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Directora General y Dirección Creativa: Pabla Pastene.
Dirección Editorial: Carlos Muñoz.
Dirección Gráfica: Felipe Salazar.
Diseño Editorial y Diagramación: Javiera Villagra.
Colaboradores y Autores: Javiera Valderrama, Aymarita Chambe Cherie Quidel Nuñez, Sofia Troncoso, Ángel Barra, Vicente González, Fernanda Leiva, Aranza Rivas rosatostudioagency@gmail.co
Rosato Studio & Agenc @rosatostudioagenc rosatostudioagency.framer.a

Volver a la realidad no siempre es un golpe; a veces es una invitación. Una oportunidad para mirarnos con más honestidad y preguntarnos qué queremos sostener y qué necesitamos transformar. En este número, exploramos la idea de que el regreso a la ciudad, al trabajo, a la búsqueda o a nosotros mismos también puede ser un nuevo punto de partida.
Esta edición nace en ese momento del año en que todo parece reiniciarse. Las agendas se llenan, el transporte recobra su pulso frenético y los correos llegan antes de lo esperado. Pero entre ese ruido colectivo aparece una grieta necesaria: la posibilidad de redibujar nuestros límites, de recuperar el refugio y de insistir, incluso cuando el escenario no es perfecto


Aquí conviven múltiples formas de “volver”: la de quien enfrenta el cansancio urbano resguardando su propio metro cuadrado interior; la de quien persiste en la búsqueda de trabajo sin rendirse, aunque el mundo avance a otro ritmo; la de quien regresa de un viaje o un exilio transformada, no en una versión épica, sino en una más consciente de su propia piel; y también quienes convierten el duelo en palabra, el encierro en novela y la imagen en un relato que perdura.
En estas páginas habita la emoción cruda y esa honestidad que incomoda pero libera. Celebramos voces de artistas emergentes, que escriben desde la carne, y la sensibilidad, que transforman la oscuridad en símbolo. Este journal existe gracias a un equipo que investiga, escucha y construye con profundidad; voces que transforman conversaciones en páginas que laten.
En ROSATO creemos que la comunicación se convierte en arte cuando no solo retrata la realidad, sino que la reinterpreta. Cuando encuentra belleza en lo cotidiano y transforma la incertidumbre en movimiento.
Volver a la realidad, entonces, no es resignarse. Es elegir cómo habitarla. Es decidir crear, incluso ahí. Porque mientras seamos capaces de sentir y de construir sentido, siempre habrá una forma de empezar otra vez
Pabla Pastene Fundadora y Directora Creativa
Rosato Studio & Agency — Donde la comunicación se convierte en arte ROSATO©

Marzo pone a prueba nuestra resiliencia, pero el verdadero agotamiento surge cuando la frontera entre la ciudad y nuestra vida privada desaparece. Por qué proteger nuestro metro cuadrado del ruido exterior es el gran desafío de este año


Estación Baquedano.
Las 7:00 de la mañana del primer lunes de marzo. El andén de la Línea 1 es una masa compacta de cuerpos lidiando con su propio naufragio logístico. Unos repasan mentalmente cuánto subió la lista de útiles; otros calculan si alcanzan a pagar el permiso de circulación antes de la quincena. Todos empujan para ganar un centímetro cuadrado en el vagón que los lleve a la oficina o a la universidad. Se suben para ir a trabajar, pero en el fondo, toda esa odisea matutina tiene un solo objetivo real: que den las siete de la tarde, poder volver, girar la llave en la cerradura y dejar el mundo del lado de afuera

Amenudo, se relata el Súper Lunes como un hito cívico o productivo. Pero la realidad en esos vagones no tiene nada de engranaje perfecto; es pura supervivencia. Hay un orgullo silencioso en poder pagar el uniforme escolar o en asegurar la comida del mes, pero ese esfuerzo hoy choca contra un muro de agotamiento crónico.
Para entender este cansancio no hace falta mirar las planillas de productividad corporativas, sino mirar la calle. En El declive del hombre público, el sociólogo Richard Sennett explica cómo la vida moderna borró la frontera que separaba lo íntimo de lo público. Antiguamente, el espacio público era el lugar del tránsito y el roce, mientras que el espacio privado era un refugio intocable. Hoy, advierte Sennett, ambas esferas se han deteriorado al mezclarse.
La ciudad se ha vuelto un ecosistema de fricción constante, con micros que no pasan, calles hostiles y una inflación que hace que el billete de veinte mil rinda como uno de diez, y esa misma hostilidad ha perforado las paredes de nuestras casas

Frente a un exterior disfuncional, la casa debería ser el amortiguador natural. El lugar donde el ruido de la Alameda y la ansiedad de la quincena se apagan. Pero el mayor drama de nuestro tiempo, y donde la tesis de Sennett se vuelve palpable, es que esa frontera colapsó.
La vida moderna exige un estado de alerta perpetuo que ya no se queda en la oficina ni en la estación de Metro. Entra a la casa en forma de correos urgentes a las nueve de la noche brillando en la pantalla del celular. Entra en la angustia dominical de cuadrar los horarios para ver quién retira a los niños cuando los abuelos no pueden ayudar o el jardín infantil cierra temprano. Entra en la imposibilidad de tener una cena en silencio, porque el cansancio de la ciudad ocupa todo el espacio en la mesa.
El hogar pierde su calidad de refugio y se convierte en una simple sala de espera antes de volver a salir a la batalla del día siguiente
Por eso la fatiga de marzo cala tan hondo. Sobrevivir al Súper Lunes no pasa por esperar soluciones mágicas de las autoridades de turno ni por romantizar la ineficiencia de la ciudad como un mal necesario.
La verdadera resistencia hoy pasa por reconstruir esa frontera que perdimos. Pasa por recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo y redibujar los límites de nuestra intimidad. El mayor acto de rebeldía en este inicio de año es hacer nuestro trabajo, exigir que el entorno público deje de ser un obstáculo y, al final del día, tener la libertad y la tranquilidad suficientes para cerrar la puerta de la casa, pasar el pestillo y decidir que, de ahí hacia adentro, el mundo exterior y sus urgencias ya no tienen permiso para entrar

