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Nudo Gordiano #49

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Julio-Agosto No.49

Toluca, Estado de México, México. Nudo Gordiano, 2026.

Todos los derechos reservados. Revista literaria de difusión bimestral contacto@revistanudogordiano.com

Todas las imágenes y textos publicados en este número son propiedad de sus respectivos autores. Queda por tanto, prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación en cualquier medio sin el conocimiento expreso de los autores. Los comentarios u opiniones expresados en este número son responsabilidad de sus respectivos autores y no necesariamente presentan la postura oficial de Nudo Gordiano.

Cuentos - la Espada

El Verdadero Tormento de Medusa

Jorge Antele Alvarado

Ángel de la Guarda

Ronnie Camacho

Rosalía Guerrero Jordán

Extraviados en la Llanura

Walter Hugo Rotela

Daniel Lange

Desiree Campuzano Vivanco

Te Anhelo

Isabel María Hernández Rodríguez

Jorge Rolando Acevedo

La Metamorfosis: susurros fragmentados de una pasión

(Y Algunas crónicas del destino)

Salvador Jáuregui

Yimara de Lourdes Lavastida Hernández

Perseo ha logrado llegar al otro lado del Océano. Ahora se encuentra en el interior de la caverna. Ha logrado evadir a las gorgonas Esteno y Euríale, hermanas de Medusa. No lograron verlo porque es invisible. Pero se pregunta: ¿en dónde radica la valía de su misión si su contrincante no puede verlo? Se retira el casco de Hades que le da invisibilidad. Así comenzará con la parte más complicada de la aventura. Inicia su avance vigilado, caminando hacia atrás, apoyado del escudo de Atenea que ahora es como sus ojos. Lo va guiando un llanto hórrido y lastimero.

Debe ser Medusa, pero ¿por qué se lamenta?.

La gorgona ha escuchado los pasos de alguien que se ha atrevido a entrar a su casa. Su lengua bífida ha captado la presencia de un hombre joven. Perseo se siente horrorizado al verse rodeado de tantas figuras humanas y animales inmortalizadas en mármol. Es una galería mortuoria cuya autora es la terrible Medusa. Su voz de mil truenos retumba en el interior de la caverna y cuestiona al joven.

—Tú que vienes a mí, no sé con qué fin, dime: ¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu objetivo?

—Perseo siente la presencia del monstruo. Puede verlo a través del escudo, mientras él camina hacia atrás. El aspecto de la gorgona es la representación misma de la abominación. El corazón del joven palpita con fuerza.

—Soy Perseo y vengo por tu cabeza —en la gorgona nace una nueva esperanza, una luz al final del túnel.

—¡Así que tú eres mi salvador! —Perseo no comprende.

—No sé a qué te refieres.

—Tú me estás ofreciendo la redención. Nada he ansiado tanto desde el día en que la autora de mi desdicha me enclaustró en esta fría madriguera. Mi pena es antigua. Vivo rodeada de tantos y tantos que se atrevieron a venir para darme muerte.

Jorge Antele Alvarado

Los reyes de mil tierras consideraron que mi cabeza era un arma poderosa con la que hubieran podido conquistar reinos completos sin necesidad de usar la espada y sin perder un solo hombre en la guerra. Como puedes ver, nadie lo ha logrado. Y no porque yo se los haya impedido, sino porque los dioses no los acompañaron. ¿Sabes cuál es mi más grande desdicha? Esta figura de hombre hecho piedra que permanece junto a mí, fue mi primer y único amor.

El único que realmente me amó y decidió seguirme aun cuando supo de mi desafortunada transformación. Fue el único infiel de Atenea que atestiguó la injusticia perpetrada contra mí. Solo él fue quien vino hasta aquí sin intenciones de hacerme daño. A pesar de sus nobles propósitos, yo sí atenté contra él.

—Tu dolor me embarga a mí también y quiero ayudarte.

—Te obsequio mi cabeza. Termina entonces con esta maldición, pero no mires mis ojos.

—Los míos son el escudo de Atenea.

—¿Ella te ha guiado para que puedas darme muerte? Está arrepentida de haber castigado injustamente a su más fiel sacerdotisa, según veo —Perseo, viendo a través del escudo, calcula la altura a la cual debe asestar el golpe con la hoz.

De un golpe certero hace rodar la cabeza de Medusa por el suelo. La desdicha de la gorgona llega a su final y, el hijo de Zeus, cumple con ésta que será la más rememorada de sus hazañas.

Aún recuerdo la primera vez que me paré frente a ese podio, ocurrió durante los 50´s cuando los dirigentes de la recién formada ONU me llamaron ante ellos para asegurarles que mi presencia en la tierra no representaba ninguna amenaza para la raza humana. Por supuesto en un principio ninguno creyó en mis palabras; con el tiempo y haciendo uso de mi tecnología me gané su confianza al protegerlos de los distintos peligros que amenazaban con aniquilar a su civilización, como la invasión de los señores del infierno de la dimensión seiscientos dieciséis, el alzamiento de los muertos reanimados por el virus Malamen y el despertar del oscuro dios del caos, Yam Nahar.

Mi éxito fue tal, que pronto la humanidad me bautizó con el nombre de Celestial, el ángel de la guarda del planeta tierra.

Mientras me preparaba para hablar, observé los rostros de los hombres y mujeres presentes, ellos eran los mandatarios más importantes del mundo, pero me observaban maravillados casi como si fueran niños, algunos incluso vitorearon mi nombre al verme entrar a la sala.

—Buenas tardes, miembros de la ONU —les saludé—. Durante décadas me han reconocido como su héroe y protector, sin embargo, hoy no estoy aquí para darles esperanza o prevenirlos de algún peligro, vine para contarles la verdad.

—¿De qué verdad estás hablando, Celestial? —me cuestionó el representante de los Estados Unidos Mexicanos.

