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Septiembre-Octubre No.50
DIRECTORIO Consejo Editorial Enrique Ocampo Osorno Ana Lorena Martínez Peña Dirección General Enrique Ocampo Osorno dirección@revistanudogordiano.com Dirección de Diseño y Marketing Mary Carmen Menchaca Maciel Editora en Jefe Ana Lorena Martínez Peña
Toluca, Estado de México, México. Nudo Gordiano, 2026. Todos los derechos reservados. Revista literaria de difusión bimestral contacto@revistanudogordiano.com
Gerencia de Operaciones Mario Alberto Osorno Millán
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La Leyenda del Nudo Gordiano
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Cuentos - la Espada Julia Tercero 10 Jorge Rolando Acevedo
La Nota B 12 Jorge Luis Condorccallo Ccama
La Mortaja Amarilla 16 Dante Márquez Martínez
Premonición 20 Rosalía Guerrero Jordán
Aghhhsfhhll 22 Enrique Ocampo
Poemas - la Lanza Canto Azul 32 Damián Andreñuk
Contradicciones 34 Ronnie Camacho
Nostalgias 36 Isabel María Hernández
Mis Poesías 38 María Cecilia Piscitelli
Lo Que No Se Nombra 4o
Ana Lorena Martínez Peña
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Hace mucho tiempo, en la antigua Frigia, en Asia Menor, vivía un humilde campesino llamado Gordias. Poseía muy poco: apenas una carreta y una pareja de bueyes con los que trabajaba la tierra. Sin embargo, su destino estaba a punto de cambiar de una manera extraordinaria. Cuenta la leyenda que, mientras Gordias araba sus campos, un ave apareció y permaneció cerca de su carreta durante horas. Sorprendido por aquel comportamiento, decidió consultar el significado del presagio. En el camino encontró a una joven conocedora de los augurios, quien interpretó la aparición como una señal de los dioses. Algunas versiones cuentan que aquella mujer se convirtió después en su esposa. Por aquellos días, Frigia atravesaba un periodo de inestabilidad. El reino carecía de soberano y sus habitantes acudieron al oráculo para saber quién debía ocupar el trono. La respuesta fue enigmática: **el próximo rey sería el hombre que llegara hasta ellos montado en una carreta de bueyes**. Algunas versiones de la leyenda añaden que entraría por una de las puertas de la ciudad acompañado por un ave como señal divina. Poco después, Gordias llegó a la ciudad conduciendo su modesta carreta. Los frigios reconocieron en él al hombre anunciado por el oráculo y, aunque hasta entonces había sido un sencillo campesino, lo proclamaron rey. Agradecido por el extraordinario giro de su destino, Gordias decidió consagrar a Zeus la carreta que lo había conducido hasta el trono. La colocó en el templo y sujetó su yugo con un nudo extraordinariamente complejo, hecho de tal manera que sus extremos quedaban ocultos y nadie podía descubrir dónde comenzaba ni dónde terminaba la cuerda. Así nació el célebre **Nudo Gordiano**; con el paso de los años surgió alrededor de él una nueva profecía: **quien consiguiera desatar el nudo se convertiría en señor de Asia**. Muchos hombres intentaron resolverlo, pero ninguno pudo hacerlo. El nudo permaneció intacto durante generaciones y terminó convirtiéndose en símbolo de aquello que parece no tener solución.
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Siglos después, en el año 333 a. C., Alejandro Magno llegó a la antigua capital de Frigia durante su campaña contra el Imperio persa. El joven conquistador conocía la profecía y decidió enfrentarse al famoso nudo. Ante él se encontraba aquel entramado imposible de cuerdas. Alejandro intentó encontrar sus extremos, pero no pudo descubrirlos. Según la versión más conocida de la leyenda, comprendió entonces que nada decía **cómo** debía desatarse el nudo. Sacó su espada y, con un solo golpe, lo cortó. La tradición resumiría posteriormente aquel gesto con una célebre expresión: **«Tanto monta cortar como desatar»**. La solución no había sido la esperada, pero el problema estaba resuelto. Existe, sin embargo, otra versión antigua de la historia. Según esta, Alejandro no habría utilizado su espada, sino que retiró la clavija que sujetaba el yugo de la carreta. Al hacerlo, consiguió liberar las cuerdas y deshacer el nudo sin necesidad de encontrar sus extremos. En cualquiera de las dos versiones, el significado permanece: Alejandro resolvió un problema aparentemente imposible al negarse a enfrentarlo de la manera convencional. Después continuó su campaña hacia Oriente. Sus victorias lo llevaron a conquistar el Imperio persa y a extender sus dominios por buena parte de Asia, desde Egipto hasta regiones cercanas a la India. Para quienes conocían la antigua profecía, aquello parecía confirmar que el destino anunciado por el Nudo Gordiano se había cumplido. Desde entonces, la expresión **«cortar el nudo gordiano»** se utiliza para hablar de una decisión audaz y definitiva frente a un problema extremadamente complicado: dejar de buscar una solución dentro de las reglas conocidas y encontrar un camino diferente. Así, lo que comenzó con la humilde carreta de un campesino terminó convirtiéndose en una de las leyendas más perdurables de la Antigüedad. El Nudo Gordiano quedó como símbolo de los problemas que parecen imposibles de resolver, pero también de la capacidad de observarlos desde otra perspectiva y descubrir que, algunas veces, la solución no consiste en desatar el nudo, sino en atreverse a cortarlo.
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Jorge Rolando Acevedo Aquel día de fugaz invierno, Clamunda Soo, dueña inequívoca de un colérico genio, mandó: —Vaya a lo de Fernández Ordóñez y me trae un kilo de maíz para las gallinas, un trozo fresco de queso chaqueño y media docena de huevos. Dígale, además, que lo anote en la libreta, a fin de mes pagaré todo lo que debo. ¡Entendió! —Sí, abuela —expresó en voz baja la infanta. Se sabía por boca de los vecinos que la mujer más anciana del pueblo con solo una mirada obligaba a la niña a modificar su comportamiento. Cada gesto, cada palabra, cada actitud de la pequeña caía irremediablemente en la severa vigilancia de doña Soo. Si apenas Julia concurría a la escuela, si apenas barría el silencioso e inmenso patio, a lo sumo tenía la dicha de contemplar, en el mejor de los casos, el nacimiento de cada día y la llegada del ocaso. Ni siquiera tenía amigos para jugar a la pilladita, a las escondidas y al arroz con leche. Julia se encaminó rumbo al almacén de ramos generales sin decir más nada. El crepúsculo fue menguando sus fuerzas dando paso inexorablemente a la noche. La abuela, furiosa como un huracán, entraba y salía de la casa haciendo rechinar los pocos dientes que le quedaban en la boca. A eso de la medianoche, la chiquilla, oculta entre la penumbra y el desvelo, entró a la obscura y solitaria casa pensado lo siguiente: “La abuela estará dormida profundamente, ya es muy tarde, está todo oscuro”. Muy despacio entreabrió la delgada y transparente puerta, y dejó el mandado en el suelo. Cuando, repentinamente:
—¡Tomá, chinita malcriada! ¡Tomá! ¿Estas son horas de llegar? ¡Son las doce de la noche, chinita de porquería! —¡No, abuela, no! —como un rayo en la tormenta un azote, un certero y veloz chicotazo flageló la humanidad de la pupila hasta que la piel se abrió en mil pedazos, haciendo que la carne tocara el feroz trenzado. A pesar del ruego, Julia jamás fue escuchada. Al otro día, Julia Tercero, aquella niña de lacios cabellos, fue encontrada totalmente calcinada en el interior de un gigantesco horno de barro, el cual era utilizado para cocinar leña y como refugio de chanchos y culebras. Desde entonces, “La quemadita” asiste a niños y jóvenes con milagros y sanaciones. Así lo atestiguan promesas, útiles escolares y juguetes depositados en una humilde y callada tumba levantada en el camposanto San Antonio de Padua, al oeste del pueblo de Tartagal.
