T VILLAHERMOSA, TABASCO, MÉXICO LUNES 25 DE NOVIEMBRE DE 2013
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Un recuerdo que perdura
Gabriela Gutierrez Lomato
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Dona Gaba ˜
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unca conocí mujer más difícil. De carácter fuerte, no tenía trabas para hablar con la verdad.
supuesto crítica. Ella concebía la amistad con la verdad por delante. Mujer sin dobleces, no aceptaba la hipocresía en ningún momento de su vida.
Muere decepcionada de todos sus amigos políticos. Se sintió traicionada con aquellos que en el uso de la amistad, fueron sinceros; pero cuando llegaron al poder, se deshumanizaron y se volvieron insensibles ante la pobreza galopante de una sociedad tabasqueña en crisis.
Como madre, fue siempre adelante. Ejemplo de fortaleza y dignidad, vivió sin ataduras como un ejemplo para todos los que la rodearon en la intimidad de su vida.
Crítica severa de los desaciertos gubernamentales, no dejó pies con cabeza y parte de su vida la dedicó a flagelar con escritos de exquisita prosa y talentosa reflexión, aquellas decisiones que alejaban a los poderosos de todo precepto moral. Como amiga: la mejor. Cariñosa, afable, sincera y, por
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DIRECTORIO
La opinión de los articulistas y columnistas no representa de manera alguna el criterio de la dirección general, toda la correspondencia y valores deben dirigirse a la Dirección General. Oficinas Noverola número 107, Colonia Reforma.. C.P. 86080.
Como intelectual y como tabasqueña, fue ejemplo de sabiduría, de capacidad e inteligencia. Su hermano muerto, Francisco Gutiérrez Lomasto, fue siempre una espina de tristeza, pero nunca ocultó con alegría su orgullo por él. Como cronista de la ciudad, la mejor. Nunca la olvidaremos. Doña Gabriela Gutiérrez Lomasto de González. Descanse en Paz.
Jorge Alberto Javier Quero DIRECTOR GENERAL Lic. Paulina Javier Martínez SUBDIRECTORA GENERAL
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RUMBO
NUEVO EL DIARIO DE LA VIDA TABASQUEÑA
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Editorial
ucho se puede decir de Doñ a Gaba o nada. Su personalidad arrolladora supera cualquier polé mica o crí tica que haya generado en vida y por supuesto tambié n con la muerte. Sustituirla será tarea de titanes, lo bueno difí cilmente se puede suplir, pero quié n sea con el correr del tiempo perentorio, tendrá una pesada loza en sus espaldas evocando la misma preocupació n humana del Pí pila: como llegar hasta el final de esa gigantesca puerta sí mbolo del mal y ganar esa batalla. Es normal que a los que se van le “cuelgan todo tipo de virtudes”, doñ a Gaba seguramente tantas cosas buenas que hoy se dicen de ella no le gustarí a, pero como buena mujer le halagarí an. No existe dama que no caiga bajo los embrujos de la vanidad y ella, como toda una hembra, tení a para eso y para mas.
Un grupo de amigos, de los muchos que tení a, platicamos la necesidad de escribir un poco mas de ella. Todos la conocieron de cerca en una intimidad clandestina, que no secreta, para nutrirse de su pasió n, sentimientos, cultura y afá n de ser cada vez mejor. Es tan corto el amor y tan largo el olvido, que el tiempo de felicidad se contrae, se vuelve pequeñ o, escaso e imperceptible, que no se nota ni se siente como el del ejercicio del poder. Pasa demasiado rá pido y por lo general lo desperdiciamos en cosas tontas, mundanas, incomprensibles y vanas. Siempre trató de que esa escases infinita del tiempo fuera rica en expectativas. Su lucha principal fue con el poder, cualquiera que estuviera establecido, porque decí a, que este corrompe, aplasta, dañ a; se vuelve la suma de los pecados capitales del hombre, como un pacto diabó lico en el predomina lo malo sobre lo bueno y que enceguece cuando lo ejerces y enloquece cuando lo disfrutas.
Dura tarea se impuso nuestra recordada. Algo que solo un hombre enfrentó con é xito, pero fue crucificado. El ú nico que dividió la frá gil historia humana con un antes y un despué s de É l. Uno que fue destrozado por la injuria mediá tica y solo en seis dí as fue glorificado, detenido, vejado, y crucificado, pero que cambio a la larga, pese a la desgracia inmediata, la pertenencia moral del individuo. El ejercicio ciego del poder que combatió Doñ a Gaba arraizado y hecho cimbra, lo combatió con pudor y valentí a.
Ese es el mejor legado para los que aspiran a ejercer su libre albedrio enfrentando los tentá culos del mal. La libertad de pensamiento, de expresió n, es sin duda la ú nica virtud del hombre como animal en el universo. Es lo que nos distingue de los otros animales, los irracionales: la inteligencia, pero, tambié n somos los ú nicos habitantes en el universo que cometemos los errores una y otra vez. Tropezamos varias veces con la misma piedra. El í ndice de maldad, en lo privado, entre cuatro paredes, en el sueñ o profundo, solo nos lo recordara nuestra conciencia. Juez implacable que todo lo sabe, que no se le puede esconder nada. Es el recordatorio perene de nuestras debilidades, es lo que nos hace sufrir hasta la muerte, recordando todo aquello que, en el uso indebido del poder para con los que no lo tienen, sufrirá n su verdadero calvario.
Esa lucha contra los demonios del poder es el que hereda una mujer como Gabriela Gutié rrez Lomasto. Que no requirió de poder econó mico o polí tico para decir su verdad. Su trascendencia en un mundo tan grande, impacto en su entorno, donde nació , creció , se realizo y finalmente murió fí sicamente. Seguramente no tendrá homenajes rimbombantes, ni se tocara el tres de diana. Vivió y lucho hasta su lecho por no morir, se resistió , amo la vida como pocas personas, pero amo tambié n su verdad, y como su origen popular, amo tremendamente a Tabasco y su gente. Murió tabasqueñ a cien por cien. Para los que comercian con la verdad. Para los que cobran por ocultarla, para los que quieren ser má s ricos, para los que mienten en hecho, pensamiento, palabra y obra, bien deberí an recordar a doñ a Gaba y actuar con un mí nimo de dignidad. (JAJQ 24-Noviembre-2013)
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Quien
escucho mi voz? S
Por: Agenor González Valencia
iento la soledad. Sin embargo, cuando pienso en ti, Gabriela, algo de tu presencia me acompaña. Si existe Dios, él decidió llevarte a su lado. Íbamos a cumplir 53 años de estar unidos. Me llega en esta soledad el aroma de gardenias que tanto te gustaba. Te defendiste contra la muerte, con todas las fuerzas de tu ser. Por fin tu cuerpo cedió y nada pudo detener el momento trágico de tu existencia. Cuando esto ocurrió, me dio tanta rabia que sin presencia de nadie, en mi cuarto, acompañado solamente de mis libros exclamé: “¡Por qué me la quitas!… ¡Por qué me la quitas!... ¿Por qué nos dejas sin ella?” Absorto en mis pensamientos, fijé la mirada en unos de mis libreros y mis ojos se encontraron con una pequeña Biblia. Al azar abrí unas de sus páginas y yo que no he sido creyente convencido me topé con el Salmo 116 que al principio dice: “1 Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas”. Me quedé perplejo, sentí entonces que no estaba solo. Gabriela me hizo disfrutar su compañía, sus momentos de alegría, sus decisiones, su fortaleza, su dignidad y entre otras manifestaciones su gran calidad humana, su amor a Tabasco, su rebeldía en contra de las injusticias sociales, su voz clara y dinámica, su inteligencia, su atrayente personalidad, su singular belleza, su mano franca y abierta, su generosidad, su modulación expresiva y sobre todo su integridad como ser humano. Hoy se nos ha ido físicamente, sin embargo, su presencia es imborrable,
igualmente su franca cordialidad y su firme convicción para expresar su verdad. Me hizo feliz. Me impulsó. Me hizo crecer. Me dio tres hijos: Ricardo Rafael, Carlos Eduardo y María Gabriela. Si en la vida cada uno de nosotros tiene personal destino, Gabriela cumplió con el suyo. Vivió con alegría. Deja muchos recuerdos. Y constancia de una luz que jamás conoció la oscurana.
Gaba no se ha ido;
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sigue estando entre nosotros “
Gaba no ha muerto; sigue estando entre nosotros”, me dice Agenor González Valencia durante una breve plática telefónica iniciada por mí en un intento de escuchar de labios suyos cómo se encontraba de salud y de ánimo después del sentido fallecimiento del amor de su vida, de la musa de sus poemas, de su compañera eterna, de su “sumisa” esposa, de nuestra siempre querida y admirada amiga.
