativa del país. El documento por industria implica una mayor comunicación y coordinación entre las empresas de cada ramo. Igualmente, su éxito dependerá de reglas claras, coordinación intergubernamental y el fortalecimiento de las capacidades locales de recolección y tratamiento de los gobiernos municipales.
El esfuerzo para construir una red de centros de acopio o bien de fortalecerla en los casos donde ya existe, como en papel, cartón, vidrio, algunos metales y PET deberá ser grande y un trabajo de equipo entre empresas y gobierno. La infraestructura de acopio en México es todavía insuficiente y, en muchas ciudades y pueblos, completamente inexistente.
El capital de inversión para crear esta red deberá ser grande, si se busca lograr un alcance nacional. Es el primer gran reto y, es tan relevante que debería ser parte del Plan Nacional de Desarrollo. Aquí hay un gran destino para empresas medianas interesadas en conformar esta red. Para cumplir, hay que aprovechar la infraestructura de recolección de residuos municipal y establecer mecanismos de

coordinación que permitan una correcta trazabilidad de los materiales. Habrá que capacitar al operador de recolección respecto de cómo llevar estos registros y qué puntos de contacto de circularidad estarán disponibles.
La ley dice que el concepto de responsabilidad extendida planteado en la Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos (LGPGIR) sigue vigente. Esto es, la participación de la sociedad y el gobierno debe ser parte de la economía circular.
En ese sentido, debe incrementarse el esfuerzo de educar e instruir a la sociedad civil sobre la correcta separación y manejo de los residuos. El hogar es un punto clave para reciclar debido a que el producto debe entregarse al sistema separado y limpio, y mantenerse así hasta llegar al centro de acopio.
Hay una estadística por ahí, viene de la propia Semarnat: en México se recolecta 84% de los residuos: es decir, todavía hay 16% de todo lo que tiramos diario que ni siquiera va a un relleno sanitario o un sitio de disposición final. De ese tamaño es el retraso, y es el sistema con el que los productores, gobierno y sociedad tendrán que trabajar.
Sin duda, hay buenos deseos, y si todo llega a funcionar como dice la ley, México sería un país modelo, qué modelo, ¡modelazo! Por el lado positivo, la ley está provocando que la industria se una para elaborar sus planes de Economía Circular ante la autoridad. Esto dará la oportunidad de articular mejor esfuerzos en conjunto, como interlocutores y socios del gobierno y la sociedad en este esfuerzo.
Tal vez de este networking puedan salir los empresarios que se necesitan para ir cerrando el círculo: acopiadores y centros de depósito especializados, como sucede con el unicel, así como empresas dispuestas a utilizar material reciclado de muy diversas formas en el futuro.
La Ley General de Economía Circular tiene buenas intenciones. Llevarla a la realidad, montar toda una cadena de circularidad, es una tarea que apenas comienza.





El pasado 12 de marzo, Casa Snowapple México, espacio cultural ubicado en el corazón de Coyoacán, se convirtió en un punto de encuentro en donde el arte se asumió como un acto de resistencia política y sanación colectiva. Tras siete años de trabajo, la directora neerlandesa Julia Hollander presentó el tráiler de su documental “Ni Una Más”, el cual sigue a madres y activistas que, a través de la música y la fuerza colectiva, se enfrentan a la violencia machista en México.
Durante el evento, realizado en el marco de las actividades por el 8M, también se llevó a cabo un conversatorio con mujeres que han vivido
de forma directa las consecuencias de esta violencia, quienes compartieron sus testimonios frente a la impunidad y el silencio institucional.
En el encuentro participaron la activista Araceli Osorio, madre de Lesvy Berlín Osorio, víctima de feminicidio y referente en la lucha contra la revictimización institucional; Vanessa Gámez, madre de Ana Amelí García Gámez, joven de 20 años que desapareció en el Ajusco en julio de 2025; y Yeritza Bautista Cortés, sobreviviente de tentativa de feminicidio. Sus testimonios coincidieron en una misma urgencia: frente a un sistema que apuesta por el olvido, la memoria, el arte y la palabra son formas de resistencia.



Araceli Osorio expuso la dimensión estructural de la impunidad en el país y el papel de las madres que han transformado su duelo en exigencia de justicia: “El 93% de los feminicidas están en la calle y solo el 2% de los casos tienen una sentencia”, advirtió.
La activista recordó también antecedentes como la sentencia de Campo Algodonero, un fallo emitido en 2009 por la Corte Interamericana de Derechos Humanos que condenó al Estado mexicano por su negligencia ante el feminicidio, obligándolo a reconocer la violencia de género como un problema estructural y a implementar protocolos de búsqueda inmediata, como el Protocolo Alba, para proteger a las mujeres.
“Somos buscadoras de justicia y queremos que esa memoria sea colectiva porque es la única manera de garantizar que no se repitan hechos violentos. Para nosotras es importante decir lo que está sucediendo en México, pero también lo que estamos haciendo para que deje de suceder”, mencionó Osorio.
Vanessa Gámez habló sobre la desaparición de su hija Ana Amelí, ocurrida mientras realizaba senderismo en el Ajusco: “Hoy no está aquí. Alguien se la llevó y nos está generando tanto dolor”.