—La razón de venir a su mundo, a diferencia de sus muchos héroes ficticios, es que yo no soy el último hijo de un planeta que explotó o un conquistador intergaláctico disfrazado de aliado, soy el emisario de una raza conocida como “Los restauradores”, recorremos el universo en busca de los pocos planetas capaces de albergar vida para asegurarnos que la especies que los habitan sean dignos de ellos.

—¿Eso qué significa? —el embajador de Rusia tomó la palabra.

—Hace eones, cuando mi especie conoció a la suya, los altos mandos determinaron que eran una raza prometedora, por ello, se me asignó la misión de observarlos, pero tras los eventos ocurridos durante la segunda guerra mundial, me di cuenta de que era incapaces de protegerse solos y en contra del protocolo, decidí revelarme ante ustedes.

—¿Por qué nos cuentas todo esto ahora? —preguntó el primer ministro de Australia.

—Durante años abogué por ustedes con mi gente, les aseguré que mi intromisión les sería beneficiosa que incluso lograría que se esforzaran por mejorar, pero en su lugar continuaron siendo recelosos y apáticos con su propia raza, inician absurdas guerras, ignoran a los millones que padecen de hambre en las calles y contaminan de forma irreparable su único mundo, es hora de darles un ultimátum.

—¿Acaso nos estás amenazando, Celestial? —pronto, las sonrisas se esfumaron y la típica hostilidad humana hizo su aparición.

—Simplemente continuaré con mi misión, cuando una raza resulta indigna, es deber de su custodio llevarla a la extinción para que su planeta pueda regenerarse, dándole la oportunidad a una nueva especie de emerger.

—¿Entonces vas a matarnos?

—Aún no, tienen un año para hacer que los soldados vuelvan a casa, el hambre desaparezca y el daño ecológico disminuya, si no lo logran, todo terminará para ustedes.

—¿Y cómo pretendes matar a ocho mil millones de personas?

—Cuando llegué a su mundo coloqué una carga sísmica en su núcleo, al accionarla, se generará un terremoto tan potente que los campos electromagnéticos de la tierra se verán afectados, toda su tecnología quedará obsoleta, sus ciudades caerán y el aumento de los mares lo devorará todo, miles de millones morirán y los que logren sobrevivir, serán tan pocos que el acervo genético resultará insuficiente para que su raza pueda subsistir.

—¡¿Cómo te atreves?! ¡Eres un traidor! ¡Nos la pagarás! —son algunas de las cosas que me gritaron, antes de comenzar a arrojarme todo lo que tenían a la mano.

Más que ofenderme, comprendí su miedo, abandonando la sala entre todos sus insultos y golpes.

Ya ha pasado casi un año de aquello y durante todo este tiempo, desde mi base de operaciones en la luna, observé cómo el mundo cambiaba ante mi amenaza.

En un principio, las grandes potencias dividieron sus esfuerzos en un intento por prevenir el fin de su especie, mientras que una mitad envió varias decenas de misiones espaciales con el fin de apresarme, la otra, hizo lo posible por llegar al núcleo del planeta con la esperanza de neutralizar mi dispositivo, más el esfuerzo de ambos fue en vano.

Tan pronto y como sus naves de combate entraron en la órbita de la luna, hackeé sus sistemas de navegación para hacerlos volver a su mundo, en cuanto aquellos que pretendían desactivar la carga sísmica, fueron incapaces de si quiera alcanzarla.

Fue en ese punto que la humanidad comenzó a obedecer, gobiernos retiraron a sus tropas, las corporaciones multimillonarias destinaron gran parte de sus ingresos a la creación de programas para apoyar a los más desfavorecidos y se llevaron a cabo, medidas para contrarrestar el cambio climático.

Todo fue perfecto, hasta hace seis días, cuando aquellos que perdieron todo por la guerra invadieron a sus enemigos ahora desarmados, la caridad de los conglomerados terminó al no ver retribución en sus cuentas y los polos volvieron a ser abandonados a su suerte.

La poca fe que recuperé ha desaparecido, ellos jamás cambiarán y hoy, en el séptimo día, el ángel de la guarda de la humanidad traerá consigo el apocalipsis.

El día de mi primera comunión mi padre me regaló un reloj, según él especial pues solo podía marcar cincuenta minutos. Después el tiempo volvía a empezar. Al principio aquel reloj singular me obligó a vivir a un ritmo desajustado que convertía mis rutinas infantiles en incompatibles con las de mis amigas. Pero, como si el orden natural de la vida estuviera organizado exactamente en ciclos de cincuenta minutos, enseguida me acostumbré a ello.

En realidad, ese era el tiempo que necesitaba para que mi vida no se convirtiera en un caos. Con la llegada de aquel reloj mis rutinas comenzaron a ordenarse en acciones que duraban, como máximo, esos minutos. Desde desayunar por la mañana y asearme, hasta volver a casa del colegio o hacer los deberes. Si me sobraba tiempo, podía utilizarlo para descansar, pero nunca, bajo ningún pretexto, podía adelantar mi siguiente tarea. Era lo que Papá llamaba cronocracia. En mi favor jugó que las clases del colegio eran de cincuenta y cinco minutos, por lo que siempre procuraba llegar unos minutos tarde, algo que pasaba totalmente desapercibido para la gente que me rodeaba ya que ese era el retraso habitual del docente de turno, excepto, claro está, para Papá.

Papá, todavía puedo recordarlo tanto tiempo después dándome el mismo sermón cada día, recordándome que el caos lleva dentro de sí mismo la simiente del orden. Y que nuestro orden siempre resultaría inconcebible para el resto de los mortales acostumbrados a sus caóticas y elásticas vidas al margen de nuestra cronocracia.

Yo no entendía muy bien si el caos era vivir días de veinticuatro horas con lapsos de tiempo flexibles, o si mis ciclos de cincuenta minutos eran el auténtico caos que yo debía reordenar para adaptarme a mi entorno. Por ejemplo, si íbamos al médico y la consulta se retrasaba, justo al cumplirse los minutos de rigor nos levantábamos y nos íbamos, ya sea que estuviéramos en la sala de espera o en mitad de la consulta. Recuerdo en especial a un médico, un pediatra joven e inexperto que se quedó con el diagnóstico de gastroenteritis a mitad.

