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Entre el desierto y la tierra prometida

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Entre el desierto y la tierra prometida Por JoaquĂ­n Solano


En la “iglesia” de hoy, resulta bastante común oír mensajes acerca de la “conquista”, pero pocas veces acerca del desierto. Por supuesto que la conquista cautiva más fácilmente nuestra atención y la imaginación. Nos gusta más la idea de ser conquistadores de ricas tierras, de lugares paradisiacos y exuberantes, que trotamundos en un desierto inhóspito, desapacible y hasta tortuoso. Nos gusta más la idea de habitar una tierra en la que abunda la leche y la miel, que un desierto donde las probabilidades de supervivencia son mínimas, no hay mucho que comer ni qué beber, y hay que depender totalmente de Dios.


El desierto es una pieza clave de la “infancia” del pueblo de Israel. Tras salir de Egipto, después de 400 años de esclavitud, Israel da sus primeros pasos como nación libre. El paso por el desierto, bien puede entenderse, como esa temprana infancia; una época de la mayor relevancia para el pueblo de Dios. Los psicólogos dan debida cuenta de lo importante que para el desarrollo de un individuo, en su integralidad, es la niñez; y aun la Biblia avala tal afirmación, cuando dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Este paso por el desierto significa también algo muy importante

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).


“Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).

para nosotros, los creyentes en Cristo del siglo XXI. El paso por el desierto ha de tener mayor relevancia y mayor atención, si tenemos conciencia de nuestro destino eterno, esa tierra prometida, esa nueva Jerusalén que se nos avecina; esa ciudadanía celestial que menciona Pablo en la carta a los Filipenses 3:20: “Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo”. Nos gusta la idea de una tierra prometida, pero no tan lejana; quizá una pero mucho más próxima. Preferimos la idea de que dicha tierra prometida esté mucho más cerca, mucho más a la mano, disponible en esta vida.


Hoy, muchos predicadores dedican horas, desde preciosos púlpitos, para hablarnos y envolvernos en la maravillosa experiencia de habitar y conquistar en esta vida, ahora, en este mismo instante, una tierra hermosa y codiciable, con sus jardines y lagos, sus villas y colinas de postal. Queremos entonces, superar este desierto a la mayor brevedad posible, a fin de disfrutar esta maravillosa tierra al máximo, y en ello, cumplir, según enseñan estos maestros, la perfecta voluntad de Dios. Ser ricos, aunque “prósperos” suena mucho más espiritual; ser poderosos; ser respetados; ser reconocidos; ser ovacionados. Poseer todo cuanto la planta del pie pise y nuestro “sabio”


“¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Marcos 8:36).

corazón desee. El desierto es un lugar desagradable frente a una tierra prometida, bella como ninguna, apetecible, atractiva. ¿Por qué detenernos en el desierto, que dicho sea de paso, resulta tan molesto, incómodo y hasta repugnante? ¿Por qué no superar el desierto y avanzar a la conquista de este mundo? Uno de sus profetas tiene como lema: “Sueña y ganarás el mundo”. Cómo conciliará su máxima con: “De qué le servirá a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?, de Marcos 8:36? El paso por el desierto nos forma, nos moldea y da testimonio de nuestra incalculable e inalterable


necesidad de Dios. Tras nuestro paso por el desierto, seremos creyentes maduros o religiosos de pacotilla que fácilmente ponen su esperanza en otro que no es Dios, en las cosas de este mundo o en la nada. 40 años anduvo Israel por el desierto, humillado y siendo puesto a prueba, a fin de dar a conocer sus pensamientos y saber si iban a cumplir o no los divinos mandamientos. Sufrieron, pasaron hambre, pero luego Dios les alimentó con maná, para hacerles saber que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que de su boca sale. Durante estos 40 años de travesía no se les gastó la ropa ni sus pies se hincharon (Deuteronomio 8:2-10).


“Cuando estén satisfechos, llenos, no se olviden de Dios, no sean orgullosos” (Deuteronomio 8:11).