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Jorge Luis Condorcallo Ccama En aquella mañana otoñal embellecida por la garúa, los colibríes jugaban con las flores como los niños pequeños con las margaritas de cartulina pegadas en las paredes del jardín. Y yo declaraba al cielo, con emoción contenida, que estaba enamorado de la profesora de Matemática. Los chicos de secundaria se reían de la vida que les prometía de todo, hasta que el timbre de formación los arreó al patio central. En medio del corre-corre de los uniformados, apareció frente a mí una mujer que preguntó si por casualidad era yo el profesor de Comunicación. —Sí, por casualidad soy yo —respondí de buen humor. —¿Por qué a Yerson, mi hijo, le puso B? —me interrogó sin darse cuenta de la beligerancia de sus formas. Con voluntad de profesor que quiere que su pupilo comprenda en qué falló para que mejore, saqué mi carpeta y encontré el registro. Le expliqué, aunque no era el tiempo ni el lugar, en una didáctica lección de optimismo y amabilidad, por qué había puesto esa nota y cómo podía superarla. El auxiliar, con agitar de palmas, ahuyentó a los chiquillos que anidaban en el quiosco para comprar los dulces que paliarían la amargura por la tarea no hecha y la reprimenda del maestro. —Él siempre ha sacado AD. Usted se ha equivocado y debe corregir ese error —no lo sugirió, lo ordenó la madre de su hijo como un capitán a su soldado, y me malogró el día que había marcado para iniciar mi cortejo a Ruth, porque soñaba con ella desde que empezamos el año escolar. —Es mi error. No es mi hora de atender a los padres. Disculpe usted. Fastidiado, acomodé mis papeles y me fui, dejándola sin la rendición que ella esperaba, más furiosa todavía. Caminaba matando culebras y sapos que querían saltar de mi boca llena a las filas de alumnos que escuchaban al director, que daba indicaciones, cuando vi a mi preciosa maestra saludarme con su sonrisa de ángel. Llevaba su uniforme de lunes: era una flor de seda en la galería de profesores ordenados para cantar el himno nacional. Apuré el paso para conformar ese cuadro de honor. En nuestra hora libre, que el destino había hecho coincidir, bromeamos con el examen de nombramiento e irnos juntos a una escuela rural en el fin del mundo, y le confié lo que me pasó en la mañana. Conversamos sobre cómo el sistema nos había quitado autoridad y cómo los padres se sentían con derecho a demandar, a su antojo, la nota para sus hijos. 12
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—Insoportables, no se cansan de fastidiar como si no tuvieran vida. Qué bien me sentía dentro de sus ojos perfectos. Cuánta razón tenía Ruth, porque al día siguiente, y al siguiente, sin faltar uno, por toda la semana volvió la señora. Cada vez más autoritaria, y yo cada vez más reacio a escucharla, para exigirme, con cuadernos y libretas de años pasados, que modificara la nota de su vástago, que era un alumno de A para arriba. Y a cada arrebato de la procelosa madre, yo, con delicadeza fingida repetía “no, no y no”. Al fin me atreví, la invité a salir y Ruth aceptó. La pasamos bien en los juegos mecánicos. Rogamos al santo patrono de los docentes no encontrarnos con nuestros alumnos que se partirían de la risa al ver a sus maestros gritando como locos en el barco vikingo. A las diez, ella comía una manzana acaramelada en el paradero y, en un acto de magia, saqué una rosa de mi casaca: —Para ti. Me pagó con su sonrisa a media luz y un gracias que acaricié toda la noche. —Profesor, tiene que cambiar la nota. No es justo, está haciéndole un daño psicológico a mi hijo —reclamó con tal energía que preocupó a los padres que se despedían de sus niños de inicial. Atravesé el portón como si la quejosa fuera invisible. Su persistencia hizo que dudara de mí. En el desconcierto me preguntaba si había calificado bien las capacidades de Yerson. Revisé otra vez mis anotaciones: no había error, el muchacho era un innegable B. Confirmé que hacía bien cuando un colega nombrado me advirtió que la señora le hizo un problemón para cambiar una calificación justa. Era su artimaña. —No la subestimes —me aconsejó Ruth, mi linda profesorcita. —¿Sabes algo que no sepa? —El año pasado intentó perjudicar a una profesora inventando cosas. Se preocupaba por mí. El siguiente sábado fuimos al cine. Yo compré las entradas y ella, obstinada, pagó los dulces y las palomitas de maíz. En mi butaca lamenté la elección de nuestra cita porque durante dos horas y pico no pudimos hablar. La miraba de reojo para cerciorarme de su presencia y me contentaba con sentir su risa. Mentí con descaro cuando anuncié que me fascinó la película y, otra vez, ¡chan!, se materializó una rosa que marcó el espacio entre los dos. —Qué bonita, gracias. Odié a la señora cuando se presentó en mi hora de atención a padres. La invité a sentarse con fingida cordialidad para decirle con claridad y ternura que no cambiaría la nota del sistema, es todo. Pero ella, preparada para otro rechazo, expuso sobre mi mesa su amenaza que, por cómo la manifestó, denotaba que era un arma que sabía usar: www.revistanudogordiano.com
—Ahora mismo voy a ir a la UGEL a quejarme. Ellos hablarán con usted, ya verá —apuntaló la mujer para quebrar mi voluntad. Yo me persigné, ya que podría aparecerse el supervisor para sancionarme o despedirme por atreverme a enseñar. Picado por el ataque, ensayé una copla: —Seño, vaya sin pena. Me avisa qué le dicen, pero esa B se queda. No disfrutó mi improvisación. —Ya hablé con varios padres y todos saben cómo trata usted a mi hijo. —¿Algo más? La mujer se inclinó sobre mi escritorio. —Y también se sabe que pasa tiempo conversando con algunas alumnas. Sentí la sangre agolparse en mi cabeza. —La difamación es un delito —respiré hondo para controlarme. —La UGEL sabrá a quién creer, a una madre justa o a un profesor contratado. Había sembrado su semilla. La tercera rosa se la entregué al finalizar el corso de aniversario del distrito. El feriado completo lo pasamos mirando las danzas y los carros alegóricos; habíamos coleccionado llaveros y cajas de fósforos a manos llenas. Me miró contrariada y esta vez no agradeció el detalle. —¿Por qué me las entregas? —Porque tú... —Dime. —Profesor, explíqueme, porque tengo un reclamo contra usted —me interpeló el todopoderoso del colegio. Expliqué con paciencia cada calificación, los cuadraditos de mi registro, incluso le mostré el trabajo final mal hecho que él mismo ponderó con sus anteojos y que solo llegaba a B con ayuda. Convencido con las pruebas se alió a mi causa y, con una confianza que no esperaba de nuestro máximo líder, me reveló su preocupación: —Ahora yo qué le digo a la mamá. —…La verdad. La verdad es que tú me gustas, me gustas mucho. Desde mi confesión no volvimos a salir, se juntaron las actividades del mes de la patria y entre concursos y documentos por subir apenas si nos saludábamos. El viernes, antes de salir de vacaciones, le pedí hablar porque no soportaría su ausencia, aunque fueran solo dos semanas. Nos guarecimos del mediodía debajo del toldo del quiosco y estaba tan cerca de ella que mi voz temblaba de amor. —Ruth... —iba a dar el corazón así me tirase su maletín en la cabeza, cuando me sobrecogió la mano que me llamaba con rudeza. Giré y descubrí que era la mamá de Yerson quien me encaraba, empoderada, para que le cantara la nota que obtuvo su primogénito en el bimestre.