Por: Francisco Peralta Burelo
Oigo a la cronista de la ciudad de Villahermosa. Oigo también, desde una estación de radio, su voz potente, segura, incisiva, denunciatoria a veces, haciendo crítica severa al gobierno (estatal y federal) y a los gobernantes. Sin pelos en la lengua, defendiendo una posición a capa y espada. “Gaba –escucharía decir en diversas ocasiones a Fausto Méndez Jiménez– es como el águila para el combate”. Lo es en la cabina radiofónica y en los textos que a mano escribe para publicar en medios locales.
“Estoy en mi casa, estoy tranquilo, no siento que se haya ido Gaba”, me comenta, sin percibirse tristeza en su voz o resignación. Oigo, por así decirlo, al Agenor de siempre (o al “Valencia”, sin nombre propio y primer apellido, como Gabriela soliera referirse coloquialmente a él), a quien siento “muy natural”. Su voz, sus expresiones, a veces, para mí, muy filosóficas, pero no aparentes, me dejan la sensación de que Gabriela, en efecto, sigue estando junto a él y que nada ha separado a uno de otro. Gaba está con Agenor. Tiene que estar con él. Desde luego que la tiene a su lado. No se ha ido; no la ha dejado ír (o ella no lo ha querido dejar después de casi cincuenta años de vivir juntos y de escribir y de pensar y de contemporizar temperamentos tan diferentes para llevar las cosas en paz). De otra suerte –infiero– “Valencia” no estaría como lo percibo a través de la “línea” telefónica. Yo también siento –igual que Agenor– que Gaba no ha muerto; que sigue estando entre nosotros. La imagino ahí en su casa de Carranza, en su habitación, en la mesa del comedor o en la sala, leyendo un libro, escribiendo –de puño y letra– un artículo, un cuento, el comentario de esta semana para su programa de radio, hablando por teléfono con alguna amistad o en amena charla con Jorge Priego, quien cuantas veces se dirige a ella lo hace con la muletilla de “mamá”. La veo –la estoy viendo en este momento, mientras golpeo el teclado de mi máquina de escribir– plácidamente sentada en su sillón favorito – de mimbre tenía que ser, con madera, me imagino, de cedro–, con sus grandes gafas puestas, con su pelo peinado hacia atrás y bien estirado, ajuareada con rebosantes aretes, su brazalete, su collar enorme de perlas, su reloj de pulsera; con manos entrecruzadas y una sonrisa apenas dibujada pero que ilumina toda su cara y le
playones… Es su voz; es ella. Y está cerca; a mi lado.
Gaba escribe, habla por radio, dicta su crónica nostálgica, increpa a los malos funcionarios. Es combativa; lo sigue siendo, en su papel de conciencia crítica de Tabasco. No claudica; está enrolada en las filas del lopezobradorismo. “Chelo: cada día me duele más quererte”, le escucho decir, sentida y ofendida, al entonces gobernador del estado.
da expresión de satisfacción y generosidad. Vestida, como siempre, de prendas multicolores, ya sea de dos piezas o de una, con falda amplia y tan larga así que casi cubre sus zapatillas o sus sandalias. Está vestida de tabasqueña, por fuera y por dentro, arraigada, más bien, a su tierra, a la que –como a su familia y a sus amigos–, siempre lleva en el corazón y ama profundamente. La oigo hablar –por eso coincido con Agenor que sigue estando entre nosotros; que no se ha ido a ningún otro lado–, o no, recrear, con su voz fuerte y nostálgica, la crónica reiterada de aquel viejo Tabasco que ella se ha empeñado no solamente en recordar, sino en retener, lleno de valores morales, de aprecios mutuos, de respeto común, de actitudes solidarias… La estoy oyendo hablar del Café Portal, de las viejas familias de Villahermosa, de sus hermosos edificios –o meras casonas–, de sus paseos, de aquel gran señor o de aquella distinguida dama, de personajes pintorescos y populares, de los
Irónica, con sentido del humor, pienso en la vez, como si fuera hoy, que le recriminó a Agenor tantos estudios que hacía y tantos títulos y reconocimientos que recibía a sus casi ochenta años. “Este Valencia no se va poder llevar todo eso a la tumba”. O aquella en que Gaba se percató que Agenor salía a la calle sin tomar un preservativo que descuidadamente había olvidado y que ella visualizó, lo que le valió un travieso “Valencia, se te olvida tu amuleto”. Gaba Gutiérrez Lomasto (nunca usa el apellido de casada) está entre nosotros, Al lado de Agenor, por supuesto, de Ricardo y Carlos, sus hijos, y de su hija, de Jorge Priego, de todos nosotros, también de mí, a decir suyo el “flaco”. Y ahí va a seguir; no se ha ido, no se ha muerto, no todavía. Agenor González, “Valencia”, no está solo. Y eso él lo sabe y lo percibe y por ello se mantiene tranquilo. Con él sigue estando Gaba –en su casa, en su mente, en su corazón, en su ambiente, en su poesía–, y también los hijos de ambos y los amigos que en común hicieran los dos. Una gente como Gaba es difícil que se vaya, que deje de estar entre nosotros. Por eso aquí sigue, por eso no se ha ido, y por eso aquí seguirá y no se irá (al menos no pronto).
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Las concharlas mama Gaba E
n el transcurso de más de cuarenta años, ¿cuántas veces platiqué con mi mamá Gaba? ¿Cuántos temas fueron tratados profundamente durante esas charlas? En realidad, no podría hacer un recuento exacto de ello, pero ahora que trato de escribir en relación con esos inolvidables momentos, los recuerdos se asoman atropelladamente y debo refrenarlos, para estar en condiciones de evocar algunos de los temas que apasionaban a mi querida mamita. Platicar con mamá Gaba era como ingresar a la máquina del tiempo, las inflexiones de su voz, sus gestos, su alegría o su cólera, según el asunto a tratar, nos mantenían atentos, casi en suspenso. Quienes tuvieron la fortuna de escuchar muchas de sus añoranzas, podrán confirmar que era una excelente y amena charlista, a la que sus oyentes, como se acostumbra decir coloquialmente, “le bebían las palabras”. Lo mismo disertando respecto a la vieja Villahermosa frente a un nutrido auditorio, que en plática informal con un pequeño grupo de amigos y conocidos, los hechos y sucedidos narrados por ella, impactaban grandemente y se atesoraban en el fondo del almario. Decenas o centenas de veces, le escuché con arrobo las aventuras de su niñez, las que me hacían reír, por lo simpáticas y la forma graciosísima como las platicaba. De esos episodios de su vida infantil recuerdo vívidamente, porque así lo contó ella, el relacionado con su afán de investigadora que deseaba saber cómo era por dentro el enorme aljibe para recoger el agua de lluvia, que había en la cocina de la casa que habitaba. Para llevar a cabo su aventura, aquella niña de escasos diez años, tomó una silla y suavemente la dejó caer en el fondo del depósito de agua casi vacío en ese entonces, luego se deslizó hacia dentro, para caer sobre la silla; hecho lo anterior, bajó al piso del aljibe y comenzó a verlo detenidamente dándose cuenta que era como un pequeño cuarto sin puertas ni ventanas, sólo con la abertura por la que había penetrado y un caño por donde se llenaba con el agua de lluvia. Dentro de aquel recinto había un calor sofocante y pululaban millares de mosquitos que la picotearon a más y mejor, y lo peor de todo sucedió cuando subida en la silla no podía alcanzar los bordes de la abertura por donde se había introducido.