Carlos
Muñoz
Silva
Director Editorial de Rosato



Llega el atardecer del último día de febrero y son miles quienes tienen que devolverse a su realidad: el colegio, trabajo o la universidad.
El mes de marzo llega con la misma puntualidad que un cobrador. Aparecen las mochilas nuevas, las luces de las oficinas y correos anunciando el retorno del jefe. Hay una energía colectiva de reinicio, como si el país entero se hubiese ido de vacaciones.
Pero hay muchos que también nos despertamos temprano, pero no tenemos donde ir. Porque “volver a la realidad” supone que hay un viaje previo o una escapatoria. Hay que haberse ido y no nos fuimos a ningún lado.
El desempleo es como una habitación sin ventanas. Los días pasan, sin distinguirse uno del otro. Sea enero o marzo, el ritual es el mismo: pantalla encendida, portales de empleos abiertos, actualizar el currículum y postular sin descanso, pensando que esta vez será diferente.
La gente habla del tráfico en la mañana, reuniones o compañeros desesperantes, mientras escucho. Trato de inventar pequeñas ocupaciones para que la conversación no se vuelva un foco sobre mi vacío, que también es el de otros.
Hay una vergüenza inherente y silenciosa, que no es dramática. Vive en el desayuno, cuando después de tomarlo no hay nada que hacer. Está en el almuerzo, cuando nadie te necesita en un lugar específico. Es una culpa absurda que aparece si quieres descansar porque, ¿de qué descansa alguien que no trabaja?
En marzo, el mundo se pone en movimiento y uno descubre que sigue exactamente donde estaba. La vida se transforma en una cinta transportadora que avanza bajo los pies de los demás, pero los míos siguen pegados al suelo.
Ante la ausencia de empleo, solo queda la persistencia. Una forma obstinada de seguir levantándose para no perder la cordura, aunque el escenario no cambie.
Tal vez volver no significa volver a un edificio, sino que simplemente es no rendirse. Y eso también cuenta

Javiera Valderrama
Redactora Colaboradora de Rosat



Dicen que cuando alguien se va a vivir fuera, la vida cambia. Dicen que quien vuelve no es la misma persona que se fue. Dicen también que será esa la mejor experiencia de la vida. Lo dicen como si se tratara de una secuencia inevitable: partida, transformación y regreso glorioso. Como si el viaje fuese una línea recta hacia una versión más luminosa de uno mismo.
Pero no hablan de las lágrimas pequeñas, casi invisibles, que pueden caer en medio de una tarde cualquiera. No mencionan esa nostalgia constante que no distingue entre días buenos y días difíciles. No cuentan que es posible no querer irse y, al mismo tiempo, querer volver con una intensidad que duele.
Suena a contradicción. Y lo es.
Y es que durante ese tiempo se habita un territorio que no es el propio, se camina por calles que no se conocen y se escuchan acentos que no saben pronunciar tu nombre. En ese escenario ajeno, la nostalgia no es un episodio aislado, sino una emoción persistente que toma permanencia. Una presencia suave, firme, que se instala al lado como una sombra paciente.
En una pequeña habitación, en una banca en el centro de la ciudad, en un tranquilo parque o entre medio del ruido del transporte, la evocación de tiempos pasados son inevitables y pincelar palabras como quien necesita fijar algo antes de que se deshaga, no es solo un escape, es dar forma al desborde que ocurre por dentro. No se trata de narrar una aventura, sino de simplemente entender lo que se siente
“El tiempo se aferra a mí y se niega a pasar. Se sienta a mi lado como si también estuviera esperando algo. Lo miro, lo empujo con palabras, pero se queda allí inmóvil, respirando conmigo
Ese fragmento surgió de mi de forma inevitable cuando sentía que el tiempo avanzaba lento. Desde la sensación confusa de que aún quedaba mucho por delante y no era desesperación, era más bien conciencia de estar en medio de algo importante y no saber aún cómo afrontarlo.
La experiencia no fue perfecta, porque ninguna lo es. Hubo momentos de duda, de cansancio y de extrañar lo conocido. Hubo tardes en que la contradicción se hacía evidente. Querer estar allí y, al mismo tiempo, sentir que no hay lugar para mi. Pero al final de todo, la nostalgia no anuló lo vivido, le dio profundidad. Porque aunque este texto comenzó sombrío, lo malo no quita lo bueno, y lo bueno no quita lo malo.
Las risas compartidas en cocinas pequeñas, las conversaciones improvisadas en idiomas mezclados, los vínculos que creaba en minutos, eran contención. Eran las razones que me daba el tiempo para quedarse conmigo.

“Clamo gratitud por cada rincón que habité, por cada sonrisa que recibí y por todo lo que se construyó y derrumbó dentro de mí

Esa gratitud reconoce que cada emoción, como la alegría y la soledad, forman parte de un mismo proceso. Que lo que se derrumbó hizo espacio para algo más auténtico. Y que lo que se construyó no siempre fue visible desde fuera, pero transformó por dentro.
Con el tiempo, mi percepción cambió. Aquello que parecía detenido comenzó a fluir y lo que parecía pesado se volvió liviano. Los días pasaron e incluso se aceleraron como si de una burla se tratara.
En el regreso de ese viaje no necesariamente nació una versión épica ni una transformación espectacular de mi misma. Tampoco apareció una tranquilidad inmediata. Sino que sentí algo más humano y personal, me (re)conocí. Entendí que todas las experiencias son diferentes y sentí que cada una moldeó una yo distinta, no mejor, no peor, solo distinta.
Aunque muchas veces me pregunté por qué mi vida en Madrid no fue como de película, ni veía todo con ojos de revista, me di cuenta que no cambiaría nada, porque cada segundo pasado allá, fue intenso como una catarsis del alma que explotaba cuando menos lo esperaba. Pero también, fue liberador como quien está conociendo el mundo sorprendiendose por los rincones más comunes de la existencia, pero que al observarlas de forma sensible, me llenaban de una emoción que no tiene mucho fundamento.
Poco a poco acepté que no todo tiene que ser perfecto para ser profundamente valioso. Porque lo que importa es que todo fue real. Demasiado real. Fue íntimo y hermoso. Y eso basta
Al final, me di cuenta de que el tiempo no se aferraba a mi, ni me ahogaba, ni menos me retenía. El tiempo, simplemente, me acompañaba
“Aquel tiempo honesto que se aferraba a mí, que se sentaba a mi lado congelado al igual que yo, pasó y continuó sin mucho aviso. No se aferraba, no ahogaba, me acompañaba susurrándome la oportunidad de unirme a él y de hacerlo mío, de entender que se iba como cada momento que vivía y que no iba a volver
Hoy esa ciudad ya no se siente como algo frente a lo que deba resistirme, sino como el lugar que me sostuvo cuando todo tambaleaba. Eso vuelve todo más amable, me permite mirar atrás sin tensión y entender que la belleza, a veces, se revela después.
Al final, las postales no eran solo las grandes construcciones del Viejo Mundo, eran también la capacidad de mirarme más capaz y más sensible, de conocer a esas personas que nada me debían, pero que presentes tomaron pequeños trozos del temblor y lo transformaron en algo mucho más bello y necesario