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—Señora, en la entrega de libretas como todos los demás papás, lo sabrá. Y me volví hacia mi Ruth. Hecha un terremoto, manoteó reclamos y «quién se cree este». Volvió a la carga para acusarme de seductor de menores. ¿Yo?, qué escándalo. —Este profesor está acosando a la alumnita. ¿Dónde está el director? Llamen a la policía, se aprovecha de su cargo... —acusó con tal vehemencia que se amontonaron a nuestro alrededor los alumnos, algunos padres y el mismo director. Y es que Ruth es pequeña y de un rostro de paloma que cualquiera la confunde con una quinceañera, y más si lleva puesto el uniforme plomo que se consiguió para declamar la Marcha patriótica de Mariano Melgar con otros profes en el programa. En medio de mi desconcierto y las barbaridades que vociferaba doña loca, Ruth se interpuso con natural autoridad. Saludó con frialdad a mi enemiga y aclaró puntual: —Primero, yo soy la profesora de Matemática y tutora de tercero. Segundo, el profesor es mi enamorado y tiene todo el derecho a hablarme con afecto donde le dé la gana. Tercero, no lo moleste más. ¿Por qué lo acosa? ¿Acaso le gusta? Con finura resolvió la ecuación. La profesora me cogió de la mano por vez primera y me llevó a donde ella quiso. Yerson no sabía dónde esconderse por la vergüenza. Qué culpa tenía ese muchacho que, al final mejoró un montón y acabó el año con A porque entendió que obtener ese podio era cuestión de esfuerzo y dedicación. No volví a ver a su madre. «El profesor es mi enamorado...» era el único himno que cantaba mi pecho ese día de celebración de la independencia del Perú. Cuando todos se fueron a sus casas, ella y yo caminamos por las calles que rodeaban al colegio. No sabía si lo había dicho para cerrarle la boca o porque me amaba también. Cuando quise preguntarle, me abrazó y nos dedicamos un beso de escolares que remeció las ramas de los árboles del parque donde los chicos jugaban a enamorarse. Entonces, en el resuello, apareció una rosa apachurrada por los ajetreos de aquel día que coloqué en su mano, y la maravillosa Ruth se volvió otra rosa de entre las mías.
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Dante Márquez Martínez La mortaja era de lino amarillo. Alrededor ya empezaban a zumbar las moscas hambrientas de muerte. Manuela persignó a su querido difunto y lo bendijo con un rezo de oro. Después se cobijó en los brazos del sacerdote Uriel y le pidió que nadie más visitara esa tumba, la de su poeta. Las pesadas y negras gotas empezaron a caer sobre esa loma formada por la tierra de los enterrados. El petricor se levantaba en esa tarde de lamentos. Las moscas huyeron a las criptas y mausoleos circundantes. La efigie de un ángel con mirada triste no lograba consolar a Manuela. —Calma, hija mía. Irá al reino de Dios —dijo el sacerdote acercando a la mujer hacia él. Esbozó una minúscula sonrisa en sus labios secos. Hereje, pensaba al tiempo que ambos veían cómo los enterradores arrojaban la húmeda tierra sobre el cuerpo amortajado. Los sollozos y la lluvia fueron la única plegaria. Mantuvo la vista fija en el camafeo que Manuela había dejado sobre la lápida. Sabía que dentro estaba el retrato de ella esculpido en mármol. Antes de abandonar el cementerio, empapada por la precipitación de un cielo triste que se apagaba en la noche, Manuela recibió el obituario protegido con un cristal ambarino. —Tiene las palabras que usted me pidió, hija mía. Manuela abrazó a Uriel. Al sacerdote se le erizó la piel al sentir las delgadas manos de ella cerrarse en su espalda, parecía que aquel tacto frío quemaba la casulla negra hasta llegar a su cuerpo desnudo. —Gracias, padre Uriel. Dios lo bendiga. Se despegaron y ella desapareció entre el aguacero hacia las puertas del cementerio. El sacerdote jamás olvidaría las palabras que habían grabado en el obituario del poeta: «Descánseme en los ojos fragmentados, dama de mi unión, y tóqueme. No soy con mi muerte, vivo con ella detrás de los ojos, con el dorado sol que recorre mi piel. Ámeme siempre». Nunca entendió esas palabras. Lo único que él pensaba era que se aseguraría de que nadie recordase a Bernardo Valladares, el poeta enterrado. Incluso con el tiempo, pensaba, hasta la viuda encontraría alivio y amor en las manos del oficiante de las misas. Uriel llenó la copa con las últimas gotas del vino. Lo revolvió con su mano y se sentó a observar la iglesia vacía. La tormenta amenazaba con apagar la mortecina llama de los cirios. Sacó el camafeo que había robado de la tumba y le sonrió. —Amada mía, Dios nos abre el camino gracias al aliento de los difuntos. La iglesia se iluminó con un súbito rayo. Uriel apretó el camafeo para después persignarse mientras miraba a todas partes. Tomó la copa y se dirigió hacia la ventana que lo dejaba ver una sección del cementerio que descendía en ese valle. El vino adormeció su lengua y le hizo recordar la fantasía en la que él tomaba las estrechas caderas de Manuela y acercaba su rostro al de ella para lamer esos labios, labios repletos de blasfemia. 16
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En ese momento otro rayo cayó de los cielos. El sacerdote creyó ver, en ese breve momento de luz sobre el camposanto, una figura parada en lo alto de la loma donde habían enterrado al poeta. Parecía vestir con un atuendo amarillo. Volvió a sujetar el camafeo entre sus dedos temblorosos y se acabó la copa. El sorbo final le pareció desagradable. Un gusto ferroso se adueñó de su garganta. Contrariado, se retiró a sus aposentos e intentó dormir. Se le dificultó entregarse al descanso. En su mente seguía viendo las palabras escritas con tinta plateada en aquel obituario: «Descánseme en los ojos fragmentados, dama de mi unión, y tóqueme. No soy con mi muerte, vivo con ella detrás de los ojos, con el dorado sol que recorre mi piel. Ámeme siempre». Los versos de Valladares siempre le habían parecido mediocres, pero había algo en la construcción de ese poema que lo mantenía inquieto. No sabía adivinar si se trataba de la repetición de la palabra «ojos», la conjugación de los verbos o el tono casi litúrgico de las oraciones que hacían pensar que el poeta aludía a un alguien que no era Manuela. Por la mañana una capa de frío miasma se había levantado antes que los primeros rayos solares. Uriel sentía un dolor de cabeza que se acrecentó al escuchar que alguien llamaba a las puertas de la iglesia. Se puso su casulla. El pesado sonido de las puertas arrastrándose sobre el piso dio lugar a una visita que hizo que guardara el camafeo de inmediato. —¡Manuela, hija mía! ¿A qué debo tu visita en el templo de Dios? —Padre. Ha sido terrible… he soñado con Bernardo. Su mirada expresaba una profunda desazón. El sacerdote se molestó al volver a escuchar el nombre del poeta saliendo de los temblorosos labios de la mujer. —¿Qué soñaste, hija mía? Por favor, pasa… —¡No puedo! ¡Mis sueños han sido una extensión de las mismísimas moradas del maligno y en ellas he visto miríadas de demonios que danzan con mi difunto! ¡Tanta desdicha para esta pobre viuda! Uriel la abrazó. La cabeza de Manuela se apoyó en el pecho del sacerdote junto a la cruz dorada. A él poco le importaba el motivo del llanto. Aprovechó para pasar sus manos blancas en el despeinado cabello azabache de ella para después consolarla acariciando las sienes húmedas. Entre sollozo y sollozo, él no pudo evitar una incipiente erección. Cuando ella se separó de su pecho, él no controló ese impulso que corría al interior de su cuerpo cual hirviente agua, así que la tomó de las manos y la miró a los ojos. —Hija mía… No puedo decir nada más… Manuela lo miró confundida, el afable rostro del sacerdote al que le había confesado sus pecados, al que había abierto las puertas de su casa, al que le había confiado su boda con su amado Bernardo, ahora se había deformado en una expresión lasciva. —Ámeme siempre —dijo el sacerdote en un arrebato de emoción y envenenó con su saliva los inertes labios de Manuela. El beso no fue correspondido, fue como si él besara alguno de esos ángeles de piedra que moraban en los mausoleos y capillas del exterior. Ella lo apartó. Él, extasiado por haber rozado su viscosa lengua por las secas comisuras de Manuela, permaneció un momento observándola. www.revistanudogordiano.com
Manuela no pudo decir nada. Con los ojos perdidos y con el cuerpo aterido por la confusión, se dio la media vuelta y salió huyendo de la iglesia hasta perderse en la bruma que apenas era iluminada por la luz matutina. Uriel, desasosegado por lo ocurrido, volteó a ver el retablo. No dejaba de rememorar la última frase del obituario: «Ámeme siempre». Era lo mismo que le había dicho a Manuela antes de besarla sin control. Ahora él era el hereje. Los demonios traídos de los sueños de la mujer se habían adueñado de él. Furioso, sacó el camafeo y lo aventó al exterior de la iglesia hacia unos arbustos con claveles amarillos. Se retiró a sus aposentos y esperó a la hora de la misa mientras rezaba. De su mente no escapaba la imagen del poeta envuelto en la mortaja ni la figura que había aparecido durante la noche de tormenta. El vino le ayudaría a olvidarse de todo. A la misa asistieron pocas personas. No hubo señales de Manuela. Le dijo al capellán que oficiaría la misa sentado. En un momento le pareció que todos los recientes episodios no eran sino recuerdos intrusos generados por el añejado vino. Al final de la ceremonia, cuando Uriel estaba dando las oraciones culminantes, vio a una persona sentada en el último asiento. El sacerdote se sobresaltó, pues parecía que iba cubierta con un rebozo del color de las velas, un amarillo apagado. Su voz le tembló y cerró los ojos un segundo. Al volver la vista al banco del final, no había nadie.