No había cómo abastecerse de agua, pero Dios les dio de beber de una roca. Sin embargo, debemos considerar las advertencias que en este mismo capítulo, en Deuteronomio, a partir del verso 11, Dios hace a Israel: “Tengan cuidado de no olvidarse del Señor, su Dios. No dejen de cumplir lo que les ha mandado. Cuando estén satisfechos, llenos, no se olviden de Dios, no sean orgullosos. No se les ocurra pensar que fue su esfuerzo, su propia capacidad, sino Dios, quien bondadosamente nos concede habitar en su presencia y en la eternidad con él”. Tengan presente, que si se olvidan de Dios y se van tras otros dioses, y les rinden culto, serán destruidos.


Cuando Dios prometió a los patriarcas la tierra de Canaán, lo hizo incondicionalmente; cuando Dios le entrega a Israel esta tierra deja por sentado que la permanencia en ella obedece a la condición de que Israel se conserve en fidelidad y lealtad a su Dios generoso. Tenemos por un lado, el pacto con Abraham: “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el rio de Egipto hasta el rio grande, el rio Éufrates” (Génesis 15:18), y por otro, el pacto Palestino (Deuteronomio 28, 29 y 30). Israel no cumplió su parte, y tal como lo predijo el Señor, terminó fuera de la tierra prometida, por casi 2 mil años. Solo fue hasta 1948, que Dios,


quien restaura a Israel, le trajo nuevamente a esta tierra prometida, tras cientos de años de dispersión. Pablo es quien lo deja por sentado y además nos aconseja a nosotros (los gentiles creyentes) no ser arrogantes: “Así que no seamos arrogantes en cuanto a nosotros mismos (nosotros, los gentiles), porque el endurecimiento de Israel será hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles, y luego, todo Israel será salvo” (Romanos 11:25-26). La infancia de Israel no le fue de mucho provecho. Su infancia, a pesar de haber estado convulsionada por manifestaciones extraordinarias, colosales, de Dios, no fue valorada de la manera más adecuada. No fue su alimento, como Dios esperaba, Dios


mismo, sino una tierra que a todas luces se figuraba apetecible. Una libertad ya olvidada (no esperada) que ahora ansía abastecerse de todo aquello de cuanto ha sido desposeída en algún momento, ya perdido en la memoria. Era su pasado lo que añoraba, no su presente que se extendía enorme y majestuoso. La infancia de Israel fue una infancia, que bien podríamos llamar, perdida. Israel no fue capaz de retener en su memoria y en su seno el verdadero regalo, su posesión más preciada, su don más sublime, el más caro y apreciable de los regalos: Dios mismo; Dios, quien debería ser el centro de su atención y deseo. Israel corrió a su tierra prometida dejando atrás (de alguna manera) al Dios


que se la entregaba. Este es el engaño de los últimos tiempos; la apostasía que aparece hoy inevitable. Se predica acerca de una tierra prometida en esta vida, bendiciones abundantes, riquezas y éxito; y se eclipsa el verdadero evangelio. No hay tiempo para madurar una fe sana en nuestro Señor Jesucristo, porque solo se piensa en la conquista y en lo que obtendremos ahora, en esta condición de nuevos creyentes. Pero el santo consejo divino permanece intacto; hay que nutrirse de la verdad y deleitarse en ella lo más profundamente posible, para que llegada la tierra prometida, no sean pocos nuestros días en ella, como le pasó a Israel; sino eternos y dichosos. Durante su travesía por el


desierto, Israel manifestó su deseo por todas aquellas cosas que profundamente anhelaba, pero también “desprecio” por aquello que Dios le ofrecía. No quería más maná, quería carne. Esto claramente ilustra el desinterés del hombre por los procesos y disposiciones divinas. No queremos que Dios nos de lo necesario, queremos más. No queremos que supla nuestras necesidades sino que de paso nos haga sobreabundar. Frente a su bondadoso ofrecimiento insistimos en nuestro propio menú. Resulta, entonces, que Dios no cumple con nuestras más caras expectativas, expectativas que se trafican desde los púlpitos de los falsos maestros de estos últimos tiempos. Expectativas en cuanto a riquezas, fortuna, éxito y