Solo llegó a decir gastro. En ese momento Papá miró su reloj, idéntico al mío, enarcó una ceja, nos levantamos y nos fuimos, dejando al pobre pediatra atónito, con la boca abierta y la puerta cerrada en sus narices. Después, de camino a casa, nos dio la risa. Desde ese día, cuando uno de los dos conseguía sorprender al otro, le decía: “te he dejado pediatra”, y estallábamos en carcajadas al recordarlo. Creo que ese es uno de mis mejores recuerdos de él. Y es que, pese a todo, a veces la vida con Papá era una fiesta en la que los únicos invitados éramos nosotros dos.

Otras veces si al regresar de visitar a la familia nos encontrábamos con un atasco y no llegábamos a casa dentro del plazo estipulado de cincuenta minutos, teníamos que parar en algún sitio y gastar el siguiente ciclo en merendar o cenar, según la hora que fuese, para luego volver al coche y continuar nuestro camino. O si había algún cine cerca entrábamos para ver una película durante el tiempo que quedara de ese ciclo. Confieso que, sabedora de que iba a perderme el final, apenas les prestaba atención y acababa dormitando sobre el hombro de Papá.

A menudo me he tropezado, ya de adulta, con alguna de esas películas y me he permitido la pequeña transgresión de verla completa al margen del tiempo que durara. Lo que más me costó fue acostumbrarme a la vida social regida por ese lapso de tiempo. Aprendí a llegar a los cumpleaños justo en el momento álgido para cantar el cumpleaños feliz mientras la cumpleañera soplaba las velas y abría los regalos. Más tarde, cuando mi ocio se hizo nocturno y no regresaba a casa hasta el amanecer, pacté con Papá que respetaría nuestra cronocracia y cambiaba de actividad durante la noche. Por ejemplo, después de cincuenta minutos bailando, paraba y me acercaba a algún grupo para unirme a su charla. O aprovechaba para desplegar mis encantos con el chico del cual me hubiera enamorado que se quedaba “pediatra” a mitad de un beso apasionado, y entonces yo regresaba a la pista para seguir bailando. Confieso que alguna vez, víctima del alcohol y las hormonas, no respeté nuestro acuerdo. Creo que Papá llego a sospecharlo, pero siempre hizo la vista gorda.

A pesar de que desde fuera podría parecer que nuestras vidas estaban gobernadas por una regla absurda e incómoda, tengo que decir que también tenía sus ventajas: nunca tuve que aguantar a personas insufribles ni sus intrascendentes conversaciones más allá de los cincuenta minutos de rigor. En estos casos la cronocracia me permitía ser maleducada sin ningún tipo de remordimiento. Confieso que el momento de abandonar esa situación y dar la espalda a la persona inaguantable de turno me resultaba especialmente delicioso. La única actividad que estaba libre de los estrictos límites de la cronocracia era el sueño. Y esto incluía tanto el rato de lectura previa antes de dormir, como el de disfrutar de la pereza antes de levantarnos los domingos por la mañana. Papá lo justificaba diciendo que, si nuestro cuerpo y nuestra mente no descansaban lo necesario durante la noche, al día siguiente no estaríamos bastante despiertos y alertas como para respetar los ciclos de cincuenta minutos. Algunos días harta ya de mirar las manillas de mi reloj me acostaba pronto, antes de cenar incluso, diciendo que me encontraba agotada. Papá enarcaba una ceja, incrédulo, pero consciente del esfuerzo que su niña realizaba cada día y me estampaba un beso en la frente y me daba las buenas noches.

Al llegar a cierta edad comencé a pensar que Papá desvariaba, aunque cuidé mucho insinuárselo siquiera.

Hasta donde alcanzaba mi memoria, habíamos vivido en cronocracia, en concreto, desde que me regalaron el reloj. Sin embargo, nunca había conocido a nadie ni siquiera de nuestra familia que viviera bajo la misma norma de los cincuenta minutos. Eso me llevó a pensar que, quizás, éramos una anomalía social, y que el resto del mundo, feliz en sus días elásticos de veinticuatro horas, no podía estar equivocado.

Intenté hablarlo con Papá, pero montó en cólera primero, para derrumbarse después sollozando entre mis brazos adolescentes. Decía que, si yo rompía el ritmo cronocrático que nos mantenía atados a la realidad, nos sobrevendrían grandes desgracias como le había ocurrido a mamá. Mamá. Pocas veces hablábamos de ella. Yo apenas la recordaba. Tan solo guardaba su olor en un frasco en el que dormían las últimas gotas de su perfume y el sonido de su risa cristalina al hacerme cosquillas para despertarme cada mañana. Su rostro se había desdibujado con el paso del tiempo, pues Papá había escondido todas sus fotografías. Decía que eso le ayudaba a paliar el dolor por su pérdida.

Fue entonces, entre lágrimas y ruegos, cuando me contó lo que había ocurrido el día del fatal accidente. Esa mañana habían tenido una discusión terrible ya que mamá, quien al principio había aceptado de buen grado y por amor organizar su vida junto a Papá en intervalos de cincuenta minutos, comenzó a sentirse incómoda dentro de esa rigidez temporal. Quería ser libre para leer el mismo libro durante más de una hora o alargar las conversaciones con sus amigas sin tener que abandonarlas a mitad.

Papá no podía aceptarlo y le dijo que la cronocracia tan solo le permitía pequeñas transgresiones ocasionales, de lo contrario, la fatalidad se cerniría sobre nuestra familia. Según me contó Papá, se lanzaron palabras tan dolorosas como puñaladas, lo que hizo que mamá se fuera dando un portazo. Al parecer, condujo sin rumbo durante varias horas, pues la policía encontró su coche volcado al pie del barranco de una sierra cercana.

Su muñeca no lucía el reloj que Papá le había regalado cuando se comprometieron, mismo que alguien encontró al día siguiente en una papelera junto a nuestro portal. Cuando se lo entregaron a Papá vio que, curiosamente, estaba parado en el minuto cincuenta. A pesar de todo, mamá había cumplido su trato hasta el último ciclo.