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Le pidió al capellán que se encargara de recoger todo. Él daría una vuelta por el cementerio. Cargaba con una botella de vino. El sol se había fundido bajo densos nubarrones oscuros y soplaba un viento desde el este que parecía traer los aullidos de los muertos. Las moscas revoloteaban en el camposanto, eran las verdaderas dueñas de ese aire desolado. El sacerdote Uriel, mareado, solo pensaba en dirigirse hacia la tumba de Bernardo Valladares y maldecirlo por su obituario. No podía olvidar ni una sola de esas palabras. Al recordar el «Ámeme siempre», volvía a mirar a Manuela y a él retornaba esa lujuria impropia que tanto tiempo había reprimido. Recordó al poeta enterrado, prefería recordarlo muerto y amortajado. No estaba seguro, pero quizá con el pasar de los tiempos el nombre olvidado sería el suyo, por pecador. Rompió una más de sus promesas y llegó a la loma donde la tarde anterior —parecía que habían pasado años— habían oficiado el enterramiento del poeta. Los vientos se calmaron. En su oído escuchaba el susurro de las moscas. Leyó la lápida: «Aquí yace Bernardo Valladares, arquitecto de sueños. 1899-1937». Uriel, obnubilado por el alcohol y la ira, empezó a patear la lápida y la tierra alrededor, con sus zapatos removía la tierra que separaba a los vivos de los muertos. —¡Pamplinas! —vociferó mientras un rayo caía más allá de los barrotes que bordeaban el cementerio. Una lluvia negra comenzó a caer. El agua empapaba su casulla. Su ira se desvanecía hacia un cansancio provocado por el sometimiento del vino a su mente. Con la llegada de un feroz trueno, Uriel alzó su pie y lo llevó hacia la lápida. Ésta se quebró. El sacerdote fue a dar al suelo. Se incorporó y su corazón se mantuvo suspendido al ver el camafeo sostenido por la figura envuelta de amarillo. Pudo reconocer ese atuendo, esa mortaja de lino amarillo. Aquello miraba la lápida resquebrajada. Volvió a colocar el camafeo sobre ella. Después dirigió su dedo para apuntar al sacerdote. Uriel, enlodado, lleno de penas, con las gotas surcando sus labios blasfemos y a punto de desvanecerse en un espiral de horror, miró al cielo, luego a la figura y exclamó: —Dios mío, Padre Santo, ¡descánseme en los ojos fragmentados…!
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Rosalía Guerrero Jordán —Vamos a morirnos todos —susurró el Flaco mientras expulsada el humo del porro. Me quedé mirando los círculos que salían de su boca. Se quedaban flotando en el aire y luego se deshilachaban hasta desaparecer, como una perfecta metáfora de la vida. Nunca aprendí a hacerlo, tan solo conseguía toser como si se me rompiera el alma. —Claro, todos moriremos —le contesté, cuando él ya no esperaba mi respuesta —pero espero que no ocurra todavía. El Flaco me miró entrecerrando los ojos. Pude ver la telaraña roja de los capilares en ellos. Los míos debían de estar igual, pero no tenía ganas de reírme. El chocolate de ese día era tristón. —No, amigo, será hoy —me dijo mientras chispas minúsculas volaban entre nosotros—. He tenido una visión. Aquello me dejó una carcajada atascada entre los dientes. Recordé que, a veces, las visiones del Flaco se cumplían. Como cuando dijo que Roberto iba a volar: el flipado saltó el pretil del puente con su moto y se estampó contra las rocas del rio. El tipo no palmó, pero el golpe en la cabeza le dejó tonto de por vida. O como cuando predijo la inundación que iba a arrasar la granja de Matías. «El agua le va a quitar al desgraciado ese todo lo que posee, igual que él me quitó a Esmeralda», fueron sus palabras, aunque solo cuando se ahogó el ganado de Matías y sus terrenos quedaron convertidos en lodo recordé las palabras del Flaco. —¿Y cómo vamos a morir? —le pregunté, por decir algo. —Fuego, mucho fuego—alcanzó a decir antes de que el sueño le venciera. Pensé en dejarme vencer yo también, pero esa noche hacía fresco, así que me levanté del sillón destartalado de la cabaña del Flaco, salí a la calle, y caminé hasta mi casa en el pueblo. Esa noche tuve pesadillas, como si las palabras del Flaco hubieran removido algo en mi inconsciente: llamas enormes devorando bosques y ciudades, animales huyendo asustados, y el planeta entero reducido a cenizas.
