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Mayo-Junio No.48


Toluca, Estado de México, México.
Nudo Gordiano, 2026.
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Ronnie Camacho
Dante Márquez Martínez
Leisa Martínez Ortiz Sobre
Gabriel Alejandro López
Poemas
El
Isabel María Hernández Rodríguez
Un
María Rosa Rzepka Bartl
Javier Larios
María Cecilia Piscitelli Ensayos
La Conciencia como Exceso:

Roy Valer Mallcohuaccha Condori













Repentinamente, conforme huía aterrorizado y perplejo a través de la infinita noche amazónica, comprendí que aquel jaguar que acababa de atacarme salvajemente, dispuesto a destrozar y devorar mi ensangrentado cuerpo, no era solo un animal inteligente y consciente, sino una manifestación o encarnación de un ser interdimensional y divino, despierto más allá del universo…
Entonces, mientras sufría un insoportable dolor corporal y con la sangre que brotaba a borbotones de mis heridas y de mi boca, arrastrándome semidesnudo entre los árboles y la maleza, armado inútilmente con mi arco y con mis flechas, enloquecido chamán ayahuasquero, percibí horrorizado que la presencia abismal que me observaba detrás de aquellos felinos y divinos ojos me acechaba oscuramente desde todas las direcciones de la selva amazónica al mismo tiempo, de lejos y de cerca, desde arriba y desde abajo, rodeándome como a una ingenua, impotente y tridimensional presa...




















El polvo en el aire se ha vuelto tan denso que ya ni siquiera puedo respirar bien, aun así, no debo rendirme, tengo que encontrar otra alternativa, ya han muerto muchos de mis seres queridos y no estoy dispuesto a perder ni uno más. Esta pesadilla comenzó hace un par de meses, desde que era niño sentí una gran fascinación por los pueblos prehispánicos y su folclore mitológico; mi pasión fue heredada por mi abuelito, Rogelio, un arqueólogo retirado reconocido por haber sido uno de los hombres que descubrió el templo dedicado al dios del viento, Ehécatl.
Motivado por seguir sus pasos, decidí dedicarme también a la Arqueología, esa fue la mejor decisión de mi vida, pues además de permitirme conocer de primera mano todos los sitios de los que alguna vez me contó mi abuelito, me brindó la dicha de conocer a una mujer que compartía mi pasión y con la que formé una bella familia.
Pensaba que mi vida ya era perfecta, hasta que un día, tras muchos años deseándolo, se me permitió estudiar los objetos hallados en el templo de Ehécatl. Me sentí extasiado con solo pensar que por fin podría investigar aquello que había provocado tanta felicidad en mi abuelito, incluso busqué sus viejos diarios para darme una idea de lo que me esperaba, pero cuando me preparaba para dirigirme hacia el museo donde las piezas se encontraban, mi esposa me dijo que tendría que llevar a nuestros hijos conmigo. Había ocurrido una emergencia en un sitio que ella estaba investigando y debía ir de inmediato, así que sin más opción, subí a los niños al auto y emprendimos el viaje. Cuando llegamos al lugar, les ofrecí explorarlo en lo que yo trabajaba.
Ninguno aceptó. Toño, mi hijo mayor, prefirió ponerse sus audífonos y pasar el tiempo sentado en una banca, mientras que Rodrigo, mi chiquito, quiso acompañarme. Entre los muchos objetos que mi abuelito y sus colegas encontraron en su tiempo, el que más resaltaba era una efigie de piedra que representaba Ehécatl a la perfección, con su cuerpo casi desnudo, salvo por un taparrabos sobre su sexo, sandalias y una máscara con forma de pico de ave y afilados colmillos en las esquinas, un rasgo que representaba su naturaleza como dios del clima.
Maravillado, comencé a estudiarla de pies a cabeza y antes de empezar con mis anotaciones, primero revisé las de mi abuelito. Me centré tanto en mi investigación que no me di cuenta de que Rodrigo se había acercado a la estatua hasta que fue muy tarde. Un golpe seco interrumpió mi concentración y al ver lo ocurrido me quedé helado, la antiquísima escultura ahora se hallaba hecha añicos sobre el suelo.

Lo que pasó después ocurrió tan rápido, que para cuando pude reaccionar, ya habíamos sido expulsados del museo, con el permiso para estudiar las piezas retirado y en espera de acciones legales por haber destruido patrimonio cultural de la nación, pero por muy aterradora que parecieran, las represalias jamás llegaron.
Pues tan solo un día después de lo acontecido, una densa nube de polvo rojo se apropió del cielo de todo el país, sus efectos no se hicieron esperar y pronto miles de personas comenzaron a morir por enfermedades broncopulmonares. Nadie entendía qué ocurría, y no fue hasta que surgieron reportes de pequeños torbellinos de polvo que perseguían a las personas que intentaban llegar a su trabajo, que recordé una de las historias que me había contado mi abuelito sobre los Cachinipas, perversos espíritus del viento que producían malestares en enfermos, ancianos y padres de familia, ellos eran los responsables de esto, nos estaban matando como castigo por haber destruido la estatua de Ehécatl.
Por fortuna, mi abuelito también me había dicho cómo deshacerse de ellos, así que de nueva cuenta me sumergí en sus diarios en busca de la respuesta, pero encontrarla, más que darme esperanza me derrumbó, pues la única forma de apaciguar la ira de los espíritus es sacrificar al hijo menor de la familia.
Llevo días tratando de encontrar otra solución, pero nada, y el tiempo está en mi contra. Hace poco mi esposa cayó enferma, apenas si puede respirar, no sé si sobrevivirá la noche, de lo único que estoy seguro es que no soportaré vivir sin ella. Me temo que muy pronto tendré que tomar una decisión, una por la que Antonio y su madre jamás podrán perdonarme.