Cuando Papá acabó de hablar le abracé con todas las fuerzas que me permitía mi cuerpo delgado, y con los ojos anegados por el llanto le dije que le quería y que no permitiría que algo así volviera a ocurrir.

Que iba a respetar la cronocracia durante el resto de mi vida. Papá me abrazó también, asintió sin palabras, y se sumió en un silencio denso del que tardaría en salir varios días. Durante ese tiempo me dediqué a cuidar de él anticipando lo que me tocaría hacer años después, cuando a pesar de seguir estrictamente las reglas autoimpuestas de la cronocracia, una terrible enfermedad colonizó su cuerpo hasta consumirlo.

Pobre Papá. En su funeral alguien de la familia me contó que siempre había sido un hombre estricto y un poco obsesivo, pero que a partir de la muerte de mamá se acentuaron esos rasgos de su personalidad, haciendo de él un hombre arisco y antisocial. Conmigo, sin embargo, siempre fue un padre afectuoso y divertido. Supongo que el amor que sentía por mamá acabó volcándolo también sobre mí.

Yo, por mi parte, he cumplido la promesa que le hice, y toda mi vida ha estado regida por la cronocracia que Papá me inculcó. Y, a pesar de que sé que ello no me va a librar de una muerte segura, sí que me ha protegido de la mayoría de las desgracias que acechan agazapadas en cualquier esquina de la vida.

El precio que he tenido que pagar por ello ha sido la soledad, pues nunca quise arrastrar a nadie a esta rutina de lapsos continuos de cincuenta minutos, ni tampoco alejarme de ella. Renuncié al amor, a la maternidad, y a la amistad incondicional y sin límites para poder seguir mi camino sin tropiezos. A veces pienso que he pasado por la vida de puntillas, que no he saboreado el placer de dejar el tiempo fluir a su antojo, sin prisas ni presiones. Sin embargo, a mi manera, he sido feliz.

Y esta es mi historia. Ahora debo poner fin a esta charla, pues acaban de cumplirse los cincuenta minutos desde que empecé a contárosla. Lo único que os pido es que, cuando muera, mi funeral dure exactamente esos minutos. Solo así podré descansar en paz.

Félix Alcides López Ayala estuvo en el frente de batalla en la Guerra del Chaco. Apenas fueron los primeros combatientes, estuvo pronto. Con apenas 18 años estaba listo (según él) para luchar y defender las tierras rojas de su amada patria. Cuando terminó el sexto grado de la Educación Primaria —a los 14 años— fue a trabajar con un tío albañil. Traía la cabeza rapada para cuidarse de los piojos, costumbre que nunca abandonó. Así se volvió aprendiz de albañil. Primero estuvieron participando de obrajes pequeños en la ciudad capital por un par de años o tres, pero surgieron oportunidades en el centro sur del país, y hacia allá fueron con su tío. Llegaron a la zona de Villarrica, conocida como la “Ciudad Andariega”, pues sus habitantes tuvieron que mudarse en siete ocasiones debido a las guerras con los bandeirantes y por problemas políticos. Al parecer esto también afectó a Félix Alcides pues su vida fue un continuo ir y venir, tanto por tierras del Paraguay como por tierras de la Argentina. Un año entero estuvieron trabajando en Villarrica, pero todo cambió con el inicio de la guerra en el ‘32. Para febrero del ‘33 muchos de sus amigos y parientes tenían como único tema la guerra, la defensa, la colaboración con toda clase de actividades vinculadas a la supervivencia de los soldados en el frente de batalla. Todos hablaban de lo mismo. Cómo no alistarse y entrenarse para ir al frente. Nada parecía más importante. Su tío era un gran lector y con él conoció un montón de historias de la Primera Guerra Mundial. Algunos conocidos y clientes del tío venían corriendo de aquellas guerras en Europa. Las historias eran complejas, entre heroicas y lastimeras, entre macabras y fantasiosas, cada historia parecía impulsarlo al campo de batalla, a conocer aquellas aventuras que contaba (que leía) su tío, en recortes de diarios y libros prestados.

Así también solía leerle las desventuras del famoso personaje, el Hidalgo Caballero creado por Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Si bien comprendía que el hidalgo estaba loco, asumía que tenía una fuerte causa y una fe a prueba de todo. Esto era lo que más le gustaba de aquella historia narrada por su tío, y la cual él mismo leía a la luz de las velas en noches calurosas en casa de sus patrones.

Walter Hugo Rotela

Su madre no quería que fuese al frente, pero estaba decidido. No quería conocer sólo las historias de los que volvían heridos a los hospitales de la capital. No, quería conocer por él mismo el combate, la lucha. Deseaba verle la cara al enemigo.

Para mayo del ‘33 estaba marchando al frente. Se hizo muy amigo de otro lector, un tal Manuel O. Guerrero, medio poeta y medio creyente de un santo… El santo de la muerte o San La Muerte.Con Manuel Guerrero conoció sobre las artes mágicas, tanto magia negra como magia blanca y magia roja. Así se enteró por boca de Manuel que: “La magia roja —decía esto en voz alta, firme y con tono doctoral— o hematomancia es aquel arte que se vale de la utilización de sangre y otros tejidos orgánicos para sus hechizos”. Y así pasaban horas y horas hablando, en voz baja, mientras caminaban por los polvorientos suelos del Chaco. Cada seis mil quinientos o siete mil pasos hacían un breve descanso. Recorrían una zona de bosques, matorrales espinosos y palmeras. Se encontraban con serpientes venenosas e insectos portadores de enfermedades, como la vinchuca y el mosquito. El enemigo no era solo el soldado boliviano; el medio era hostil. Al final de un largo día, habían contado unos ciento noventa y cinco mil pasos.