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Enrique Ocampo —Te digo que es posible, James —dijo Avril mientras bebía de su ampolleta de malteada de espárragos cristalizados—. Solo necesitamos investigar un poco. Sobornar a un par de empollones, a lo más. —¿Y para qué quieres que seamos famosos? —respondió James. —¿Para qué quiere uno cualquier cosa? —Avril se encogió de hombros. La Fuente de Sodas, Enérgicos, Revitalizantes y Pociones INCNDNZ era un edificio absurdamente antiguo en la recién modernizada ciudad de Viejo París. Su arquitectura pragmática y de ventanales apuntando al oeste con un par de mesitas elevadas rojas y amarillas sobre la acera la hacía contrastar con los locales adyacentes, que se preciaban de ostentar el último grito de la moda estilístico-arquitectónica con sus paredes delgadas y perforadas detallando escenas renacentistas en puntillismo en lugar de ventanas y sus huecos icosaédricos con placas flotantes magnéticas en lugar de asientos y mesas. La Fuente de Sodas, Enérgicos, Revitalizantes y Pociones INCNDNZ se enorgullecía del estilo que sus dueños habían bautizado como “retropostneovanguardista”, que en realidad consistía casi exclusivamente en una pizca de tacañería por parte de los propietarios, a la luz del precio superlativo que suponían los sistemas de asientos y mesas magnéticos. En una de las mesas de afuera, James y Avril discutían con un par de guitarras a los pies. —Es hora ya de que pienses en el futuro, James —dijo Avril—. Somos dinosaurios. Este asunto de la nostalgia ya no nos funciona, hace doscientos años que la guitarra se extinguió. —¿Pretendes que nos convirtamos en una banda cualquiera? ¿Con sintetizadores holográficos y moduladores sinestésicos? ¿Gritarle al mundo que también odiamos al arte, que por favor nos den su dinero? —Solo quiero el calor del reflector, James. Una sola vez —Avril parecía apesadumbrada—. Un reflector de verdad. Para derretir la pupila y morir ciega y contenta frente a sesenta mil enardecidos que griten nuestro nombre. —Supongo que no estaría mal —respondió James con una mirada algo soñadora—. Entonces, ¿alguna idea de por dónde empezar? Avril estiró el brazo y proyectó el holograma de interconexión global con una sonrisa. Un vagabundo 22
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los miró con los bolsillos de fuera, cerró los ojos con fuerza y se llevó los dedos a las sienes. James, fastidiado, suspiró y le aventó una moneda sin reparar en él. Un año antes, cuando los científicos del Noble Órgano de Noética Sistemática, Ejemplificada y Novedosa del Sur de Europa había confirmado la existencia del brainium, el mundo había dado un vuelco tal que los dirigentes de la Unión Europea habían propuesto que se reiniciara el calendario mundial, convirtiendo al 2222 d.C en el año 1 e.b (era del brainium). Algún catedrático de reconocida influencia publicó en un mordaz artículo que algo de tal dramatismo y pomposidad era ruta segura para acabar viviendo en La Broma Infinita, de Foster Wallace y, como todos temblaron ante la posibilidad de un Año del Pelador Automático de Maní Elephantus, decidieron conservar el Anno Dómini y no propiciar más absurdidades que las que ya de por sí acontecían en el mundo. El brainium, nombrado “persona, ente o concepto” del año 2222 por la revista POSTIMES, era impresionantemente disruptivo y cambió la vida de todos los habitantes de la Tierra. Tras largos y complicados experimentos, los científicos del NONSENSE habían descubierto que el pensamiento, normalmente discutido y tratado como un hecho incognoscible alrededor del cual giraban decenas de teorías con diferentes enfoques, en realidad estaba compuesto de infinitamente pequeñas partículas palpables, transformables y cuantificables, a las que decidieron nombrar “brainium”, después de una encuesta global en línea que no solo saturó durante dos semanas casi la totalidad del ancho de banda de la interconexión global, sino que estuvo a punto de degenerar en lo mismo que se intentaba impedir con el asunto de los calendarios cuando conglomerados de empresas ofrecieron recompensas en efectivo para que los votantes sugirieran algún derivado de su marca como el nombre oficial del nuevo elemento. El funcionamiento e implicaciones del brainium, aunque inimaginables en su alcance, eran relativamente sencillos de explicar al público en general. Un video superlativamente viral circuló por todos los rincones del mundo durante varios meses, donde un pequeño cerebro animado y antropomorfizado explicaba en términos mundanos el concepto general del brainium: —¡Todas las personas piensan! —exclamaba el cerebro con gafas y bata de laboratorio— No solo nos permite llamarnos humanos, sino que es imposible escapar al acto mismo de pensar. Anteriormente, se creía que el pensamiento era un proceso sin implicaciones físicas, que simplemente uno pensaba “quiero un helado” o “esto me disgusta” y el asunto quedaba en manos de los filósofos. Gracias al trabajo dedicado de los científicos del NONSENSE, hemos descubierto que vivíamos equivocados. Nuestro cerebro, como ya sabíamos, se divide en componentes cada vez más pequeños, desde el encéfalo —decía el cerebro señalándose a sí mismo con una varita metálica— que es palpable y visible hasta las neuronas, células cerebrales imposibles de ver a simple vista y que transmiten impulsos eléctricos a otras neuronas para hacer que el cerebro funcione, y con él el pensamiento —un dibujo rudimentario de una neurona aparecía entonces junto al cerebro con bata y agitaba el axón como bailando—. Sin embargo, ahora sabemos que hay una partícula todavía más pequeña que las neuronas: el brainium. Estas partículas microscópicas, con forma de cubo, nadan entre las neuronas y se orientan hacia determinado lado, como las caras de un dado, transmitiendo impulsos de electricidad y magnetismo a los brainiums adyacentes permitiendo de este modo la sinapsis. Aunque todo esto parezca un tecnicismo que no cambia realmente las cosas, la verdad es que es un descubrimiento enorme —el cerebro, la neurona y un cubito morado se tambaleaban de izquierda a derecha en la pantalla, al ritmo de una melodía más bien molesta—.
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Los brainiums emiten pulsos que pueden ser medidos por aparatos suficientemente sofisticados y esto corresponde a la primera medida objetiva, cuantificable y repetible del pensamiento como energía. No contentos con el descubrimiento impresionante, nuestros valientes científicos se aventuraron a realizar de inmediato experimentos más complicados y descubrieron algo todavía más asombroso: ¡los brainiums también alteran el mundo físico afuera de la cabeza! En cantidades diminutas, por supuesto, imperceptibles al ojo desnudo, pero se comprobó que pensar en cualquier cosa, literalmente modifica el aire alrededor de nuestros cráneos. Y que pensar en diferentes cosas, lo modifica de formas distintas. Imagínense lo siguiente: —continuaba el cerebro animado, mientras la neurona se hacía a un lado y junto al cubito morado aparecía una gota de agua—. Esta es una gota de agua y desde hace siglos sabemos que tiene varias propiedades. Ciertos números cuánticos en cada una de sus partículas subatómicas que la hacen ser una gota de agua y no una gota de aceite. Si vemos de cerca un átomo contenido en una gota de agua, podemos apreciar estos estados que la vuelven única. Ahora, cuando observamos originalmente los brainiums, estos orientaban su cara fuerte hacia otro brainium, alterando en ellos estos mismos estados cuánticos y permitiendo que el pensamiento se origine. Sin embargo, con procesos que no vale la pena explicar por el momento, comprobamos que se puede alterar a consciencia la orientación de las caras fuertes de los brainiums —en este momento, el brainium se multiplicaba y el grupo de cubos morados disparaba pequeños rayos a la gota de agua— para apuntarlas hacia el mismo lado y que sus pulsos electromagnéticos modifiquen la composición de las partículas del agua. Aunque, naturalmente, esto sucede a una escala más pequeña que lo microscópico, podemos aseverar que el agua ha cambiado por obra exclusiva del pensamiento. Aunque no se perciba a simple vista, ya no es agua en su esencia. Y en esto radica la importancia y trascendencia del brainium: ¡Ahora sabemos que el pensamiento