Dante Márquez Martínez

Colocó sus manos arrugadas sobre la mesa y se sentó mientras aguardaba a que la sopa de betabel terminara de hervir. El pequeño Samir tenía hambre, hacía días que lo había alimentado por última vez. La madera de la cabaña crujía, el embate de los fríos vientos del bosque la hacía temblar. Una pequeña corriente de aire se colaba por la cocina, amenazaba con apagar la flama azul bajo la olla oxidada y las veladoras que ella procuraba siempre mantener avivadas. Su sombra encorvada se recortaba en la pared. Ella pasaba su dedo tembloroso sobre las líneas de un viejo libro de pasta roja; sus ojos entrecerrados y su ceño fruncido hacían que las recetas se le nublaran. El agua enrojecida por el vegetal estaba por llegar a su punto de ebullición. Avanzó con paso cojo hasta la olla, apagó el fuego y hundió un cucharón en el líquido. Lo bebió y sintió el gusto terroso en la garganta. Abrió y cerró la boca desdentada, y con una paciencia que solo ella conocía, tomó un plato hondo y sirvió esa sopa roja cuyos vapores llenaron con su olor toda la cabaña.
Fue hasta la habitación de Samir. Las moribundas llamas de las velas no lograban iluminar en su totalidad los estantes, la cuna polvorienta y los muebles rotos. En la mesa, junto a frascos de etiquetas borrosas, aguardaba el pequeño Samir. Giró los delgados dedos de uñas sucias sobre la tapa y abrió el enorme frasco. Su nariz percibió el aroma a carne añeja y formol viejo. Vertió algunas gotas de sopa en el interior del frasco, el colorante del betabel se diluyó en el formol en el que el pequeño Samir se mantenía suspendido en un sueño del que nunca despertó. Aún así, ella le cantó esa canción de cuna que tanto le gustaba cantar cuando Samir se encontraba en el vientre. Soltó unas lágrimas que se perdieron entre los pliegues de la cara y empezó a rezar mientras sostenía el rosario que le pendía del cuello. Pidió por su hija allá en los cielos y también clamó a Dios para que la existencia de Samir no le fuera arrebatada por aquellos que rondaban fuera de la cabaña. —Cuervos, ciervos, cuervos, ciervos. Aléjalos, mi Señor, aléjalos, mi Señor —susurraba. Apretó el rosario en su frente y continuó con la plegaria.
La luz de las velas se refractaba en el formol enrojecido. Samir permanecía allí dentro, flotando con las extremidades congeladas, los deditos torcidos y la cabeza crecida con las venas marcadas. Salió de la habitación de Samir y se persignó. Se recostó en su cama. Las moscas revolotearon a su alrededor y no tardó en quedarse dormida entre sueños de nuevas comidas para Samir y en nuevos rezos para su Señor.

Afuera, los cuervos se posaban en las desnudas ramas de los árboles y veían cómo esas personas en harapos negros se alimentaban de un ciervo eviscerado. Con sus dientes crecidos desgarraban la carne correosa, miraban con sus ojos negros hacia la ventana que contenía a la cuna y el frasco, y caminaban alrededor de la pequeña cabaña. Las palpitantes venas también se les marcaban en las enormes cabezas de piel pálida. Aguardaban por la muerte, la muerte sería la llave de la nueva vida de su dios.
Llevaba el libro y lo puso sobre sus enclenques piernas. La mecedora era el único mueble, junto con la cuna, que no estaba partido o astillado. Los pájaros no piaban en las mañanas ni en las tardes, y de nuevo calentaba un vegetal en la olla. Estofado de col: receta para fortalecer el sistema inmune y la salud cardiovascular. Leía en ese libro de pasta roja. Esta vez ella lo comería y le daría a Samir unas gotas de ese estofado. No había diferencia entre el día y la noche, por la ventana de la habitación se colaban los débiles haces de luz que se perdían entre la niebla del bosque.
Antes de la hora de la comida, ella le contaba cuentos a Samir. Abrió el frasco y con los dedos índice y pulgar tomó por la cabeza a Samir hasta hacerlo emerger del formol. De las piernas contraídas e inertes se escurrían las gotas de formol. Regresó a la mecedora. Besaba la frente húmeda de Samir. Ella lo acostaba entre sus brazos y lo mecía mientras le contaba el cuento sobre el riachuelo divino y el jardín del Edén.
Detrás de la ventana, entre la niebla, esos seres la veían mecerse y hablarle a Samir. No escuchaban, pero los llenaba de éxtasis y expectación imaginar lo que ellos le contarían una vez que lo tuvieran entre sus brazos. Cargar a Samir hacía que le doliera la espalda. Pedía al cielo un momento más de vida. Lo regresó al frasco y vertió unos mililitros de formol. El aroma de ese líquido la relajaba. Masticó las hojas de col y calentó su boca con el caldo lechoso. Acercaba sus manos al fuego de la olla y después las frotaba. El rebozo no la protegía de los fríos vientos forestales, sentía que la niebla se colaba desde la tierra y ascendía hasta las vigas de madera.
El sabor de la col la relajó y sus ojos empezaron a cerrarse. Su respiración, cortada y agitada, se entregó a la calma y, sin escuchar los graznidos de los cuervos, se quedó dormida en la silla, con el cuello torcido y con la boca chorreando un hilillo salival. Rasgaron los cristales con sus uñas crecidas, dejaron sus pisadas en el lodo y envenenaron las paredes con sustancias de alguna flor venenosa. Vieron a Samir y colocaron junto a la ventana un amuleto formado de palos y piedras. Sabían que su dios estaba a una muerte de distancia.
—Vida, vida, vida —dijeron al unísono antes de volver, arrastrándose, al oscuro bosque.
Se limpió la boca con el dorso de su mano y trató de averiguar si el halo de luz que se colaba desde la cocina era el ínfimo sol o el reino de los cielos que la reclamaba. Fue con el pequeño Samir y se arrodilló frente a él, las rodillas y sus vértebras crujieron.

Tomó el rosario entre sus manos y empezó su rezo, intuía que la noche anterior los cuervos y los ciervos habían rondado la cabaña. Su olfato, agudizado por la falta de visión en sus ojos nublados, percibió una esencia venenosa y silvestre que hizo que su mente empezara a dar vueltas.
—Perdona nuestras ofensas, Señor, y haz tu voluntad así en la tierra como en el cielo —rezaba la señora. Su voz disminuía, la oración se entrecortaba—, danos hoy… nuestro pan de… cada día… perdona… perdónanos.
Creyó observar, entre sus mareos, los ojos de Samir que se abrían: dos puntitos vítreos en medio de ese rostro con el cráneo hipertrofiado. Se persignó y su cuerpo empezó a descender. Las lágrimas también resbalaron desde sus ojos que alcanzaron a vislumbrar algunas sombras de grandes cabezas detrás de la ventana.
Hubo un golpe seco en la duela, las velas se habían consumido y solo quedaban los amasijos chorreados de cera. Las manos arrugadas dieron un último espasmo, buscaban aferrarse al mueble en el que yacía el frasco de Samir.
La respiración abandonó el cuerpo desplomado y ese último aliento se unió a la esencia de flores tóxicas que pululaba, como un espectro imposible, desde las duelas hasta el techo de la cabaña de madera. Se colaron entre la madera astillada. Los cuervos graznaban y la bruma devoró el calor de la olla y las páginas del libro rojo. La mecedora dejó de moverse y los dientes crecidos desgarraron el rebozo hasta llegar a la piel arrugada. Mancharon la duela con lodo y reptaron con el frasco entre sus manos de uñas largas. Masticaron los betabeles crudos y se drogaron con las flores venenosas.
—Vida.
—Dios.
—Muerte.
Oraron hasta el ocaso frente al cuerpo suspendido de Samir. Lo rodearon de amuletos de piedras y palos y untaron el frasco con la sangre de un cervatillo degollado.
Miraron sus cabezas, iguales a las de Samir, y clamaron por su dios. Dios nacido de la muerte.
En lo profundo del bosque, lejos de la cabaña y sin los frascos de formol, el pequeño Samir existía, embelesado por los cánticos de los seres en harapos. No encontraba diferencia entre la canción de cuna que su abuela le cantaba fuera del vientre con las oraciones que ellos le cantaban fuera del frasco.