“Se ha perdido el amor al prójimo”, añadió, al señalar cómo la indiferencia ante el aumento de casos es parte del problema. Frente a ello, sostuvo la consigna que guía a las familias buscadoras: “Les buscamos porque les amamos. ¡Hasta encontrarles!”, en un contexto en el que la desaparición de jóvenes se ha vuelto cotidiana.
“El arte debe tocarnos a todos y debe sensibilizar desde el amor, el respeto y desde decir ‘yo veo a alguien en peligro y lo voy a ayudar, no sacar provecho de eso’. La mayoría de los varones que generan violencia también han sido lastimados. ¿Qué vamos a hacer con eso como sociedad? ¿Cómo el arte podría llegar al corazón de ellos y tocar para que no lastimen? ¿Cómo podemos volver a la sensibilización humana?”, cuestionó Gámez.
Por su parte, Yeritza Bautista Cortés relató su experiencia como sobreviviente de tentativa de feminicidio y la revictimización institucional que ha enfrentado durante seis años sin una sentencia firme. Tras las agresiones de su expareja en 2020 que le dejaron secuelas físicas permanentes, su caso sigue entrampado en procesos legales.
“Esta justicia que nosotras le peleamos al sistema en audiencias no ha llegado gracias a los recursos que los agresores tienen. Ahí empieza la tortura institucional. Los sueños que yo tenía


antes de los hechos para nada son lo que vivo hoy. Mi vida cambió en todos los sentidos: personal, profesional, económicamente y hasta en temas de salud”, contó.
“Hoy lo que les niego es mi silencio”, declaró, y subrayó que la culpa nunca es de las víctimas, sino de quienes ejercen el poder de forma consciente. Bautista insistió en nombrar su caso como tentativa de feminicidio: “A pesar de que mi agresor ha sido sentenciado a 11 años 8 meses de prisión, yo no logro tener una sentencia firme”, expresó.
Finalmente, dijo que su experiencia la ha llevado a conocer a otras mujeres sobrevivientes que, al igual que ella, les costaba nombrar lo que vivieron: “Lo que no se nombra no existe. Poder nombrarlo ya es un paso a la dignidad, aquella que creyeron arrebatarnos”.
Arte, territorio y resistencia colectiva
En el documental “Ni Una Más” (México-Países Bajos, 2025) Julia Hollander documentó el tejido de alianzas del movimiento feminista mexicano. La obra retrata a siete mujeres, entre ellas la cantautora Vivir Quintana, autora de “Canción Sin Miedo” —que se ha convertido en un himno feminista— y muestra cómo la música es una herramienta de memoria, denuncia y articulación colectiva.


Desde una perspectiva interseccional, Beatriz Olivera, directora de Engenera — organización civil que trabaja por la igualdad de género— explicó cómo la violencia machista también responde a dinámicas económicas y territoriales. En regiones como Ciudad Nezahualcóyotl o Zacatecas, señaló que industrias extractivas como el fracking intensifican fenómenos como la explotación sexual, evidenciando que la violencia contra las mujeres y el territorio forma parte de un mismo sistema estructural.
“Por ejemplo, con el tema de la minería en Zacatecas, en Mazapil, que es una de las zonas que hemos visitado mucho, a raíz de la minería ha habido un incremento de bares, prostitución y comercio sexual. Entonces, no solamente son impactos en la salud o en el agua, sino en el orden social, pero casi nadie habla de ellos”, señaló.
Finalmente, el encuentro reafirmó el papel de Casa Snowapple México, fundada por la artista Laurien SHE con apoyo de la Embajada de los Países Bajos, como un refugio de creación y memoria. Al abrir sus puertas a madres, sobrevivientes y artistas, el espacio demuestra que la cultura puede ser también un territorio de paz, resistencia y sanación colectiva frente a la violencia.