Por: Jorge Priego Martínez
nas, “para ver llorar al ángel”. Con profunda emoción, mamá Gaba platicaba esa escena, la de ver que las gotitas de rocío que se hallaban en la cabeza y la frente del hermoso ángel de mármol que señorea una tumba del primer patio del cementerio, se iban juntando para formar gotas de agua que escurrían de los ojos, semejando lágrimas que delicadamente resbalaban por las mejillas de la bella escultura. También recordada y nos hacía partícipe de ellos, los momentos brutales que vivió en su primera infancia, como la entrada en tropel a su casa, de una horda de imbéciles gana gracia, buscando imágenes y figuras de santos, para quemarlos, como ordenaba el gobernador de entonces, respetuoso de los derechos humanos y de los hogares tabasqueños. Comenzó a gritar con todas sus fuerzas pidiendo ayuda pero nadie la escuchaba, siguió gritando hasta perder la voz y cuando casi desfallecía, una de sus hermanas que entró a la cocina oyó unas voces apagadas provenientes del aljibe y se asomó, encontrándose con que su hermanita Gaba estaba dentro; de no haber sido así, la aventura no hubiese tenido un final feliz, ni su protagonista hubiese podido contarla. Ella misma se jactaba de haber sido una niña rebelde pero muy feliz, que gustaba de saborear arriba de los mismos árboles, los mangos, caimitos, guayabas y todos los demás frutos que se ofrecían a su vista y su paladar en las plantas que bordeaban la famosa Quinta de los Morgadanes que su familia habitaba, casona solariega ubicada en la hoy avenida Madero, exactamente desde donde se localiza el Hotel Ritz, hasta la avenida Ruiz Cortines. Su padre, don Rosendo Gutiérrez, a quien amaba profundamente, compartía con ella los momentos que siempre consideró mágicos y plenos de belleza, él quizás fue quien cultivó su sensibilidad. Podría parecernos raro que su padre la invitara, como paseo dominical, a visitar el panteón civil por las maña-
Su risa cascabelera aún resuena en mis oídos, y era con la que salpimentaba las recordaciones de sus travesuras periodísticas, como aquella donde comentó que un par de muchachas bellas de su época, elegantemente vestidas asistieron a la función del cine Tropical, donde se proyectaba la película protagonizada por Marilyn Monroe, intitulada “Cómo pescar un millonario”. La traviesa Tijerina, pseudónimo de mamá Gaba, anotó en su columna de sociales: Fulanita y menganita, muy elegantes la otra noche “viendo cómo pescar un millonario”. El comentario, fue captado en toda su intención, por la mamá de las chicas que fue a reclamarle al director del periódico, don Chema Bastar, quien después de buen rato de hablar con la indignada señora, logró convencerla de que la citada expresión, no tenía nada de mala intención. Y podría continuar rememorando las decenas o centenas de sucedidos narrados por ella en las pláticas que sostuvimos durante décadas, pero tal vez pecaría de indiscreto. No obstante, lo antes relatado puede ofrecer a nuestros lectores, un pálido reflejo de ese mundo de imágenes del pasado que compartió conmigo, mi inolvidable y bien amada mamá Gaba.
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Y el segundo es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’ — Mateo 22:39
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o recuerdo, exactamente, cuándo conocí a doña Gabriela Gutiérrez Lomasto. Pero nunca la olvidaré. No solamente por su valía dentro del periodismo tabasqueño, al que enriqueció con la valentía, la ética y la responsabilidad de la que muchos carecen, sino por la generosidad de su amistad. Y su amor a la humanidad. Cuando extendía su mano amiga –y esto era muy seguido– era amiga para siempre. Madre amorosa que perdona errores de sus amigos pero no los calla en el trato personal que se torna en consejo indirecto. Confesora –si el término valiera para un ser espiritual que no se avino sino a un Dios universal y a su iglesia, la Creación, y a un rito religioso: el amor a la humanidad–, esa era su forma de perdonar y de poner penitencia.
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La legion de Gaba Por: Erwin Macario Rodríguez
La religiosidad de su madre, Rafaela Lomasto Diez, la vertió ella en todos sus hermanos sufrientes; y no tuvo credo público alguno. Un santo le bastaba para conocer una iglesia, la católica. Uno que falta en los altares, el obispo Leonardo Castellanos. Ningún pecado de los “servidores” de Dios le hizo renunciar a su apostolado, a su entrega a la causa de los necesitados no sólo de voz sino de acciones. Doña Gaba, como le decimos quienes, por ella, fuimos incluidos en el círculo de sus amigos, siempre tiene algo que darnos. Hoy, el recuerdo de la mujer fuerte hasta sus últimos momentos terrenales. El ejemplo de una vida consagrada al prójimo.
Soror conversi externa de la más grande religión, la del amor. Hermana lega cuya labor, en la iglesia del Dios único y verdadero, fue atender los problemas, las cuestiones mundanas. Su oración permanente fue el trabajo. Laborare est orare. Así la recordaré. Escribiendo a mano lo que sería un discurso, bélico ante la injusticia, la deslealtad, la traición y tantos pecados capitales que encontró en el ejercicio de ser una mujer sensible ante el dolor, físico o moral, de la gente. Y la recordaré, abeja del quehacer periodístico, llevando cada jueves, a la mesa de sus amigos, a su mesa, en el restaurante del hotel Ritz, con el más grande amor hacia su profesión de vida, los recortes de la prensa: notas, caricaturas, fotografías. Y platicando, con la mayor sencillez, los aconteceres que, cronista de la ciudad, eran y son la memoria de Villahermosa, de la que fue –y es– guardiana.
Doña Gaba –título, el más honroso, que se ganó a pulso–, mujer sencilla, autodidacta cuya cultura superó a la de muchos togados, honró la amistad. Jamás aquellos que tienen un sitio de privilegio en la vida sintieron la molestia de un favor propio solicitado. Tal vez otros, lastimados por la injusticia, fueron los destinatarios si alguna vez hubo de acudir a sus amigos. Su territorio de lucha, de mujer guerrillera, fue el periodismo. Escrito o radiofónico. Ante su integración al cosmos, nuestras oraciones. Gracias, Doña Gaba, por enseñarnos la más hermosa oración, en ese templo de amor universal donde oficiaste: el trabajo, por los que necesitan no sólo la salvación de su alma, sino la felicidad, la justicia terrena. el
Gracias porque nos devolviste Villahermosa que se pierde:
“Infinidad de veces recostada en la grama era yo dueña del cielo y sus nubes, con las cuales jugaba dándole vuelo a mi imaginación, también solía irme de pinta a Casa Blanca, dominio de Don Chucho Aguirre, un personaje de cuento o de película de misterio, quien diariamente pasaba enfrente de la quinta en busca de frutas o para recoger la rentas del precario cuarterío que era de su propiedad. En temporada de chicharras y mariposas, acudía al puentecito de madera que en una parte del terreno existía para verlas volar, las había de todos los colores y tamaños compartiendo espacio con las chicharras cabezonas de grandes ojos y alas transparentes, volaban tan cerca de mí que podía tocarlas” . G r ac i a s p o r t u l e g a d o , e s c r i t o a mano. Los manuscritos de Gaba.
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Así conocí a Doña Gaba Agenor González Valencia, Gabriela Gutiérez Lomasto y Enrique Muñoz González
“Desdichado de aquel que pelea con la juventud, se entierra para siempre, se destruye con arma certera. Porque la historia la escriben los que sobreviven, los que pueden levantar la pluma al final”. Carlos A. Madrazo Becerra
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onocí a Doña Gabriela Gutiérrez Lomasto allá por el año de 1988, en plena campaña del extinto Salvador Neme Castillo. Me la presentó quien fuera mi amigo de toda la vida, Juan Antonio de la Torre. Ya en el Gobierno nemista la fui a visitar en cuatro o cinco ocasiones a Palacio de Gobierno, donde era Directora de Crónica Gubernamental. Doña Gaba era una persona muy querida para el extinto Juan Antonio, y fue él quien comenzó a contarme algunas de sus anécdotas. Fue durante el gobierno municipal de Jesús Taracena Martínez que el cabildo de Centro la nombró Cronista de la Ciudad de Villahermosa, creo yo, el mayor reconocimiento que en vida le dieron. Agradezco con toda el alma a mi amigo Juan Antonio por haberme presentado a una mujer mágica, a un ser humano de conducta intachable, a una periodista y escritora extraordinaria a quien le agradeceré toda mi vida sus consejos y su amor, pero sobre todo, esa lección de vida de no temerle ni a la muerte. El doctor Pedro Gutiérrez G. escribió en el semanario Razones una serie de artículos sobre la vida y obra de Carlos A. Madrazo Becerra, y eran tantos aquellos artículos, que le pregunté a José Alberto del Rivero del Rivero, allá por marzo de 1993, su opinión sobre editar un libro políti-
Por: Enrique Muñoz González
co para dar a conocer parte de la historia de Tabasco. Cheveto del Rivero nos mostró fotografías de su archivo personal y nos las ofreció.
corriente salinista, doña Gaba aceptó participar solo por amistad. El invitado especial en aquella ocasión fue el periodista Federico Arreola.
Juan Antonio aconsejaba que el libro fuera presentado por un político madracista, así que comenzamos hacer un listado de nombres, y cuando en eso estábamos, se me vino a la mente el nombre de doña Gaba.
Desde 1993 comencé a frecuentarla y la experiencia me resultaba como la de ir a un diplomado, pues en ella encontré una fuente de sabiduría. Estar con doña Gaba departiendo en un café o en la comida, era tiempo invertido, en cada charla se depositaba el bono de cariño, de agradecimiento para toda una vida. Ella fue una mujer siempre preocupada por la gente que quería.