Leisa Martínez Ortiz
A Kevin Carter y su buitre
Para un fotógrafo de guerra como yo, la belleza y la muerte no significan lo mismo que para otros. Estar aquí en mi camioneta, en la periferia de Johannesburgo, lejos de mi hija y mis amigos, no es bello, pero significa el fin de mi propia guerra y eso es un alivio para mi conciencia. Cuando era niño me entretenía mirando al suelo, agachado entre la hierba y la belleza era un fragmento de hoja verde llevado por una hormiga, una rama seca, un insecto. Me divertía matar pájaros, golpear a los perros por el simple hecho de oírlos llorar; convertir el dolor y la muerte en un juguete.
Para hacer una fotografía de guerra hace falta buen pulso, concentración, equilibrio, sangre fría, o como suelen decir algunos, hacen falta tripas. También he fotografiado lo que hay después de las detonaciones y los gritos, después del olor a pólvora mezclado con carne humana, sangre, huesos, cuerpos en descomposición que en poco tiempo se convierten en comida de buitres. Ahí la belleza de la fotografía: se presenta en el mismo instante del dolor. A veces lo bello tiene otro nombre: miseria, desolación, apartheid. ¡Apartheid! Ahí comenzó todo, al menos para mí.
Crecí viendo a los policías que arrestaban a los negros solamente por encontrarse en áreas destinadas exclusivamente a los blancos. Luego, cuando decidí ser fotoperiodista, comencé a trabajar en el periódico Johannesburg Star donde debía cubrir la violencia durante el apartheid. Desde entonces todo cambió, y si ahora voy a morir es por eso, porque he cambiado y no estoy seguro de ser una buena persona. He visto más de lo que hubiera querido ver. Presenciar tantos crímenes y muertes me aterroriza y a la vez me gusta, y no sé si es correcto. Es una duda que ha vivido conmigo desde hace diez años, cuando yo tenía veintitrés recién cumplidos. Junto a mi cámara fotográfica he buscado el conflicto, la violencia, los enfrentamientos. Una parte de mí se revuelve ante la muerte y otra se queda en calma. Perseguí policías con la esperanza de verlos matar a alguien para fotografiarlos. Vi mutilar a hombres desde la tranquilidad de mi lente porque fotografiar el dolor de Sudáfrica significaba para mí dinero, reconocimiento, trabajo, mientras que la paz hubiera querido decir desempleo.
Ahora tengo treinta y tres años y todo lo que he vivido me atormenta. Dormido o despierto veo rostros, brazos, cuerpos destrozados. No he podido olvidar a Maki Skosana, aquella negra de veinticuatro años que se convirtió en la primera mujer en ser filmada mientras un grupo enfurecido de activistas contra el apartheid la perseguía golpeándola con palos. Cuando cayó al suelo le dieron patadas hasta hacerla desfallecer. Buscaron una piedra enorme y se la pusieron

encima para que no pudiera levantarse. Introdujeron pedazos de vidrio en su vagina. Era el veinte de julio de 1985 y el cielo estaba despejado.
Cada vez se sumaban más gentes a aquella masa compacta y cargada de rabia que gritaba y golpeaba a Maki. Entonces pusieron un neumático alrededor de su cuello, le rociaron gasolina y le prendieron fuego. Skosana fue la primera víctima de Necklacing. El collar, como también le llamaban, era la tortura con la que castigaban a los colaboradores del gobierno del apartheid. Alguien había divulgado la noticia de que Maki, que ese día se encontraba en el velorio de una amiga, era una informante. Algún tiempo después se demostró que la noticia era falsa, pero gracias a ella yo me convertí en el primero en fotografiar algo así.
Al inicio sentí que me faltaba el aire, no estaba seguro de que fuera correcto lo que yo hacía y me horrorizaba lo que esa turba enfurecida estaba haciendo, pero cuando las fotos se hicieron públicas, sentí que haber estado allí como testigo de algo tan monstruoso no fue tan malo, porque alguien tenía que denunciar la crueldad imperante y yo lo estaba haciendo, pero más allá de eso, algo dentro de mí se animaba, disparaba mis niveles de adrenalina. En medio de aquella multitud, cámara en mano, yo me ocupaba de la foto perfecta que recogiera ese dolor, ese grito colectivo y macabro. Quería inmortalizar aquel sábado de julio, resaltar la belleza de la muerte y la tortura, hacer una foto viva que mostrara el color exacto de aquel odio, que esparciera el olor de los negros, el rechinar de sus dientes blancos, el cuerpo de aquella negra aún joven, que, a cada minuto, de los veinte que tardó en arder y morir, enronquecía, se apagaba, se volvía carne asada, humo triste, impotencia. Era yo el fotógrafo, con buen pulso y sangre fría, el captor de aquella belleza extraña y poco usual.
Después, en el silencio de mi casa, por la noche, cuando revisaba las imágenes que había logrado, me convencí de que nunca más encontraría situaciones que superaran la ejecución de Maki Skosana, hasta que supe de la Operación Lifeline Sudán, una iniciativa para ofrecer ayuda humanitaria a las víctimas del hambre después de la guerra. Alejarme de Sudáfrica unos días me haría bien, así que acepté ir como fotógrafo, junto a otros colegas, al sur de Sudán. Iríamos en un avión de las Naciones Unidas que distribuiría alimentos en varios campos de ayuda, en particular en la comunidad de Ayod, donde habitaban alrededor de setecientas personas. Apenas bajé del avión me impactó aquel panorama desolador, con la tierra seca y las altas temperaturas. Había vacas en los alrededores y algunos buitres volaban muy bajo mientras otros escarbaban en un vertedero de desechos.

