II Domingo Ordinario, Ciclo A 18 de enero de 2026

Arquidiócesis de Guadalajara, A.R.
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Arquidiócesis de Guadalajara, A.R.
Cristo, en su encarnación, ha venido a congregar a los hijos dispersos por el pecado, a manufacturarnos en la santidad en el seno de la Iglesia, y también para que participemos de su ministerio de salvación y así llegue a todos los rincones de la tierra la alegría de su redención.
Al iniciar nuestro tiempo ordinario, continúa resonando la Epifanía de Ntro. Señor Jesucristo y la fiesta del Bautismo del Señor, en la cual se manifiesta como el Salvador de todos los
hombres; Cristo nos sigue conduciendo a través de esta estrella de salvación a su propia familia, a la pequeña familia de Nazareth que se ha hecho Iglesia, y que nos ha permitido congregarnos a un innumerable cantidad de hermanos de la cual participamos injertados en Cristo a través de nuestro verdadero nacimiento por las aguas bautismales.
Fundada el 4 de junio de 1930. Registro postal: IM14-0019 INDA-04-2007-103013575500-106 de
Es por ello por lo que se asocia el cirio encendido al sacramento del Bautismo, al permitir comprender que, al momento en que Cristo en su Palabra habita en nuestro interior, se convierte en su sabiduría que invade todo nuestro ser y nos permite convertirnos en su fuente de luz para el bien de todo ser humano.
Cristo nos transfigura para ser antorchas vivientes de su amor en medio de la violencia y el odio.

Ante tan hermosa predilección y el hecho de librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte, nuestras vidas pueden convertirse en un himno de alabanza proclamando con profunda alegría: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”.























Hemos sido santificados en Cristo Jesús, y es por ello que Él se convierte para nosotros en la luz que nos conduce de nuestras tinieblas al día que no tiene ocaso; Él es la luz de nuestros cirios encendidos que nos ha dado la pascua para concedernos una fi rmísima esperanza en la vida eterna.








Y así su salvación alcance hasta el confín de la tierra y lo proclamemos como Juan el Bautista, dando testimonio como lo hizo él: “Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Mira que en los labios de San Pablo nos reconoce como los santos porque hemos sido llamados por Él, para que nuestra vida se convierta en una bellísima exclamación de la invocación del nombre de Cristo, ya que ha nosotros nos ha dado poder de ser hijos de Dios y a resplandecer todo nuestro ser en la Gloria de su Hijo.



































De pie
Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas los cielos y la tierra, escucha con amor las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Del libro del profeta Isaías 49, 3. 5-6


Sentados
El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel; en ti manifestaré mi gloria”.
Ahora habla el Señor, el que me formó desde el seno materno, para que fuera su servidor, para hacer que Jacob volviera a él y congregar a Israel en torno suyo –tanto así me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza–. Ahora, pues, dice el Señor: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra». Palabra de Dios.
Del salmo 39


Sentados
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Esperé en el Señor con gran confianza, él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. El me puso en la boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Sacrificios y ofrendas no quisiste, abriste, en cambio, mis oídos a tu voz. No exigiste holocaustos por la culpa, así que dije: «Aquí estoy».
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
En tus libros se me ordena hacer tu voluntad; esto es, Señor, lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
He anunciado tu justicia en la gran asamblea; no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
De la carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3


Sentados
Yo, Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, mi colaborador, saludamos a la comunidad cristiana que está en Corinto. A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor. Palabra de Dios.
DEL EVANGELIO Jn 1, 14. 12
R. Aleluya, aleluya
Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios. R. Aleluya.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 1, 29-34




En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: «Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‹El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo›. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‹Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo›. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios». Palabra del Señor.




Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad, para que, saciados con el pan del cielo, vivamos siempre unidos en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Nuestro
Señor Jesucristo, a través del Sacramento del Bautismo, nos ha incardinado a un hogar que San Pablo le llamaba el Cuerpo Místico de Cristo. Este Cuerpo, con sus diferentes miembros, comparten los mismos sentimientos y pensamientos de Jesús; el objetivo de este hogar es colaborar con la salvación del Señor para la redención de toda la condición humana, estableciendo el Reino de Dios en cada persona. Por supuesto que el Cuerpo Místico de Cristo es la Iglesia católica, no como una estructura burocrática e impersonal, sino una verdadera comunión de hermanos en Cristo; sin embargo, por nuestra fragilidad frente al pecado, nuestros descuidos y la falta de diálogo nos ha llevado a fragmentarnos; el verdadero reto es confraternizar y solidificar nuestra comunión como Iglesia para que todos vean que somos uno; y con este bello testimonio atraer a los muchos que se han retirado por incomprensión y mal testimonio. Esta semana es valiosa para restaurar nuestro hogar por la fe y dar testimonio que sí podemos colaborar para continuar la obra salvadora de Cristo en el mundo, y para que podamos conformar en toda la condición humana la verdadera comunión de los hijos de Dios.

Gloria a Dios en el Cielo, y en la Tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso Señor, Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros; porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; al tercer día, resucitó de entre los muertos, subió a los Cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén
“Padre, ¿también los Sacerdotes se confiesan?”
Unavez, una joven me preguntó: “Padre, ¿también los Sacerdotes se confiesan?”. Yo le respondí: “Efectivamente, los Sacerdotes, como hacen los laicos, también nos confesamos. Como ministros de la misericordia estamos llamados a confesarnos regularmente para recibir el perdón y experimentar la misericordia que damos cuando confesamos. La Confesión es un sacramento muy importante en la vida cristiana, no sólo
para los laicos, sino también para los Sacerdotes y otros ministros ordenados”. Entonces, ella me preguntó: “Y ¿cada cuándo se confiesa un Sacerdote?”. Yo le respondí: “La frecuencia con la que un Sacerdote se confiesa varía según sus propias necesidades espirituales, así como según las normas y las prácticas pastorales de su Diócesis o comunidad religiosa”. Está claro que todos somos pecadores y que todos necesitamos del perdón, el amor y la misericordia de Dios. Es precisamente por eso que también los Sacerdotes realizan el Sacramento de la Reconciliación o Confesión de los pecados.
Muchas veces esta Confesión la hacen en el ámbito del retiro espiritual mensual que tienen los Sacerdotes. En un ambiente de silencio y recogimiento, frecuentemente después de un momento de adoración al Santísimo, se acercan a otro hermano Sacerdote y le piden la Confesión.
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