La fui a ver a su casa; sin embargo, traía todo en contra, pues por obvias razones todos los del gobierno nemista de aquella época no querían saber nada del madracismo. Mis amigos apostaban a que doña Gaba rechazaría la invitación. Aún así fui a verla, pues sabía que doña Celia Sastré de Neme era su gran amiga. Le platiqué del proyecto. De entrada me dijo de manera pausada: “Mira hijo, agradezco tu intención, pero no soy madracista.” Aunque se supone que iba preparado para un no, la respuesta me cayó como un balde de agua fría. Por supuesto, ella tenía razón, era como juntar el agua con Doña Gaba -le el aceite, pero insistí. “D dije-, no lo vea como una cuestión política, analícelo como el hombre que fue, el llamado Ciclón del Sureste.” Y agregué: “Lo que usted escriba es para las futuras generaciones, no hay línea ni pedimento alguno.” Y fue así como aceptó escribir la presentación. De igual manera la convencí para que en 1995 me acompañara al homenaje del primer aniversario del asesinato del ex candidato presidencial, Luis Donaldo Colos io M urr ie ta, organizado por el Semanario Razones en conjunto con la Fundación Colosio, a cargo entonces de Wilbert Méndez Magaña. Sin ser de esa
Con Gaba aprendí que una cosa es la bravuconada y otra la valentía. De igual manera entendí el porqué Doña Gaba era alérgica a los políticos, a la hipocresía, a la mentira, y enemiga de la corrupción. Pude también descubrir el amor por los libros, pues no basta con darles lectura, hay que llevarlos a los lectores. Doña Gaba no fue del agrado de mucha gente, y lo sabía. No murió engañada. Y es que nunca se quedó con nada, les decía a todos sus verdades. Hoy cuando ya no es parte de este mundo terrenal, quienes fueron sus críticos tendrán que reconocer que la Cronista de la Ciudad de Villahermosa jamás chantajeó a nadie; se pudo equivocar, desde luego, pero sin mentiras ni difamaciones. Aún tengo mucho que contarles sobre Mamá Gaba: de la mesa de los jueves, de mi última plática en el hospital días antes de su fallecimiento, y desde luego, compartir con los lectores de Rumbo Nuevo parte del gran legado que le deja a Tabasco esta valiosa y espléndida mujer que fue toda rectitud y amor.
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Adios “Gaba” G
abriela Gutiérrez Lomasto emprendió hace unos días su viaje al eterno oriente, solo se nos adelantó, estoy seguro que, en su momento, nos volveremos a encontrar; ella fue una mujer de luz y resplandor propio, una mujer a la que se le indigestaba la injusticia, fue una mujer amante de la verdad, aborrecía la traición y el servilismo, fue en pocas palabras una combatiente decidida, convencida y tenaz. Fue también una conocedora de primera mano de la antigua Villahermosa y de sus personajes, vivió y gozó cada espació de esa vieja ciudad, en la que solo algunas calles tenían luz eléctrica y en la que abundaban los árboles y en donde los pájaros y sus nidos fueron sus vecinos permanentes; en muchas ocasiones Gaba contó sobre su niñez y lo que compartió con “su” palomilla, y quizá la estampa más evocada fue sin lugar a dudas, cuando se iba de “pinta”, al respecto citamos un fragmento de un texto de Kristian Antonio Cerino: “Yo me iba al puentecito [allá por el antiguo Hotel Hilda, propiedad de don Ernesto Cárdenas Baqueiro, al final de la hoy avenida Madero] con mi bulto porque en ese entonces no había mochila ni nada, era un bulto que te hacían de tela en tu casa y te lo colgaban y ya, y mi sombrero con unas flores pintadas y amarradas aquí en el pescuezo. Yo me iba al puentecito, me ponía mi bulto como almohada y me acostaba ahí a ver las chicharras y las mariposas; levantaba la pierna y se me paraban en la punta del pie, amarraba las chicharras en un solo hilo y luego las soltaba para ver como las pobres papaloteaban para todos lados, ya cuando veía que algún chamaquito se aparecía, que ya venía de la escuela, corría yo a mi casa como que había yo llegado, me pasaron cien mil aventuras, pero Dios siempre me protegió o no había la maldad, la malicia que hay hoy en día, porque a mí nadie me hizo ninguna majadería ni nada, era yo libre como el viento; esa mi niñez fue inolvidable, quizá fuera del común de los niños porque fuera yo más sensible, más atrevida o más irresponsable, no lo sé, pero mi niñez fue maravillosa, fue mágica”. Al releer esto no puedo evitar imaginarme a Gaba comandando a su ejercito de chamacos, y trazando tácticas para combatir a garrotazos a todas las matas de mango, ciruela o tamarindo que se le atravesaran en el camino, seguramente no quedó mata alguna que no fuera apaleada por este grupo en los alrededores de Casa Blanca. Gabriela Gutiérrez estudió oficialmente la primaria en el Instituto Luis Gil Pérez, dirigido por la inolvidable maestra Armenia Fernández y posteriormente cursó la secundaria en el Instituto Juárez, en ambas escuelas soñó, creció y compartió
Por: Julio César Javier Quero con sus compañeros de infancia y con sus amigos de toda la vida: Lolys Calles Broca y Carlos Elías Dagdug Martínez, Lolys Calles en alguna ocasión expresó, Gaba y yo “fuimos amigas inseparables, a las dos nos gustaban las travesuras, éramos famosas, nos castigaban paradas en el zaguán que daba a la calles para que todos los que pasaban nos vieran”, pero doña Gaba repetía cada vez que se le presentaba la oportunidad que su verdadera escuela, su universidad había sido el mercado Pino Suárez, aquel que estaba ubicado en la esquina de las actuales avenidas Madero y Zaragoza, en él, convivió con la gente del campo, con los personajes de la ciudad, de ellos oyó y aprendió sus historias, esos relatos que tiempo después con su prosa nos cautivarían. Las inquietudes periodísticas de Gaba fueron detectadas y encauzadas por el poeta José María Bastar Sasso, quien fundó y dirigió El Censor, semanario que vio la luz pública en enero de 1941, pero fue en los años sesenta del siglo xx, cuando escribió su primer cuento, “Chano Culebro”. Algunas personas que conocieron el relato, la animaron a participar en el concurso de cuento de la Exposición Regional de Tabasco, donde obtuvo el primer lugar. Gaba fue una excelsa narradora de historias y una hacedora de relatos cortos; permítanme parafrasear a mi amigo Jorge Priego Martínez, un gabista de corazón, quien nos dice que Gaba “escribió hermosos cuentos en los que supo captar lo más profundo del ser humano, así como el drama y tragedias de los seres que en determinado momento se hicieron partícipe de sus vidas, con lenguaje sencillo, tierno y a veces colérico, pero jamás exento de poesía”, la mayoría de esos cuentos dieron forma, tiempo después, al libro ¿Quién le corta las alas a los pájaros? Dentro del mundo del periodismo Gaba se destacó por ser una colaboradora con garra, con fuerza, veraz, nunca fue una escritora de murmullos, de verdades a media, de cuchicheos o de gemidos, no, ella siempre impuso su tono, el cual en muchas ocasiones molestó al gobernante en turno, nunca aceptó una “línea” y cuando se la insinuaron se retiró educadamente, Priego Martínez sobre el tema añade: “De Gaba la periodista, sólo repetiré lo que todo el mundo sabe, que se ha caracterizado por fustigar la simulación, la prepotencia y las arbitrariedades, solidarizándose con los desposeídos, los eternamente engañados y explotados, los que en silencio sufren injusticias de toda índole, convencidos de que nadie habrá de oírlos”. Fue también una defensora acérri-
ma del lenguaje, fustigó aquellos que en lo cotidiano contribuyen a emporcar el idioma y a destrozar el lenguaje, fue tal su preocupación al respecto, que allá por los años noventa del siglo pasado integró junto con Jorge Priego Martínez, Tilo Ledesma de la Cruz, Jorge Gómez Sánchez y Edwin Macario Rodríguez, la Comisión de Lexicografía de Tabasco, la cual tiempo después editó un pequeño volumen en el que se recopilaron más de 150 vocablos de uso cotidiano que no habían sido clasificados por ningún lingüista de la entidad. Gaba fue además una apasionada de las tradiciones y fiestas populares de Tabasco, por ejemplo, gozó y vivió el carnaval villahermosino de la primera mitad del siglo xx, participó en él cuantas veces pudo con todo el entusiasmo que la caracterizaba, se disfrazaba con frecuencia; en algunas ocasiones, en charlas con amigos, me contó que yo bien pude haber sido su hijo, ya que ella se había “casado” en numerosas ocasiones con mi padre, ya que ambos se disfrazaban de novios en los carnavales. En 1995 fue designada Cronista de la Ciudad de Villahermosa, desde ésta trinchera insistió, entre otras cosas, para que las autoridades capitalinas dejaran de celebrar el 24 de junio como la fundación de Villahermosa, ya que no existe ningún testimonio histórico que avale dicho acontecimiento, obviamente no se cuenta con la Carta Real que acredite tal suceso, como sucede con otras ciudades; decía que si se quería celebrar ese día, que se celebrara entonces el día del santo patrón de la ciudad. o sea el día de San Juan Bautista. Gaba para las futuras generaciones de investigadores y para los amantes de Tabasco será una referencia obligada, no se podrá escribir una línea de las tradiciones populares de la antigua San Juan Bautista sin citarla; se tendrá que recurrir a los textos de sus charlas y a las grabaciones de los comentarios radiofónicos que en los últimos años realizó todos los lunes a través de la XEVT. Escribir de Gaba es una empresa larga, requeriremos tiempo para aglutinar anécdotas, y para rescatar sus textos, espero que su legado contribuya a una mejor generación, mientras y para concluir este pequeña contribución, quiero aprovechar la ocasión para ratificarle mi aprecio y estima a mi amigo Agenor González Valencia, su fiel compañero, y a sus hijos Ricardo Rafael, Carlos Eduardo y María Gabriela.