No daban más de cansancio. La sed era importante y continuaban con la esperanza de llegar al próximo pozo de agua, un estanque natural entre la piedra y el follaje en la parte baja de una pequeña elevación cubierta de vegetación espinosa. Con temperaturas de 45 a 47 grados. Marchaban mejor en horas de la noche o a la mañana muy temprano, pero sin caminos buenos, solo huellas de carros como única señal de una suerte de vereda. En derredor del espejo de agua se reunieron un grupo importante de combatientes y su superior, el sargento López. Éste les informó que, según mensajes de grupos adelantados, el enemigo se encontraba bastante cerca. Era cuestión de un día o dos el inevitable y esperado encuentro con el enemigo. Muchos alzaron sus fusiles Mauser. El sargento tomó su revólver Smit-Wesson como acariciándolo para sentir que estaba en su lugar.

En esa parada fue que Manuel Guerrero introdujo a Félix Alcides López Ayala en la devoción a San La Muerte. Traía consigo un par de amuletos —hechas en metal muy delgado—bendecidos por un cura amigo. Aunque no fue el único que se volvió seguidor del llamado santo. En medio de una improvisada fogata surgieron historias del venerable. Guerrero señaló, con voz pausada, a sus cansados y somnolientos pero atentos compañeros: “Como es posible apreciar, su imagen es la de un cadavérico esqueleto, su guadaña está ubicada en la mano derecha como señal de igualdad ante Dios y su figura es esquelética, representando la semejanza con el ser humano...”

Todos asintieron con un leve movimiento de cabeza. Cuando el relato terminó, la noche cerrada y fría estaba impregnada por un fuerte olor indescriptible, pero característico. Solo un par de días después conocerían y reconocerían por el resto de sus vidas ese olor particular del cuerpo humano en descomposición; lo que algunos llamaban el “olor de la muerte”, tal cual el título de un cuento del escritor Pedro Buda.

Esa noche cuando todos se retiraron a descansar o intentaron dormitar después de un largo día de caminata, Guerrero y López Ayala hicieron un pacto. Los sendos amuletos fueron introducidos bajo la piel de ambos combatientes y cerraron sus heridas con sus respectivos cuchillo bayoneta calentados entre las pocas llamas de la fogata. El dolor fue apagado con un sorbo corto de caña blanca, una reserva muy bien guardada, en un saco de agua pequeño, que traían casi a escondidas; obsequio del tío albañil de Félix Alcides.

Se enfrentaron dos noches después al enemigo en una quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe. El grupo fue abatido por un fuego concentrado de fusiles y ametralladoras livianas. Quedaron prisioneros del enemigo y pasaron días caminando y soportando una sed demencial, pero no murieron ellos sino sus captores por beber agua envenenada de un pozo hallado en el camino.

Félix Alcides López Ayala y Manuel Guerrero junto con dos soldados más, fueron los únicos cuatro sobrevivientes de un contingente de cien hombres; el total de la compañía 4. Lograron sobrevivir gracias a los conocimientos de los dos soldados campesinos que conocían de plantas y así accedieron a saciar la sed primero, y el hambre después al atrapar un tatú mulita.

Caminaron hacia el este por tres días más hasta que fueron alcanzados por un grupo de avanzada del regimiento al que pertenecían, casi muertos con los pies ampollados, sedientos y llenos de picaduras de mosquitos; fueron hallados bajo la sombra de un arbusto. Estaban extraviados en las llanuras del Gran Chaco casi al borde de la muerte.

Dos años después tras el fin de la guerra, Félix y Manuel se encaminaron a Villarrica. Estuvieron allí un tiempo, pero finalmente cada uno tomó caminos separados.

Félix Alcides López Ayala emigró a la Argentina en busca de un mejor pasar. Se desempeñó como albañil hasta que logró jubilarse, pero nunca dejó de recorrer ambos márgenes del río Paraguay y Paraná. Producto de una batalla posterior a la quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe recibió una bala que nunca fue posible extraer de su columna. Por lo que tenía en su cuerpo dos porciones de metal; aquel plomo de bala y el metal que se había incrustado bajo la piel —el amuleto de San La Muerte—.

Manuel Guerrero conservó toda su vida el amuleto bajo la piel. Se transformó en docente de escuela secundaria y tanto enseñaba poesía como prosa; pero después de clase, los viernes en la noche se reunía con antiguos alumnos y algunos sobrevivientes de la guerra y narraban historias que se desarrollaban en las llanuras del Gran Chaco. Algunas eran reales, otras... no tanto.

Pero a nadie le importaba porque Manuel tenía una forma muy particular de envolver a los escuchas, detallando situaciones, lugares, y describiendo imágenes muy reales. Volvían a extraviarse en las llanuras, sintiendo el frío, la sed, el calor, el dolor en los pies, y al final eran hallados bajo la sombra del arbusto con la piel llena de picaduras.

—La banda de Pepito está tocando. Me llegan las notas que parecen dilatarse tristemente. Detrás de la pesada cortina escucho las trompetas, el solitario saxo, el tam-tam del tambor. Como por un espeso río avanza la lenta melodía. Debo retocarme el maquillaje, cambiarme de vestido y agregarme unas gotas más de perfume. Pero, antes fumaré lentamente un cigarrillo. Qué fastidio, me siento tan cansada—. Se dirige por el angosto pasillo mal iluminado a su camarín.