Nos habían informado que la gran mayoría de los habitantes de la aldea estaban infectados de dracunculosis, una enfermedad parasitaria provocada por el gusano de Guinea, a causa de beber agua sucia y contaminada, por lo que teníamos órdenes de no acercarnos demasiado ni tocarlos. Me impresionó aún más ver a una niña que apartaba la cola de una vaca para chupar el ano del animal con la esperanza de sacar algún alimento de allí. Logré fotografiarla. Aquella era una imagen incómoda y repugnante y sin embargo algo hermoso había ahí.
Era el instante de una verdad que representaba a un país entero, era la lucha por la supervivencia a toda costa, la superioridad del animal que nutre al hombre desde la parte más sucia de su cuerpo: el ano, orificio que representaba el fin y nuevamente el principio extendido en la boca de aquella niña. La pequeña, descalza, estaba desnuda, pero no sólo de ropas, sino de pensamientos. Su única verdad era conseguir alimento.
En todas partes había cuerpos descarnados, macilentos, incapaces de sonreír, que apenas podían levantarse del suelo y mostraban resignados sus costillas, sus ojos desorbitados y ausentes. Minutos después de nuestra llegada, se formó una larga fila para recibir la comida que la ONU había destinado para los habitantes de esa región. Yo me dediqué a fotografiar todo lo que encontraba a mi paso.
Nos quedamos en Ayod una semana. Curiosamente no extrañaba mi casa. Solo me interesaba lograr los mejores encuadres, el mejor instante de luz, hacer de aquel paisaje aniquilado una obra de arte. Hice muchas fotos, todas tristes, todas bellas en su crueldad. El hambre mostraba su fuerza a aquellos seres indefensos y moribundos, cuerpos escuálidos y ausentes de futuro. Sus cabezas grandes se balanceaban a un lado y a otro, demasiado pesadas para la liviandad del cuerpo.
El día antes de partir, me alejé un poco de los campos de ayuda humanitaria donde habíamos permanecido. Entonces vi a una niña desnutrida, sin más vestidos que un collar en el cuello y una pulsera en el brazo, que salía de su cabaña. Se alejó un poco, se agachó, y al hacerlo, su cabeza grande se fue hacia adelante hasta tocar el suelo. Observé por más de diez minutos, no se movió. No podía acercarme, así que decidí esperar un rato más para ver qué hacía, pero escuché las voces de mis amigos que me buscaban y regresé al campamento. Serían alrededor de las dos de la tarde. Me entretuve con ellos hasta el anochecer, aunque la imagen de la niña se había quedado fija en mi mente. La noche fue tranquila y silenciosa. Dormí poco.
Alrededor de las diez de la mañana fui, sin que me vieran, hasta el mismo lugar donde el día antes había visto a la pequeña desvanecerse. Allí estaba. Solo que ahora, un buitre, majestuoso y rapaz, había hecho de aquel cuerpo su comida. Saqué la cámara y esperé el momento exacto para la foto. ¿Cómo negar la belleza de ese instante? ¡Un buitre ante el cadáver de una niña! Hice la foto convencido de que aquella verdad conmovería al mundo y yo habría cumplido con mi deber. La foto será mejor si el ave abre las alas y muestra su grandeza ante la debilidad del cadáver, pensé, pero fue en vano. El buitre nunca abrió las alas, simplemente continuó dando picotazos cortos e intensos en el vientre de la muerta. No hice nada para que el animal se alejara, me quedé inmóvil presenciando aquella escena como un depredador más. Llegaron otros buitres. Yo sudaba, respiraba y sonreía, me ponía triste. Contemplaba. Vi a las aves sacar las tripas de la niña, pelear por ellas, esparcirlas. Comprendí que no era correcto observar aquello, permitirlo con la tranquilidad con que yo lo permitía.

Es que para un fotógrafo de guerra la belleza y la muerte son la misma cosa. Lo demás no importa, ha dejado de importarme desde entonces. Mis colegas, al saber lo que había visto criticaron mi actitud, y mi fotografía le ha dado la vuelta al mundo. Gané el Pulitzer con ella, pero no soy feliz. Todos me juzgan. Algunos han dicho públicamente que soy un buitre más, un carroñero despiadado que nada sabe de sentimientos. Desde entonces nada es igual. El depredador no soy yo sino mi mente que ataca sin parar trayéndome ráfagas de aquella escena, y de tantas otras, donde yo permanezco a cierta distancia, controlando mi pulso y mi sangre fría, sin otro interés que no sea el mejor encuadre para una instantánea.
Todo eso acabará hoy. He conectado una manguera al tubo de escape de la camioneta. El otro extremo entra por la ventanilla que ya he sellado con cinta adhesiva. Ahora solo queda encender el motor y respirar.


Gabriel Alejandro López
En el mes de agosto de 1780, se produjo un ataque general de grupos indígenas sobre la línea de fortines ubicados a lo largo del Río Salado, provincia de Buenos Aires, Argentina; dicha rebelión causó grandes pérdidas en las filas de las milicias, blandengues y vecinos, sobre todo en los asentamientos de Chascomús, Rojas, Luján y Melincué. Uno de los líderes de aquél `gran malón´ fue el cacique Lineo Pagni de la tribu Auca. Luego de la misma fue capturado y trasladado a las Islas Malvinas, en donde murió.
La fragata “Santa Bárbara” avanza vertiginosa por el mar, conforme deja una estela de espuma y olas a su paso. La mañana luce clara y poco nubosa acompañada por un sol primaveral. El capitán del navío recorre el interior de la bodega para controlar que todo se encuentre en orden; allí, se encuentran diez personas engrilletadas a los palos con destino al asentamiento de las Islas Malvinas. En aquel terruño distante serían entregados para realizar las tareas de construcción de una base militar española.
No es su primer viaje pues en el anterior había dejado personajes de mala calaña, asesinos y contrabandistas que le propinaron varios dolores de cabeza por la exaltación de estos durante el traslado.
Esta vez son diez los hombres que resultan bastante revoltosos pues gritan y zamarrean sus cadenas permanentemente como animales enjaulados. Más bien son nueve, pues uno de ellos permanece en silencio desde que zarparon de Buenos Aires. Repasa la lista hasta encontrarlo: “Lineo Pagni —cacique Auca— acusado por el homicidio comprobado de una decena de personas, insurrección y falta de respeto al Virrey”.
Con mucha intriga se le acerca para observarlo con detenimiento. Su esbelta figura casi atlética se mezcla con varias marcas en el torso y los brazos, provocadas por heridas en quién sabe cuántos combates. La piel cobriza y el pelo negro muy crecido y desalineado no dejan lugar a dudas sobre su raza indígena.
—¡Oiga, usted! ¿Quiere un poco de agua? —pregunta el capitán, pero el indio mantiene la mirada fija hacia el suelo sin responder.

—¡Oiga! ¡Le pregunto si quiere agua! No tenga miedo, que no voy a lastimarlo, no soy de los que suelen castigar a los condenados; hayan hecho lo que hayan hecho, demasiado castigo ya tiene con el lugar al que van. El resto de los reclusos comienzan a lanzar blasfemias contra el marino, por eso pide la colaboración de sus ayudantes.
—¡A ver! ¡Quiero que saquen a este hombre de acá y lo lleven a mi camarote! ¡Tengo curiosidad por saber quién es y por qué lo llevamos!
Dos marineros armados separan el grillete de la columna de madera a la cual se encuentra ligada y lo retiran ante una batahola provocada por el resto de los reclusos, cuyos gritos dejan de oírse al cerrar la puerta de la bodega. El capitán ingresa a su camarote y se sienta en el sillón; luego de unos minutos aparecen los marineros y el indio, enganchan el grillete a una silla y se retiran ante el gesto de su superior. Una vez a solas, insiste con el preso.
—Ahora sí, puedo ofrecerle un poco de agua o algo de ginebra.
El cacique levanta la vista por primera vez y lo mira con un gesto duro. Descubre los ojos grandes y negros que parecen leer hasta los pensamientos. Luego lanza sus primeras palabras en un castellano casi perfecto. —Gracias. Agua está bien.
Le sirve un pequeño jarro metálico y se lo entrega, el cual es bebido de un trago, casi sin respirar. Seca sus labios con el brazo desnudo y deposita el recipiente sobre la mesa.
—Tengo curiosidad —exclama el capitán—. ¿Por qué motivo lo trasladan al sur? ¿Cuáles son los crímenes que lo inculpan?
—Soy Lineo, cacique Auca. Vivimos en las tierras llanas entre los grandes ojos de agua. Mis padres vivieron allí y también mis abuelos y los abuelos de mis abuelos; pero el hombre blanco nos empujó para el otro lado del río, levantó casas y después fortines para defenderse.
—Conozco toda esa historia, pero ustedes aceptaron comerciar con ellos, y varios trabajaban en Buenos Aires, en los campos se alistaron al ejército. . .
—Pero el hombre blanco fue quien rompió el trato. Cruzó el río, construyó más casas, aparecieron otras familias ricas y los soldados nos siguieron corriendo de lugar. El marino se sirve una copa de ginebra y vuelve a llenar el jarro del cacique con agua fresca, quien vuelve a vaciarlo.
—Dígame. . . ¿Y esos crímenes que lo acusan?
—Muchos hermanos murieron cuando nos empujaron, y otros hermanos de otras tribus, como los pampas y los ranqueles. Entonces nos juntamos y quisimos alejar a los invasores. Atacamos las casas cercanas y tomamos su ganado, pero cuando llegamos a los fortines muchos soldados nos esperaban. No les tuvimos miedo y casi les ganamos, pero llegaron muchos más no sé de dónde. La pelea fue brava hasta que me atraparon. —Tal vez no era el camino correcto —dice el capitán—.