Aymarita Chambe
Redactora Colaboradora de Rosat

Nuevas voces de la creación chilena surgen con una sensibilidad artística que merece ser reconocida. para visibilizar aquellos procesos, abrir espacio a conversaciones íntimas y acompañar trayectorias junto a otras que ya avanzan con paso firme dentro de la escena cultural


reconocida. Esta sección nace trayectorias que recién comienzan,




Con apenas 25 años, Cherie se consolida como una de las voces emergentes más singulares de la literatura chilena. Tras publicaciones como Mujer Araña (2023) y Carmencita (2024), en 2025 obtuvo el Premio Roberto Bolaño con Amutui Lafken, un poemario de intensa carga emotiva, en el que aún trabaja, que confirma su identidad sensible y en plena expansió
Escribir desde la carn
Hay algo que Cherie dice apenas comenzó la conversación, pero que lo contiene todo: “Soy Cherie Quidel Núñez. Siempre agrego el apellido de mi mamá”. En esa decisión mínima pero relevante, ya aparece una postura. La escritura, en su caso, no es solo producir literatura, es sentir, observar, es cuerpo y linaje. Es una identidad que nace innata en ella.
En 2023 publicó su primer poemario, “Mujer Araña”, casi por impulso, en medio de una depresión profunda y después de volver de Argentina. Vio una convocatoria en las redes, reunió poemas sueltos y los envió sin mucha esperanza. Pocos meses después ya estaba lanzando su primer libro. “Fue muy rápido”, dice. Como si las cosas, cuando deben ocurrir, simplemente se alinearan.
Pero ese libro no lo siente del todo suyo. Lo describe como experimental y sin una línea clara. Como un tanteo del rubro y un inicio necesario para identificar sus propias capacidades

Con "Carmencita”, libro publicado en 2024, en cambio, algo se ordenó. El texto era más firme y consciente. Si en su primer libro había exploración, aquí hay una voz que sabe hacia dónde va.
Esta novela nos sumerge en el retrato íntimo de una familia, despojando ese espacio de cualquier idealización. No hay un ambiente perfecto, sino que hay tensiones y silencios. Pero, al mismo tiempo, hay fuerza, amor y el surgimiento de un sentimiento de protección que nace entre tres hermanas que solo se tienen a sí mismas.
Cuando en 2025 Cherié se gana el Premio Roberto Bolaño, no lo sospechaba. De hecho, casi no se enteró, había cambiado de número tras un robo y el Ministerio no lograba contactarla. De hecho, fue ella quien llamó por ansiedad a la institución. Entonces, desde el otro lado, una voz le anunció que había obtenido el primer lugar.
“Fue un día X. Yo estaba en el living de mi casa viendo una película. Fue increíble”, recuerda.
En aquel momento pensó: “Ah ya, soy buena”. No desde la arrogancia, sino desde la constatación. Como si necesitara una señal externa para confirmar algo que ya venía creciendo por dentro

La obra con la que obtuvo el premio, Amutui Lafken, comenzó a construirse en 2021 tras la muerte de su padre. Desde entonces escribe en diálogo con esa ausencia y otras que la han marcado. No es un libro sobre la muerte como concepto abstracto, sino como algo conocido de cerca. Desde la infancia, con compañeros que fallecieron, funerales tempranos y despedidas inevitables, comenzó a entender el concepto del velorio como un paisaje cotidiano. En su poesía, la muerte no es un simple recurso temático, es un territorio habitado.
Este poemario no se escribió de una sola vez. Se ha ido creando durante años, de forma pausada, pero fluida a la vez. “Hay días en los que quiero escribir sobre eso, otros días no”, dice. No cree en la disciplina obligatoria. Escribe cuando quiere. Cuando algo del mundo, desde una pérdida, un gesto o una frase ajena, activa ese impulso de escribir.
Porque para Cherie todo puede convertirse en detonante, desde una imagen, un sentir o incluso aquello que desconoc
Cuando se le pregunta qué parte de ella habla al escribir, decide no separar la mente de la emoción: “Es la cabeza, pero también el estómago. Es el cuerpo entero. El alma”. También escribe de lo que escucha, de lo que vive y de lo que no vive también. Incluso de lo que no está de acuerdo y de lo que discute.
Su escritura la define como incómoda, carnal, pasional. Usa la palabra carne como quien quiere quitarle romanticismo al cuerpo y devolverle lo real. Su estilo de literatura sin duda es fuerte, puede llegar a ser doloroso pero profundamente sentido.
Cuando inicia una obra narrativa, piensa el final antes que todo el resto. Necesita saber hacia dónde se dirige para construir el camino. En poesía ocurre algo similar, define un último poema que espera listo a que los demás textos encuentren su camino hasta él. Cuando la conversación y el recorrido interno llega a ese cierre, su creación le habla y le dice que el libro está terminado