Si uno escucha la conversación corporativa reciente, aparece una paradoja difícil de ignorar. El capital sigue fluyendo hacia activos ligados a criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG); de hecho, los fondos de transición energética marcaron cifras destacadas en 2025, sobre todo en mercados privados. Sin embargo, el tono ha cambiado
La palabra “sostenibilidad” ya no ocupa el centro del discurso ejecutivo y el acrónimo ESG, que hace poco funcionaba como credencial de legitimidad, hoy genera cautela: en Estados Unidos se asocia con activismo político; en Europa, con carga regulatoria.
¿Se trata de agotamiento? La evidencia más reciente sugiere que la respuesta no es tan simple. La fatiga existe, pero no necesariamente donde se suele señalar.
Un fenómeno revelador es el llamado greenhushing. Diversos análisis publicados en 2025 muestran una contradicción clara: una gran mayoría de empresas mantiene o incluso incrementa su inversión en sostenibilidad, pero reduce deliberadamente su comunicación al respecto. La acción continúa, pero el discurso se modera.
Las razones son pragmáticas. Por un lado, el temor a litigios por greenwashing ha crecido de forma notable. Por otro, el clima político ha convertido al ESG en un tema polarizante. A esto se suma una fatiga interna menos visible: equipos que operan con objetivos cambiantes, marcos de reporte superpuestos y una desconexión persistente entre la narrativa de la alta dirección y la ejecución diaria.
En ese contexto, el silencio deja de ser pasividad y se convierte en estrategia. No implica abandono, sino una forma de reducir

Por: Fátima Cecilia
Jiménez Cardiel
HSSE Sr. Advisor Americas.
exposición en un entorno cada vez más ruidoso.
La complejidad regulatoria también ha contribuido a este desgaste. La ambición normativa, especialmente en Europa, buscaba ordenar el sistema, pero en la práctica ha generado fricciones. Algunos estudios de 2025 evidencian que buena parte de la información exigida en materia ambiental se solapa con reportes ya existentes, lo que obliga a las empresas a duplicar esfuerzos bajo distintas etiquetas. El resultado es predecible: más tiempo invertido en cumplir formatos y menos en analizar impactos reales.

Las señales de ajuste no tardaron en aparecer. Iniciativas orientadas a simplificar requisitos y ampliar plazos fueron recibidas con alivio por muchos equipos de sostenibilidad, que ven en ello una oportunidad para salir de la lógica del “checklist” y concentrarse en datos útiles. Otro foco de tensión es la concentración temática. El cambio climático domina la narrativa hasta el punto de eclipsar otros problemas igual de críticos. En varios sectores, los reportes dedican una proporción desmedida a emisiones de carbono, mientras que temas como biodiversidad o ciclos de nutrientes apenas reciben atención marginal. Esta visión parcial distorsiona prioridades, y también genera una sensación de incoherencia: se profundiza en un frente mientras otros permanecen prácticamente invisibles.
A nivel directivo, la presión tampoco es menor. La sobrecarga de agendas, combinada con la exigencia de resultados a corto plazo, tiende a relegar la sostenibilidad cuando compite con urgencias inmediatas. No es necesariamente falta de interés, sino una cuestión de foco en entornos saturados.
Este cambio también se percibe en el lenguaje. Las menciones explícitas a ESG han disminuido en presentaciones y llamadas con inversionistas. En su lugar, ganan terreno conceptos como gestión de riesgos, eficiencia operativa o resiliencia. No es solo un cambio semántico: refleja una adaptación a un contexto donde las declaraciones amplias generan más exposición que valor tangible.
Entonces, ¿hay cansancio? Sí, pero es selectivo. Existe fatiga frente al exceso de narrativa, la burocracia redundante y la reducción del debate a un único eje. Lo que no se observa es un retroceso significativo

en la acción. Los compromisos basados en ciencia continúan creciendo y el capital con enfoque sostenible sigue activo, aunque con mayores exigencias en calidad de datos.
Lo que está ocurriendo no parece ser una retirada, sino una transformación. La sostenibilidad está dejando atrás su fase más visible y discursiva para adoptar un perfil más técnico, menos llamativo y, en cierto sentido, más exigente. Es un cambio
de tono: de las declaraciones a los números, de la promesa al seguimiento.
Puede resultar menos inspirador, pero también más consistente con la magnitud del desafío. En ese sentido, el silencio no necesariamente indica debilidad. A veces es señal de que el tema ha dejado de ser una bandera para convertirse en parte del trabajo cotidiano: menos visible, más complejo y, probablemente, más relevante a largo plazo.

Referencias
•Carbon Disclosure Project (CDP). (2025). Adapting to a quieter ESG landscape. https://www.cdp.net
•Hawkins, N., & Cooper, K. (2025, September 23). Are companies actually scaling back their climate commitments? Harvard Business Review. https://hbr.org
•Clifford Chance. (2025). Sustainability & ESG trends 2025. https://www.cliffordchance.com
•Sustainability Simplified. (2025). Eight ESG and climate predictions for 2025. https://www.sustainabilitysimplified.eco
•Peiserich, J. (2025, November 5). The state of ESG in 2025. Corporate Compliance Insights. https://www.corporatecomplianceinsights.com
•Mohin, T. (2025, December 19). 2025 wrap: Headwinds didn’t stop progress. LinkedIn.
•Janik, A., & Ryszko, A. (2026). Greenwashing in sustainability reporting: A systematic literature review. Sustainability, 18(1), 17. https://doi.org/10.3390/ su18010017

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