Quizás debieron dialogar con las autoridades y pactar una solución para ambas partes.
—Eso quise hacer. Como la lucha era despareja, un gran jefe blanco que se llama algo así como Vértiz, pidió hablar conmigo. Yo le ofrecí un tratado de paz, volver al orden y al comercio a cambio de que ellos no intentaran ocupar más de nuestras tierras, pero se burló en mi cara. Eso me enojó mucho y lo insulté, por eso me llevaron a un calabozo y después al puerto. Ahora estoy en este gran barco y ya no importa mi destino. Creo que mi pueblo perdió, por eso rezo a los dioses por ellos, por los que murieron defendiendo lo suyo, y por los que van a morir.
El cacique vuelve a bajar la mirada. Al capitán le da pena su estado por eso se incorpora, camina hasta la puerta y llama a los guardias; se acerca al condenado y le dice:
—Puede continuar el viaje en otro lugar del barco, siempre con los grilletes, por supuesto, es una cuestión de seguridad, pero sería entregarle un poco de alivio al menos de mi parte.
—No, gracias —responde el indio—. Déjeme con los demás, ellos también están condenados y habrán tenido sus motivos para hacer lo que hicieron, como yo tengo los míos. Déjeme allá abajo, quiero seguir rezando en silencio por los míos, por los de mi sangre, por los de mi tierra.
El oficial permite el ingreso de los marinos y retiran al cacique para devolverlo a la bodega. El resto de los presos continúan con los gritos y los golpes contra las paredes y el piso sin demostrar cansancio. El indio es atado nuevamente al palo y se sienta en el piso de madera, luego comienza un extraño cántico en su lengua tal vez encomendando las almas a sus dioses.
En otro lugar de la fragata, el capitán se sienta en su sillón y lee nuevamente la lista: “Lineo Pagni —cacique Auca— acusado por el homicidio comprobado de una decena de personas, insurrección y falta de respeto al Virrey”. Enciende su vieja pipa, y mientas observa la densa columna de humo que sube danzando por el aire, piensa que harían falta muchas fragatas como esa para trasladar a los verdaderos homicidas en esta historia.




















Isabel María Hernández Rodríguez
. Instantes eternos de agonía, resplandor de luz de arrebol, tiempo ruta de mi existencia, vida que se va en el resplandor de la fantasía, con decrepitud, casi sin sol, con llanto y pérdidas, ojos de ausencia.
Dura tu esencia lo que dura la sinfonía, tiempo malvado, ni un segundo más de crisol, gracias tiempo por tu claridad, como si tuvieras el control, no diré que saltes, grites o llores en tu letanía.
Senectud, juventud, pena o alegría, el silencio sonoro del tiempo se burla de tu descontrol, no puedes detener el florecer del girasol, dulce canto de amor sublime es tu bella melodía.
No es eterno acaba con tu correría, no puedes detener ni adelantar el rol, no entiende de sentir ni de benevolencia, su sabor agridulce te mata con cobardía, tu parada final acaba el tiempo de placer y apaga tu farol, corre, corre, que te alcanzo, no hay clemencia.





















Madera noble tallada por manos serenas, sabias. Tras mucho pulsar la gubia, surge la imagen que impacta. Al pensamiento de artista, la imagen que surge estaba incluida en la madera. Su labor solo fue hallarla.
Más, ¿qué rostro es el de Cristo? ¿Cuán profunda su mirada? Sus labios, ¿cómo pudieron saborear el trago amargo de la traición, la mentira, justificar tanta infamia?
Sus pómulos castigados dejando escurrir las lágrimas, que al mezclarse con la sangre de las heridas rodaba por el pecho que resume dolor y asfixia mezclada.
¿Son los que muestra el Sudario, los que María adoraba?
Sus brazos ramas desnudas, clavadas como una lápida. Ofreciendo tanto amor, tanto perdón, esperanza.
¿Se desgarraron de angustia delante de los que estaban?
Clavos en sus palmas santas. Y Él, el cordero inmolado sin prebendas, sin revanchas. Repartiendo el pan de vida desde su muerte temprana.
¿Recordaban esas manos los milagros y enseñanzas?
El sucio paño que cubre su desnudez solo alcanza para que el mundo comprenda cuan desnuda trae el alma. En sus pliegues se acomodan los ojos de los que marchan en busca de redención, mientras cuentan las migajas. Solidaridad tan falsa sobrevaluando la dádiva.
Sacando a la luz miserias que guardan bajo la almohada.

Y esos pies. Los pies del Cristo.
¿Cómo tallar la madera?
¿Cómo imbuirla del gesto de esos pies, mientras aguantan el peso de un cuerpo exangüe, los dolores y las llagas?
Ay, belleza del madero.
Ay, dolor del que, por siempre, pegado a la cruz exhala. Vaya uno a saber cómo era el rostro que predicaba: “Amaos los unos a los otros”. “Sed también el pan y el agua. El vino que, en la pasión, fue mi sangre derramada”. Pasión que no comprendemos por descuido o ignorancia.
Cristo llevó hasta el final de sus fuerzas la palabra. Sin trucos, sin retaceos, sin ocultar la cizaña de la chusma y del poder. De la maldad y las tranzas. Un reino de paz y amor. Solo eso predicaba.
Hoy después de veinte siglos no hemos aprendido nada. Existen tantos maderos que caminan o se arrastran. Son Cristos vivos, no muertos. Resucitados en gracia de aquel que ofreció su vida porque salvemos el alma.
Pero seguimos buscando Cristos bellos en estampas, en retablos y esculturas. En los templos, las estancias. Busquémoslo en la miseria, Él no aprecia la abundancia. En la oscuridad de aquel que del camino se aparta. En todo el que pide pan. Trabajo. Luz. Esperanza. En la espalda de los viejos. En los ojos de la infancia.































