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Moshe M. Rozen Kibutz Nir Itzjak, Israel Agosto de 2003
Escribo en el 35, asĂ que el lector tiene que disculparme: cada frenada es un manchĂłn de tinta... La lĂnea treinta y cinco del Ăłmnibus parte cada dĂa, a la una menos cuarto del mediodĂa, desde Beer-Sheva rumbo al Neguev Occidental. Hasta hace no muchos aĂąos, podĂa registrarse, los dĂas Jueves, jornadas de mercado, el ascenso de alguna que otra seĂąora con un bolso del cual sobresalĂan, entre zapallos y batatas, la cresta de un clamoroso gallo, protestando vivamente contra su destino. Pero ahora, en tiempos globalizados, los gallos que suben al 35 ya vienen en cubitos para la sopa. Desde su partida, el 35 combina disĂmiles paisajes: desde las ventanillas de la izquierda se observan enormes industrias, redes de ferrocarril, antenas interminables. Desde el flanco derecho, beduinos cruzan en caravana de camellos, un antiguo acueducto se mantiene intacto, tormentas de arena ocultan un sol que se empeĂąa en derretir el alquitran de las calles. Hay rostros nuevos en el 35: inmigrantes del Caucaso; discuten con el conductor el precio del pasaje y, al no dominar el hebreo, un idioma de gestos hace de puente entre culturas. No obstante, hay cosas que no cambian: el 35 tiene estaciĂłn en Ofakim. Los indices de miseria y desocupaciĂłn, la falta de fuentes de trabajo, la sensaciĂłn de periferia y marginaciĂłn, es la misma desde su fundaciĂłn, en los aĂąos cincuenta. Ofakim es, de algun modo, el espejo de la segunda Israel, producto de planes de emergencia de un jĂłven paĂs, que tuvo que resolver, al mismo tiempo, cĂłmo levantar el dique de contenciĂłn social para la imigraciĂłn masiva de los paĂses afroasiaticos y cĂłmo evitar los orificios que la polarizaciĂłn clasista fue ampliando, amparada en polĂticas que, en el papel, privilegiaban al Neguev, a la revoluciĂłn pionera y el desarrollo agrario, pero en la inversion real, solventaron el crecimiento urbano y tecnolĂłgico de la zona central, en detrimento de las regiones de frontera, aquellas que recibieron afluentes inmigratorios que todavĂa se perciben como extraĂąos al contexto occidental, laico y modernista, de la realizaciĂłn sionista. Estamos saliendo ya de Ofakim. A mi lado se sienta un soldado. NaciĂł en EtiopĂa. Me comenta que esta muy agotado, y lo demuestra durmiendose enseguida, sobre la hoja que tengo que enviar a Nueva Sion... El conductor aumenta el volumen de la radio: un flash informativo habla de violencia, no queda claro si es un atentado terrorista palestino o una represalia aerea israelĂ; no logro escuchar porque los del Caucaso, sin idioma pero con teatral transparencia, comparten con otros pasajeros su opinion sobre la espiral de terror y sus culpables. Por un inedito momento de absoluta solidaridad, parece que todo el 35 coincide que el gobierno es la causa de nuestros pesares. Los viajeros de los asientos prĂłximos al chofer sostienen que la venganza no es remedio, hay que insistir en el dialogo. La polĂtica de fuerza del premier SharĂłn, aseveran, fra-ca-sĂł. Los caucasicos, muy por el contrario, estan super-convencidos de la necesidad de reprimir y expulsar a los saboteadores. Todos estan de acuerdo en la culpa de las cupulas, aquĂ, en EtiopĂa o en los montes Urales. A la hora y quince minutos, llego a casa, a mi kibutz. Por cuatro dĂłlares, el precio del boleto, obtuve un panorama sociolĂłgico de mi paĂs. Y un borrador de lo que me hubiese gustado escribir para Nueva Sion.