Y cuando un texto no avanza, lo deja reposar, vive su vida, regresa, borra lo que ya no tiene sentido para ella y reescribe lo necesario. Confía en que el impulso volverá a alimentar todo aquello que falta. No es de forzar las cosas sino de dejar que tomen su propio rubro.
Actualmente, trabaja en una novela sobre la relación entre madre e hija. Sobre el momento en que la madre deja de ser mujer y la hija también, atrapadas en roles que las redefinen. La relación que escribe es turbulenta. Aunque sin embargo, la suya, dice, no lo es. Le interesa explorar aquello que no ha vivido, pero descrito desde sus propios sentimientos.
Y ahí aparece otra reflexión que marca su discurso. A las autoras, dice, se les exige que todo provenga de la experiencia personal. Que escriban desde el yo íntimo, desde su propio calvario. Mientras que los hombres pueden escribir desde un perro, desde cualquier cosa, y eso se considera universal y aceptado. Ella no acepta ese límite, pues siente que puede escribir desde el duelo propio, pero también desde conflictos ajenos.
Cuando se le pregunta por un logro al que le gustaría llegar, responde con humor: “Ganar el Nobel. El tercero para Chile”. Pero enseguida derrumba la idea. No es una persona que escribe pensando en premios, “sería una decepción asegurada”, dice
Lo que verdaderamente la motiva, es otra cosa: Que pirateen sus libros, “que lleguen a la periferia más periférica (...) Que personas que no leen, que no les gusta, o que no les interesa, puedan ser llamadas y que le den un poquito de atención a lo que yo pueda ofrecer. Al final del día alcanzar un público que no es el objetivo, es genial porque significa que es algo que va más allá”.
No sueña con reconocimientos públicos ni galardones anhelados. Habla de tocar a quien no estaba esperando ser tocado y marcar con sus letras a esas personas que ni siquiera la esperaban

Aymarita Chambe Redacción de entrevist



El rojo es la línea
Siendo un gesto mínimo y cargado, una costura no adornada, sino insistente. El rojo aparece como un trazo, una herida, un límite y un testimonio. Mientras los bordes cierran la imagen, también la palabra se encoge y persiste. Su prolijidad cambia, su cuidado está desbordado. En estas piezas el hilo atraviesa, destruye y vuelve a armar la memoria.
El diálogo existe entre la herencia en el tejido, la arpillera y el oficio de la mujer proletaria. Bordar es el ejercicio de las manos, escribir es propio de su movimiento. Así se forma el contrarchivo, contenido en lo íntimo y lo histórico. Sin grandilocuencia, su derecho y revés pretenden la perspectiva, la afectación y el perdurar

Cherie Quidel Núñez
Escritor



Sofia Troncos Novelist

A sus 28 años, Sofía Troncoso, de voz suave, habla con una serenidad contagiante como quien ya sigue un camino fijo. Escritora de novelas y ganadora del Premio Roberto Bolaño en 2022 por Funerales, ha construido su trayectoria no desde la espectacularidad sino desde la persistencia. Hoy declara con una certeza impresionante
“no quiero ser joven promesa... quiero ser voz constante
Aunque ha escrito cuentos, poemas y ha “jugado un poco con la pintura”, Sofía vuelve siempre al formato largo. Hay algo en la extensión que le permite respirar mejor y expandir las emociones sin apresurarlas. “Siento que el formato más grande me acomoda mucho más”, explica. Para ella, las distintas disciplinas dialogan entre sí, se complementan, pero la novela, sin duda, le ofrece el espacio necesario para sostener una intensidad que no cabe en formatos breves.
Cuando se le pregunta por el momento exacto en que decidió dedicarse a escribir, duda. No hay una escena definida en la que piense. “Siempre ha estado en mí (...) Desde que tengo memoria ha sido lo mío”, responde. Sin embargo, sitúa en 2019 un punto de consolidación, fue entonces cuando comenzó a escribir novelas completas, de manera más seria y dedicada. Entonces reconoció su potencial como una posibilidad real. “Parece que esto es muy bueno y parece que tengo talento para ello”, recuerda haber pensado
La novela con la que obtuvo el reconocimiento del Ministerio de las Culturas, Funerales, fue escrita en 2021, incluso antes de que supiera de la existencia del premio. “Comenzó primero como un cuento”, pero tomó luego un curso natural y se extendió hasta las 120 páginas. El texto inició desde una frase que rondaba su cabeza: “No voy al funeral, no voy al funeral”. Esa repetición fue abriendo un espacio narrativo hasta convertirse en una obra completa.
La obra final narra la experiencia de una mujer que, en un intento de negar el dolor de la pérdida, escapa de su propio nombre e identidad y se convierte en un ente disociado que se escabulle del mundo mientras su hermana la sostiene e intenta que se enfrente a la realidad de la muerte y al sufrimiento que conlleva
sostenid
Sofía suele escribir en su casa, idealmente en silencio. Necesita aislarse para sostener la continuidad emocional que exige su escritura. “Trato de expresar una emoción muy fuertemente y sostenidamente”, explica. No trabaja en fragmentos breves, sino que escribe durante una hora o a veces más, manteniendo esa intensidad sin interrupciones.

Cuando un texto se bloquea, su respuesta no es la insistencia. “Hay que saber soltar”, indica. Es capaz de dejar una historia en pausa y retomarla meses después o transformarla por completo. El final de sus obras tampoco los planea demasiado. “Generalmente el texto me lo dice”.
A veces es la historia la que se cierra de forma natural, otras, su propio agotamiento emocional se lo pide. Con Funerales, por ejemplo, terminó exhausta y reconoce que no podía continuar, no porque la novela ya fuese perfecta sino porque su propia energía se había consumido.
Ese compromiso íntimo con la emotividad atraviesa también los temas que aparecen en su obra. Con el tiempo, y muchas veces gracias a la mirada de otros, Sofía ha identificado una serie de atmósferas persistentes en sus escritos: la carencia, el encierro, los patrones emocionales no resueltos y el agobio. “Por algún motivo mis textos siempre empiezan encerrados y eso genera ese agobio de estar siempre entre cuatro paredes”. Además, indica que sus personajes suelen ser “neuróticos”, “gente que tiene un tema ahí que no logra resolver”
Cuando se le pregunta qué parte de ella habla al escribir, su respuesta es clara: “La Sofía más honesta”. Hay textos incluso que le darían vergüenza si los leyera alguien que la conoce desde niña, precisamente por esa desnudez emocional. Y es que además, no teme tocar temas tabúes, como lo es la muerte, porque aunque puede resultar incómodo, es lo único que reconoce como verdadero.
En cuanto a la relación entre experiencia propia y ficción, busca un punto intermedio. Puede escribir sobre una relación padre-hijo sin haber sido ninguno de los dos, pero utilizando emociones que sí le pertenecen. “Trato de hablar de eventos ajenos, pero con mis sentidos (...) De encontrar ese punto medio de ambigüedad necesaria para escribir ficción”, explica