es capaz de alterar las cualidades físicas de la materia! —el cerebro bailaba con mucha alegría en el centro de decenas de cubitos morados sonrientes—. ¡Imagínense las posibilidades! El video educativo continuaba por un par de minutos más teorizando sobre las posibles consecuencias y aplicaciones del descubrimiento de un modo hilarantemente patético. Naturalmente, los ámbitos cultos de la población entendieron que la telequinesis y la transfiguración de la materia, si bien ahora eran teóricamente posibles, estaban a varias décadas de funcionar como algo cotidiano. Sin embargo, en cuanto la noticia se extendió a cada país del mundo en poco menos de una hora, se podía ver a jóvenes borrachos en los parques públicos tomados de las manos y apuntando con la mirada fija a una jarra de agua, probablemente esperando transformarla en vino. La vida había cambiado radicalmente y todos apenas comenzaban a adaptarse a la nueva y casi inconcebible realidad. —Un tipo que fue conmigo a la universidad es hijo de uno de los Grandes Científicos, James —le dijo Avril mientras tecleaba en el holograma que se extendía de su antebrazo—. Siempre quiso cogerme. Apuesto a que puede ayudarnos. —¿Cogiéndote? —dijo James, con un leve atisbo de celos en la voz. —Trabaja en un laboratorio de la Noética esta, James —respondió Avril, sonriendo al notar la voz preocupada de James. —Pues, ¿tenemos algo que perder? —James acariciaba con el pie a la guitarra bajo la mesa. James Triblom tenía el rostro cenizo y el cabello negro y blanco, como los actores de mediana edad 24
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de épocas antiguas. Era fornido y alto y su rostro parecía el de un águila, con nariz prominente y puntiaguda, cejas severas y una boca pequeña y sin mucho chiste. Había conocido a Avril pocos años después de salirse de la Universidad y se había enamorado de su desfachatez. Por su parte, Avril Zethnosian era una clásica rebelde malviviente, adicta al somadós, con caderas delgadas y piernas largas y el cabello corto y lacio cambiante de color que se consideraba de moderado mal gusto. Era bonita a su manera, como un perro callejero con un rastro de ternura y cumplía a la perfección con el arquetipo de damisela en peligro, a excepción del hecho de odiar el romanticismo y la codependencia. Habían decidido, una tarde de borrachera dos años antes, formar un dueto musical basado en la nostalgia de principios del milenio y se presentaban frente a nunca más de diez adictos indigentes en alguna de las pocas retrocantinas que quedaban en Viejo París, con sus guitarras ancestrales y su música todavía considerablemente melódica. —¿Qué te dijo el tipo este? —preguntó James mientras se encaminaban a la retrocantina dos calles más abajo. Iban a tocar esa misma tarde. —A juzgar por su mensaje, creo que lo que te sugiero es posible, James —respondió Avril, con su guitarra bajo el brazo. —¿Cuándo? —increpó James. —No lo sé, James. No es como que va a prestárnoslo. Posiblemente tengamos que robarlo —dijo Avril con la mirada encendida. —Ya habrá tiempo de pensar en eso —respondió—. Por ahora, lo hacemos como la vieja escuela. James abrió la puerta de madera de la retrocantina Sinatra y un hedor a malta le llenó los pulmones. Sinatra era uno de los tres lugares para consumo de alcohol en Viejo París que todavía conservaban el esplendor del viejo milenio. Una barra anacrónica de madera serpenteaba a la derecha y tres o cuatro mesas antiguas reposaban a la izquierda sobre una alfombra naranja sucia y descolorida. Al fondo había un escenario con medio metro de elevación cuya madera evidentemente estaba en las últimas. En Viejo París, a la par de las cafeterías, los apartamentos, centros comerciales y cines, los bares se adaptaban constantemente a los gustos futuristas del público, para molestia de esnobs que odiaban que el futuro fuera, en efecto, como creían sus antepasados, todo metálico y flotante y puntiagudo. La industria del alcohol, que había progresado enormemente, prosperaba vendiendo paquetes de doce ampolletas que emulaban artificialmente y no con mucha precisión los sabores de los licores antiguos y que, atacando directamente al sistema nervioso central, recreaban los efectos ansiolíticos y de inhibición del etanol sin los efectos secundarios. Para los bohemios, los pordioseros y los depravados, esta última ventaja le quitaba su carácter y esencia a la beodez y lo volvía absolutamente indeseable, sin tomar en cuenta el elevado precio. Las escasas retrocantinas que quedaban en Europa y que servían alcohol embotellado original, dañino y superlativamente añejo, lo hacían por una mezcla de tradición orgullosa y desesperado intento de cortar gastos. James ordenó un escocés y Avril una cerveza y subieron al escenario. Apenas había tres personas malolientes y ebrias desperdigadas por las mesas sucias. Después de afinar, se miraron con una pequeña sonrisa e interpretaron poco más de una hora de canciones antiguas que ya casi nadie recordaba. Casi nadie, excepto los tres vagabundos un poco oligofrénicos que agitaban la cabeza y los puños con violencia mientras trataban de entonar los coros erráticamente. www.revistanudogordiano.com
Cuando el concierto decadente terminó, James guardó su guitarra con un poco de tristeza. Estaba convencido de que su arte merecía un público mejor y más grande y, dándole un beso a Avril, le confirmó que aceptaba por completo su plan. Al día siguiente, James y Avril entraron al laboratorio de Orin Groundhog, en la sede del NONSENSE de Viejo París. El lugar era un cuadrado enorme con decenas de máquinas y aparatos ruidosos y complejos sobrepuestos en mesas largas de metal brillante. No había nadie más que Orin, a excepción de una pequeña jaula con armadillos al fondo, junto a una máquina conectada por cables coloridos a cascos diminutos. Orin parecía un roedor pequeño y jorobado, adornado con una bata de laboratorio y los más modernos prismáticos de precisión guardados en el bolsillo frontal. Tenía poco cabello, negro y peinado para atrás y, a pesar de tener veintiséis, como Avril y James, lucía de sesenta. —¡Bienvenida, querida Avril, a donde sucede la magia! —dijo Orin, con un tono algo crepitante. Escupía un poco al hablar— Y tú debes ser… —James —dijo James a secas. —Por supuesto, por supuesto. Me cuenta la hermosa Avril que quieren un pequeño tour de lo que hacemos aquí, ¿cierto? —Orin lamía la punta de una pluma. —Claro, Orin —dijo Avril, con un entusiasmo demasiado fingido. —Pues verán —dijo Orin con voz ceremoniosa, señalando a un aparato del tamaño de un refrigerador antiguo—, para empezar, tenemos el Aplastador de Brainiums Secundario Unifásico de Radio Dilatado. Como saben, los brainiums tienen un potencial magnífico con aplicaciones tanto positivas como negativas. Con esta máquina, después de analizar las caras débiles y fuertes de los brainiums y sus interacciones físicas, intentamos darles una nueva forma para crear brainiums específicos para tareas concretas. Después, procedemos a implantarlos en los armadillos que… James y Avril parecían insoportablemente aburridos, a pesar de la pequeña ración de somadós que habían tomado antes de llegar y que les generaba un divertido cosquilleo bajo la lengua. Continuaron el recorrido en silencio durante unos veinte minutos. —Disculpa que interrumpa, Orin —dijo Avril—, pero, ¿por qué no hay nadie más aquí? —Resulta que el laboratorio no abre hoy —dijo Orin, acomodándose los prismáticos con una sonrisa burda—, pero me alegró mucho tu petición y decidí venir solo para mostrarte lo que hacemos. —Pues te lo agradecemos muchísimo, Orin —la voz de Avril de nuevo sonó fingidamente entusiasma26
