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No vinieron a gustar, vinieron a incomodar

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NO VINIERON A

ENSAYO SOBRE LAS YEGUAS DEL APOCALIPSIS

NO VINIERON A GUSTAR,

VINIERON A INCOMODAR

No todo arte quiere ser amado.  Algunos no piden contemplación, piden existir.

Las Yeguas del Apocalipsis no buscaron aplausos: buscaron ruido, fisuras en la tranquilidad sorda y provocar ese silencio incómodo que queda cuando ves donde no querías mirar. Hoy, por primera vez, el registro de sus obras originales entran al Museo Nacional de Bellas Artes en una exposición inédita. Y no es un gesto menor. Es un hito. Es el momento en que un país decide, aunque tarde, pero decide, mirar de frente aquello que durante décadas prefirió mantener en los márgenes y reconocerlo, a pesar de que nunca buscó estar ahí.

Porque las Yeguas no nacieron para la vitrina. Nacieron para irrumpir en la sociedad.

Un arte que no seduce

Hay artes que decoran, artes que tranquilizan, artes elegantes y artes angelicales. Pero también hay otros que incomodan y que cuando los ves, no los entiendes, pero se sienten. Arte que no se deja consumir con la misma facilidad que una imagen perfecta o un discurso correcto.

El arte incómodo suele quedar fuera de los relatos oficiales no por falta de valor, sino porque desordena los circuitos consolidados. Pone en crisis la idea preconcebida de lo que es bello y al mismo espectador común que espera que el arte se entienda y se deje mirar sin conflicto.

El trabajo performático de Pedro Lemebel y Francisco Casas pertenece a esa última categoría. A través de sus propios cuerpos, travestidos, expuestos y vulnerables, crearon un manifiesto de lucha en una época que prefería la discreción y el silencio. Operaban en las calles, afuera y bien alejadas de las galerías. No eran estéticos ni bellos. Eran grotescos y resistentes. Insistían en estar y eso era suficiente para interrumpir.

Las Yeguas no se disfrazaban, se mostraban. No se escondían, se plantaban.

ROSATO© STUDIO & AGENCY

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Instalamos Pajaritos como Palomas con Alambritos 1990
Lo Que El Sida Se Llevó 1989

Un apocalipsis distinto

En la Biblia, los jinetes del apocalipsis son representados por caballos majestuosos que anuncian guerra, hambre, peste y muerte. Simbolizan el fin de algo y el nacimiento de un nuevo periodo. Son imponentes y se presentan con solemnidad ante sus creyentes.

El primer acto performativo de Lemebel y Casas, fue decidir el nombre de su dúo. Las “Yeguas del Apocalipsis" enfrentaban esa idea tradicional y la daban vuelta por completo con fuerza hasta hacerla propia. Entraban sin permiso, rompían la calma y provocaban. No anunciaban el fin del mundo, pero sí el fin del silencio. El caballo pasaba a ser yegua y la catástrofe, en revelación.

La solemnidad no era parte de su identidad, más bien eran desalmados y caminaban con cuerpos maquillados y expuestos, pero decididos. Este contraste no era una mera metáfora sino la transformación del concepto. Resignificaron un insulto y lo convirtieron en bandera y, a la vez, en poesía. Ser “yegua” dejaba de ser ofensa y se volvía declaración.

El gesto de las Yeguas era más simple de lo que uno espera. No buscaron representar a nadie ni menos convertirse en símbolo idealista, sino que buscaron mostrarse en una época donde se esperaba que los cuerpos disidentes fueran discretos.

Entrar sin pedir permiso

La primera irrupción, revelada por “Panchita” Casas en el conversatorio de la exposición, no fue con invitación, ni menos en un museo. Fue en la fiesta de cumpleaños de una reconocida escritora chilena, celebración a la que nadie las había llamado. Sin aviso, se mostraron con cuerpos desnudos e interrumpiendo el orden normal de las cosas. Era raro, incómodo, pero eran ellos y no quedaba otra que acostumbrarse. “Era así y punto”.

En otra ocasión, más expuestos y más audaces, en la Universidad de Chile, Lemebel y Casas, entraron sin permiso. El espacio no estaba preparado para ellos. Sus cuerpos tampoco estaban pensados para estar ahí.

Llegaron desnudos y montados en una yegua, maquillados, con gestos exagerados y desafiantes. Acompañados de otros poetas, proponían una relectura de la iconografía tradicional del conquistador viril y referenciaban la homosexualidad masculina como algo que no se oculta. No dieron discursos profundos, porque su presencia era suficiente.

Estrellada II 1990

Lo Que El Sida Se Llevó - 1989

No buscaban protagonismo, buscaban incomodar. Y lo lograron.

Desde entonces, las Yeguas no se escondieron más. No porque buscaran el escándalo, sino porque insistieron en existir cuando no había lugar para ellas. Cada aparición era una grieta nueva al orden. Incomodaron porque no se retiraron cuando se les pidió y en esa insistencia, dejaron claro que el arte cuando nace desde el cuerpo, no está hecho para tranquilizar a nadie, sino para quedarse vibrando aún cuando la performance termina.

Presencias y ausencias

Las obras de las Yeguas del Apocalipsis no fueron pensadas para llegar a las blancas paredes de un lugar tan legítimado como es el Museo de Bellas Artes, y es por eso, que hay muchas de las cuales no hay registro alguno u otros que están en muy mal estado. No porque hayan sido descuidadas, sino porque la urgencia y la precariedad también era parte del gesto.

Ante esas ausencias y la imposibilidad de reconstruirlas, Gerardo Mosquera, curador encargado de seleccionar y ordenar las piezas visuales, calificó esta muestra como una “exposición de presencias y ausencias”. Quiso no llenar esos vacíos ni disimular que falta algo. Dejó los espacios en blanco que corresponden para transmitir que aunque no hay obra, hay memoria.

En lugar de ocultar estas fallas, las volvió parte del relato. Porque lo que no está, también dicen algo. Habla de un arte poético que no existió pensando en la posterioridad y que nació de la urgencia de expresar.

Y quizás, ese es el gesto más admirable y honesto de esta exposición. No intentar domesticar a Las Yeguas mostrando un lado perfecto que no existió, sino que aceptar que su obra representa algo que no se puede enmarcar en cuatro ángulos perfectos.

Hay artes que se exhiben y nacen para ser contempladas en la paz. Y hay otros artes, como este, que aparecen, irrumpen, desordenan y se van, dejando una marca que no siempre se ve, pero se siente. Así como el mismo Pedro Lemebel.

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