Aunque no le gusta categorizarse, porque significaría encasillarse, elige tres palabras que intentan definir su escritura: Rojo, conciente y afectiva. Rojo por su intensidad, porque, dice, “aunque las rosas son rojas para todos, yo las veo más rojas que tú” evidenciando “ese dramatismo que exalta la realidad”.
Cuando recibió el premio Roberto Bolaño, fue un momento de reafirmación personal, como si “una gran entidad le dijera: sigue haciendo lo que estás haciendo”. Además, siente que “uno como escritor no tiene la noción de que su trabajo vale mucho hasta que te la reconocen”, por lo que el galardón no solo fue un éxito, sino el empuje que necesitaba en ese momento para seguir creyendo en sí misma
En sus proyecciones futuras hay una idea clara: dejar de ser “joven promesa” para convertirse en voz constante. “No quiero ser nueva voz, porque las nuevas voces se van muy rápido, yo quiero solidificarme en el mapa literario”, reflexiona. Aspira a ser referente no solo en Chile y no por un libro aislado, sino por la forma en que aborda el mundo.
También cuestiona la obsesión por los moldes y las rutinas replicables. “La creatividad máxima es probar cosas nuevas”, sostiene. Ella, al menos, cambia constantemente su rutina de escritura, desconfía de los manuales que prometen fórmulas universales. Y defiende que cada proceso creativo es singular.
En una época que empuja a la especialización extrema, defiende la multiplicidad. Cree que hay mayor riqueza en ser multidimensional que en dominar un único territorio. No teme experimentar, incluso si eso implica no ser “maestra” en nada

Aymarita Chambe Redacción de entrevist
Me acuerdo del viaje a las salitreras. Sebastián corriendo por el desierto con Trinidad. Les tomé una foto con la cámara nueva, me quemé los hombros porque estaba con una polera de tiritas y no me puse tanto bloqueador, escuchamos Bacilos en el viaje de vuelta. Me acuerdo de ese año, de ese mes, de ese día. Y cuando me avisaron, y cuando tuve que avisarle a los demás, cuando fuimos al velorio, pero no al funeral. A veces el recuerdo gotea, pero no humedece. Se evapora antes de tocar el suelo. Me quemo las manos tomando la cámara metálica. Sebastián siempre vuelve, pero no se queda. Cuando fuimos a las salitreras, les pedí silencio a todos, para que escucháramos que no había ruido. Apenas un leve zumbido


El arte visual se instauró en la vida de Ángel sin mucha planificación. Tiene 24 años, acaba de terminar Letras Inglesas y, aunque su camino académico va por la literatura, su trabajo artístico hoy pasa más por la ilustracion y el grabado. “El arte al que yo me dedico no es específicamente lo que yo estoy estudiando”, dice, como si esa distancia también fuera parte de su identidad.
Aprendió de forma muy innata, pues su familia siempre se ha vinculado con el arte. Un dia de pandemia obtuvo los materiales y desde alli comenzo a experimentar con la xilografía y linografía. “Fui muy autodidacta, muy amateurista, nunca fui a un curso”, cuenta. Lo que vino después fue lento pero constante, primero, una feria universitaria en la que apenas tenia unos cinco grabados, luego, exposiciones en galerías y colectivos.

El
relato de una image
Sus grabados rara vez son solo imágenes. Ángel habla de ellos como pequeñas narraciones: “Me gusta que los grabados cuenten una cierta historia”, explica. No necesariamente un relato explícito, sino pistas dentro de la escena, como un objeto en una esquina, un símbolo o un elemento que sugiera algo más grande.
La literatura también se entreve de forma muy natural en sus creaciones. “Muchos de mis grabados tienen que ver con literatura… principalmente con clásicos”, dice. En su catalogo se pueden encontrar Frankenstein, Drácula, Kafka y Alicia en nel país de las maravillas; no como ilustraciónes literales, sino como atmósferas. También acude seguido a lo mitológico, a lo medieval, a figuras que parecen de otro tiempo como bufones, cartas del tarot o criaturas mágicas
Cuando la imagen
En su proceso creativo no hay un esquema, sino una forma de estar atento. Ángel observa mucho su alrededor: la arquitectura del centro de Santiago, objetos que aparecen en la calle o imágenes que se cruzan mientras viaja en metro. Cuando algo le llama la atención, lo anota. A veces es una figura, otras una textura, una atmósfera o una idea que no entiende del todo, pero que guarda como referencia para después.
Dice que muchas veces empieza a dibujar sin saber bien a dónde va: “Es un proceso como de tirarse al agua, no sé dónde voy a llegar”. Bocetea, prueba, deja que aparezcan elementos que transforman la ilustración en una historia visual. Se da cuenta de que un grabado está terminado por una sensación muy concreta, la de dejar de sentir la necesidad de agregar cosas. “Hay un punto en que ya está… lo que hay que comunicar está”, dice. Entonces, ya puede empezar a carvar, a imprimir y a repetir

Gótico, oscuro iconográfic
Nombrar su estilo le toma unos segundos. Piensa en voz alta y finalmente elige tres palabras: “Gótico, oscuro e iconográfico”.El gótico tiene que ver con la emoción, con la literatura, con esa sensación de inquietud. Lo oscuro aparece en los tonos y en la atmósfera. Lo iconográfico, en la intención de construir imágenes que permanezcan.
“Me gusta llamar la atención… que alguien lo vea y diga ‘esto es diferente’”, explica. No busca impacto inmediato, sino esa sensación de que hay algo poco común pero atractivo