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da—. ¿Recuerdas el aparato por el que te pregunté? —¡Ah, claro! El Dispersor de Átomos Neobrainiumianos… —Sí, ese —lo interrumpió James, fastidiado—. ¿Dónde está? —Pues me sorprende que quieran verlo —dijo Orin, con voz húmeda—. En realidad, apenas está en una fase temprana y no creo que pueda considerarse funcional… —Déjanos verlo —el “con un demonio” se ahogó bajo la lengua de James cuando Avril lo tranquilizo con el brazo. El científico Orin los llevó a una esquina del laboratorio y les mostró un pequeño cuadrito con un par de cables saliendo de cada lado. Varios focos diminutos parpadeaban en su centro. —¿Te he dicho que siempre te he amado, Orin? —dijo Avril con voz seductora desde el otro lado de la habitación. —¿En… en… en serio? —tartamudeó Orin al tiempo que se enrojecía lastimosamente y caminaba en su dirección. James aprovechó para guardarse el cubito en el bolsillo. —Sí, pero por ahora tenemos que irnos, Orin —dijo Avril, tratando de ocultar ligeramente el disgusto en su tono—. ¿Prometes que estaremos en contacto? —Por… por… por supuesto —dijo Orin, con una sonrisa bobalicona. James y Avril, embrutecidos por el somadós que ahora los hacía sentirse un poco sinestésicos y risueños, salieron del laboratorio entre risas. Sin reparar en que, obviamente, Orin iba a descubrir el robo de inmediato, corrieron en dirección a ninguna parte tomados de la mano. Ya se encargarían de Orin después. Al día siguiente, James y Avril, todavía tomados de la mano, contemplaron la entrada al Deleitoso Umbral de Música y Baile de Viejo París. Enfield, Brothers, Sisters, Acquaintances & Sons iba a presentarse en un concierto masivo para poco más de cuarenta mil personas. Su sonido era, en la opinión de James, indescriptiblemente molesto, pero eran la banda más popular de Europa y, decididamente, la oportunidad que necesitaban. El plan, tramado entre tragos de tequila añejo y media pastilla de somadós, parecía sencillo. Planeaban colarse tras bambalinas con sus guitarras, esperar a que el recinto se llenara y simplemente subirse al escenario sin avisar a nadie. www.revistanudogordiano.com
Antes de que seguridad tuviera tiempo de echarlos a patadas, habrían conectado el pequeño cuadrito robado del laboratorio de Orin, una punta a los amplificadores y la otra a sus cabezas y les tomaría solo un par de segundos convencer a cualquier persona en el radio de acción de prácticamente cualquier cosa. Precisamente, el dispositivo era un amplificador de brainiums que otorgaba a su usuario, según había entendido Avril en el mensaje de Orin, la capacidad de alterar el pensamiento de las personas e implantar una idea. Solo tenían que subirse, conectarse, pensar en que eran la banda más famosa y adorada del planeta y en un dos por tres todos los asistentes lo creerían. Después, sería solo cuestión de que se corriera la voz para poder trascender como siempre habían soñado. Compartieron unos segundos de risas embobadas mientras accedían por la puerta trasera del gran auditorio. Junto al escenario, James y Avril se tomaron la mano y engulleron otra media pastilla de somadós. El resto de sus vidas estaba por comenzar. Conectaron un cable en una diminuta sutura en la nuca de cada quién y James tomó la punta del cable opuesto con manos firmes, listo para enchufarlo en la consola principal en cuanto tomaran el escenario. Con el auditorio lleno y el bullicio de la multitud en su máximo esplendor, se besaron y corrieron a la plataforma. Cerraron los ojos, mientras los agentes de seguridad comenzaban su carrera al escenario y ambos se concentraron con toda su energía. “Somos la mejor banda de la historia. A todo el mundo le gusta nuestra música. Díganle a todos sus amigos”. James conectó la punta sobrante del dispositivo y un breve segundo de ruido blanco llenó el ambiente. Inmediatamente después, el bullicio se apagó y las cuarenta mil personas los observaron en silencio absoluto. En el breve instante de lucidez final, tanto James como Avril entendieron que algo había salido mal. La multitud, al principio confundida, vio a un joven de cabello salpimentado y a una chica de cabello de color cambiante balbucear palabras sin sentido frente al micrófono. Ambos tenían cables que les salían del cuello. Cuando los ojos se les pusieron en blanco y cayeron al suelo, retorciéndose con hilos de baba espumosa escurriendo por sus barbillas y proclamando sandeces al aire, se volvió evidente que eran algún tipo de retrasados mentales.
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—Increíble —dijo un tipo calvo y pequeño en la primera fila, entre los gemidos tarados que entraban al micrófono y salían por los parlantes—. Por fin una propuesta nueva. —¿Cómo se llaman? —gritó una mujer regordeta, emocionada, mientras el dueto se convulsionaba torpemente en el suelo y los elementos de seguridad observaban, divertidos. —Aghhhsfhhll —balbuceó James al micrófono entre jadeos suplicantes mientras un humo espeso le salía de la nariz y su cabeza se agitaba violentamente en señal de agonía. Avril ya no se movía. —¡Aghhhsfhhll! ¡Aghhhsfhhll! —vitoreó la multitud enardecida. Hasta el nombre de la banda les encantaba. Todos aplaudían.
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Canto azul
Damián Andreñuk Me eleva el canto azul de una dignísima calandria. No la risa sin colores emanada por la hipocresía. Yo vi las puertas del infierno más temible y escuchaba las celebraciones a lo lejos. Yo oculté siempre mi tesoro primordial para que bestias y alimañas no lo profanaran. Perdón, perdón por mi tristeza recurrente. Por mi naufragio tal vez desmesurado. Me brota el canto azul de ser yo mismo. Bestias agotadas
Desnudez y temblor como quien cruza un manantial hecho con lágrimas de su existencia, como quien llora sobre un sueño calcinado, como quien ve un lugar desierto donde ha sido muy feliz, como quien cierra sus heridas a golpes de entusiasmo. Amantes que se besan limpiándose en la gracia, mariposas que se abren, que revelan su canción en la quietud. Corderos que imploran ahogándose en el miedo, lo oscuro de lo humano es un cuervo tenebroso. Somos bestias agotadas de luchar por su supervivencia. Nace una sabiduría o se pudre algo vital tras múltiples dolores. La materialidad del mundo 32
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nos pierde o nos amplía la conciencia, nos arranca o nos renueva la paz pura que tenemos. Lobos y luciérnagas
Desde una cueva de paredes cobardes pasos hacia la realidad, aunque lastime. Belleza sombría como rosas escarlata en una tumba, locura y sufrimiento afilan la sinceridad, alimañas inconscientes orinan sobre la mansedumbre. Alianza perpetua con el amor del Otro Lado, un canto que derriba las distancias, una plegaria desgarrada al borde de la muerte, una mujer gloriosa como la piel de los arcángeles; lobos y luciérnagas en corazones al extremo. La inocencia, y la niñez, y la escondida, una pureza que se impone; una cópula fuera del tiempo; una ginebra que da vida; una luz en la cuna postal de cenizas coloridas; bondad de manantiales y terciopelo blanco. Plumas de buitre
Una plegaria verdadera abierta al infinito. Una luz interminable en una madre genuina. Una abundancia de frutas y generosidad. Una miseria con plumas de buitre. Un pétalo de lirio cayendo al vacío. Bombas de napalm carbonizando a inocentes. Una flor de loto pura brillando en el agua. Un silencio casi azul que viene de la luna. Un milagroso girasol borracho de lluvia. Un refugio impenetrable lejos de la hipocresía. Un tesoro sin precio en una gran conciencia sana. Un frío desolador después de la última ternura. www.revistanudogordiano.com
Ronnie Camacho Tengo los ojos del diablo, pero no soy uno de sus demonios. Los puños de un soldado que jamás probaron sangre. La mente de un mago en una tierra que extraña la fantasía. Me encuentro perdido y al mismo tiempo en busca de algo. Es como añorar la paz, sin saber cómo vivir con la ausencia de conflicto. Mi eterna contradicción; la paradoja que guía mi vida. Quizás la respuesta sea soltarse, ceder al destino. Más eso es lo que más me aterra. ¿Quién soy yo sin mi control? ¿Hasta dónde llegaré si no cuido mis palabras? Dejo de cuestionar mis actos. Considero las consecuencias. Temo convertirme en uno de esos. Aquellos que se jactan de ser verdaderos hombres. Los que a toda costa buscan imponer su voluntad. Que poseen esa falsa seguridad que oprime a quienes los rodean. Presos del miserable orgullo que les impide aceptar sus errores. “Valientes” que pierden todo coraje, cuando se trata de sanar las heridas que dejan. A un año de la última edad de Jesús, este dilema me hace sentir atrapado. Algunos días, obligándome a lidiar con la sensibilidad de un niño. Otros a cargar con el cansancio de un anciano. Aunque sería tan fácil rendirse, ni siquiera eso me haría feliz. Tampoco puedo ser mi propio cómplice, soy muy terco para eso. Una vez más, no encuentro respuestas, ¿cuál fue el objeto de escribir esto?