Frente al espejo veo caer la luz por mi rostro, y de repente, dudo que sea el mío. Veo un rostro de mujer de mirada triste y un maquillaje espeso que se derrite a medida que el sudor dispone sus gotas en la frente. Veo cómo monta el humo trazando círculos efímeros en el aire quieto de este rincón del club. Él me estará esperando en una mesa cerca del escenario. Su pelo engominado, recién afeitado y con olor a colonia. No sé si estará casado. Él dice que no: “No, reina mía”. ¿Me importa realmente? A esta edad ya no tiene mucha importancia; con la edad viene el remordimiento por lo que no fue, por lo que hubiera podido ser. Cuántas oportunidades perdidas, cuántos sueños disipados que en algún momento estuvieron al alcance de la mano. Cuando habla parece que estuviera soñando, por lo menos a esta hora y en este lugar. No sé si dice la verdad. No sé cómo se llama, pero ¿acaso me importa? Sé solamente que le dicen El Chino. En realidad, no es mi tipo. A mí me gustan los jóvenes apuestos, en cambio, El Chino es algo gordo, aunque vestido de traje no se le note demasiado la panza. Es un hombre muy prolijo, con su cabello bien peinado y olor a colonia inglesa. Tiene la cara redonda, ojos pequeños y labios llenos. Ya José le habrá llevado el whiskey, pero cuando yo llegue a la mesa le pedirá una botella de champagne. No tomo otra cosa. Hablamos poco. Es decir, él habla poco. La que hablo soy yo, mientras él me escucha. Me llama “mi reina”, ah sí, eso sí. Siempre. Dice que le gusta mi nombre, sin embargo, no me llama nunca Dalila. Vaya una a saber por qué. “Reina, reina mía”, me dirá cuando llegue a su mesa. Después de unas copas, me sacará a bailar. Bailaremos lentamente el uno en los brazos del otro. Yo cerraré mis ojos y apoyaré mi cabeza en uno de sus hombros. Mientras bailamos, él me sostendrá suavemente. En ese momento, las trompetas murmurarán mientras que los tambores callarán. Se escuchará después el saxo de Pepito como adormecido, y bailaremos en esa penumbra entre las demás parejas sin llamar demasiado la atención. Por supuesto que a mí todos me conocen en el club. Soy la cantante de boleros.

Daniel Lange Buenos Aires, 1959.

Ya huelo el perfume que se desliza por su cuerpo. Siento cómo sus brazos poco a poco me estrechan más fuerte. Y me susurra al oído “reina, reina mía, qué linda que estás esta noche”. Yo le responderé con una leve inclinación de la cabeza. Y casi sin decirlo, le diré “sí”. Y cuando regresemos a la mesa, José nos llenará nuevamente las copas. Él levantará la suya y me mirará a los ojos. Se esbozará una sonrisa en su boca y dirá tiernamente: “A tu salud, reina mía”.

No sé si me quiere de verdad, pero en aquel momento no importará. De todas maneras, yo quiero creer que me quiere. Quiero creer que yo lo quiero. Siente por mí una especie de admiración. Me dirá, una vez más, lo mucho que le gustó cómo canté “Luna caribeña” esta noche. Es su canción preferida. Me tomará de la mano. Creo que realmente le gusta cómo canto. —Ah, pero ¿dónde está el lápiz de labio carmesí? —busca dentro de una caja llena de maquillaje.

¿De quién será este modelo? ¿Balmain o Dior? ¿Es una ilustración de Grau? Creo que sí, es inconfundible. Me mandaré a hacer una igual con ese corte de seda bordada que me regaló Washington Hong. Pronto volveré a París. Iré nuevamente a fiestas memorables. Me haré hacer algunos sombreros para caminar por Les Tuileries y luego iré al Louvre y me perderé en los vastos salones de antigüedades egipcias. ¿De quién será este modelo? Parece un modelo de Dior. Aquí dice: Yves Saint Laurent pour… Este será ese chico que lo sustituyó.

Qué tristes que estarían las mujeres en París el día que murió Dior. En su entierro llorarían sus mejores clientas en sus impecables tailleurs New Look. Mira, aquí hay una foto de la Rita Hayworth junto a la Begum Aga Khan. Ella se ha vestido de Dior desde aquella fatídica colección del 47. Yo tengo aquel vestido de color rosa pálido que me regaló el barón. Aún ahora a veces me lo pongo. Y me paseo por mi cuarto con una copa de whiskey en la mano. Escucho ese viejo tango y bailo sola. Después me siento frente a la ventana y veo pasar los barcos cargados de seda mientras se esconde el sol. ¿Estarán verdaderamente cargados de seda? ¿Oú va-t-il se caché le soleil?

Cuando abro la ventana escucho la sirena de algún carguero que emprende el regreso a través del Mar de China y las gaviotas que gritan detrás de él en su recorrido al mar abierto. Así es cómo paso mis tardes en este cuarto rojo, como cuando esperaba que llegara el barón, salvo que en aquel entonces no me sentía tan sola. A esta hora estaría yendo a la cocina para supervisar la cena. Madame Fleury, ce soir je veux des oranges à la castillane, le decía a la anciana. Oui, oui, madame, me respondía ella mientras revolvía una espesa salsa perfumada al vino tinto.

El borgoña ya estaría destapado. La botella de champagne descansaría en su lecho de hielo. No tenía más que subir a la alcoba para estirar el cubrecama y retocarme el rodete que seguramente se estropeó al dormir la siesta. Pronto llegaría el barón a la hora acostumbrada. En cuanto escuchaba detenerse un auto frente a la casa, miraba por la ventana del segundo piso. El barón insistía en conducir ese Renault negro de los años de guerra.

Hong Kong, 1958

—¿Oú va-t-il se caché le soleil? ¿Ne va-t-il pas se caché du côté de ce tango mélancolique qui chante cet homme à la voix envoutante? —Posó el cepillo sobre el boudoir y corrió apresuradamente por las escaleras a recibir al barón que en ese momento le entregaba su abrigo a la dama de llaves. —Bonsoir, mon chéri. ¿Comment vas-tu?

Hong Kong, 1959

Emigrar una vez más parecía una fatalidad. Era un nómada del siglo XX. Camino a Buenos Aires miraba el mar apoyado en la baranda del barco mientras atravesaba el Mar de China. Desde aquí a esta hora de la tarde se veían las islas doradas. Atrás había quedado Isabelle que hablaba en inglés con acento francés, y, por lo tanto, Washington se había convertido en algo así como “Vasinton”. De todas maneras, ese nunca había sido mi verdadero nombre sino un nombre adquirido después de mi huida de los comunistas, unos años antes. El viaje a Buenos Aires sería largo y aburrido. Los días transcurrirían entre el deseo de Isabelle y la fantasía de otra mujer.