Ángel tambien escribe desde hace tiempo. Poemas, haikus, cuentos breves que aparecen casi como un gesto paralelo a su trabajo visual, pero que ocupan un lugar muy distinto. Mientras el grabado está pensado para mostrarse, la escritura nace desde un espacio más personal.
“Mis poemas eran como para mí, una experiencia muy solitaria”, explica. No los pensaba para publicar ni para compartirlos, sino como una forma de ordenar lo que sentía, de dejar algo en papel sin la presión de que alguien lo viera. Habla de la escritura como un desahogo, un lugar donde puede decir cosas que en la vida cotidiana no logra nombrar. Incluso reconoce que releer esos textos le provoca pudor: “Me da plancha que el resto lo lea (...) no sabría si quiero compartir eso con el resto”
Esa diferencia marca una frontera clara entre sus creaciones. Con los grabados hay apertura, pero con los poemas aparece la duda, la sensación de que ese material pertenece a un espacio más interno. Ángel no lo plantea como una contradicción, sino como dos formas distintas de comunicarse. Dice que muchas veces el arte le permite expresar lo que no puede (o no quiere) decir directamente: “La parte que habla es la que no puede hablar en el día a día”.
Aunque, él mismo imagina algunos cruces entre esos dos mundos: Grabados que dialoguen con poemas, ilustraciones que acompañen textos o libros donde ambas cosas existan juntas. No lo ve como caminos excluyentes, sino como complementos.
Ángel está en ese punto en que todo parece todavía en movimiento. Sigue aprendiendo técnicas, probando materiales e imaginando un taller propio. Sus grabados funcionan como una forma de mostrarse al mundo, mientras la escritura permanece como un espacio más resguardado, pero que poco a poco se irá revelando

Aymarita Chambe Redacción de entrevist


Poema: XIV
Quizás en secreto y sin saberlo, compartimos el mismo silencio ven aquí y olvidemos nuestro antes hoy más que nunca quiero hallarte sin ti el mañana siempre me sabrá amargo porque cuando el tiempo pase y ya no sea joven
pintaré estas calles y estas noches con el color del recuerdo las vestiré una y otra vez con el atuendo que luce el atardecer que anhelo compartir y así se las presentaré al futuro
para entonces el cinismo será la peor respuesta cuando al tenerlo de frente me haga probar un insípido presente y entienda que yo mismo me negué el pasado por no haberte conocido, por no haberte encontrado
ahogaré estos días y estos años dónde sea que vaya, cómo quien nunca esperó nada, con el horror del consuelo beberé la última gota, y seguiré sediento
Ángel Barra
Auto




Vicente es un joven escritor viñamarino que, poco a poco, se muestra al mundo. Cuando le pedí que se presentara, dudó. No fue un silencio demasiado largo, pero sí lo suficiente para que la pregunta pesara más de lo normal. Probó decir en voz alta: “¿Escribo poemas? ¿Poemas? ¿O solo escribo?”, como si intentara convencerse de algo. Finalmente dijo: “Me llamo Vicente González Pérez, tengo 22 años y escribo poesía”. Aquella vacilación quedó flotando como una pista temprana de su esencia. Nombrarse poeta no es un gesto simple, hay algo de responsabilidad en esa palabra que todavía no asume
Un impulso que va y vuelv
En él, la escritura no aparece como una identidad cerrada, sino como un territorio en exploración, algo que va y vuelve, que se instala por periodos largos y que en pequeños momentos, se diluye. Depende del ánimo, del cansancio y del espacio que tenga entre el trabajo, los estudios y la vida diaria. Cuando piensa en la idea de dedicarse completamente a escribir, vuelve a titubear: “Sí, no, se me pasa, se me va y después vuelve”. Pero, recalca, siempre vuelve
Cree que escribe para vivir y que lo contrario no tendría sentido. Su punto de partida suele ser algo que lo remueve: “Algo que me movió por dentro y que tengo que soltar”. No necesariamente es una emoción intensa, a veces basta una escena mínima, como una conversación con un amigo, las personas en la micro u otras cotidianidades.
Para él, “las obras verdaderamente buenas te hacen sentir algo, puede ser asco, odio, emoción, felicidad o tristeza, pero siempre te hacen sentir algo”. Y eso es lo que busca con sus textos, no necesita que el lector experimente lo mismo, solo que algo ocurra

Vicente dice que necesita calma para escribir, aunque su calma no se parezca a la de otros. Puede estar rodeado de ruido y aun así encontrar un espacio interno donde las palabras aparecen. De hecho, uno de sus lugares favoritos para escribir es la micro. “Me encanta viajar en micro… pasan muchas cosas y es un lugar muy tranquilo”, explica, porque ahí puede observar sin la presión de participar.
En el último tiempo, varios de sus textos nacen justamente ahí, intentando mirar ese espacio cotidiano desde otro ángulo y parar la mirada en los detalles que nadie nota, como los rayados de los asientos, las frases que nadie lee y los momentos mínimos que suelen pasar desapercibidos.
Las personas suelen decirle que tiene ojo para mirar de otra manera las cosas que todos ven. Una observación que lo acompaña y que también lo desafía a detenerse más, darle la vuelta a esas imágenes y no dejarlas pasar
No es de los que se obliga a escribir diez páginas al día, pero sí de los que anota ideas, lleva diarios, registra imágenes y puntea cada sentir del cual cree que puede escribir. Cuando un texto no avanza y se bloquea, no insiste. “Lo dejo, Espero que pase el tiempo y después lo retomo”. O a veces vuelve y no le gusta nada, pero hay uno o dos versos que ama y esos, le bastan para empezar otra obra.
Saber que un poema está terminado, no tiene que ver con una regla externa o alguna fórmula que maneje, sino que es una sensación. “Como cuando las piezas encajan en el rompecabezas”, si el texto le hace sentir lo que buscaba al inicio entonces va bien, y si no, se detiene.