Sembramos ideas como semillas al viento que caen —a veces— en tierra propia y en la mente de otros, para echar raíces y abrir claridad en medio de la duda.
Plantamos acciones con las manos abiertas, hundiéndolas en el barro de cada día, para labrar libertades y recoger, sin excusa, lo que despunta —aunque duela—incluso en la derrota.
Diseminamos valores como quien esparce grano sobre surcos inciertos, moldeando, sin prisa, la forma de vivir, hasta encontrar un remanso de paz en la agitación más honda.

Sin darnos cuenta, extendemos intenciones
que tuercen o enderezan el rumbo de los pasos; de ellas nacen virtudes —o ruido— y segamos propósito aun en la torpeza de lo no pensado.
Extendemos hábitos como bulbos silentes bajo la superficie, tejiendo identidad en lo invisible, mientras el tiempo, paciente, nos desarma para enseñarnos a ser.
Nada es en vano: ni la espera que agrieta, ni la duda que pesa, ni la lluvia insistente, ni la sequía que quiebra el suelo.
A veces creemos perderlo todo, y es solo el huerto quedándose en silencio para volver a empezar.
La vida no nos debe nada: solo nos muestra, con la paciencia del campo, lo que un día nos atrevimos a sembrar y lo que aún, sosegado, sigue creciendo.


Se rieron por lo que escribo, por cómo acumulo más libros de los que leo, por cómo estudio y conjeturo las ideas, por cómo confío en el arte y la cultura y me descanso en ellos como si fueran colchones de plumas. Y lo son.
Loca linda, dijeron y se rieron.
“Linda sí, pero muy loca” también me lo dijeron, y se alejaron.
Se alejaron por cómo pienso en voz alta, cómo denuncio en voz alta cómo me enojo y escribo siempre en voz alta; tan políticamente incorrecta que preparo mis discursos con la exactitud de una arquera olímpica, es que yo no quiero andar de cocorita recitando versitos tibios que no pican ni rascan. Yo con las palabras quiero cortar hasta el aire como la de Kill Bill.
En tiempos sombríos las palabras inocuas hacen mella, y yo por eso quiero ser de los otros, los que escriben tan fuerte que por un segundo hacen temblar la tierra; a lo mío lo pretendo así, tajante: disparar flechas certeras como Katniss y que mi lengua viperina incomode

hasta la arcada, total, para mentiras ya están los medios y alguien tiene que venir a barrer toda esa mierda. Y a eso vengo.
A mí no me da miedo que me excluyan de algún lado por defender mis convicciones, ni que se me cierren puertas por no saber callarme ni cuando me hacen señas; todo eso en serio no me importa...
¿Qué le hace una raya más al tigre?
Y digo tigre, aunque me quede chico, porque hasta Don Quijote es una bolilla al lado mío.
Él la tenía fácil, facilísimo.
Él luchaba contra gigantes imaginarios, pero ya quisiera verlo yo luchando contra los míos que sí son muy reales; ya quisiera verlo en mis carnes con 40 kilos mojada y en mis veintes, haciéndole frente al patriarcado, al calentamiento global, a los terraplanistas, a los antivacunas, a los agrotóxicos, a los negacionistas y la ignorancia.
Don Quijote se creía muy guapo con toda su armadura, ¡pero guapa yo!
Guapa yo que no necesito vestirme de nada para poner el cuerpo ahí donde el resto se esconde y hace silencio; guapa yo que soy la María Luisa esa de la que hablaba Girondo en Espantapájaros.

Quisiera verle la cara a Sancho si supiera que acá en el mundo real la gente de a pie también lucha hasta cuando está durmiendo, porque ya ni dormidos podemos estar en paz y las leyes esclavistas se deslizan por la almohada y se nos aparecen en los sueños para seguir explotándonos.
Y con esto no pretendo aplausos ni mucho menos condecoraciones... al fin y al cabo, lo mío no es buscar la gloria ni laureles imposibles, ni ser protagonista de un cantar de gesta.
No quiero ni ser la Dulcinea de nadie.
No me interesa recorrer Zaragoza arriba de un noble corcel, yo prefiero lo otro: las hazañas de a pie de protestas en la calle, ir escribiendo de sol a sol como un peón que labra la tierra; ser una trovadora incorruptible y llegar así hasta vieja con el punk encarnado en mis uñas para seguir sosteniendo lo que decía Unamuno: “Venceréis, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho”.
Y luego morir, claro. Morir de pie.
Morir como es debido: con la dignidad de no haberme vendido nunca, y con el orgullo de saberme siempre del lado correcto de la historia.



1
Nada entusiasma tanto como la sangre hirviendo en nuestras venas cuando todo lo que nos circunda se congela.
2
Algo se incendia dentro a fuego lento y con tanto ardor el corazón sospecha que hay un oculto infierno en cada pecho.
3
El mundo se divide en dos bandos: Ardorosos e incendiarios y ambos gozan igual al ver arder su casa.
4
Camino de la hoguera las brujas carcajean, sus verdugos ignoran que el Ave Fénix se oculta en sus entrañas.
5
Quemarlo todo, arder con tal intensidad que solo sobreviva purificado el más duro metal de la coraza cubriendo el corazón de los que aman.
6
Soy el que pronostica su propio incendio. Mi profesión es arder en la más profunda soledad.
7
Parecido a Cocteau.
Pienso que lo único rescatable de los incendios es el fuego.
8
Que las palabras sean antorchas y los poemas, hogueras que hagan arder también a los que lean.

9
Todo escritor es un pirómano que incendia su casa por ver arder la del lector.
10
Salamandra hija del Herrero celestial, nacida en el horno y la fragua, te da la forma en el desierto y la aridez en los que reinas. 11
Asfixiado por la heladez del cálculo egoísta, el poeta en acto de fatal transformismo se vuelve un bonzo en proceso de conflagración.
12
La poesía como la vida. Es un fuego que siempre arde.

13
Solamente la belleza es capaz de alimentar mi corazón en llamas.
14
Eróstrato de Efeso (375?-302? a C.)
Primer pirómano del mundo occidental. Único artista fogoso y fiel discípulo de Heráclito. El mayor orgullo de la historia de la piromanía. Santo protector de los incendiarios que se queman en su propio fuego.
15
Rómpase en caso de incendio.

CREPÚSCULO 1
Cuando contemplo el atardecer el sol me contagia todo su calor y mientras mis vísceras arden él se marcha tranquilamente a dormitar.
CREPÚSCULO 2
Cada vez que veo el atardecer el sol me contamina con su ardor y mientras sus llamas me consumen él se retira a sus aposentos con calma a descansar.
CREPÚSCULO 3
El sol se incendia cada tarde como un bonzo gigante.