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Mi Palacio de Gobierno
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iro el Palacio de Gobierno y el retorno a San Juan Bautista y a la Villahermosa de ayer es inevitable. Una postal a colores entre mis manos, me permite sentarme en las orillas de una fuente que impasible lo mira, y desde allí me lleno los ojos y el alma de recuerdos e imágenes. Ese edificio, me digo, fue el primer Palacio que los sanjuanenses tuvieron ante sus ojos y el mismo que a casi medio siglo de distancia mis ojos infantiles contemplaron con asombro. ¡Qué grande y hermoso me pareció! Sí, éste que al correr de los años sigue en pie desafiando a Cronos y conservando aún su rostro original. Acaso a personas ajenas pueda no parecerles tan bello tal como nosotros lo vemos, quizá tengan razón, pues ellas desconocen su historia y el porqué lo amamos y admiramos, a más de que es el sobreviviente testimonial de una época de olvido y de carencias que la entidad sufriera cuando Tabasco apenas si existía en la geografía nacional, además de haber sido el de mayor importancia entre todas las otras edificaciones de gran presencia que abrazaban a la Plaza de la Constitución,
oficialmente Plaza José María Pino Suárez y Plaza de Armas para el pueblo, mismas que sucumbieron ante la piqueta fría y ciega de la modernidad, dejándolo sólo en compañía del antiguo caserón de portales que diera cobijo al "Café del Portal", restaurante y centro de diversión familiar que marcara una época en la Villahermosa de los años 40 y 50 del siglo XX.
Sabido es que en el camino del tiempo los días vencen espacios, vencen sueños, vencen imágenes, amores y esperanzas, solamente los recuerdos, joyas preciosas prendidas en el pensamiento del hombre, son invaluables, porque ellos guardan los aconteceres que a cada pueblo le dan identidad, voz y rostro propio, trayéndole a la memoria el agridulce sabor de todo lo que fue y ya no es o ¿es todavía? Para el apacible San Juan Bautista, aquel 13 de diciembre de 1894 fue inolvidable porque ese día las grandes puertas del Palacio de Gobierno se abrieron de par en par para dar paso a una selecta concurrencia que superada la emoción de cruzar sus espacios, subía uno a uno los peldaños de mármol de la señorial escalera que abierta como dos
alas indicaba el camino a seguir hacia los salones donde tendría lugar la ceremonia de inauguración. Las tonalidades ambarinas de la madera las pinturas del techo realizadas por artistas extranjeros. Los cristales biselados del salón principal magnificaban en la claridad de sus espacios, las iniciales entrelazadas R. M. (República Mexicana) así como nuestra águila nacional, pero completa, en cada una de las puertas. Una afamada casa alemana labró los herrajes de la balconería, los ventanales y las barandas de los pasillos. Respecto a este artístico trabajo debo decir que en el reciente pasado, una de esas ventanas fue rota en la parte interior para darle espacio a un aparatoso "clima" que de seguro le diera frescura a la inteligencia de quien ordenara tamaño desacato; por fortuna tal hecho fue enmendado al levantarse algunas voces, y esto lo traigo a colación para que nunca más vuelva a suceder. Un bellísimo detalle que todos admiraron fue la majestuosa araña de cristal de Bohemia que pendiente del techo aumentaba en las lágrimas cristalinas que en cascada se derramaban de su entorno, la luminosidad de un gran espacio, dibujándose en ellas el ir y venir de los invitados de aquella noche inolvidable de alegría y elegancia provincia-
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na, de una época que entre sollozos vio morir su tiempo. En los años 50 del siglo XX el Palacio seguía luciendo su regia estructura y las negras agujas del reloj, desde su altura, marcaban las horas de un tiempo sin prisas en aquella romántica y provinciana ciudad capital mirando apacible desde sus balcones las noches de retreta en que ríos de muchachos y muchachas, circulaban por la Plaza de Armas, en sentido contrario los unos de las otras, donde en la arbolada plaza, iniciaban sus primeros escarceos amorosos. ¿Cuántos romances habrá visto nacer ese solitario guardián del tiempo desde su cúpula central? Después fue después y la Plaza de Armas sufrió su primera remodelación y el derrumbe de su hermano Palacio Municipal, otras remodelaciones más ya incontables lograron que perdiera su encanto y su esencia. Ya jamás volvió a mirar cómo la brisa peinaba las ramas de los laureles y de los almendros y en aquellas bancas de madera y de hierro que alguna vez existieron, nunca más los estudiantes como aquellos del Instituto Juárez volvieron a sentarse para soñar, leer y enamorarse. Poco a poco el Palacio se fue quedando solo; sus puertas por razones o sinrazones suelen permanecer cerradas, y apenas en las fiestas septembrinas recobran la importancia de su ser y es cuando se que alegra su tristeza en la música y el baile, es entonces que las luces de colores de nuevo iluminan su rostro y la atemporal campana del reloj deja escuchar las once notas musicales de rigor para que el lábaro patrio ondee majestuoso desde su balcón principal en manos del Ejecutivo en turno, y a los gritos de ¡Viva la Independencia! ¡Vivan los héroes que nos dieron patria! ¡Viva México!, y otros vítores más secundados por una masa noble y esperanzada que cada 15 de septiembre vuelve con alegría sus ojos a su Palacio, tan cerca y a veces tan lejano, pero que es parte de su orgullo y de lo poco que del pasado urbano queda en pie, revive sus días de gloria. Diez largos años duró su construcción entre tropiezos pecuniarios y acuerdos tomados con los legítimos dueños del predio elegido para el palacio gubernamental. Lejos quedó aquel decreto que rezaba que todo varón habitante en el estado que contara de dieciocho a sesenta años de edad debería aportar por una sola vez, la suma de un peso plata destinado a la construcción del Palacio del Poder Ejecutivo distribuida en cuotas mensuales de doce y medio centavos cada una. No existe desafortunadamente registro fidedigno que señale si tal disposición tuvo éxito, si el pueblo cooperó entusiastamente para tal requerimiento. Supongo que en Tabasco nadie sabe de cierto tantas historias y aconteceres como nuestro Palacio de Gobierno desde aquella lejana fecha de su inauguración en el siglo XIX. ¿Cuántos gobernadores constitucionales y sustitutos han tenido el honor de haber ondeado la bande-
ra nacional desde su balcón, así como el de haber echado a vuelo las notas musicales de su legendaria campana para recordamos aquella fecha memorable en que México iniciara la lucha por su independencia, para sacudirle la potestad hispana, lucha que aún no termina a pesar de todo? ¿Cuántos hombres públicos para bien o para mal han encontrado o perdido su destino desde adentro de sus entrañas palaciegas? Cuando transito por su escarpa o cruzo el espacio de sus puertas, cuando subo o bajo sus escalinatas o me apoyo en sus barandales puedo sentir los latidos de su corazón, mirar en sus rincones la pátina del tiempo y en ocasiones compartir las soledades que cada sexenio va dejando cuando su tiempo de poder expira. Inocultable es el que cada inquilino del Palacio ha querido dejar la huella de su paso en él y en razón de ello su indefenso cuerpo ha tenido que cargar pisos sobre pisos, pintura sobre pintura, paredes encima de otras, parches y remiendos que si no han deformado su exterior, sí han lastimado y en mucho su interior; volverlo a su diseño original es inequivocadamente el deseo de este gobierno (2002-2006). Sería maravilloso, si la magia existiera, mirar en sus espacios en comunión espiritual, las almas de Manuel Mestre Gorgoll iniciador de la construcción del inmueble, de Lino Merino, Victorio Victorino y José Julián Dueñas, antiguos y primeros dueños del sitio en que se construyó; de Lauro León, Eusebio Castillo Zamudio, Abraham Bandala, Carlos Jerez y Huerta, el arquitecto que diseñó los planos; de Pablo Folc, el encargado de continuar la dirección de la obra
hasta su terminación, y del doctor Simón Sarlat Nova, quien tuviera el honor de inaugurarlo y que tan corto tiempo gozara de su cobijo. Y por supuesto de ese ejército de hombres anónimos, ebanistas magníficos y señores maestros de obra que pusieron en la construcción de este Palacio alma, esfuerzo y corazón, para que dieran fe de que en este nuevo siglo y milenio, el Palacio soñado y realizado por ellos de una u otra manera, sigue en pie, en medio de la ausencia de las otras construcciones amigas que ya no existen y ajeno al paisaje que alguna vez desde sus balcones contempló. Este edificio representa en forma material la voluntad de un pueblo que elige a quienes desde su recinto ejercen el poder, porque bien estamos todos obligados a saber que: "todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste por igual y sin excepción alguna". Por razones de amor, de nacencia, de convivencia, Villahermosa y Tabasco todo, "la mejor tierra que el sol alumbra", son y seguirán siendo parte de nuestra existencia; de igual manera, nuestro Palacio de Gobierno es y continuará siendo, además de parte de nuestra existencia, uno de los mayores orgullos arquitectónicos con que contamos, y pulso y corazón de esta entidad. Ojalá que nunca otra edificación pretenda algún día ocupar su lugar por las razones que sean. ¡Ojalá!