Yo todavía era joven, pero había perdido buena parte de mi fortuna en manos de los comunistas; esa fortuna heredada que mi familia supo construir a lo largo de las generaciones. Estaba muy triste, había perdido a mis padres durante la revolución. Conocer a Isabelle fue para mí una gran revelación.

La conocí en casa de una inglesa bastante particular porque prefería amistades entre los franceses y admitía también relacionarse con algunos chinos a los que invitaba a su casa a tomar el té. Tenía un bello jardín que era el escenario de lecturas de poemas, tanto en lengua inglesa como francesa. Isabelle en aquella época escribía poesía y era una de las invitadas preferidas. Yo había estudiado algo de inglés y de francés en mi provincia natal, y esos tés me permitían perfeccionar mis conocimientos de los idiomas de Occidente.

Isabelle era una mujer singular porque tenía un estilo propio a la hora de vestir. Era delgada y también era alta. A veces se vestía a la usanza china como queriendo imitar a una de nuestras princesas. El día que la conocí, precisamente, llevaba un vestido de seda blanco y un tocado de piedras de alguna de nuestras etnias y leyó uno de sus poemas entre uno y otro sorbo de té. No recuerdo el poema por completo ahora porque el placer de escucharlo provenía de la sonoridad de la lengua y de quién la hablaba.

Sí recuerdo que se titulaba Les Larmes y una de las estrofas que se reiteraba en el poema decía: ¿Oú va-t-il se caché le soleil…? Lo repetía a veces cuando miraba el mar desde la ventana de su cuarto. Debo confesar que fui su amante —digo confesar porque no era muy bien visto que un chino y una francesa se amasen en esa colonia inglesa— y que desde la cama la observaba mirar el mar, y cuando eso sucedía, sus ojos claros reflejaban el azul del cielo.

Después ella comenzó a frecuentar a un periodista inglés que consumía opio, además de beber grandes cantidades de alcohol, y de a poco fue adquiriendo ese hábito difícil de perder. Yo perdí a mi querida Isabelle y ella fue perdiendo su capacidad de escribir bellos poemas. ¿Oú va-t-il se caché le soleil à l’heure des larmes?

Pretenden que la maté, pero ya estaba algo muerta cuando comenzó a fumar opio a la par de su amante. Es cierto que soy extremadamente celoso y posesivo, y que verla arrastrada por ese rufián a la muerte me llenaba de indignación y de vergüenza. Isabelle siempre había sido inalcanzable.

Siempre había sido una mujer de mundo, independiente y culta, precisa y puntual para expresarse con elegancia, con esa elegancia que la caracterizaba. No pude soportar, no soporté, su lento descenso en el infierno. Yo sé que pensarán que soy un sucio inmigrante chino. Dirán que tengo trato con la mafia, se dirán tantas cosas infames sobre mi persona si me descubren, pero eso no sucederá.

Nunca se sabrá quién mató a Isabelle. Lo único que deseo agregar es que cuando vi correr la sangre, era tan roja como la mía, y a medida que se secaba, se volvió oscura, espesa e imborrable. Su sangre había teñido la seda de aquel vestido que solía ponerse para bailar sola en su cuarto del puerto, porque después de todo, nadie la invitaba a las fiestas que organizaba el embajador. No tenía a dónde ir vestida. Pero al fin era mía.

Llevo mucho tiempo con tanto odio dentro, un odio dormido, no violento, pero que duerme y ronca y se da vueltas entre pesadillas y de vez en cuando grita. Es imposible olvidar que está ahí, dormido.

Pero hoy, hoy fue diferente. Hoy no hubo ronquidos, no hubo vueltas, no hubo gritos. Hoy el odio no despertó.

Y por primera vez la casa quedó vacía. El cuerpo se hizo polvo o ceniza, y ya no hubo más, no más gritos, ni vueltas, ni ronquidos, ni odio.

Y, por primera vez en tanto tiempo pude hacer la cama,

De latín re-cordaris: “Volver a pasar por el corazón”.

pude cambiar las sábanas, sacudir las almohadas, y barrí, y trapeé, y limpié, hasta que no quedó más del polvo que alguna vez fue odio.

Por primera vez en tanto tiempo la casa quedó vacía.

Y en el vacío, encontré un silencio, un silencio aterrador, incluso más que los gritos, que las vueltas, que los ronquidos, un silencio sepulcral dejado atrás por un odio muerto.

Pero la ausencia del odio y la casa vacía me obligaron a sentarme con el silencio, al inicio, abrumada por su quietud. Pero el silencio no se quebró frente a mi pánico, se mantuvo inerte, sostuvo mi mano y me miró.

Desiree Campuzano Vivanco

Y por primera vez en tanto tiempo, pude volver a mis memorias, sin ronquidos, sin vueltas, sin gritos.

Pude subirme al tren que pasa por su camino, y con el silencio de la mano pude verlas de nuevo con la calidez de un corazón abierto.

Y sentí de nuevo, después de tanto tiempo, la calidez de aquellos momentos, sin ronquidos de odio estorbando mi camino, solo el silencio acompañándome mientras volvía a pasar por mi corazón, recordando lo que fue, recordando el amor, recordando mi sonrisa y sonriendo al verla pasar.

“No todo está perdido”, dijo el silencio mientras salía de la habitación, “eso es recordar”.

Isabel

Vesania, ... amor y locura, mi cuerpo por ti delira, anhelo de que algún día abraces la vida mía, y de que apagues esta hoguera, o que arda, pero a tu vera.

Rebosan pasión mis latidos, y tiemblan todos mis sentidos, con infinita emoción al eco de tu canción, bailar contigo, apretados, con deseos desesperados.

Mi boca grana se estremece con el beso ardiente que permanece, en mis labios va guardado, desde que tu boca lo ha posado, y con frenesí lo sueño, porque tú eres mi dueño.

Mi mente se trastorna, cuando te llama y no retorna, te ama infinito, sublime, como un volcán que gime; ríos que van al mar azul, arrebolada, vestida de tul.