“En las sombras”
Podría haber acercado la mano que roza el pájaro herido.
Podría haber abrigado la espera en un recinto sagrado.
Podría, digo, podría, pregunto, podría, círculos concéntricos aros hechos de arnés.
La altura del tiempo se cierne como una lengua en las sombras.
El pájaro herido en el centro del aro la altura del tiempo en la mano que roza una espera en las sombras el recinto y la lengua vacía.
De “En los pliegues danzo” (2024).
“Ni se acercó”
No fue una lluvia de meteoritos, ni se acercó a esas palabras cósmicas. Los astros ajeno idioma perturbador en su forma de atravesarnos, enajenadas gaviotas, alas de brillantina revolviendo el centro de la memoria el destierro de cualquier eje imaginario como un elixir endemoniado rotundo causa de los virajes a rumbos intimidantes desconocidos atajos en aguas danzantes la piel ya no temo no espero. Ni se acercó.
De “Des-Velo” (2019).
“Revelación”
Cuarto menguante, el pasaje entre lunas era el marco, albergaba como un pájaro que cubre con sus alas el enigma de su vuelo en un adentro un temblor presentido esos signos indudables del misterio a develar

tan solo y solo si es en la caída
en el estruendo como un grillo que se estampa en los cristales del ocaso y en sus trizas nos inunda con el mar de lo genuino nos revuelca y nos arroja al confín de lo verídico en las luces de las sombras desata intempestivo lo imprevisto la cara abrillantada fugaz revelación. De “En los pliegues danzo” (2024).


Roy Valer Mallcohuaccha Condori
“El mundo no es razonable, pero existe”.
Introducción
La pertenencia, entendida como la inscripción del sujeto en un orden simbólico compar tido, no se reduce a la integración social visible, sino a la capacidad de sostener las ficciones que hacen habitable la realidad; sin embargo, cuando la con ciencia deja de ser funcional y se convierte en una forma de lucidez que interroga el tiempo, la muerte y el sentido mismo de la existencia, dicha pertenencia se fractura. Este ensayo sostiene como tesis central que el exceso de conciencia produce un desarraigo estructural: el sujeto no abandona la sociedad, sino que pierde su legibilidad dentro de ella. A través de las trayectorias de Srinivasa Ramanujan, Alejandra Pizarnik y Nikola Tesla, se argumenta que la normalidad opera como una “ilusión social” que anestesia la angustia y permite la conviven cia, mientras que quien “ve demasiado” se vuelve incompatible con ese orden. Así, la soledad del sujeto lúcido no es una elección ni una anomalía, sino la consecuencia de una conciencia que desarma los sentidos compartidos y lo sitúa en un margen silencioso donde exis te, pero no puede pertenecer plenamente.
La ilusión social como condición de pertenencia
La pertenencia se caracteriza por el reconocimiento de parte de un orden simbólico; en otras palabras, que un sujeto pertenezca a un grupo, tenga vínculos afectivos u ocupe un lugar funcional no garantiza la pertenencia global de la palabra, sino que aborda más la idea del existir del sujeto sin explicación dentro del entorno. Como diría Émile Durkheim, los sujetos colectivos comparten creencias comunes, pero ¿qué sucede cuando un sujeto no puede aceptar el mundo como se presenta, sino que busca comprenderlo? Podríamos afirmar que este sujeto no pertene ce a un grupo; solo termina coexistiendo en una sociedad objetiva y subjetiva simultáneamente.

Cuestionarse constantemente, por ejemplo, las decisiones, el tiempo y su infinitud, la muerte, hace que el estado de la existencia del sujeto lo lleve a sentirse en compañía y aislado al mismo tiempo. Algunos optan por usar “máscaras” para tener una identidad, un rol, una narrativa coherente; a esto se le llama “mala fe”. Jean-Paul Sartre explicaría que es una estrategia existencial que permite habitar el mundo sin quedarse paralizado por la angustia.
Srinivasa Ramanujan fue un matemático indio que hizo aportes en teorías y series matemáticas, pero que, en su tiempo, en el siglo XX, no fue aceptado por sus ideas innovadoras y por la falta de estudios.
Lo que se conoce como normalidad, de alguna u otra manera, ha sido naturalizado para que sea evidente que lo “normal”, como las creencias y los valores, entre otras cosas, sea aceptado por el colectivo.
Existe una película titulada El hombre que conocía el infinito, no es de extrañarse que, al no aceptar la producción científica por parte de los otros, terminen excluyéndolo, metafóricamente hablando, a Srinivasa Ramanujan, ya que cuestionar una realidad donde todo se hacía por repetición y consenso —donde, si no se aceptaba lo que ya estaba escrito, no se podía existir en el colectivo— implicaba que se tuvieran que aceptar sus reglas como si fueran naturales y olvidar que podrían

Antes de que la exclusión se manifieste en el cuerpo o en la psique, ya se ha producido una ruptura más profunda: la imposibilidad de inscribirse plenamente en el orden simbólico que organiza la vida social. En ese punto, el individuo no abandona la sociedad; es la sociedad la que deja de ofrecerle un lugar reconocible. Existe, pero no pertenece.
Émile Durkheim denomina anomia a la ruptura de las normas que regulan la vida social. La anomia no se limita a un fenómeno colectivo, sino que se experimenta como un estado íntimo. Quien ya no cree en los relatos que organizan la normalidad queda suspendido en un vacío: demasiado consciente para pertenecer, pero demasiado humano para dejar de desear sentido. Esto se observa cuando, en sus primeros años, según Hans Eysenck, intentó interesar a los principales matemáticos profesionales en su trabajo, pero fracasó en la mayoría de los casos. Lo que tenía para mostrarles era demasiado novedoso y desconocido, por lo cual buscó matemáticos que pudieran comprender mejor su trabajo. En la actualidad, podría entenderse que su colaboración fue un choque de culturas, creencias y estilos de trabajo diferentes.
Ver demasiado: la conciencia como exceso
Comúnmente, la palabra conciencia es rodeada por términos que, asemejados, tienden a tener cierta precisión léxica, como iluminar, aclarar o liberar; pero esta conciencia no trae alivio después de “conocer”, sino que trae consigo un dolor: que lo que se ha conocido no puede desconocerse. La conciencia no solo es erudición o inteligencia funcional; no sirve únicamente para ascender, competir o dominar.
La cualidad de lucidez en las personas permite sentir paz con la realidad; es lo que la sociedad, de alguna u otra manera, da a entender. Sin embargo, Albert Camus y Emil Cioran niegan esta afirmación. Para Camus sería el absurdo: el ser humano busca sentido, razones para vivir y morir, mientras espera una respuesta por parte del mundo, pero se concibe la idea de que no habrá respuesta, no por hostilidad, sino por indiferencia. En la rutina de la vida está la ilusión de coherencia, y es que no todas las personas viven expuestas al absurdo de manera constante, sino que funciona como una estrategia que ayuda a no quedar atrapados por la pregunta radical. Cioran menciona que ser demasiado lúcido destroza los soportes de la vida, y quedan expuestas como construcciones frágiles la esperanza, la confianza y la fe. Una poeta reconocida del siglo XX, nacida en Argentina, Alejandra Pizarnik, vivió una infancia marcada por la sensación de extranjería y la comparación con su hermana.
Fueron esas sensaciones las que la hicieron percibirse como un ser distinto. Se salvaguardó en la Literatura, que por un tiempo fue refugio y exigencia: un espacio donde podía enfrentarse a la muerte, a sí misma y al vacío. Su vida se extendió hasta los 36 años, tras pasar por becas y reconocimiento intelectual que no pudieron disuadirla de la decisión de acabar con su vida mediante la ingesta de fármacos.
A partir de sus cartas a León Ostrov, se retrata el desarraigo de Alejandra, que, más allá de ser solo un rasgo clínico, se muestra como una forma extrema de conciencia. En una de las cartas existe un cierto asedio y temor; lo expresa claramente cuando menciona la experiencia del miedo, del cuerpo vulnerable, de la naturaleza hostil y del pensamiento. De cierta manera, se puede conjeturar que el espacio al que Pizarnik hace referencia no es vivido como exterior, sino como algo que penetra la subjetividad y la desestabiliza. Ella es el sujeto que no puede pertenecer ni habitar: padece los lugares, y estos mismos se vuelven inhabitables por una conciencia que percibe demasiado.