grandeza, no son las expectativas adecuadas ni correctas a la luz de las Escrituras; son expectativas erradas. Expectativas de “conquista”, que alimenta la idea de grandeza en el hombre y no de gracia. No debemos poner nuestro amor ni esperanza en las bendiciones materiales que promete Dios a sus hijos, según afirman estos falsos profetas, que, dicho sea de paso, finalmente satisfacen más nuestra naturaleza caída, nuestra naturaleza humana, y de ninguna manera al espíritu que ha sido vivificado en nosotros. Debemos, más bien, fijar nuestra atención en conocer más personalmente a este Dios maravilloso que se ha inclinado para hablar y enseñarnos sus


pensamientos, sus caminos, la verdad. A este sabio Dios que espera oír de nuestros labios el sincero reconocimiento debido a su grandeza, amor, misericordia y gracia; oír una alabanza genuina, que es, en palabras de Pablo, el fruto de labios que confiesan su nombre: “Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él –Jesús- sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15); y que es también el fruto apacible de justicia que nace en el corazón de quienes han sido ejercitados en su disciplina: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).

“Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él –Jesússacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).


Amemos a este Dios que nos da maná, que cuida de nosotros y nos da su provisión; una provisión que en verdad nos alimenta. Amemos su palabra pura, que se interpreta a la luz de la misma Escritura. No confiemos en la interpretación vaga, fabulosa, excéntrica, de quienes aseguran que las riquezas son una señal inequívoca del verdadero creyente, pues nos alejan de Dios y del evangelio de la Gracia, y nos conducen a la propuesta consumista insaciable de estos últimos tiempos, a la dependencia de las cosas materiales, a una vida en función de los apetitos y placeres de este mundo globalizado (unificado) que convulsiona y día a día, se acerca más y más a su fin.


“Hay hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia. Apártate de los tales. Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento, porque nada hemos traído a este mundo y, sin duda, nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos ya satisfechos; pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron atormentados con muchos dolores” (1 Timoteo 6:5-10).


Debemos aprovechar bien el tiempo, porque los días son malos (es el consejo de Pablo en su carta a los Efesios 5:16). ¿Cómo? Escudriñando las Escrituras, de la misma manera como los judíos nobles de Tesalónica lo hicieron “con toda solicitud” (Hechos 17:11). De la manera, también, en que Pablo anima a Timoteo a hacerlo: “Persiste en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quien has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto,


enteramente preparado para toda buena obra” (2da Timoteo 3:14-17). Porque tiempo vendrá cuando no sufrirán (soportarán) la sana doctrina, sino teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias (o deseos), y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2da Timoteo 4:34). Israel tuvo la oportunidad de ver en el desierto a Dios, cara a cara, obrando majestuosamente a su favor. Nosotros tenemos la misma oportunidad de ser avasallados por un torrente de verdad y luz que solo hay en su palabra; la oportunidad de depender totalmente en el Dios que hizo fluir agua de una roca en la mitad de un desierto para satisfacer


la sed a tres (3) millones de judíos; la oportunidad de descubrir al Dios sabio y bueno que nos sustenta y da vida. Como niños. Con una fe sencilla puesta en un Dios que la creación entera no puede contener.


Tengo una hija de cuatro (4) años que depende totalmente de su papá y su mamá para su sustento; si enferma, mi esposa se acuesta a su lado y le brinda los cuidados que requiere, incluso, mientras ella duerme plácida e inocente. Si tiene hambre, somos nosotros quienes le damos de comer, cuanto necesite, y tenemos cuidado de que, en todo caso, sea saludable y nutritivo. “Cuando sea adulta” será, seguramente, una mujer independiente, que se valdrá por sí misma. Eso enseña, e incluso espera nuestra sociedad de sus individuos: que adquieran con el tiempo tal independencia, tal autonomía. Pero no es lo mismo en la vida cristiana. Eso mismo no ocurre al creyente maduro.