Cotidiano, liviano y emociona
Escoger tan solo tres palabras dentro de un sinfín de vocabulario que pudiera definir su escritura, fue algo en lo que también se detuvo, no porque no supiera qué decir, sino porque quería pensar en todas las alternativas. Finalmente dijo: cotidiano, liviano y emocional.
Cotidiano, porque sus textos nacen de escenas comunes, de lo que está ahí y suele pasarse por alto. Liviano no en el sentido de simple, sino de accesible, porque no busca crear una literatura compleja, sino una que cualquiera pueda leer, de la que alguien con un momento libre pueda disfrutar. Y emocional, porque su punto de partida siempre es lo que siente: “Siento que lo mío nace y va hacia las emociones”
Hay una dimensión que aparece con más firmeza cuando habla de su futuro: el territorio. Su escritura está profundamente ligada a Viña del Mar, no como postal, sino como su cotidianidad. Nació, creció y sigue viviendo ahí, y esa cercanía se filtra en la forma en que escribe.
Le interesa ampliar la imagen de su ciudad. Complejizarla. La playa y el plan existen, reconoce, pero no agotan el relato. Por eso insiste en mirar hacia los cerros, el patrimonio y los espacios que no siempre entran en la narrativa oficial. “Todo el mundo dice Viña es cuico o que Viña es playa, pero la mayoría de la gente vive en los cerros”, comenta, señalando esa distancia entre la imagen instalada y la vida real
Cuando habla de proyección, no menciona premios. Sino de un sueño más firme y duradero: “Me gustaría ser reconocido como escritor viñamarino”. Que su trabajo dialogue con el lugar donde vive y que ese lugar también lo reconozca. “Me importa más que me reconozcan en Viña que en otras partes”, agrega.
Aunque tampoco pide que lo lean a él, al menos no exclusivamente. Pide que se lea. “Da lo mismo si me leen a mí o no, pero que lean y que traten de leer lo máximo que puedan”, explica. Porque con la lectura no solo se aprende del mundo, sino también de uno mismo. Al final, Vicente es una voz que no busca imponerse, sino permanecer y encontrar su propio lugar

Aymarita Chambe Redacción de entrevist

Tiuque
Te miro los ojos lejanos, celestiales, oculto detrás del arbusto social, entre brazos-ramas, entre cabezas-frutos.
Tu plumaje pardo revolotea acariciando las hojas transparentes del invierno, tus ojos van y vienen en búsqueda de tu presa, algún roedor, algún algo en medio del frío.
La gente te ve y te confunde, como me confunde a mi con uno más de ellos. Pero yo no soy como ellos, yo soy más como tú, un algo que no se sabe qué es, pero ahí está, viviendo, siendo libre con sus alas extendidas acariciando los vientos del sur, las corrientes australes, que están más frías qué nunca, pero eso a ti no te importa. A ti te importa comer como a mi me importa ser feliz.
Vicente González Pérez Auto


Fernanda Leiva no habla de la fotografía como un proyecto futuro ni un destino lejano, sino como algo que siempre ha estado ahí, acompañando su vida de forma silenciosa: “Siempre la he tenido como parte de mi cotidianidad (...) la adopto como una extensión de mí”, dice.
No se nombra todavía como fotógrafa profesional, pero el deseo existe. No como algo que le urja, sino como algo que está en su destino.
Su historia con la imagen comienza antes de que pudiera nombrarla como vocación. Tenía seis o siete años cuando tomó por primera vez una cámara análoga que era de su papá, y lo que la encantó no fue solo el poder de capturar el tiempo, sino que, el sonido de la obturación y el ritual que conllevaba tomar una foto: el enfoque manual, la apertura, la sensación de estar creando algo desde cero.
Desde entonces, no se desligó más. Heredó cámaras y empezó un camino propio, primero de manera autodidacta, luego con talleres y cursos. Aunque hoy trabaja principalmente con equipos digitales, hay algo en la réflex análoga que sigue siendo su lugar más íntimo. “Tiene un arte que no tiene un point and shoot, el tú darle la exposición, tu propio efecto y luminosidad a la imagen”

Si hay algo que atraviesa su trabajo es la emoción. Más específicamente, el amor en sus múltiples formas, no el amor romántico solamente, sino el amor como intensidad, como obsesión, como devoción hacia las cosas.
Sus proyectos suelen nacer del cine, la música o el teatro. No como referencias literales, sino desde lo que esas obras le hacen sentir. Acostumbra a extraer conceptos, sensaciones o atmósferas a forma de inspiración para luego realizar una breve investigación previa, para plasmar exactamente todo lo que le genera
Esa lógica se hizo especialmente visible en Devoción Inmersiva, su segunda colección fotográfica presentada al público, inspirada en la película I Origins y desarrollada durante nueve meses. El proyecto desde su fascinación por el iris humano. Lo que siguió fue un proceso lento de bosquejos, dudas y persistencia. Fernanda comenzó a fotografiar ojos de personas que no conocía, en espacios oscuros y cerrados, mientras les hacía una pregunta simple: “¿Te has enamorado alguna vez en tu vida?”. Mientras hablaban, ella observaba los cambios en la pupila, ese gesto mínimo que parecía responder a la emoción antes que a la luz.
De esos encuentros surgieron imágenes que la llevaron a entender el iris como un archivo emocional. “Me arraigué al deseo de seguir indagando el mundo que trae la gente consigo”, explica. El montaje final unió fragmentos de esas miradas para construir, desde su interpretación, tres ideas que se repiten en su trabajo: amor, tristeza y devoción. Finalmente, ese proyecto también la ayudó a encontrar su fascinación más íntima: “los ojos, cada diminuto e inmenso iris”


Si hay tres palabras que la pueden definir, ella las tiene claras: “Intensa, obsesiva y transmutante”. Intensa, porque es una palabra que no solo caracteriza su trabajo, sino que a ella misma, “soy alguien que puede sentir mucha alegría, después mucha pena (...) Y esa misma intensidad intento que se plasme en la fotografía”.
Obsesiva, porque cree que “la obsesión vence el talento”, frase que se convirtió en un principio vital, le gusta lo que hace y le gusta entregar algo de lo cual estar orgullosa. Y transmutante, porque ninguna idea termina igual a como empieza. “Mi idea principal jamás ha terminado como yo quiero que termine, sino que termina mejor”.
El bloqueo creativo tampoco le es ajeno. Pero cuando ocurre, no desecha la idea, la modifica y reescribe. “Lo último que hago es botar la idea”. Aprendió que abandonar esa intuición puede ser una pérdida mayor que insistir en ella
Cuando le preguntan desde dónde crea, no duda y dice el corazón. No lo dice como una frase bonita y cliché, sino como una forma concreta de explicar su proceso. Para Fernanda, la fotografía nace de la emoción y después se ordena con la cabeza. “Sin el corazón que me compone, nada sería como yo quiero que sea”, dice, intentando explicar por qué cada proyecto se vuelve tan personal.
Su idea de éxito también se aleja de lo público. No habla de fama ni de algún premio específico, sino que piensa para el futuro, la posibilidad de publicar un libro que reúna toda su obra. No para ser reconocida, sino para dejar registro. “Dejar un pedacito mío en el plano terrenal”, explica. Porque al final, lo que ella busca solo es crear, existir y permanecer a través de sus fotos
Aymarita Chambe Redacción de entrevist