Gabriela Gutiérrez Lomasto Verano de 2004
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Gaba, por siempre “Cuando un amigo se va se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido”
H
Por: Felipa Nery
(Alberto Cortés)
ay hombres que a su paso por esta tierra, dejan huella, y otros, que pasan, como si lo hubiesen hecho por la noche, cuando nadie los ve, porque no hicieron nada a favor de los demás, nuestra querida Gaba, fue una tabasqueña excepcional, que brilló como una estrella, fue una mujer inteligente, comprometida con su patria y con su gente, por quienes se expresó utilizando su voz y su pluma, en todos los foros que tuvo a su alcance, claro que también habían muchos que no la querían, pero como no, aquellos a los que fustigaba con sus críticas, en sus comentarios en los que se expresaba con toda libertad, sin ninguna cortapisa. La mañana del 9 de noviembre del año 2013, el pueblo de Villahermosa se consternó al enterarse de la pérdida de uno de sus baluartes, de esa gran Ceiba que fue Gaba Gutiérrez, ella que decidió partir de esta tierra, no cuando otros lo esperaban, sino cuando su destino así lo había escrito, que iría a encontrarse con sus antepasados en el más allá; Gaba fue polémica hasta en sus últimos días de vida, porque a través de las redes sociales muchos la dieron por muerta con muchos días de anticipación al que ella tenía marcado para partir; cuando ella aun seguía con vida, cuando su corazón se negaba a dejar de palpitar, algunas esquelas fueron publicadas por algunos de sus amigos, como Andrés Manuel López Obrador, dando el pésame a su familia. Fue una mujer que dedicó su vida a la comunicación escrita y radiofónica, a hablar de lo que le parecía correcto y de lo que le parecía incorrecto, siempre fue la voz, de los sin voz, y sobre todo, señalaba los errores y abusos, a los que detentan el poder, pero también, nos deleitaba con sus ventanas del recuerdo de esa antigua ciudad en la que todos nos conocíamos y la gente sabía sobrevivir a las inclemencias del tiempo, principalmente a las inundaciones, porque se preparaban para esperar su llegada, colocando sus tapancos —según narraba Gaba--, en los que todos guardaban su maíz, frijol, la leña y lo que les permitiera sobrevivir a las inclemencias del tiempo. Gabriela Gutiérrez Lomasto murió a los 85 años de edad. Fue una mujer fuerte, no sólo en su condición física, sino también en su carácter. Tuvo la capacidad
de formar una familia. Se casó cuando era una mujer madura, muy consciente de la responsabilidad que asumía, estuvo casada por 52 años con Agenor González Valencia, tuvo tres hijos, Ricardo, Carlos y María Gabriela, los grandes amores de su vida, cuánto sufrió y se atormentó cuando su hijo Carlos estuvo al borde de la muerte, pero el Creador del Universo le concedió la dicha de verlo reponerse y tenerlo junto a ella, en sus últimos momentos de vida, brindándole todos los cariños y apapachos que una gran madre merece tener en su agonía. Fue una mujer de pasiones, libre, que vivió, que amó, que disfrutó la vida, a sus hijos, a sus nietos, a sus amigos, a la naturaleza, por la que tanto luchaba desde sus trincheras donde se expresaba sin cortapisas, porque no era una mujer a la que se le pudiera decir qué escribir, y qué no escribir, siempre fue una mujer con alas de plena libertad, fue como una águila, que supo volar alto, sin ponerse límites a sus creencias y opiniones. Era una mujer que realmente sabía hacer amigos, y amigas, ella no daba sólo consejos, sino también todo lo que tenía, era una mujer que no le preocupaba lo material, ni los lujos, ni la gran residencia, ni las joyas; ella disfrutaba al lucir sus collares y sus grandes aretes, típicos, pero nada de lujos superfluos, sus vestidos de colores alegres, vivos, que por supuesto no eran de Liverpool, ni del Palacio de Hierra, eran confeccionados
por su fiel “Pelancha”, que era no sólo su modista, sino también quien le ayudaba en los quehaceres del hogar, pero sobre todo, su amiga, su confidente. Vivía de forma modesta, tenía una casa cómoda, con muebles rústicos, de madera, una recámara confortable, pequeña, sin nada de lujos, sencilla, con lo indispensable. Le gustaba disfrutar la vida, la comida y la buena plática con sus amigos, siempre le gustaba departir en diversas mesas, lo mismo con hombres, que con mujeres y sobre todo, personas con menos edad que ella, con quienes le gustaba hablar, porque jamás tuvo problemas para considerarse igual que todos los demás, a nadie, veía como un ser superior, ni a ningún hombre, ni a ninguna mujer, por más poder político que tuviera; ella creía que todos somos iguales, y que incluso, muchos de menor valía, por ser personas de malas entrañas, oportunistas y arribistas, decía. Fue una mujer que utilizó su voz y su pluma, para defender causas justas, para estar siempre a favor de los que menos tienen, de los jodidos, a pesar de que ella fue una mujer que nunca careció de nada, ni de cariño, ni de comida, y mucho menos de techo, pues gracias a su padre, don Rosendo Gutiérrez, a quien ella siempre recordaba con un inmenso amor y cariño, porque decía que siempre la consintió, siempre la apapachó y le dio todo lo que ella quería, con cuánto cariño nos recordaba la panadería de su padre, describía cada uno de los panes
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VILLAHERMOSA, TABASCO LUNES 25 DE NOVIEMBRE DE 2013 que ella saboreaba, las chilindrinas, los gusanos, las conchas, pero también y sobre todo, tenía presente siempre a su Villahermosa antigua, por la que decía corría y trepaba a los árboles. Gaba siempre fue una mujer muy informada, y no de ahora, de éstos últimos años, no, para nada, en las largas pláticas que teníamos con ella, nos recordaba que en su casa siempre se leía un diario nacional, allá por los años 40s del siglo pasado, dice que siempre estaba muy bien enterada del curso que seguía la II Guerra Mundial, de sus protagonistas principales, y de los abusos que cometía con la humanidad el carnicero Hitler, por ello, a cuanta reunión que teníamos del grupo de sus amigas del Club de Mujeres Periodistas y Escritoras, o a cualquier mesa donde nos citáramos para tomar el café, jamás llegaba con las manos vacías, siempre llevaba sus recortes de periódicos de algún artículo que le parecía interesante y lo quería compartir con los demás, para analizarlo y criticarlo, también recortaba las caricaturas de los diarios nacionales, con las que tanto se divertía; es más, hasta se tomaba su tiempo para llevar a las compañeras el recorte del periódico de las notas de sociales. Mujer nacionalista, fresca, revolucionaria, apasionada, defensora e impulsora de los derechos humanos, lo mismo defendía los derechos de una mujer encarcelada, que mató al que fue su marido, porque un día se cansó de tanto mal trato por parte del hombre que después de violarla la tomó como mujer, que las causas que abandera Andrés Manuel López Obrador y su lucha por llegar a la presidencia de la República; al igual que fue implacable con su crítica hacia Carlos Salinas de Gortari, por el saqueo descomunal que hizo del país y el desmantelamiento de las propiedades del gobierno.