No debe suceder igual en la vida espiritual de un creyente. Algunos creyentes, que creen haber alcanzado una edad adulta en el cristianismo, se independizan de Dios y de su palabra. Asumen una total autonomía como algo muy natural, lógico y hasta adecuado; y se entregan, entonces, a vacilar entre opiniones personales o de terceros que en poco o nada hacen justicia a la verdad del evangelio; todo bajo la idea de que su “madurez” les habilita para “enriquecer” el evangelio con su experiencia personal, ensoñaciones, el natural impulso por evolucionar y por su realización personal. Pero el verdadero creyente “adulto” ha de caracterizarse por, en primer lugar, depender aun más y más de Dios y su palabra.


Dios se vuelve “todo” para él o ella; todo cuanto desea en esta tierra: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25). “Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tu destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas sus obras” (Salmo 73:27-28). Se caracteriza también, en segundo lugar, por saber callar y esperar que Dios obre en lugar de precipitarse a resolver las cosas por cuenta propia. Espera a que sea él quien resuelva sus dudas, sus vacilaciones: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay


pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré y tú me enseñarás. De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:26). Se caracteriza, en tercer lugar, por quitar los ojos de sí mismo y ponerlos en la persona de Jesús; y por entender que su labor ministerial (o de servicio) consiste en lograr que las personas pongan su fe, su esperanza, su confianza, sus ojos en Jesús, nunca en sí mismo: “Vinieron a Juan y le dijeron:


Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tu diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo (es decir, nada le pertenece ni de nada es merecedor, solo la misericordia de Dios le provee). Ustedes mismos son testigos que dije: Yo no soy el Cristo (el Ungido, el Mesías), sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:26-30). Se caracteriza, en cuarto lugar, por estar atento a las señales que anuncian el pronto regreso de su


salvador. Tiene su mira puesta en la eternidad sin menoscabo de su papel de padre o madre, esposo o esposa, hijo o hija. Sabe que en el momento en que Jesús venga ha de encontrarle cumpliendo con lo estipulado por el divino maestro, de ser luz y sal en este mundo (Mateo 5:13-16). “He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas (la santidad y la sana doctrina) para que no ande desnudo, y vean su vergüenza” (Apocalipsis 16:15).


En la vida me he topado con creyentes que, con toda sinceridad, consideran una señal de madurez espiritual el estar involucrado en el servicio en la iglesia, o el tener un número determinado de discípulos a su cuidado, o no haber asistido nunca más a una sala de cine desde su conversión. Ojalá, este pequeño y sencillo bosquejo provisione de una reflexión más acertada acerca de nuestro papel y deber cristiano. En todo caso, no son señales de las que podamos enorgullecernos de nosotros mismos, ni exhibir a los demás con la frente en alto. Son señales para con Dios y nadie más. Porque lo que piensen las personas de ti no es lo más importante; es lo que piense y opine Dios de ti, lo que definirá tu eternidad.


No importa lo que pueda sobrevenir, sea bueno o malo, Dios tiene el control absoluto de todas las cosas, incluso y con mayor razón, las que acontecen a sus hijos. “No te dejará, ni te desamparará”. Job fue atribulado de una manera que el solo pensarlo produce a cualquiera terror, sin embargo, en medio de su aflicción, de esa tortura terrible, de no comprender dónde estaba su Dios en todo ello, dice: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). Tener una confianza férrea en nuestro Dios debe ser una de nuestras metas más preciadas, no alcanzar riquezas, ni glorias o victorias humanas. ¿Cuánto he madurado en mi cristianismo? ¿Cuánto confío en Dios?


¿Cuánto amo su palabra y cuánto gozo me produce oírla o predicarla? Las respuestas a estas preguntas dan luz acerca de nuestras prioridades y de la manera como nos veremos frente al Señor de Señores, cuando nos llame a su presencia. Que no sea “vergüenza”, sino una infinita gratitud y paz lo que se dibuje en nuestros rostros y llene nuestras almas y corazones, desde ahora y para siempre.


Entre el desierto y la tierra prometida Por JoaquĂ­n Solano


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