La inhabitabilidad, en este sentido, no se refiere a espacios o al afecto, sino a la conciencia, aquella que desarma cualquier sentido de arraigo. La presencia de un cuarto, una voz amiga o una correspondencia sirven como medios que hacen perder la consistencia del “yo”. Tanto la enfermedad como el agotamiento solo hacen visible la imposibilidad de reconciliar una conciencia lúcida con un mundo que se vive como inhóspito. En fragmentos de sus cartas se encuentra la referencia a un “planeta” que, si bien habita, le resulta ajeno; es decir, para Pizarnik, vivir es sentirse extranjera en la realidad misma.
La vida exige valentía, es lo que las masas difunden, pero ¿qué hacer cuando se es demasiado consciente? Esta misma conciencia que genera valentía también la erosiona, porque no permite refugiarse en ilusiones o promesas. Entonces, aquí se presenta la muerte, no como un acontecimiento futuro, sino como una presencia constante. No como obsesión morbosa, sino como un horizonte ineludible que contamina toda experiencia. Vivir bajo este signo no implica desear la muerte, sino convivir con ella de manera demasiado cercana. La finitud ya no espera al final del camino, camina al lado del sujeto, recordándole la precariedad de todo sentido.
La soledad no elegida: exclusión y desarraigo

La soledad vinculada a la conciencia no es un acto consciente que se ejecute por uno mismo para optar por alejarse, sino una condición en la que se permanece en el mundo sin poder integrarse plenamente. No se trata de misantropía ni de una idealización del aislamiento, sino que aparece con la lucidez, ya que esta misma rompe los mecanismos que permiten sentirse parte. En otras palabras, a quien ve demasiado le resulta, casi de manera constante, difícil compartir las rutinas o los sentidos que sostienen el mundo de los otros.
Esta retirada no es un proceso activo, sino pasivo, donde el sujeto consciente no se aparta, sino que es apartado, quedando fuera de sincronía con los demás, porque la manera en que ve y siente ya no es, en su totalidad, compatible. Este individuo no puede creer en aquello en lo que se apoya la sociedad, ya sean creencias, relatos o promesas de sentido. Desde la Psicología Social, existe una dinámica entre sujeto y sociedad, y cómo estos se relacionan con la libertad, el miedo y la pertenencia.

Erich Fromm nos menciona que las personas tienen miedo a la libertad, ya que, si por un lado ofrece posibilidad, también implica carga y responsabilidad. Ser libre, en estas circunstancias, es reconocer que la vida tiene un final, que somos responsables de nuestras decisiones y que nadie puede vivir ni decidir por uno.
La relación de la libertad con la conciencia radica en que ver con claridad produce angustia; a ello se suma que esta lucidez no se masifica, sino que se evita. Como alternativas de defensa y supervivencia psíquica, se buscan estructuras que alivien la angustia, como roles sociales, rutinas y relaciones, entre otras. Por lo tanto, una parte de nosotros renuncia a la verdad de sí misma, asumiendo identidades que no nos pertenecen o, simplemente, fabricándolas con la finalidad de no enfrentar el vacío.
El sujeto lúcido es síntoma de anormalidad, ya que no participa del autoengaño colectivo y funciona como un espejo incómodo, el cual recuerda la libertad, la soledad y la responsabilidad que los otros han decidido no mirar.
Nikola Tesla nació en Smiljan y murió a la edad de 86 años. Fue diagnosticado con trombosis coronaria, y fallece el 7 de enero de 1943. Su vida estuvo marcada por la dedicación a la ciencia, el aislamiento afectivo y el abandono institucional. Mediante sus cartas (libro: Firmado: Nikola Tesla. Escritos y cartas), se denota en un niño Tesla la compañía casi imperceptible de su madre y un vínculo casi profundo con Mačak, su mascota; esta conducta lo acompañaría hasta Nueva York, donde pasaría su vejez, pero esta vez con la compañía de las palomas.
Su conciencia surge no del intercambio social, sino de la contemplación de lo imperceptible. Esta lucidez lo separa del resto, no por su incapacidad social, sino por una conciencia que excede lo cotidiano, lo cual lo lleva a habitar al margen. La tesis central es clara: la soledad del sujeto consciente es estructural, no voluntaria; no es elección, es consecuencia. La exclusión no siempre es indiscreta; a veces se expresa en formas silenciosas, evidenciándose en distancias y ausencias. Este proceso está marcado por una muerte simbólica: la exclusión es un duelo persistente. El individuo, fuera de la comunidad y al margen, vive biológicamente, pero siente la pérdida de un lugar que nunca fue suyo.

Conclusión
En conclusión, la pertenencia no se define únicamente por la integración visible en un grupo, sino por la capacidad de compartir las ficciones simbólicas que sostienen la normalidad. A partir de los casos de Srinivasa Ramanujan, Alejandra Pizarnik y Nikola Tesla, se evidencia que la conciencia, cuando excede los marcos comunes de comprensión, deja de ser una herramienta de adaptación y se convierte en una condición de desarraigo. En diálogo con Émile Durkheim y Erich Fromm, se comprende que este distanciamiento no surge como una elección, sino como consecuencia de una lucidez que rompe con los mecanismos colectivos de sentido. Así, la exclusión no aparece como un evento abrupto, sino como un proceso silencioso en el que el sujeto, incapaz de sostener la “ilusión social”, permanece en el mundo sin poder habitarlo plenamente, experimentando una soledad estructural que revela la fragilidad de toda pertenencia.
Referencias
Camus, Albert (2012). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).
Cioran, Emil (1998). Breviario de podredumbre. Madrid: Taurus. (Obra original publicada en 1949).
Durkheim, Émile (2008). El suicidio. Madrid: Akal. (Obra original publicada en 1897).
Fromm, Erich (2005). El miedo a la libertad. Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1941).
Pizarnik, Alejandra, & Ostrov, L. (2012). Cartas (A. Ostrov, Ed.). Villa María, Argentina: Eduvim.
Sartre, Jean-Paul (2006). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada. (Obra original publicada en 1943).
Tesla, Nikola (2012). Firmado: Nikola Tesla. Escritos y cartas, 1890–1943 (C. Núñez Pereira, Trad.). Madrid: Turner.

































































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