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Isabel María Hernández
En el rincón infinito de mi dulce quietud, danzan instantes eternos de plenitud, y rebusco en el ayer de mis recuerdos, no diré que, aunque algunos vayan lerdos. En el silencio atronador del horizonte, reflejan arreboles las figuras en mi mente, sueños lejanos de luces, fiestas y risas, van felices corriendo con las prisas. Es la infancia bendita que siento revivir, cuando todo el color hermoso vas a recibir, juegas, saltas, cantas, con grata ilusión, y tu pecho va rebosante de emoción. La nostalgia es mi fiel compañera, tiempo eterno que voló sin que retenerlo pudiera, no entendía que la vida es una urgencia, y que la puedes perder por inconsciencia. El jardín florido de mi vida ya marchitado, las margaritas de mi ramo se han ajado, los vestidos de diosa se los llevó el viento, y la corona de perlas vive en mi pensamiento.
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María Cecilia Piscitelli.
Desde el silencio
Qué de la noche cae tus ojos me dicen del hilo estrellado que tanto mirabas cruza la tierra en hojas pequeñas vestigios fulguran desde el silencio las formas de hielo que nombran lo extinto el flanco del viento abarca el recuerdo lo agolpa inclemente en los hoyos del sueño lo anuda lo aferra como si la vida no fuera la noche no fuera el ovillo no fuera la instancia que lo desvistiera. Una
Tenue diría fue la visión del pasaje era un bosque 38
serenos los verdes la amplitud una certeza haber entrado al detrás espacio intangible un más allá de los muros con su altura indómita sin embargo distantes tan disímiles de la inmensidad de encontrarte en los silencios intersticios colmados la verdad en la herida tuya mía y alcanzar una reparación dicha es juntar en las manos
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los pedazos recibir la conciencia doble real de lo inalterable ser un a entre el tumulto una y nuestro abismo. De la única
Por el aire despedazar el silencio a un ritmo frenético estampido
de los tsunamis pequeños pretéritos pequeña pretérita mis ojos enormes vidriosos de aludes conscientes despiertos testigos de la única impaciente e inevitable batalla incesante entre el amor y la muerte. De “En los pliegues danzo” (2024). De “Des-velo” (2019).
la opción excluyente para rasgar las aguas y sus truenos sórdidos tentáculos inertes las vías salvajes de la petrificación. Sacudir- me los vestigios del sitio adherencias al mundo
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Ana Lorena Martínez Peña UNA DESCONOCIDA TOCA A MI PUERTA
Observo mi reflejo a través del espejo. Esta no soy yo y esta tampoco es mi casa. Desconozco a quien la habita. Observo de nuevo el reflejo y me siento ajena. Desconozco quién es esa. Esta no soy yo y esta tampoco es mi ropa. Una luz ilumina la habitación en donde me encuentro, sin embargo, no hay salida alguna, estoy perdida. Este no es mi cuerpo, ¿qué hice? Sonrisa ajena, esta no soy yo y esta tampoco es mi casa. Se escucha de lejos el tic tac del reloj que decora la sala: mi tiempo se ha terminado y con ello me confirmo lo evidente: soy una extranjera dentro de mi propio cuerpo. Frecuento lugares que me permitan recordar quién fui antes de la guerra civil, antes del terremoto, del incendio, ¿será que hay por ahí fragmentos regados de mí? Esta no soy yo y esta tampoco es mi alma, porque adentro llueve y afuera está soleado. Desconozco esta sombra. El silencio quiere hablar. Habito un otoño que me sabe a eternidad. El tren en movimiento se acerca cada vez más, pero los pies no responden, desconocen estas calles y no los culpo, perdí el mapa de regreso a casa, de regreso a mí, ¿cómo hago para recuperarlo? Tanto maquillaje comienza a desvanecerse, aquí no pertenezco. Esta no soy yo y esta tampoco es mi casa.
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DE LA ESCRITURA COMO SALVACIÓN
Escribir es un trabajo introspectivo y a veces le temo a aquello que pueda decir con las palabras que me callo, que no le digo a nadie. Escribir es un espacio idílico, una confesión con uno mismo, un arrebato que te confirma que aún vives, que quizá no todo se lo ha tragado el incendio, que la herida aún sangra y puedes escribir usándola como tinta. Escribo para pertenecer, permanecer, y darles forma a los pensamientos que divagan por mi mente y en ocasiones me impiden dormir. Escribo y el mundo es mío, me río del pasado y al plasmarlo en papel lo muevo a mi antojo para no llorar. Escribir me salva, me sana, me arrastra consigo, me dibuja un par de alas, salgo volando por la ventana y entonces vuelvo a nacer.
ACTO POLÍTICO
Qué es tomarse de la mano sino una protesta política, un acto de resistencia. Gritarle al mundo: ¡Yo he amado y he sido amado! Y hacerlo con el coraje que conlleva. Es una hazaña ir en contra de todo. Del orden establecido, de la inmediatez, de lo líquido, de lo efímero. Reírse del mundo porque en medio de la guerra, del ruido, uno todavía es capaz de sentir.
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REMINISCENCIA
Ella se fue. Como si nada. Como si todo. Como si no yo no fuese suyo. Toqué mi guitarra hasta que el amanecer se asomaba. Ay, ¡cómo le grité a los dioses que volviera! Lloré hasta secarme, hasta perderme, y nadie lo sabía; la batalla de su ausencia la libraba solo, con un puñal de letras sin sentido y lágrimas que me limpiaron el alma completa. Bailé hasta que el bolero volviese a tener sentido sin ella, pero no fue así. Cogió sus maletas y no se daba cuenta que, entre su ropa, llevaba empacada toda mi esperanza. La miré con ojos de misericordia, pero ya era muy tarde, apenas mi corazón latía, y yo me sentía morir. ¿Qué iba a hacer yo sin su primavera que curaba mi otoño? Los recuerdos, maldita sea, los recuerdos, aparecían en repetición uno tras otro como queriéndose burlar de mí, me golpeaban a la vez y yo, que ya estaba tendido en el suelo, no hice nada más que quedarme quieto, porque antes de que ella cruzara aquel umbral que decoraba nuestra sala, ya no estaba. Estaba su cuerpo, sí, pero ya no estaba ella, ni su sonrisa que iluminaba todo a su paso con un descaro que te arrebataba el corazón. ¿En dónde iba a guardar yo tanto? Me dejaste con el espíritu roto, sin poesía con dedicatoria. Dime tú, ave de cielo ajeno: ¿qué haré con tanto sin ti?
NO TE OLVIDES, QUE YO NO ME OLVIDO
Café que te enfrías antes del primer sorbo. Regrésame la poesía, regrésame estas ganas de besarle, de acariciarle. Regrésame la vida, la sonrisa, la risa. Reloj que caminas al lado de tus manecillas, y arrasas cada momento que pasa, haz que vuelva al pasto que alguna vez rozó mi esperanza. Detente que la niebla ha comenzado a borrar tu recuerdo, no sigas que mi corazón se ha ido contigo. Mirada donde ya no te hallo, donde ya no te encuentras, no me busques, estoy perdida. 42
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Soy un sótano a oscuras, no vengas a cambiarme la bombilla. Rosas que se marchitan, instantes que han sido testigos de un momento de perfección, te dibujan a mi lado, pero intento fallido de tocarte, ya te has desvanecido. Letras que salen de los libros me susurran sutilmente: “No te extingas, venga, camina”. Mañanas que se atrasan, colores que se extinguen, tu voz no tiene forma, tu despido deja huella. Alma que estás en otro lado, no te olvides, que yo no me olvido.
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