Le gustaba la política, claro, por supuesto que sí, colaboró en el gobierno desde finales de los años ochentas, redactando las memorias de gobierno, desde que decidió regresar de Puebla, donde vivió por muchos años, crecieron y estudiaron sus hijos, allá, donde alojó a jóvenes que se iban a estudiar a esa urbe, por lo que el número de sus hijos fueron no sólo a los que ella les dio el ser, sino también aquellos que se ocupó de darles alimento y protección mientras estaban alejados de su familia; nos comentaba Gaba, que allá en la Angelopolis logró en arrendamiento y muy barato, una casa muy grande y antigua, que era propiedad de un doctor, la cual fue acondicionando poco a poco, y en ella vivió cómoda y felizmente. Gaba también disfrutaba recordar y describía aquellos bailes de Los Portales, donde se juntaban las grandes amigas, como Loly Calles, Edith Matus, Chabela Rullán; pero también expresaba sus rabietas y enojos, cuando recordaba su antigua Plaza de Armas, donde paseaba con sus amigas cuando eran jovencitas, por eso fue la cronista de la ciudad, porqué quién mejor que ella para conocer las tradiciones de su natal Villahermosa, su carnaval, sus exposiciones, de cómo se pusieron de acuerdo un día algunas damas de la sociedad para organizar el concurso de las representantes de los municipios para elegir a su Flor más Bella, sus inundaciones, recordaba cómo eran las épocas de creciente, pero eso sí, nos decía, ninguna como la que vivimos en el 2007, por la culpa de los que vinieron a rellenar los pantanos para hacer grandes negocios. Fue muy amiga de Berta Ferrer, la pintora y amante de la cultura, quien si bien era unos diez años menor que ella —y que los caprichos del destino decidieron que se fueran de esta tierra casi juntas, con un mes
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de diferencia---, fueron cómplices en muchos proyectos, trabajaron juntas en la edición de algunas memorias históricas del gobierno del estado, al igual que en la creación y publicación durante muchos años, de la revista cultural Presencia, al igual que lo hizo en publicaciones de Isidoro Pedrero Totosaus y Guillermo Hübner Díaz. Le gustaba la buena comida, y por qué no también una buena copa de vino que disfrutaba con un buen corte de carne, jamás hacía dietas para adelgazar, comía bien, comía de todo, a nada le decía que no, no era una mujer que se enfermara por comer, claro, comía con moderación, todavía recuerdo diciembre del 2012, cuando recién acababa de salir del hospital y tuvimos una comida con motivo del fin de año en la casa de Berta Ferrer, quien por esos días también ya andaba delicada de salud, comida a la que por cierto nos acompañó la señora Marta Lilia López de Núñez, esposa del gobernador Arturo Núñez; en esa comida Gaba estuvo muy contenta, feliz, se tomó una cerveza coronita, pues decía que celebraba estar viva y seguir dando lata. Tuve la dicha de conocerla, de estar muy cerca de ella en los últimos 25 años, luego de recibir el Premio Estatal de Periodismo, y ser propuesta para ser integrante del Club de Mujeres Periodistas y Escritoras de Tabasco, desde donde ella siempre me brindó no sólo su amistad, sino también su cariño, que fue siempre recíproco. Siempre que veía al doctor Agenor, él me decía, no sé por qué te quiere tanto Gaba. Seguramente ella sí sabía del por qué de sus afectos hacia mí, pues siempre la traté con el respecto que se merecía esta gran señora, pero sobre todo, siempre la escuché y seguí sus consejos. Descanse en paz Gaba Gutiérrez, quien no morirá, porque vivirá siempre en nuestros recuerdos.
Doña Gaba, Nuestra Doña Por: Luis A. Pampillón Ponce
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penas conocida la noticia, en 1996, de que el ayuntamiento de Centro había decido nombrar a doña Gabriela Gutiérrez Lomasto, cronista de la ciudad, mil ideas comenzaron a hacer ebullición en nuestras mentes. Todas confluyeron en una sola: rendirle un merecido homenaje. ¿Pero como rendirle un homenaje, el mejor homenaje, creemos, al numen creativo, a la musa que es inspiración, pero que al mismo tiempo crea y se recrea pluma en ristre, binomio que conjuga a la perfección doña Gaba? ¿Cómo? ¡Vaya tarea! El mejor homenaje, sin duda, es seguir su ejemplo, continuar su lucha, incansable lucha de dar voz a los sin voz, de procurar la justicia, de estar, siempre, con los más desprotegidos. Así fue doña Gaba, continuar su tarea, el mejor homenaje a la mujer lucha-
dora, a la esposa, a la madre, porque como diría José Muñoz Cota: Junto a cada mujer, hay siempre un niño esperando su paso; por eso las mujeres tienen en cierto modo, algo divino: son las guardianas de la vida, las que sostienen la llama encendida. Por eso cuando todo parece perderse y sucumbir, cuando los hombres sentimos que se nos doblan las rodillas, que se quiebra el espíritu, basta una mirada de nuestra madre, basta una sonrisa de la mujer que nos acompaña en el camino, para sentir de nuevo coraje, renacidas las ilusiones y la esperanza. Yo tengo depositada en las mujeres, mi mejor esperanza, yo se que cuando las mujeres se proponen algo, lo consiguen con mayor vehemencia que los mismo hombres. Hasta siempre, Doña Gaba.
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“Dona Gaba”
custodio de la historia oral y escrita de Tabasco Cronista de la Ciudad de Villahermosa desde 1966, Gabriela Gutiérrez Lomasto destacó por su trabajo en la transmisión de lo nuestro
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oña Gaba por 17 años (1996-2013) como cronista de la ciudad de Villahermosa, fue celosa guardián de la ciudad, de sus ciudadanos, y de su patrimonio histórico-cultural. Se distinguió como investigadora y asidua recopiladora de hechos de corte histórico. La escuchamos como intérprete y narrador de sucesos de actualidad, sumamente valiente; gustaba de evaluar hechos y situaciones que alertaban en contra de actos de abusos del poder. Se distinguió como protectora del patrimonio histórico, de las tradiciones y cultura de la ciudad. Ella fue una fuente de información histórica viva para ciudadanos e investigadores. Un testigo de una línea en el tiempo que se negaba a desaparecer ante los cambios vertiginosos que se suscitan y a su tenacidad inquebrantable por conservarlos y hacerlos públicos. Reconocer plenamente la figura de quien fuera la cronista de la ciudad de Villahermosa, quien —sin lugar a dudas- se erigió en la voz cultural e histórica de nuestra capital y cuya labor contribuyó a vigorizar nuestro sentido de pertenencia y arraigo. La trascendencia de la actividad que realizó en favor de la identidad sobre todo municipal, se le reconoce, pero posterior a su reciente deceso, -estoy convencido de ello- comenzará a valorarse aún más, el papel que desempeñó. Resulta innegable que con su cometido de cronista y buena memoria aportó para perpetuar nuestras tradiciones y conservar la memoria de lo acontecido. En su tarea de cronista promovió el reconocimiento del patrimonio, con arraigo y trascendencia, desde diversos espacios como (la radio, la prensa escrita, conferencias, los libros, principalmente) se encargó de amplificar ese conocimiento y erigirse en defensora de nuestro patrimonio. Al aceptar el encargo se comprometió con recta devoción, con la memoria de la ciudad, de sus plazas, de sus inmuebles, de su gente, de aquellos personajes que partieron pero que dejaron huellas e hizo, desde la palabra, que la comunidad pudiera vivir el sentido y el valor cultural, es decir, los contenidos de su voz, con el sentido originario de la iden-
Por: Javier Gaytán Farah tidad y la memoria que una persona como Doña Gaba supo desarrollar. Una línea en el tiempo Humanista y fedataria del haber histórico y cultural tangible e intangible, Gabriela Gutiérrez Lomasto, fue una relatora perseverante de los hechos del pasado y del presente, observados, leídos y vividos en carne propia, rescatando a través de la historia oral y escrita la vida de nuestros barrios, colonias y pueblos, siendo fiel a los hechos y exponiéndolos bajo un planteamiento estético. “Doña Gaba”, como todos le conocíamos, siempre fue abierta a la vida y la cultura, generosa y tolerante, contó y describió cómo hemos sido, cómo somos y cómo estamos siendo; compilando información, registrándola e investigándola para hacer la crítica oportuna y certera. Sus dotes como custodio de la memoria histórica de nuestra comunidad, las demostró con su libro de crónicas “Mi Mercado Pino Suárez”, en que da cuenta de la vida citadina en este centro de abasto, la convivencia social y el reflejo de un pueblo cambiante cada día. De igual forma, con el libro de cuentos “¿Quién les corta las alas a los pájaros?”, muestra las tradiciones, las experiencias y vivencias de un pueblo lleno de historia, rico en tradiciones, fiel a sus costumbres y respetuoso de sus raíces, que sin embargo no se quedó inerte ante los cambios tecnológicos y la modernización, y fue modificando sus tradiciones, aunque gente como Gutiérrez Lomasto no han dejado de luchar porque no se olviden. La ventana de sus memorias Con estas publicaciones, llenas de sentido humano pero también de sinsabores y tragedias de quienes por alguna circunstancia la hicieron partícipe de su vida, transmitió a los lectores alegría, tristeza, esperanza o desesperanza de sus personajes, con lenguaje sencillo, tierno y a veces colérico, pero nunca falto de poesía. Esa muestra de su amor y dedicación por el rescate de la historia pretérita y tradiciones, de San Juan Bautista y de Villahermosa, le permitieron ser nombrada “Cronista de la ciudad de