Aranza tiene un tono de voz suave y calmado, piensa antes de responder y hace pausas que atraviesan también su trabajo. Su fotografía no parece hecha para la inmediatez, se construye lento, con capas, como si cada imagen necesitara tiempo para existir
Se formó primero en la fotografía publicitaria y luego completó la carrera profesional, moviéndose entre encargos de moda, gastronomía y sesiones editoriales. Pero es en el trabajo autoral donde su lenguaje se vuelve más reconocible, creando proyectos que se sienten sumamente íntimos, reflejando las heridas de su propia vida
Dos de sus fotolibros publicados, “Despojo” y ”Victoria”, surgen desde un mismo periodo personal marcado por el agobio y la carga emocional que significó una demanda judicial y la precariedad económica. Cada uno, desde márgenes diferentes pero conservando ese trasfondo sensible. Los resultados finales condensaron años de registros visuales
Victoria plasmó su proceso integrándose a una comunidad feriante, a la que llegó por necesidad, una experiencia que define como difícil, pero muy acogedora. Quiso capturar esas escenas como forma de permanecer a un lugar que sabía transitorio.

Despojo, por otro lado, se desplaza hacia lo más íntimo. Esta colección autoral funciona como carta visual, una que nunca fue entregada, donde la fotografía se mezcla con escritura y puestas en escena para hablar de vínculos, tribunales y la claustrofobia emocional. No buscaba dar cierre a nada, sino comprender y expresar todo lo sentido
Su primer acercamiento a la fotografía fue gracias a su abuelo, quien siendo fotógrafo, le enseñó a cargar el rollo, a obturar y a capturar el tiempo en un disparo. Aunque en un inicio su interés estaba más en la pintura, con los años estos dos lenguajes se encontraron y comenzó a experimentar con fotos intervenidas, práctica que hoy mantiene cuando pincelea sus imágenes impresas.
La decisión de dedicarse al arte no fue rápida. Se tomó un año para trabajar y pensarlo “Cuando decides meterte de lleno tienes que estar consciente de que hay costos”, dice, aunque esa frase no suena a advertencia sino a aceptación. Expresa que “inocentemente, pensaba en el arte como un goce, como un disfrute, no de forma laboral”, pero que el tiempo le ha dado la razón de haber tomado una buena decisión
Para Aranza, el proceso creativo no está separado de lo emocional. Investiga referentes, revisa teoría, pero también entiende la creación como parte de un proceso de elaboración personal. Sus proyectos surgen cuando algo necesita ser nombrado y sostenido en el tiempo.
Ese enfoque alcanza su punto más claro en Memorias de Tribunales, una resistencia a la discordia, el proyecto del que se siente más orgullosa. Se trata de un fotolibro de tesis extenso construido a partir de años de experiencias vinculadas a tribunales de familia y a la infancia atravesada por procesos legales. No es un registro documental directo, sino que son puestas en escena performáticas donde el cuerpo, el encuadre y la materialidad traducen sensaciones como el agobio, la vigilancia o la claustrofobia

Explica que ahí “dio el máximo”, porque implicó investigar, planificar y controlar cada elemento visual para que la narrativa fuera clara. El libro articula fotografía, dirección de arte y diagramación editorial para convertir una vivencia prolongada en relato visual.
Ese mismo material luego se ramificó en trabajos posteriores como Despojo, versiones más breves que reescriben el núcleo original. Idea que responde mucho a la creencia de Aranza de que “un proyecto nunca está realmente terminado”, porque puede volver, reordenarse y narrarse de otra forma
Si tuviese que definir su lenguaje visual, aunque le cueste, lo haría con estas tres palabras: “lento, íntimo y creativo”. Lento, porque respeta los procesos y crea a su propio ritmo, resistiéndose a la celeridad. Íntimo “porque hablo de lo que veo y de lo que experimento”, indica, plasmando vivencias que solo ella conoce de verdad. Y creativo, debido a su búsqueda permanente de elementos, materiales y técnicas que le aporten en sus creaciones.
Estos términos no solo hablan de su obra, también lo hacen de ella. A pesar de que ya ha expuesto, publicado y circulado en espacios culturales, no sitúa ahí el sentido de su trabajo. Le interesa otra forma de reconocimiento: “Me gustaría que me vieran como una persona tranquila y sensible”, dice. No como un rasgo frágil, sino como una forma de ser.
Su fotografía intenta ofrecer ese mismo lugar, un espacio donde lo difícil pueda mirarse sin estridencia. En ese gesto de trabajar lento, volver sobre lo vivido y permitir que las imágenes cambien, su perfil se vuelve claro. No trata de producir imágenes, sino de expresar lo que la timidez no quiere

Aymarita Chambe Redacción de entrevist

Un trabajo que rememora e inmortaliza a las vecinas y vecinos feriantes de la zona de Victoria. Los que conocí y con quienes trabajé por la necesidad de costear un juicio que empezó mi padre (...) Como producto de la conexión y cariño mutuo, dejé un registro y una huella de nuestra historia, de su existencia y de la fraternidad que compartimos por dos años y medio. Agradezco profundamente a todas y todos quienes aparecen en este libro.
—Aranz




Un proyecto que habla de todos estos efectos psicológicos que los tribunales dejan. Un duelo frente a la ausencia del cariño y empatía. Una carta que expresa cómo fue encontrarse con la violencia del progenitor, y cómo fue vivirlo a la par de cuidar a mi madre en el transcurso.
— Aranz