Madrugadas delirantes, mueren como eternos amantes, vibran sentimientos profundos, atrapan imposibles segundos, en secreto, silencio atronador, nos fundiremos en el fulgor.

Doce caras enmascaradas. Cubos de madera dentro de un cubil.

El soplarse las manos y arrojarlos: fabuladores del destino en la mesa del bar.

Cabizbaja una máscara, sentada en una silla, reclama lo que ya no es suyo.

Jorge Rolando Acevedo

“Capitulo 1: La destrucción”

Que me recoja el polvo cual hoja marchita se desgasta; que las plantas dejen de respirar. ¡Libérenme, malditos bastardos!

Entre los musgos y el aire sofocante del desierto desnudo y descompuesto, yace mi alma atrapada en látigos de pellejo cual arrepentimiento; cobijado por una larga sábana blanca tejida por espíritus curanderos con dedos de cedro viejo.

¡Piedad!... ¡Amor!... ¡Hambre!... ¡Silencio!

Yo… (tú)… eso… (solos)… nosotros… (muertos)…libertad… (quiero)…

Sus visiones tramposas me han clavado la daga ensoñecida en mis pupilas color desconocido; han extraído de mis huesos el poco pudor que me quedaba y se lo han bebido como si de vino se tratase.

Exploté en mil pedazos, la humanidad explotó en mil pedazos, el mundo explotó en mil pedazos.

La traición es el creador

Capítulo 2: El Molde

Hilarante la luz del reflector apunta a una sonrisa invertida veloz como la lluvia.

¿Existen las sombras ¿O solo son ecos perdidos en la oscuridad?...de lo que alguna vez pudo haber sido?

Mira contemplativo siluetas negras en la opaca espesura del entorno carente de pinceles y magnolias carente de disfrute jubiloso. “Son linternas vagas que aluzan algo que no ven”, pensó… Y sabe que lo escucharon porque se acercaban a él

como si interesadas le intentaran vender alguna cura milagrosa.

No pensó (ni dijo) nada… y eso también lo escucharon. Entre rojos y morados el reflector le sacudía. Abrió la boca y sacó la lengua mirando hacia el centro de la tierra que (por alguna razón) se encontraba arriba.

Era buena, tan placentera que se mordía la lengua y se la comía.

“Sigue… no pares”, susurraba.

Estallaron volando entre palomas, entre ideas, entre lienzos, entre promesas, entre acervos, entre hazañas, entre abrazos, entre risas, entre besos, entre miradas, entre secretos, entre vacíos, entre senos, entre agujeros, entre lágrimas, entre locuras, entre ojos, entre tormentas, entre sangre, entre halagos, entre versos, entre vida (vida… ¿vida? …) y sufrimiento.

Y bajo todo el caos (y bajo las cabezas de perturbados niños con alas de mosca)

sintió trece izquierdas y trece derechas, cada una desgarrando una versión alterna de su existencia.

“Así me puedo pasar toda una vida, escribiendo mis sentimientos para no tener que lanzarlos todos hacia ti, porque no es justo, no lo mereces”.

Solo pasó un segundo. La música cesó en Si menor... silencio, silencio, silencio, silencio, silencio, shhhhhhh…

Capítulo 3: La creación

Llora la madre y llora el niño, llora el padre y llora el médico; han conocido a Dios (alguna vez un viejo dijo):

La lectura patética de la historia definirá tu vida y tu vida definirá la historia.

¿Fue primero el cunero o las piedras?

¿Fue primero el abrazo o el beso?

“Soy literalmente un bosque incendiándose, soy el fuego, soy el bosque, y soy quien observa el incendio”.

Fiestas al patriarcado

Sexo, alcohol y Una manzana y un durazno drogas. Llora, llora, llora.

¿Dónde estas tú?

¿Quién eres tú?

Qué deleite (escucha con atención): Caminarás bajo el llanto del sol en medio de la luna y luego correrás, pobre criatura, pobre humano, (¿por qué no estás ahí?) siguiendo al auto rojo ahuyentando el palomar sonriendo a las nubes presumiendo la piel y respirando (ahí) hacia el atardecer.

Poco a poco tus piernas se irán acalambrando, tus manos adormecerán como niño pequeño que sonreirás aún más, porque estarás vivo. no aprende a caminar, comenzará a hacer frío, pero no te darás cuenta

Vida efímera... ¡Oh, vida mía, (vida tuya) !, No me desampares, ni de noche ni de día Carcajea hasta berrear de risa (o de tristeza)

Jugando a las escondidas contarás hasta tres y cuando abras los ojos todos estarán muertos, las plantas marchitas y el suelo seco.

Tu vida elogiada e ignorada por igual

Tu corazón, regado desde el amanecer y rociado con pesticidas cada siete días; así será durante semanas, meses (años quizás), para que un día cualquiera (como este) decidan cortarlo y tragárselo en necedad.

Pero no dolerá, porque será con amor, y así no duele.

Todo se perderá en el vallasaje: (recuerda) todo es nada, nada es todo

Y llegará la destrucción. Y estas serán mis últimas palabras. “Si quieres quererme voy a dejarme querer, si quieres odiarme no me tengas piedad”.

Aquí estoy como mi abuela, tejiendo palabras con la falsa esperanza de poder encontrar las ocultas razones... Que quedarnos a oscuras sea la única salida ante tanta maldad.

Y salí aturdida una noche obligada

a buscar sin sentido, ¿por qué tanta oscuridad?

Y la tímida luna, que creía mi amiga, tras un manto de bruma no se atrevía a asomar. La noche sin rostro dibujaba siluetas que la densa penumbra trataba de ocultar.

¿Dónde estás, ciudad mía?

Que no alcanzo a mirarte, ya no veo comienzo, ni tampoco final, y pensé equivocada que no querías mostrarte que sentías vergüenza de tanta necedad por no poder darme tus colores y formas, tu atrevido contorno insinuándose al mar, un abanico de tierra, ese borde divino no lo encuentro, ¡me falta! ya no hay luz, ya no hay paz.

Yimara de Lourdes Lavastida Hernández

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