Villahermosa” desde el año de 1996. Gran parte de su lucha por transmitir las costumbres y tradiciones, la dio “Doña Gaba” a través del programa radiofónico “Las ventanas del recuerdo”, en la radiodifusora XEVT, en el cual reseñaba hechos ocurridos antaño, mezclados con su ironía y jocosidad, convirtiéndose su voz en poco tiempo en una de las que identificaban a esa estación. Sin embargo, mujer de una sola pieza, de carácter fuerte que siempre hablaba con la verdad, también utilizó su voz y las ondas hertzianas para criticar los desaciertos gubernamentales, a los políticos que decepcionaron el pueblo y que al llegar al poder se deshumanizaron, se volvieron insensibles ante la pobreza de una sociedad tabasqueña en crisis. Los tiempos de antes Conocedora del espíritu de su ciudad y memoria del tiempo, a sus 22 años de edad (1950), su pasión por las letras dio a Gabriela Gutiérrez sus primeros laureles, al ganar un concurso de la Editorial Confidencias. De ahí nada la detuvo, colaborando en medios impresos locales como Mercurio, El hijo del Garabato, Presente, Avance, Novedades de Tabasco, Tabasco al Día, El semanario Tabasqueño, El Clarín, Perspectivas y La Zona Luz, para obtener en 1993 el Premio Estatal de Periodismo. Sin embargo, mujer siempre inquieta por las letras y heredera de un talento por la comunicación, también incursionó en el género de crónica social con pseudónimos como Terpsícore de Castalia, Tijerina y la Duquesa de Chiltepec, demostrando así su versatilidad. Sin duda alguna, uno de los reconocimientos más emotivos fue el entregado por estudiantes de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, de la División Académica de Ciencias Sociales y Humanidades, por su labor social, periodística y humanitaria; aquí los jóvenes estudiantes tuvieron visualizaron a través de sus palabras como eran “los tiempos de antes”. De forma magistral, “Doña Gaba” revivió cuando en San Juan Bautista se andaba descalzo y se batían los pies de
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lodo, las jornadas de los campesinos que partían de madrugada “con su zizote en el morral para echarse el puntal en el campo”, y también cómo las señoras acudían al mercado José María Pino Suárez a comprar el mandado a las primeras horas de la mañana, en un ambiente alegre, festivo, en el que todos nos conocíamos, de acuerdo a citas periodísticas. Visionaria de nuestra historia Visionaria, advirtió que la globalización y la transformación social, si bien creaban condiciones propicias para un diálogo renovado entre las comunidades, también traían consigo graves riesgos de deterioro, desaparición y destrucción del “patrimonio cultural inmaterial", el peligro inminente de extinción, degradación y destrucción de este patrimonio que lo constituye nuestras raíces culturales. Empero, también tuvo la conciencia de que al final del día la sed de conocimientos se impone y aún falta mucho para ser saciada, que no puede abandonarse la batalla y hay que defender con la voz y las letras nuestro patrimonio arquitectónico, ecológico y cultural. Gambusina de hechos, nos regaló la mayor parte de sus 85 años de vida con una exquisita prosa y talentosa reflexión, y nos deja un legado de experiencias, obras y conocimientos que no podemos desperdiciar, y del cual sus hijos Ricardo Rafael, Carlos Eduardo y María Gabriela, así como su esposo Agenor González Valencia, pueden sentirse orgullosos.
Arturo Núñez Jiménez, gobernador de Tabasco; Gabriela Gutiérrez Lomasto, cronista de Villahermosa y Humberto de los Santos Bertruy, presidente municipal de Centro
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Cronista
de Dios
Por: Heberto Taracena Ruiz
Para Gaba Gutiérrez de González, tabasqueña original. Gaba, mujer de gran voz, hoy es Cronista de Dios.
En relám pag os escrib e y reluce con su s nervios, de p e a p a cu an to vive .
Di o s l a mi r a, c o mpl ac i do de tenerla en caro limbo , etern o y bien merecido.
Y l e d a l a bi e nve n id a porq ue Ga ba con llev ó pas a por te a la o tr a v ida.
Se lo ga nó con su p luma , e ala s matiz v ertica l, in de l e bl e y s i n e sp uma .
Plu ma ve r sá til, du ra ble , que ap l ic ó s i n t it u be os ni deja r d e ser amab le.
Con u n ton o matern al, humild e, n os protegió, uno a otro por igual.
Fu e s u vi d a de una pi e za en te r a, sin e s co nd rij os y de sencilla grandeza.
Orig inal tab asqu eñ a, en e l to no d e s u vo z gravó su mejor reseñ a.
Re s eñ a qu e c omp ar t ía ante to do s, ric o, po br e, pr od ig an do s i mpa t ía .
A mab a a s u tier ra ta nto com o a su s seres q uerid os y su s hered ad os sa ntos.
A qu e ll o s s an to s s i n c ui t a q ue baja ro n tanta s veces, p or doñ a Rafa elita: a q uien escuch é rez ar rotunda, com o fue Gaba c ue n ta , c ue nta y r e sp ira r- , cua nd o la calle Ca rran za a co mpa saba misterios, l e t an ía s y a l ab anz as . N o c e jó e n s us op in i on es h acien do d e su raz ón, la razón de las razones.
De modo que la distancia emp rend ida a l má s allá , ta ñe d e a quí en reson ancia.
S u co ra zó n ha rá h on or p alp ita nte e n e sta s c alle s y en la s rúas del S eñ or.
Repercu sio nes q ue o irá la memo ria intempo ra l y q ue D io s c omp ar t i rá .
Tan así que en alta voz, G aba e s C ro ni s t a de Di o s.
CARTA DE JESÚS SIBILLA OROPESA A DOÑA GABRIELA GUTIÉRREZ
C
onocedora del ayer, férrea, crítica de los sucesos actuales y un ejemplo para las futuras generaciones, eso y más es Gabriela Gutiérrez Lomasto “Doña Gaba” como era más popularmente conocida.
Doña Gaba es un referente histórico de la entidad, sus anécdotas traían los parajes de este Tabasco, que aunque ya se perdió en el tiempo, se mantenían vivos con detalles y un toque muy peculiar que la Cronista de la Ciudad le daba en cada uno de sus relatos que por varios años fueron transmitidos por estos micrófonos. Nacida el 22 de marzo de 1928, Gabriela Gutiérrez tuvo una formación en la familia típica tabasqueña de aquel entonces; sus estudios e interés por la historia y la literatura, la llevaron a convertirse en la primer mujer que logró el título de Cronista de la Ciudad. Durante el ejercicio de su libertad de expresión, escribió diversos artículos, libros y pensamientos que nunca dudó en compartir con sus paisanos; Doña Gaba destacó por su crónica escrita, por lo que recibió premios de periodismo, y fue reconocida en numerables ocasiones por sus aportaciones a la vida pública del estado. Fue esposa de don Agenor González Valencia, otro personaje muy querido en el estado, y madre de Ricardo, Rafael, Carlos Eduardo y María Gabriela quienes se mantuvieron a su lado en todo momento. Recordar a Doña Gaba es inmiscuirse en el pasado, y así lo hacían un gran sector de la población todos los lunes al medio, día desde el 2001,
cuando inició su programa en la VT en las Ventanas del Recuerdo, donde poco a poco compartió un poco de lo mucho que ella obtuvo de Tabasco, desde sus inicios en tan emblemático espacio radiofónico; Gabriela Gutiérrez no tuvo mella en explayarse contando las anécdotas de la entidad, como del programa del 10 de diciembre de 2001 cuando contó con toda viveza el camino por el que se formó el transporte público del estado. Los relatos históricos de Doña Gaba siempre estuvieron cargados de anécdotas personales, lo que a lo largo de casi 12 años que hicieron el auditorio de las Ventanas del Recuerdo se mantuvieran al tanto de todos ellos. Gabriela Gutiérrez se agradaba de responder preguntas del auditorio, compartir extractos de poesías, difundir actividades culturales y también externar su opinión abiertamente, que aunque muchas ocasiones fue muy dura, siempre fue de frente y valiente como su persona. El paso del tiempo causó estragos en la salud de la querida colaboradora de la VT, la velocidad de sus palabras fueron disminuyendo pero nunca dejaron de fluir con lucidez y llenas de historia. Así se transmitieron desde finales de 2001 hasta el 16 de septiembre pasado, cuando Doña Gaba condujo por última ocasión en las Ventanas del Recuerdo. Hoy Doña Gaba no está más con nosotros, pero su legado, historias, anécdotas y carisma, seguirán sonando mientras se mantengan abiertas Las Ventanas del Recuerdo a las que ella le dedicó tanto. Descanse en Paz Gabriela Gutiérrez Lomasto.